Capítulo 2: Inicia una epopeya

El cuerno de batalla sonó y todos los pobladores comenzaron a correr despavoridos en distintas direcciones. Los guardias no sabían cómo controlarlos para que no se dispersaran tanto, más no iban a culparlos. Cualquiera estaba en peligro en ese momento.

– ¡Kazuna, trae mi lanza y luego reúne a los Abras, hay que protegerlos a toda costa! – ordenó el anciano.

– ¡Sí, señor! – asintió ella y entró al Templo.

– ¡Chiyoko, tú ve con Kazuna y…! – se cortó al no encontrar a nadie. – ¡¿Chiyoko?! ¡CHIYOKO!

Muy tarde, su nieta ya se había ido.

La princesa fue corriendo por el campo, en dirección a la torre centinela más cercana, mientras se escuchan las campanas y la marcha de los soldados. Apenas se cruzó con una, subió por la escalera de madera, situándose al lado de un soldado.

– ¡¿Qué está ocurriendo?!

– ¡Son soldados del Imperio, princesa!

– ¡¿Cuántos son?!

– ¡Dos mil aproximadamente y cinco armas pesadas, princesa! – contestó el soldado.

La joven dio un respingo de la sorpresa. No se esperaba un batallón completo, más prefirió disimular sus nervios. No quería demostrar que era una principiante, a pesar de que nunca ha combatido en una batalla real.

– B-bien. No son tantos, podremos vencer… ¡AAH! – se oyó el disparo de un cañón, habían comenzado con todo.

– ¡AGÁCHESE, PRINCESA! – gritó el soldado, lanzándose contra ella al piso.

Una bala de cañón había sido disparada cerca de ellos, impactando contra otra torre.

– ¡¿Está bien, princesa?!

– ¡Sí, estoy bien! – asintió y ambos se reincorporaron. La chica buscó por el piso y abrió un compartimiento, sacando de ahí una Lanza-cuchara. – ¡Salgan todos de aquí y alinéense! ¡Van a destruir todas las torres! – le ordenó al soldado y lanzó el arma al cielo, para después saltar.

La lanza volvió como un boomerang y la castaña aterrizó sobre ella. Con sus poderes psíquicos comenzó a andar con si fuera una tabla voladora y prosiguió a recorrer el campo para ver dónde podrían necesitar de su ayuda.

Los pobladores estaban evacuando hacia la Zona Safari, así que podía estar tranquila de que los soldados del Imperio no entrarían cuando su pueblo esté aún en el Monasterio.

Daiki era uno de los que no estaban. Probablemente se encontraba con los soldados; aunque no era la mayor preocupación en ese momento, pues él es un gran luchador. Kazuna estaba evacuando a los Abras y su poder era muy alto, siendo que nunca lo ha visto completamente desatado, así que confiaba en que estarían bien.

Lo que más le preocupaba era su abuelo. No lo veía por ninguna parte.

Se dio la vuelta y volvió a atravesar el campo, esta vez a la frontera del Monasterio, donde estaban los soldados. Ahí estaba el viejo, dándole palabras de ánimo a los Kadabras como sólo él sabía hacerlo, pero no estaba segura si esas palabras lo protegerían esta vez.

Sentía que algo malo le ocurriría.

– ¡ABUELO! – gritó ella, aproximándose a él.

– ¡Chiyoko! ¡Sal de aquí! ¡Es peligroso! – le ordenó.

– ¡No! ¡Me quedaré a pelear! – se detuvo, bajándose de la lanza.

– ¡Claro que no! ¡Ve con los otros y ayuda a evacuar!

Tarde era ya, puesto que las balas de cañón había roto el muro del Monasterio.

Los soldados del Imperio empezaron a entrar como bárbaros, directo al pelotón de Kadabras. Estos los esperaban, preparados.

– ¡ATAQUEN! – gritó el Alakazam.

El pelotón partió corriendo para contratacar a los soldados. La castaña, por su parte, tomó la lanza que estaba suspendida en el aire y corrió junto con ellos, decidida a luchar.

Ahí, cuando las armas chocaron en la línea, comenzó la batalla.

Chiyoko avanzó hacia la tropa de piedra y se lanzó contra un Geodude, dándole una estocada con la lanza en la espalda. Inmediatamente, otro fue tras ella y la empujó con el puño, haciéndola caer. El tipo intentó golpearla en el piso; sin embargo, la muchacha lo esquivó, levantándose de un salto y propinándole una patada en el mentón, dejándolo aturdido. Posteriormente, un tercer soldado trató de agarrarla con sus enormes brazos, más la otra se agachó y rodó, haciéndole una zancadilla y provocando que se desplomara sobre los otros dos soldados.

