—•—•—•—
XXXVI
—•—•—•—
Ver la espalda de Milo alejándose aumentó el peso en el corazón de Camus. Algo le decía que, si otras fueran las circunstancias, habría salido tras él. No había volteado a verlo después de besarlo, pero sabía que en esos momentos los ojos de su amigo deberían de estar inundados. Y, lo peor, es que él era el culpable. Cuando se había prometido que cuidaría de Milo por sobre todas las cosas. Pero no podía darse el lujo de lamentarse, en especial porque tenía una visita imprevista.
—El paso está libre —indicó al Santo que seguía oculto a las afueras de su templo.
—Aún no voy a Piscis, pero gracias. Tú siempre tan atento —Camus empezó a caminar hacia su área residencial pero se detuvo al escuchar la risa de Afrodite—. No sabía que eras tan bueno para rechazar a la gente.
—No creo que ése sea un tema que te involucre.
—Shura me ha puesto de su chaperón —se dejó ver por el Santo de Acuario.
—Y no estás haciendo un buen trabajo.
—Prefiero divertirme, aunque el final fue muy mediocre. No por culpa tuya, claro —dijo recargándose en un pilar—. Es súper obvio que Milo nunca fue un candidato para ser un buen compañero.
—No confío particularmente en tus gustos.
—Y haces bien. Soy bastante celoso —descubrió grácil uno de sus oídos.
—¿Tienes otro asunto o ya puedo retirarme?
—Qué grosero —Camus empezaba a perder la paciencia—. No te desquites con alguien que sólo quiere ayudar.
—No creo necesitar tu ayuda —agradeció haciendo una reverencia y se fue a su estudio.
A los pocos minutos Fleur le informó que Afrodite estaba pidiendo verlo y Camus no pudo negarse ya que Shura había pedido su expresa intervención.
Piscis entró cuando Camus estaba acomodando los papeles que necesitaba para ir al templo de Capricornio.
—Lo que me tengas que decir puedes decirlo en el camino.
—Vaya que eres aprensivo —cerró la puerta tras de él y bloqueó el paso—. Tal vez no aprecies mi presencia, pero te haría bien escucharme, hielito —renuente a pelear, Camus le indicó que tomara asiento y Afrodite se sentó en el escritorio, impidiendo que Camus siquiera considerara ocupar su lugar—. Seamos claros, los sentimientos no son lo tuyo y, a mi parecer, hiciste bien en alejar a Milo —sonrió al ver un poco de incomodidad reflejada en el rostro de Camus—. Lo único que me pregunto es si serás capaz de mantener esa misma respuesta para todos los demás.
—No veo porqué te tenga que involucrar en los detalles de mi vida personal.
—Porque hay un cachorro que tiene el favor de Shura involucrado en todo este lío.
Camus empezó a estudiar el discurso de Afrodite.
—El Santo de Leo no tiene nada que ver.
—No, es cierto. Pobre —empezó a reír—, el muy tonto se la vive pagando culpas ajenas.
—¿Eso era todo?
Afrodite lo miró de soslayo por encima de una rosa blanca y se levantó del escritorio.
—Hay un dato que tal vez te pueda interesar —se fue acercando a Camus—. El cachorro está libre de toda regla que le impida tener una relación con cualquiera en el Santuario —Camus no volteó a verlo mientras le colgaba la rosa sobre su pecho y la fijaba con una espina en su toga—. No me lo agradezcas, sólo, trátalo bien —le dio un beso en la mejilla y abandonó el estudio del templo de Acuario.
El pecho de Camus le empezó a doler y apretó hasta deshacer la rosa blanca que había quedado prendida sobre su corazón.
Dejando los papeles de lado, fue a ver a su vecino para aclarar las cláusulas que venían con la ley y su cancelación. Pero sus pasos lo impulsaron hasta la novena casa. El florero en el cual antes no había reparado ya no estaba, solo las rosas habían sido dejadas en la nave principal y se dio cuenta de que había mucho que aún no había tomado en cuenta.
Avergonzado por casi caer ante un impulso irreflexivo, dio media vuelta y se llevó con él las flores para ponerlas en agua.
*. *. *. *. *
.
