Convencer a su tío de que dejara ir a Mark había sido increíblemente fácil. Al saber que dejaban ir a Johnny, Sam no había puesto objeciones. La tía Eileen no había sido tan fácil, pero había acabado sucumbiendo bajo el inexplicable poder de persuasión de Alona.
Así que ahí estaban los tres, en el coche de ella, en dirección al bosque. Alona estaba claramente emocionada. Miraba tanto por el retrovisor, hacia el asiento trasero donde estaba Mark, que Johnny empezaba a preocuparse por su seguridad vial.
El cielo aun mostraba los colores del atardecer y, a medida que pasaban los minutos, el chico se sentía más esperanzado. Estaba yendo a una fiesta. Una sonrisa discreta se escapó de entre las comisuras de sus labios. No iba a ser nada espectacular o grande. Pero al menos no llegaría el lunes siendo el único que no sabía de qué hablaban los demás. Sus amigos del equipo de rugby estarían ahí. Sus amigos y amigas de clase. E incluso Marina le había confirmado que iría. Hacía unos días habían estado a punto de besarse y tenía el presentimiento que aquella noche tendrían otra oportunidad.
Sí, la noche prometía.
Claro que Johnny no podía saber que la buena suerte no duraba en su familia. Tampoco podía saber que se acercaban, kilometro a kilometro, a una trampa. Una que no iba dirigida a ellos por nada en especial, excepto el delicioso latido de sus corazones.
Estaban cantando y riendo. Estaban siendo adolescentes normales. Johnny no era de naturaleza aburrida. Le encantaba reírse y meterse con sus amigos. Su tío solía decirle que se parecía a Dean más de lo que creía.
Pero hacía ya un tiempo que se había dado cuenta de que en su familia se escondía un secreto, y la sensación de quedarse fuera de ello siempre lo ponía de mal humor. Llamadas a sus padres de gente de la que no había oído hablar en su vida, visitas de "amigos" y "amigas" de sus padres que no había vuelto a ver, viajes repentinos y extraños que dejaban a uno o a otro fuera de casa durante días. Nunca le dejaban solo, pero sabía que a veces el tío Sam los acompañaba.
Apartó sus sospechas del centro de su mente. Todo aquello no importaba, al menos por ésa noche. Por fin le habían dejado salir y no iba a malgastar la noche en estúpidas teorías de la conspiración.
Cuando volvió la vista hacia la carretera solo pudo gritar.
—¡Cuidado!
Los ojos de Alona buscaron la carretera, donde deberían haber estado en todo momento, antes de dar un volantazo que mandó el coche patinando y dando vueltas hasta chocar contra un pobre árbol que resistió su embiste con estoicismo.
La cabeza le daba vueltas. Sentía algo cálido y viscoso caer por su cara desde su sien. ¿Qué había pasado? Habían tenido un accidente. Estaba en el coche, con Alona y Mark. El recuerdo de sus amigos le espabiló un poco. Le dolía todo el costado derecho, pero se obligó a moverse.
—¿Alona? ¿Mark? —Un par de gruñidos le respondieron casi inmediatamente.— Menos mal… ¿estáis bien?
—Estoy bien. —Su primo ya se estaba moviendo, tocándose el brazo izquierdo con delicadeza— Pero creo que me he hecho un esguince.
Su calma siempre sorprendía a Johnny. Mark era un año más joven que él, pero siempre parecía tan serio como un adulto. Incluso de niños, le había costado comunicarse con él. Sin embargo, siendo de edades tan parecidas habían acabado siendo amigos. E inevitablemente, Johnny había acabado protegiéndole de los capullos que creían que podían meterse con él porqué parecía tímido. La verdad era que se equivocaban. Mark no era tímido y, después de verle tumbar a un chico que había intentado meterse con su grupo, sabía que tampoco tenía nada de débil.
—¿Alona? ¿Estás bien? —Preguntó su primo con un tono de preocupación que solo podías captar si lo conocías bien.
—El airbag se ha disparado. Estoy bien. —Dijo la chica. Sin duda, no conocía a Mark lo suficiente, sino estaría sonriendo como una tonta.
Johnny volvió a mirar hacia la carretera, y su expresión cambió radicalmente. Un hombre se acercaba a ellos lentamente. ¿Era lo que había visto antes de gritar el aviso? ¿Habían estado a punto de atropellar a una persona?
No.
No a una persona. Los ojos del hombre brillaban con antinaturalidad, sus hombros estaban demasiado levantados, su caminar recordaba al de un animal a punto de atacar. Cercando a su presa. Cercándoles a ellos. Johnny inspiró profundamente. Tuvo la certeza de que, si no hacían algo, iban a morir.
Cuadró los hombros y les susurró a sus amigos sin apartar la vista del hombre; o lo que fuera.
—Éste nos ha hecho chocar expresamente. Preparaos para salir corriendo. No, Alona. No me discutas ahora —sabía lo que le diría sin siquiera mirarla a los ojos—. Sí, sé que Mark tiene el brazo mal, pero las piernas le funcionan perfectamente. Además, tú le ayudarás, ¿verdad?
—¿Y tú qué harás, idiota?
—Distraerle.
No sabía exactamente qué se había apoderado de él, pero sentía una resolución que no había experimentado jamás en toda su vida. Iba a salvar a sus amigos aunque fuera lo último que hiciera. La lógica entró en acción. Estaba claro que el hombre era peligroso, y era más grande que él; lo cual era bastante difícil, pues el chico era alto. Pero si Johnny había aprendido algo del rugby, era que si dabas con el punto de presión correcto podías derrumbar a cualquiera, por grande que fuera.
