Capítulo 23


Sakura

Mi primer instinto fue arrancar la lámpara de la pared y ponerme a golpear a Kokage con ella en la parte de atrás de la cabeza. No sé cómo no lo hice. Quería hacerle daño, hacerle sufrir y que agonizara durante mucho, mucho tiempo antes de morir. Nadie podría imaginar todo el mal que le deseaba. Tendría que mantenerlo enterrado dentro de mí para siempre. Sin problema.

Llevó un tiempo, pero al final llegó el momento. Kokage se aburrió en nuestra pequeña prisión y se puso a mandar mensajes de texto a alguien o a jugar a algo, no sabría decirlo. Así es como supe que tenía su teléfono y dónde estaba. Tendría que quitárselo en algún momento y utilizarlo para llamar al único número que recordaba, el número de teléfono que tenía desde mi traslado a Londres hacía cuatro años. No me sabía ningún otro número de memoria más que ese.

Pensé en cómo podía conseguir el iPhone de Kokage. Con el tiempo me di cuenta de que la única forma era escarbar en el fondo de mi psique y averiguar hasta qué punto estaba dispuesta a apostarlo todo, como diría Sasuke. A apostarlo a todo o nada. A estudiar cuidadosamente los riesgos, o las consecuencias. A intentar ganar, y a estar dispuesta a perderlo todo.

La ira sería el vehículo que me llevaría hasta allí.

—Has matado a mi padre, maldito hijo de puta —dije en voz baja.

Él levantó la vista de la pantalla y me miró fijamente.

—Se lo merecía. Lo odiaba desde hacía mucho tiempo por no dejarme verte después de lo que pasó. Te mantuvo oculta de tus amigos, y de mí. Yo quería ayudarte y estar ahí cuando me necesitaras. Cada vez que trataba de hablar contigo, el capullo de tu padre me lo impedía.

—Me estaba protegiendo para que no me hicieran más daño. ¡Era su responsabilidad como padre, gilipollas! —Dejé que mis emociones crecieran en mi interior—. ¡Me quería!

—Sí, bueno, pues se interpuso en mi camino. Matarlo ha hecho que mi plan funcione mejor. Akasuna estaba acojonado en el funeral. ¿Viste cómo sudaba?

—No —contesté—, estaba llorando por mi padre, pedazo de cabrón desalmado.

Kokage me sonrió con suficiencia y me dieron ganas de sacarle los ojos con una cuchara.

—No como tu padre cuando lo liquidé. El muy hijo de puta se mantuvo frío, incluso cuando supo lo que iba a pasar. —Kokage me miró de forma despectiva—. Dijo tu nombre con su último...

No pude aguantar el grito agonizante que salió de mi corazón cuando escuché sus palabras indiferentes, pronunciadas como una ocurrencia de último momento. Era demasiado para asimilarlo. Mi padre había muerto sabiendo lo que Kokage había planeado para mí.

—No estés tan disgustada, Sakura. Le dije a tu padre que yo cuidaría de ti —añadió en un tono arrogante, y luego me dio la espalda.

¡Gracias, puto monstruo!

Dicen que bajo la influencia de un subidón de adrenalina, los humanos son capaces de realizar grandes proezas físicas. Madres que levantan coches para salvar a sus hijos y cosas así. No sabía si ese efecto se me podría aplicar a mí, pero no me importaba. Era hora de golpearle con la lámpara, mi mejor opción de las que tenía a mano. Una base sólida como una roca que resolvería el problema si no se hacía añicos por la fuerza que iba a utilizar.

¡Ahora mismo!

Agarré la maldita lámpara y me abalancé con ella con todas mis fuerzas sobre la parte de atrás de la cabeza de Kokage.

Había hecho lanzamiento de peso en el instituto, y lo hice ahora. La clave era el impacto junto a una perfecta precisión y fuerza bruta. Kokage cayó como una piedra en un estanque. Tal vez las historias sobre madres que levantan coches sí que encajaban conmigo.

Yo era madre, y le recordé a Kokage ese hecho tan importante.

Recogí su teléfono del suelo e hice lo primero que se me ocurrió. Lo saqué por la ventana y tomé una foto de la línea del horizonte. Y luego la mandé a mi antiguo número de teléfono.

Esperaba haber matado a Kokage, porque eso era exactamente lo que se merecía, pero no podía estar segura y no quería quedarme para averiguarlo. Iba a salir de allí.

