—A mis viejos no les gusta que salga de noche. Ya lo sabes.

Los pasillos del instituto eran tan comunes para ellos que ni los veían al pasar. Alona tenía las manos juntadas como si estuviera rezando. Se conocían desde pequeños y compartían una de esas amistades que recordaban a la fraternidad entre dos hermanos.

—Vengaaa. ¡Es una fiesta! ¿Cómo no va a ser de noche?

Johnny paró de repente. Alona estaba empezando a molestarle. Con diecisiete años, todos los chicos y chicas de su curso habían descubierto el rincón escondido del bosque donde se podían montar fiestas vespertinas con pocas posibilidades de que apareciera la policía. Y, con sus diecisiete años, claro que Johnny quería ir. Había suplicado y suplicado, más o menos. Pero sus padres no habían dado el brazo a torcer. No le querían deambulando de noche; incluso sin saber que las fiestas que les había mencionado se hacían en el bosque.

—Sabes que no me dejarán ir. ¿Por qué insistes?

—Tío, sabes que si tú no vienes… —Alona miró a su alrededor para comprobar que nadie los estuviera escuchando— Mark tampoco vendrá.

El chico soltó un suspiro. Así que era por eso. Alona estaba total y completamente enamorada de su primo, Mark.

—No creo que el tío Sam lo deje salir a él de noche tampoco. Puedes ir olvidándote de tu plan para conquistarle bajo la luz de la luna.

Alona soltó un suspiro triste y Johnny se apiadó un poco de ella.

—Anímate, mujer. Ya tendrás otras oportunidades.

La chica lo miró por el rabillo del ojo.

—Sigo pensando que no pierdes nada por volver a pedírselo a tus padres. Ellos son guais. No como los míos…

—¿Guais? Son demasiado protectores, controladores, pesados…

—¡Johnny!

Genial. La voz de su padre. En medio del instituto. Con todo el mundo en los pasillos.

Se giró lentamente con el ceño fruncido. Sí, era su padre. Estupendo. El hombre se acercaba a él con una gran sonrisa y la mano levantada para saludarle; como si no fuera a verle si no la levantaba. Sus hombros, cubiertos cómo siempre por una camisa de cuadros, se elevaban por encima de las cabezas de la mayoría de los estudiantes. Le devolvió el saludo mucho más disimuladamente mientras miraba a su alrededor incómodo. Todos miraban a Dean Winchester. Una profesora que patrullaba los pasillos chocó contra un alumno, un grupo de chicas empezó a cuchichear y unos cuantos chicos intentaron esconder su enrojecimiento.

Sabía que los padres debían avergonzar a sus hijos adolescentes. Lo había visto en películas, lo había leído en libros. Pero sus padres se pasaban de la raya. Ya no sabía cuántas veces se habían presentado en el instituto. En un par de ocasiones habían irrumpido directamente en clase, interrumpiendo al profesor o profesora que tuviera en ese momento. Y, sin embargo, una sonrisa de su padre y todos le daban el visto bueno para que siguiera avergonzando al pobre de Johnny.

—¡Papá! ¡¿Qué haces aquí?! —Gritó en susurros a la que su padre lo alcanzó.

—Te has dejado el almuerzo en casa y Cas me ha obligado a traértelo. Toma. No me mires así. Ya sé que no se supone que tenga que aparecer por aquí, nos lo has dejado bastante claro. Pero qué quieres que te diga, ¿has intentado enfrentarte alguna vez a él? No se puede.

Johnny lo miró con el ceño fruncido.

—Seguro que no lo has intentado demasiado.

—Claro que sí. —Dijo Dean con una sonrisa maliciosa.

Johnny soltó un suspiro exasperado. A veces se preguntaba si era posible ser más maduro que tu propio padre.

—Vale, bueno, ya lo tengo. Gracias.

Iba a despedirse cuando Alona lo interrumpió, dando un paso hacia adelante y levantando la vista para poder alcanzar los ojos de Dean.

—Señor Winchester…

—Llámame Dean, Alona.

—Sí, Dean. Ehm… estábamos pensando en quedar unos cuantos de clase para pasar el rato. Y el tonto de Johnny dice que no le dejareis ir. Pero yo le he dicho que tiene unos padres demasiado guais para que le digan que no.

Como siempre, su padre se hinchó como un pichón ante los halagos. Alona los conocía demasiado bien. Y sabía ganarse a la gente, sobre todo cuando podían conseguirle algo que quería.

—¿Por qué íbamos a decir que no?

—¡Exacto! Eso le he dicho yo —Alona estaba a punto de jugar su carta—. A veces me da un poco de envidia, que tenga unos padres tan impresionantes, que confían tanto en él… Que le han enseñado tan bien.

Johnny podía ver perfectamente a través de sus halagos. Pero su padre parecía que no, y estaba a punto de caer en su trampa.

