Resumen: Colaboración con Misao-CG. Durante las peleas contra los akumas de Papillon, Ladybug y Chat Noir son atacados por un nuevo enemigo que está detrás de algo más valioso que sus Miraculous, lo que traerá nuevas revelaciones sobre todo lo que ellos creían saber de sí mismos. AU Saint Seiya.

NOTAS:

1) Los personajes no nos pertenecen. Miraculous Ladybug es propiedad de ZAG y los créditos son para Thomas Astruc y su equipo. Saint Seiya fue creado por Masami Kurumada.

2) Esta historia NO fue realizada con fines de lucro, solo para divertirnos.

3) Puede tener spoilers de toda la serie y películas disponibles.

JUEGOS DE DIOSES

CAPÍTULO 1

(Escrito por Misao-CG)

Monte Olimpo. Estancias de Démeter

Primavera del hemisferio norte. Año 2000 aproximadamente.

—¡No puede ser!

Démeter, la de las doradas trenzas, sentía como la ira comenzaba a circularle por el cuerpo. Por instantes pudo reprimir el instinto de resoplar de ira y asco, pero no pudo contenerse por mucho más. Sus sirvientas no se querían ni mover del susto. La ira de la diosa de las cosechas era célebre y nunca debía tomarse a la ligera. Empuñó las manos, caso clavándose las uñas en la piel. Se acercó a su hija: Perséfone yacía desmayada en el suelo.

—¡¿Qué Hizo Ese Maldito Contigo?!

La diosa de la primavera, señora de la humanidad difunta, acababa de llegar del Inframundo para pasar la temporada estival con su madre. No llevaba muchos días en el Olimpo, pero la había notado algo cambiada. Démeter lo notó casi en seguida, así como supo que su hija todavía no se percataba. Puede ser que debido a esta actitud tan natural que la diosa de las cosechas no lo identificó de inmediato, pero cuando su hija se levantó de la mesa, aludiendo que le había caído mal el desayuno y se desmayase ni bien se pusiera de pie, lo supo tan violentamente que fue como si le cayeran ladrillos en la cabeza.

Perséfone estaba embarazada.

¡¿CÓMO?! ¡¿ACASO HADES SE HABÍA ATREVIDO?! ¡NADA BUENO PODÍA SALIR DE ESE MALNACIDO! Démeter no cabía en si de rabia, ni siquiera atinaba a acercarse a su hija para asistirla. Ahí estaba su niña pequeña, sufriendo sin saber los primeros síntomas de un embarazo que nunca debió haber sucedido. Le dolía verla como adulta independiente, por ella que nunca hubiera crecido y el solo hecho que estuviera a punto de ser madre, POR CULPA DE ESE EMO DE PACOTILLA, hacía que la sangre le hirviese de coraje. Se fijó mejor en la mujer… desde donde estaba, se veía mortalmente pálida y quizás sudorosa.

—Que asco… ¿cómo permitiste que te tocara? ¿Es que no te enseñé bien?

Démeter, aguantando las arcadas, se agachó finalmente junto a su hija y la recostó sobre su espalda. Activó su cosmo y la rodeó con él, como confirmando sus sospechas antes de apagarlo por completo. Las lágrimas le brotaron de sus ojos y se mordió los nudillos del rencor, la rabia e indignación: en efecto su querida y casta hija estaba de encargo.

Bueno… llevaba un par de miles de años casada felizmente con el amarguetas de Hades, y de inocente tenía bien poco a esas alturas, pero vayan a convencer de eso a una madre que insiste en infantilizar a su hija.

—¡Mi pobre pequeña! Quizás qué te están obligando a hacer en ese horrible lugar…

La diosa de las doradas trenzas despejó algunos mechones del rostro de su hija, quien se veía del todo inocente. Quizás bajo otras circunstancias hubiera sentido orgullo al saberse abuela, pero el odio que sentía por Hades, príncipe de la humanidad difunta, no tenía parangón. Puso una mano sobre el vientre de su hija, encendiendo un poco de cosmo…

—¿Dónde estás, parásito?

