Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.

Notas de la Autora: He aquí otro de mis viejos fics, este también se remonta al 2015 y lo he editado y re-subido con mucho amor. Ojalá les guste :)


~Senderuela~

Por: Devil-In-My-Shoes


Los senderos parecían caminos de fuego, destellando con ardientes y cálidos tonos cobrizos a la distancia. Las hojas caían como cuerpos sin vida sobre el camino; secas, frágiles y quebradizas. Eran arrastradas por el viento frío que suspiraba un ulular melancólico en el silencio, un silencio que se llenaba solamente con los crujidos de unos diminutos pasos entre las hojas marchitas.

Ahí, en un bosque de árboles desnudos, una pequeña niña se inclinaba para recolectar castañas y champiñones. Los guardaba con cuidado en una canasta, para luego continuar escudriñando con el verde de sus ojos cada rincón de la fronda.

Sobre ella se arremolinaban nubes de un tenue gris ceniza, que anunciaban la pronta llegada de otra llovizna. La niña se apresuró en recolectar más de aquellos deliciosos bocadillos silvestres, y optó por llevarse también algunas hojas pintadas de cálidos tonos amarillentos y vibrantes matices rojizos.

De repente, una gota cayó en la punta de su nariz. La niña dio un respingo y un escalofrío le subió por la espalda. Había comenzado a llover.

Entonces, acunó la canasta repleta de tesoros otoñales en su pecho, y se lanzó a correr de regreso a los senderos que marcaban el camino a la ciudad.

La llovizna se volvió aguacero; el cielo se oscureció y el frío de aquella tarde se impuso por encima del calor que proveía el abrigo de la niña.

Cuando al fin divisó los domos plateados de su hogar, exhaló una aliviada nubecilla blanca de sus temblorosos labios.

Los guardias de la entrada se preocuparon al verla escurriendo agua de lluvia. La niña tiritaba y los dientes le castañeteaban. Casi estaba azul, pero esbozaba una sonrisa tibia. Una sonrisa satisfecha que desestimaba los empapados mechones de cabello negro, aplastados en su frente, y lo pálido de su helada carita.

La llevaron adentro de inmediato, donde la lluvia era repelida por el escudo metálico que protegía a la ciudad, y el aullido de aquella terrible ventisca no podía punzar más sus oídos.

Y aunque la niña estaba orgullosa de su proeza, no pudo evitar avergonzarse bajo la mirada severa de su mentora cuando ésta la recibió en brazos. Suyin estaba molesta, y con razón. Pudo haber pescado un terrible resfriado o peor; haberse provocado una hipotermia.

En instantes, se encontraron en los aposentos de la matriarca, donde las manos de Suyin Beifong procedieron a despojar a la niña con rapidez y eficiencia de su indumentaria empapada y mugrienta.

De pronto, la niña se vio metida hasta el cuello en una tina de agua caliente, rodeada del vapor que subía hasta el techo de la sala de baño y nublaba el gran espejo frente al lavabo.

—Mírate nada más: ¡tienes las mejillas casi moradas! —la regañó Suyin—. Kuvira, ¿qué hacías en el bosque con un temporal así?

—De… Después… T-te… lo diré… S-Su —replicó ella entre castañeteos, pero aún sonriendo.

Luego de una hora en la tina de agua caliente, Suyin sacó a la niña y la envolvió en paños gruesos, con la intención de secar su cuerpecito, frotándola entre ellos vigorosamente para hacerla entrar en calor.

Al terminar, la vistió con distintas capas de ropa, incluidos varios abrigos suyos, los cuales le quedaban enormes a la niña, y le daban un aspecto adorable y gracioso: una cabecita perdida en un gigantesco y abultado gabán verde; ni se le veían las manos, también perdidas dentro de aquellas largas y espesas mangas tejidas.

Entonces Suyin la cargó en brazos hasta el dormitorio y la envolvió entre los suaves edredones de su cama. Estaba calientita y Kuvira lo agradeció, ya que una vez que salieron de la sala de baño llena de vapor, el aire se había enfriado mucho, y cuando llegaron a la habitación, la niña estaba tiritando de nuevo.

Ayudó que Suyin hubiera ordenado de antemano que encendieran la pequeña chimenea al fondo del cuarto. Así también podría secarse rápidamente la humedad de su cabello que, por cierto, Suyin había comenzado a desenredarle con los dedos, acomodándose detrás de la niña en la cama.

—¿Todavía tienes frío? —escuchó a su mentora preguntar.

—No, ya estoy mejor —dijo, relajada por las caricias que le transmitían los dedos de su maestra en el cabello—. Gracias, Su.

—Nada de eso, niña —volvió a reprenderla—. Estarás castigada de aquí a la primavera. Kuvira, ¡sabes que está prohibido salir de los domos de la ciudad a estas alturas del otoño, con el invierno tan cerca! ¿Qué hubiera pasado si te arrastra una ventisca? ¿Y si el viento te tira por un acantilado? ¿Eh?

—No soy tan pequeña —se quejó la niña, frunciendo el ceño.

