Capítulo 5: Detective Lizardon
Los viajeros entraron a un edificio con estilo antiguo, sacado de esas películas de la Era Pokémon, donde la imagen se ve en blanco y negro. Subieron hasta el tercer piso y avanzaron hasta la oficina 006. Bastante extraño el cómo estaban organizados los apartamentos.
Tocaron la puerta y esperaron escuchar un: "Adelante". Luego, entraron. Resultó ser una oficina bastante desordenada, con muebles viejos y plantas secas. Lo más interesante ahí era una vitrola que se estaba tocando.
– Usted debe ser la señora del teléfono, hace un rato. – dijo en un tono algo distante, mientras miraba por su ventana, que daba a la calle. La poca luz que esta le entregaba dejaba ver débilmente su alta silueta y el cigarrillo en su mano. La oficina desprendía un fuerte olor a tabaco y alcohol, junto con un aura gris, muy parecido a una novela policiaca.
Los otros sólo se quedaron quietos, cautivados por su misterioso semblante.
– Debí decirle que viniera sola, aunque no la culpo. – hablaba, dándole una bocanada a su cigarrillo. – En la situación en que está, era mejor que viniera con guardaespaldas. Quién sabe cuántos más están tras ese documento.
Era de anaranjada cabellera, al igual que sus cuernos y de pronunciadas ojeras. Su abrigo, si alguna vez fue de ese mismo color, debió ser hace mucho, pues ahora era café. Sus ojos eran azules y se veían cansados. Por último, su capacidad de deducción llamaba la atención, sin embargo, no era momento para deslumbrarse.
– Siéntese. Cuénteme todo lo que...sabe. – masculló al voltearse y ver que la supuesta señora era en realidad los chicos de la taberna.
– Tenemos algo muy importante que discutir, señor Lizardon. – le dijo la castaña en tono desafiante.
El Charizard sólo curvó un poco su boca y se sentó la silla de su escritorio. Apagó el cigarrillo en un cenicero y posó su vista sobre ellos, con desgano.
– Si se trata de alguna deuda, díganle a Bill que ya las pagué la semana pasada.
– ¿Qué? ¡No! – sacudió su cabeza la otra. – No venimos de parte de ningún Bill. Es algo mucho más serio que eso. Podríamos decir que de vida o muerte. – inició.
– ¿Ustedes son los que buscan a los Seis Campeones? – preguntó, sacando de su malgastado abrigo una cajetilla de cigarros.
– Eeh... sí. Somos nosotros. – asintió algo extrañada.
– Y supongo yo que descifraron el poema, buscando a todos los Charizards del país. – siguió, sacando otro cigarro de la cajetilla.
– Pues... sí… ¿Pero, cómo supo que…?
– Entonces terminé siendo el último en su lista e inventaron un caso falso, o mejor dicho, uno que ocurrió hace diez años para atraparme en mi oficina y llevarme con ustedes. – le interrumpió, poniendo el cigarro en su boca y prendiéndolo con la llama de su cola. – ¿No es así, princesa?
Definitivamente, su capacidad de deducción era alucinante, dejándolos atónitos.
Aunque, Kazuna se veía más nerviosa que asombrada. Extraño.
– Ok, sí. A eso venimos. – asumió la muchacha con soltura. – Y algo le advertiré, señor Lizardon.
– Dime Ryunosuke. – murmuró, inhalando la boquilla.
La Kadabra se acercó lentamente al escritorio y lo golpeó, apoyándose sobre él con las dos manos. Esto sobresaltó a más de alguno.
– No nos iremos sin usted, señor Ryunosuke. – declaró, con ojos desafiantes y confiados.
De la nada, los otros dos comenzaron a tomar muchas cosas cercanas, trancando la puerta en caso de que se le ocurriera escapar. Y para dar más seguridad, se colocaron delante de la barricada con los brazos extendidos.
El lagarto observó esta apresurada acción y a los causantes. Uno ansioso y la otra bastante alterada. Luego, volvió a la niña.
– Así que infieres que soy el Campeón que buscas.
– No lo infiero, lo aseguro.
Se fijó un momento en la vitrola al extremo de la sala. El jazz que se estaba reproduciendo había terminado.
– ¿Y con qué pruebas? – sonrió burlón.