Démeter cerró los ojos, concentrándose en algo en específico. Tomó aire, obligándose a relajarse, buscando esa presencia, ese pequeño cosmo divino que ahora se desarrollaba en el vientre de su hija… no tenía muchas semanas de gestación, apenas unas seis o siete. Perséfone no se había dado cuenta, era muy pronto, apenas comenzaba a experimentar unos pocos síntomas… pero el engendro estaba ahí, creciendo, parasitando de su hija. Creatura asquerosa que no debía existir… ¡Nada que viniera de Hades podía ser bueno!

… la pequeña presencia reaccionó con dulzura ante su abuela cuando se sintió tocado, lo que solo le provocó náuseas a la diosa. ¿Qué engaño era este? ¡Una criatura así de dulce no podía venir de tanta oscuridad! Seguro sería un vil tramposo, indigno como la escoria que era su padre, malnacido y terco como él. ¡Oh NO! Cierto que era una criatura divina, pero NO LO DEJARÍA VIVIR. NO PERMITIRÍA QUE LA HONRA DE SU HIJA SE VIERA MANCILLADA POR TAN VIL PARÁSITO.

—No te puedo matar, pero no te permitiré nacer. Y si tengo suerte, ¡Te vas a disolver en la nada!

Démeter inflamó su cosmo y metió la mano al interior del vientre de su hija, atrapando a la criatura entre sus dedos, aprisionándola y arrancándola de cuajo de la seguridad del nidito en el que se había implantado. Al ser tan pequeña, su cuerpo se desintegró por la acción del cosmo de la diosa y como su madre estaba inconsciente, no pudo protegerlo. Cuando Démeter alzó la mano, tenía un orbe de luz atrapado entre sus dedos: el alma apenas formada de un nuevo dios, que pulsaba en pánico al saberse expuesto y a merced de la ira de uno de sus mayores. Démeter se puso de pie y caminó hasta el balcón, con el rostro desfigurado de ira, aplicando presión, pues sabía que eso le provocaba dolor a la criaturita.

—¿Te crees mucho, verdad parásito? ¿Acaso crees que alguien te va a querer? ¿Acaso crees que alguien te va a aceptar? ¡NO PERMITIRÉ TU VIDA!

La diosa, en un berrinche que bien podría haber rivalizado con el de un niño de dos años, agitó los brazos y pateó el suelo, y sin pensarlo dos veces, lanzó el alma de su nieto al mundo, sin siquiera dignarse a ver donde caía.

—LARGO DE MI VISTA, ¡LARGO Y DISUÉLVETE ASQUEROSA RATA!

Así el alma se perdió de vista, y en su caída desapareció en el mundo humano. Ahí se quedó Démeter resoplando, tratando de recuperar la compostura. Sus sirvientes se habían tapado los ojos y no se movían. Cuando por fin recobró los sentidos, la diosa se ajustó las faldas y tomando aire, se arregló los cabellos. Volvió a caminar hasta su hija, aun desmayada, y la acunó en los brazos. Seguía muy pálida y quizás estaba más fría de lo normal. Con el revés de su mano borró todo rastro de lo que acababa de hacer…

—Madre… —balbuceó de pronto Perséfone, abriendo apenas los ojos. Se sentía mucho peor que antes, si eso era posible… —¿Qué pasó…?

Perséfone estaba muy débil, pero abrió los ojos como platos, como intuyendo que acababa de ocurrir una tragedia. ¡NO sabía qué! Pero cierto instinto le pataleaba con tanta fuerza en el pecho que hasta Hades, en lo profundo del Inframundo, percibió el estrés de su esposa y la contactó por cosmonet, muy intrigado. Démeter la hizo callar con su suave susurro, restándole importancia a sus emociones.

—Descansa hija, algo te cayó mal. Ya te sentirás mejor.

—Madre… ¿qué…?

—Shhh… no pasó nada. ¡Nada mi bonita! Solo te sentiste mal. ¡Mamá está aquí! Yo lo voy a arreglar todo. —Démeter se volvió a sus sirvientes— Preparen las habitaciones de mi hija y ayúdenme a llevarla hasta allá… ¡Tiene que descansar!

