Declaimer: Esta historia es completamente producto de la imaginación, una ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
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No hay una edad para empezar a ser galante ni para dejar de serlo
(Lin Yutang)
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Capítulo 20,
Que poco galante
(POV Ronald -Austria-)
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El cielo se había obscurecido fuera de la caverna, las nubes se alzaban siniestras. Aquello se había convertido en una horrorosa experiencia, algo que no repetiría ni aunque me pagaran.
Gilen insistió en seguir buscando a su hermano y alumbrados por linternas nos adentramos en la floresta. Llegado el momento la negrura era tan basta que decidí dar por terminada la búsqueda y hube que llevar a arrastras a Gilen quien no dejaba de despotricar en mi contra y gritarme una larga y cansada perorata acerca de lo grave de la situación y lo poco que me importaba el bienestar de Lutz aparentemente. Yo, que no estaba para nadie y que además odio los espacios cerrados, solo atine a soltarle una palabrota.
Gilen siempre se ha creído el único en el mundo que se preocupa por ese chico, pero se olvida que hemos sido todos los que le criamos y que todos lo queremos. Pero claro cómo explicarle eso a este tarado con complejo de profeta en la tierra.
- Déjame infeliz, lo encontrare yo solo. ¡Dé-ja-me! No tengo tiempo que perder contigo – y el cuerpo del albino se retorcía como lombriz de tierra.
- De eso nada Gilen, si vamos alguna parte será juntos no pienso perder a otro más en este sitio. Además no sé qué más pretendes, es imposible encontrarlo en la noche.
Un argumento obvio si me lo preguntan, pero no para Gilen, que entiende un idioma muy diferente.
- Volveremos con los perros.
- Mañana será ya muy tarde, puede que este desangrándose en alguna zanja asquerosa.
Fue entonces que caí en la cuenta, no sabíamos ni donde estábamos. Saque mi GPS pero no funcionaba, no había conexiones en el área. Tampoco el celular servía, era como si estuviéramos en el triángulo de las bermudas.
- Gilen tenemos un problema.
- No me digas, idiota – el sarcasmo en toda su gloria.
Y el tipo me miro con molestia cruzándose de brazos.
- No sirven nuestros aparatos electrónicos y no sabemos dónde andamos – continúe con paciencia, porque alguno necesita guardar calma.
- Muy buena tu excusa, pero si lo que quieres es irte adelante.
- ¿Puedes dejarte de estupideces, verdammt? Lo estoy diciendo en serio.
Por toda respuesta mi primo se retorció una vez más de mi agarre. Fuerza me dieron los nervios que pese a todo no le solté en ningún momento y hube que esperar a que se calmara antes de enseñarle los aparatos. La noticia le callo como agua helada y de histérico paso a su estado de fría calma, uno que confieso me da más miedo. Después de consultarlo unos segundos nos aprovechamos de un leve sendero para volver a Manarola.
El pueblo iluminado nos recibió a nuestra llegada y las calles concurridas nos aliviaron, debíamos volver donde Sajonia que ya estaría preocupado. Pero el hotel quedaba aún lejos, las estaban piernas adoloridas y el estómago rugía como dinosaurio; así que nos dirigimos a un café. La gente al rededor caminaba dicharachera, conversando nimiedades tan tranquilos con la vida; no los comprendo. La vida me ha dado grandes ventajas, como vivir casi eternamente he podido eludir la muerte, pero aun así no me basta como alegría.
Mi matrimonio tampoco me satisfizo, hice lo que se debía cuando se debía y nunca di de que hablar a los mirones (léase franchute acosador). Aun así no basto como alegría. La muerte de Gerhard, el Sacro Imperio Romano Germánico, había terminado el trabajo colocando la última piedra antes de la avalancha. Su sangre coloreando el verde césped, es una imagen que no he podido borrar de mi memoria. Sajonia corriendo hacia él y mis piernas pesadas como losas incapaces de moverse más rápido. Gilen bajando del caballo con los ojos desquiciados, gritando "un doctor, por dios santo". El caos alrededor desatado y mis brazos aferrándose a su cadáver. Las lágrimas escurriendo de mi rostro, los ojos antinaturales del muerto. La expresión de quien dice, que aún no han terminado sus sueños, que aun tiene mucho por vivir.
La voz de mi primo me saco del ensueño, pedía en un italiano sin acento que le trajeran la carta y preguntaba por el licor disponible. La mesera, una joven muy acuerpada le sonreía coqueta, aunque no sabría decir si era para alentar buena propina.
- ¿Y piensan quedarse mucho tiempo?
La chica le sonreía mas cerca, ignorando por completo mi presencia. Y eso que no me considero feo en lo absoluto, hasta podría jurar que le supero por completo. Al menos ya sé que no es por la propina. Pff, pobre chica. Si me hubiera a mi tirado los tejos, tal vez habría conseguido algo, pero tratándose de Gilen, se cebó el asunto…pues ha sido ella la que así lo ha querido.
- Lo necesario – contesto Gilen desabrido, quien no la miraba si no a la carta. Y eso que la chica era muy guapa, hasta para mis estándares.
Llevaba uno de esos delantales negros y un vestido aún más ceñido, la versión femenina de Luciano si existiese…Un momento, ¡¿qué?! Voy a tener pesadillas, ¡dios no!
- ¿Y tú Ronald? – Ok, hasta hace una hora este tipo estaba histérico, ahora salía muy civilizado y todo, maldito bipolar de mier…
- Una ensalada y te negro - conteste.
La chica me miro fastidiada, porque había tardado muy poco en formular mi pedido y era evidente que ya no tenía razones para entretenerse.
- Enseguida vuelvo – y se aseguró de caminar lenta y majestuosa, provocando que todos los hombres la vieran…bueno, todos excepto mi tarado primo que miraba la calle.
- Bueno, ¿a eso venimos Gilen? – le pique para molestarlo – ¿A qué te ligues meseras? Debería darte vergüenza – y mi voz de sabiondo le irrito un poco.
- No me metas en tus tonterías, que aún tenemos un problema entre manos.
- Como si no lo supiera.
La cena llego en su momento, con Gilen contando los segundos de retraso solo para tener de que criticar a Luciano. La misma chica que nos había levantado minuta, fue la que nos sirvió los platos, siempre sonriendo a Gilen que irremediablemente pasaba de ella. Lo digo, pobre chica.
Qué bien se come cuando tienes hambre, aquella debía de ser la mejor ensalada del mundo y el té, aunque con mucho hielo, el más delicioso también. Hube que contenerme para no comer como cerdo, porque tenía mucha hambre para lucir modales. Gilen hizo una seña a muchacha y pidió la cuenta, causando un puchero de parte de esta.
- Vuelvan pronto – nos despido la ingenua, pasándole una servilleta al albino como quien no quiere la cosa.
- Es inconcebible – se quejó el muy mustio – uno no puede cenar en un café sin que un fresca malinterprete tu presencia.
- Hay si pobrecito.
Me burle más tranquilo, porque un estómago lleno es un estómago contento.
- Seguramente has de haber sufrido una gran ofensa – y no señores, no es que yo este ardido, es que me sacan de quicio las posturas de este tipo. Ahora resulta.
- El león cree que todos son de su condición.
- Imposible dialogar contigo.
Habíamos llegado a frente al hotel, solo quería dormirme.
- Alto Roland – me detuvo el albino - …este no es el mismo.
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Continuara…
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Mane: Pronto, pronto.