—Siempre me siento segura cuando Johnny está cerca, y sé que es por ustedes… vosotros —corrigió rápidamente—. Por éso, aunque hemos quedado poco después de que se haga de noche, preferiría tener a un amigo en el que confiar. Un amigo en el que sus padres confían tanto.

La expresión de Dean cambió imperceptiblemente. Sus negativas a dejar salir a Johnny de noche siempre habían sido suaves y evasivas. Como si no quisieran contarle algo. Por desgracia para su padre, no había contado con la persistencia de Alona. Y, aunque Johnny sabía que quería negarse, vio cómo su padre sonreía incómodo.

—Claro.

Alona soltó un gritito, dio un salto y abrazó a su padre antes de pasarle un brazo por los hombros a Johnny.

—Gracias, ¡gracias! ¿Ves? Te lo he dicho, tienes los padres más guais del mundo.

Johnny levantó los ojos al cielo.

—Pero necesitaré saber dónde estáis, con quién y números de teléfono.

—¡Por supuesto! —Dijo Alona complaciente.

Su padre le revolvió el pelo antes de irse.

—¡Ah! Por cierto, se lo contarás tú a tu padre —Johnny asintió y vio cómo se marchaba con tensión en los hombros, e incluso le pareció oírle murmurar—. Cas me va a matar…

El chico lo dudaba. Su otro padre era más tranquilo, más comprensivo. Se podía hablar con él. Aunque era igual de protector, sabía ocultarlo mejor que Dean.

La campana sonó y los estudiantes se metieron en sus clases. Alona guió a Johnny, aun con el brazo sobre sus hombros.

—¿Ves? Solo tienes que pedir las cosas.

—A mi no suelen darme todo lo que se me antoja.

—Ya bueno. Yo sé usar mejor mi sonrisa. Ahora a cosas más importantes. ¿Cómo de difícil crees que será convencer a tu tío?

Dean saltó del Impala y entró como si le persiguiera una tormenta.

—¿Cas? ¡Cas!

El ángel sacó la cabeza por el marco de la cocina.

—Hola, Dean.

—¡Cas! —El cazador fue hacia él y se agarró a sus brazos como si fuera su tabla de salvación.— ¡Tenemos un problema!

—¿Qué ha pasado?

—No sé cómo… ésa chica, Alona, te juro que tiene sangre de bruja o de psíquica o de algo… en definitiva, no sé cómo, me ha convencido para que deje ir a Johnny a una de sus estúpidas fiestas secretas… ¡¿Qué vamos a hacer?!

Cas lo miraba como si fuera la persona más exagerada del universo. ¿Es que no le había entendido? ¿No lo había oído?

—¿Ése es el problema? —El ángel no parecía impresionado.

—¿Te parece poco? Es una fiesta, ¡en el bosque! Tienes que decirle que no. Que no le dejas. Tienes que prohibírselo.

Cas se separó de él con un suspiro y volvió a entrar en la cocina. Al parecer estaba haciendo café.

—No pienso negarle esto a nuestro hijo.

—Pero… pero…

—No, Dean. Johnny es un chico responsable y normal. Decidimos que no lo criaríamos cómo hizo vuestro padre con vosotros. Decidimos que viviría una vida normal. Ir a fiestas es lo que hacen los humanos de su edad.

Sabía que Cas tenía razón. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse por enésima vez si habían hecho bien al no entrenarle como a un cazador. Lo habían protegido de las maldades del mundo, sí. Y, a la vez, lo habían dejado completamente indefenso.

—Pero sabes que no es normal. No del todo al menos. Simplemente por ser hijo nuestro ya está en peligro.

La mirada de Cas se oscureció con el recuerdo de los demonios que habían atrapado hacía pocas semanas. No habían dicho para quién trabajaban. Dean conocía aquella mirada, y no presagiaba nada bueno. Siempre que la veía se alegraba que no fuera dirigida a él.

—Hemos detenido cualquier amenaza antes de que consiguieran acercarse a él. Johnny no podría estar mejor protegido.

—Pero… pero…

—Pero, si estás preocupado por un posible ataque… podríamos vigilarle sin que se dé cuenta.

Dean respiró realmente por primera vez desde que había entrado en el instituto.

—¡Oh! ¡Sí! Menos mal…

Abrazó a Cas y se dejó caer contra él con dramatismo como si no pudiera tenerse en pie. Sintió la sonrisa de su pareja contra la mejilla.

—¿Estás seguro de que quieres espiar a nuestro hijo? Si se da cuenta, es capaz de no perdonárnoslo nunca. A veces me recuerda un poco a Sam cuando era joven.

—Nosotros nos hemos perdonado cosas peores. Y no nos pillará.

—Uh, Cas, cuidado, estás empezando a soltar frases de película.

—No sé a qué película te refieres.

Dean sonrió antes de plantarle un casto beso.

—Claro que no.

Cas inclinó la cabeza, confundido. Y Dean no pudo evitar plantarle otro beso, esta vez no tan casto.