Después de admirar el resultado de esa escena, se reincorporó con más energía y exhaló con fuerza. Tal parece que no era tan difícil como pensaba.

Prosiguió a seguir entre las filas, dando saltos y golpeando a los que se veían de su nivel; pues no quería arriesgarse a salir muy mal herida en su primera batalla. Cuando eran demasiados juntos, los mandaba a volar con sus poderes psíquicos, y a los que se querían pasar de listos, les lanzaba un Psicorrayo. En poco tiempo ya había agarrado el ritmo.

De pronto, encontró a Daiki en el combate. Acababa de golpear a tres, mandándolos a volar.

– ¡Buena esa! – exclamó la castaña.

– ¡Cuidado! – le advirtió el azabache, pateando a uno por la espalda.

– ¡CUIDADO TÚ! – apuntó la otra hacia un montón de Geodudes.

Daiki la empujó a un lado y de pronto los Geodudes se lanzaron sobre él, apilándose unos tras otros, como una gran montaña. Golpeaban hacia el fondo sin cesar.

– ¡DAIKI! – llamó a su amigo en el suelo, a unos metros.

A los segundos, la pila de Geodudes fue disparada por los aires. El luchador había usado Desquite contra ellos, quitándolos a todos de encima. Seguido a eso, la muchacha se levantó y corrió hacia él, aunque justo un soldado se interpuso en su camino. Saltó sobre su cabeza y esquivó a otros dos con el impulso.

– ¡¿Estás bien?! – exclamó, preocupada.

– ¡Sí, tranquila! – asintió el otro. – Sabes que no son suficientes para acabar conmigo… ¡Auch! – masculló, habiendo sido golpeado en el brazo por su amiga.

– ¡NO VUELVAS A HACER ESO! – le regañó como si de su madre se tratara.

Un par de Gravelers fueron rodando hacia ellos. Cada uno pateó al suyo y se fueron rodando hacia el otro lado, chocando con más soldados.

La castaña se detuvo para reponerse de la patada, pues le dolió por la superficie dura de sus contrincantes.

– ¿Te sientes bien? – cuestionó el Torracat, al escucharla quejarse.

Sin embargo, no pudo responderle porque los cañones volvieron a dispararse, esta vez hacia los Kadabras. Grande fue la sorpresa de estos al ver que ya no eran balas, sino Golems, quienes al caer en el campo, comenzaron a rodar a una gran velocidad, arrasando con todo a su paso. Uno de ellos se detuvo a medio camino y divisó de lejos a la castaña.

– ¡Es la princesa! – masculló de manera maliciosa. Inmediatamente se encogió en forma de roca y partió directo hacia ella.

Subió a una cuesta y voló, transformando su cuerpo en un rodillo de púas y yendo sobre su real cabeza.

Chiyoko se percató de la gran mole en el cielo y puso una Pantalla Luz entremedio, bloqueando el desmedido golpe y haciendo que ambos rebotaran por el choque. El Golem cayó al suelo, dejando un gran cráter a su alrededor y quedando aturdido.

La chiquilla se incorporó y aprovechó la oportunidad para levantar al Golem con su fuerza psíquica, aunque le era un poco dificultoso levitar algo tan pesado. De lejos divisó a un grupo de Geodudes que corrían hacia ella, por lo que no se le ocurrió algo mejor que lanzarles el Golem encima, repeliéndolos rápidamente.

No obstante, no pudo predecir a un segundo Golem que impactó en su cercanía, mandándola a volar con el impulso. Cayó estrepitosamente, llegando a rodar por el suelo, más intentó no darle tanta importancia al no ser un golpe tan fuerte y procedió a reincorporarse. Levantó la cabeza y alcanzó a ver a las dos moles de rocas anteriores, listas para arremeter contra ella nuevamente; sin embargo, algo ajeno a su poder las levitó, evitándoles cualquier movimiento.

Por fortuna, su abuelo vino al rescate para usar estas balas de cañón vivientes en contra del mismo Imperio. Con sólo mover un dedo, las disparó muy lejos en una estela amarilla, impactando contra tres de los cinco cañones que llevaban. Estos culminaron en otras tres grandes explosiones, llamando la atención de todos.

