Dean estaba en el sofá cuando Cas bajó las escaleras. El ángel seguía con los hombros caídos, derrotado. El cazador levantó la mano hasta que Cas se la cogió y tiró de él hasta conseguir que se sentara en el sofá a su lado.
—Estaba teniendo una pesadilla. —Dijo Cas tras unos segundos.
Dean le pasó un brazo por los hombros y lo acercó a su pecho, aun sin decir nada, sabiendo que su marido necesitaba sacar algo más.
—Estoy asustado, Dean. ¿Y si empieza a tenerme miedo? Yo nunca le haría daño…
—Lo sé.
—Le quiero tanto…
—Lo sé. —Repitió Dean.
Cas soltó un suspiro.
—No sé que haré si empieza a evitarme.
—Eso no va a pasar. Eres su preferido. —Dijo Dean con una sonrisa contra los suaves y oscuros cabellos de su marido.
—Siempre he creído que te quería más a ti. Sois muy parecidos.
—¿Tú crees? A mi me parece que tiene muchas de tus cualidades.
—¿Cómo cuales? —Preguntó Cas levantando la cabeza para poder mirarle a los ojos, con una chispa de curiosidad en ellos.
—Es paciente y amable, como tú. Sabe empatizar con los demás, pero también sabe dar un buen golpe si lo cabrean. ¿Has visto como ha intentado derribarme antes? ¡Casi lo consigue! El día que lo consiga me sentiré muy viejo.
Cas sonrió por primera vez en toda la noche. Se acomodó contra Dean hasta que su rostro quedó enterrado en el hueco entre el cuello y el hombro del cazador.
—Me reiré mucho cuando llegue ése día.
Dean le pellizcó el brazo.
—No te preocupes. Johnny no es tonto. Sabe que le queremos y se le da mejor perdonar que a mi.
Dean no estaba completamente seguro de que su hijo no fuera a cambiar la manera que tenía de verles. Quizá las inseguridades de Cas habían empezado a infiltrarse en su propio corazón. Pero esperaba, realmente deseaba, que su hijo no empezara a tenerle miedo al ángel. Porqué eso los destrozaría, a todos.
Creía que las confesiones habían acabado, pero sintió un suave suspiro contra su cuello antes de oír a Cas.
—Si me lo pide… si empieza a desconfiar de mí… me alejaré.
—¿Qué?
—Si realmente empieza a tenerme miedo… os dejaré en paz.
—No.
—Dean…
—No, Cas. Nos prometimos dejar de hacer eso. Nos prometimos dejar de sacrificarnos sin hablar las cosas. ¿Recuerdas? Eso es precisamente lo que estarías haciendo si te vas. El chico lo entenderá.
—Pero, Dean…
—He dicho que no. Punto.
Le levantó la barbilla con la mano, recorrió aquel mar infinito de ojos azules, y le besó con toda la fuerza de su convicción. Sintió las manos de Cas agarrándose a su camiseta como si fuera un salvavidas y, inclinándose un poco más hacia él, profundizó el besó hasta que su marido abrió la boca y le permitió que la explorara con su lengua. Ah, joder, besar a Cas nunca se hacía aburrido.
Se separaron tras unos minutos. Los dos con las pupilas un poco más dilatadas y las mejillas un poco más sonrojadas.
—Tu no te vas a ninguna parte. ¿Está claro?
Estaba haciendo trampa y lo sabía, pero le daba igual, que le denunciara si quería. Cas nunca le decía que no a nada si lo besaba de aquella manera.
—Está claro. —Dijo el ángel con voz ronca.
—Bien.
Dean volvió a acomodarse contra el sofá como si su corazón no fuera a mil por hora y con una sonrisa pícara en los labios. Solo tenía que esperar unos segundos. Tres… dos… uno…
—¿Dean? —Y ahí estaba.
—¿Mmh?
—¿Nos vamos a la cama?
Sonrió con suficiencia antes de mirar a su marido.
—¿Estás cansado?
Cas frunció el ceño, aun con las pupilas deliciosamente dilatadas.
—Aun no.
Y en un abrir y cerrar de ojos, Dean estaba tumbado en su cama, con la espalda contra el edredón y un ángel de Señor cerniéndose sobre él con las intenciones muy claras.
El cazador sonrió para sí. No le importaba sacrificarse en la importantísima misión de distraer a su marido de sus cavilaciones. Nope. No le importaba nada en absoluto.
