Parte uno: Entrégate
Capítulo 1
Decir que mi día había comenzado mal era un eufemismo porque, en realidad, había empezado siendo un verdadero desastre. Me quedé dormida, y como en el último fin de semana había tenido una fuerte discusión con Hanabi por negarse a explicarme coherentemente la razón de la citación del Director, se me olvidó comprar champú y mi leche del desayuno. Nunca imaginé que tener que cuidar a una adolescente en plena etapa hormonal era tan complicado, eso sin contar que nos conocemos hace menos de dos meses.
Tomé algo de zumo de naranja de caja —lo único que había en mi refrigerador— y salí apresurada a la reunión con mi editor, sabía de antemano que no eran buenas noticias. Que Kiba Inuzuka te llamara a las 06:30 de la mañana para una reunión extraordinaria, solo podía ser sinónimo de que algo realmente malo estaba por suceder, sobre todo porque nadie era capaz de levantar la humanidad de Kiba de su cama antes de las 08:30 a.m. y menos para una reunión en su casa.
Afortunadamente, las calles no estaban tan congestionadas, así que llegué a tiempo. Aparqué en el estacionamiento de visita, saludé al conserje con una seña de manos y me fui a la zona de los elevadores.
Apoyé mi espalda en la pared y suspiré lánguidamente, mi cabeza era una maraña de pensamientos todos enfocados en una sola persona: Hanabi... y su afán por sacarme de casillas, Hanabi y su particularidad para meterse en problemas. En menos de dos meses había ido más de cinco veces a la escuela. Si mi abuelo estuviese vivo seguramente esto no sucedería.
El ascensor llegó sacándome de mis pensamientos, dos horas despierta y ya deseaba que acabara el día, entré al cubículo y seguí desmarañando mi cabeza. Era hora de hablar seriamente con esa chica.
Habían transcurrido dos meses desde la muerte de Hanna—aunque para mí era como si fuesen años— y si no arreglaba esta relación terminaríamos muy mal. No nos comunicábamos, no nos entendíamos, no nada... solo nos teníamos a nosotras y, aunque no era algo que buscáramos, era hora de empezar a comportarnos como lo que éramos: hermanas.
Justo cuando las puertas se estaban cerrando un zapato deportivo las bloqueó haciendo que nuevamente se abrieran. Contuve con todas mis ganas el deseo de resoplar cuando vi que entraba un hombre alto, atlético, de cabello rubio, que aparentemente estaba haciendo ejercicio debido a su ropa de vestir, tenía la frente perlada en sudor y un par de audífonos en sus oídos.
Solo tardé dos segundos en reconocer quién era, mientras intentaba disimuladamente controlar el estremecimiento en mi cuerpo, ese hombre era Naruto Uzumaki, uno de los amigos y vecino de Kiba.
El tipo era un creído, el súmmum de la virilidad, guapo, exitoso y seguro de sí mismo, ¿dije algo de su infinita prepotencia? Famoso por tener una mujer distinta colgada de su brazo cada fin semana. El representante absoluto de lo que yo podría definir como un maldito y perfecto Adonis...
Pero, yo paso. ¡No me interesan en absoluto los hombres apolíneos!
—Buenos días —dije suavemente, mi abuelo me había enseñado a ser educada.
El tipo se giró observándome de una manera que no supe descifrar, me dio una sonrisa torcida digna del comercial de un ortodontista: dientes blancos, brillantes, parejos, de esos que se lavan solo con las más exclusivas marcas de crema dental, por dos segundos, me atonté, lo reconozco ¡él estaba muy bueno a la vista! Se rió más ampliamente y luego, giró nuevamente dándome la espalda.
—Será cabrón —murmuré entre dientes saliendo de mi estúpido momento de quinceañera. Esa era la razón por la cual intentaba ignorarlo las pocas veces que me lo topaba.
Bobalicón mono neuronal, es una lástima que lo tiene de bello lo dobla en arrogancia.
Tenía que reconocer que su sonrisa era tremendamente excitante, pero él no tenía por qué saber que lo yo pensaba, afortunadamente la gente no anda leyendo la mente de otras personas.
Acomodé mis gafas y me quité los audífonos, miré mi reflejo en el muro espejo del elevador y me di cuenta de lo sucia que estaba mi gorra blanca era de mi equipo favorito de la NBA y ocultaba perfectamente mi cabello sin lavar y de lo gastadas que estaban mis zapatillas.
Mordí mi labio inferior fuertemente, parecía una adolescente y no una mujer hecha y derecha, de profesión escritora y con una hermana quinceañera a cargo; volví a suspirar, mirando fijamente la espalda y el bien formado trasero del vecino de Kiba. Era imposible no darle una mirada cuando me lo topaba cada vez que visitaba a mi editor y amigo.
Sí, ya lo sé los Adonis no me gustan, pero mirar no es pecado, y reconozco noblemente que su presencia en este espacio tan reducido, me estaba dando nervios. Lo había visto varias veces cuando venía al departamento de Kiba, pero nunca había estado sola con él.
¡Hinata, es un elevador, no el armario de su cuarto!