– ¡Demonios! ¡Los cañones! – exclamó un Geodude que parecía ser el jefe de cuadrilla.

– Tranquilo, aún nos quedan dos. – contestó más nervioso otro Graveler.

Aunque, se escuchó otra explosión a la cercanía. Eran Daiki y otros Kadabras más, que habían destruido un cuarto cañón.

– Santas rocas… – masculló el Minskémon. – ¡RETIRADA! – ordenó a sus soldados.

Los enemigos fueron retrocediendo para escapar del Monasterio, sin importarle sus armas o sus compañeros caídos. Sólo estaban preocupados de resguardar el último cañón que les quedaba. Una vez que los soldados del Imperio se fueron, el pelotón de Kadabras se reunió con su líder para ayudar a los heridos.

– ¡Que este lado del pelotón ayude a nuestros heridos a volver al Monasterio! ¡Y esta otra reúna a los heridos del Imperio y los lleve al Templo! ¡Un equipo médico los atenderá a todos! – ordenó el Alakazam.

– ¡¿Al Templo, señor?! ¡¿Es una broma?! – le dijo un Kadabra, muy sorprendido.

– Es muy en serio, no dejaremos que nadie muera en el campo. – le contestó muy sereno.

Los Kadabras se llevaron de a poco a los luchadores mal heridos, sin discriminar entre psíquicos y rocas. Muchos de la línea enemiga no entendían por qué los ayudaban, demostrando la nula empatía que el Imperio les inculca, más estaban tan mal, que a estas alturas no iban a preguntárselo, así que simplemente se dejaron trasladar.

– ¡Abuelo! – gritó la princesa, que corría hacia el mismo. Apenas lo alcanzó le dio un fuerte abrazo.

– ¿Y tú? – le preguntó. – Debiste haber estado evacuando con los otros, no en medio del peligro. Casi te alcanzan esos dos Golems. – le regañó el anciano, aunque no sonaba molesto.

– ¿Y dejarlos a Daiki y a ti solos? ¡Eso ni pensarlo! – se enojó ella. – ¡Tenía el presentimiento de que algo horrible te ocurriría y que no hubiera podido ayudarte estando allá!

– Pero aquí estoy, en una pieza. – sonrió. – Vamos, Chiyoko, que pronto llegaran los médicos.

La joven deshizo el abrazo y se dispuso a irse con el viejo y su amigo, no obstante, este último notó una horrorosa particularidad.

– ¡Chiyoko! ¡Estás sangrando! – le advirtió el luchador.

La chica, asustada, se tocó la mancha de sangre en su abdomen, pero no se encontró nada.

– Esta no es mi sangre. – masculló, preocupada. Acto seguido todos miraron al líder.

Ahí estaba, la sangre esparciéndose lentamente por sus ropas.

– ¡ABUELO!

No pasaron muchos segundos para que el aludido cayera de rodillas al piso.

Posterior a aquel incidente, el Templo se encontraba lleno de soldados, con heridas de toda índole siendo curados por el Equipo Médico. Varias enfermeras Chansey, Blissey y Wigglytuff trabajaban arduamente, sobre todo con los soldados del Imperio, que eran los más quejumbrosos.

En la sala principal del Templo se encontraban Chiyoko, Kazuna, Daiki, Shigeru y un Pidgeotto mensajero, sentados en torno al kotatsu. El anciano tenía vendado el abdomen y se le podía notar una leve expresión de incomodidad por la herida.

– Entonces, ¿cuántos fueron los monasterios atacados? – preguntó el mayor al mensajero.

– El Monasterio de los Hypnos y el de los Wobbuffet, señor. — contestó el otro.

– Y con este somos tres. Significa que recién están entrando al país… es un punto bueno. – pensaba en voz alta, entre tanto la guardiana anotaba todo en un rollo de papel.

– ¿Crees que podemos detenerlos aún? – le habló la joven.

– Mientras no lleguen al Monasterio de los Slowpoke, yo creo que sí. – contestó. – ¿Cuánto territorio han abarcado ya? – volvió a dirigirse al mensajero.

– Se están instalando en Sky Valley y Pueblo Paleta. Los comerciantes les cedieron el paso a cambio de protección de la Ciudad Verde. – explicaba. – Dicen que pronto se dirigirán a la Península del Fuego.