—¡Algo no anda bien! —Perséfone insistió en incorporarse— No sé, algo anda muy mal y… ¡Madre! ¿Qué está pasando a…?

—Duérmete. —ordenó Démeter poniendo un dedo sobre la frente de su hija. La diosa de la primavera perdió en seguida la consciencia y se derrumbó en brazos de su madre— Sé obediente y no reclames. Estarás bien.

Démeter ni siquiera sintió cargo de consciencia. Perséfone volvió a dormirse en sus brazos y ni siquiera se percató del momento en que los sirvientes la tomaron en volandas y la llevaron hasta sus habitaciones. Nunca sabría que había estado embarazada, algo que junto con su marido habían estado buscando un buen par de miles de años, nunca sabría lo que su madre había hecho, o ese era el plan.

La diosa de las cosechas se puso de pie y observó como se llevaban a su hija. Por unos instantes miró hacia la ventana por la que había arrojado a su nieto, esperando que su esencia se disipara pronto, sin vientre en el que desarrollarse y sin ambrosía que lo sostuviera. No sintió cargo de conciencia, ni remordimientos.

Nunca permitiría que Hades tuviera hijos después de todo.

Oficinas de la marca Agreste. París, Francia.

En esos momentos.

—¡AAAAAAAAAAAAGH!

Repentinamente, Emilie se dobló de dolor y cayó de hinojos al suelo. Acababa de pelearse con Gabriel y se retiraba indignada hacia la mansión, dispuesta a tomar sus maletas e irse a donde le cantaran los ovarios. Pero apenas había cruzado el hall de ingreso, seguida de cerca por Nathalie, cuando un HORRIBLE dolor le había jaloneado sus entrañas, tal como si la hubieran cortado en carne viva. Esto obviamente provocó la alerta de todos los presentes y comenzaron a acercarse de a poco.

—¡Madame Agreste! ¿Qué sucede? ¡Madame!

—Nathalie… llama a una ambulancia… —balbuceó apenas la mujer, sujetándose el abdomen.

En verdad Emilie sentía las entrañas como en llamas. Hasta hacía unos momentos estaba bien (bien enojada), pero de pronto sintió como si algo la golpeara por la espalda. En lugar de rebotar contra ella y alejarse, parecía que se le había metido al cuerpo y dado botes en su interior. No, fue una sensación que no la dejó, sino que se quedó ahí… junto con el dolor, y se sujetó a ella llena de pánico.

—Madame, ya me hice cargo. ¡Respire! ¿Qué siente?

—Quema… ¡AAAAAAAAAGH!

Nathalie estaba impactada. Madame Agreste realmente estaba sufriendo mucho dolor, no había que ser un genio para darse cuenta, pese que hasta hacía unos instantes era la definición de salud y vitalidad. En eso el Gorila, un guardaespaldas recientemente contratado por la familia Agreste, llegó de pronto y puso su abrigo encima de la mujer. Nathalie intercambió miradas con el hombre, quien con el rostro compungido le señaló que revisara mejor.

… había sangre entre las piernas de Emilie. Y no poca. A esas alturas la actriz había perdido la consciencia. Nathalie sintió que el corazón se le detenía, pero no se dejó paralizar.

—¡¿DÓNDE ESTÁ LA AMBULANCIA?!

Horas después, ya en el hospital y en presencia de Gabriel, una debilitada Emilie recibía la noticia de su médico tratante, que tanto ella como su bebé estaban a salvo…

Santuario de Delfos. Grecia.

Agosto. Poco más de un año después. Atardecer.

El aumento de actividad en aquél Santuario no pasó desapercibida ni por los turistas que se paseaban por los predios, ni por sus residentes habituales. Los guerreros de Apolo, llamados apolíneos, pululaban con bastante urgencia por los terrenos, muy alertas a cualquier amenaza y dispuestos a dejar la vida protegiendo a su señor. Las Sibilas no se quedaban atrás y el estrés las había puesto más crípticas que nunca. El resto de la casta sacerdotal de Apolo se mantenía en estoico y ansioso silencio. Más allá de lo anecdótico, los turistas nunca se enterarían del verdadero caudal de acontecimientos que estaba ocurriendo en aquellos instantes. Hacia el interior del Santuario, allí donde estaban las estancias del dios, el representante de Apolo, un hombre llamado Crises, esperaba expectante junto a Asclepios, uno de los hijos de del dios. Ninguno hablaba, ambos se acompañaban en urgente silencio.

