Capítulo 3: Hielo en el volcán
Cerca de las tres de la tarde, una lujosa limosina animal print paseaba por las calles de Ciudad Verde. Estas estaban bastante concurridas y oscuras, incluso siendo de día.
El vehículo se detuvo al frente de un edificio con apariencia bastante corroída y dos mujeres bajaron de él, con uniforme del mismo patrón, y una de ellas abrió la puerta. Una larga bota morada se divisó en el oscuro interior de la limosina, para luego, terminar de salir una hermosa figura con un gigantesco abrigo, melena violeta y unos amplios lentes oscuros.
– Espero que esto sea rápido. – masculló con altanería.
Horas después de este suceso, nuestros héroes se encuentran ahora sobre su navío en aguas impredecibles, rumbo a la Península del Fuego, tierra de fogosos y pasionales Minskémon. Cada uno se encontraba en lo suyo, con ciertas actividades más torpes que otras.
La guardiana manejaba el velero con su fuerza kinética, tratando de no perder la concentración ante las insistencias de Daiki, que se encontraba apoyado en el borde. Este tocaba el agua con su brazo colgando, mientras preguntaba constantemente cuanto faltaba para llegar.
La princesa, en cambio, estaba apoyada en el mástil de la nave, admirando el inmenso mar y el anaranjado del cielo, pues ya se estaba ocultando el sol.
– ¿Falta mucho? – bufó otra vez el luchador, siendo ya la treintena vez.
– Sí, Daiki. Falta mucho aún. – le respondió la mujer, algo fastidiada.
Hace un rato le había encargado "cuidar" la brújula, para asegurarse de ir en dirección correcta y así mantenerlo ocupado, también; más parece que el chico se aburrió.
– Según el mapa hay una parada antes de la Península. – dijo la Kadabra, con el mapa en mano. – Las Islas Espuma.
– ¡¿Más encima?! – se quejó él. – ¡Así llegaremos cuando el Imperio haya invadido todo Kanto!
La molestia de la Gardevoir era más que notable, aun así prefirió respirar profundo y buscar otra distracción para el joven.
– Daiki ¿Por qué no mejor cuentas Tentacrueles? – sugirió.
– Eso estuve haciendo, pero una me miró feo. – contestó el otro. – Aparte ya no hay más.
Definitivamente, el chiquillo le iba a sacar más de un tick nervioso.
– Entonces cuenta Magikarps, querido. – le sonrió.
– Aquí no hay Magikarps.
– Exacto. – dijo en un tono sombrío. El hilo de paciencia ya se le cortó.
El Torracat, al ver su rostro le produjo un escalofrío, entendiendo la señal de: "Cállate de una buena vez".
La castaña también se dio cuenta de esto, frunciendo el ceño, sin decir nada. Le molestaba bastante el hecho de que esa gran paciencia que tiene al cuidar a todos los Abras de la escuela no sea la misma cuando se trata de su mejor amigo. Al parecer ese prejuicio hacia los tipo Siniestro es tan fuerte en ella como en el resto de los pobladores del Monasterio.
De pronto, recordó algo que había metido en su bolso y se puso a escarbar en él. Cuando terminó, sacó de ahí un puzzle de ingenio de madera.
– Ten, Daiki. – habló, pasándole el puzzle. – Sé que no es lo mismo a las luchas, aun así espero que te distraiga.
– Muchas gracias, Chiyoko. – el otro lo recibió con mucho entusiasmo y se puso a observarlo para resolverlo.
El sol terminó por ponerse para dar paso a la luna, que iluminaba el camino del velero dentro del mar oscuro. Junto con la noche, también cayó la temperatura, así que todos sacaron de sus bolsos unas grandes y gruesas mantas, que Kazuna había empacado con anterioridad. Los jóvenes se acurrucaron apoyados en el mástil, mientras que la de melena verde se la puso en las piernas.
Ella observó el ambiente a su alrededor, percatándose de la presencia de patrullas Psyduck alrededor. Significaba que tenían que estar atentos.
– ¿Son muchos? – preguntó la chiquilla a su guardiana.
– No aún. Aumentarán en la madrugada. – contestó. – Tampoco es que hagan alguna diferencia, desde que los movieron al mar abierto que los Psyduck están cada vez más tontos.
Siguieron avanzando, alejándose lo más posible de las rocas. De esta manera no los detendrían.
– No se preocupe, princesa. Llegaremos a las Islas Espuma antes del amanecer, así que puede dormir tranquila.
No es por eso que la chica estaba preocupada. En realidad temía por este viaje y por todo lo que arriesgaban en caso de no poder lograrlo.
Las palabras de su abuelo retumbaban en su cabeza, toda esa seguridad y esperanza que todos ponían sobre ella, o mejor dicho, esa presión, le agobiaban. Nunca esperó que a sus veinte niveles iba a tener que asumir la posición de salvadora del mundo y futura líder de Fukurokuji, y el simple pensamiento de fallar, le aterraba. La vida de cientos de Minskémon estaban en sus manos.
