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XXXIX
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La tierra voló, y algunos soldados sintieron una brisa pasar. Había avanzado rápido al mismo tiempo que ocultó su cosmos para no ser percibido. Por poco daña su equipo y no se fijó que la revista se había deshecho. Nada de eso tenía importancia.
Todo le pareció normal durante el recorrido de las casas. Deathmask molestó a Aioria pero, debido a la presencia de Camus, el león guardó la compostura (lo mejor que pudo).
Sin usar su cosmos, Milo hizo que el guardián de Cáncer lo notara y éste lo dejó pasar. Sus nulos comentarios fueron sospechosos. Quiso preguntarle qué había visto, pero se abstuvo de caer en su trampa. Debía estar muy desesperado para siquiera considerar la ayuda de la jaiba. Su risa burlona lo hizo dudar, pero se mantuvo firme hasta salir del cuarto templo… más o menos a la hora que Camus había llegado el día anterior.
Acortando la distancia, Milo volvió a alcanzar al par de traidores. Camus se despidió y Aioria volvió a sonrojarse una vez que estuvo solo. En ese momento el escorpión sintió hervir cada poro de su cuerpo y sus sentidos se agudizaron.
Obligando a tranquilizarse, enfrió sus impulsos y subió las escaleras de Leo, cruzó por los pilares, llegó hasta el área residencial y encontró a Aioria hablando con su doncella. Delphine se alegró de verlo y lo invitó a cenar. Milo intentó disculparse, pero la anciana lo convenció mencionando su postre griego favorito.
El gato rastrero se veía alegre de verlo y le empezó a preguntar por la cámara que traía consigo. El cosmos de Milo se incendió por un segundo pero se apagó.
Todavía era muy pronto.
Delphine les sirvió una entrada de panes y queso a los Santos, y, en cuanto colocó las rebanadas de galaktoboureko en la mesa, Milo dejó a Aioria contra el piso y con la cara clavada en el plato.
—¿¡Pero a tí qué demonios te pasa!?
—Sal —vociferó Milo—. Maldita gata regalada. ¡Sal!
No tuvo que decirlo dos veces, Aioria no iba permitir que el insecto manchara su honor y el de su templo de esa manera. Fueron a la nave principal y Delphine a ponerse a salvo.
—¡Enciende tu cosmos Aioria! O te arrancaré la piel a tiras.
—Pide disculpas y no haré que te comas tus palabras.
Sus cosmos se empezaron a elevar
—¡Aguja escarlata!
—¡Rayo relámpago! —gritaron, una ráfaga helada los alcanzó y una rosa cortó por en medio de ambos.
El jardín de rosas clavadas a su alrededor empezó a drenar su energía y no lograron oponerse ya que sus pies estaban anclados en el mármol con hielo.
—No creí que tuvieran tan pésimo gusto —Afrodite se dejó ver entre las sombras y los pasos anunciaron a Camus antes de que fuera visible—. Tu récord de buena conducta está arruinado cachorro.
Furiosos: Aioria volteó a ver a Afrodite sin armas para contradecirlo y Milo empezó a golpear el hielo para liberar sus piernas. Sin su armadura y un cosmos tan perturbado, no era rival para la técnica de Camus.
—¿Qué haces aquí Milo? —cuestionó serio Acuario.
—Viendo si venías a rescatar a tu novia y parece que no me he equivocado.
—Menudo cliché, ¿podrían dejar de hacerme perder el tiempo? Un día, un solo día y ya están armando alboroto —fue haciendo desaparecer sus rosas—. Dejen de actuar como críos y resuelvan esto como se debe —Camus retiró el hielo a la orden de Afrodite—. Ninguno saldrá de aquí hasta que hayan arreglado sus diferencias. Esto es absurdo, se supone que son Caballeros Dorados.
Impotente, Aioria apretó los puños. No podía ni pedirles que salieran de su templo. Pero juró que esa se la pagaría el desgraciado alacrán.
—Yo no tengo nada que arreglar con ellos.
—Apuesto a que sí, cachorro. Sé un buen gatito y quédate donde estás. Estoy seguro de que especialmente Camus tiene asuntos que te podrían interesar.
Milo se volvió a enfurecer e hizo sangrar su labio inferior.
—¿Es eso cierto Camus?
Acuario cerró los ojos y luego miró a Milo con decepción.
—No le des vueltas, Milo. ¿Qué quieres saber?
—¿Qué pasó en estas dos semanas? ¿Por qué estás con esta gata que se enamora de quien se compadece y pasa cinco minutos con ella?
Un aire helado envolvió el recinto. Aioria bajó la mirada furioso, avergonzado y dolido. Nunca pensó que Milo tuviera esa opinión de él y que creyera que sería capaz de faltarle al respeto a la relación que tenían el cubo y el bicho desde hacía años. Él, su amigo de toda la vida.
El Santo de Leo limpió la crema restante en su cara y volteó a ver a Camus.
—Habla, Camus. Creo que todos estamos esperando tu respuesta.
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