Disclaimer: Los personajes de Ranma ½ no me pertenecen. Historia creada sin fines de lucro.


Nota:

Este fic estaba y fue pensado para Halloween y como no lo había terminado, decidí posponerlo para el año siguiente, pero esta sería la segunda vez que se pospone, así que me propuse terminarlo aunque ya haya pasado tiempo. La temática que trata no es agradable, así que si eres susceptible, por favor no lo leas. OoC


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—|Dulce|—

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"El demonio del mal es uno de los primeros instintos del ser humano." – Edgar Allan Poe

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Ya hace bastante tiempo que la idea empezó a rondar por tu mente. Al principio te creías cegado por un momento de cólera, que la rabia y la miseria te estaban jugando una mala pasada. Tú, bien lo sabes, te conoces tan bien, tú no eres así, nunca lo has sido… al menos eso es lo que querías creer.

Pero no, esa idea se arraigó tan profundo en tu mente y, ya ha comenzado a dar sus frutos, sus dulces frutos. Has pasado un sinfín de noches en vela, leyendo, estudiando y aprendiendo la mejor y más certera forma de acabar con su vida…

Y ahora, cada día te cuesta más mantener tu fachada, aquella careta de sumisión que siempre has portado, la máscara con que te presentas ante al mundo. Cuesta… pero la mantienes de la mejor forma, o al menos haces el mejor intento porque sabes que pronto obtendrás tu desquite…

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Comienzas este día como cualquier otro: te levantas por la madrugada, aun y cuando el sol no se asoma por el horizonte. Arreglas tu cama y las almohadas de manera impecable, ni una arruga se adivina en ella; cepillas tu cabello ceremoniosamente y lavas tus dientes y cara con agua templada. Secas tu rostro y luego te miras al espejo, tus ojos y en general toda tu faz, lo refleja. Ya estás fastidiado de esta absurda rutina y te preguntas: ¿ha valido la pena?, bien sabes que la respuesta es un rotundo no, sabes que te aferraste a un imposible y que estabas tan ciego –literal y metafóricamente hablando–, que jamás te paraste a pensarlo a conciencia, porque te creías merecedor…

Creer, ese fue tu problema y ahora te arrepientes profundamente, de ahí se devanan esos pensamientos que ahora rondan tu mente noche y día, día y noche, y que se han vuelto tus íntimos compañeros.

—¡Mousse!

Escuchas tu nombre ser vociferado por esa decrepita y cascante voz y, te da asco, unas nauseas indescriptibles y un malestar general impregnan todo tu ser, tanto, que incluso llegas a odiar tu propio nombre al ser dicho por esa persona tan desagradable. ¡Oh! sería tan maravilloso acabar también con su despreciable vida, pero ella no es tu objetivo… no, no.

—¡Ya voy! —le respondes con desgano.

Te miras al espejo una última vez y demudas tu expresión, no puedes permitirte que alguien sospeche. Atas tu cabello en una coleta baja y ajustas tus gafas antes de abandonar tu pieza. Pasas a un lado de la puerta de su habitación, y no puedes evitar detenerte. Apoyas las palmas de tus manos sobre el marco de la puerta y pegas el oído sobre la endeble y fría madera, contienes la respiración y puedes escuchar que aun duerme.

Cierras los ojos dejándote llevar por ese sonido que te reconforta y con los dedos acaricias la superficie, simulando que la puedes tocar a ella.

Inhalas y exhalas y, cuando abres los ojos, puedes sentir otra vez el peso del mundo sobre tus hombros. La realidad te aplasta. Sacudes la cabeza con energía, ahora no es momento de debilidades y bien lo sabes.

Bajas a prisa los escalones y la ves de espaldas en la cocina apoyada sobre su rugoso y fiel bastón y, de nuevo sientes ese sabor amargo escocerte la garganta.

—¡¿Por qué tardas tanto, pedazo de estúpido?! —vuelve a gritarte y se asoma para mirarte con antipatía, sus ojos chispean esperando tu valiosísima respuesta.

—Tuve una mala noche —le respondes en tono monocorde.

La ves torcer el gesto y darse la vuelta para seguir en lo suyo. Le sacas la lengua en un gesto infantil que te hace sentir un poco bien, de hecho se siente bastante bien.

Te diriges hacia la parte trasera del local y sales, en un par de minutos llegarán los proveedores y tienes que atenderlos o recibir una tanda de bastonazos en la cabeza, la opción es clara. El aire matinal te produce escalofríos, el otoño está siendo muy frío, mucho más de lo normal, casi que en cualquier momento podría empezar a nevar.

Suspiras.