Kazuna podía captar todos estos sentimientos de su protegida, pero poco podía hacer ante ello. Sólo podía calmarla y desearle dulces sueños.
Un golpe interrumpió el sueño de la niña. Abrió los ojos y alzó la vista para ver su origen. Resultó que el velero había tocado tierra, y no cualquiera, sino que eran las playas de Fukurokuji.
Estaba de vuelta en casa, al fin. Miró alrededor para encontrar a sus compañeros, aunque se encontraba sola. Sin embargo, eso no importaba, había vuelto. Saltó del navío, sintiendo la arena en sus pies, y comenzó a correr al Monasterio, muy feliz.
– ¡Oigan todos! ¡He vuelto! – gritaba, esperando la respuesta de los pobladores.
No obstante, nadie respondió.
– ¡Oigan! ¡Soy yo, Chiyoko!
Nuevamente, nadie respondió.
– ¡¿Hola?! ¡¿Alguien?! ¡¿Kazuna?! ¡¿Daiki?! ¡¿Abuelo?!
Otra vez, nadie respondió.
– ¡¿HOLAA?! – volvió a gritar, esta vez angustiada ante el silencio.
Pero sólo había eso. Silencio.
Siguió corriendo por el Monasterio, yendo al Templo Principal. Nada, todo estaba desierto.
De pronto, la tierra empezó a retumbar, cosa que la puso alerta. Un sonido de múltiples pasos sonaba, cada vez más cerca y fuerte. Luego gritos, alaridos, choques de armas, rocas y cañones. Todo daba en evidencia que estaba en medio de un campo de batalla, aunque, a la vez no había nadie a su alrededor.
Ahí, arriba del monte había una figura de barba blanca. Era su abuelo, con un rostro horrorizado, mirándola.
– Abuelo… – murmuró.
Corrió y corrió con todas sus fuerzas, intentando alcanzarlo, intentando salvarlo de los sonidos de la guerra. En el camino vio a muchos de sus compañeros caer. En un lado Kazuna estaba luchando contra varios soldados del Imperio. Los Abras de la escuela estaban acurrucados detrás, llorando, mientras ella hacía un agujero negro. Al otro lado estaba Daiki, siendo emboscado por varios Graveler, que lo encadenaban. Él gritaba, de dolor, de frustración, todo en un alarido desgarrador. Y la lista seguía, con muchos de sus soldados psíquicos, uno a uno.
Ahí, justo en el momento en que iba a alcanzar al viejo, aparece una figura enorme y oscura, con una expresión de maldad pura y sangre en sus manos. Era el Emperador.
– ¡ABUELO! – gritó ella a su querido anciano, que estaba parado ahí…
Con su abdomen atravesado.
Atravesado con una espada.
Y ahí, detrás de ella, había una mítica y alba criatura en cuatro patas, con un gran arco dorado en su cuerpo.
– Eso es lo que ocurrirá si fallas.
– ¡AAAAAH! – aulló, despertando muy agitada y sobresaltando al resto.
– ¡Chiyoko!/¡Princesa! – exclamaron los otros dos, al unísono. – ¡¿Está bien?!
– Yo… – masculló, en un intento de escupir algunas palabras. Se fijó a sus compañeros, con rostros preocupados, alzo la vista al cielo, que comenzaba a amanecer y luego se observó a ella misma. Estaba toda sudada. Haya sido por el horror del sueño o por el calor, no importaba, sólo estaba sudada.
Respiró profundo, pensando: "Sólo fue una pesadilla".
Y eso contestó, arreglando un poco su descuidada apariencia.
– Debió ser bastante horrible por como rezongabas y te movías. – dijo el luchador. – Me despertaste. Incluso me llegaste a pegar una patada.
– Lo siento, no fue mi intención. – se disculpó, mientras intentaba desprenderse de la manta.
– Yo que usted no me la quitaría. – le advirtió la mujer. – Se va a poner más helado ahora, y su sudor se enfriará, causándole un resfrío.
Normalmente le molestaban los regaños de Kazuna, aunque, esta vez tenía razón. La punzada en sus mejillas era ligeramente más fuerte.
– ¿Y por qué se pondrá más frío? – cuestionó el muchacho.
– Miren adelante. – sonrió la otra.
Ambos voltearon y observaron, entre la neblina, dos islas con un par de grandes cuevas. Sus playas parecían como si fueran copos de nieve en vez de arena y las rocas tenían una tonalidad algo azulada. Eran las Islas Espuma.
– Llegamos a nuestra primera parada, niños.
Los chiquillos miraban el pedazo de tierra muy extasiados. Nunca habían visto nada igual, una isla congelada en medio del mar. Para ser la primera vez, era impresionante.
Se detuvieron en la orilla y desembarcaron. El luchador amarró el velero a un poste de madera, mientras las otras tomaban las cosas. Se les unió y terminaron de alistarse.
Se agacharon y tomaron un puñado de la cristalizada arena, sintiéndola. Era dura y tan helada con el hielo mismo, muy distinta a la de Fukurokuji que era suave y templada. Dolía y les parecía fascinante.
