1. La decisión

Los recintos del Santuario se caracterizaban por su quietud en época de paz, sobre todo en la parte más alta entre las montañas; allí donde se guardaban los aposentos de la diosa Atenea y los salones privados de su representante en la Tierra, el Patriarca.

—¡No puedes estar hablando enserio!

—¡¿Acaso piensas que estoy bromeando?!

La joven doncella que pasó frente al estudio del Sumo Sacerdote lo creyó así, al menos, hasta que aquella inusual elevación de voz hizo detener su andar. Uno de sus pies giró para dar un tímido paso hacia las enormes puertas de madera.

—¡Me encantaría pensar que sí, porque tus palabras carecen de sentido común!

—¡Estoy siendo absolutamente más razonable que tú!

—¿No soy razonable? ¿Yo? ¡Soy el responsable de cada alma en este lugar! ¡No me dirás cómo manejar a mis soldados!

Cuando la curiosa muchacha sintió un golpe contra la mesa, su sobresalto fue tal que el canasto resbaló de sus manos; pero en un reflejo rápido lo recuperó, suspirando en silencio. Si hubiera hecho algún ruido, esa puerta se abriría; llegarían los guardias, y...

Tomó con fuerza el mimbre y se fue casi corriendo.

Dentro del estudio, dos figuras se agitaban por toda la habitación. El hombre daba vueltas en círculos frente a su mesa de trabajo; en tanto, una joven le daba la espalda mirando hacia la inmensa biblioteca, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. En un momento, él fue hacia ella y quedó detrás, buscando ojos que la fémina le dio sólo por el refilón de su perfil.

—Puedes vociferar todo lo que quieras, Sage, pero sabes que tengo un deber que cumplir.

—No puedes tomar determinación por sobre mí en este lugar, mujer.

—Y tú no puedes ordenarme cuando hablar o no, ¡soy el maldito Oráculo de Delfos! — le respondió con un tono más alto, cerrando los puños y enfrentándolo — La Matriarca, tu igual. Si Apolo y Artemisa quieren que lo sepa, lo sabrá.

—No metas a los dioses en esto, es tú deseo — el muviano arrugó los puntos en su frente, más determinado — . Solamente te dan la información. Y como sé que es tu intención te lo estoy pidiendo, Thais... — el anciano suspiró su nombre, agotado ya de aquella larga discusión, bajando los brazos.

Al ver esa reacción, la pelirroja levantó las manos en señal de tregua discursiva, calmando su temperamento.

—Ya no somos seres preocupados por alguien a quien queremos mucho; somos dos mensajeros que deben pensar en la mejor estrategia para conducir las vidas de esta generación.

—Es por eso que no considero conveniente que Géminis lo sepa, o será más difícil para él.

La Matriarca de Delfos observó al Patriarca de Atenas unos instantes, para luego girar su rostro hacia la única ventana que dejaba entrar la luz del día. De repente, sus ojos fueron algo más nubosos, dispersos en un pensamiento fugaz.

—... ¿Y cómo piensas esconderlo? Sabes cómo es Damasus, tarde o temprano lo sabrá. Si es que ya no lo averiguó.

—No puede averiguar algo que desconoce. No es lo mismo que lo de su hermano...

—Justamente — volvió a mirarlo, con los brazos en jarro — . Su corazón se quiebra un poco más cada año que pasa sin hallarlo. Todos tus intentos han sido inútiles, al igual que los míos. El gemelo está siendo ocultado, y nada podemos hacer hasta que decida aparecer. En tanto eso lo tiene desalmado, ¿por qué no darle esperanza por otro lado?

—No lo soportará.

Sage caminó hasta el escritorio, sentándose en el borde y entrelazando sus manos sobre la falda. Sus ojos no se despegaban de sus botas, y sabía la muchacha que el muviano se sentía culpable por no ayudar al Santo Dorado aún con todos sus conocimientos, experiencia y poder desde Star Hill.

—No confías en su rectitud. — dijo la pelirroja, animandose a asumir algo. El hombre sonrió con sorna, sin mirarla.

—No confío en su osadía— corrigió —. He criado a ese muchacho, lo poco que se ha dejado criar. De ponerlo en esa circunstancia, sería capaz de cualquier cosa para evitar la propia suerte que le depara, y hasta cambiarla para... para que sea diferente. No sería bueno.

—¿Eso crees?

Thais caminó hacia él y se sentó a su lado, mirando hacia las cortinas verdes de terciopelo que adornaban la entrada tras la puerta.

-Yo creo que aún sabiendo su destino, le darías bríos nuevos para cumplir mejor con su misión. ¿Piensas que esa conciencia de las cosas le quitará responsabilidad?

