Este fic participa en la primera prueba del Torneo de la Copa de la Casas 2020/21 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black
Reto: Escribir un WI en que Voldemort, el día 31 de octubre, mató a la familia Potter, incluyendo al pequeño Harry y tomó el control del mundo mágico de Reino Unido, haciéndose con el poder de Hogwarts y del Ministerio.
Beta: Roxy Scamander
Nº de palabras: 6495
Tigger Warning: violencia y mención a abusos sexuales.
MEMORIAS DE UNA INMUNDA
La joven se viste en silencio, procurando no despertar a los otros niños que duermen con ella. No se da una ducha como solía hacer en su casa, aquí las duchas son por la noche. Se toma su tiempo en hacer la cama, ajustando las sabanas para que queden perfectamente estiradas y sin ninguna arruga. Hoy es día de revisión y sabe lo que va a pasar si su espacio está desaliñado. Cuando termina de ordenarlo todo, incluyendo la taquilla donde guarda sus pocas pertinencias, se sienta en la única silla de la sala situada enfrente de la ventana con barrotes.
Observa por la ventana con la cara inexpresiva y la postura perfecta, como ha aprendido a base de golpes. El pequeño patio trasero del Centro de Acogida de Inmundos está vacío. A Hermione a veces se le da por imaginar qué había sido ese edificio en el pasado, antes del que el Lord llegase al poder. Tal vez un orfanato con los columpios, ahora oxidados por la falta de uso, llenos de niños riendo. Sabe que imaginar es peligroso, de pequeña solía fantasear con que alguien iba a rescatarlos a todos y al final solo se había llevado decepciones. Es mejor asumir la realidad.
Mira el reloj, situado encima de la puerta. Diez minutos para la revisión. Con un suspiro, empieza a levantar a los más pequeños y los ayuda a ordenar. Sabe que no debería mimarlos, que va a ser peor para ellos, pero Rose y Lesley han llegado esa misma semana y sabe que adaptarse es difícil. Vuelve a revisar el reloj. Un minuto. Se coloca al lado de su litera, junto a Sophie quien duerme en la cama superior. Ambas son las mayores del dormitorio ocho, aunque ella llegó antes que la rubia, y suelen sentirse responsables de su pequeño grupo. Escrudiña la habitación una última vez y todo parece perfecto, espera que no haya ningún castigo.
De golpe se abre la puerta y entra una bendecida. Una vez vio como un niño le preguntaba a una bendecida si era una inmunda como ellos. La mujer lo abofeteó y se lo llevó a la sala de castigos. El niño volvió con la palabra inmundo tallada en el brazo, cicatrices que nunca iban a desaparecer. Hermione sabe que hay adultos con su mismo estatus en el centro, los ha visto trabajando en las cocinas y la lavandería, pero nunca hablan con ellos. Algunos niños susurran que es porque les han cortado la lengua. Ella prefiere pensar que saben cómo mantenerse invisibles y fuera de problemas, aunque no descarta que haya algún mutilado. Ellos vivieron antes del régimen del Lord, antes de que se alzase Nueva Inglaterra, fueron libres y someterse no debió ser fácil. Las historias que se han ido contando dicen que el centro antes de albergar niños, adiestró a los inmundos adultos y que a los que no se adaptaron simplemente los quitaron del camino.
Al ver a la bendecida, la señorita Carrow, se yergue más recta y procura mantener su cabeza agachada. Los gemelos Carrow son los encargados de dirigir ese centro, aunque normalmente dejan las revisiones semanales para cargos inferiores. Detrás de Alecto aparece una hija de inmundo, Tonks, con quien Hermione ha cruzado algunas palabras, que sigue las órdenes de empezar la revisión. Hace su tarea silenciosamente ante la atenta mirada de su superior y mientras los niños aguantan la respiración. Revisa las camas sin ningún incidente y procede a las taquillas. Puede ver como Lesley se impacienta y se espera lo peor. Ve como Tonks saca la ropa y los cuatro objetos de Lesley. De la punta de unos zapatos saca un trozo de pan envuelto en un pañuelo. Se muerde el labio nerviosa. Cierra los ojos mientras oye cómo se llevan a la niña, quien ha empezado a sollozar. Sabe que cuando la niña vuelva le faltará el dedo meñique de la mano izquierda y que seguirán cortándole dedos si no para de sacar comida del comedor. No los matan de hambre, uno no quiere tener un ganado enfermo, pero les dan lo justo para sobrevivir.
Cuando se cierra la puerta, las otras niñas se ponen en marcha. Deben seguir con su horario, no hay momento para derrumbarse, ya lo harán cuando se apaguen las luces. Pero al pasar por el lado de Rose, a quien se le están cayendo las lagrimas, le da un pequeño apretón en la mano.
oOo
Frota fuerte la sábana blanca contra la pila de lavar. Le escuecen las manos debido a los productos de limpieza, pero con el tiempo se ha acostumbrado al picor. Si termina pronto con el montón de ropa sucia, podrá dirigirse a la cocina antes y, con suerte, le permitirán retirarse pronto a los dormitorios.
