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XXXIV

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La armadura de Escorpio en su espalda había vuelto a su paz habitual y, al pasar los templos, Milo no tuvo mayores problemas. Encontró la octava casa reluciente y Hester lo recibió con una enorme sonrisa, a pesar de que Calandra le llamó la atención por su exceso de confianza con su Señor. Milo no le dio importancia, sólo agradeció poder comer algo preparado por sus alegres doncellas.

Se le hizo un poco decepcionante que Camus no hubiera ido a recibirlo, a las afueras o en su casa, pero era muy común que se le pasaran ciertas cosas al estar distraído con un libro. Ya tendría tiempo para regañarlo después de entregar su reporte.

—Ni siquiera te tomaste el tiempo de pasarlo en limpio —señaló Shura en cuanto Milo apareció afuera de su oficina.

—Pero está a tiempo.

Capricornio lo instó a pasar y con un ademán pidió que le entregara los papeles.

—¿Cómo te sentó el viaje? —preguntó Shura revisando los documentos.

—Excelente —"Es bueno estirar las piernas fuera del Santuario", pensó.

—Bien —le devolvió el reporte—. Pásalo en limpio para que pueda archivarlo. Y, Milo, que sea antes de que te distraigas con otros asuntos.

Desde luego que Milo seguiría la orden después de saludar a Camus, pero no lo encontró en su templo. Fleur sólo le dijo que su señor había salido con un nuevo libro en las manos. La noticia tranquilizó y extrañó a Milo de igual manera.

Aprovechando el tiempo extra, el guardián de Escorpio se quedó en Acuario y corrigió ahí su reporte. Estaba a punto de ir a entregarlo, cuando sintió que se acercaba el cosmos que tanto esperaba encontrar. Corrió a los pilares exteriores, tomó una pose despreocupada y fingió no haber notado a Camus.

Cuando los Santos se miraron, Milo leyó una sonrisa tranquila en los ojos de Cam. Todo estaba bien. Estarían juntos hasta la noche, entrenarían por la mañana y…

—¿Ya entregaste tu reporte?

—Sí.

—¿Y el segundo reporte?

—Eso puede esperar.

Camus llegó hasta donde Milo estaba con su coqueta sonrisa y su mirada carente de toda vergüenza.

—Bienvenido a casa Cam.

—Bienvenido, Milo.

—Esperaba verte en Escorpio.

—Estaba ocupado.

—Yo siempre te espero cuando vuelves.

—Vamos —Camus saludó a su doncella y dio media vuelta—. Te acompaño para que entregues tu reporte.

Fleur vio salir a los Santos y le alegró poder ver al Señor Milo saltando alrededor de su Señor de nuevo. El mundo había vuelto a la normalidad.

Calandra recibió a Camus en su casa contenta de verlos juntos pero, antes de que Acuario llegara demasiado lejos en el área recidencial de Escorpio, Milo detuvo a su amigo para que lo esperara.

El guardián del templo apareció con un cuadro enorme entre las manos y, luego de entregarle su regalo a Camus, vio satisfecho como el brillo aparecía en los ojos de su mejor amigo al ver su pintura.

—Es Siberia.

—Sí, lo hice mientras estaba allá. No podía esperar más para dártelo.

—Gracias Milo —la mirada de Camus viajó del cuadro a Milo y de ahí a un pequeño paquete en la repisa de tesoros del templo de Escorpio—. ¿Un nuevo recuerdo?

Milo siguió la dirección de los ojos de Camus y, al reconocer el paquete de galletas, su corazón se aceleró. Pensó que Cam podría estar jugando a no reconocerlas, pero ¿por qué?

—Son galletas. Me las dio mi más grande admirador —presumió ansioso por lanzarse a los brazos de Camus, pero de haber dado vida a su impulso hubiera arruinado el cuadro que el acuariano tenía en sus manos. Ese pequeño momento de autocontrol le permitió ver la incomodidad que se había apoderado de su amigo—. ¿Qué pasa? —Camus sintió una segunda punzada de dolor—. ¿Estás bien? Cam…

—Sí, estoy bien —dejó la pintura con cuidado recargado en un pilar.

—No intentes ocultarlo, ¿quieres que vayamos con Shaka o Afrodite? —propuso Milo, pero Camus ya había dado media vuelta hacia la salida.

Milo se apresuró a alcanzar a Camus. Cuando pasaron por Sagitario, en la nave principal estaba un jarrón con flores que Milo identificó por lo que había mencionado en su diario, pero aún no lograba recordar.

Camus sólo podía pensar en su conversación con Shaka. Había mencionado a Shura cuando sólo tendría que ir a hablar con el Patriarca. El budista le había dado una pista que entendería en el momento correcto y, sin reparar en su entorno, arrastró consigo a Milo hasta el décimo templo.

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