– Bueno. ¿Cómo supiste que soy una princesa? – le cuestionó.
Ahí el peli naranjo abrió los ojos de golpe. Intentó no hacerlos tan enormes para que no se notara su sorpresa.
Era buena.
– Noté la estrella de tu frente y el artilugio que llevas en tu espalda. – señaló a la Lanza del Alakazam. – Sólo un Minskémon en el universo lleva esa arma y no es una adolescente.
– ¡Oh! ¡Entonces conoces al líder! – exclamó en una mueca socarrona, notando su impresión. – Que suerte tienes. Él es tan reservado que no todos llegan a conocerlo bien.
– Oh, vamos. El viejo de Shigeru es un libro abierto. – soltó con fastidio.
Gran error. Cometió una gran insensatez al priorizar su paciencia sobre sus cartas. Al segundo de darse cuenta de lo que había dicho, ya estaba expuesto.
– Nunca dije su nombre. – finalizó, en semblante de victoria.
Ciertamente, sólo alguien tan importante como un Campeón diría eso de su abuelo, pues, se sabe que él conoció a los Seis.
Listo, había caído.
Agachó la cabeza y volvió a mirar la molesta vitrola. Él era muy buen observador, no obstante, ella era buena interpretadora, sumándole lo fastidiosa e insistente que se pone cuando quiere lograr algo. Sí, lo admitía. Era bastante buena.
– Si insiste, princesa. – se resignó, levantándose de la silla.
– Espera… ¿En serio? – masculló la otra. No esperaba que se rindiera tan rápido.
– Puede que en Fukurokuji todos le hagan caso a lo que dicen, princesa. – habló en un tono sombrío y con una desconfiada sonrisa que alertó a la guardiana. – Pero, aquí en la Península, las cosas se solucionan de otro modo.
De repente, los viajeros notaron que comenzaban a brotar chispas del puño del detective, cosa que alarmó a todos.
– ¡Princesa! – exclamó la Gardevoir, intentando apartarla.
El Charizard, uso Puño Trueno contra la pared de su oficina, destrozándola en cosa de segundos. Inmediatamente tomó del brazo a la castaña y se lanzó a la calle, junto con ella.
– ¡CHIYOKO! – le gritaron su otros dos compañeros, desde arriba.
La chiquilla logró zafarse de las garras de su atacante, en el aire. Al ver que iba a caer, pegó un alarido del susto y tomó rápidamente su lanza, haciéndola flotar con su fuerza psíquica. Al abrir los ojos notó los pocos centímetros que estaba del suelo.
El mayor, en cambio, cayó como meteorito a la calle, apoyándose en su puño. Se incorporó observándole con unos llameantes ojos y una socarrona sonrisa.
Ella también bajó de su lanza, colocándose en posición defensiva.
– ¡Le desafío a una pelea, princesa! – le retaba. – ¡Si yo gano, me dejarán en paz!
– ¡Y si yo gano, irás con nosotros! – respondió la niña.
– Bien, suena bien para mí.
Sus dos amigos llegaron a la calle, junto con la multitud que se estaba formando, para detener la pelea.
– ¡Princesa, no lo haga! – aulló la de melena.
– ¡Tengo que hacerlo, Kazuna! – se volteó a ella, quitándose el bolso de bambú y dejándolo en el piso. – ¡No te preocupes, todo saldrá bien!
Eso no dejaba muy convencida a la mujer, al contrario, veía caos en sus predicciones.
– Tranquila, Kazuna. – masculló Daiki, colocando la mano en su hombro. – Confío en que Chiyoko tiene un plan.
– Ojalá lo tenga. – dijo, muy angustiada. – Si no, no tendrá oportunidad contra él.
Todos se centraban en los dos combatientes, que estaban a punto de comenzar. Ellos dos estaban muy preocupados por su princesa. Sin embargo, bien se sabe que en este mundo, si un Miskémon reta en un combate a otro, nadie puede interrumpir o ayudar hasta que se termine.
– Usted primero, princesa. – le ofreció el Charizard, en tono de burla.
La castaña corrió hacia él y dio un gran salto con la lanza en alto, pero el otro la esquivó sólo con dar un paso. Ella, en respuesta, empezó a darle hábiles estocadas, que eran esquivadas muy velozmente por el lagarto. Al esquivar suficiente, él la pateó en el estómago, enviándola lejos.
