Esta historia participa en el reto «Uno, dos, tres» del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. La frase de terror que me sortearon fue: «Veo gente muerta» del Sexto Sentido.

Disclaimer: Todo pertenece a JK Rowling. Hay un WI en este fic, pero no os adelanto cuál, lo descubriréis al leer :)


Entre sombras


La encontraron en el lecho del río, depositada allí como un objeto amablemente rechazado.

El Támesis distaba de ser hermoso incluso en los rincones más alejados de la ciudad, donde fluía rodeado de naturaleza, pero ni siquiera esas aguas siempre turbias parecían querer guardar un cuerpo inflado, de ojos blanquecinos y piel que parecía todavía más pálida a la luz de las linternas que había traído consigo el Departamento de Investigación Criminal. Había caído la noche y la ventisca de nieve que había empezado por la tarde había arranciado; solo el amarillo brillante de los chalecos que llevaban los policías permitía distinguirlos sin dificultades.

—Apuntaría a un suicidio —dijo Laurel, arrodillada ante el cadáver—. No hay signos de violencia ni... ¿Me estás escuchando?

Hugo Granger-Weasley apartó la mirada del puente y la posó en la muerta. La mujer, que había sido joven, estaba tendida de costado, con una mano extendida hacia adelante como si pidiera ayuda.

—¿Estamos de acuerdo? —insistió Laurel.

—No —respondió Hugo.

—¿Qué te hace pensar…?

Pero antes de que ella pudiera acabar su pregunta Hugo ya había echado a andar, dirigiéndose hacia la pasarela que subía hasta el puente. Escuchó a Laurel resoplar a sus espaldas y no por primera vez se disculpó mentalmente por ser un compañero tan molesto.

Subió la pasarela. Las farolas arrojaban una luz mortecina sobre el puente; las linternas en las vallas que habían sido instaladas para evitar el paso de los coches parpadeaban. Hugo se quedó quieto en el centro de la carretera y entrecerró los ojos, tratando de distinguir con más claridad la sombra que había visto cuando estaba junto al río. Las luces rojas que se apagaban y encendían rítmicamente lo ayudaron: al cabo de unos segundos, pudo distinguir la silueta.

—Te veo —susurró, tras echar un rápido vistazo a su alrededor; siempre temía que lo tomasen por loco por hablarle al aire—, y quiero ayudarte.

La figura no se movió al principio. En ocasiones, Hugo era capaz de distinguir rostros que sonreían, lloraban o, como era el caso de la sombra de esa mujer, trataban de hablarle. Lentamente, Hugo negó con la cabeza; podía verla, pero no escucharla.

Así que la sombra señaló hacia un punto en el pretil del puente.

Hugo se acercó. Al principio no vio nada que llamase su atención, hasta que se le ocurrió bajar la mirada y entonces distinguió, casi borradas por la nieve que no cesaba de caer, la marca de unas pisadas. Se arrodilló al tiempo que recordaba qué zapatos había llevado la víctima; unos tacones altos que, bien pensado, no parecían el calzado más adecuado para alguien que había llegado hasta ahí con la intención de encaramarse a la cornisa y saltar. Lo que parecía la huella de ese tacón estaba en el suelo, pero también había señales de un calzado mucho mayor, tal vez unas botas.

Sacó la cámara que siempre llevaba consigo e hizo un amplio reportaje de las huellas. Cuando levantó la cabeza, descubrió que la silueta de la mujer se había desvanecido.

—No tendrían por qué ser coincidentes en el tiempo —dijo Laurel una vez Hugo le mostró las fotografías.

—Eso ya lo averiguaremos —respondió Hugo—, consigue los registros de las cámaras de seguridad que pueda haber por la zona, quiero investigar cualquier vehículo que haya pasado por aquí alrededor de la hora de la muerte. ¿Tienes algún nombre?

—Se llamaba Anne Nichols. Haré lo que pides, pero más te vale que no sea perder el tiempo.

—¿Cuándo te he decepcionado?

Laurel refunfuñó, pero fue incapaz de contestar. Todos creían que Hugo poseía intuiciones maravillosas que lo ayudaban a resolver cualquier caso y habían aprendido a respetar sus órdenes gracias a ello.

Mientras conducía de vuelta a su casa, Hugo echó un par de vistazos por el retrovisor, buscando en el cristal cualquier indicación de que la sombra había subido con él al vehículo. No encontró nada.

—Sé que volveremos a vernos, Anne —murmuró para sí, al tiempo que tocaba el botón en su volante que encendía la radio.

Lo primero que Hugo vio al entrar en su apartamento fue un dibujo en la pared del recibidor. No era exactamente brillante, pero sí parecía dotado de una especie de luz propia que lo hacía destacar en el papel blanco. Las líneas, algo irregulares, mostraba un número 5 y un pulgar hacia abajo.

—Lo sé, señora Carlisle —dijo Hugo—, a mí también me molestan.

—¿Con quien hablas?

Hugo se puso en alerta; soltó inmediatamente su maletín y escuchó el sonido de la pantalla de su móvil al romperse. Su mano fue rápidamente a su cintura, buscando el mango de la pistola.