Parecía que el reloj no avanzaba, y hasta respirar se les hacía difícil.

TOC. TOC. TOC.

El golpeteo de puertas y pasos contra el mármol los sacaron de su tenso sopor. Asclepios estiró el cuello a tiempo para ver como las puertas se abrían de par en par y entraban los ángeles de su tía, Touma, Teseo y Odiseo, quienes a su vez abrían paso a su señora Artemisa, la de las flechas de oro, quien entraba a pasos importantes hacia el centro del salón, vestida con túnicas de guerra, claras evidencias de haber hecho llover muerte sobre sus enemigos y todavía con su arco a su espalda. Detrás de él, entró Apolo, su hermano mellizo, en similares condiciones, pero cargando un bulto precioso.

Dos de las principales sibilas de Apolo lo seguían de cerca.

—¿Papá? —llamó Asclepios, echando mano de su maletín de médico— ¿Tía Missi?

—Mis señores —Crises hizo una reverencia— ¿Está todo bien? La señorita Lixue…

Artemisa, quien miraba con duros rasgos, suavizó por instantes su rostro y negó con la cabeza. Apolo se acercó al grupo, con los ojos hinchados, como si un tremendo dolor lo estuviera atravesando en el alma.

—No pudimos hacer nada. —explicó Artemisa, apretando los puños de rabia— Lixue entró en trabajo de parto, pero ese dragón maldito no me dejó acercarme a atenderla… su familia… ¡Malditos todos!

—El dragón les dijo a los aldeanos del linaje de mi pequeña… interpretaron eso como mala suerte… Lixue… —Apolo hizo esfuerzos por suavizar el nudo en la garganta.

—Lixue logró mantenerlos a raya algunas horas, junto con unos pocos familiares, pero sus demás parientes los abrumaron. Los mataron y a Lixue la sacaron a la rastra de la casa, a ella y a la pequeña… la lapidaron.

—Lixue protegió a nuestra hija con su cuerpo. —los sentimientos de Apolo no quedaron ocultos, y el tono de su voz les desgarró el alma— ¡Apenas pudimos rescatarla!

—¡Dame aquí!

Asclepios sacudió su cabeza y entró en modo profesional. Tomó el bulto de los brazos de su padre, revelando a una preciosa recién nacida. ¡Era su hermanita menor! Viva imagen de su padre, pero también con los característicos rasgos de su madre. Rápidamente la llevó a una enfermería ubicada en la parte posterior, en donde la recostó sobre la camilla para revisarla. Obviamente a la pequeña no le gustó el trato, pese a lo gentil que estaba siendo su hermano mayor. No tenía heridas de consideración, pero sí necesitaba ser atendida y limpiada como era debido, sin mencionar una buena comida y un mejor descanso. Una de las sibilas lo ayudó con la pequeña y ni bien hubo terminado de revisarla, quiso llevársela con ella para atenderla mejor, era la pequeña princesita del Santuario de Delfos después de todo, pero Apolo la pidió de regreso en sus brazos.

—Papá… ¿qué pasó con los aldeanos? —preguntó Asclepios entrecerrando los ojos.

—Se arrepintieron de ofender a los dioses. —dijo Artemisa cruzándose de brazos— Lixue me caía bien, ¡no debió morir así! —la diosa entonces se volvió y le dio un zape a su hermano— ¡Y Tú Deberías Haberla Protegido Mejor, Pedazo De Bruto! ¡¿Es que nunca aprendes?!

—¡Ya basta, Missi! ¿NO Crees Que Ya Me Estoy Culpando Demasiado?

—Señores, la niña luce bien, pero… algo pasó con ella… —interrumpió Crises preocupado.

—¡Ese Maldito dios dragón! —exclamó Artemisa, empuñando las manos.