Se arrastró un poco por el suelo y se reincorporó tan rápido como pudo, tomando su lanza muy firme.
– Es rápido. – murmuró, percatándose al segundo después una sombra sobre ella.
El detective estaba en el aire, listo para dejar caer su pie encima. Ella saltó hacia un lado, logrando evitarla por poco. Al mirar se dio cuenta del cráter que el sujeto dejó en el suelo, no era pequeño.
– Ay Oh-Ho mío. – musitó con un gran pesar.
– ¡El sol está quemando fuerte! ¡¿No lo cree, princesa?! – se seguía burlando.
Al momento tomó aire y exhaló una gran llamarada, al mismo tiempo que agachaba su torso, muy relajado.
La Kadabra se levantó y corrió como pudo para que las llamas no la alcanzaran, aunque, mientras iba escapando, el otro también giraba con ella. Aprovechó para tirarle su lanza, la cual atravesó la flama y siguió de largo por los aires.
El peli naranjo, al percatarse de esto, detuvo su Lanzallamas, soltando una carcajada.
– Supongo que viste cómo eso se fue de largo. ¿Verdad? – reía.
– Sí, claro que lo vi. – contestó ella, alzando su brazo con actitud confiada.
Él notó aquello con confusión, pensando en voltearse cuando la lanza le golpeó de vuelta en la cabeza, llegando a perder el equilibrio. Alcanzó a poner sus manos para no caer al suelo. Suerte que no se volteó.
La lanza siguió en dirección contraria y a gran velocidad. Ahí la chica la tomó y salió volando junto a ella. Luego se subió y comenzó a andar en el aire con su forma característica.
Ryunosuke observó todo esto, bastante molesto por la treta.
– Con que quieres jugar sucio, ¿eh, mocosa? – murmuró por lo bajo. – Pues espera, que yo también puedo volar.
Se levantó y alzó sus alas, disparándose del suelo. Volaba aproximándose a la castaña, con notable furia.
La empujó con una de sus alas, intentando que perdiera el equilibrio. Esta se movía muy frenéticamente estableciendo nuevamente el balance de la lanza, lo que enfureció más al lagarto. Utilizó Danza Dragón, haciendo que un vapor rojo lo cubriera, y que sus llamas se embravecieran.
Al ver que iba a inhalar para escupir fuego otra vez, la muchacha le lanzó un destello blanco, deteniéndole bruscamente.
El Charizard intentó escupir otra vez, pero no podía soltar sus labios. Al menos no para lanzar fuego.
– ¡¿Qué demonios me hiciste, mocosa?! – le gruñó.
– ¡Anulé tu Lanzallamas, genio! – le contestó igual de molesta.
Volvió a gruñir del fastidio y preparó su Puño Trueno otra vez, lanzándose. La chiquilla logró esquivarlo, saltando de la lanza y volviéndola a tomar estando bajo ella. Se impulsó hacia él, dándole una patada en el abdomen. El otro tomó su pie, cosa que tomó de improvisto a la muchacha. Aprovechó para intentar golpearle con la lanza, aunque el detective también la atrapó, lanzándola, junto con ella, hacia otro lado con mucha fuerza.
Detuvo su arma en el trayecto y volvió a subirse con dificultad a ella.
– ¡Ríndete ya, mocosa! ¡Ni siquiera has logrado cansarme! – le insistió.
– ¡NUNCA! – le gritó, al estabilizarse sobre la lanza. – ¡Hice una promesa y pienso cumplirla! ¡Aunque tenga que venir diez mil veces a luchar contigo!
De pronto, algo sobresaltó Ryunosuke. Al escucharla tan determinada y testaruda, un recuerdo fugaz pasó por su mente. Veía en su lugar una niña de diez años, gritando de la misma forma, y no cualquier niña, sino una niña… humana.
Sacudió su cabeza, intentando esfumar ese recuerdo. No se iba a poner nostálgico en medio de un combate.
Chiyoko se arremetió hacia él, propinándole un golpe que lamentablemente fue esquivado. El Charizard, en respuesta le pegó un rodillazo, enviándola otra vez lejos.