Mientras está concentrada rascando una mancha, oye cómo alguien entra en la lavandería. Instintivamente levanta la cabeza, pensando que vendrán a darle más órdenes. Le sorprende encontrar a Colin sonriéndole.
—¿Qué haces aquí? —susurra con miedo de que su amigo haya cometido alguna locura.
—Hay más ropa y creen que serán útiles un par de manos más —responde señalando el saco de ropa a sus pies.
Asiente y vuelve a su tarea. Rara vez los dejan solos y sabe que es peligroso hablar mucho en público. Solo se escucha el ruido de la ropa mojada contra la pila hasta que el chico suelta un suspiro.
—Este es tu último año —musita dejando de lavar la ropa.
—Lo sé —dice sin interrumpir su faena.
—¿Cómo estás?
—¿Cómo voy a estar? Asustada.
No añade nada más. Su amigo puede entender perfectamente como se siente. El silencio se vuelve tenso debido al tema delicado que ha sacado Colin.
—Podríamos escapar —dice dando un paso hacia ella.
—¡Shh! No digas tonterías —lo calla lanzando una mirada de pánico a la puerta.
—Podríamos, solo tendríamos que quitarnos estas —afirma señalando las pulseras que decoran sus muñecas.
Hermione se mira las suyas, que parecen más grilletes que un complemento. Se las pusieron cuando llegó al centro y desde entonces no se las han quitado. Limitan su magia, haciendo que sea casi inexistente e inestable. Pero no solo eso, sino que se aseguran de tenerlos controlados, son rastreadores.
—Y nos quedamos sin manos.
—Nadie sabe si realmente te cortan las manos.
—No voy a ser yo quien lo compruebe.
—¿Manos o libertad? Que decisión más difícil.
—No bromees, no con esto —le corta y vuelve a lo suyo.
Siempre tiene este humor espeluznante. No siempre fue así, pero con el tiempo se fue oscureciendo su carácter sin apagar la llama rebelde en él. Todo empezó con la llegada de su hermano Dennis al centro, antes de eso era un chico alegre. Durante todo un año, Hermione lo escucho hablar de su hermano pequeño con mucho cariño, diciendo de lo normal que era. A veces pronunciando las palabras más para autoconvencerse, esperando que no cruzase la puerta principal del centro. Pero lamentablemente, ese día llegó y a Hermione se le partió el corazón al ver a su amigo romperse. Desde ese momento, empezó a ver el lado ácido del niño. Empezó comparando el centro, quien todo el mundo le recordaba a una cárcel, con un centro de concentración nazi. Tuvo que contarles que era un campo de concentración, decía que lo había aprendido en una película antigua, y luego Hermione tuvo que darle la razón. Pero bromear sobre quitarse los limitadores para ella es cruzar la línea, y más en la situación en la que se encuentra.
—Lo siento —musita su amigo con la cabeza agachada.
—Y yo.
oOo
La estación está prácticamente vacía cuando ellos llegan. Los pocos magos que hay los miran con una mezcla asco y pena, como si ellos no fuesen cómplices de la situación en la que están. Todos los años hacen el mismo teatro, para que el gobierno pueda limpiar su imagen hacia el exterior.
«Mirad que bondadosos que somos, los dejamos subir con nosotros en el tren y los educamos en la misma escuela que a nuestros hijos», les dicen a la prensa internacional con esa actuación.
Pero claro, los hacen subir los primeros y los mantienen separados, como si fueran ganado. No se mezclan con ellos, al menos no en público, como si les fuesen a pegar alguna enfermedad. Colin solía bromear con que tenían miedo de que el lado muggle fuese contagioso.
Rápidamente se suben a su vagón con una organización perfectamente ensayada, tal y cómo les han instruido. El vagón está sucio y destrozado, como si reflejase el estatus de su clase. Las pequeñas ventanas están lo suficientemente sucias como para que no se vea a través de ellas. Los asientos, que Hermione sospecha que no son originales, están raídos y rotos en algunos puntos donde la espuma sobresale de la tapicería. Además, el vagón es demasiado pequeño para la cantidad de pasajeros que aloja, por lo que los últimos en llegar se acomodan en el suelo.
Hermione se apretuja entre Colin y Sophie, quien sujeta en sus brazos a uno de los de primer año. En silencio ven como poco a poco el vagón se llena hasta los topes, hasta hacer el lugar asfixiante. Por un segundo imagina tener que cambiarse de ropa en el ese espacio, como sabe que hacen los ocupantes de otros vagones, y da gracias a que los obliguen a ponerse su túnica gris sencilla en el centro. Internamente se alegra de que su centro haya llegado el primero, el año pasado tuvo que sentarse en el suelo y estuvo dos días con dolor de espalda. Eventualmente el tren se pone en marcha, durante todo el trayecto reina el silencio en el vagón, siendo roto puntualmente por cortos susurros. A su lado, Colin juguetea con sus pulseras, gesto que siempre hace cuando está impaciente.