—Tranquilo, soy yo —añadió la voz.

—¿Rose? ¿Qué haces aquí a oscuras?

—No encuentro el interruptor.

—Hace un año que no tengo interruptor. Todo se activa por voz. Alexa, enciende luz tres.

—¿Vives con alguien?

—No, es… —El recibidor se iluminó—, no lo entenderías. —Hugo volvió a mirar la pared y comprobó que el mensaje había desaparecido. Luego recogió su móvil, soltando un gruñido al comprobar los daños.

—Ya me encargo. —Su hermana sacó su varita. Cuando se acercó para arreglar el aparato, Hugo se fijó en las hebras plateadas que habían aparecido entre el cabello pelirrojo.

—¿Un año estresante? —preguntó Hugo. Rose se puso colorada, lo fulminó con la mirada y, como si pudiera intuir qué le había provocado ese pensamiento, se atusó el pelo.

—No es fácil dirigir el Departamento de Misterios.

—Eso ya lo veo. —Hugo guardó el móvil y fue hacia el salón—. Alexa, enciende luz cuatro. —Las luces del salón respondieron.

—Muggles y sus avances. —Rose lo dijo con algo de admiración, pero en ese instante fue Hugo el que enrojeció, como si hubiese alguna falla en ese comentario.

No disponía de ninguna silla para invitados, así que se quedó de pie mientras su hermana tomaba el sofá. No era necesario tener muchos muebles cuando sus visitas se limitaban a usar la cama y, con algo de suerte, la mesa de la cocina para un desayuno rápido al día siguiente. A nadie le gustaba quedarse mucho tiempo con un tipo que, cuando no estaba leyendo informes de autopsias, parecía mirar demasiado las paredes.

—Necesito tu ayuda—dijo Rose tras sentarse.

—¿Papá o Mamá?

—No es sobre ellos.

«Pues gracias a Merlín y a Dios», pensó Hugo, mientras abría la alacena en la que guardaba el alcohol. Se sirvió una copa y entonces se acordó de Rose; le hizo un gesto de invitación, pero ella negó con la cabeza.

—Han estado ocurriendo cosas extrañas en el Departamento de Misterios —dijo Rose.

—Creía que ese era el objetivo del lugar.

—Cosas que me recuerdan al invierno que pasamos en la Casa Segura. Tus historias. —Rose carraspeó. Hugo dio un trago al whisky, agradeciendo el calor que le transmitía, y desvió la mirada de su hermana hasta la pared de obra vista que decoraba parte del salón.

La Casa Segura había tenido una fachada similar, solo que estaba recubierta de hiedra que subía desde el jardín hasta los enormes ventanales del tercer piso. Hugo la había odiado desde el momento en el que había entrado en ella. Había odiado los colores chillones de las paredes; las enormes escaleras que presidían el vestíbulo y la habitación que le habían asignado, una estancia tan fría como una bienvenida dada a regañadientes.

«Solo nos quedaremos aquí hasta que atrapen a esa gente», le había jurado su madre, «sé que es algo un poco duro y que tienes miedo, pero te juro que no pasará nada».

Su madre tenía razón: Hugo temía por ella. Hermione Granger era la Ministra y recibir amenazas no resultaba poco habitual, pero la de aquella organización parecía haber ido en serio. Lo bastante como para obligar a la familia a trasladarse a una casa oculta por el hechizo Fidelio durante una larga temporada.

Si bien más allá de ese miedo, Hugo también sentía otras cosas. Amargura y decepción, por ejemplo, porque ese lugar no era Hogwarts.

—¿Qué puede haberte hecho pensar en la casa? —preguntó Hugo, tratando de concentrarse en el presente.

—Esas sombras que siempre has prometido ser capaz de ver… Hay una en el Departamento de Misterios. —Rose se estremeció y Hugo sonrió—. Seguro que a ti también te dio miedo la primera vez que las viste —replicó ella, cruzándose de brazos.

«Por supuesto». A ningún niño le gusta despertarse en medio de la noche en una habitación que no es la suya y encontrarse con algo a los pies de su cama; una silueta con forma humana, pero sin el resplandor que era propio de los fantasmas. Una pequeña sombra de aspecto infantil que se había agarrado a sus sábanas como si fueran algún tipo de salvación y que, cuando había abierto la boca, no había pronunciado una palabra.

—Me asustó —admitió Hugo—, pero no por las razones que piensas.

Había salido corriendo de la cama en búsqueda de su madre y la había llevado de vuelta a su habitación, solo para descubrir que ella no veía nada. La silueta de la niña seguía allí, sentada en su cama, pero Hermione no había sido capaz de distinguirla. Eso le había dado miedo: la idea de que quizás se había vuelto loco, de que tal vez realmente había algo malo en él, a pesar de lo que su madre solía asegurarle que no era así.

—Ninguno de vosotros me creísteis. —Hugo se reclinó contra la mesa del salón—, ni Mamá, ni Papá, ni tú. No os cabía en la cabeza que veía gente muerta

—Debes admitir que es algo muy extraño, especialmente teniendo en cuenta tu… —Rose se detuvo.