—No quiero que esos bríos lo confundan, es todo. No debe dejar sus deberes — se encogió de hombros, acomodándose el largo cabello a un lado — . He visto muchas veces como los caminos se desvían cuando las prioridades cambian.

—También se desvían cuando los objetivos se vuelven el único motivo de vivir; y siempre es bueno hallar nuevas razones para existir — Thais rozó la mano de Sage y la tomó con suavidad. Como éste no se la quitó, supo que la pelea había terminado — . Tú mismo me lo dijiste una vez, hace muchos años.

—Es... diferente.

El Sumo Sacerdote parecía mucho más joven cuando se ruborizaba, encantador en los bochornos que rara vez aparecían en su rostro. La mujer no pudo evitar sonreír cuando éste carraspeó y se acomodó el cuello de la camisa semi abierta.

—No por ello deja de ser bueno.

—Lo sé. A veces genera más problemas que soluciones, pero... también es verdad que no puedo defender tanto esa postura —se detuvo un momento, buscando ser más honesto y menos formal en sus palabras — ¿Comprendes, querida mía? Damasus sufrió mucho al venir aquí, algo que me reprochó hasta entrada su juventud. De no ser por Lugonis, hubiera desertado hace años. Sólo la candidez de Piscis le hizo comprender que había un motivo para él aquí; que podía tener seres queridos, ser amado por quién era y no por lo que estaba destinado a ser. Después de tanto, no quiero complicarle más la vida.

—Sigues viéndolo como ese niño que no quería escucharte — concluyó con ternura la Matriarca —. No te culpo, ciertamente tiene un alma juguetona que busca romper los moldes. Cuando lo conocí, me desconcertó en más de una ocasión.

—Así es su naturaleza, imprevista y cambiante.

—Eso no lo hace irresponsable; son dos cosas diferentes.

—Es un buen Santo cuando toma su papel en serio.

Ambos sonrieron sin verse a los ojos, tomados de la mano.

—No arruinarás nada, Sage. Por el contrario, creo que harás más grande a tu escurridizo soldado — sonrió la pecosa, buscando los ojos verdes para afirmar sus palabras. Tomó entre sus manos la del hombre, besándole delicadamente los nudillos gastados por el tiempo y las guerras — . Qué mejor trabajo para un Patriarca que ese.

~o~

—Sumo Sacerdote, Damasus de Géminis está aquí ante su llamado.

Al poner rodilla en tierra, el ruido de la armadura pareció traslucir la amargura de su dueño. Con casco en mano, los ojos del gitano estaban bajos no por respeto, sino por vergüenza.

No se esperaba menos de un Santo Dorado ante el Comandante en Jefe.

—Géminis, hace tres meses te encomendé la misión más importante de tu estrella, y volviste con las manos vacías. Dime por qué.

La voz fría de Sage parecían cuchillas atravesándolo por todos lados. Quería mucho al anciano; como Maestro, y por extensión del profundo vínculo que tenía con Hakurei de Altar. La decepción del hermano menor de su amado le parecía doblemente agraviante.

El moreno cerró los ojos un momento, para no moverse de más.

—Señor, no quiero redundar sobre la devolución del informe.

—Me gustaría escucharlo con tus palabras, no la formalidad que has escrito en el papel, Damasus.

El Santo frunció el ceño confundido, y no pudo evitar levantar la mirada. Sus ojos grises pintados con kohl se abrieron con sorpresa cuando contempló a una mujer acercándose hacia el trono del Patriarca.

—... ¿Thais?... Quiero decir, gran Matriarca de Delfos. Es un honor tenerla frente a mí.

—Es bueno verte de nuevo, querido amigo. — la pelirroja sonrió un instante, pero su postura cambió. Su paso tras las telas color vino de su vestido fueron más firmes. Entre sus manos tenía un tubo dorado con un papel dentro: el informe especial de las misiones para los Santos Dorados, con el sello lacrado del Patriarca.

La mujer caminó hacia Sage, quien se encontraba sentado con el casco dorado cubriendo la mitad de su rostro, y se posicionó a la derecha del trono. Sin máscara en la intimidad de esa reunión, y con el cabello trenzado entre sus laureles de oro, parecía una reina al lado de su esposo. Eso hizo sonreír a Damasus: era la imagen exacta que había visto alguna vez en sus sueños.

Sus cartas jamás se equivocaban.