Durante los dos últimos años, Apolo había estado galanteando a una chica de origen chino llamada Lixue, con quien tenía muy serias intenciones, pues la muchacha le correspondía de todo corazón. Era la primera vez en milenios que Eros no le amargaba la relación y de verdad Apolo había creído que sería la mujer de su vida. Lamentablemente, un dios dragón local también se había encaprichado con Lixue y ardido en celos al verla con el dios solar. Todo empeoró cuando la chica resultó embarazada, pero el muy maldito esperó a que diera a luz para volver a los aldeanos contra ella, al revelar el linaje del bebé. Estos, motivados por un miedo fanático, atacaron primero la casa de la chica y mataron a los pocos parientes que intentaron protegerla, antes de arrastrarla al medio del pueblo junto con la bebé para lapidarlas hasta morir.

Lixue protegió a su hija con su cuerpo hasta que Apolo y Artemisa, avisados por buen Helios, llegaron y dejaron caer su ira sobre los aldeanos en defensa de Lixue. La pequeña resultó prácticamente ilesa gracias al sacrificio de su madre, quien mortal como era, falleció en brazos de Apolo sin que el dios pudiera detener lo inevitable, pese a ser dios de la medicina.

Estaban por irse con la pequeña cuando el dios dragón se reveló ante ellos, y lleno de celos, maldijo a la niña… "¡Si conoce a su padre antes de los 10 años, morirá una muerte atroz y…!"

… no digamos que pudo terminar. Apolo literalmente lo molió a patadas, descargando toda su rabia y dolor por la muerte de su amada, que había sido instigada por aquél despechado dios dragón. Luego tomó a su hija de los brazos de su hermana y juntos regresaron a Delfos.

—Esa es… una maldición activa, papá. ¿Hay alguna manera de eliminarla? —Asclepios sonaba muy grave, y no era para menos.

—Lo dicho, dicho está. No puedo deshacer esa maldición —dijo Apolo con un nudo en la garganta— Si intento doblarle la mano a Ananké, voy a perjudicar a mi Marinette.

—¿Marinette? Creí que le ibas a poner Melissa.

—Mi pequeña. Ese nombre le gustaba a Lixue. ¡Marinette se queda!

Artemisa le dio unas palmaditas a su hermano, sin saber como consolarlo. La niña estaba despierta, y miraba a su alrededor como si estuviera buscando comida. El dios dragón había hecho algo horrible al provocar la muerte de su madre y al maldecirla, pues con eso… había logrado alejarla de su padre. Apolo podía ser malgenio, mujeriego, terco, y todo lo que quieran, pero si tenía una cualidad, era que como padre se lucía. Siempre se hacía cargo de sus bendiciones, cuando no se las mataban (y al respecto tenía un doloroso historial de hijos asesinados antes de cumplir el año) … ¡Esto seguro que lo estaba matando por dentro!

—No puedo cuidarla… ¡no puedo criarla yo! La única forma que escape a esa maldición es que no me conozca antes de los 10 años, pero… ¿Con quien la dejo? ¿Y si la cuidan mal? ¿Qué hago?

—Pues tendrás que hacerlo o morirá quizás como —Artemisa no le suavizó la tragedia— Si quieres yo me hago cargo de ella, la crío como a una hija, pero…

—¡Pero Me Conocería De Algún Modo!

Era una situación intensa. Ninguno de los presentes quería que la niña sufriera un destino horrible, aunque eso significase desarraigarla aún más de su familia, pero… ¿qué hacer…?

—¿Mi señor? —dijo de pronto Crises— Hay una familia franco–china en París… llevan meses pidiendo concebir.

—No pueden. —intervino una de las Sibilas— Son devotos de usted, llevan meses tratando de ser padres, pero… médicamente no pueden serlo.

—Vi parte de su caso. No pueden ser padres biológicos, es muy arriesgado. —explicó Asclepios, como recordando el expediente— Pero son buenas personas…

—¿Quiénes son?

—Tom Dupain y Sabine Cheng.