La otra psíquica los miraba con ternura. Eran mayorcitos ya, y a la vez niños descubriendo el mundo.
De la nada, un Golduck y un Arcanine se les acercaron, causando un inmediato nerviosismo en nuestros héroes y haciendo que se levantaran de golpe.
– Señorita Kazuna… vienen guardias. – le susurró el chico.
– ¿Qué hacemos? – susurró también la otra.
– No se preocupen, yo me encargo. – le tranquilizó la mayor a ambos.
– Buenos días, señor y señoritas. – saludó primero el Golduck, con pinta de salvavidas.
– Buenos días, señores. – correspondió la mujer. – ¿Qué les trae por aquí?
– Eso nos preguntamos nosotros. – habló ahora el Arcanine. – ¿Se puede saber de dónde vienen?
– Fukurokuji.
– Ah, muy bien ¿Puede darme su permiso? – solicitó el otro guardia.
– Claro, buen hombre. – asintió ella.
La guardiana sacó de su bolso el viejo documento con su mente y se lo entregó al guardia acuático. Este lo tomó con sus dedos e intentó recibirlo, pero ella no lo soltaba, sólo sonreía. Siguió tirando unas cuantas veces, sin resultado, hasta que la mujer finalmente lo soltó.
Luego, se puso a examinar el permiso, aunque, algo pareció no gustarle. Le hizo una seña a su compañero para que mirara el papel y también mostró una mueca de disgusto.
– Eem… señorita. – murmuró el Golduck.
– ¿Sí?
– Este permiso está vencido hace veinte años.
Los muchachos se miraron y después al resto, muy nerviosos. La mayor simplemente seguía sonriéndoles a los guardias.
– ¿Está seguro de eso, señor guardia?
– Lo dice claramente aquí, señorita.
– Bueno, el permiso está algo estropeado por el agua, debe ser un error.
– A ver, señorita, aquí el único error lo están cometiendo ustedes. Esta basura de papel está más vencida que las lentejas en mi refrigerador, así que no venga a tomarnos el pelo. – le discutía molesto el guardia fogoso.
Todos se quedaron mirando a la mujer de melena verde, quien tenía la sonrisa más apacible de todas.
– Ah… no lo sabía. – musitó.
Ahí se le cortó el hilo a los viajeros, con ganas de que se los tragara la tierra. Siendo como dos paños llenos de sudor frío, se preguntaban como una Minskémon tan inteligente y locuaz como Kazuna daría una respuesta tan estúpida.
Algo era claro. Se le había acabado las ideas.
– Bueno, me temo que tendremos que informar a nuestros superiores esta situación. Mientras tanto, están bajo arresto.
Al escuchar esto, Chiyoko se alarmó, mirando las reacciones de todos. La guardiana tenía una sonrisa tan amplia como su nerviosismo y Daiki, quien le tomó la mano muy fuerte desde que ellos llegaron, veía que saldría corriendo ahí mismo, arrasando con todo.
Debía hacer algo, pero ya.
– No, señor guardia. Usted no puede arrestarnos. – soltó de pronto ella.
– ¿Disculpe…? – musitó el Arcanine, extrañado.
– Lo que he dicho, ustedes no pueden arrestarnos.
– ¡¿Qué te haz creído tú, mocosa?! – le exclamó, aún más molesto. – ¡¿Sabes que si te resistes los cargos serán mayores?!
– Pues, me creo y soy la princesa de Fukurokuji. – declaró, muy decidida. – ¿Y usted sabe que si nos arresta podría causar una guerra?
Ambos guardias se sobresaltaron al escuchar aquello. El canino siguió a la defensiva de todas formas.
– ¡JÁ! ¿Princesa dices? – se carcajeó.- ¿Sabes cuántos mocosos como tú vienen aquí diciendo lo mismo?
– Oye… creo que debes calmarte un poco. – le susurró su compañero.
– Bueno, si no me cree, aquí tiene mi identificación. – les dijo, entregándole la famosa tarjetita con su foto.
El guardavidas la recibió y la observó con cuidado, junto al otro guardia. Abrieron muy grandes los ojos en el momento que corroboraron la información.
– Eem… discúlpenos, princesa. – masculló, devolviéndole la identificación. – No quisimos molestarla, sólo son cosas de seguridad. – terminó en una reverencia.
El otro sólo les gruñía, de brazos cruzados.
– Cariño, discúlpate. – se volteó hacia él.
– ¡¿Cariño?! – se sorprendió el resto. No se esperaban que dos minskemón tan distintos fueran pareja.
– Argh… bien. – se resignó, haciendo una reverencia también. – Discúlpenos, princesa.
– Disculpa aceptada. – les sonrió. Los otros dos se reincorporaron.
– Supongo que van a la Península. Podemos mover su velero al otro lado, por las molestias. – se ofreció el Golduck.
– ¡¿QUE HAREMOS QUÉ?! – gritó el Arcanine. En respuesta su pareja le propinó un pequeño codazo en el costado.
– Se lo agradeceríamos mucho, señores. – les dijo muy amablemente la castaña.