—¿Quieres parar? Me estás clavando el codo —susurra enojada Fay a su lado.
Hermione frunce el ceño, Fay Dunbar es una chica de su edad que viene de otro centro y que le saca de sus casillas. Es el tipo de persona que su padre hubiese llamado lameculos o lo que Colin llamaba «lavados de cerebro», a los que habían conseguido someter totalmente y tendían a delatar a los que no cumplían las normas. El trayecto se le hace tormentosamente largo sin tener nada con que matar el tiempo.
Llegan a la estación de Hogsmeade y se apean los primeros. Se dirigen sin distraerse hacia el pasadizo que conecta el pueblo con el castillo, que solo utilizan los inmundos. Hermione sabe que los demás utilizan canoas para cruzar el lago el primer año y luego se montan en carruajes; al menos es lo que se rumorea entre los de su clase. Ellos caminan durante un rato y llegan al séptimo piso. Bajan al Gran Comedor, apresurándose para llegar los primeros. Entran por la puerta lateral, como si no fuesen dignos para entrar por la puerta principal, y se colocan en su posición.
La joven se arrodilla en frente de la mesa de los profesores, endereza la espala y reposa sus manos encima de las rodillas. Ve como el resto del grupo se va arrodillándose enfrente de ella, en fila y por orden de edad. Mientras Colin agacha la cabeza, preparándose para cuando lleguen los demás, ella se toma unos minutos para escudriñar la sala.
El emblema de la escuela decora el fondo de la sala. Conoce la historia del colegio: cómo todos los fundadores traicionaron a Salazar Slytherin y durante siglos no respetaron su memoria, aceptando a inmundos y educándolos como a los demás. Ahora la sala está decorada con los colores de dicho fundador. Ya no existen cuatro casas distintas, sino que los separan por estatus social. A su espala se alinean cuatro mesas: una para los bendecidos, otra para los sangre pura, otra para los mestizos y la última para los hijos de inmundos. Aunque supone que en el futuro las dos últimas casas van a desaparecer, puesto que los matrimonios con muggles ahora son ilegales y los inmundos tienen prohibido reproducirse.
De fondo empieza a oír como se acercan los alumnos, por lo que agacha la cabeza y rectifica su postura hasta ser perfecta. A sus espaldas, los jóvenes charlan mientras se sientan en sus respectivos sitios. Finalmente, llegan los profesores y toman asiento, a la espera del director.
De golpe se abren las puertas y se oye los pasos retumbar por toda la sala. Hermione no puede ver a Severus Snape, pero está segura de que ondea su capa con aire dramático. Se detiene delante toda la escuela y ante su presencia se instaura un denso silencio.
—Vaya, parece que las filas de sucios se han ampliado —susurra el hombre escupiendo las palabras con asco.
En la mesa de la derecha, donde se sientan los bendecidos, se oyen murmullos e insultos. El adulto hace una pausa, demostrando su descontento al ser interrumpido. Cuando se restaura el silencio se da paso a la entrada de los nuevos alumnos. La profesora McGonagall entra con la mirada severa que la caracteriza seguida por los más pequeños. La mujer lee el nombre de los niños seguido de su estatus social, para que todo el mundo sepa cuál es su origen. Cuando termina, el director se levanta y empieza con su discurso, el cual Hermione se sabe de memoria puesto es el mismo que todos los años. A estas alturas ya se le han quedado entumecidas las piernas y sabe que cuando llegue el momento de levantarse le va a costar.
El sermón llega a su fin y se da paso al gran banquete. El grupo de Hermione se levanta de forma organizada con la cabeza agachada y abandonan la sala. Caminan hacia las cocinas, donde comparten mesa con los otros empleados indignos del castillo.
Cuando han terminado de cenar, se dirigen a sus habitaciones, que comparten con ocho o más personas, situadas en las mazmorras. Cansada, Hermione se deja caer en la cama deseando dormirse pronto.
oOo
Se apresura a llegar a los invernaderos, utilizando pasadizos poco transitados. La profesora Sprout la recibe con una afable sonrisa y le indica que tome asiento. Se sienta junto a Sophie y se prepara para absorber toda la información que pueda.
La profesora empieza a explicar el uso de algunas plantas que hay en el invernadero, contándolo de forma pausada y lanzando pequeñas preguntas para ver si están siguiendo la lección. Hermione desearía poder tomar notas para revisarlas más tarde, pero los inmundos tienen prohibido leer y escribir. De hecho, no recuerda la última vez que escribió en un papel, pero suele trazar palabras con su dedo para no olvidar cómo se hace. Otros ya no se acuerdan y se han adaptado a transmitir las historias e información de forma oral. Pero para ella, por algún motivo, es muy importante no olvidarse como comunicarse de forma escrita.
