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XXXVIII

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Cuando Milo sintió la presencia de Camus cerca de Escorpio estuvo a nada de salir a correrlo, pero no fue necesario. Lo que sí le extrañó fue que siguiera bajando las escaleras. Pensó que iría a visitar a Shaka, como solía hacer cuando había un tema importante que lo estaba perturbando, pero tampoco se quedó en Virgo. Camus había continuado hasta detenerse en Leo y de ahí sintió como ambos cosmos se alejaron de los Doce Templos.

Pensó entonces que Shura debió juntar las actividades de Aioria y Camus, mientras él estaba encerrado entre las cuatro paredes de su habitación. Enfadado, mandó preguntar si había una misión lejos del Santuario o, en su defecto, pedir un permiso para ir a conseguir papelería nueva a Rodorio.

Hester volvió y le dijo a su Señor que Aldebarán había sido enviado hace pocos días a una misión diplomática, y que por el momento no tenían otra necesidad lejos de Grecia; pero que si necesitaba ir a Rodorio podía hacerlo. Milo se sorprendió que Shura le diera carta libre por una semana, mientras no se alejara demasiado y reportara sus movimientos.

Satisfecho, Milo intentó hacer una lista de lo que necesitaba. Sus ojos empezaron a empañarse, arrugó el papel y decidió que lo vería una vez que llegara a la aldea.

Había visto artículos muy bonitos en algunos puestos cerca del centro pero, en lugar de comprar, se quedó en medio de la plaza observando a las personas que iban y venían, despreocupadas. Las jóvenes que lo descubrían no dudaban en dedicarle sonrisas y miradas coquetas. Incluso los jóvenes se emocionaron al enterarse de que el Santo de Escorpio había regresado.

Malhumorado, fue a recorrer los puestos en busca de nuevos cuadernos para empezar sus diarios; pero hasta las ganas de escribir lo habían abandonado. Durante su paseo sin rumbo, cachó a un pequeño grupo de soldados entrando a un edificio que era muy popular por la variedad de jóvenes, y los precios especiales que ofrecían a los Santos. Milo se sonrojó, no podría hacer algo así. Apenas el día anterior había dado su primer beso y…

El amargo recuerdo volvió a amenazar con hacer sudar a sus ojos.

Estaba cansado.

En lugar de artículos, Milo decidió gastar su dinero en los puestos de comida que Aldebarán le había recomendado. O eso hubiera hecho si tuviera apetito. Asqueado, siguió caminando sin rumbo hasta que dio con un puesto de revistas. Tenían los nuevos tomos de las historietas que le encantaban a Aioria, recetarios, temas científicos, cancioneros y algunas guías de viaje.

—¿Busca algo en especial joven? —le preguntó amable el tendero.

—¿Qué es lo más viejo que aún tiene guardado?

La extraña pregunta de Milo hizo que el hombre se pusiera a buscar muy a fondo en su establecimiento. Sacó una revista con el empaque algo gastado, pero por dentro el ejemplar seguía en buen estado.

—Esto nos lo pidió un caballero del Santuario hace bastante tiempo —el hombre le entregó una revista sobre fotografía—. Todavía tengo la colección completa, por si le gustaría aprender.

—Pero, ¿para esto necesito equipo, no?

—Bueno, sí. Pero estoy seguro que personas como ustedes pueden sacarle un buen provecho.

Milo se permitió abrir el empaque. Era algo nuevo y avanzado, pero entendía el lenguaje de la composición. Compró el tomo y se puso de acuerdo con el tendero para que le fueran entregados a sus doncellas los números restantes.

Un poco más emocionado, fue a una tienda que sabía que manejaban electrónicos, y de ahí lo mandaron a una casa fotográfica para hacerse con una cámara profesional. No le movió nada al aparato después de que lo pusieron en automático y se dispuso a capturar todo lo que llamó su atención de regreso al Santuario.

El zoom le permitía ver cosas sin tener que acercarse y, en lo que acostumbraba su ojo al lente, se topó con dos figuras que iban de regreso también a las Doce Casas. Dos figuras que no quería ver, pero que no le habrían molestado si un maldito no se hubiera atrevido a sonreír y el otro a sonrojarse.

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