—Lo diré si dilaciones si me lo ordena el Sagrado Oráculo, con el permiso del Patriarca — este asintió y el gitano levantó más la cabeza — . Mi noble señora, el motivo me avergüenza de un modo inimaginable, pues en mí no debería estar dispuesta esta debilidad — se calló un momento — . Simplemente, no pude. No pude sacarle a esa pobre mujer sus bebés de los brazos— suspiró — . Los defendió con tal cólera que mis razones no le convencieron. Pero, aunque los hubiera entregado... me hubiera negado.

—¿Por qué?

La mirada ceniza enfrentó a su par, con curiosidad.

—Creí que su valor me había conmovido, pues aquella parturienta tenía mucha fuerza — negó con la cabeza — . Pero no fue ella, fui yo: sentí una lástima infinita de separarlos de su madre. Me pareció impropio de ser algo dictado por nuestra diosa entre las estrellas.

—¿Consideras que Atenea repararía en el detalle de que sus consagrados sacrifican su felicidad por el bien mayor? Es la premisa básica de este lugar.

—La piedad también es su premisa. Y como ella sigue eligiendo encarnar en la Humanidad, estoy seguro que sí le preocupan las almas entre sus filas — afirmó el Santo —. Vela tanto de la mente, como de los puños y el corazón de cada uno que pelea en su nombre. Por eso Niké está a su lado: porque es inteligente.

Sage sonrió en un gesto imperceptible, y Thais supo que aquellas palabras enorgullecieron al muviano.

—Quita la culpa de tus hombros entonces, Damasus de Géminis — dijo la mujer — . La razón por la que estoy aquí es porque los dioses gemelos han enviado un mensaje referente a tu misión.

El Santo no pudo evitar ponerse de pie, nervioso.

—¿Estás aquí por mí?

—Hemos... hablado mucho con el Patriarca al respecto — Sage la miró de reojo — . Cruzando información, llegamos a una conclusión. Es mi deber decírtelo, por eso se me permite hoy la dispensa de estar frente a tí.

Damasus empezó a temblar, y el pecho se agitó. Lo único que se le notó, sin embargo, fue un suspiro profundo.

—¿Tomarán mi castigo en sus manos a pedido de Hermes? Él no soporta las fallas en sus hijos.

—Tu aparente fracaso no es tal, Géminis — comenzó — . No hay nada que castigar, pues era natural que ocurriera.

—... ¿natural?

—No has podido separar a los infantes de su madre porque inconcientemente no podías dejar a tu prole sin el sustento indispensable, que es el seno materno.

—¿Mi-?

—Son tus hijos, Damasus. — cortó el Patriarca, poniéndose de pie — . Lo hemos comprobado en Star Hill y en Delfos. Nos costó mucho decidir qué hacer con esta revelación, porque no sabíamos cómo ibas a reaccionar.

La expresión siempre fluctuante del gitano se congeló por completo unos segundos. La garganta se le apretó y perdió la voz. Sólo un pie respondió, dando un paso hacia atrás para no tumbarse de espaldas y hacer el ridículo.

—¿Damasus... ?— preguntó la pelirroja.

—N-no sé qué decir.

—Yo sí, y será tu siguiente orden — dijo entonces Sage, para sacarlo de su entumecimiento — . Cuando esos niños cumplan el año de edad y ya no dependan del pecho, los traerás sin excusas. Te harás doblemente responsable de su crianza y entrenamiento. Eso implica que tu lazo con ellos no deberá irrumpir de manera alguna la formación de ambos. Uno de ellos será tu sucesor, participará en la Guerra Santa, y no podrás evitarlo.

El gitano frunció el ceño ofendido por la suposición, pero luego cambió el gesto. Era comprensible que, conociéndolo, sospechara algo así.

—Esto es algo serio, señor Patriarca. No usaré ninguna artimaña para desviar nada de lo que ya esté predestinado para ellos — colocó una mano en el pecho y se inclinó levemente — . Lo juro frente a los representantes de los tres dioses presentes.

—Es mejor así. A veces, el amor lleva a tomar decisiones equivocadas.

—Al mismo tiempo, también logra conjurar las decisiones correctas — el moreno sonrió con más amplitud tras decir aquello, y se inclinó en una reverencia — . Les agradezco que no me hayan ocultado semejante verdad, que llena de luz mi corazón. Géminis brillará bajo el esplendor de esas dos pequeñas almas. Yo me ocuparé de eso.

—No se espera menos de tí, Damasus — Thais dijo finalmente, con una sonrisa — . A su tiempo, podrás criar a tus hijos; y a su tiempo, podrás reencontrarte con tu hermano. Son regalos de los dioses. En el futuro sabrás cuál te dará felicidad... y cuál no.

La mirada del gitano se oscureció, pero mantuvo la alegría de saber que había podido ser padre. Ya conocía su final, y nada lo cambiaría.

Pero ahora no estaría solo.