Negué con la cabeza intentando no parecerme a mi mejor amiga Ino y fijé mi vista en la pantalla que marcaba los pisos del elevador como táctica de distracción hasta llegar al piso de Kiba. Esta vez no fui educada y pasé por un lado empujando al maleducado gigoló. Guardé los audífonos escuchando una risilla de parte de mi ex acompañante, tuve que luchar contra las ganas de girarme y mandarlo al infierno
Inhala oscuro y exhala rosa, Hinata Hyûga
En lugar de eso, caminé hasta el departamento de mi amigo, toqué el timbre y limpié mis manos en mis jeans. Tenía las manos empapadas de sudor, era una situación que ocurría cuando estaba nerviosa y la reunión sorpresiva con Kiba era para estarlo.
Había conocido a Kiba Inuzuka cuando salí de la Universidad hace algunos años, era una chica llena de sueños, con metas por alcanzar y un manuscrito hermoso pero que nadie quería leer.
Estaba a punto de bajar los brazos, de darme por vencida y regresar a mi antigua casa para decirle al espectro de mi abuelo que había tenido razón y que estudiar literatura había sido un error, cuando él se sentó a mi lado, tomó el manuscrito y me tendió la mano que necesitaba: editó mi novela y la publicó en la Editorial donde trabajaba. Después de eso, se había convertido en el mejor amigo no gay que una mujer pudiese conseguir.
La puerta se abrió mostrándome la sonrisa tranquilizadora de Agatha, ella había sido la nana y ama de llaves de Kiba desde que él tenía uso de razón o al menos eso me había dicho, era una señora dulce que siempre tenía una amable sonrisa para mí, le di un gran abrazo antes de que me apremiara a entrar al departamento.
—¿Kiba? —mi voz salió ahogada a causa de los nervios.
—Está probándose a sí mismo cuánto puede correr en la cinta elástica, ayer tuvo un día de trabajo normal hasta que recibió una llamada; al parecer, está estresado. Se pone como perro rabioso y se mata con esas máquinas cuando lo ataca el estrés.
Le di un beso a Agatha y caminé a ver qué tenía tan inquieto a mi querido editor, no toqué la puerta de su gimnasio personal, entré sin anunciarme, puesto que era normal que hiciera esto.
Estaba de espaldas, solo con los pantalones de su sudadera azul y una toalla al cuello, miraba por el ventanal hacia el Central Park así que pude mirar tranquilamente su atlética complexión y perderme en el recorrido que pequeñas gotitas de sudor hacían por su ancha espalda ¡maravilloso!
¡Cómo está tu pulsión sexual hoy, ¿eh?!
Negué otra vez con mi cabeza; para muchas mujeres, Kiba era el prototipo de hombre que merecía estar en la portada de alguna revista masculina, un castaño de apariencia salvaje y de chico malo, él era la fantasía sexual de cualquier mujer, ojos negros y pestañas largas, cuerpo musculoso y espalda ancha, pero, tenía un gran defecto y yo lo conocía: era incapaz de comprometerse y le gustaban demasiado todas las chicas.
—¡Ahí estas!—dijo sacándome de mis pensamientos.
—¡Sí!—expresé tontamente meneando la cabeza de un lado a otro.
No digas nada por su "Ahí estás", mira que tu "Si" fue deplorable.
Mis neuronas necesitaban una sacudida urgente, no podía haber dicho algo que me colocara más en evidencia. Tomó su camiseta negra de una silla y se la colocó rápidamente, traté de que en mi cara no se notara la decepción ya había dicho que mirar no era un pecado ¿no?
Me dio una de sus miradas pícaras, como siempre cuando me descubría observándolo.
—Vamos al despacho —caminó hacia mí y dejó un beso en mi frente.
A pesar de su diversión por mí no muy educado gesto, podía ver que estaba preocupado, muy preocupado. Parecía que lo que me iba a decir era la peor de las catástrofes. Mi mente maquinaba una y otra cosa ¿Qué podía ser?.
A mi segundo libro le estaba yendo bien en las librerías y próximamente seria traducido al portugués; en cuanto al primero, la Editorial estaba pensando imprimir la tercera edición junto con el lanzamiento de la primera impresión de bolsillo; técnicamente las cosas funcionaban como debían funcionar, así que no entendía qué podía preocuparle a Kiba.
Tan pronto llegamos al estudio, se colocó detrás de su escritorio y rebuscó entre los cajones del mueble.
—Siéntate —dijo con voz calmada pero tensa.
—¡Kiba, estás haciendo que me dé un colapso nervioso, habla de una buena vez! —exigí. Mientras me sentaba, él sacó unos libros de las gavetas y los colocó frente a mí.
Leí el título de la famosa trilogía erótica, había escuchado acerca de la novela gracias a Ino. Era la típica historia de la niña tímida que se enamora del dominante guapo, rico y exitoso que la trata como una cualquiera...
No gracias, no iba conmigo y mucho menos con mi forma de escribir. Yo amaba las historias de romances dulces y con trasfondo, como Orgullo y Prejuicio y las historias de amores tormentosos como Cumbres Borrascosas, las nuevas propuestas literarias no eran mi estilo de lectura favorito.
—¿Qué significa esto? —pregunté tomando el libro como si fuese a morderme la mano.
—Tu nuevo desafío —Kiba se recostó en su silla—, es lo que el señor Hatake quiere de ti.