—¿Mi condición?

—No iba a usar esa palabra.

—Pero la has pensado. —Le dio otro trago a la copa—. No es una enfermedad, Rose. Di la palabra: squib. Soy un squib y se supone que no puedo hacer cosas como entrar en contacto con espíritus que han cruzado al Otro Lado, en vez de permanecer en la tierra como fantasmas.

—Esa es la cuestión: nadie puede hacer eso, ni siquiera los magos y brujas. Hay estudios que demuestran que los squibs sois capaces de algunas cosas consideradas mágicas, como distinguir a los dementores, pero eso…

Un sonido intenso resonó en el piso superior, sobresaltando a su hermana.

—Son los vecinos del quinto. No les hagas caso, les gusta poner música a deshoras. De hecho… —Hugo señaló la entrada—, la señora Carlisle se queja de eso a menudo.

—¿La señora Carlisle?

—Una anciana que vivió y murió aquí. Me ha dejado un mensaje que tú no has podido ver, en la pared del recibidor.

Él había ideado ese truco junto a la sombra de la niña que vivía en la Casa Segura. El sonido estaba vetado, pero sus fantasmas podían interactuar un poco con su entorno, dejando impresas sobre las paredes mensajes que solo él era capaz de ver. Así había descubierto que la chiquilla era la hija de un antiguo Ministro y que había muerto de una enfermedad cuando su propia familia se escondía de unos goblins descontentos. No era un alma en pena, solo un espíritu curioso que parecía saltar del Otro Lado al mundo de los vivos cada vez que la casa era ocupada de nuevo. Hugo había aprendido a diferenciarlos: los había que jugueteaban con la realidad y otros que permanecían atados por las cuerdas de sus desgracias; lo suficientemente valientes como para no convertirse en fantasmas, pero atormentados de todas formas.

Nadie podía ayudarlos, solo Hugo. Nunca había conocido a nadie capaz de hacer lo mismo que él.

Hasta ahora.

—¿Qué puedes contarme de esa sombra? —le preguntó a Rose.

—Solo se aparece en el Departamento. Deja un mensaje, siempre el mismo. Hemos consultado a muchos magos y brujas e investigado todas las vías posibles. Solo me quedas tú. Ven al Ministerio y consigue que deje de aparecerse; está asustando al personal.

—No sé si me está permitido entrar en el Ministerio.

—Si yo te lo autorizo, sí.

—¿Para qué me necesitas? Si todos podéis verlo, no tengo nada que hacer.

—No nos escucha. Hemos intentado hablarle, pero no creo que le lleguen nuestras palabras. Tal vez tú puedas hacerlo.

—Tengo trabajo: tres casos pendientes y…

—Por favor, Hugo, prométeme que te lo pensarás.

Hugo jugueteó un momento con su copa antes de responder.

—Le daré alguna vuelta y te responderé… —Se detuvo, pensando en el teléfono o el ordenador del que Rose no disponía.

—Te enviaré a mi lechuza —se comprometió ella—, siempre he pensado que podrías comprarte una.

«¿Para qué?». Cada vez escribía menos.

Una vez se hubo despedido de Rose, Hugo se apresuró a ocupar el sofá. Entrecerró los ojos al tiempo que le daba un sorbo a su bebida, buscando el contorno de la señora Carlisle; la encontró cerca de su televisor, dando golpecitos sordos con el pie. La música de sus vecinos todavía sonaba con fuerza.

—¿Qué quiere usted que haga? —le preguntó a la sombra—. Si tuviera una varita, tal vez podría convencerlos para que se mudasen.

Le dio otro trago al whiskey, que ya empezaba a dejarle la cabeza un tanto ligera, y buscó por su salón, hasta encontrar otro de sus compañeros habituales: John, un antiguo inquilino del sexto que, borracho perdido, había caído por las escaleras y se había roto el cuello en el rellano del tercero. En su rostro se distinguía algo de reproche; siempre había sido un hombre muy moral.

—No le debo ningún favor a Rose —dijo Hugo, mirando la silueta—. Ni a ella ni a nadie.

Recordaba demasiado bien esos años que había pasado bailando entre dos mundos distintos, preguntándose si debía estudiar el cuidado de plantas mágicas o matemáticas. La dichosa Guerra, que tantos héroes en su familia había creado y tantos prejuicios había roto, solo había hecho de los squibs una nota al pie de página; nadie había sabido qué hacer con ellos antes ni después, ni siquiera su propia familia. Hugo se había visto obligado a buscar el camino solo.

—Alexa, apaga todas las luces —ordenó Hugo, y las dos sombras parecieron desvanecerse al oscurecerse el piso. Sin embargo, él todavía las notaba allí, puntos fríos que le resultaban más calurosos que los vivos, porque lo habían ayudado a encontrar un propósito.

Cerró los ojos y pensó en la chica del puente, pero su mente no tardó en vagar de nuevo hacia su hermana.