El salvavidas asintió y se llevó a su rezongona pareja en dirección al velero. En cuanto notaron que estaban preparándose para moverlo, los viajeros se alejaron, caminando hasta la primera cueva. Ahí, los tres se apoyaron en la pared rocosa y lanzaron un extenso y pesado suspiro de alivio.
– Eso estuvo cerca. – murmuró la muchacha.
– ¿Cerca? ¡¿Cerca?! ¡Casi no encarcelan! – gruñó el Torracat, muy agitado. – ¡Acabamos de empezar el viaje y casi nos meten a la cárcel! ¡No puede ser peor!
– Daiki, cálmate. – le dijo la Gardevoir. – Lo importante aquí es que la princesa pudo manejar esta situación de la manera más eficiente. Estoy muy orgullosa de usted. – sonrió.
– Muchas gracias, Kazuna. – se alegró la menor, muy orgullosa de su logro.
Aunque, algo aquí no le calzaba al luchador.
– Espere un segundo. – llamó la atención de la mayor. – ¿No hubiera sido más fácil haber usado una ilusión sobre ellos y escapar?
La de melena verde sólo les lanzó una mirada cómplice, dispuesta a entrar a la cueva.
– Considérenlo como un pequeño entrenamiento. – contestó, guiñándole y entrando.
– ¡¿ENTONCES LO HICISTE A PROPÓSITO?! – exclamaron ambos.
Jamás sabrían si aquel guiño fue una pequeña excusa para que la guardiana no quedara en evidencia.
Los viajeros entraron al interior de la cueva, que era completamente de hielo. El sedimento resbaloso, rocas azuladas y mucha, pero mucha nieve, eran suficiente señal para saber que había que andar con cuidado. No querían salir de ahí con un brazo o una pierna quebrada.
Aun así, les parecía hermosa. Cada roca les parecía muy delicada, como si se fueran a romper al tacto, y a la vez muy afilada y peligrosa. Las estalactitas eran tan transparentes que llegaban a ver su reflejo. Definitivamente todo un espectáculo.
Subieron unos peldaños y se acercaron a lo que parecía un puesto de informaciones. Una Slowpoke estaba recostada en el mesón, durmiendo muy plácidamente. Se le aproximaron para preguntar por dónde se puede bajar.
– ¿Disculpe? – musitó la guardiana. Sin embargo no hubo respuesta, la Slowpoke seguía dormida.
– Oiga, señorita. – habló también la princesa, sin ninguna contestación.
De pronto, escucharon unos pasos desde la entrada. Se voltearon y vieron a una Shellder que venía entrando.
– Perdonen a mi compañera, no les contestará. – les dijo, mientras caminaba al mesón y se sentaba detrás de él. – Duerme en la mayoría de sus turnos, así que la única función que le asignamos fue de corchetera.
Los viajeros sólo se miraron extrañados y se encogieron de hombros.
– Es una mala temporada para venir. En esta época la gente prefiere ir a las aguas termales. – explicaba, entre tanto sacaba un par de documentos. – ¿Vienen a patinar o cruzan el paso?
– Cruzamos el paso. – respondió la mayor de los tres.
– Claro… – murmuraba mientras anotaba en una de las hojas. – ¿De dónde vienen?
– Fukurokuji.
– ¿Sus fines en la Península?
– Vacacionales.
– ¿Algo que declarar? ¿Animal o vegetal?
– Sólo bayas y un par de bebidas.
– ¿Ida y vuelta?
– Sólo ida.
– Bien, pongan sus nombres, niveles y firmen. – concluyó, pasándoles la hoja y un lápiz. Cada uno anotó y firmó, devolviendo el documento. Luego, la Shellder cortó un prepicado, apartándolo de la hoja grande. Esta la apiló con otro par de documentos y le marcó una x en la punta, poniéndolos bajo una corchetera.
A continuación, tomó la cola de su compañera Slowpoke y la mordió. Esta se sobresaltó y golpeó muy fuerte la corchetera, uniendo los papeles. Después se acomodó nuevamente para dormir.
– Guarden esto y muéstrenlo cuando lleguen a la Península. – dijo, pasándoles el papel prepicado. – Bajen hasta el tercer sótano y vayan al río. Un Krabby los esperará para cruzarlo.
La Kadabra se adelantó y recibió el papel, guardándolo en su bolso. El resto se dispuso a bajar por la única escalera, pero la Shellder los detuvo.
– Y otra cosa más, no bajen al cuarto sótano. Hay peligro de derrumbe.
– Bien. Muchas gracias. – sonrieron los tres.
– Aaw… que tengan un buen viaje… – bostezó la Slowpoke, entre sueños.
Bajaron al primer sótano, el cual era más frío que la planta principal. De hecho, tenía una pista de hielo en el centro y un cartel de normas en la entrada de esta. El Torracat se acercó para leerlo.
– No correr alrededor de la pista, no andar con zapatos, pedir patines en Informaciones, los Minskémon menores de doce niveles deben ir acompañados con un adulto… – enumeraba. – ¿No permitido el paso para Minskémon de más de 120 kilos?