Una risa casi histérica se sofocó en mi garganta
—¡Qué! ¿No estarás hablando en serio? —bromeé—. Muy buena broma, Kiba, pero no es el día de los inocentes —a pesar de mi risa, el gesto serio en el rostro de mi editor era la confirmación que necesitaba para saber hablaba en serio.
—No, no estoy bromeando, eso es lo que Kakashi Hatake quiere.
— ¡Oh mi Dios! —llevé mis manos a la cabeza— mi carrera estaba acabada.
—No dramatices, solo tienes que escribir un libro erótico.
¡Santo Joder del Olimpo! ¡Tengo que morirme ya!
Podía sentir su penetrante mirada oscura taladrarme a pesar de tener mi cabeza enterrada entre mis manos. ¡Sí, cómo no! como si escribir una escena de sexo fuera soplar y hacer botellas. Tenía que ser broma, esas cosas las dicen los representantes, no los editores, por muy amigo que sea.
—¿Por qué me lo dices tú y no Ino? —Ino, ella era mi representante ¡La muy cobarde!
—No lo sabe. Estuvieron intentando comunicarse con ella anoche, pero no fue posible.
—Entonces... ¿me avisas tú? —levanté mi ceja izquierda. Era mi pobre intento de parecer amenazante.
En qué cabeza cabe que ¿Yo?... ¡Yo!... ¿Escribiendo sobre relaciones sexuales? ¡Ino, tú debiste evitarme este bochorno!
—Hubo una reunión de directivos, al parecer, enfrentamos una situación complicada. La auto publicación y los libros electrónicos son competencia y necesitamos un golazo literario para seguir siendo líderes en el mercado.
—Pero, ¿por qué yo?
—Porque, detrás de tus bellas novelas románticas se adivina a una escritora apasionada, con una sexualidad desbordante, a quien le falta un pequeño empujoncito para que explote toda su sensualidad en las letras.
—¡Te estás burlando de mí!—me levanté de la silla caminando de un lado para otro, me sentía como pillada en falta—¡Yo jamás seré una escritora erótica!
—Todos confiamos en ti... —Kiba intentó tranquilizarme.
¿Cómo carajos iba a escribir un libro de ese calibre con mi nula experiencia?
Levanté la vista y pude ver a mi amigo, socio y hermano levantando una ceja.
—No me digas —dije sarcástica—, se puede saber ¿Cómo diablos piensas que voy a escribir un libro así? ¡Nunca me he leído un jodido libro de esos!—bufé frustrada.
—Nunca... ¿nunca?
—Nunca—se suponía que no era nada malo, pero me sonrojé igual.
—¿Ni siquiera por curiosidad?
—¡No! Tengo veintiséis años y soy más virgen que la propia Virgen María y su sequito de virginales amigas—bromeé.
Kiba sonrió por mi comparación con las vírgenes pero luego se puso muy serio, exhaló pesadamente y llevó su mano a su rosto apretando levemente el puente de su nariz.
—Pues, así te toque ver porno, hentai, contratar amos y sumisas, tomar clases de Tantra, leerte el Kamasutra o lo que sea, ¡deberás escribir ese maldito libro erótico que quiere Hatake!
—¡Me niego!
¡Genial! Este sí que será un grandísimo y muy jodido día.
—¡Oh vamos! no es el fin del mundo—gimió Kiba, levantándose para venir hacia mí—, yo sé que tú puedes—enarcó una de sus cejas.
—Me estas pidiendo un imposible Kiba... yo, yo ni siquiera sé cómo abordar ese tema—estaba asombrada, casi molesta por la petición.
No... perfectamente, ¡encabronada!
—Melodramática—sonrió—.Te nominaré como la próxima "Drama Queen" del mes.
—Ese puesto es de Anna—acoté, haciendo alusión a una compañera de la Editorial experta en ese género.
—Ok, retiro mi nominación —rió, divertido.
—No te hagas el gracioso. Sabes que eso no es mi tópico —quité la gorra de mi cabeza y me revolví el cabello en un gesto de completa desesperación —¿Por eso estás tan nervioso? Agatha me contó que te la has pasado en el gimnasio.
—Temía tu reacción—suspiró teatralmente antes de pasar la mano por sus castaños cabellos— y, por lo que veo, no me he equivocado.
—Tú, como mi editor, debiste defenderme—me miró culpable— por lo que veo, ni siquiera lo intentaste.
—Hinata—se acercó a mí colocando sus manos en mis hombros—, confío en ti, en tu talento, sé que puedes hacerlo.
—Sí, como no—chasqueé mi lengua—, mi experiencia sexual es nula y lo sabes ¡por un demonio!—golpeé su fuerte pecho, apartándome.
—Esa ha sido tu decisión, yo estoy más que dispuesto a terminar con tu celibato autoimpuesto, conmigo obtendrás experiencia y diversión. Soy tan bueno que ofrezco dos opciones por el precio de uno—murmuró subiendo sus cejas sugerentemente.
—¿Y mandar al tacho de la basura nuestra amistad? No, gracias. Tengo una relación laboral que cuidar y no tengo vocación de trofeo.
Kiba tenía una foto con cada chica que salía y follaba. Él las llamaba "el álbum de sus conquistas"
—Podría enseñarte lo básico—insistió—, tú sabes...
—No, no sé.