«¡No me mientas, Hugo!». Rose había sido la última en llegar a la Casa Segura, salida de Hogwarts para las vacaciones de Navidad. «Sé que te encantaría tener magia, pero no hace falta inventarse cosas así».

Había necesitado cientos de casos resueltos por lo que parecían milagros y una sombra extraña en el Departamento de Misterios para que Rose lo tomase en serio.

—A lo mejor lo acepto —dijo—, solo para que me deba un favor.

Incluso sin luz era capaz de vislumbrar los mensajes de los muertos. Un pulgar hacia arriba apareció en la superficie del televisor.

—Gracias, señora Carlisle. Usted siempre tan amable.

OoO

Una de las cosas que Hugo adoraba del mundo muggle era lo mutable que resultaba: en un par de años, las cosas que parecían inamovibles podían desaparecer y aquello por lo que nadie habría apostado en un principio alzarse con un triunfo. El mundo mágico se le antojaba todo lo contrario, un espacio donde incluso el Ministerio, el edificio en el que residía todo el poder y que cambiaba de manos cada vez que se producían nuevas elecciones, seguía exactamente igual que cuando él era un niño.

—Vuestro nuevo Ministro no parece muy simpático —apuntó Hugo, observando el enorme cartel con su rostro que presidía el Atrio, como lo había hecho décadas atrás el de su madre. La cara del hombre recordaba a la de un profesor anticuado y particularmente severo.

—Oh, todo lo contrario —respondió Rose—. A Mamá le gusta: se aupó en una campaña muy progresista.

«Seguro que durante su mandato encontrará la solución a todos los problemas», pensó sarcásticamente, mientras esperaba pacientemente a que el guardia en la entrada se aclarase con sus papeles; siempre costaba que entendieran que no tenía una varita que dejarles examinar ni era la pareja muggle de alguna trabajadora.

—Vas a tener que firmar un papel de responsabilidad —le dijo el hombre a Rose, al entender por fin qué venían a hacer—, por si se hace daño en el Departamento de Misterios.

—Sé cuidarme solo. —A Hugo se le encendió el rostro.

—Ya. —El hombre sonó escéptico.

Rose tuvo que firmar el pergamino, por supuesto. Hugo todavía notaba las mejillas calientes cuando accedieron a los ascensores, esos trastos anticuados que seguían chirriando y dando vueltas mareantes como las imitaciones imperfectas de las suaves máquinas muggles que eran.

—No te enfurruñes —le susurró Rose, al llegar a la planta nueve.

—No lo hago… —Dejó la frase a medias cuando una sombra captó su atención: el hombre estaba apoyado contra una pared, mirando intensamente el pasillo como si estuviera vigilándolo. Hugo había descubierto que había gente que ni muerta dejaba de trabajar.

—No te alejes mucho de mí —dijo Rose, tras pronunciar un par de hechizos al tiempo que tocaba con su varita el pomo de la puerta del Departamento—, y toma esto. —Puso en su mano una pulsera de color azul—. Es para mantener el sistema de seguridad a raya. Mientras la lleves encima, no tendrás problemas.

Al entrar, Hugo se encontró en una sala circular con puertas negras a todos lados, iluminada de manera muy tenue por velas de color azul cuya luz creaba un reflejo casi hipnotizante en el suelo de mármol.

—No puedo mostrarte la habitación en la que se apareció por primera vez, es demasiado peligrosa —añadió Rose—, pero puedo llevarte a una de las salas por las que suele rondar, la de las profecías

—Esa es…

—¿La que nuestros padres ayudaron a destruir? Sí. Suele aparecerse mucho más por la Sala del Espacio, pero esa es su segunda favorita.

Rose se dirigió a la quinta puerta y Hugo se preparó para encontrarse en esa enorme habitación de la que tantas historias le habían contado, repleta de estanterías decoradas con cientos de esferas brillantes que llegaban hasta el techo…

La estancia era grande, sin duda, lo que hacía la única y pequeña estantería todavía más patética en comparación.

—Lo destruyeron todo. —Rose se encogió de hombros, adivinando su decepción—. Tampoco se han registrado muchas profecías en estas últimas décadas.

—Eso ya lo veo. —Era una suerte si había doce de ellas.

—Mira. —Rose se acercó a la estantería y señaló su lateral.

El dibujo no distaba mucho a los que solían dejar en su apartamento; a Hugo solo le pareció ligeramente más real, como si lo hubiesen trazado con verdadera pintura y no con esa energía extraña que los muertos podían manipular.

—Parece algún tipo de animal —observó Hugo. Tenía cuatro patas y un cuerpo peludo, así como unas orejas tiesas y una cola un tanto corta.

—Los encontramos por todo el Departamento, siempre la misma imagen —dijo Rose—, no se desvanecen.

—No lo harán si el muerto no quiere —apuntó Hugo—, este método de comunicación lo inventé yo, aunque supongo que, si el resto de los trabajadores podéis ver la sombra, habrá acabado por deducir que no se puede comunicar con vosotros de ninguna otra forma.

Hugo miró a su hermana; Rose no fue lo bastante rápida a la hora de ocultar su escepticismo.

—A pesar de todo sigues sin creerme, ¿verdad? —le preguntó Hugo.