– Supongo que terminarían por quebrar la pista. – concluyó la castaña. – ¿Y para qué todo esto?
– Las Islas Espuma son una de las atracciones turísticas de la Península del Fuego. La gente viene a patinar aquí en verano, mientras que en invierno pasan en las aguas termales. – explicaba la guardiana.
– Pero, sólo vimos un Arcanine de allá. – mencionó el chico.
– Eso es sólo para marcar presencia. En realidad necesitan guardias de Mizunokuni para revisar los permisos y personal de la Cordillera Áuril para soportar las bajas temperaturas.
– ¿Y la Slowpoke?
– Los Slowpokes son tan lerdos que no notan el frío.
– Oooh… claro. – mascullaron ambos jóvenes.
Continuaron su camino, siguiendo las flechas que decían "Paso a la Península", hasta que bajaron en la próxima escalera, llegando al segundo sótano. Este se veía igual a los pisos anteriores, sólo que la pista de hielo era más grande y el camino tenía más vueltas.
– ¿Y siempre tuvieron este negocio? – preguntó la más joven.
– No. Antes ni siquiera estaba habitado.
La Kadabra miró el rostro de la mujer. Se notaba más iluminado y con ojos fantasiosos. Eso sólo podía significar que estaba a punto de contar una historia, y algo que todo habitante de Fukurokuji ama son los mitos y leyendas.
– Hace mucho, mucho tiempo, esta cueva era el hogar de Articuno.
– ¿Articuno? – cuestionaron los chiquillos. Nunca habían escuchado ese nombre.
– Era la primera de las tres Aves Legendarias. Se dice que existían antes de la Antigua Utopía, en la Era Pokémon. Era capaz de controlar el hielo a su antojo, creando ventiscas y congelando el agua que sobrevolaba, o que estaba en el aire, provocando nieve. – relataba. – También se dice que sus alas podrían estar hechas de puro hielo, por eso todo lo que tocaba se congelaba.
– ¿Y cuáles eran las tres Aves Legendarias? – preguntó otra vez Daiki.
– Eran Articuno, Zapdos y Moltres. La segunda era el ave eléctrica y la más orgullosa de las tres. Le gustaba crear tormentas con la electricidad que almacenaba en su plumaje y se dejaba ver en las noches oscuras. La tercera estaba envuelta en llamas, capaz de incendiar bosques enteros. Nunca salía mucho, pasaba oculta en los volcanes.
– ¡¿Envuelta en llamas?! – exclamó él. – ¡Eso suena genial!
– Hay un poema en uno de mis libros sobre estas aves. No recuerdo mucho lo que decía, pero afirmaba que si estas aves pelearan, el mundo se haría cenizas.
– Woow… eso no suena tan genial… – musitó la muchacha. – Deben ser muy poderosas entonces.
– Y sólo uno podía calmar su furia, era un Pokémon legendario de agua. Su nombre era… algo así con Lu…Lu… – intentaba recordar la Gardevoir.
Los tres se detuvieron, esperando a que la de melena recordara el nombre.
– Bueno, ya me acordaré. – se encogió de hombros.
Llegaron hasta la próxima escalera, bajando al tercer sótano. Este era distinto a los demás, pues ya no había pista de hielo, sólo un especie de laberinto. Aunque, curiosamente la mayoría de las bajadas estaban selladas con tablas, sólo había una hacia el río.
Fueron por ahí, topándose con el Krabby que había mencionado la Shellder al principio.
– ¡Así que ustedes son los viajeros de Fukurokuji! – les dijo el Krabby.
– Exacto. – afirmó sonriente el Torracat.
– Muy bien, espérenme en esa bajada de ahí. Voy a terminar de preparar la barca y les aviso. –señaló el cangrejo.
Obedecieron y se sentaron en la escalinata señalada, esperando la señal del barquero. Aunque, como siempre, no habían pasado ni diez minutos y el luchador ya se había aburrido.
– Oigan… ¿Se demorará mucho el tipo?
– Daiki, por favor no empieces. – bufó la guardiana.
– Es que… ya me aburrí.
– No han pasado ni diez minutos. Dale su tiempo.
De pronto, el Krabby se aproximó a ellos, con cara preocupada. Al parecer se le había perdido algo.
– ¿Dónde estará esta cosa? – murmuró para él mismo, rascándose la cabeza.
– ¿Qué busca, señor barquero? – le preguntó la princesa.
– Estaba buscando una red. Es para apartar la basura del río.
La niña le echó una mirada rápida al lugar, hasta que divisó la famosa red, tirada en un rincón.
– ¡Ahí está! – señaló. – ¡Yo iré por ella!
– ¡Oh! ¡Gracias, linda!
La Kadabra se levantó y fue hasta la red. La tomó y de la nada, el piso comenzó a retumbar. Tan rápido como notó el movimiento, las piedras debajo de ella se desprendieron y cayó junto con ellas en un grito.
– ¡CHIYOKO! – gritaron también los otros dos. Todos corrieron hacia el agujero para ver el estado de la chica.