Perdí un precioso minuto en la puerta porque Kokage había puesto una cadena de seguridad en la parte de dentro que me costó unos cuantos intentos abrir, ya que me temblaban mucho las manos. Sabía que estábamos en un tercer o cuarto piso y que tenía que bajar a la calle para estar a salvo, pero cuando salí del apartamento me encontré en un pasillo. Este lugar era un desastre de planificación arquitectónica. Más bien una total falta de planificación. Busqué a mi alrededor la mejor forma de salir. La forma más rápida.

Las esquinas y las escaleras me recordaban al hotel Mision Inn de Riverside que había visitado con mis padres de pequeña. Podías seguir diferentes caminos y terminabas dando vueltas sin sentido, escaleras arriba y abajo que te devolvían a donde ya habías estado.

¿Dónde estaban los ascensores en este lugar?

Pensé en Sasuke y me pregunté otra vez si habría entendido mi mensaje de texto y cómo iba a poder encontrarme. Luego me acordé de la cosa esa del GPS de la que habíamos hablado y se me ocurrió en un abrir y cerrar de ojos: ¡Facebook! En Facebook podías publicar tu ubicación con una aplicación con GPS integrado.

Eché un vistazo al teléfono de Kokage y encontré la aplicación de Facebook. Entré en mi cuenta e hice clic en Lugar. Dejé que la aplicación hiciera su trabajo y seleccioné la primera ubicación que apareció en la lista de posibilidades. Casi tuve que reírme de lo que salió. Número 22-23 de Lansdowne Crescent. El hotel Samarkand. Escribí en mi estado de Facebook: «Estoy aquí, Sasuke, ven a por mí». Etiqueté a Kokage Yanagikage en «¿Con quién estás?» y pulsé Publicar, mientras continuaba mi búsqueda desesperada de los ascensores. Necesitaba alejarme de ese lugar.

Después de lo que pareció una eternidad, encontré los ascensores y acribillé el botón de bajar, mientras buscaba indicios de que Kokage se estuviese acercando, él o cualquier otra persona. ¿Por qué estaba tan muerto este lugar? ¿Dónde estaba la gente? Las puertas se abrieron y allí que me monté. Pulsé para ir a la planta baja y no volví a respirar hasta que las puertas se cerraron y el ascensor comenzó su pesado descenso.

La libertad se hallaba al alcance de mi mano. Casi fuera. Sasuke vería mis mensajes en mi teléfono antiguo y en Facebook y sabría dónde buscarme. Podría llamarlo en cuanto encontrase un lugar seguro como un restaurante o una tienda.

Las puertas se abrieron suavemente y salí a una especie de entrada de servicio en un sombrío patio. Esta era obviamente la puerta trasera del hotel, no la principal como esperaba. Salí de todas formas y entonces fue cuando escuché a Sasuke gritar mi nombre:

—¡Sakura! —El sonido más dulce para mis oídos.

Fui hacia la voz, concentrada solo en ella. Podía notar la urgencia en su llamada y sentí un alivio enorme. Sasuke me había encontrado; estaba viva y todo iba a salir bien.

—¡Sasuke!

Corrí hacia Sasuke, hacia mi amor y mi corazón, cuando me agarraron por detrás unos brazos que primero forcejearon y luego me sujetaron con firmeza, atrapándome como a una mosca en una telaraña.

—¡Nooooo! —grité devastada.

—No pensarías que te podías escapar de mí, ¿verdad, Sakura? —La asquerosa pronunciación de Kokage resolló en mi oído.

Mi intento de matarlo obviamente había fracasado, porque ahora tenía un frío cuchillo afilado apretado contra mi cuello que me obligaba a dejar de forcejear. La decepción que sentí fue tremendamente amarga de digerir, pero peor resultó la desgarradora visión de la cara de Sasuke. Se encontraba a menos de nueve metros de mí. Tan cerca, pero no lo suficiente.

La carrera a toda velocidad de Sasuke se paró en seco, sus brazos se extendieron en señal de rendición, su cabeza se movía de un lado a otro en una silenciosa súplica a Kokage para que no me matara.

Esto... sería la perdición de Sasuke. Su miedo al cuchillo lo impulsaría a cualquier tipo de negociación para liberarme. Lo sabía. Sasuke se sacrificaría a sí mismo para evitar que me rajara la garganta. Kokage no podría haber elegido mejor detonante para el miedo de Sasuke en todo el mundo.

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Sasuke

Los acontecimientos y las secuencias se habían unido en perfecta armonía, pero cerca no era suficiente para lo que necesitaba ahora mismo y no lo sería hasta que la tuviera a salvo y de nuevo en mis brazos.

