Mi Girasol
-3-
Naruto
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Sabía que en la habitación que estaba frente a la mía estaban arreglando a mi nena. Sarada, Hanabi, Hinata e Ino estaban con ella desde temprano. Llámenme idiota; pero, aunque sabía que este día llegaría, albergaba la esperanza de que no fuese en un futuro cercano.
Imagino que ahora estaba sintiendo lo que todo padre sentía y no me gustaba para nada esta sensación. Aún recordaba cuando ella tenía cinco años y me preguntó de dónde venían los bebés, o a los seis cuando me preguntó qué era el sexo... Mientras la metía a la cama.
«Himawari Seis años»
—Hora de dormir, pequeña hada— subí su cobija y dejé un beso en su frente. Ella se aferró a su muñeca y me encaminé a la salida.
—Papi, — me llamó justo cuando iba a salir— ¿Qué es el sexo?
Por un momento pensé que no había escuchado bien, entonces ella repitió su pregunta. Al ver mi mutismo, Hima se sentó en la cama y sus ojos, tan iguales a los míos, escudriñaron mi postura.
—¿Es algo malo? —No dije nada— El sexo, papi.
¿Cómo diablos una nena pregunta qué jodido es el sexo? Yo lo supe a los catorce cuando Charlotte me bajó los pantalones y me hizo mi primera felación...
— Veo que tú tampoco sabes qué es. —¿Esto es enserio? Yo no sabía qué era el... ¡joder!—. Puedes ir a investigar en tu computador —bostezó—, mañana me cuentas en el desayuno. La vi volver a acostarse y aferrarse a su muñeca.
Hima tenía una capacidad impresionante para dejarme sin habla, y aunque sabía que algún día tendría que darle la charla del sexo, no esperaba que fuese ahora. Sin saber cómo actuar apagué la luz y cerré su puerta con suavidad.
Una vez fuera de su habitación, respiré profundamente, y en vez de dirigirme a los brazos de mi esposa, me fui al estudio. Quizá Google, en su infinita sabiduría, podría explicarme cómo hablarle de sexo a mi hija de casi seis años.
Me senté en mi escritorio y pasé las manos en mi cabeza. La pregunta de mi hija se repetía una y otra vez en mi cabeza.
¿Qué podía decirle?
Sabía que me estaba ahogando en un vaso de agua, pero ni mis estudios, ni mi experiencia como sexólogo podían servirme de base para responder esa incógnita. En estos momentos, yo simplemente era el padre de Hima y estaba literalmente paralizado.
Me levanté del escritorio y caminé hacia el bar, sirviéndome una copa, no acostumbraba a beber entre semana; pero una que otra copa nunca caían mal. Afuera llovía y si empezaba a relampaguear pronto tendríamos tres niños asustados y un bebé llorando.
—Así que aquí estás —estaba tan sumido en mi propio dilema que no había escuchado la puerta abrirse.
A través del vidrio de mi ventana observé a Hinata caminar hacia mí y suspiré como el propio hombre enamorado, ese del que tantas veces me burlé. Ella llegó hasta mí y me abrazó por la espalda.
—¿Estás bien? —Asentí— ¿Qué te preocupa? —sus manos empezaron a soltar los botones de mi camisa, he de confesar que con cuatro niños pequeños el sexo pasaba a un segundo plano, seguíamos siendo tan activos como podíamos; ahora que Emme despertaba menos por las noches, teníamos más tiempo para los dos. Sin embargo, esta noche mi cabeza no estaba en ello. Estaba en la maldita pregunta que había hecho mi única hija. Mi hija de seis años.
» Los niños están dormidos. ¿Lograste hacer dormir a Hima? —Asentí sin mirarla aún y llevé la copa a mis labios; las manos de Hinata acariciaron distraídamente mis abdominales, haciendo camino hacia mi miembro— ¿Has hablado con el doctor?
—Sí —bebí un poco más—. Los resultados salieron bien.
Hacía seis años casi pierdo mi vida y mi familia, por ello anualmente me realizaba estudios, queriendo descartar que un nuevo aneurisma apareciera. Viajaba a Chicago con el doctor y solo esta mañana me había llegado el resultado de mi último estudio.
—Si todo está normal, ¿por qué estás tan tenso? —Hinata me giró y quitándome la copa de mi mano y tomando lo que quedaba de ella. Sus labios fueron a ese punto en mi cuello que hacía que me volviera loco; sin embargo, me alejé, haciendo que mi esposa arqueara una ceja hacia mí.
—Hima me ha preguntado qué es el sexo...—Pasé la mano por mi cabello mientras veía la sonrisa socarrona en el rostro de mi esposa.
—Así que te ha tocado darle la charla—la burla en su tono de voz era casi insoportable.
— No es gracioso, Hinata... —Tomé la copa de nuevo y la rellené— ¡tiene seis jodidos años! ¿Esa no es la edad de las barbies y las princesas de Disney? ¡Se viste con un traje de princesa diario! —Hinata rio.
—No encuentro el chiste—continué enojado—. Sabía que tendría que darle la charla algún día, pero joder no aún, mínimo cuando tuviera ¿qué? ...hice ademanes con mis manos —¡Unos treinta o cuarenta años!
—Aja —Hinata alzó una de sus cejas y cruzó los brazos en su pecho.— ¿De verdad pensabas que iba a llegar casta y pura a esa edad?
—Por supuesto —dije pagado de mí mismo—. Estudia en un colegio religioso, lo que más quiero es que dedique su vida a honrar a Dios...
—¡Naruto!
—¡¿Qué?! No puedes culparme, mujer, es mi bebe. A ella no puedo imaginarla con ningún hombre, ¿o tú puedes imaginar a Eros y Boruto con chicas?
—De hecho sí, la maestra me ha dicho que las niñas dan de comer a Eros en el receso escolar, de hecho, todas comparten sus refrigerios con él.
—Es el encanto Uzumaki...
—Y Hima también... Tiene una corte de niños esperando por ella cuando llega al salón. —Fue mi turno para arquear una ceja—. Te estás ahogando en el mismo vaso de agua que te ahogas cada vez que Hima te hace una pregunta referente al tema; y tu hija tiene de boba y santa lo que yo tenía de pervertida a los veintiséis...
—Dime algo que yo no sepa, dulzura...
—Son tus hijos Naruto, tienen tus genes, se parecen más a ti que a mí que los cargué por siete meses y medio... El fruto nunca cae muy lejos del árbol.
—¿Y qué coño le voy a decir? Sabes me dijo que me dejaría pensar y que mañana en el desayuno quería una respuesta.
—Naruto...
—Puedo hablar de sexo a muchas personas, puedo aconsejar terapia a parejas, puedo hablar en seminarios y dirijo un jodido programa cuyo eje central es el maldito sexo. Pero no puedo hablar de ello con mi hija de seis jodidos años.
Hinata se acercó a mí, mi mujercita había aprendido a contonear las caderas haciéndome parecer un idiota. Ella me hipnotizaba con su movimiento y sus ojitos, que de inocente ya no tenían nada. Colocó su mano en la hebilla de mi cinturón y lo soltó con un movimiento rápido desabrochando el botón y bajando el zíper antes de tomar mi semierecto miembro en sus manos.
—Bueno, somos un equipo, podemos pensar algo juntos.
Cuando sus deditos bombearon mi polla dejé de pensar... pero al día siguiente contesté a mi hija su pregunta y... tuve una noche fantástica con mi esposa.
Continuará...