—He visto muchas cosas que no creía posibles aquí dentro —dijo Rose.

—Esa no es una respuesta. –Se apartó de la estantería—. Sé perfectamente que no estás en este Departamento porque te fascinen las posibilidades y misterios de la magia…

—Hugo…

—… los inefables están muy bien posicionados para ganar poder en el Ministerio. —La popularidad de ese Departamento había aumentado enormemente tras la Guerra, hasta el punto de aupar a un par de Ministros—. Y que me parece estupendo que quieras progresar, pero ahora que me necesitas podrías fingir que se te ha abierto un poco la mente.

—¿No se te ha ocurrido pensar que tal vez estaba preocupada por ti? —preguntó Rose—. Mi hermano pequeño dice que ve sombras extrañas y mensajes en las paredes, ¿y debo alentarlo?

—Tengo la sensación de que, de haber nacido mago, verías las cosas de otra forma.

—Para nada.

—¿Segura?

—Pues…

Su hermana no llegó a completar la frase; sus ojos se desviaron de él hasta la estantería a sus espaldas.

Cuando Hugo se giró, ocurrió algo que hacía mucho tiempo que experimentaba: una sombra consiguió asustarlo.

Nunca las había visto con tanta claridad; siempre eran algo difusas, como imágenes contempladas a través de un cristal empañado. Ese hombre que estaba ante la estantería parecía tan sólido que habría jurado que podía alargar la mano y tocarlo.

—Hola… —Hugo intentó sonreír—, ¿me escuchas?

La sombra ladeó la cabeza, con una expresión sorprendida en un rostro que a Hugo le pareció vagamente conocido.

—Dile que se marche —susurró Rose—. Por favor.

—Ah, ahora sí me crees… Tendré que descubrir qué hace aquí, ¿no? —repuso Hugo, volviéndose para mirarla.

—¿Para qué?

—Todos los muertos tienen sus razones para asomarse a este mundo, Rose.

—Me dan igual sus razones, lo quiero fuera de mi Departamento.

—Si me has pedido ayuda, las cosas se harán a mi manera —dijo Hugo, mirando de nuevo a la sombra—. ¿Puedes…?

Los ojos negros del hombre estaban llenos de frustración. Puso una mano sobre la estantería y Hugo creyó que iba a dibujar un mensaje, pero lo que hizo fue empujarla.

El mueble se inclinó hacia adelante. Hugo consiguió apartarse antes de que las esferas cayeran a sus pies, expulsando un humo plateado del que enseguida empezaron a surgir voces.

—¡No! —exclamó Rose—, mierda, mie…

—No me habías contado que podía hacer esas cosas —dijo Hugo, tan sorprendido como asustado. La sombra se había desvanecido.

—Salgamos de aquí —replicó su hermana, que se había puesto pálida—. Tendré que avisar a alguien, a ver si pueden repararlas… Mierda, las últimas que teníamos, mierda. —Antes de que Hugo pudiera detenerla, Rose se dirigió hacia la salida; él decidió acompañarla.

Antes de que pudiera cruzar el umbral de la puerta, Hugo notó la sombra a sus espaldas. Se giró en el mismo instante que el muerto alargaba la mano. Lo que le pareció un pequeño pedazo de hielo tocó su piel y algo cayó a sus pies.

La pulsera azul.

La puerta de la sala de las profecías se cerró, dejando a la sombra encerrada tras ella. Por un momento, Hugo creyó que se había mareado repentinamente, porque la puerta pareció moverse hacia la izquierda una vez, y luego otra, y otra…

—El sistema de seguridad —dijo su hermana a sus espaldas—. Está tratando de confundirte. Maldito fantasma.

—¿Es violento? —preguntó Hugo. La sala circular seguía dando vueltas.

—No suele hacer daño a nadie, solo ataca un mobiliario muy preciado.

—Debe ser todo un bache para tu reputación, sin duda. —Hugo estaba empezando a marearse de verdad.

—¡Por eso quiero que se marche!

La sala se detuvo y una puerta se abrió ante ellos. Hugo entrevió lo que parecían cientos de relojes, todos moviéndose a la vez y llenando la sala con los sonidos de sus mecanismos.

Alguien lo empujó, obligándolo a traspasar el umbral. Por un breve instante creyó que había sido Rose, pero al escuchar el grito de su hermana lo descartó. La puerta se cerró. Hugo la empujó; esta no cedió, y tampoco tenía un picaporte del que pudiese tirar.

Inspiró profundamente y cerró los ojos, reduciendo su miedo a una pequeña parte de su cuerpo que luego visualizó siendo encerrada con llave. Cuando los abrió, estaba calmado y alerta.

—Conociendo a mi hermana, debes haberte topado con muchísimos magos y brujas que solo buscaban hacerte desaparecer —dijo Hugo, mirando a su alrededor. Todo lo que veía eran relojes extraños, pero intuyó que la sombra estaba allí—, yo no he venido a…

El cristal de uno de los relojes explotó. Hugo retrocedió y acabó dando con su espalda a otra puerta que no parecía haber estado allí antes; se abrió con un chasquido, llevándolo a una nueva habitación.