Mi padre había sabido exactamente dónde encontrar el campanario en el instante en que le enseñé la foto de Sakura, como intuí que lo haría. Nadie conocía la ciudad de Londres mejor que él. En la iglesia parroquial de San Juan de Notting Hill se alzaba la torre que ella veía por la ventana. Mi padre me dijo que debía de haber hecho la foto desde Lansdowne Crescent.

Temari llamó a Naruto en el coche mientras circulábamos a toda pastilla por calles laterales y confirmó la ubicación de Sakura en Notting Hill... y quién se la había llevado. ¿Kokage Yanagikage? Eso no me lo esperaba, y tuve que luchar contra el pánico que crecía en mi interior. Lo único que me ayudaba a seguir en pie en ese momento era saber que Yanagikage antaño se había sentido atraído por Sakura. Si la quería para él, entonces había más probabilidades de que aún estuviese con vida. Al menos ahora rezaba por eso con todas mis fuerzas.

Temari también me reenvió el mensaje que Sakura escribió en su Facebook y tuve que sacar fuerzas de flaqueza para no derrumbarme. Voy a por ti, nena. Una vez más, la genialidad de Sakura para resolver problemas me deslumbró. Eso sí que era eficacia bajo presión. Puede que se hubiera equivocado de vocación y debiera estar trabajando para el Servicio Secreto de Inteligencia en lugar de restaurando arte.

Incluso la divisé saliendo del edificio mientras derrapábamos. Corrió hacia mí y gritó mi nombre. Mi chica se encontraba viva y corría a mis brazos. Estaba a punto de recuperarla, de poder volver a tocarla, de besarla de decirle que ahora ella lo era todo para mí.

Pero ese chupapollas de mierda apareció y le puso las manos encima. La agarró y le puso un cuchillo afilado en su precioso e inocente cuello. No había peor horror para mí que ver a mi chica con un cuchillo amenazando su garganta. Amenazando su vida.

Kokage Yanagikage era hombre muerto. Mi misión en la vida era ver eso hacerse realidad, incluso si tenía que morir yo con él para conseguirlo. Mientras Sakura saliera ilesa podría vivir con mi decisión. O morir con ella.

—Sabes que no puedes hacerle daño, Yanagikage. Sea lo que sea lo que quieres, lo tendrás. ¿Dinero? ¿Una forma segura de salir de Gran Bretaña? ¿Ambas cosas? Puedo conseguírtelo, pero tienes que soltar a Sakura.

Qué pena que esté mintiendo y planeando tu muerte, hijo de puta.

—¡No tengo por qué hacer nada de lo que tú me digas, Uchiha! —chilló.

—El mundo no es lo bastante grande como para que te escondas si le haces daño. Ya está fuera de tu alcance, Yanagikage. Es intocable para ti. Si la matas te reunirás con ella en cuestión de segundos. No creas que mis amenazas no son reales. Mira a tu alrededor. Estás rodeado. Te están apuntando...

Yanagikage fue presa del pánico tal y como yo esperaba y comenzó a estirar el cuello frenéticamente para girar la cabeza en busca de francotiradores preparados para derribarlo. Era la oportunidad que necesitaba, una distracción lo bastante prolongada como para restablecer el orden.

Se presentó mi ocasión, y la indecisión estaba descartada. No aparté los ojos de Sakura mientras me abalancé para derribarlo. Si este era mi final, quería que la última imagen que me llevara de este mundo fuera de ella.

Sentí un silbido y una ráfaga de aire junto a mi mejilla. Un destello de luz se propagó hacia fuera en mi visión periférica izquierda. Tenía una idea de lo que era lo primero. No quería imaginar lo que era lo segundo. O de quién.

Se escuchó el sonido metálico del cuchillo al caer al empedrado del patio. El ruido sordo de un impacto sobre alguien. Un gemido involuntario. Un grito. Luego los tres caímos al suelo en una maraña de cuerpos. Solo tenía un propósito y era coger a mi chica, y no tardé más de un instante en hacerlo. Me alejé rodando con ella y miré a nuestro alrededor y arriba. No vi a ningún francotirador en ninguna de las pasarelas, pero si eran profesionales no debería verlos.

Yanagikage estaba tendido boca arriba en los adoquines y le salía sangre de un lado de la cabeza. Esperaba que la bala que acababa de recibir en el cráneo hubiese sido dolorosa, pero probablemente ni se habría enterado. Qué pena no poder darle las gracias a la persona que le disparó.