– ¡¿Está bien, princesa?!
– ¡Sí, estoy bien! – asintió ella. – Aunque… caí con mi trasero. – se quejó, sobándose la zona adolorida.
El resto soltó un suspiro de alivio. Por suerte no se había lastimado. Ahora el problema era cómo subirla.
– ¡¿Crees que puedas escalar?! – le preguntó su amigo.
– Esto… – musitó ella, tocando una de las rocas. Estaban resbalosas, no sería la mejor opción.
– Escalar por ahí sería un suicidio. Se resbalaría o se cortaría. – dijo el Krabby. – Miren, hay una subida en ese sótano, no muy lejos de ahí. Creo que esa es la mejor opción.
– Ni pensarlo, no dejaré que la princesa explore ese sótano sola, con riesgo de derrumbe. – se negó rotundamente la Gardevoir.
– ¡¿Es posible que uses tu fuerza psíquica?! – sugirió el chiquillo.
– Eem… tendría que meditar y esta no es la situación más calmada. – contestó ella. Nunca había levitado su peso en algo que no sea la meditación, no mientras ocupaba su energía en la pesada Lanza del Alakazam, y eso requería paz y tranquilidad, no el miedo constante a que la cueva se derrumbe.
– Entonces lo haré yo. – habló decidida la mujer.
– ¡No, no! ¡No te preocupes, Kazuna! ¡Yo puedo subir! – le detuvo, sacudiendo las manos.
– ¡¿Está usted loca?! – exclamó la otra, indignada.
– ¡El barquero tiene razón, la cueva se derrumbará en cualquier momento! ¡Mejor adelántense ustedes!
– ¡¿Estás segura de lo que estás diciendo, niña?! – dudó el cangrejo.
Chiyoko observó el oscuro camino, que parecía no tener fin. Tragó saliva y luego se volteó a sus compañeros.
– Muy segura. – declaró ella.
Debía demostrar su valía en esta misión, y ese sería el primer paso.
– ¡Bien! ¡Entonces te esperaremos en la escalera al lado del río!
– ¡Perfecto! ¡Los veo allí!
Los demás se fueron del lugar, como acordaron. La castaña sacó de su mochila una linterna y se dispuso a caminar por el sendero. Agradecía el hecho de que Kazuna siempre empaca cosas útiles, por más exagerada que se oiga.
Caminaba derecho y con cautela, pues tenía a un lado un lago y al otro un río con corriente. Además, por cada paso que daba parecía que el techo iba a desprenderse, así que la situación estaba muy delicada.
Llegó a lo que anteriormente era una escalera, ya que había sido destruida por un derrumbe. Lo dejó pasar y siguió caminando hasta encontrar un camino de rocas en medio del río. Parecía bastante peligroso, pues el agua chocaba contra las rocas. Aun así respiró profundamente y se armó de valor.
– Vamos Chiyoko, tú puedes. – se dijo a sí misma, cruzando el camino con un par de dificultosos saltos.
Llegó al otro lado, encontrándose con que no había salida. Bufó a su mala suerte y dio media vuelta, dispuesta a volver por el mismo camino. Intentó cruzarlo como lo hizo la primera vez, pero… de la nada se resbaló, cayendo a lo profundo del río en un alarido.
– ¡AY NO!
Subió rápido a la superficie e intentó nadar en contra de la corriente, no obstante, esta era más fuerte. Miró a todos lados con desesperación, para ver donde afirmarse. Nada, sólo una cascada al fondo del río, que caía en un abismo más oscuro que el sótano y debía evitarlo a toda costa.
En un segundo milagroso, vio una cuesta de rocas, o sea, su salvación. Rápidamente sacó la Lanza y nadó lo mejor que pudo hacia ella. Cuando estuvo cerca, enterró la lanza en la cuesta de un golpe, uno tan fuerte que la cueva llegó a retumbar.
El temblor alarmó a los que estaban en el piso de arriba, esperando.
– Oh no… oh no… – murmuraba Kazuna, entre tanto se paseaba en círculos. – La cueva está que se derrumba… ¡Y la princesa no ha vuelto!
– Se ha demorado demasiado, incluso tratándose de ese sótano. – habló el Krabby.
– Seguro se habrá perdido ¡Pero llegará luego! – masculló el luchador.
– No hay mucho donde perderse en ese lugar… a menos que…
– ¡¿Qué?! ¡¿Qué cosa?! – exclamó la guardiana, alterada.
El barquero dudó un poco, nervioso.
– No, no es nada, madame. Seguramente está perdida, ya aparecerá. – le respondió, intentando tranquilizarla.
Aunque no estaba perdida allá abajo, estaba en peligro.
Aferrada a la lanza intentó subir a la cuesta. La corriente se lo impedía, pero de a poco lo iba logrando. Primero subió un pie a la lanza, luego el otro y después se atrajo a ella, sujetándose muy fuerte. Perfecto, lo difícil ya estaba, ahora sólo faltaba girar.
