Año 2006 (Luna Nueva)
Los meses seguían pasando, el dolor por la traición seguía ahí; aun habiendo pasado casi un año, no podía verlos juntos ni por separado, Sam seguía yendo a mi casa, lo que hacía que desayunara antes que el resto para no verlo.
Las cosas en la reserva estaban extrañas, a Sam se le unieron Jared, Paul, Embry y Jacob en sus raras misiones, los chicos habían cambiado en solo unas semanas, de cuerpo de adolescente al tamaño de Sam en altura y músculo. El primero que enfermó fue Paul y dos semanas después fue Jacob, después de volver del cine con Isabella Swan, la hija de Charlie Swan, uno de los amigos de mi padre. Ellos también desaparecieron por un tiempo como Sam pero no semanas.
Pronto sería mi cumpleaños número 20 hoy había esquivado a Sam hasta el momento y esperaba que siguiese así. Según había oído a mi padre, todos saldrían a buscar a Isabella Swan, que parece ser desapareció por el bosque después de que su novio la dejara y se fuera de Forks junto a su familia.
Por ello no me había cruzado aun con Sam, algo que agradecía, pero que para mí desgracia acababa de terminar mi buena suerte.
-Vaya, hola Leah, ¿ya te has bebido el vinagre y el limón para desayunar como cada mañana?-preguntó el idiota de Paul, Jacob y Jared se rieron-
Eso me enfureció.
-Chicos basta-dijo con voz dura Sam-Leah…no le hagas caso, ya sabes como son.
-Iros al infierno-dije camino a la playa-
Por lo bajo al alejarme escuché como alguien susurraba arpía.
¿Por qué siempre me tenían que sacar de quicio?
-Leah… Emily ha preparado una merienda para todos en la casa, tú madre va a ir y a ella le gustaría que fueras.
Lo miré enfadada a la cara...
-Ni lo sueñes Uley, como te dije hace un año no quiero saber nada de vosotros, no sé cuándo diablos te vas a enterar, lárgate.
Enfadada entré al agua, realmente me ponían furiosa. Nadé hasta la isla que descubrí y pasé allí el resto del día. Sin notarlo me quedé dormida en la orilla, cuando desperté ya estaba atardeciendo, a lo lejos se veía la fogata que cada noche hacía el consejo.
Ya era hora de volver a casa, una vez en tierra entré en casa, me duché y con un terrible dolor de cabeza bajé a la cocina, para terminar con el problema.
-¿Dónde has estado todo el día Leah?-preguntó mi madre asustándome-
-Joder me has asustado- dije tomando una aspirina y agua-
-Te he estado esperando toda la tarde en casa de tu prima Emily, ¿no crees que ya es suficiente para que le perdones lo de Sam?, ya ha pasado un año.
-No, no es suficiente confiaba en ella, era mi mejor amiga, no, como una hermana para mí, y ¿que hizo ella? robarme a Sam, y mientras ellos están tan felices yo estoy aquí encerrada en este maldito sitio sin poder ir a ninguna parte, vivir casi escondida, para que la maldita gente de este lugar deje de mirarme con lástima. Cada día que pasa los odio más, no puedo verlos, y cada vez que veo al idiota de Sam me dan ganas de golpearlo-grité temblando de furia-
-Nadie te mira con lástima, tú eres la que siente lástima por sí misma, si no sales de este pueblucho como dices es porque no quieres, según tú lo
único que tienes aquí es infelicidad porque el ya no está contigo, pues bien vete, lárgate de aquí.
-Eso voy a hacer, en dos semanas me marcho a Michigan-dije subiendo cabreada a mi habitación-
Al día siguiente…
Era mi cumpleaños número 20 "que ilusión".
Cuando desperté ese día, realmente deseaba que pasase esta semana y media para largarme de este maldito lugar.
Cuando bajé a la cocina tomé algo de desayunar y salí a pasear por la playa, con los minutos empecé a sentirme nerviosa y la adrenalina empezó a viajar por mi cuerpo, por lo tanto, empecé a correr sin parar.
Cuando empecé a relajarme volví a casa, ahora los huesos me dolían mucho y sentía demasiado calor en el cuerpo.
Nada más entrar a casa subí al baño y sin quitarme la ropa encendí el agua fría.
No sabía, por qué sentía tanto calor, pero era realmente agobiante, la sensación duró incluso una vez echada en la cama. La pesadez cada vez era mayor y sin apenas darme cuenta, caí en un profundo y caluroso sueño.
Cuando desperté aún era de noche tenía una compresa húmeda en la frente y se escuchaba bastante ruido por la casa.
Intenté levantarme de la cama, pero todo empezó a dar vueltas y mis huesos empezaron a doler como si fuesen a romperse.
Solté un alarido de dolor a la vez que mi cuerpo empezó a temblar. Escuché como alguien subía las escaleras de forma apresurada y la puerta abrirse.
-Leah, ¿qué te ocurre?-preguntó mi madre asustada-
-No me toques, aléjate de mí.
-Leah ya basta, solo quiero ayudarte.
-Lárgate, acaso no entiendes que no quiero ver a nadie-grité agarrando mis costillas sentada en el suelo-
-Soy tu madre y no voy a dejarte sola-dijo acercándose-
-Ah...ahh-el temblor en mi cuerpo aumentó y el dolor se extendió por mis piernas, brazos y cabeza-
-¡Harry!, Leah no está bien-llamó mi madre-
-¿Qué ocurre? Seth está enfermo y…no puede ser, es imposible-empezó a susurrar mi padre-
-¡Harry! Llama al doctor, Leah y Seth han tenido que coger un fuerte resfriado, los dos están igual.