La princesa le lanzó un Psicorrayo, esta vez atinándole y causando el fastidio definitivo de su atacante.
Al detective se le había acabado la paciencia, así que decidió usar su golpe final para derrotarla. Sus llamas se avivaron de una forma alucinante, provocándole una expresión escalofriante. Iba a utilizar Enfado.
Alzó su puño energizado, captando la atención de la chica.
– Ay no… – musitó, viendo lo que le esperaba.
Rápidamente invocó su Pantalla Luz, bloqueando el aplastante golpe que le echó encima el lagarto. Esta fuerza los llevó a bajar la altura, e incluso agrietó la pantalla.
Se venía un segundo, más fuerte que el anterior. La Kadabra intentaba con todas sus fuerzas mantener la pantalla, cuando el segundo golpe impactó, agrietando casi por completo esta protección.
Cuando su contrincante preparaba el tercer golpe, miró su rostro y sus ojos rojos lleno de furia. Juraría que sería capaz de matarla en ese mismo instante.
Y ahí, entre la ira y los efectos que la confusión por el movimiento, otro recuerdo invadió la mente de Ryunosuke. Vio a la misma niña, ahora más grande, cayendo junto a él, con las manos extendidas como si intentara alcanzarlo.
No, no podía matarla. ¿Verdad?
Descargó la energía del golpe final sobre la pantalla, haciendo que se rompiera, y con esa misma fuerza, la princesa salió disparada, impactando contra el suelo.
Todos los expectantes soltaron un grito de asombro y angustia en el momento en que cayó.
– ¡CHIYOKO, NO! – se desgarraban de dolor sus compañeros.
El peli naranjo bajó lentamente hasta la calle, donde posó sus pies en tierra. Se sacudió y se volteó hacia la gran nube de polvo que cubría el supuesto cuerpo derrotado de la niña.
Esta nube, al disiparse, desveló a la Kadabra, que estaba arrodillada en el piso. Se apoyaba en su lanza con una mirada más decidida que al comienzo de la batalla. Definitivamente no iba a terminar allí.
Todos suspiraban atónitos ante su resistencia y determinación, incluso el detective.
– Imposible… – murmuró, impactado.
La muchacha se intentaba reincorporar con algo de dificultad. A pesar de eso, no había ni una pizca de arrepentimiento.
– Yo le prometí a mi abuelo… y a cada Minskémon de Kanto... que encontraría a los Seis Campeones... – decía, jadeando. – ¡Y no pienso descansar hasta cumplir esa promesa y liberar a todos de las garras del Imperio! ¡Así que, o vienes conmigo…! ¡O VIENES CONMIGO!
Aquellas declaraciones retumbaban en la mente y en el corazón del lagarto. Sólo escuchó a una persona hablar de esa manera, con tal decisión. Era la persona que amaba y que lo había transformado para siempre.
Sí, lo había entrenado para ser un Charizard ejemplar, junto con sus otros cinco compañeros. La había amado como primera mejor amiga, como su compañera de vida, como la que se convirtió en Campeona de Kanto, como la chica juguetona, amable, caprichosa y testaruda que era, y finalmente, como la anciana que soltó su mano en cuanto su corazón dejó de latir, hace milenios atrás.
Sí, su entrenadora lo transformó en un héroe y después lo abandonó.
Y ese no fue el golpe más duro. No bastó que con su muerte se volviera un tipo frío y distante. Tuvo que llegar el Gran Quiebre, la causa de su colapso, lo que lo transformó en imbécil, oportunista y desagradable.
En algún momento pensaba en conservar su honor, en seguir siendo un ejemplo para todos, aunque sea en un bajo perfil. Se hizo detective privado para desmantelar el Imperio, aunque el cigarrillo, las noches de alcohol en las tabernas y los días de reventarse en su oficina fueron más fuertes que su causa.
Tanto llevaba lamentándose, ahogando sus penas en el whisky y esperando algún hematoma en el pulmón, que ya no sabía por qué demonios se estaba lamentando.
Había olvidado por qué estaba luchando en primer lugar.
Y la castaña, sólo con gritarle, se lo recordaba ahora; quien, a propósito, estaba corriendo para abalanzarse sobre él.