Su rostro se iluminó con una sonrisa pícara y desafiante.
—Posiciones sexuales—se acercó hacia mí como si fuese un depredador acorralando su presa—, cómo hacer una felación casi perfecta, los ruiditos que nos ponen cachondos.
Sonreí sarcástica intentando por todos los medios sofocar los nervios por tener a Kiba tan cerca en su pose de "Soy muy bueno en el sexo"
—Dile al señor Hatake que yo no puedo hacerlo—lo empujé con la punta de mis dedos.
—¡Oh, vamos!
—No, no soy la única escritora de Editoriales Hatake que puede hacer ese trabajo, están Victoria, y esta chica nueva que le gusta escribir cosas paranormales.
—Zoë...
—Ella. Entiende, esto es algo superior a mí y no lo haré —fui tajante.
—No es algo que puedes decidir, ya lo hizo la junta y si no lo haces, pueden rescindir tu contrato —sentenció.
—No pueden —respondí categóricamente— por catorce meses más, soy propiedad de Editoriales Hatake.
—Y, te recuerdo que las letras pequeñas dicen que estas a completa merced de la Editorial, o sea, tú y yo somos un par de títeres y hacemos todo lo que el todopoderoso Kakashi Hatake quiera —terminó caminando hacia mí—, en mi lenguaje, estamos cogidos por los huevos y querer revocar o finalizar el contrato nos va salir un ojo de tu cara y uno de la mía y yo no me vería sexy con un solo ojo —me dio uno de sus guiños coquetos.
—No entiendo como aún tienes ganas de bromear —suspiré, derrotada.
—Vamos, solo... inténtalo —con un gesto de cariño trataba de convencerme—. No es el fin del mundo, bonita.
—Kiba...
—Yo sé que puedes —tomó mis manos, pero las solté enseguida.
Siempre que miraba a Kiba podía ver lo fuerte y hermoso que era, no era ciega, quizás un poco cegatona, él tenía todo lo necesario para atraer a una mujer, incluso a una que no estaba interesada y, aunque era mi mejor amigo, su cercanía, con sus caricias suaves y su toque íntimo y sensual me hacían sentir incómoda.
Negué con la cabeza antes de levantarme de la silla como si fuese impulsada por un resorte.
—Trataré...
—Eso no me sirve —cruzó los brazos sobre su pecho.
—¡Está bien! haré mi mejor esfuerzo —lo miré fijamente.
—Eso está mejor—sus fuertes brazos me arroparon con alegría. Era un abrazo sincero de amistad o al menos eso quería creer y por eso no lo rechazaba—. Por eso te quiero.
—No responderé si es un desastre —era completamente pesimista, el panorama que se dibujaba frente a mí era del color de una siniestra y muy oscura tormenta invernal. Me removí entre la prisión de músculos logrando que me soltase.
—No lo será —uno de sus dedos subió mi mentón hasta quedar a la altura de su rostro. Mi mirada, en ese preciso instante se detuvo en sus ojos— insisto, solo necesitas a alguien que te enseñe.
La forma en cómo susurró lo último hizo que mi cuerpo se estremeciera. Por un segundo la mirada de Kiba se posó en mis labios y justo cuando su rostro empezó a descender, negué con la cabeza y sonreí sarcástica, alejándome de él.
—¡Cómo si fuera tan fácil! —resoplé, separándome lo más que pude de mi amigo, cuando él estaba tan cerca no podía pensar con claridad.
—Algo se te ocurrirá...
—Seguro —ironicé—. Tan pronto salga de tu departamento, iré a un local de letreros luminosos y encargaré uno que diga: "¡Soy Virgen! ¿Me enseñas a ser puta?"
La carcajada de Kiba fue tan fuerte que podría jurar que los cristales de su ventana temblaron.
—Ok, ok no un letrero, pero podemos buscar a alguien que nos ayude, al menos, con lo técnico —mi amigo se quedó callado y luego sonrió, una sonrisa tan amplia como la del gato de Cheshire, ustedes saben, a lo muy arrogante—. ¡Tengo el candidato perfecto! Ya verás...ya verás —puso una cara de estar tramando algo. Honestamente, me estaba preocupando.
—¡No!—gemí asustada—lo que sea que estés pensando, ¡no!.
—Es mi amigo desde niño, tiene prestigio profesional —alzó sus cejas repetidas veces—,te puede acercar teóricamente, y de manera científica, a lo que tanto temes —caminó nuevamente hacia mí tomándome las manos —. Mira, Senju es sexólogo, estoy seguro que podrá ayudarte con todas las dudas que tengas.
No, ya tenía suficiente con tener que escribir ese tipo de historias como también para pasar por la vergüenza de contar mis cosas a un extraño. Sentí mi celular vibrar así que fue una buena excusa para zafar mis manos de las de mi amigo, busqué el teléfono en el bolsillo trasero de mis jeans y lo desactivé, era el recordatorio de mi reunión con el Director de la escuela de Hanabi.
—Debo irme, te llamaré mañana.
—¿Problemas en el paraíso?
—Tengo reunión con el Director del colegio de Hanabi —suspiré, resignada.
—¿De nuevo? ¡Mierda, tu hermanita sí que es un dolor en el trasero!— resopló—¿ahora, qué hizo?