A veces se sorprende que aún les enseñen cosas útiles, como el uso de plantas mágicas o encantamientos básicos del hogar, cuando prefieren que lo hagan de forma manual. Pero supone que es mejor tener un criado eficiente y bien enseñado. De todas maneras, nunca les dan acceso a una varita, solo durante las clases. Cuando tengan a un amo al que servir, este les proporcionaran una.
Hermione siempre recordará la sensación de tener una varita en la mano: cómo con el simple contacto, sin pronunciar ni una palabra, puede sentir el cosquilleo de la magia en la punta de los dedos. La primera vez que tocó una, pensó en cómo sería la sensación de hacer magia sin las pulseras limitadoras quitándole parte de su poder. No tardó mucho en alejar el pensamiento de su cabeza, sabiendo que nunca iba a conocerla. A no ser que quisiese perder las dos manos y luego tampoco tendría con qué sostenerla. Una vez oyó el rumor de que había gente que era capaz de invocar magia sin usar una varita y le había parecido asombroso la cantidad de poder que debían tener esos magos. Ella lo había intentado muchas veces. Se había concentrado en su magia tumbada en su cama, intentando alcanzarla, pero la había sentido tan lejos que al final lo único que había conseguido había sido dolor de cabeza.
Durante toda la clase se centra en lo que cuenta la profesora, haciendo preguntas para reafirmar sus conocimientos. Esta noche cuando esté en la habitación descansando, va a repetir mentalmente todo lo que ha aprendido para absorber los conocimientos. Es la única manera que tiene para intentar retener lo que le enseñan, que, aunque no es vital ni le va a servir para escapar de su destino, nunca sabe cuándo le va a ser útil. Además, a veces tiene la sensación de que algunos profesores dan información que no deberían transmitir. Como la vez en que la profesora Sprout insinuó que si se mezclaban dos hierbas podía ser altamente tóxico o que ciertas plantas podían producir una gran urticaria. En otra ocasión, el profesor Flitwick, cuando les enseñaba a convocar un pequeño fuego para encender fogones en una cocina, les dijo cómo modificar el movimiento para invocar un fuego más grande. Aunque la mayoría de los presentes fueran incapaces de invocar pequeñas chispas.
Termina la clase y la mujer los despide con una sonrisa. A Hermione le cae bien porque es de las pocas personas en el castillo que los trata como humanos. En el camino hacia los invernaderos se despide de su amiga, que tiene tareas en el bosque, y ella se dirige a las mazmorras donde tiene que ir a limpiar calderos. Con cuidado recorre el castillo, deseando no encontrarse con un bendecido, puesto que siempre acaban metida en problemas.
Está llegando a la clase indicada cuando alguien le jala del pelo. Suelta un grito más de sorpresa que de dolor mientras la empotran contra la pared.
—¿Qué tenemos aquí? —sisea su agresor con voz de asco.
No responde. Aparta la mirada sabiendo que mantenerse sumisa es mejor. Sabe quien es: Draco Malfoy, un bendecido, hijo de uno de los mortífagos más importantes del régimen. También conoce los rumores que corren sobre él, que suele acorralar a inmundas como ella en los pasillos, intentando aprovecharse de ellas, aunque luego les escupa.
Intenta mantener la respiración acompasada, aunque el corazón se le haya acelerado, y traga duro esperando que termine pronto y no llegue a hacer lo que quiere.
—Te estoy hablando. ¿No te han enseñado a responder cuando tu amo te habla?
—No tengo un amo, aún —susurra sin mirarlo a los ojos.
—Aún —le responde de forma amenazante.
La mira lascivamente de arriba a abajo. Ella empieza a temblar, temiendo lo que va a pasar. Le coge por el cuello de la túnica y lo rasga, exponiendo su piel. Instintivamente cubre sus pechos con los brazos, aunque Malfoy los agarra y los coloca encima de su cabeza para inmovilizarla.
Lágrimas de impotencia empiezan a resbalarse por sus mejillas al sentir como las manos del joven comienzan a subir por sus caderas. Está acariciando la curva de sus pechos cuando se oye a alguien bajando las escaleras apresuradamente. Durante un segundo, puede ver el miedo reflejado en los ojos del rubio, pero en un segundo ha desaparecido y se ha sustituido por la mirada estoica que siempre tiene. Se aparta de ella, como si quemase y escupe a sus pies. El chico desaparece de allí antes de que aparezca nadie.
Ella se resbala por la pared hasta dejase caer en el suelo. Se le escapa un sollozo, pero se muerde el labio para llorar silenciosamente. Se levanta, se seca las lágrimas y entra en la clase donde tiene que limpiar.