– ¡Eso no puede ser! – exclamó el luchador, sorprendido. – ¡Los Minskémon tipo Fuego jamás les dejarían pasar! ¡Además deberían ir por mar y eso es imposible!

– Entonces Mizunokuni les está dejando el paso abierto. – concluyó la Gardevoir, con seriedad.

– Si toman la Península… nos invadirán por ambos lados después. – masculló la Kadabra.

Todos se miraron, preocupados y asustados.

– No dejaremos que ocurra. – declaró con decisión el viejo. – Chiyoko, ven conmigo. – le dijo, levantándose con dificultad.

– ¡Señor! ¡Las enfermeras le dijeron que descansaran! – le regañó la de melena verde.

– No me lo ordenaron, me lo sugirieron, Kazuna. – respondió, terminando de incorporarse.

– ¡Señor! ¡El resto de países están pidiendo apoyo contra el Imperio…! – musitó rápidamente el Pidgeotto para que no se fuera aún. – ¿Qué les responderá usted?

– Diles que tendrán el apoyo de Fukurokuji. – afirmó finalmente y se retiró junto a su nieta.

Ambos caminaron por un largo pasillo hasta el fondo del Templo, entrando a los aposentos del anciano. Este, al contrario de la imagen que mostraba en el campo, en realidad era terriblemente desordenado. Habían un montón de papeles y libros en el piso, unas cuantas macetas, de las cuales pocas tenían plantas, y algunos calcetines sin su par.

El anciano movió un estante y abrió una puerta, mostrando un armario oculto. La princesa miró tres grandes baúles, uno apilado sobre el otro, los cuales el viejo fue sacando del armario, junto a un par de ropas colgadas y lo que parecía… la Lanza Alakazam.

Esta lanza era especial, pues tenía dos cucharas, una en cada extremo, en vez de ser una cuchara gigante como la del resto de Kadabras. Se dice que está hecha de plata pura y resulta ser tan pesada que un Minskémon sin poderes psíquicos no podría levantarla. Se pasa de un líder a otro, en la Ceremonia de Cambio de Mando y es el único que puede usarla.

– ¿Esa es la Lanza Alakazam? – preguntó ingenuamente la niña, con notorio asombro.

– Exactamente. – afirmó el mayor.

– Entonces… si está ahí… ¿Cuál es la que estabas usan…?

– No creerás que usamos una reliquia como esta. – le interrumpió. – Esa es una copia.

Eso explicaba todo.

Shigeru abrió uno de los baúles, sacando de ahí dos cajas de bambú enormes que tenían un par de correas cada una.

– Estos son bolsos de bambú. Los conseguí en Treet, cuando aún los hacían. – explicaba. – Ni te imaginas todas las cosas que caben adentro y el peso que aguantan.

Cerró ese baúl y abrió otro. Este contenía un par de prendas, que se puso a revolver buscando algo. Cuando lo encontró, lo sacó junto con un par de otras prendas. Era una pequeña caja negra.

– Tu vestimenta de princesa no te servirá afuera, así que te recomendaría que te pusieras esto. – le dijo, mientras se las entregaba.

– ¿Afuera? ¿A qué te refieres? – preguntó la Kadabra al recibir las prendas, pero el otro no le contestó.

Revisó las dichosas prendas. Eran una malla café de mangas largas y que llegaba a los muslos, una camisa rosa japonesa y un cinturón negro, Parecía llevar una tabla incrustada en la hebilla de color rosa pálido.

– ¡¿Esta es una…?!

– ¿Tabla mental? Sí, lo es. – afirmó el anciano, luego le entregó la cajita.

La muchacha abrió la caja y se encontró con una esfera, o una gema… no sabría decirlo, pero era muy extraña, de colores. Jamás había visto algo así.

– ¿Qué es esto?

– Lo verás cuando hayas adquirido suficiente experiencia.

Esto la dejó aún más confundida. Prefirió no decir nada para no añadir más incógnitas a su cabeza.

El viejo abrió el tercer baúl, que era más pequeño que el resto, y de ahí sacó un manojo de documentos. Comenzó a hojearlos y a sacarlos del montón conforme iba encontrando los que quería. Fue entregándolos de a uno, así explicarle a su nieta para qué servían.

– Estas de aquí son tu identificación y la de Daiki. – comenzó, dándole las extrañas tarjetas con sus fotos y nombre. – Se las pedirán en cada ciudad que pasen.

¿Le pedirán su identificación? ¿Y a Daiki también? ¿Para qué? ¿Y por cuáles ciudades?