La puerta se le resistió un poco. Pero consiguió salir sin demasiados malabarismos. El hombre tenía los ojos puestos en Alona, así que Johnny inspiró profundamente y se preparó para llamar la atención de aquellos brillantes ojos.
—¡Eh! ¿Puedes ayudarnos? —Bien, el hombre lo miraba a él.— Creo que se nos ha cruzado algún tipo de animal. ¿Tienes un teléfono?
Oyó a Alona y a Mark saliendo del coche y alejándose de ellos lentamente. Tenía que entretenerle un poco más. No sabía si serviría de algo, pero tenía que intentarlo.
—Oye, ¿entiendes mi idioma? Hemos perdido el control del coche y hemos chocado.
El hombre mostró sus dientes en una sonrisa peligrosa. Dientes demasiado largos, demasiado afilados. Las cejas de Johnny se levantaron con sorpresa, pero no se movió de su sitio.
—Vais a perder algo más esta noche, chico.
Vale. Definitivamente iba a morir. Su primer pensamiento fue para los labios de Marina, no había podido besarlos. Después pensó en su familia, y en lo mucho que los quería a pesar de ser los padres más pesados del mundo. Por último, se arrepintió de no haberles preguntado de qué iba todo ese secretismo. ¿Qué era lo que le ocultaban?
No tuvo tiempo de que se le ocurrieran más "últimos pensamientos".
—¡Johnny! —La voz de su padre, con el tono de reprimenda y preocupación que básicamente definían a Dean Winchester.
Su otro padre apareció de la nada, dándole la espalda, a medio metro del atacante. Johnny vio como le apoyaba una mano en la frente y la piel del hombre empezaba a brillar hasta escaparse por sus ojos, como dos faros de Hollywood en la noche. No tuvo tiempo ni de gritar.
¿Pero qué coño…?
Dean había llegado a él. Le observaba y cacheaba con preocupación como si buscara algo. Al parecer no lo encontró. Su padre soltó un suspiro de alivio antes de poner su cara más enfadada y condescendiente.
—¿Papá? —Dijo antes de que empezara a echarle la bronca.— ¿Qué ha pasado?
—Nada.
Johnny se lo quedó mirando como si fuera tonto. ¿De verdad iba a decir "nada" y ya está? Venga ya. ¿Cuan estúpido creían que era?
—¿Pa? —Llamó a su otro padre, que no se había movido del sitio.— ¿Estás bien?
—Cas.
—Estoy bien. —Contestó al fin.
El chico bajó la mirada hasta el cuerpo inerte de su atacante. Espera, espera, espera. ¿Qué acababa de pasar? Ahora que no estaban en peligro inmediato, los hechos le golpearon como un mazo.
Sus padres habían aparecido de la nada. Bueno, desgraciadamente, aquello no era tan extraño; alguna vez los había pillado siguiéndole. Y uno de ellos había matado a su atacante poniéndole una mano en la frente y haciéndole brillar… ¿cómo? Miró a su padre. Pa parecía estar a punto de llorar. Estaba evitando devolverle la mirada. Parecía asustado.
—¿Dónde están Mark y Alona? —Preguntó Dean.
Aquello le devolvió un poco a la realidad. Su padre lo miró, más serio de lo que jamás lo había visto.
—Johnny, contéstame. ¿Donde están tu primo y Alona? —Dean no había levantado la voz, pero tenía un tono que rozaba con lo peligroso.
—Yo… les dije que salieran del coche… Mark tiene el brazo mal. Les dije que yo lo entretendría.
Un destello de orgullo pasó por los ojos de su padre antes de hundirse en la oscuridad de aquella eterna preocupación verde.
—¿Viste hacia dónde iban? —Parecía un interrogatorio policial.
—Carretera arriba. Supongo que pensaron en ir a buscar ayuda.
—Bien. ¿Cas? Quédate con él. Voy a buscar a ésos dos.
Sus padres intercambiaron una mirada que, como siempre, parecía dejar excluido al resto del mundo, y Dean se puso en marcha.
Johnny se acercó a su padre.
—¿Pa? ¿Qué está pasando? ¿Cómo… cómo has hecho eso?
No le respondió en seguida. Su rostro seguía mostrando miedo. ¿Pero cómo podía tener miedo si era él quién los había salvado? Aunque Johnny no tuviera ni idea de cómo lo había hecho.
—Johnny… yo… —Cas lo miró un segundo, pero acabó alejándose de él un par de pasos— Será mejor que esperemos a Dean.
—¿Qué? ¿Por qué? Pa… cuéntame qué ha pasado.
El chico necesitaba respuestas, y con la adrenalina aun corriendo por sus venas se sentía lo suficientemente valiente cómo para exigirlas.
—¡Pa! Sé que me ocultáis algo. No soy tonto, ¿sabes?
—Lo sé.
—¿Entonces? Dímelo.
—Es… complicado.
—No. Las mates son complicadas, Alona es complicada. Pero decirme la verdad… no tiene nada de complicado. Es solo que no confiáis en mí.
Por fin su padre se giró para clavar su mirada en él.
—Claro que confiamos en ti.
—Pues cuéntame la verdad.
Sabía que estaba a punto de convencerlo. Lo veía en su cara. Claro que fue en ése momento cuando su padre decidió volver con Mark y Alona.
—Vámonos. —Dijo Dean cómo una orden.
Sin que nadie rechistara, subieron al coche de Alona. Los tres chicos detrás y sus padres delante. El coche se negó a encenderse un par de veces, pero al final sucumbió a los mandamientos de Dean. Dieron media vuelta y enfilaron la carretera de vuelta a la civilización, en silencio.
Johnny tenía mil preguntas rondándole la cabeza. Sin embargo, estaba seguro de una cosa. Jamás volverían a dejarle ir a una fiesta.