El gran camión de suministros aparca a unos metros de ti, te acercas al empleado quien te saluda con un movimiento de cabeza. Es de las típicas personas que piensa que no hablas japonés, lo sabes porque les has escuchado como se burlaban frente a ti del mal acento de Shampoo, de la vestimenta que portan y, por supuesto, de tu miopía; pero los dejas vivir en su error, no te interesa desmentirlos, ¿para qué?

El hombre te da la factura, la lees rápidamente y le entregas los billetes –los de más baja denominación, cortesía de Cologne– y por un rato se entretiene contándolos. Cuando por fin se van, apilas unas cajas y entras en el local.

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La noche ha llegado y lo que más desea tu cuerpo es una buena ducha, de esas que dejan la piel arrugadita de los dedos; pero hay algo mucho más importante que tienes que hacer antes de eso. Vistes tu chaqueta oscura con capucha y una gruesa bufanda y sales sin que las mujeres adviertan de ello.

Has caminado un par de kilómetros y tus mejillas son dos tomates fríos al igual que tus manos; pero tu interior hierve en una emoción, que bien sabes, es insana, pero… es muy agradable, cuasi reconfortante.

El sujeto te espera en un terreno que colinda con la primaria Shimura, que a esas horas, parece una casona del terror, llena de sombras que se alzan por doquier. Llegas a su lado en unos cuantos pasos. Su olor te pega fuerte en la nariz, una mezcla de azúcar y tabaco rancio, no puedes evitar la picazón y estornudas fuertemente.

—Lo lamento —te excusas mientras frotas tu nariz.

—Ser fría noche, ¿eh?

—Muy fría —respondes escuetamente, otro más que se mofa de la mala pronunciación de los extranjeros.

—¿Traes lo acordado?

—Por supuesto —sacas un saquito cargado de monedas, nunca entendiste esa peculiar petición.

El hombre te arrebata el costalito y lo sopesa en la palma, las monedas provocan un sutil sonido metálico cuando chocan entre sí y en su rostro se forma una sonrisa grotesca y un apestoso vaho se escapa de su boca, luego guarda el costalito en un bolsillo del abrigo.

—Toma —te entrega un sobre de no más de 5 cm que ha sacado de la parte interna del abrigo—, debes ser muy cuidadoso con la dosis, un solo granillo de más y ocurriría en el instante y estoy seguro que no querrás verlo —te advierte en un susurro.

Te apartas de él, su aroma te provoca un regusto ácido en la garganta. El hombre te mira como queriendo leer tus pensamientos, pero, ya has aprendido a esconderlos bien, en lo más profundo de tus entrañas. Al final, desiste de su empresa, chasca la lengua y se marcha del sitio sin decir ni una palabra más, pronto se mezcla con las sombras y por fin puedes volver a respirar.

Decides volver, ahora sí que necesitas ese baño.

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La campanilla de la entrada suena, levantas la cabeza para ver quien ha entrado. Cuando le ves, sientes ese poderoso latido de tu corazón, un inconmensurable odio que atenaza cada fibra de tu ser, tu cuerpo está listo para atacar. Su risa retuerce tus nervios hasta la locura y aunque quieres evitarlo, aparece ese tic en tu ojo izquierdo.

—¡Qué hay cegatón! —te saluda con burla y estás a punto de estallar en cólera.

—¡Ranma! —la chica Tendo le da un fuerte codazo en las costillas y él lanza un chillido.

—Eres una…

—Una qué, ¿eh?

—¡Àirén!

El grito emocionado y el empujón que le sigo, te dejaron fuera de la jugada sin que puedas advertirlo. Alzas tu mirada y solo puedes ver tres bultos sin forma que se mueven y hablan y es francamente estresante; palpas el suelo en busca de tus gafas, te arrastras sobre tus rodillas y palmas, pero no das con tus preciados aliados.

—Aquí tienes.

La voz de Akane a tu lado izquierdo te interrumpe, estiras la mano y tocas la patilla de tus lentes.

—Gracias —le dices en un murmullo y te pones las gafas.

En la mesa de la esquina, Shampoo está colgada del cuello de Saotome, replegando insistentemente en él todo su cuerpo, la amargura invade tu pensamiento y sin fijarte, comienzas a estrujar tu túnica.

—¿Cómo puedes soportar… eso? —siseas mirándolos fijamente.

Akane ladea la cabeza y te mira como no entendiendo la pregunta, o al menos así te lo parece.

—Olvídalo… —suspiras.

Te levantas con desgano y apartas la vista de ellos, extiendes tu mano hacia Akane para ayudarle a levantarse y ella la toma con una sonrisa tímida.

El resto de la tarde la pasas metido en la cocina, lo que menos deseas en esos momentos es lidiar con tanta estupidez. Te concentras en perfeccionar el sabor y la textura de tu versión de dango. Una amplia sonrisa se apodera de tu rostro…

—Muy dulce —saboreas las palabras.