– Este es un permiso para viajar por el agua, así Mizunokuni no los apresarán.

La princesa se quedó pensativa unos segundos y luego conectó los cables.

Tendrán que escapar de Fukurokuji.

– ¿O sea que tendremos que escapar? – le preguntó, algo molesta.

– Escapar no sería la palabra que usaría.- contestó, ligeramente nervioso.

– ¿Y no era que nos quedaríamos a pelear con los otros países?

– Sí, lo haremos. – afirmó. – Pero tú lo harás afuera.

– ¡¿Qué?! – masculló.

¿Afuera del país? ¿Y sola con su amigo? ¿En qué demonios estaba pensando ahora este viejo chiflado?

– Tendrás que salir de Fukurokuji y encontrar a los Seis Campeones.

– ¡¿CÓMO?! – exclamó, atónita. – ¡Pero abuelo! ¡Ellos son una leyenda!

– No, Chiyoko. Ellos son más reales de lo que piensas, y los únicos que podrán vencer al Imperio.

– ¡Pero…! ¡¿Y tú qué?! ¡¿Te quedarás aquí?! – comenzó a reclamarle, angustiada.

– Chiyoko, ni aunque fuéramos todos los países de Kanto, no podríamos vencer al Imperio, no solos. Necesitamos héroes. – le confesó de una vez. – Ellos son lo suficientemente poderosos para liderar la batalla y tú eres la única que podrá reunirlos.

– ¿Por…? ¿Por qué yo?

– Porque tienes un enorme corazón y una gran fuerza de voluntad. – le sonrió, tomándola de los hombros. – Una que no había reconocido desde hace mucho tiempo. Kazuna y yo lo vimos cuando tú naciste, y yo confío que así será.

Se quedó callada ante las palabras de su abuelo. Estaba muy consternada como para emitir si quiera un sonido.

– Kazuna y Daiki irán contigo. Ellos te ayudarán en tu viaje. – continuó, mientras seguía buscando documentos.

La niña, por su parte, se puso a revisar el permiso que le habían otorgado, no muy contenta con lo que leía.

– Abuelo, este permiso está vencido hace veinte años.

– Son Psyducks los que vigilan los mares ¿En serio crees que leerán el permiso? – rio él por lo bajo.

Lo miró y asintió con la cabeza, dándole la razón. Lo único que le interesaba a esos Minskémon era la forma de acabar con sus migrañas.

– Necesitarás esto también. – mencionó, dándole unos delgados papeles verdes.

– ¿Y esto?

– Es dinero.

– ¿Y para qué?

– Queramos o no, lamentablemente todo se compra allá afuera.

Por último, le entregó dos documentos más: un mapa y un rollo de papel. La castaña descubrió este último, llevaba un poema.

– ¿Un poema? ¿Y eso de qué me servirá?

– Es la pista para encontrarlos.

Al escuchar la respuesta, comenzó a leer el poema en voz alta.

El primero es un dragón con fuego en la punta.

Tiene mirada perdida, pies sin rumbo y pasión semidifunta.

El segundo es el anfibio de aguas claras.

Con una paciencia de oro y un rayo morado en la espalda.

La tercera es una serpiente de mirada filosa.

Veloz como el viento y noble como rosa.

La cuarta es una bella dama.

Con ojos carmín que cualquiera ama.

El quinto en un bandido gruñón.

Su mirada es oscura, pero con un gran corazón.

El sexto es el más viejo de todos.

Basta con ver la sabiduría en sus ojos.

Y jamás vayas a olvidar

A los felinos que pudieron hablar.

– Dragón con fuego en la punta, anfibio de aguas claras… – pensaba ella en voz alta. – Serpiente de mirada filosa, bandido gruñón… la bella dama, el viejo y… ¿Unos felinos? ¿No eran seis?

– No todos los héroes están en una leyenda. – le dijo el anciano, entre tanto volvía a guardar las cosas. – Vayan a la Península del Fuego, puede que ahí encuentres al primero y puedas parar la invasión.

– ¿Y si…? ¿Y si no lo logro? – le preguntó, más angustiada.

– Lo lograrás. – afirmó decidido.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?

– Porque eres mi nieta. – sonrió. – Y además… – musitó, metiendo la mano en el armario. – Tendrás esto.

Sacó la Lanza Alakazam y se la entregó. La princesa lo miró, impactada y después se fijó en la lanza; no podía creer que su abuelo le estaba otorgando, él mismo, el símbolo de país y en sus propias manos.