—Llegas tarde —dice el profesor sin mirarla.
Ve como el hombre se gira y la mira de arriba abajo, prestando atención a su túnica rasgada. Ella agacha cabeza en señal de disculpa, sin tener fuerzas para articular palabras.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
Solo levanta la cabeza cuando oye el golpe de la puerta al cerrarse.
oOo
Esa mañana reina el silencio en el dormitorio y en el desayuno. Es la séptima vez que vive ese día, pero hoy por primera vez es la protagonista. Cómo desearía no haberse despertado. Juguetea con la comida, siendo incapaz de ingerir nada. En unas horas va a ser subastada como un trozo de carne y la verdad, se le ha quitado el apetito.
Se levanta de la mesa y se dirige al exterior, desesperada por coger algo de aire puro. Una vez fuera se dirige detrás de los invernaderos donde no suele haber nadie. Contempla el bosque y el Lago Negro en silencio, pensando en el fin de su libertad. Oye como alguien se siente a su lado y sabe que es Colin por su olor.
—Te voy a echar de menos —susurra sin mirar a su amigo.
—Y yo —le responde en un suspiro—. Quién sabe, tal vez el año que viene terminamos en la misma casa.
No lo contradice, aunque sabe que las posibilidades de que eso pase son casi nulas, pero acepta las palabras de consuelo. Se mantienen en un cómodo silencio, sin saber que palabras usar en tal situación. Minutos más tarde, la chica se levanta, sabiendo que se termina su tiempo y que es mejor no hacerlos esperar.
Colin se levanta de golpe y la envuelve con sus brazos. Se permite derramar unas lágrimas en el momento de despedida de su amigo. Termina separándose de él, no queriendo alargar más el dolor.
—Prométeme que no te vas a rendir —le suplica mirándola a los ojos.
—Lo prometo.
—Prométeme que nos volveremos a ver.
—Colin…
—Promételo —le insiste.
—Lo prometo —susurra aun sabiendo que no va a poder mantener su promesa.
Tan pronto le da una respuesta nota los labios del chico encima de ella. No es un beso romántico ni alberga ningún deseo. Es más una manera de sellar su promesa, un gesto desesperado.
Se marcha a paso apresurado, dirigiéndose al dormitorio donde los pasarán a recoger. Se encuentra allí con los demás chicos de su edad, que esperan en silencio. Ve como Justin y Sophie se dan la mano transmitiéndose fuerza. Al cabo de un rato los recogen y los llevan, mediante Red Flu, a la mansión donde tendrá lugar la subasta.
Aparece por la chimenea e instintivamente se sacude el polvo. Los reciben los criados de la mansión, quienes los separan por género y los llevan a salas distintas. Las cinco jóvenes son rodeadas por criadas al poner un pie en el baño, quienes las dirigen a diferentes tinas.
Le piden que se quite la túnica, que tuvo que zurcir después del asalto en las mazmorras, y ella se desviste con manos temblorosas. Se sumerge en el agua ardiente y deja que la criada le enjabone con lo que parece un estropajo. Le frota tan fuerte que siente como se le enrojece la piel por la irritación y piensa que se le va a rasgar la piel. La seca con mucho mimo, como si fuera una niña a la que proteger, y le embardunan el cuerpo con aceites aromáticos que le dejan la piel más suave de lo que la ha tenido en años. Finalmente le cepillan el pelo pegándole fuertes tirones, debido a los nudos que tiene, que le hacen gemir de dolor.
Hermione casi se atraganta cuando le tienden la túnica que debe ponerse. Más que una túnica, parece una toga griega que abraza su cuerpo, que tanto se ha esforzado en ocultar, y expone gran parte de su escote. Casi le parece irónico las molestias que se toman para ponerlos presentables para venderlos.
«Si le pones un lazo a un cerdo parece menos cerdo», puede oír que le dice Colin.
Se coloca al lado de Fay mientras esperan en la pequeña habitación a que llegue el principio del fin de su libertad. No es como si en el centro o en Hogwarts hubiesen tenido libertad, pero al menos no los consideraban esclavos.
Puede oír los murmurios en la sala contigua, los que se ven acallados por otra voz más fuerte. Es incapaz de oír con claridad lo que dice el hombre, pero sabe que acaba de empezar el espectáculo. Escucha la ronda de aplausos y puede imaginar a Justin o a otro de sus compañeros delante de una masa de gente que solo lo ve como un trozo de carne. Se le entumecen los sentidos y pierde la noción del tiempo. Cuando vuelve en sí, la chica que la ha ayudado a prepararse le indica que cruce la puerta.
Temblando, traspasa el umbral y se encuentra con un público más reducido de lo que pensaba esperándola. Ve a un mago calvo con la varita apuntando su garganta hablando, debe usar un hechizo para amplificar su voz, piensa. Se sitúa a su lado siendo semiconsciente de que la está presentando.