—¿Estás bien, nena?

—¡Sí!

Fue suficiente. Me llevé a Sakura conmigo y salí en desbandada del patio. Simplemente corrí con ella, sin molestarme en preguntarme cómo era posible que no me hubiesen dado o que mi cuerpo estuviera intacto. Estaba bastante seguro de que acababa de esquivar una bala y por poco no me había alcanzado la flecha lanzada con el arco de Kakashi. Pero ¿de dónde había venido la bala? ¿Había eliminado el Servicio Secreto a Yanagikage en una operación secreta? Ahora no era el momento de especular, eso ya llegaría después, y sabía que mis chicos averiguarían todo lo que hubiera que saber. Tenía una preciosa mercancía en mis brazos y ella era todo lo que me importaba.

Corrí con ella hasta mi coche la metí en el asiento de atrás y entré tras ella. Mi padre nos esperaba allí preparado, gracias a Dios. No, gracias a mamá. Le dije a mi padre que nos sacara de allí y nos llevara a casa.

Eché una ojeada a Sakura en el asiento de atrás. Le miré el cuello, mientras le agarraba la cara con las dos manos, y no vi sangre.

—Estás bien..., de verdad estás bien, ¿a que sí? —balbuceé como un idiota y seguro de que no estaba siendo coherente. Quería quedarme mirándola para siempre y no alejarme de sus ojos nunca. Sus ojos me decían que estaba viva. ¡Sakura estaba viva!

Ella asintió con la cabeza con mis manos aún en las mejillas, mientras sus ojos húmedos me miraban con preciosas lágrimas vidriosas.

—Me has en... encontrado —tartamudeó—, estoy bien, Sasuke...

—Te dije que siempre te encontraría... y esta noche tú lo has hecho posible —susurré contra sus labios—. Lo has hecho tú.

Primero le di las gracias al ángel que tenía en el cielo y luego abracé fuerte a Sakura y la apreté contra mi corazón. Su corazón y el mío latían juntos, en el asiento de atrás de mi Range Rover, el mismo sitio donde empezamos la noche que nos conocimos a principios de mayo cuando la convencí de que me dejara llevarla a casa. Y menudo viaje habíamos realizado en los últimos meses. Lleno de baches y de giros inesperados, pero al final todo había merecido la pena por este momento y por donde nos dirigíamos ahora mismo, hacia un futuro juntos.

Me aferré a ella todo el camino de vuelta a casa. Mi gran amor, que casi perdí, estaba a salvo en mis brazos y simplemente no podía soltarla.

No hablé mucho durante el trayecto. Cuando mi padre se metió en el aparcamiento del edificio le di las gracias por su ayuda y le dije que le llamaría más tarde. Llevé a Sakura en brazos a la entrada del ascensor del garaje.

—Puedo andar —dijo apoyada contra mi pecho.

—Lo sé. —La besé en la parte de arriba de la cabeza—. Pero ahora mismo necesito llevarte en brazos.

—Lo sé —susurró ella, y luego juntó su mejilla con la mía, cerró los ojos y respiró hondo. Estaba inhalando mi aroma. También entendía su necesidad de hacerlo.

La parte acerca de protegerla y estar alerta seguía siendo verdad. Tendría que hacer esto por ella siempre, mientras mi cuerpo tuviera fuerzas para ello. Sujetar a Sakura cerca de mi corazón era necesario para mi... existencia. Esto sí que era necesitar a otra persona. Para mí no podía ser más fuerte. Si las cosas hubiesen sido distintas, si las consecuencias se hubiesen vuelto trágicas, entonces mi tiempo en este mundo habría tocado a su fin... y lo demás ya no importaría. Y no querría que fuese de ninguna otra manera. Sakura era mi vida. Adondequiera que fuera, necesitaba estar allí con ella.

Aún no habíamos hablado mucho, pero a ninguno de los dos nos molestaba lo más mínimo. La llevé hasta el baño y abrí la ducha. La dejé en la encimera y le quité primero los zapatos y luego la camiseta, y seguí prenda a prenda hasta que se quedó desnuda, preciosa y perfecta. La examiné de forma minuciosa y lo único que vi fue su maravillosa piel, afortunadamente sin señales de maltrato. Luego hice lo mismo con mi ropa y metí a Sakura en la ducha.

Simplemente nos quedamos de pie bajo el agua, nos abrazamos el uno al otro... y dejamos que el agua se llevara todo.