Mi Girasol
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Naruto
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Un Mes Después
Observé mi reflejo en el espejo, mientras abotonaba mi camisa, me veía bien nadie, que me mirara de frente, podía adivinar mi edad actual; sin duda alguna comer sano, hacer ejercicio y ser activo sexualmente tenía sus ventajas.
Lo más importante era que a mis cincuenta y dos años aún no tenía problemas en levantar a mi amiguito y hacerlo responder hasta que mi mujer quedara completamente satisfecha...
Hasta que ambos lo estuviéramos.
Con el paso del tiempo Hinata se había convertido en una amante delicada, pero fuerte; exigente, pero flexible. Mi amiga, mi amante, mi mujer la fémina en arcilla creada por mí. Luego de que ella publicara nuestro libro "Enséñame" su éxito había sido demoledor, bestsellers tras bestsellers, no podía dejar de sentirme orgulloso por ella.
No solo porque había dejado su pasado completamente atrás aquel día que se despidió de su madre, sino porque a pesar de todo el tiempo que llevábamos juntos, seguía amándome como el primer día que decidimos vencer juntos el miedo y darle una oportunidad a lo que sentíamos, lo que había empezado como un simple decálogo ahora era una familia.
Mi Familia, una que casi pierdo; pero que aún se mantenía. Nuestro matrimonio no era perfecto; teníamos desacuerdos, discusiones y en más de una ocasión he dormido en el cuarto de huéspedes, pero no podía quejarme, las reconciliaciones era lo mejor después de dormir solo una o dos noches.
Cada año que pasaba junto con ella reafirmaba dos cosas: La primera, ella y yo estábamos hechos para encontrarnos algún día; la segunda, había hecho lo correcto al casarme con ella, sentar cabeza como decía Jiraya, y dedicarme a mis hijos aunque en este momento no quería recapitular sobre mi vida.
En este preciso instante lo que quería tener era una jodida máquina que devolviera el tiempo. Una que pudiese situar en aquellos momentos en los que mientras recuperaba la movilidad de mis piernas, tomaba a mi pequeña hija y teníamos conversaciones profundas de cómo los chicos tenían piojos y cómo debía alejarse de ellos... Sin embargo, por más que lo deseara, eso no iba a suceder.
Respiré profundamente y tomé la corbata del Frac escuchando a lo lejos a mi esposa llamar la atención a mis hijos varones, que seguramente estaban jugando con la Xbox. Emme, nuestro último hijo, acababa de cumplir dieciséis años; sus ojos perlas eran grises y penetrantes, como los de su madre; igual que su cabello oscuro; aun así no tenía nada que envidiarle a sus hermanos, que tenían mi genética: cabellos rubios y ojos azul océano.
Eros y Boruto tenían veintidós años. Boruto hacía poco me había presentado a su novia. No me extrañaba que mi hijo más tímido fuese el primero en presentarme una novia formal, Eros, por su parte, era lo opuesto a su hermano, él era más como yo a su edad.
Mi hijo mayor no tenía ninguna novia fija, aunque sus ojitos brillaban cuando la hija de Sakura, entraba en la escena. Sasuke y yo solo esperábamos el momento en el que mi hijo sacara la cabeza de su trasero. Esperaba que se apresurara, era un secreto a voces que la pequeña Sarada también sentía algo por él, Emme, por su parte, su vida eran los videojuegos, por ultimo estaba mi pequeña ninfa...
Solté la corbata algo enojado, conmigo mismo. Si tan solo hubiese escuchado las palabras de Sasuke cuando me dijo, que dejarla ir sola con sus amigas a la semana de la moda en Milán, era una mala idea y la peor de todas era haberla dejarla quedarse en casa de Fûka...
Ingenuamente llegue a pensar que ahí estaría a salvo, por mucho que me desagradara la idea de que mi hija, mi dulce hija, estuviese bajo el mismo techo que el imbécil de Õtsutsuki. Si pudiera devolver el tiempo iría exactamente cuatro años atrás y le diría a mi Naruto de cuarenta y ocho años que no se dejara convencer del puchero tierno y esas caricias en la nuca que solo ella y su madre sabían dar.
¡Maldita la hora en que fui débil y dije que sí! Supe que mi hija ya no era mi niña cuando Hima llegó de Milán, intuición quizá...
Conocía a muchos casos, lo veía en su mirada, en la manera en que siempre parecía estar en otro lugar o la celosa posesión de su celular. Algo en ella había cambiado, mi hija había crecido ante mi mirada tan rápido... que casi no me había dado cuenta.
Tenía dieciocho años, pero para mí siempre sería la pequeña que me esperaba al pie de la escalera y me quitaba una barra de chocolate. Casi muero de felicidad cuando escogió la psicología como profesión; y, cuanto más tiempo pasábamos juntos, tenía claro que mi hija se decantaría por la sexología.
Ella era mi calco, mi orgullo, la luz de mis ojos. No se equivoquen, amaba a mis cuatro hijos, amaba a mi mujer; pero desde el primer momento que mis ojos se cruzaron con los de Himawari, supe que más que Hinata, sería ella la que me tendría comiendo de su mano. Hoy veintidós años después de ese día podía dar fe de ello.
Este día un extraño se llevaría a mi hija y las charlas sobre "libros porno", así era cómo habíamos bautizado la literatura erótica, quedarían relegadas a recuerdos. Quizá para muchos estoy exagerando; pero no, no lo estoy haciendo.
Tengo sentimientos encontrados y no me gustan para nada.
Continuará...