– No puedes darme esto.

– Si puedo, porque soy el líder.

La chica recibió la lanza y la apretó muy fuerte. Acaba de recibir la reliquia de la familia. Su abuelo se la estaba confiando y no podía creerlo. Este, por su parte, estaba de lo más tranquilo metiendo los baúles al armario y cubriéndolo como estaba, igual a como habían entrado.

– Ahora, ve a empacar el resto de tus cosas. Que Daiki también lo haga y dile a Kazuna que prepare comida para el camino. Yo les esperaré en la playa con el resto del monasterio y una balsa lista.

La Kadabra asintió, muy sonriente.

– Sí, abuelo.

Más tarde, los tres Minskémon caminaron ahora a la playa, preparados para el viaje y con los bolsos listos. La guardiana estaba muy serena, concentrada en la misión, mientras que los otros dos estaban algo nerviosos y muy silenciosos; pues nunca habían salido de sus país, menos de esa forma.

– Será un viaje de dos días hasta la Península del Fuego. No nos recibirán como en un carnaval, así que por lo mismo empaqué mucha comida. Aparte, sé que Daiki come bastante. – hablaba la mujer.

Los otros dos se quedaron muy callados, mirando con incertidumbre el horizonte.

– Cuando naveguemos será mejor que lo hagamos lo más rápido posible, y de preferencia en la tarde, pues entre la mañana y la noche el mar está lleno de patrullas, así que mejor evitémonos proble…

– Kazuna. – masculló la chica.

– ¿Sí, princesa?

– ¿Tú no…? ¿No tienes miedo? – preguntó, algo nerviosa.

La Gardevoir observó los rostros de ambos jóvenes y confirmó sus sospechas. Desde hace mucho rato que estaba captando sentimientos negativos y ahora podía descifrarlos. Angustia, miedo y confusión era lo que los estaba invadiendo. El hecho de salir por primera vez de su hogar y que quepa la posibilidad de no poder volver les aterraba.

– Sí, tengo miedo, no les mentiré. – comenzó. – Pero a la vez tengo esperanza de este viaje y que podremos vencer al Imperio.

– ¿Y si no volvemos a casa? – musitó el luchador.

– Volveremos, se los aseguro.

– ¿Cómo estás tan segura? – volvió a preguntar la chiquilla.

– Porque no es la primera vez que voy a una misión, niños ¿Y saben algo? Siempre termino por volver. – les dijo de forma maternal y serena. – No se preocupen, les prometo que volverán siempre que estén a mi lado.

– ¿Lo prometes? – hablaron ambos al unísono.

– Lo prometo. – les sonrió.

Caminaron un poco más tranquilos hasta la playa, donde todos los habitantes del monasterio y Shigeru los esperaban. Tenían listo un velero sobre la orilla.

Al verlos aparecer, todos los pobladores les aplaudieron y ovacionaron, animándolos en su partida. Los Abras gritaban y decían cosas cariñosas a su maestra y cuidadora, los soldados les daban sus respetos al Torracat luchador, y los ciudadanos aplaudían a la princesa, sobre todo los ancianos, deseándole la mejor de las bendiciones.

El líder los miraba a todos, sonriente y confiado del gran equipo de guerreros que estaba enviando. De pronto notó la expresión de preocupación de su nieta, así que se acercó a ella para animarla.

– Será un gran viaje y lo lograrán. Ya lo verás. – le dijo, tomándole de los hombros. – Y no te preocupes por los daños en la batalla, nosotros lo repararemos.

– Eso espero. – masculló ella.

Ahí se dieron un gran abrazo.

– Viaje bueno y mucha suerte, Chiyoko.

Luego de esto, las dos damas se subieron al velero. El muchacho desató la cuerda y empujó la nave, subiendo en cuanto comenzó a avanzar.

Los psíquicos corrieron a la orilla de la playa, despidiéndose muy animadamente de sus viajeros y salvadores. Los dos chiquillos correspondieron el gesto, igual de campantes, hasta que la embarcación se fue alejando, para solo dejar ver el mar.

Y así, nuestros héroes se aventuran en las aguas para llegar a la Península del Fuego, donde nuevas experiencias, lugares desconocidos y la posibilidad de encontrar un Campeón les aguarda. Ahora nos toca preguntar ¿Qué les esperará estos días?

¡Esta historia continuará!