Apolo tomó aire y puso los ojos en blanco. Comenzó a buscar a la pareja con su mente ubicándolos en París. De hecho, justamente en esos momentos le estaban elevando sus oraciones pidiendo que los bendijera con un hijo. Eran jóvenes, se notaba que se querían, que eran buenas personas, trabajadores los dos, pero atravesados de dolor por la incapacidad tanto de él como de ella para concebir vida. Llevaban ya un par de años intentándolo. Mientras llevaban a cabo las formalidades en su honor, lloraban en silencio, pero depositando su confianza en él. Apolo abrió los ojos, y miró hacia su hija, quien hacía pucheros amenazando llanto. Miró a su hermana, sin evitar derramar lágrimas, pero supo lo que tenía que hacer… ¡Y tenía que hacerlo ya! La vida de su hija corría peligro si se demoraba mucho.

Ante los ojos de los presentes, Apolo y la pequeña desaparecieron.

Panadería Dupain – Cheng. París.

Momentos después.

Tom se sentía un poco tonto llorando, pero no podía evitarlo. El dios de su devoción no parecía estar escuchándolo mucho, pero aún así sabía que no lo defraudaría. Sabine también lloraba, pero lucía un poco más digna que él. ¡Tanto que querían ser padres! No tenían dinero para adoptar y la única solución que tenían era pedir por un milagro. Comenzaban a perder las esperanzas, y eso les desgarraba el alma…

—Tom. A lo mejor debemos ofrecer un sacrificio en el templo. Un ternero o algo. Ya se acerca una de las festividades del señor Apolo, el boedromion a finales de septiembre…

—Estaba pensando lo mismo. Creo que podremos juntar dinero para un buen sacrificio. Quizás al dios le gusta.

—Yo también lo espero.

Sabine suspiró y se recostó en el brazo de Tom. Comenzaba a perder la esperanza, pero al mismo tiempo se regañaba para que eso no ocurriese. Su esposo la rodeó con el brazo y tras unos momentos, continuaron con los rituales, exponiendo sus súplicas al esquivo dios. Estaban en eso cuando de pronto sintieron un gemido.

—Shhh… no pasa nada, Marinette.

buuuuu

Tom y Sabine se pusieron de pie de un salto. No se esperaban ver a una persona tan repentinamente en la privacidad de su hogar, justo en medio de sus oraciones. En primera instancia lo tomaron por un intruso, pero pronto reconocieron al recién llegado: ambos se arrojaron al suelo en respetuosa reverencia.

—Mi señor.

—Mi señor…

Sabine no quería levantar la mirada del suelo, pero estaba ansiosa. ¿Acaso había escuchado un bebé? ¿Qué significaba todo eso? Se regañó a sí misma. No quiso hacerse ilusiones, ¡no podía caer en Hybris! Tenía que mantener la serenidad. Por lo visto, Tom estaba pensando igual que ella. Apolo se sentó frente a ellos cuidando de no perturbar mucho al bulto precioso que llevaba con él.

—Tom y Sabine… necesito abusar de su buena voluntad.

—¿Señor? —Tom se atrevió a levantar la mirada—Usted pida lo que quiera, somos sus servidores…

—Lo sé. También son buenas personas: llevan un tiempo intentando ser padres.

—No quisimos molestar…

—Nunca lo pienses de ese modo. —Apolo tomó aire— ¿Saben que médicamente no pueden tener hijos? ¿Qué eso sería peligroso para Sabine?

—Nos lo han dicho, pero… confiamos en los dioses…

—No puedo ayudarles con eso, no sin arriesgar la vida de la madre… —Apolo decía la verdad, pero parte de su dolor no solo se debía a su imposibilidad de ayudar a la joven pareja, sino también por lo que estaba a punto de hacer. Su hija lo miraba con ojos grandes y él… se sentía un asco de persona por haberla arrastrado a tan difícil situación— Son buenos devotos, no quiero hacerlos sufrir… (Afrodita me cuelga si algo les pasa a ustedes)

—¿Señor?

—Solo hay una cosa que puedo ofrecerles…

Apolo entonces les dejó ver a la pequeña. Sabine levantó la mirada a tiempo para ver a la recién nacida, quien se agitaba inquieta, con hambre seguro, pero no lloraba.

—Ella es mi hija menor. Acaban de matar a su madre… —el dios se detuvo— La maldijeron de manera tal que si me conoce antes de los 10 años, morirá una muerte horrible.