-Sue, sal de aquí, ve a casa de Billy y dile que venga con la camioneta.
-Pero…
-Haz lo que te digo mujer.
Cuando mi madre salió, mi padre empezó a mirar mi cuerpo y mis ojos, mientras susurraba palabras ininteligibles.
A los pocos minutos las voces de Billy, Jacob, Paul y el resto de chicos junto a Sam y mi madre, se escucharon abajo.
-Leah, tienes que venir conmigo-me dijo mi padre-
-N…No pue….puedo me duele….mu...cho.
-Leah, no discutas yo te ayudo.
Me ayudó a levantarme, pero el dolor se acrecentaba, los oídos empezaron a pitarme, mi padre me tomó en brazos y me saco de casa junto a Seth.
Al cerrar los ojos el dolor se intensificaba. Creía escuchar voces, pero al mirar a mí alrededor todos estaban en silencio mirándome sorprendidos y preocupados.
Hasta que de pronto todo en mi explotó, y al fin el dolor y los pitidos desaparecieron, pero no ocurrió lo mismo con las voces en mi cabeza.
Me tapé la cabeza y en vez de ver mis manos vi unas grandes patas peludas.
Asustada grité, pero en vez de mi voz salió un aterrador aullido. Intenté alejarme, pero me enredé con mis propios pies y caí. De repente vi donde estaba mi hermano, y en su lugar había un pequeño lobo gris y blanco.
Las voces seguían en mi cabeza, cada vez más altas, volví a mirar hacia los chicos y ante mí tenía a cinco lobos más grandes que el que suponía era mi hermano.
Todos parecían discutir, pero no entendía que decían. Hasta que una voz en mi cabeza los hizo callar.
-¡Silencio!, dejar de hablar todos a la vez, debemos explicarle a Seth y Leah lo que ha ocurrido-escuché en mi cabeza, la sacudí para intentar callarla-
-Leah, Seth, soy Sam, tranquilos lo que os ha ocurrido es algo normal, al menos en el caso de Seth.
Ese lobo negro era Sam, pero… ¿cómo?, ¿qué había pasado?
A mi espalda escuché como mi madre llamaba a mi padre preocupada.
-¡Harry!, ¡Harry! ¿Qué te pasa?
Preocupada miré en su dirección, olvidando lo que esas voces hablaban; el rostro de mi padre estaba de un color blanquecino y se agarraba el pecho con fervor.
-¡Papá!-intenté decirle sin éxito-
Corrí hacia él, pero un enorme lobo negro se interpuso en mi camino.
-Apártate, necesito ver a mi padre.
-Leah, tu padre está en buenas manos, ahora mismo no puedes ir al poblado, tanto Seth como tú tenéis que aprender a controlaros para volver a vuestra forma humana y para que entendáis también qué os ha ocurrido.
-Déjame pasar-dije con lágrimas en los ojos-
-Lo siento Leah, pero no puedo dejarte pasar, la gente no puede vernos-dijo empujándome con el hocico-
Cuando andamos unos pasos, me giré intentando huir pero los lobos me rodearon.
-Leah, deja de ser cabezota, cuanto antes lo entiendas, antes podrás irte a casa para saber de tu padre.
Ante esa voz de mando, no pude hacer otra cosa que obedecer. Pasamos horas en el bosque, mientras Sam que era el lobo negro, explicaba por qué nos habíamos transformado y la misión de ello.
Al parecer todas las historias Quilleutes eran ciertas y el deber de los licántropos, que era en lo que me había transformado, era proteger el poblado y al resto de humanos de los vampiros, los cuales estaban rondando cerca del pueblo.
Nos habló del tratado con los Cullen y del límite que ellos no pueden pasar. También dijo que no sabía por qué yo me había transformado ya que en nuestros antepasados nunca se hablaba de mujeres lobo, ya que ellas eran las encargadas de criar y cuidar de los niños con el gen de los licántropos. Que al estar en nuestra forma de lobo nos comunicábamos por la mente y que nos olvidásemos de los secretos porque todos lo sabríamos.
Noticia que me hizo recordar la consulta al médico hace cerca de tres meses, cuando me dijo que puede que padeciese menopausia temprana y por eso tal vez no podría tener hijos.
Y el ser mujer loba confirmaba lo que dijo el médico, siempre sería una mujer defectuosa que nunca tendría compañía.
Las voces de mi cabeza de pronto se callaron.
-¿Qué miráis? Dejad de mirarme con esa cara de pena, no necesito vuestra lástima-dije corriendo hacía el acantilado-
-Leah…-me habló Seth-
-Déjala Seth, necesita estar sola-contestó Jacob-
Cuando llegué al acantilado, las lágrimas ya bajaban por mi hocico. En la distancia vi la luz de mi casa, había mucha gente entrando y saliendo de ella. De repente el silencio fue interrumpido por el grito de mi madre y los llantos de la gente, hecho que me asustó, nerviosa corrí hacia la casa, pero de nuevo me obligaron a retroceder.
-Jacob, necesito saber que pasa-dije en mi forma lobuna aún-
-Leah, sigues siendo una loba, hasta que no te calmes y tu parte humana y animal, no se hagan una; no volverás a tu forma humana.
-Pero…
-No te preocupes iré a ver qué pasa-me contestó-