—Dice que es inocente.
—¡Hasta que se demuestre lo contrario!—se burló.
—Oye no es gracioso—fingí enojo—. La descubrieron fumando en uno de los pasillos del colegio.
—¿Todo ese alboroto por un cigarro?
—Era un porro de marihuana.
—¡Cristo!—Kiba apretó mi mano—, si no fuera porque eso nos daría muy mala publicidad, te diría que la enviaras a un orfanato —dijo con una mueca burlona, arqueé una ceja en su dirección— o, a un convento... o, un internado militarizado... en su defecto, a un manicomio.
—Kiba, esto no es una broma, no puedo simplemente deshacerme de ella. Han no es un objeto.
—Yo solo te doy ideas, esa enana es un demonio.
—Pues, tus ideas son muy malas —murmuré molesta.
—Está bien bonita, solo era una broma...
—Amaneciste muy gracioso esta mañana —me levanté de la silla—. Dile al señor Hatake que intentaré hacer su jodido libro pero necesito tiempo.
Kiba volvió acercarse a mí, tomó un mechón de mi cabello y lo colocó detrás de mí oreja.
—Sé que puedes —repitió observándome con ojos de borreguito— ¿Sabes que te amo? —dijo con su mirada manipuladora, sentí todo mi cuerpo tensarse.
No estaba interesada en volver a experimentar el amor, ese sentimiento había sido bastante cruel conmigo. Si algo tenía claro en esta vida es que los caminos que se llaman amor terminan en un callejón oscuro de sufrimiento y lágrimas. Yo no quería eso para mí, ya había sufrido suficiente en manos de personas que decían amarme.
—Debes amarme y mucho, salvaré tu atlético trasero de pasar a las listas de desempleados. Pero, ya lo sabes, si yo me hundo ¡tú te hundes conmigo! —piqué su pecho— este es nuestro Titanic,amigo.
Salí del departamento de Kiba con más dudas de las que tenía cuando llegué,ahora no solo tenía que pensar que iba hacer con Hanabi, sino que también cómo iba a salir de la fabulosa idea de Hatake. Busqué mis auriculares dispuesta a relajarme con música, cuando escuché la campanilla del elevador y sentí las puertas abrirse, levanté la mirada encontrándome con la pesadilla.
Dios, definitivamente, me odia...
¿Por qué no podía ser otra persona? El asombro debió notarse en mi rostro ya que pude ver como el engreído con aires de rey del mundo que Kiba tenía como vecino, traía una sonrisita estúpida en la cara.
—¿Piensas abordar o vas a quedarte mirándome todo el día? No es que me disguste pero, voy retrasado.
Alcé una ceja en su dirección y pude ver nuevamente esa sonrisita bajabragas... —para las otras chicas—. Di un paso dentro de la cabina y acomodé mis auriculares, mirando hacia el espejo del ascensor mientras lo veía sonreír.
¡Idiota! ¿Acaso tiene tatuada esa estúpida sonrisita? ya no vestía deportivo, ahora lucía un traje negro, muy elegante podría apostar mi auto que era de diseñador y unos brillantes zapatos negros, su cabello aún se veía húmedo pero no podía ver sus ojos ya que iban cubiertos por unas estilosas gafas Ray Ban.
Intenté concentrarme en la canción que se reproducía en el IPod, pero el embriagante olor de su colonia no me estaba haciendo la tarea fácil, siete pisos de tortura hasta que el elevador se abrió dejándome libre. No me giré ni me despedí y me sentí como toda una chica mala.
Mickey, era mini Cooper rojo con negro, mi bebé, uno de los pocos caprichos que me había dado cuando mi primer libro tuvo su segunda edición, en menos de veinte minutos recorrió la gran distancia y me dejó afuera de la escuela en la que Ino había matriculado a Hanabi.
Yo estaba en una firma de autógrafos fuera de Nueva York junto con Kiba cuando me había llegado la notificación de la muerte de Hanna y su esposo; él no tenía familia y como mis abuelos ya habían fallecido, yo era el único familiar vivo, así que mi madre —si es que podíamos llamarla así— me dejó con la responsabilidad de criar a su otra hija, una hija con la que nunca había cruzado palabra.
¿Qué más podía esperar ella? No era conocida por ser la mejor madre del mundo, me dejó con mi abuelo cuando lo conoció, una niña pequeña no era lo ideal si de andar con el baterista de una banda de rock se trataba. Que un hombre mayor cuidara a una niña de cuatro años tampoco.
Pero, no puedo quejarme del que había sido mi padre; mi abuelo había estado para mí siempre, aunque fuera con su rigurosa disciplina y sus excesivos castigos. El padrino de Hanabi y mejor amigo del esposo de Hanna, había intentado quitarme la custodia pero el Juez había fallado a mi favor por los lazos de consanguinidad y estaba tratando de cumplir con mi deber. Aunque eso significara amargarme la vida hasta que ella cumpliera veintiún años.
Me quité la gorra de la cabeza y peiné mis cabellos con los dedos, limpiándome luego la mano en mi jean —necesitaba ir al supermercado— respiré un par de veces y salí dispuesta a enfrentar lo que fuese que sucediese en la oficina del Director.