—… Obediente, limpia y hábil en las tareas del hogar.
Se toma una pausa para leer el pergamino que tiene en la mano, añadiéndole más dramatismo a la situación.
—Precio de salida: 10 galeones.
Hermione clava la vista a sus pies, siendo incapaz de ver cómo la tratan como al ganado. Tiene miedo de que nadie puje por ella y a la vez no quiere que la compren. Sabe que ninguna opción es buena, pero corren rumores de los qué pasa con los que nadie quiere. Y la verdad es que no quiere acabar trabajando en un burdel.
—10 galeones para el señor Flint.
Susurros llenan la sala, mientras los presentes discuten si deberían pujar o no.
—15 para el señor Lestrange.
Se agarra las manos, que le empiezan a temblar.
—17 para el señor Yaxley.
Empieza a notar como se le debilitan las piernas y piensa que le van a ceder en cualquier momento.
—¡25 galeones! —grita una voz que conoce a la perfección.
—25 para el señor Malfoy —dice el presentador—. A la una, a las dos y a las tres. ¡Adjudicado!
Una ronda de aplausos llena la sala mientras la llevan a una habitación distinta. Le colocan un collar, que, sin que se lo digan, sabe que funciona igual que sus pulseras, con el emblema de la familia que va a servir a partir de ahora; finalmente le quitan las pulseras. Cuando la dejan sola, rompe a llorar silenciosamente.
oOo
No sabe cuánto rato ha pasado cuando la vienen a buscar. Una parte de ella se alivia cuando ve entrar por la puerta una señora regordeta en vez de Malfoy.
—¿Hermione Granger? —pregunta la mujer con voz de pito.
Se limita a asentir y agacha la cabeza en señal de sumisión. La mujer no lleva un collar como el suyo, sino que lleva el emblema de la casa Malfoy en su túnica. Hermione supone que será una hija de inmundos o una mestiza que ha conseguido un trabajo en la mansión de la familia.
—Soy la señora Cattermole, el ama de llaves de la mansión Malfoy —le explica mientras se acerca a ella.
Levanta la cabeza para mirarla. Parece tener la edad de sus padres y una mirada afable, aunque si algo aprendió en el centro fue a no confiar en nadie.
—Toma ponte esto, vas a coger frío así vestida —le dice tendiéndole una capa que no se había fijado que sujetaba—. Vamos a aparecernos cerca de la mansión, tendremos que andar un poco. ¿Te has aparecido alguna vez?
Se pone la capa que le ofrece y niega la cabeza.
—Vas a marearte un poco, sujétate a mi brazo.
Ella obedece y cuando reposa su mano en el antebrazo de la mujer, nota un tirón en el estómago. Se tambalea y se cae al suelo cuando aparecen en un campo. Se levanta enseguida con miedo de ser castigada.
—¿Estás bien? —pregunta la mujer a su lado.
Asiente de forma frenética por miedo a meterse en problemas.
—Vamos, la mansión está detrás de esa colina —dice mientras empieza a andar—. Puedes hablar conmigo, echarás de menos usar tu voz.
Le sigue el ritmo sin hablar. Antes de llegar a la colina, la mujer saca su varita musita algo y se gira para encararla.
—Tenemos unos segundos —le susurra—. Voy a darte un par de consejos. Mantente alejada de los Malfoys, en especial de la señorita. Parece amable, pero es una víbora. Te estrangulará antes de que te des cuenta. En cuanto al joven Malfoy, no uses nunca ropa como la que te han puesto.
—Gracias —musita algo asustada mientras retiene la información.
Siguen el camino en silencio, cruzan la verja metálica y se dirigen a la puerta trasera. De camino divisa unos pavos reales albinos e innumerables jardines. Entran por la puerta de la cocina donde encuentran a una inmunda trabajando. Hermione la conoce, coincidieron durante unos años en Hogwarts, Penélope Clearwater. La señora Cattermole la saluda y la chica responde con solo un asentimiento de cabeza.
Hermione sigue a la mujer, quien ha abandonado la cocina y sube por las escaleras de servicio. Llegan a lo que parece un desván y abre una puerta.
—Esta será tu habitación a partir de ahora —le explica señalando la pequeña estancia con dos camas—. La compartirás con Penélope. Puedes descansar por hoy, vendrá alguien a explicarte tu horario.
Dicho eso, se dirige hacia la puerta, Hermione se acerca a la cama, que parece que está en desuso, cuando la mujer le habla desde el umbral.
—Por cierto, no intentes hablar con Penny. No te contestará, no puede —dice sin entrar en detalles.
Se deja caer en la cama cuando está sola y empieza a llorar en silencio. Al final, parece que los rumores que corren sobre inmundos sin lengua tienen sus fundamentos.
oOo
Cuando despierta esa mañana, se toma unos minutos antes de levantarse. Hoy se cumple un año desde que llegó a la mansión, pero sus pensamientos no se centran en ella, sino que viajan hasta Hogwarts. Ya se lame sus heridas cada noche en el silencio de su dormitorio.
