—¿Y si raptamos al crío Winchester? —Estaba tan enfrascado en su nueva idea que ni se giró a mirar a su compañero—. Sería pan comido. El crío no tiene poderes, ni tan siquiera tiene dieciocho años. ¡Nos conocería todo el infierno! Se acabarían las aburridas guardias, los contratos estúpidos, e incluso podríamos escoger un cuerpo que nos gustara. ¡Tendríamos al ángel y al cazador en la palma de nuestra mano! Les podríamos obligar a hacer lo que quisiéramos.
Al fin, se giró hacia el otro demonio, con una sonrisa maliciosa en el rostro. Éste lo miraba confundido.
—¿El crío Winchester?
—Sí.
—¿El hijo del ángel Castiel?
—Sí.
—¿Y de Dean Winchester?
—Ajá —parecía que su compañero empezaba a pillarlo—. ¡Míralo! Está justo ahí. Yendo a un instituto humano normal, solo y sin protección. Está chupado.
—¡¿Estás loco?! —La repentina reacción del otro demonio le sorprendió, borrándole la sonrisa.— No, ¡eres un suicida! Eso es lo que eres.
—Pero…
—Raptar al crío Winchester, dice… —Lo dijo como si fuera un chiste malo, apartando la vista de él.— Ésa es una magnífica forma de ganarse una muerte lenta y dolorosa, muy dolorosa.
—Si tuviéramos al niño, no se atreverían a tocarnos. —Dijo ofendido, aun con convicción.
—¿Perdona? ¿Llevas los últimos treinta años escondido bajo una piedra o qué? ¿Es que no has oído las historias?
—Claro que sí, pero…
—Acabaron con Lucifer, ¡dos veces! Enviaron a los leviatanes de vuelta al purgatorio. Adiós a Abbadon. El cazador, como tu le llamas, ha llevado la marca de Cain. ¡Pero si incluso fue un demonio!
—Pero…
—Si Dean Winchester ha hecho la mitad de las cosas que se dicen por ahí para salvar a su hermano, imagina qué llegaría a hacer por su hijo.
—Ése es precisamente mi argumento…
El otro demonio no le hizo caso y siguió hablando.
—Y, claro, luego está el ángel… Castiel. Que no te engañe ésa pose de corderillo degollado. El tío está como una cabra y es más agresivo que un perro del infierno.
—Venga ya… —dijo intentando quitarle hierro al asunto, aunque su convicción empezaba a flaquear— no habrá para tanto.
—¿Ah, no? Entonces, ve. Mira, aun tienes un momento antes de que entre en el edificio. Venga, va. Ve y secuestra al crío Winchester —el demonio empezaba a mirar al niño con otros ojos, como si fuera la anilla de una granada—. Ve y te aseguro que todo el infierno te conocerá. Quizá no como tu quieres, pero serás el idiota muerto más famoso de todos los planos.
El demonio se quedó quieto mientras veía como el niño entraba en el instituto.
—Mmmm… quizá otro día.
—Sí, eso pensaba yo. Ahora, cállate de una vez y vigila; que es lo que nos han enviado a hacer.
Atentos como estaban a su conversación, no se dieron cuenta de que un par de figuras los observaban a sus espaldas.
—¿Y se puede saber quién es el cabrón que os ha enviado a espiar a nuestro hijo?
La profunda voz de Dean Winchester consiguió transpirar ira, aunque no había levantado en absoluto la voz. Los demonios se miraron entre ellos antes de girarse lentamente. Sí, ésos dos eran definitivamente los padres del crío Winchester.
Durante unos días, la puerta de la mazmorra estuvo cerrada a cal y canto. Nunca más se volvió a ver a los dos demonios.