Para su más mala suerte, el bolso se abrió y sus cosas comenzaron a nadar en la corriente. Ni loca iba a ir a buscarlas, así que, con mucho apuro giró en la lanza y se arrastró sobre ella hasta llegar a la cuesta. Apenas tocó el suelo se lanzó sobre él, derrotada.
– Qué manera de… ver tu vida pasar sobre tus ojos. – musitó, muy hiperventilada.
Se giró rápidamente para ver qué cosas se habían caído. Lamentablemente, la linterna la perdió en cuanto resbaló. Fuera de eso, nada de real importancia, sólo un par de prendas y bayas.
Revisó los documentos, los cuales esperaba que sólo estuvieran empapados. Al sacarlos… ¡Sorpresa! Estaban todos metidos en una bolsita impermeable.
No supo en qué momento y cómo, pero agradecía infinitamente a Oh-Ho que Kazuna fuera la Minskémon más exagerada de todo Kanto.
Se recostó nuevamente, empapada y muerta de frío. Sabía que su ropa se congelaría en poco tiempo y no tenía cómo calentarse. La famosa manta se le había quedado en el velero y no tenía fuerzas para prender una fogata. Todo estaba perdido para ella, había fallado.
Comenzó a sollozar. Su viaje había terminado aquí. Moriría congelada.
El frío hacía que todo le doliera. Un montón de puñaladas alrededor de su cuerpo. En cualquier momento iba a quedar inconsciente, pues los párpados le pesaban.
De pronto, a la lejanía vio una figura acercándose. No podía distinguirla bien, parecía tener una larga cabellera azulada.
La figura se acercó a ella y posó la mano en su frente. Inmediatamente, sintió una gran energía recorrer su ser, que calentaba su temperatura y le daba fuerzas. Cerró los ojos, recibiendo todo ese poder salvador.
Al abrirlos, observó bien a la figura y se sentó de la impresión. Era un varón… o dama, no sabría decirlo bien, sin embargo era de rasgos muy bellos. Rostro fino, ojos rasgados y rojos, piel azulada y una larga cabellera azul. Usaba una especie de corona con tres grandes rombos y un kimono celeste de enormes mangas, cual juraría que parecen plumas.
Estaba muy atónita ante su magnificencia como para gesticular alguna palabra.
– Sal de aquí lo más rápido posible. La cueva se derrumbará.
La princesa asintió y se levantó, tomando la lanza incrustada. Con mucha fuerza la sacó de la cuesta, produciendo otro temblor de la cueva, está vez más preocupante.
– ¿Quién es usted? – preguntó ella, con rapidez.
– Mi nombre no importa ahora. Corre, la heroína de Kanto no puede morir al comienzo de su aventura.
La cueva retumbaba más fuerte aún, haciendo que las rocas comenzaran a desprenderse, junto con las estalactitas.
– ¡Muchas gracias! – dijo y corrió por el sendero.
Todo empezó a caer estrepitosamente, teniendo que esquivar lo que chocaba contra el suelo. Corrió por el único sendero que no había explorado ya ahí estaba, la dichosa escalera. Subió rápidamente al tercer sótano y como suponía, sus compañeros ya no estaban. Seguro subieron cuando la cueva comenzó a temblar.
Siguió escalando mientras el lugar se desparramaba hasta llegar a la planta principal. En cuanto vio la salida corrió hacia ella, seguida de muchas rocas que caían. Una vez ahí saltó y salió, en una nube de polvo.
Levantó la mirada y se dio cuenta que estaba afuera, había salido viva. Delante de ella estaban sus compañeros, muy aliviados, y el personal de las Islas, muy impactados.
Se incorporó y se sacudió un poco. Le avergonzaba presentarse así.
– Hola…
– ¡CHIYOKO! – exclamaron sus compañeros y se lanzaron a abrazarla, restregando los rostros con el suyo.
– ¡Pensábamos que te habías quedado atrapada ahí dentro! – le dijo su amigo.
– ¡O peor! ¡Qué habías muerto! – sollozaba su guardiana.
– ¡A la próxima bajaremos para ayudarte!
– ¡Oh, claro que no! ¡No habrá una próxima! ¡No volveremos a dejarla sola!
– ¡Chicos…por favor…! ¡Me asfixian…! – masculló la castaña, con los órganos apretados.
Recién ahí la soltaron. Los otros Minskémon seguían mirándola con la boca abierta. Incluso la Slowpoke estaba atónita.
– En… ¡¿EN QUÉ ESTABAN PENSANDO?! – les gritó la Shellder, colérica. – ¡¿QUÉ PARTE DE NO BAJEN AL CUARTO SÓTANO NO ENTENDIERON?!
– A ver niña, cálmate primero. – le regaló el Arcanine.
– ¡¿Que me calme?! ¡¿QUE ME CALME?! ¡ACABAN DE DESTRUIR NUESTRO NEGOCIO! ¡Y NO SÓLO NUESTRO! ¡SI NO LA MITAD DE INGRESOS DEL PAÍS! – le apuntó a los viajeros, en un estado de ira incontrolable. – ¡USTEDES VAN A TENER QUE PAGAR POR TODO ESTO!