—¡Sí, sí lo eres! —Dicho esto, Suyin se movió al otro extremo de la cama para sacar los pies de Kuvira de entre las sábanas y masajearle los dedos, que aún estaban algo teñidos de azul—. Además, ¡ten por seguro que te dará un espantoso resfriado!

Kuvira estornudó con estrépito.

—¿Lo ves? ¡Ay, pero qué niña! —le acercó un pañuelo a la nariz y se la limpió con delicadeza. Kuvira se hundió entre las esponjosas almohadas, sucumbiendo al cansancio y a un posible dolor de huesos—. ¿Se puede saber qué estabas haciendo allá afuera?

—¿Dónde está la canasta que traía? —preguntó Kuvira con voz gangosa.

Suyin se levantó un momento para alcanzarla y luego continuó masajeándole los dedos. Mientras tanto, la niña hurgó entre los contenidos de su canasta y sacó de ahí manzanas, semillas de calabaza, castañas, setas y champiñones; así como las grandes y hermosas hojas secas que había recogido.

—¿Para qué es todo esto? —musitó Suyin, curiosa.

—Es que yo… Bueno… —Kuvira se ruborizó levemente—. Su, tú dijiste que el otoño es tu estación favorita. Pero este año te lo has pasado encerrada en tu despacho, trabajando sin descanso. Ni siquiera has estado comiendo saludablemente, tampoco has dormido lo suficiente. Entonces yo… Como falta poco para que termine el otoño, quise traerte un poco de la estación, ya que tú no podías salir…

Esto tomó a Suyin por sorpresa, y la mujer acabó conmoviéndose profundamente.

—¿Quiere decir que saliste a congelarte hasta la médula… por mí? —trastabilló, mirando a la pequeña Kuvira con ojos anegados de cariño—. Oh, mi niña… No debiste…

—Claro que sí. Me preocupa tu salud. Por eso todo lo que te traje es para comer —Kuvira se incorporó y la miró con seriedad, como si ella fuera la adulta en la habitación—. Suyin, tú eres nuestra Matriarca. Eso significa que eres como mi ma… Como la madre del pueblo. Tienes que cuidarte y permitirte disfrutar de cosas insignificantes como estos bocadillos de otoño, para que siempre estés bien y puedas seguir velando por nosotros… Así, como lo hiciste hoy conmigo. —Agachó la cabeza y suspiró suplicante—. ¿Por favor?

Fue cuestión de segundos para que Kuvira se encontrara estrechada en un efusivo abrazo maternal. Y se dejó acunar, reposando la cabeza en el pecho de Suyin. Sintiéndose querida, protegida, y amada...

El resto de la tarde la pasaron tostando castañas y malvaviscos frente al fuego, acompañadas de humeantes tazas de té y una cobija que compartían entre las dos.

Y fue viendo la manera en la que Suyin apreciaba los tesoros otoñales que había traído para ella, que Kuvira se decidió a preguntarle:

—¿Qué es lo que más te gusta del otoño? ¿Las manzanas, las hojas caídas, la sopa de calabaza…?

—Creo que me gustan estas setas, las senderuelas —dijo Suyin, cogiendo una para mostrársela a la niña—. Me hacen acordarme de ti.

—¿Cómo? ¿Ahora te parezco un hongo? —se indignó Kuvira, haciendo reír a su maestra.

—No digo que seas un hongo, boba —replicó Suyin, sonriente—. Pero míralas: las senderuelas son tan pequeñas, que las personas suelen pasarlas por alto en los caminos… Y, sin embargo, tienen tanto que ofrecer. Muy pocos lo saben. ¿Ves? Me recuerdan a ti.

—Pero, ¿por qué? —preguntó la niña una vez más.

Suyin se encogió de hombros.

—No lo sé. Son tristes… —inclinó la cabeza y sonrió afablemente—. Aunque son deliciosos para quien los come, me parece que nacen tristes —tocó la naricilla de Kuvira con el dedo índice—. Así, como tú.

Kuvira se volteó para encarar el fuego que crepitaba en la chimenea, al tiempo en que se envolvía mejor con la cobija sobre sus hombros. Se abrazó las rodillas y, de manera pensativa admitió:

—El otoño puede ser una estación triste.

Sintió a Suyin rodearla con un brazo, estrechándola más contra sí.

—Es verdad. Pero hoy, seamos felices, tú y yo. ¿De acuerdo?

Kuvira la miró y sonrió.

—De acuerdo.

—¡Ése es mi pequeño hongo!

—¡Su! —refunfuñó la niña—. ¡Qué no me digas hongo!

Y la matriarca se echó a reír, adorando el disgusto infantil en la carita pálida de la senderuela que encontró un melancólico día de otoño como aquel; sola y abandonada a las puertas de la ciudad de metal.

En silencio agradeció haberla traído a Zaofu consigo, pues su pequeña Kuvira era lo que más le gustaba del otoño.

«¿Quién quiere al tiempo, si desgasta la ilusión y olvida tus sueños? Mi niña, ojalá nunca vuelvas a perder tu sonrisa...»

~Fin~