—Que tanto haces ahí dentro —habla de pronto Cologne.

—Un postre —respondes sin ganas.

La mujer se acerca a ti y se asoma sobre tu hombro, sonríe con satisfacción.

—Mañana harás más. Se los regalaremos a los clientes. —Te ordena y aunque quisieras negarte, esta es una excelente oportunidad para concretar tu plan.

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Te cuesta conciliar el sueño, la emoción te taladra el cerebro y hace que ninguna posición en la cama te sea cómoda y tú necesitas imperiosamente dormir, cansado podrías ser un completo desastre. Sales de la cama y recorres con sigilo el pasillo, no puedes evitar posar tu oído en su puerta y escuchas quietecito. Satisfecha tu manía, te separas con cuidado y sigues tu camino.

En la cocina, hurgas los estantes en busca de unas hierbas que bien sabes, Cologne utiliza para relajarse. Das con el tarro y lo abres con sumo cuidado, el olor no presagia un agradable sabor pero realmente no te importa demasiado. La infusión te relaja en instantes.

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El Nekohanten está ocupado hasta su máxima capacidad. Los volantes que estuviste repartiendo en la mañana han atraído a bastante más clientela de la habitual –muchos alumnos del Furinkan–, y entre tú y Shampoo apenas se dan abasto con todos pedidos y tu dango de obsequio está siendo un completo éxito en el lugar… un efímero éxito, pero quien va a saberlo.

Sonríes con displicencia cuando el último cliente te felicita por el curioso sabor del postre y promete volver pronto. Das la vuelta y haces crujir levemente tu cuello. No habías dado ni tres pasos cuando la campanilla vuelve a sonar.

Ranma Saotome te sonríe y le devuelves el gesto cargado de ironía. Los engranes de tu venganza parecen encajar a la perfección. Contienes a duras penas una carcajada.

—Hola, Mousse —la voz tiritante de Akane te distrae un instante—. ¿Es muy tarde para un ramen? —pregunta frotándose las manos.

En realidad sí es demasiado tarde, pero te haces de la vista gorda y sonríes de forma franca por primera vez en mucho tiempo.

—Nunca es tarde.

Shampoo no tarda en salir y hacer uso de sus encantos contra Ranma. La chica Tendo ni se inmuta ante la escena y se sienta a la mesa en completo silencio, Saotome le clava una mirada compungida y aunque quisieras indagar más en su lenguaje corporal, no puedes perder el tiempo, ya no.

No necesitas decirle a Cologne sobre el pedido, ella ya se encuentra en ello.

—No olvides el dango —te dice sin dirigirte la mirada.

Por supuesto que no lo olvidarías… nunca.

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Las voces llegan a ti de forma amortiguada y aunque le oyes reír, permaneces impasible con la vista fija en la forma en como caen los granillos, uno tras otro, sobre el postre y para tu agrado, el tono verde de la última bolita, los mimetiza a la perfección. Cuando han caído los necesarios, envuelves nuevamente el sobrecito y lo escondes muy bien.

Tomas la bandeja y te diriges a la salida de la cocina para llevarles el postre y apenas das un paso fuera, Shampoo te arrebata la bandeja y la lleva ella misma. Se inclina sobre la mesa cubriendo del todo tu campo visual. Cuando se vuelve a alzar, todos tienen un dango… ¿y si? una punzada de pánico te recorre la espina dorsal…

«Bueno, mala suerte para ella», piensas y la sensación de pánico se va sin más.

—Mousse… deja de espiar y ve a fregar los trastos —la voz de Cologne resuena.

La miras con desprecio y aunque quisieras cantarle sus verdades, te ahorras tus palabras… después de esta noche nunca más tendrás que verle la cara.

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La noche y los ruidos nocturnos ahogan el bum bum de tu corazón. Luego de que el Nekohanten cerrase, tú te has ido a dar una buena ducha y fingido ir a tu habitación, ninguna advirtió que en vez de eso saliste por la puerta trasera, llevando contigo sólo lo que traes puesto y el dinero que has ahorrado en los últimos dos años, nada de lo demás te pertenece y realmente no eres muy arraigado a cosas materiales.

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Has andado por un par de horas y cuando llegas a tu destino final, la luz de la Luna que se asoma entre las nubes, le da una deforme apariencia a la fachada del inmueble. Te sacas el pesado y ruidoso abrigo y lo dejas escondido entre unas piedras. Trepas por el muro y en un santiamén estás frente a la ventana de tu víctima. Colocas con gran sigilo tus dedos sobre el marco y ruegas que no te tenga seguro y…

Contienes un jadeo cuando la ventana se desliza sin esfuerzo. Enseguida, como una sombra invades la habitación… su habitación.