Ella, en un grito de guerra, saltó alzando su lanza y el peli naranjo la esquivó, de la misma manera que lo había hecho al principio. La chiquilla siguió dando estocadas, intentando atinarle a algo, el otro las esquivaba y así por unos minutos. No tenía ganas de contraatacar, no con el poco ánimo que tenía ahora.
Le quitó la lanza de las manos y la dejó en alto para que no la alcanzara. La Kadabra, en respuesta, comenzó a tirarle golpes, que también eran evitados.
– Oye, niña. – le llamaba la atención ahora, sin ser escuchado. – Niña, detente.
– ¡No…! ¡Debo derrotarte! – continuaba, haciendo evidente su cansancio.
– Es obvio que ya no te la puedes, para. – le ordenaba.
– ¡No…! – mascullaba, ignorándolo.
El Charizard se decidió por sujetar la frente de la muchacha, manteniendo la distancia. Ya se había cansado de esquivar también.
– Chiyoko… basta.
– ¡No… me detendré! – hablaba apenas, persistiendo con los puños. – ¡Debo llevarte… conmigo y… salvar Kanto!
El mayor esperó ahí, sujetándola hasta que se calmara, y finalmente, después de unos minutos, la princesa se detuvo y él la soltó.
– ¿Ya te calmaste? – le preguntó, con cierto tono paternal.
De la nada, recibió un impacto. Chiyoko aprovechó el hecho de que bajó la guardia para propinarle un golpe en el estómago.
El detective se retorció y cayó al piso. Aquella triquiñuela lo hizo enfurecer, disipando todos los sentimientos encontrados que había tenido anteriormente. No dudó en hacerle una zancadilla con una de sus patadas voladoras, dejando a la princesa en el piso. Fue el último golpe que la dejó knock-out y terminó con la pelea.
– ¡CHIYOKO! – gritaron con angustia los otros dos viajeros, corriendo hacia la aludida. Intentaron recogerla con mucho cuidado, puesto a que esta rezongaba del dolor. En cualquier momento podría desmayarse.
– Se acabó, mocosa. – le gruñó con resentimiento, entre tanto se reincorporaba. – Vuelve otro día y si me ganas ahí, iré contigo.
– ¡ERES UN MALDITO! – le hiseó el Torracat, sosteniendo a su amiga.
– ¡¿Cómo puedes ser capaz de algo así?! – exclamó Kazuna con enojo, acercándose al lagarto. – ¡Estamos haciendo esto por una buena causa y tú lo primero que haces es moler a golpes a una niña!
– Ella no es una niña, tiene 20 niveles. – le contestó el otro, con fastidio.
– ¡Aun así es muy joven! ¡Y está haciendo mucho más esfuerzos que tú! – le regañó, estando frente a frente.
– ¡Pero el esfuerzo no es suficiente, Ka… s-señora! – se corrigió sacudiendo la cabeza, algo que ciertamente fue sospechoso para el felino. – Estamos hablando de un jodido Imperio que abarca más de la mitad de la región ¿Qué harán 3 piltrafas contra eso? – le cuestionó con un amargo tono. – Seamos realistas. Si "su niña" no es capaz de derrotarme a mí, mucho menos podrá con el Emperador, así que será mejor que empiece a entrenar de verdad. – le advirtió en otro gruñido, sin despegar su mirada de esos ojos color carmín. – O tal vez tendrán que volver a su querido monasterio. – se burló con esto último.
– ¡¿Cómo puedes llegar a ser tan egoísta?! – le increpó, sumamente ofendida.
– Bueno, así soy yo. – se encogió de hombros. Luego, dio media vuelta y dispuso sus alas para emprender vuelo.
De pronto, unas sirenas se escucharon a la lejanía, lo que alarmó de inmediato a la gente. Era la policía.
– Au revoir, princesa. – se despidió haciendo un gesto con dos dedos, para después batir sus salas y desprenderse violentamente del suelo.
En ese momento, Chiyoko sintió cómo sus párpados cedían ante el dolor y la falta de fuerzas, hasta perder completamente el conocimiento
El primer paso para convencer al primer Campeón ha fallado y hasta ahora, todo se ve sin esperanza ¿Podrá Chiyoko y su compañía vencer a Ryunosuke en su próxima batalla? ¿O habrá otro método?
¡Esta historia continuará!
