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XXXV

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Elen anunció a ambos caballeros a su Señor y Shura estuvo a punto de aplazar la reunión a un momento donde no tuviera una jaqueca; pero sabía que ese asunto no podía esperar. Y el Patriarca estaba indispuesto. Él tendría que hacerse cargo.

Camus se mostraba serio, y Milo bastante intrigado y molesto. Shura los invitó a sentarse y esperó hasta que uno de los dos se animara a hablar.

—Tengo algunas lagunas mentales de los días anteriores a la partida de Milo a Siberia. Y supongo que él está en la misma situación. Tengo razones para creer que tu puedes ayudar a llenar los huecos que nos faltan.

—¿Tú también? —Milo suspiró aliviado.

—Tres días para ser preciso —Shura se paró de su escritorio para alcanzar uno de sus archiveros. No tenía un estado propicio para hablar o discutir si quería que el dolor siguiera estable. Sacó un reporte que había hecho de los días que les faltaban a Camus y a Milo, y se los facilitó—. Es una copia, Arles ya tiene el original. En cuanto tengan su respuesta me gustaría saberla para actualizar mis registros —Camus empezó a leer el documento—. Ahora, si me permiten, tengo trabajo que hacer —después de que los Santos se alejaron lo suficiente, Shura le pidió a Elen que fuera por Afrodite.

Piscis apareció a los pocos minutos con un brebaje en las manos, no permitía que nadie interviniera con sus atenciones. Mucho menos las doncellas. Shura agradeció la medicina y le pidió que estuviera al pendiente del siguiente desarrollo de eventos.

—Sabes que no me gusta hacer de niñero.

—No te lo pediría si no fuera necesario.

—Lo sé —se recargó en la puerta antes de abandonar el templo de Capricornio—. Sólo quería que lo supieras. No lo haría por nadie más.

—Gracias.

Afrodite desapareció y Shura sólo podía esperar a que Shaka dejara de meter sus narices donde no lo llamaban.

*. *. *

Milo guardó silencio en lo que Camus estuvo atento al documento que acababan de recibir. Por alguna razón se ponía cada vez más nervioso, y curioso. Sabía que su amigo le traduciría la información una vez que hubiera terminado, pero cuando llegaron a Acuario le dio los papeles y se fue a encerrar a su estudio.

La descripción de eventos empezó con la queja de Shura, porque una cancelación de la Décimo Tercer Ley de los Caballeros Dorados había empezado a ser realizada sin su conocimiento. Milo no siguió leyendo más allá de que los involucrados eran los Santos de Escorpio y de Acuario.

Emocionado, el escorpión fue a buscar a Camus y, cuando éste salió con un cuadro entre las manos, lo miró con una seriedad que pocas veces le había dedicado a él.

—No puedo aceptarlo —murmuró acercándose y colocando el cuadro en el pecho de Milo.

Desconcertado, Milo vio la pieza y la estudió hasta que se dio cuenta de que era el boceto que le había regalado a Camus con la esperanza de que…

—¿Así que esta es tu respuesta?

—Tal vez hubiera sido diferente si me hubieras avisado que querías mi carta astral para eso.

—Hubiera sido diferente… quería que fuera diferente —Camus no respondió—. ¿Y las galletas? Sabes... lo que significan para mí. Para nosotros. ¿Ya son diferentes también?

—No, pero pertenecen a otro tiempo —Milo infló el pecho. Quería aferrarse a las palabras de la carta, a que ese Camus seguía ahí, dentro de él—. Nuestra relación no cambiará Milo. Eres mi familia, mi mejor amigo.

Escorpio retrocedió unos cuantos pasos.

—¿Pensabas así antes de todo esto?

—No lo sé.

—Mierda Camus. Esa es pura mierda —gritó—. Si se te desbordaba el deseo por mí hasta por los poros. No me vengas ahora con que me ves sólo como un amigo. No intentes convencerme porque no podrás hacerlo —señaló, pero la tristeza en los ojos de Camus le cerró la boca.

—No intento convencerte a ti, o a mí. ¿A estas alturas ya de qué nos serviría?

—Exacto Camus, despierta —tiró el cuadro y avanzó hasta Acuario para tomarlo por los hombros—. No tengas miedo. Estando los dos juntos, no hay nada que no podamos lograr.

Camus intentó esquivar los enormes ojos turquesa que lo acosaban, hambrientos por una oportunidad.

—No tengo miedo, Milo —tomó sus manos—. No por nosotros —enfrentó los ojos que no paraban de buscarlo—. Eres irreemplazable para mí y siempre contarás conmigo. Eres mi hermano, mi amigo. Si de algo no tengo miedo es de mis sentimientos por ti.

Confundido, Milo no soportó más y se atrevió a dar el salto que siempre había deseado. Tenía que hacerlo, tenía que probarlo.

Pero Camus no respondió al beso.

Incluso Milo se sintió raro después de terminar el encuentro de sus labios.

—Entonces —dejó el espacio personal de Camus—. Esto es todo, ¿eh?

Acuario no respondió.

Milo retrocedió.

Tomó el cuadro.

Y abandonó el recinto.

Camus no lo impidió.

Sólo una ligera ráfaga helada hizo que la temperatura del templo empezara a descender.

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