Al principio, la escuela no me había gustado, pero Ino insistió en que sería un buen entorno ya que era exclusivo para señoritas —a mí parecía elitista — y cuando llegué a la sala de padres, una vez más lo comprobé: las miradas de las empaquetadas damas se enfocaron en mí ¡genial! ¿Qué me hace falta? Oh sí, que me orine un perro...
¿Es que en este colegio nunca habían visto una chica en Converse y jeans?, negué con la cabeza y acomodé mis lentes sentándome al lado de Hanabi; quién, para variar, bufó y me dio una de sus miradas de odio.
—Bueno —el Rector del colegio nos miró a todos, en el salón— buenos días —todos respondimos— creo que saben porque estamos aquí. En mis años como Rector de esta prestigiosa Institución, nunca me había topado con un caso tan desagradable como este —sí, como no, solo era marihuana — así que están aquí para ser informadas lo que se acordó, según reglamento.
—Director Smith, me parece bien lo que dice, es más, es lo que tiene que hacer. Lo que no me parece es que me cite a mí y a los otros padres cuando sabe que la única culpable de este lamentable suceso es la señorita Hanabi. — Estaba a punto de intervenir pero el director Smith fue mucho más rápido que yo.
—Pues, la investigación realizada arrojó que las señoritas aquí presentes se reunieron explícitamente a fumar en el baño del personal del tercer piso. El Comité decidió aplicar reglamento y determinó las sanciones.
» Ninguna de ellas podrá salir por tres fines de semana seguidos, se quedarán en el internado haciendo trabajo voluntario y si vuelven a realizar un acto como el ocurrido, nos veremos en la penosa tarea de cancelar la colegiatura, ahora necesito que ustedes como padres de familia o tutores— me observó no tan disimuladamente— firmen un acta de compromiso, un episodio tan lamentable no puede volver a ocurrir en nuestra Institución.
Las mujeres empezaron a discutir, todas tenían eventos a los cuales sus niñas debían asistir, pero yo opté por acatar la sanción. No había terminado de firmar cuando Hanabi salió del salón, me excusé con el Rector y salí tras ella.
—¡Hanabi! —la llamé— ¡Hanabi, detente! —ella siguió caminando rápido— ¡Hanabi!
Se detuvo bruscamente, volteando a verme
—¿Qué quieres?!
—Hablar contigo.
—Y desde cuando es una prioridad para mí lo que tú quieras —siguió su andar.
Me tocó correr hasta alcanzarla.
—Hanabi—dije tomándola del brazo. Mi media hermana se parecía mucho a su padre, lo único que tenia de Hanna era el color de sus ojos, el mismo que compartía conmigo—, necesitamos hablar.
—¿Para qué? Tú no me crees, firmaste ese papel sin siquiera cuestionártelo—tiró de su brazo zafándose de mi agarre y caminando delante de mí—. No te entiendo, no sé por qué demonios te hiciste cargo de mí, aún no logro comprenderlo.
—¿Y qué tengo que creer, si tú nunca me hablas? Desde que llegaste no acabas de salir de un problema para meterte en otro... y, sí sabes por qué me hice cargo de ti.
—¡Mi madre te obligó!—gritó. En ese momento me di cuenta en donde nos encontrábamos; estábamos fuera de los muros de concreto y frente a nosotros se extendía un amplio jardín— no sé en qué demonios estaba pensando —ironizó— ¡No sé quién eres!
—Yo tampoco, niña, sin embargo no estoy lamentándome y lloriqueando por los rincones, o tomando actitudes de chica rebelde para llamar la atención —peiné mis cabellos hacia atrás, completamente frustrada como cada vez que Hanabi me hacía perder la paciencia—, tenemos que hacer el intento. Conocernos...
—¿Conocernos? ¡Ahora que estaré en esta maldita prisión por todo un maldito mes! ¡Qué fabulosa idea, hermana mayor!
—Cuida tu vocabulario, jovencita y aquí, el sarcasmo está demás.
—Me sacaste de una prisión para meterme en otra y ¿así quieres conocerme? ¡Já! Pues no te creo—también se peinó su cabellera con las manos—. Quizás, esto es lo mejor que pudo habernos pasado, así no tenemos que fingir que nos soportamos.
—Han calmate...
—¡Odio que me digan Han!, ¿es tan difícil para ti decirme Hanabi? — atacó.
—¡No soy perfecta, Hanabi!—grité enfadada— Para mí no fue fácil enterarme que la mujer que me abandonó cuando tenía cuatro años y de la que solo recibía una postal cada año junto con dos obsequios, tenía una hija y, mucho menos enterarme que debía hacerme cargo de su hija, ¡una hija que no sabía que existía!
Tomé aire intentando calmarme, se suponía que yo era la adulta aquí—, sin embargo, aquí estoy y tú te metes en mil y un problemas, puedo soportar tus actitudes de niña rebelde pero ¿Drogas? ¡Qué diablos tienes en la cabeza!
—¡¿Crees que lo hice?!—caminó enojada hacia uno de los árboles y desde allá, me enfrentó—¿Crees en el cliché del rock y la droga, verdad? Pues, déjame decirte que mi padre era un salvaje baterista pero nunca se metió nada, ni siquiera marihuana.