Tomas posición frente a su cama, su cuerpo está casi inmóvil, pero sus ronquidos son irregulares y te preguntas si ha empezado. Quisieras acercarte y comprobarlo cuanto antes, pero, mantienes tu distancia por si acaso.

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Las horas escurren despacio, ya debía de haber sucedido… lo más probable es que la persona equivocada ha comido el dango equivocado. Frustrado te levantas de tu sitio de vigía, no puedes dejar que nadie te vea saliendo de aquí.

Nggghh

Los vellos de tus brazos y nuca se erizan al escuchar ese gemido… «Podría ser», desandas tus pasos y te acercas imperiosamente hasta su cama. Te mantienes quieto y caes en cuenta que quizás sólo imaginaste aquel sonido, acercas más tu cara a la suya y observas…

Sus ojos se abren por completo, quieres retroceder pero tu cuerpo no responde. Por un momento sus ojos parecen reconocerte en la oscuridad o tal vez no, por eso evitas siquiera respirar…

Nggggghhaa

Ahí está… no lo has imaginado, ese gemido procede de sus entrañas y es de un horror profundo y… todo ocurre, aquello que el hombre apestoso te advirtió, está pasando frente a tus ojos.

Quieres apartar la mirada, pero el pozo en el que se han convertido sus ojos te tiene hipnotizado, te sientes caer dentro de esa inmensidad. Su último aliento escapa de sus labios y despacio sus parpados caen al mismo tiempo que un hilo de ¿saliva o sangre?, no sabes realmente que es.

Te apartas… tu cabeza está a mil, sientes que te falta aire. Necesitas irte.

Sales por la ventana olvidando cerrarla, tomas tu abrigo y te alejas.

La mañana va ganando terreno a la noche en ese ciclo infinito, pero tú no vuelves nunca más.


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Cuando Akane Tendo despertó esa mañana, bajó en completo silencio las escaleras. Se había abrigado muy bien porque ese día estaba haciendo muchísimo frío. Salió por la puerta que comunica a la casa con el Dojo y lo rodeó a prisa.

La habitación a la que recientemente se había "mudado" Ranma, estaba en la parte posterior del Dojo y había sido construida para cuando él y Akane se casaran, ese había sido el pretexto y los patriarcas lo celebraron, aunque realmente fue porque necesitaba un poco de privacidad.

Akane abrió la puerta sin siquiera llamar y en cuanto entró, un frío peor que el de afuera le dio la bienvenida. La chica frunció el ceño, el idiota de Ranma había dejado la ventana abierta, rápido fue y la cerró.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se frotó las manos con apremio, seguro Ranma se resfriaría. Ella se aproximó a la cama y se puso de rodillas frente al durmiente y lo contempló por un momento.

La cara de Ranma estaba parcialmente cubierta por su negro cabello y había un camino de saliva seca que empezaba por la comisura de sus labios y le llegaba hasta la quijada. Akane reprimió una risita y con cautela le despejó la cara. Él estaba tan profundamente dormido que ni se inmutó con el contacto de la chica.

—Eh, Ranma… despierta —susurró dulcemente.

Pero él no se movía, Akane frunció los labios.

—Vamos…, despierta. ¿Sigues enojado? —Continuó ella con apremio—. Tú tienes la culpa… si tan sólo no fueras tan… —dejó de hablar— ¿Ranma? —en su voz asomó una nota de alarma y empezó a moverlo más fuerte.

Algo no iba bien.

No dejó que el pánico la invadiera, inhaló y exhaló sonoramente, y pegó más su rostro al de Ranma para captar su aliento…

Él la sorprendió estampándole un fuerte beso y antes de que ella pudiera decir cualquier cosa, la jaló hasta meterla entre las mantas.

—Eres un bruto… —susurró apretujada contra su pecho.

—Mira quién lo dice…

—Entonces sí estás enojado.

—Nos dejaste plantados —refunfuñó indignado.

—¿Nos…? —Preguntó en un murmullo y sus ojos se abrieron tan grandes como podían cuando cayó en cuenta de a quienes se refiera—. Ay, sigues con eso… —contuvo la risa ante el semblante serio de su prometido—, lo siento.

—Tú te crees que con poner tus ojos de borrego y decir "lo siento", ya todo se soluciona ¿mmm? —dijo él con su mejor sonrisa.

—Pues sí… —respondió picándolo.

El rió roncamente. —Conozco otro método…

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Y en otro lugar… no muy lejos de ahí, el grito desgarrador de una anciana mujer recorrió el barrio de Nerima.

Shampoo, había muerto.

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Fin


30-11-2020

Revontuli.