Harry James Potter había comenzado su primer año en Hogwarts. La primera impresión que tuvo es que no quería tener ningún tipo de relación con los Slytherin más allá de la indiferencia u odio, pero claro, tuvo que encontrar un tonto espejo que le mostraba a cada rato la imagen de un rubio platinado.

La primera vez que lo encontró vio a sus padres y a un montón de personas que no reconoció y supuso que fueron sus abuelos o tatarabuelos, pero entre todas las cabelleras negras y rojas una rubia resaltaba.

El chico era pálido, sus ojos plateado y un pelo rubio casi plateado. Harry se perdió un momento en sus ojos antes de darse cuenta que era Draco Malfoy, su enemigo en la escuela a su parecer. Solo pudo sonrojarse y salir corriendo del lugar.

Como todo curioso que es, no pudo evitar volver una segunda vez, siguiendo regañado por el profesor Dumbledore que le explicó la función real del espejo. Harry se sonrojo grandemente cuando el rubio de la imagen volvio a reir y a guiñarle un ojo.

El profesor Dumbledore no dijo nada respecto a su sonrojo y tampoco indago mucho en eso. Con el pasar de los años el recuerdo del sonrojo en Harry por lo que sea que vio en el espejo se fue al fondo de su mente, pero no para el pelinegro. El ojiverde seguía teniendo la imagen del chico grabada en su mente a fuego ardiente.

Tanto fue así, que luego de lo que sucedió paso unos cuantos días antes que pudiera pasar por frente a un confundido Draco sin sonrojarse.

Aquel 31 de Octubre en especifico, Harry Potter no tenía deseos de festejar nada. Estaba de luto por la muerte de sus padres, por la de Cedric Diggory y estaba de luto porque la guerra se acercaba y habrían más muertes y uno no tendría tiempo a dedicarle un minuto de silencio. Así que con pasos pesados se dirigió a la Sala de los Menesteres y pidió encontrar el espejo de Erised.

Tampoco es que esperara que funcionara, pero así fue. La puerta se materializo frente a él y aun con su rostro un poco demacrado siguió caminando en busca del gigantesco espejo.

Cuando llegó a él pudo ver por el reflejo a Malfoy.

-Dime Malfoy...¿por qué se supone que debería estar feliz el día que murieron mis padres?

En ese momento oyó una maldición detrás suyo y se sorprendió al darse cuenta que Draco Malfoy realmente estaba en la habitación junto con él.

El rubio dio pasos vacilantes hasta estar junto a Harry.

-¿Qué es lo que ves Draco?

El chico miró el espejo, pero no respondió su pregunta, sino que leyó las letras en busca de lo que sucedía.

-Erised stra ehru oyt ube cafru oyt on wohsi...¿Qué significa eso?

-No has respondido mi pregunta Draco.

Respondió Harry mientras pasaba sus dedos suavemente por las letras. Luego posó su mano sobre el cristal anhelando en silencio lo que ahí se reflejaba.

-Solo estamos tu y yo...¿Qué más habría?

Harry sonrio grandemente mientras un sonrojo llenaba sus mejillas. Draco, aunque no sabía sobre el significado de sus palabras, le había hecho el chico más feliz en el mundo entero en menos de dos segundos.

-Nos veo a ti y a mi...A mis padres, a Sirius y Lupin...y también a Cedric...Desería que este vivo.

Harry sintió como su alegría se esfumaba, como si un dementor hubiera entrado en la habitación arrastrando la poca felicidad que había conseguido. Una mano en su hombro lo regreso abruptamente a la realidad.

-No fue tu culpa Potter. Solo estuvo en el momento menos indicado.

-¿Tu me crees Draco?

Harry no necesitaba que nadie más creyera sus palabras. Solo necesitaba a Draco. Lo supo desde su primer año y lo aseguro ahora, cuando sintió el calor confortable de su pálida mano sobre su hombro.

-Te creo Harry.

El chico se sonrojo grandemente cuando oyó al rubio llamarlo por su nombre y regreso su vista al espejo. Observó atentamente la figura de sus padres que le sonreían y como Sirius pintaba un corazón imaginario sobre sus cabezas.

-Lee la frase de atrás hacia delante, Draco.

-I show not your face but your heart's desire.

El chico logró pronunciar con dificultad. Primero se pudo extremadamente pálido y luego un notable sonrojo cubrió todo su cuello y mejillas, algo que empeoró cuando Harry no pudo resistir la tentación de darle un beso en la mejilla.

-Yo también te quiero, Draco.

Con esas últimas palabras Harry se fue dejando a un confundido Malfoy detrás suyo. El resto de la semana una sonrisa boba adornaba su rostro y ni siquiera Umbridge se la pudo quitar con sus estúpidos castigos por cualquier cosa que Harry hiciera.