—Mira, Hanabi—apreté el puente de mi nariz porque esta ridícula discusión no nos llevaba a ningún lado—, sé que esto no es fácil para ti pero, tampoco lo es para mí, no sé si lo hiciste o si solo es una confusión, solo tú sabes que sucedió pero, voy venir a verte en los días de visita y trataremos de conocernos.
—No me interesa conocerte —murmuró entre dientes.
—No hagas las cosas más difíciles—me tenía fastidiada la situación—, por lo menos, aún conservas el celular, así que llámame si necesitas alguna cosa, así te la traigo cuando venga de visita.
Yo no era de abrazos ni besos, la verdad es que mi abuelo era bastante parco, por esa razón yo no era muy dada a expresar mis sentimientos. Sin embargo, halé a mi hermana y le di un abrazo que pretendía durase muy poco tiempo. Cuando intenté apartarme, ella se deshizo enllanto haciendo que me viese torpe e incómoda. No supe cuánto tiempo estuve ahí, junto con ella, dejándola llorar. Solo puedo decir que me fui cuando ella estuvo calmada.
Llegué a casa agotada, no podía creer que había pasado casi todo el día de un lado para otro. Después de dejar a Hanabi, había ido con mi odontólogo y luego a la Editorial, afortunadamente no me topé con el señor Hatake. Tan pronto llegué a mi habitación me saqué toda la ropa y me di una larga ducha. Ordené una pizza para la cena, puse música y me tomé una copa de vino mientras esperaba.
Mi celular sonó desde algún lugar de la sala y corrí a buscarlo.
—¡Hola demonio!—dije, riéndome de Ino.
—¿No quieres matarme?
—A menos que le hayas dado la idea del libro a Hatake... ¿no fuiste tú, verdad?—entrecerré mis ojos para concentrarme en el tono y la emoción de cada una de las palabras de su respuesta.
—¡Por supuesto que no! ¡Te conozco! Pensé que Kiba bromeaba cuando me lo dijo, pero cuando me llamó Kakashi para informarme sobre la entrevista de mañana...
—¡Espera, espera, espera! ¿De qué entrevista estamos hablando?
La línea parecía muerta pero aún podía escuchar los chillidos de Inojin al chapotear el agua.
—¡Ino!
—¡Ups!
—¿Ups? ¡Nada de ups, Ino Yamanaka!
—¡No me culpes a mí! Hatake me llamó y me dijo que había concretado con Karin Uzumaki una entrevista ¡¿Sai puedes venir a ayudarme?! —gritó. Escuché a Sai decirle algo y luego como una puerta se cerraba—. ¡Listo! su padre se encargará de terminar de darle el baño al príncipe. Volviendo a lo nuestro, Hatake me pidió que te acompañara a esa entrevista; también me dijo que te quiere para un almuerzo en su oficina: Kiba, tú y yo.
—Está bien—escuché nuevamente a Sai pedir ayuda. Miré la hora en mi reloj de pulsera y sí, era la hora del baño de Inojin.
—Me voy a ver la emergencia al baño. Pero, antes ¡acuérdate que tenemos una cita en el salón de belleza!
—Ino, yo...—quise decir pero ella ya había colgado.
Al día siguiente, todo fue un perfecto caos, en mi otra vida tuve que haber sido una persona muy perra para que el karma estuviera jodiéndome de esta manera, no solo Hanabi que no me contestaba el celular si no que Hatake había sido un verdadero dolor en el trasero. La reunión fue agotadora se dio por sentado que escribiría el libro en un ridículo plazo de cinco meses.
La salida con Ino fue una tortura: fuimos a un centro llamado "Beauty & Style" y después, a comprarme un vestido que no necesitaba—digo, era una entrevista radial nadie iba a verme—, llegamos a mi departamento apenas con el tiempo para comer algo y cambiarme. Como una pequeña venganza, ignoré la ropa recién comprada y me puse un suéter azul eléctrico de cuello alto, unos pantalones ajustados a la cadera y anchos de pierna, de color negro, zapatos planos y una gabardina porque habían anunciado vientos fríos. Ino me esperaba en la sala.
—Insisto, te verías mejor con el vestido nuevo.
—Es una entrevista radial y el público no me verá —tomé mis lentes y salimos.
La cita era en las dependencias de Hatake Producciones, una extensión más del grupo de Kakashi, mi gran jefe; ahí se emitía el programa radial "Hablemos de Sexo" —alrededor de la medianoche— que era conducido por Karin Uzumaki, la gurú del sexo placentero, y el misterioso Doctor Sex "el hombre con la voz más caliente del planeta". Palabras de Ino, no mías.
Había escuchado un par de veces el programa, el misterioso DSex era poseedor de un tono de voz suave, grave y muy sexy, pero al mismo tiempo era arrogante y daba la impresión de que el tipo se creía el Dios personificado del sexo.
Subimos al ascensor y llegamos hasta donde estaba el estudio radial, en el piso veinticuatro; un hombre de pelo rojo y sonrisa de niño travieso, nos hizo pasar a un cubículo en donde nos prepararían para el programa; bueno, me prepararían, ya que Ino había decidido quedarse en la cabina de estéreo. Un chico se acercó a darme algunas indicaciones, tragué grueso, miré mi reloj, faltaba poco para media noche y en unos minutos más, estaría en el aire.