Tom y Sabine se miraron horrorizados. ¿Por qué siempre esas cosas le pasaban a su dios? El pobre estaba salado, simplemente no tenía suerte. Sabine se mordió el labio, sin saber si angustiarse más por el dios o por la niña.

—La única forma que tengo para protegerla de eso es entregarla a una buena familia, que la críe con cariño. —Apolo, con evidente dolor en sus ojos, tomó a su bebé y la puso al alcance de la pareja— por favor, les pido que críen a mi pequeña como a su hija propia. Nunca les faltará nada, solo… críenla bien, sencilla, que no sea orgullosa. No… no puedo pensar en mejores padres para ella aparte de mi… ¿me harían ese favor?

Tom cayó postrado al suelo, al igual que Sabine, pero esta, a diferencia de su marido, no se quedó mucho rato en esa posición, pues al levantar miradas y cruzarlas con el dios, como pidiendo permiso, estiró los brazos y tomó a la pequeña, acunándola con cariño.

—Su nombre es Marinette. Nació anoche. No se preocupen por los temas legales, ante el mundo ustedes son sus padres. Yo… me mantendré pendiente. Es mi hija, no la voy a abandonar…

—Señor, la criaremos que va a dar gusto. Puede confiar en nosotros. —dijo Tom lleno de emoción.

—Lo sé.

Y con eso, el dios desapareció, dejando a la nueva familia a solas con su pequeña. Tom se abalanzó sobre su esposa y rápidamente escudriñó a su nueva hija, quien seguía amenazando llanto. Ambos lloraron.

—Bienvenida, Marinette Dupain – Cheng…

Afuera, Apolo se detuvo unos instantes en la Place du Vosgues mirando en dirección de la panadería, sintiendo como se le desgarraba el alma, pero al mismo tiempo muy tranquilo. Sintió la presencia de su hermana junto a él, pero no se dijeron nada. La diosa le dio unas palmaditas al cabo de un rato.

—Has elegido bien. Marinette está en buenas manos.

—Me duele…

—Lo sé. Pero ya verás que hiciste lo mejor para ella. —la diosa se sopló el flequillo— vamos, Mamá quiere saber los detalles.

CONTINUARÁ

POR

MISAO-CG

Nota de Misao: Creo que este ha sido el fic más rápido que he escrito, y es la primera vez que escribo en conjunto con otra persona. ¡Abby tiene una paciencia dorada! Aunque es ella la que les puede contar en serio como llegamos a este fic… ._. Y no, el alcohol no tuvo nada que ver… creo.

Ya ni me acuerdo… TmT… ¡De todos modos espero que lo disfruten mucho!

Nota de Abby: Lo mismo digo. ¡Esto lo escribimos en tiempo récord! Fueron 2 capítulos diarios (uno cada una). La verdad lo que pasó fue un review anónimo preguntándome si había considerado hacer un crossover de Saint Seiya. Como pueden ver en nuestros perfiles, decir que somos muy fans es una subestimación. Ya habíamos platicado de este pequeño universo entre nosotras pero finalmente Misaito comenzó con este capítulo y tuvimos buena racha. ¡Espero que lo disfruten tanto como nosotras escribiéndolo!

BRÚJULA CULTURAL:

Traídas a ustedes gracias a la magia de internet, sobre todo Wikipedia y algún otro sitio especializado:

Démeter: (en griego antiguo Δημήτηρ o Δημητρα, diosa madre o quizás madre distribuidora) es la diosa griega de la agricultura, nutricia pura de la tierra verde y joven, ciclo vivificador de la vida y la muerte. Se la venera como la portadora de las estaciones en un himno homérico datado sobre el siglo VII a. C, un sutil signo de que era adorada mucho antes de la llegada de los olímpicos. Se la venera junto a su hija Perséfone (O Koré), con quién presidía los misterios eleusinos… que como buenos misterios, nadie sabe muy bien de qué trataban (o no serían misterios).