En esa había arboles de todos los tipos, unos parecidos a los que cualquiera podía encontrar en un bosque y otros de colores vivos y extraños. Uno de color violeta tenía unas ramas que parecían respirar y que, al notar su presencia, intentaron acercarse a él.

—Solo quiero hablar contigo, que me cuentes lo que te pasó —dijo Hugo, sorteando las ramas y buscando una salida—, puedo solucionarlo, encontraré la forma.

Localizó una puerta azul. A pesar de no tener ni idea de a dónde lo conduciría, pero decidió correr el riesgo de cruzarla, y se encontró en una estancia pequeña, claustrofóbica, repleta de frascos con pociones de distintos colores.

—Soy la primera persona a la que puedes escuchar, ¿verdad? —preguntó Hugo al aire. Una de las pociones se estremeció cuando él pasó a su lado, aunque no había ni rastro de la sombra—. Has sido lo bastante listo como para encontrar una forma de comunicarte con los demás. Sigue siendo inteligente y permíteme ayudarte.

Un frasco estalló de la misma forma que lo habían hecho el reloj; el líquido gris de su interior pareció fundir la madera de la estantería.

—Estás enfadado —dedujo Hugo—, lo entiendo, yo también lo estaría. Pero no puedo hacerte daño, mira. —Levantó las manos—. No tengo varita, ¿lo ves? Soy un squib. Vosotros sois lo único mágico que hay en mi vida, así que he aprendido a comprenderos. Déjame ayudarte.

Otro frasco explotó, luego uno más. Hugo tuvo la sensación de que la sombra no tenía nada que ver: era otra medida de seguridad buscando alejar al intruso, y por la forma en la que la madera se estaba haciendo papilla, una que lo dejaría peor parado que un par de puertas rotatorias.

—Aunque quizás deberías ayudarme tú a mi primero. —Hugo apartó el pie antes de que un poco de líquido lo rozase.

Notó algo frío en la nuca y se giró. La sombra estaba justo a sus espaldas y con un dedo señalaba una puerta que él no había visto antes.

Se apresuró a tomarla.

Lo que encontró a continuación fue una sala tan amplia como la de las profecías, presidida por una tarima que se elevaba sobre un foso. En el centro había un arco de piedra agrietada, del que colgaba una fina tela de color grisáceo que no paraba de agitarse.

Estaba repleta de sombras.

Hugo nunca había visto tal cantidad de ellas. Mujeres jóvenes vestidas con ropas que pertenecían a otra época, hombres rudos que parecían sacados de algún tipo de prisión, jovencitos de aspecto enfermizo y hasta algún niño, observándolo con curiosidad desde las gradas que rodeaban la tarima. Ninguno de esos espíritus tenía la consistencia de la del hombre que lo había empujado hasta la habitación, pero todos lo miraban con curiosidad, sabedores de que estaban siendo vistos, probablemente por primera vez.

El hombre estaba situado frente al arco. En ese instante, Hugo fue consciente de lo que ese objeto significaba y dio un paso instintivo hacia atrás. De él le llegaba un sonido muy tenue, semejante a cientos de susurros; las voces de los muertos que Hugo nunca había logrado escuchar, atrapadas en algún punto tras esa tela raída y gris.

La sombra desapareció solo para volver a materializarse cerca de él. A Hugo ya le había parecido familiar un momento atrás, pero esa habitación sirvió para despertar todos sus recuerdos; los de las viejas historias que su tío Harry solían contar y los de las fotografías que de vez en cuando mostraba.

—Moriste atravesando el velo. —La sombra de Sirius Black asintió—, por eso te resulta más fácil dejarte ver, incluso para los que no son como yo… te mató la misma muerte. —Y eso debía darle unos poderes al espíritu muy singulares.

La sombra echó a andar con la suficiente lentitud como para que Hugo comprendiese que quería que lo siguiese. Atravesó la sala con él, con cuidado de no cruzarse en el camino de ninguna de las sombras.

—¿Por qué ahora? —preguntó Hugo—, han pasado décadas, ¿por qué estás apareciéndote ahora?

La sombra no se molestó en intentar responder. Lo había llevado hasta una puerta más, esta azulada como la que había atravesado antes.

Lo que había tras ella era una habitación a oscuras, solo iluminada por decenas de planetas que flotaban sobre sus cabezas, todos ellos de colores vivos y hermosos. La Sala del Espacio.

La sombra se situó bajo la esfera que parecía representar a la luna. Miró hacia arriba, en un gesto que a Hugo se le antojó melancólico.

—¿Es este algún tipo de mensaje? —preguntó Hugo. La sombra asintió—. Necesitaré más datos.

La sombra se apartó de la luna para acercarse a la pared. Usando sus dedos, trazó en ella un dibujo brillante y claro.

Un animal peludo bajo la luna.

—Creo que empiezo a entenderte —dijo Hugo, con una sonrisa.