Esa mañana piensa en Colin, lo más parecido a una familia que había tenido durante años en el centro. Al principio, sus pensamientos solían volver a Colin y Sophie, pero con el tiempo aprendió a encapsular sus sentimientos y solo dejarlos salir en días importantes. Hoy es ese día, porque esa tarde será la subasta del chico y, aunque no quiere que comparta su mismo destino, una parte de ella desea que esa noche aparezca por la puerta de la cocina como hizo ella el año anterior.
Desea volver a verlo, oír sus bromas de mal gusto o simplemente estar trabajando en silencio con él. Se toma unos minutos para llorar por su amigo, por no poder estar con él como él estuvo con ella en un momento tan difícil. Espera que termine trabajando en una casa de un sangre pura o un mestizo, cualquier cosa mejor que un bendecido. Sabe que es complicado, puesto que los que suelen adquirir inmundos son los de la clase más alta, aunque duren poco trabajando en algunas familias. Como Penélope.
Penny.
No puede decir que fuesen grandes amigas, es complejo establecer un lazo íntimo con alguien que no habla y no puede escribir para hacerse entender. Pero la chica estuvo allí, ofreciéndole un hombro en el que llorar y pequeñas caricias circulares en la espalda cuando la primera noche rompió a llorar y también las otras veces que la necesito. Su problema fue cruzarse con Astoria Malfoy, la señora de la casa, quien parecía muy simpática, pero despreciaba a los de su clase. Hermione tuvo que limpiarle los cortes, incluso le saturó como pudo un corte muy feo en el antebrazo, cuando la señora encontró a Penélope cruzando miradas con un jardinero. Los cortes malditos estuvieron supurando pus durante una semana. La chica no pudo explicarle lo que pasó, ella tampoco hubiese tenido el valor de preguntar, pero vio el miedo reflejado en sus ojos cada vez que se encontraban en la misma sala.
Fue un accidente. La chica accidentalmente trenzó una cuerda con una sábana y se colgó de ella. Una parte de Hermione la entendió, sobre todo después de sus encuentros con el señor Malfoy, pero nunca se ha atrevido a acabar con su propia vida.
Eventualmente se levanta, alejando todos sus preocupaciones a un rincón para centrarse en su rutina.
El día pasa sin demasiados altercados, el señor está fuera por un viaje de negocios y la señora ha ido a visitar a su hermana, la señora Nott, durante unos días. Por algún motivo, algunos de los criados, inmundos e hijos de inmundos, han estado más inquietos de lo normal, susurrando por toda la casa.
Se encuentra en la cocina, pelando verduras para la cena y la señora Cattermole está trabajando con ella. Está a punto de preguntarle si le algo está mal, porque le tiemblan las manos cuando llaman a la puerta. Se dispone a abrir la puerta, como se espera de ella, cuando la señora la detiene y va ella a hacerlo.
—¿Quién es?
—El fuego no se ha apagado, vamos a volver a encenderlo —responde una voz masculina al otro lado.
Al oír eso, como si fuese lo que esperaba escuchar, se apresura a abrir la puerta. Un chico de pelo castaño y con un parche en el ojo entra.
—Ha llegado el momento de irnos —dice mirando a la mujer mayor—. Soy Seamus Finnigan y he venido a sacaros de aquí.
Hermione lo mira sin poder evitar desviar la mirada hacia el parche y preguntarse qué le pasó.
—Me lo sacaron con la punta de la varita, dolió de cojones —le explica al pillarla mirándolo.
—Hermione, ¿tienes tu varita? —pregunta la mujer quien al verla asentir añade—. Voy a buscar a los demás, quédate con Seamus.
Desaparece a buscar a los demás criados mientras el cerebro de Hermione empieza a intentar entender qué está pasando. Conoce los rumores sobre la revolución, pero nunca les ha prestado mucha atención, pensado que eran solo rumores. El tal Seamus encaja perfectamente con la idea mental que tiene de un revolucionario: lleno de cicatrices y de mirada dura, pero a la vez su sonrisa ladina le hace desconfiar. Durante la espera vuelven a golpear la puerta.
—Debe ser mi compañero —dice mientras repite el mismo código que hace un rato.
Cuando verifica que la contraseña es la indicada, abre la puerta. Tras ella aparece un chico que conoce perfectamente, aunque de expresión mucha más dura que hace un año.
—¿Herms? —musita dando un paso hacia ella dubitativo.
Ella no responde, se lanza a sus brazos y derrama un par de lágrimas de felicidad. Detrás de ellos, el otro chico se aclara la garganta y dice:
—Parece que no va a ser necesaria presentaciones.
Se separa de su amigo y lo mira de arriba a abajo, alarmándose al ver su brazo izquierdo.