Es hija del titán Crono y de Rea (ambos hijos de Gea y Urano). Fue tragada por su padre al nacer, pero liberada por su hermano menor Zeus junto con Hades, Poseidón, Hestia y Hera. Estos dioses se enfrentan a los titanes y ganan.

Según el retórico ateniense Isócrates, los mayores dones que Deméter daba a los atenienses eran el grano, que hacía al hombre diferente de los animales salvajes, y los misterios eleusinos, que le daban mayores esperanzas en esta vida y en la otra.

Perséfone: (en griego antiguo, Περσεφόνη) es hija de Zeus y de Deméter. La joven doncella, también llamada Kore, se casa con Hades y se convierte en la reina del Mundo de los muertos, además de ser la diosa de la primavera.

La mayoría de las fuentes clásicas consideran a Perséfone como hija de Zeus y Deméter, pero la Biblioteca mitológica de Apolodoro recoge una versión alternativa que indica que era hija de Zeus y Estige. Se valora el hecho de que Hades y Perséfone constituyeron uno de los matrimonios más estables y felices dentro del Panteón griego, con relativamente pocas infidelidades por parte de ambos… Mente y Leuce por parte de Hades (aunque Mente quiso seducir a Hades y Perséfone marcó territorio y Leuce… bueno, Hades la dejó por Persefóne), y Adonis por parte de Perséfone (aquí no hay defensa posible), y el hecho de que Perséfone gobernase el Inframundo más o menos en igualdad de condiciones con Hades. Pero los griegos también conocían otra faceta de esta diosa, pues ella era la terrible Reina de los inframundos, cuyo nombre no era seguro pronunciar en voz alta y a la que se referían como La Doncella.

Apolo: (en griego: Ἀπόλλων o Ἀπέλλων) es una de las deidades principales de la mitología griega, y uno de los dioses olímpicos más significativos, motivo por el cual le dedicaron una gran cantidad de templos. Hijo de Zeus y Leto, y gemelo de Artemisa, poseía muchos atributos y funciones, y posiblemente después de Zeus fue el dios más influyente y venerado de todos los de la Antigüedad clásica.

Es dios de las artes, del arco y la flecha, que amenazaba o protegía desde lo alto de los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad. Era temido por los otros dioses y solamente su padre y su madre podían contenerlo. Es el dios de la muerte súbita, de las plagas y enfermedades, pero también el dios de medicina. Además, es el dios de la belleza, de la perfección, de la armonía, del equilibrio y de la razón, el iniciador de los jóvenes en el mundo de los adultos, estaba conectado a la naturaleza, a las hierbas y a los rebaños, y es protector de los pastores, marineros y arqueros. ¡Todo un Gary Stu! (mugre señor perfecto)

Los orígenes de su mito son oscuros, pero en el tiempo de Homero (siglo VIII a, C,) ya era de gran importancia, siendo uno de los más citados en la Ilíada. Posteriormente la mitología romana lo incluye recién en el siglo V a. C., época en que le dedican el primer templo.

Tuvo muchos amores, especialmente con sus musas, y producto de sus andanzas tuvo alrededor de una veintena de hijos, aunque en ese terreno tuvo algunas desgracias, pues solían matarle a los hijos o se aprovechaban de sus buenos sentimientos. Está salado el pobre, pero al menos de los hijos que logró rescatar de sus destinos, les dio buena educación.

Artemisa o Ártemis: (en griego antiguo Ἄρτεμις) es una de las deidades más veneradas y de las más antiguas. Es la diosa helena de los animales salvajes, el terreno virgen, los nacimientos, la virginidad y las doncellas, que traía y aliviaba las enfermedades de las mujeres. Hija de Zeus y Leto, hermana melliza de Apolo, y junto a ellos integra el panteón de los doce dioses olímpicos.

A menudo se la representaba como una cazadora llevando un arco y flechas. El ciervo y el ciprés le estaban consagrados. Algunos investigadores creen que su nombre y, de hecho la propia diosa, era originalmente pregriega. Homero alude a ella como Artemis Agrotera, Potnia Theron, 'Artemisa del terreno virgen, Señora de los Animales'. También Homero señala en la Ilíada que junto a Hermes rescataron a Ares, encadenado por los gigantes ctónicos.