– ¿Disculpe? Para su información, cualquiera vería que su cueva estaba por derrumbarse. – le contestó la Gardevoir, muy molesta ante la acusación.
– Además… – se interpuso el Krabby. – Fue culpa mía.
Ahí la Shellder volteó su mirada asesina hacia el barquero.
– ¡¿QUÉ DEMONIOS DIJISTE?!
– Que fue mi culpa. Se me había quedado la red en la bajada al río y le pedí a la chica que…
– ¡¿O SEA QUE ESTAMOS EN ESTA SITUACIÓN POR NEGLIGENCIA TUYA?! – le interrumpió. No quería escuchar sus explicaciones.
– Linda, creo que deberías calmarte. Estás asustando a los viajeros. – le habló el Golduck, muy dulcemente.
– ¡LOS VIAJEROS DESTRUYERON NUESTRO NEGOCIO, IDIOTA!
– ¡¿A VER?! ¡TÚ NO LE HABLARÁS ASÍ A MI ESPOSO, MOCOSA! – le gruñó el Arcanine, muy enojado.
Los Minskémon siguieron discutiendo entre ellos, olvidando que los viajeros estaban presentes. Estos sólo los miraron extrañados por unos segundos y volvieron a los suyos.
– Princesa… ¿Segura que está bien? ¿No está herida ni nada por el estilo?
– Estoy bien, Kazuna. De verdad. – sonrió la chiquilla. De pronto, le tomó los hombros. – Y otra cosa ¡Nunca jamás dejes de empacar nuestras cosas!
La mujer rio por lo bajo y le dio un gran abrazo.
– ¿Y cómo estuvo la experiencia en el sótano? – preguntó el Torracat.
– Bueno… es gracioso que lo preguntes. – se carcajeó nerviosamente. – No estoy segura… pero creo que vi a Articuno.
Todos se detuvieron en seco y la observaron al escuchar el nombre.
– ¿Dijiste… Articuno? – masculló la Shellder.
– Sí. Les cuento. – se dispuso a relatar. – Estaba tratando de encontrar las escaleras, cuando pasé por un camino de rocas y me resbalé, cayendo al río con corriente.
– ¡¿Te caíste a un río con corriente?! – exclamó la de melena, preocupada.
– Sí, pero ese no es el punto. – le detuvo antes de que se pusiera histérica. – El punto es que, cuando salí de ahí y pensé que iba a… bueno, morir congelada, apareció. Posó su mano en mi frente y transmitió una energía hacia mí que… me salvó la vida.
Ahí, la Slowpoke caminó entre la multitud, apartando al personal, con una taza en sus manos. Venía de lo más extasiada. Se aproximó a la princesa y le ofreció la taza.
– Tenga, señorita. Acepte este manjar del Monasterio de los Slowpokes. Es la sustancia de la cola de nuestro jefe. – le dijo, con suma espiritualidad.
La chica la aceptó, algo confundida por el origen del líquido, sin embargo, su expresión cambió al segundo de beber el primer sorbo. Era extremadamente dulce y exquisito.
– Las leyendas dicen que quienes vean a los Pokémon legendarios, les espera un camino lleno de grandeza. – relataba. – Ojalá ese sea su camino, señorita.
– Muchas gracias. – habló la otra, haciendo una reverencia y devolviendo la taza vacía.
El resto observó muy atentamente el comportamiento de la Slowpoke. Esta guardó la taza en un bolsito que traía. Luego, se subió a una roca y se volvió a dormir.
– Bien, creo que debemos irnos. – dijo ahora Daiki.
– Sip. Eso debemos hacer. – contestó la Kadabra. – ¿Dónde está el velero?
– En la orilla de allá, princesa. – señaló el Golduck. Efectivamente, ahí estaba.
Nuestros héroes se subieron al navío, seguidos por los trabajadores, que los observaban desde la orilla.
– Lamentamos que su cueva se haya… destruido. Ojalá se recuperen pronto. – se disculpó la mayor.
– Sí, sí. Ya quisieras. – le respondió muy molesta la Shellder. – Váyanse luego, y no vuelvan.
– Oye mocosa, contrólate. – le regañó el fogoso guardia.
– ¡Tengan un buen viaje! – se despidió el guardavidas.
– ¡Adiós y buena suerte! – se despidieron también los viajeros.
Embarcaron a las aguas, directo a la Península para continuar su aventura. Mientras, el personal de las Islas se volteó a ver el estado de su fuente de trabajo.
– Tampoco está tan mal. Sólo hay que levantar unas rocas. – dijo el Krabby.
Y como si lo hubiera pedido, de la nada la entrada de la cueva se derrumbó en un gran estruendo.
– Ok. Nos van a despedir.
Entonces, así es como nuestros héroes siguen su viaje, esta vez definitivamente a la Península del Fuego. Sin cuevas que derrumbar, se encontrarán allá con particulares personajes ¿Quiénes serán?
Averígüenlo en el próximo capítulo, porque… ¡Esta historia continuará!