Fue la misma sombra la que lo escoltó de vuelta a la sala circular, una vez Hugo hubo comprendido toda su historia. Cuando consiguió llegar hasta allí se encontró con Rose, pálida e intentando doblar con los dedos temblorosos lo que parecía un pajarillo de papel de color violeta.

—No hace falta que pidas ayuda, estoy de una pieza —dijo Hugo.

—¿Y la sombra? —Su hermana tenía lágrimas en los ojos, lo cual era un tanto enternecedor.

—Imagino que este Departamento está lleno de hechizos protectores, ¿no es así? Y muy potentes.

—Pues claro. —Rose se limpió los ojos con la manga de su túnica.

—Son tan intensos que ni siquiera un muerto puede sortearlos. Deberías disolverlos, aunque solo fuera un día.

—¿Perdón?

—Resulta que el fantasma y tú tenéis un mismo objetivo: él también quiere marcharse de aquí. Haber muerto en este Departamento le impide ir a cualquier otro lugar en el mundo de los vivos, y lo único que desea es estar con alguien.

—¿Quién?

—Da la casualidad de que los dos lo conocemos.

OoO

Hugo condujo hasta la carretera que el tío Harry le había indicado en su carta. Llegó a un parking situado frente a un puesto de turismo rural, donde aparcó, y a pie tomó otro sendero que también aparecía en las indicaciones de Harry.

El camino de tierra lo llevó hasta una valla cerrada, con un cartel que indicaba que se estaba adentrando en propiedad privada. De haber sido del todo un muggle Hugo se habría dado la vuelta en ese instante, presa de una sensación de miedo que ni él mismo habría sabido explicarse; pero había algo de magia en sus venas, aunque no fuese la suficiente como para usar una varita, y eso lo llevó a poder abrir la verja.

El sendero ascendía hacia una pequeña colina, donde los arboles y la maleza habían sido cortados para dar lugar a un par de agradables casitas cuya obra vista le recordaron a la Casa Segura, si bien su construcción era mucho más reciente. En el porche de una de ellas había un hombre sentado en un diván que lo miró como si fuera un trol. Hugo imaginó que ese pueblo, habitado mayormente por licántropos, no recibía muchas visitas.

La escuela era una edificación ligeramente más grande, que en ese momento había abierto las puertas, permitiendo que unos cuantos niños salieran corriendo hacia el exterior.

—¡Gibbins, no te olvides de los deberes! –gritó un hombre ya anciano, que se había sujetado al marco de la puerta—, ¡voy a tener que castigarte si vuelves a…!

—¿Señor Lupin? —lo interrumpió Hugo.

El hombre no pareció reconocerlo a primera vista; a decir verdad, a Hugo también le había costado hacerlo. La última vez que habían estado juntos, para alguno de los cumpleaños del tío Harry, su cabello todavía no era completamente blanco ni su espalda estaba tan curvada. Nunca había sido una persona saludable, pero ahora parecía que cualquier cosa podía tumbarlo.

—¿Hugo Granger-Weasley? —preguntó él, dubitativo. Hugo asintió—, hacia años que no te veía.

—Lo sé. ¿Puedo hablar con usted?

El señor Lupin lo llevó a su despacho en escuela. Lo primero que llamó la atención de Hugo fueron los carteles que colgaban de sus paredes.

«Derogación de la Unidad de Captura de Hombres Lobo, ¡ya!», rezaba uno en letras de un vistoso color naranja. «Vota sí a la Ley de Igualdad Mágica», decía otro. «Matalobos gratis para toda la población», pedía el siguiente.

—Lamento que nada de esto saliese adelante —comentó Hugo, antes de aceptar la silla que Remus Lupin le ofrecía.

—No fue del todo una batalla perdida. Hace años, la idea de que el Ministerio nos permitiese asentarnos en un lugar y convivir en paz con nuestras familias habría sido imposible.

–Pero usted no tiene familia. —Hugo contuvo el deseo de morderse el labio—, disculpe, no quería ser brusco.

—Te perdono, pero te equivocas, sí la tengo. —Hizo un gesto con las manos, como si quisiera abarcar toda la escuela—. Ah, y lo del Matalobos también se consiguió. Algo es algo.

—No lo suficiente.

—Ni para unos ni para otros. —Hugo supo que se estaba refiriendo a los squibs—. ¿Has venido a hablar de eso?

—En realidad, no. —Hugo inspiró, preguntándose por dónde debía empezar. Era una historia muy complicada, al fin y al cabo.

Así que se decantó por la honestidad brutal.

—Sé que se está muriendo, señor Lupin.

El hombre parpadeó, algo sorprendido, antes de esbozar una sonrisa triste.

—Una enfermedad terminal —reconoció—. ¿Quién te lo ha dicho?

—Alguien a quien usted amó, en otra época.

—No te entiendo.

—¿Se acuerda de Sirius Black?

Las mejillas del hombre adquirieron algo de color.

—Por supuesto —repuso el señor Lupin—, está muerto. —Hugo notó un deje de dolor en sus palabras, el eco de un sufrimiento que debía haber sido muy profundo para que aún permaneciese en su interior, incluso décadas después.