—Karin...—la voz clara, aterciopelada y sexy de un hombre me sacó de mis ejercicios mentales de relajación. Conversaba con una chica en una sala contigua.
—No puedes seguir así—se escuchó una voz femenina— ¿Viste a Jiraya?
—Sí...—contestó desganado, el hombre.
—¿Y? No te hagas el tonto conmigo ¿Qué te ha dicho?—demandó.
—No es nada, nena. Es solo cansancio, el programa, el consultorio, las prácticas de esgrima con Sasuke...
—No estás incluyendo las fiestas y a todas las zorras que te tiras.
—No vamos a hablar mis historias de cama, cariño—ahora se escuchaba mucho más agotado.
—¿Te sientes muy mal?
No quería ser cotilla, pero la voz de la chica salía realmente preocupada y me causaba curiosidad saber quién era el chico con quien hablaba, así que me comporté peor que la señora chismosa del edificio y me quedé a escuchar como concluía la conversación. Estaba muy nerviosa por el programa de radio y enterarme de los problemas de otros estaba siendo relajante sin contar que me moría por escuchar como concluía todo.
—Estoy bien, solo me duele un poco la cabeza —sentí el chirriar de una silla antes que el hombre murmurara que estaba bien con voz agotada.
—Descansa un poco, Terry está terminando de organizar todo con Sasori, le diré a Lara que te traiga unos analgésicos.
—¿Sabes si ya está en cabina el intento de escritora erótica?
¡Oh! ¿Estaba hablado de mí? toda la compasión que sentí por el maldito que estaba en el otro cubículo se evaporó.
—Sí, está en cabina, en veinte minutos empezamos el programa ¿Crees que tu dolor de cabeza mejore antes de salir al aire?
—No entiendo por qué Kakashi nos pidió esto... Sabe que no me gusta perder el tiempo... menos, con ese tipo de gente —sonaba hastiado.
—No todos se han dedicado en cuerpo y alma a investigar sobre los placeres del sexo. Tú sabes, algunos solo los disfrutamos—sentí una leve risa por lo que supuse que Karin sonreía—. Además hay que apoyar a esa chica y darle confianza, es su primer libro erótico.
—Esos libros son una pérdida de tiempo —estuve completamente de acuerdo con él, aunque en el fondo deseaba patearle su engreído trasero— hombres dominantes que cambian de un día a otro, mujeres que hacen cualquier cosa por tenerlos.
—¡Oye! estoy leyendo una buena trilogía, Sasori y yo vamos a practicar algunas de esas posturas —picó la chica.
—La, la, la, la, saca eso de mi cabeza ¡Eres mi hermana!
—Iré por los analgésicos—la puerta se cerró luego de unos minutos. Respiré hondo mientras lo escuchaba murmurar.
—¡Escritoras!... Creen que porque plasman todas sus frustraciones eróticas en un papel, tienen un gran libro.
Tomé una respiración fuerte para no decirle a ese bocón lo que pensaba y salí del cubículo, aún no tenía ni idea cómo carajos iba a hacer ese libro pero no sería como los que están por ahí. Con esa determinación caminé hasta la cabina. Ino estaba hablando con los productores, uno me indicó donde tenía que sentarme y otro conectó los cables a un aparato de sonido.
Una pelirroja bastante esbelta y encaramada en unos tacones de muerte llegó a la sala de consolas y le dio un beso —que no debería estar catalogado como apto a todo público—al chico que se había presentado como Sasori y luego abrió la puerta que dividía la sala de mandos de la cabina.
—Debes ser la señorita Hinata Hyûga.
—Hinata.
—Soy Karin Uzumaki, Karin a secas —así que ella era Karin—, Doctor Sex estará aquí en unos minutos, obvio no se llama así, pero ser el enigmático DSex, le da un toque de misterio al programa y él mantiene su identidad privada—asentí—. Esta noche hablaremos de los libros eróticos; tú deberás opinar y responder las preguntas que te hagamos. No hablamos de vida personal, solo de lo que preguntan los oyentes, así que no te preocupes —la chica me daba confianza y eso me tranquilizaba.
Estaba acomodándome en lo que sería mi lugar, dispuesta a tener una muy instructiva jornada, cuando una fragancia demasiado conocida para mí inundó el lugar, me giré completamente para ver—cerrando la puerta que dividía el estudio con la cabina de control— al mayor idiota del planeta. En un intento patético por ocultarme, giré mi silla para que no me viera pero era obvio que él me había visto.
¡Maldita sea mi mala suerte! ¿Qué hacía el vecino de Kiba aquí? ¡No!, ¡no!, ¡no! ¿Por qué no caía un puto rayo y me mataba? O, mejor aún ¿por qué no me daban una cuchara de postres para cavar mi propia tumba?
Ino me miró sin entender mi reacción.
—Hinata, quiero presentarte a Doctor Sex —respiré profundo y volví mi silla para enfrentarlo con mi mejor cara de póker—DSex, ella es Hinata Hyûga, la escritora enviada por Kakashi para acompañarnos en el programa de hoy.
Él me dio una de sus tradicionales sonrisas torcidas, mostrándome una vez más, sus blancos y relucientes dientes. Asintió con su cabeza sin gesticular palabra y se sentó en la silla frente a mí.
¡¿Qué se creía?!
Continuará...