—¡Colin, tu mano!
—Al final sí que tuve que sacrificar una mano por mi libertad —dice levantando el muñón, restándole importancia.
—Hablando de pulseras, tenemos que quitarte tu collar —interviene Seamus.
Instintivamente da un paso hacia atrás, llevándose las manos al cuello. Obviamente quiere ser libre, pero no quiere correr el mismo riesgo que su amigo, porque ella no pone en juego solo una mano.
—Tranquila, han perfeccionado el proceso después de mi accidente —intenta calmarla su amigo.
—Además, las pulseras son mucho más sencillas.
Se deja hacer, agarrándole la mano a Colin mientras deja su vida en manos del chico que acaba de conocer. Cuando oye el collar caer al suelo, abre los ojos y levanta las manos sintiendo un poder mucho más mayor que el que ha sentido nunca.
—El poder es abrumador, ¿verdad? —pregunta Seamus a su lado.
Asiente, perdiéndose en la sensación.
La señora Cattermole aparece otra vez, seguida de casi todos los criados de la mansión. Repiten el proceso para quitar los limitadores de poder de todos los inmundos de la sala.
—Nos vamos, manteneos en alerta. —Se dispone abrir la puerta cuando se gira para añadir—. ¿Sabéis algún hechizo protector?
—Todo lo que sabemos es para el hogar —responde Hermione, hablándole por primera vez
—Usad lo que podáis.
Con eso sale por la puerta sin mirar atrás.
oOo
No sabe en qué momento han empezado a perseguirlos, pero ahora los tienen prácticamente acorralados. A uno de los criados lo ha alcanzado una maldición y han tenido que dejarlo atrás para no poner en peligro todo el grupo.
—¡Corred! ¡El refugio está detrás de esa roca! —grita Seamus mientras lanza maleficios hacia los atacantes.
Hermione corre con todas sus fuerzas al lado de Colin, quien repite una y otra vez los mismos maleficios. Parece que las semanas como parte de la revolución le han enseñado cosas más útiles que todos los años en Hogwarts. Tiene ganas de preguntarle donde ha estado, cómo ha llegado hasta el refugio y mil cosas más. Pero con la huida no han tenido tiempo de intercambiar demasiadas palabras, con lo que va a tener que esperar hasta que estén en un lugar seguro.
—¡Aguamenti! —grita apuntando a un encapuchado a su derecha.
Ve como el chorro de agua impacta contra el hombre sin lograr mucho más que empujarlo levemente y empaparlo. Frente a ella, Seamus pronuncia «sectumsempra» y un destello blanco envuelve a su atacante, dejándole profundos cortes por todo el cuerpo.
Sigue corriendo, viendo ya lo que parece la entrada del lugar. Disminuye su ritmo al ver que Colin se ha quedado un poco retrasado, los demás empiezan a adelantarla hasta alcanzar la puerta.
Entonces ve cómo un hechizo alcanza a Seamus en la pierna y se cae de bruces. Colin corre a ayudarlo, cargando parte de su paso en su cuerpo y avanzando de forma lenta. Ella se prepara para defenderlos con los pocos hechizos que conoce.
—¡Inciendio! —chilla hacia el mago más cercano a los jóvenes.
Viendo que no está siendo de ayuda, corre hacia ellos para ayudarlos y poder correr más rápido. Mientras terminan de subir la pendiente, va lanzando encantamientos. Cuando ve que prácticamente les han alcanzado, se separa de sus compañeros y pronuncia por primera vez un maleficio.
—¡Sectumsempra!
Intenta imitar el movimiento de varita que ha visto, pero cuando el destello alcanza al mago, puede darse cuenta de que no lo ha realizado correctamente. Lo que tenían que ser cientos de cortes se convierten en uno único pero profundo. El encapuchado al que ha maldecido se cae al suelo y escupe sangre.
Sigue corriendo para alcanzar a Colin y Seamus cuando escucha una voz masculina detrás de ella.
—Avada Kedavra.
Ante sus ojos, un rayo verde alcanza a su amigo y este cae rígido al suelo. Corre hasta que consigue acunar su cuerpo.
—¡Hermione, corre! —brama Seamus detrás de ella—. No podemos hacer nada por él, ya no.
«Podemos ser libres», aún escucha a Colin decirle.
—Voy a ayudar para que todo el mundo pueda ser libre, por Dennis, por Penny y por ti. Te lo prometo —susurra mientras le cierra los ojos sin vida.
N/A:
Este fic empezó con la idea de que exterminar a todos los muggles y nacidos de muggles sería un trabajo agotador, entonces que necesitada hay si puedes convertirlos a todos en tus esclavos. Aclarar que los inmundos son los nacidos de muggles y los bendecidos son hijos de mortífagos o magos de las familias de los sagrados veintiocho.
Muchas gracias por llegar hasta aquí y a Roxy por el beteo.