—Sí, falleció —dijo Hugo—, de una forma muy inusual, que le permitió hacer cosas que ningún otro espíritu puede: incluso saber cuando alguien está muy cerca de cruzar el velo. —El señor Lupin se tensó al escuchar esa última palabra—. Eso lo hizo volver del Otro Lado, aunque se encontró con ciertas dificultades para moverse por nuestro mundo…

—Sigo sin entender nada.

—Entonces empezaré por el principio.

Hugo le habló de su don y le contó lo ocurrido en el Departamento de Misterios. Se alegró de que la cara de Lupin solo reflejase asombro y, una vez acabado su relato, una mezcla de sentimientos en el que parecía destacar la tristeza, y no el escepticismo.

—¿Y lo has conseguido? —susurró el señor Lupin—, ¿ha salido del Departamento?

—Está ahí.

Sin la proximidad a la Sala de la Muerte y su velo, la sombra de Sirius Black ya no era tan sólida. Hugo la veía como a todos sus otros muertos, una débil silueta que, cuando se acercó al señor Lupin, no consiguió que este notase nada, ni siquiera cuando le puso la mano en el hombro.

—Quiere que sepa que no va a estar solo. Él estará con usted hasta el final —dijo Hugo. Su corazón se había encogido un poco y sentía un cosquilleo en el estómago que hacía tiempo que no experimentaba; la alegría al contemplar una escena tierna, por mucho que fuera ajena.

—Vaya. —El señor Lupin se secó los ojos—. Lo siento, esto es…

—Difícil de asumir, lo sé. Pero si le habla, él le escuchará, aunque no pueda responderle. Imagino que la verdadera conversación ya llegará. —Hugo se puso en pie, sabedor de que ahora el hombre necesitaría un poco de intimidad—. Es todo lo que tengo para usted, señor Lupin. Si me disculpa, debería marcharme.

—Hacia tiempo que no te veía —dijo rápidamente el señor Lupin, antes de que Hugo pudiera marcharse—. No te reúnes mucho con tu familia, ¿verdad?

—Resulta complicado cuando ellos pertenecen a un mundo que te rechaza, hasta el punto de creer que no eres capaz de nada extraordinario. —Hugo volvió la vista a las paredes—. Supongo que usted lo entiende.

—¿Es más fácil con los muggles?

—No siempre, pero por lo menos allí tengo el poder de hacer las cosas un poco mejores, incluso si no tengo una varita.

—Lo entiendo. Yo todavía creo que el cambio es posible, aunque sea lento. Por eso estoy aquí, luchando de la única forma que puedo hacerlo ya. —El señor Lupin suspiró, al tiempo que miraba los libros que se acumulaban en las estanterías—. Si puedo darte un consejo… ten a los muertos presentes, pero no te olvides de vivir, y no dejes de intentar hacerte entender. Hablo desde la experiencia.

Lo último que Hugo vio al salir del despacho fue a la sombra, todavía muy cerca del señor Lupin, quizás anhelando tocarlo o empapándose de su presencia, sediento como debía estar tras tanto tiempo separado de él.

Cuando volvió al coche, Hugo cerró la puerta y se quedó un largo rato simplemente allí, sentado con la vista puesta en el volante. Una pregunta cruzó su mente, tan triste que, por primera vez en muchos años, se le nubló la vista a causa de las lágrimas.

«¿Quién cruzaría el velo por mí?»

La respuesta ahora era nadie.

No tenía por qué ser la definitiva.

Arrancó el coche y miró por el retrovisor. Una sombra había aparecido en el coche; la mujer joven a la que Hugo llevaba días esperando.

—Anne —la saludó Hugo—, no me he olvidado de tu caso. Tengo todas las grabaciones de las cámaras, listas para ser revisadas. Encontraremos al cabrón de las botas. —La mujer pareció sonreírle—. Pero me permitirás una noche libre antes, ¿de acuerdo?

No estaba seguro de poder seguir el consejo de Remus Lupin, pero por algo se empezaba. Una vez salió del parking apuntó en el GPS la dirección a la casa su hermana, una persona poderosa en el Ministerio que debería recordar que un squib la había sacado de un apuro. Consideró llamar más tarde a su compañera, Laurel, e invitarla a una copa. A los dos les gustaba el mismo tipo de mujeres y tal vez pudieran encontrar algo de diversión en la noche londinense; una que se quedase más allá del desayuno, o bien una amistad a la que enviar mensajes en las noches que antes aprovechaba para mirar a las paredes y bebiendo cerveza.

Sus fantasmas lo esperarían en casa, como hacían siempre, pero era el momento de empezar a llenar su hogar de vida.


NA.

¿Existe Teddy en este fic? Nop, sorry, nop. Me gusta Teddy, pero aquí Remus solo tuvo un amor.

También me gusta imaginar que los squibs tienen poderes extraños o particulares (si pueden ver dementores a lo mejor es por algo, ¿no?), y eso junto a la frase que me sortearon, pues salió lo que habéis leído.

Ojalá me dejéis mensajitos en las paredes... es decir, reviews. Y gracias por leer :) (y a Milen por leer la primera versión de esto).