DISCLAIMER: Los personajes de esta historia pertenecen a J.K Rowling. La historia está escrita sin ningún ánimo de lucro.
DESEO INSATISFECHO
Con suavidad paulatina e iluminación casi etérea, un silencio se había instalado en el aire que reinaba en la estancia.
Los últimos reflejos de un sol moribundo entre avisos de tormenta, parecían pedir permiso para bañar el rostro de una joven sentada al escritorio con actitud concentrada.
Un hombre oscuro, pensativo, sabedor de lo inusual de la situación, se hallaba erguido a unos metros de distancia, libro en mano, disfrutando en su fuero interno de unos instantes de dicha robada al Destino.
Pues el hombre observaba, impertérrito su rostro, mas no su mirada, el suave vaivén de un rizo castaño acariciante, sobre la comisura de unos labios entreabiertos.
¿Cómo era posible que las circunstancias hubieran tejido el camino hacia tan inesperada catarsis?
En cadencia imperceptible, los lacios y oscuros cabellos del hombre bailaron rozando su pétreo rostro, en un claro gesto de reflexión.
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-Profesor Snape-.
El docente levantó la vista de los pergaminos que exigían su atención y observó en silencio a la bruja que estaba de pie frente a su escritorio, esperando su primer paso.
-Profesor Snape-.
-Dígame qué necesita, señorita Granger-.
-Verá, profesor. Quisiera solicitarle su opinión acerca de unas pociones que encontré en un antiguo manuscrito sobre ofidios originarios de la Península Ibérica-.
La ceja izquierda del brujo se alzó con sarcasmo aparente, pero con curiosidad interna. Depositó con parsimonia sobre la mesa el pergamino que sostenía con sus dedos, y se recostó con gesto expectante sobre la silla, sus brazos cruzados sobre el pecho.
-Y ¿cuál puede ser el interés que mueve su curiosidad?-
-El deseo insatisfecho, Señor-.
Qué querría decir con eso.
-Necesito que se explique con mayor claridad, Granger-.
La joven inhaló profundamente, dejando que el aire saliera con fuerza contenida. Descendió ligeramente su mirar, y con actitud humilde entrelazó sus manos por delante del abdomen.
-Siento que necesito saber más, Señor. Mi deseo, antaño inconfesable, es el de tener el control sobre todo conocimiento-.
El brujo ladeó la cabeza.
-No es soberbia, Señor. Sencillamente el manuscrito acabó en mis manos y, después de todo lo que ha pasado, lo considero un conocimiento necesario e importante-.
Snape entrecerró los ojos.
-Siento la necesidad constante de estar preparada ante cualquier eventualidad- concluyó.
El docente parpadeó insatisfecho, pues su pregunta no había sido contestada, pero tomó la decisión de dejar el asunto para más adelante.
-Venga a verme a mi despacho después de cenar, ahora ambos tenemos clase. Traiga toda la información que pueda recopilar y buscaremos si en mi biblioteca hay algo con lo que podamos trabajar- con un gesto de la mano, la despidió en silencio.
-Gracias Señor- la joven abandonó la clase.
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El suave tic-tac de un reloj de péndulo surcaba el tiempo en dulce tensión.
Un suspiro inaudible. Un suave rasgar de las páginas de un antiguo libro. Unos leves pasos cerca de la espalda de la joven sentada al escritorio, en eterna danza de quien refleja en su andar, el movimiento constante de los pensamientos.
¿Qué era lo que recorría su cuerpo y que se instalaba sin permiso en su dañado corazón?
¿Qué era esa sensación que invadía sus venas al observar ese rizo prófugo?
¿Porqué él, un hombre con férreo control sobre sus emociones, sentía sus barreras caer ante el inocente gesto de la joven de retirar con un ligero soplido el pelo de su rostro, mientras leía con avidez las antiguas fórmulas del manuscrito?
-Lo encontré- se escuchó en voz baja la voz femenina.
El mago leyó sobre el hombro de la joven y asintió conforme. La bruja elevó su mirada y se conectó con esos ojos negros tan profundos, conocedora de los pocos centímetros existentes entre ambos cuerpos. Y sonrió.
Pasaron unos segundos. Fueron minutos para ambos. No querían romper la conexión.
-Es tarde ya- susurró el hombre. -Si lo desea puede venir mañana a la misma hora para preparar la poción. Comprobaremos su eficacia-.
-Me encantaría, Señor-.
-Puede dejar sus cosas aquí-.
Asintiendo, Hermione Granger retiró la silla con suavidad, devolviéndole el brujo su espacio personal con un paso en retroceso para al mismo nivel, dirigir sus pasos hacia la puerta.
Pero como en danza ya establecida, detuvieron sus pasos para observar, perdidos en sus pensamientos, el implacable fuego que en su lento crepitar, lamía las maderas de la chimenea.
-Me alegro de que se haya salvado, profesor- dijo la joven, rompiendo el silencio -hubiera sido la mayor injusticia de esta guerra-.
-Me dijeron que nunca se separó de mi lado en mi recuperación, Granger. Ahora puedo agradecérselo sin impedimentos-.
-No podía dejarle solo-.
-¿Puedo preguntarle porqué?-
-Yo…- la joven alzó su mirada y de nuevo volvió a sumergirse en la vasta profundidad de su mirada de ónix -lo desconozco-.
Tenía que saberlo. Tenía que sentirlo. Era ahora, o nunca.
Un pálido dedo depositó una suave caricia en el mentón de la hechicera, que cerró los ojos y comenzó a respirar de forma errática.
La caricia subió hasta su mejilla y continuó su recorrido, para al fin sentir la joven, el calor de la mano que rodeó su nuca, con cortesía contenida.
Severus Snape se acercó con precaución y ansiedad hacia el cuerpo de Hermione Granger, observando con intensidad cómo las llamas de la hoguera jugaban en su rostro, creando ilusiones de luz y sombra.
-¿Puedo…?- preguntó en susurro apenas audible.
La hechicera asintió en muda aceptación, pues no había palabras adecuadas para expresar el huracán que se desataba en su interior.
Y al fin, tras tanto tiempo esperando sin saber, sin conocer el anhelo de lo que se avecinaba sin control ni represión moral, al fin la bruja comprendió que sus emergentes pasiones y deseos insatisfechos, solamente podían ser respondidos y calmados por el urgente y cálido beso que el antaño Maestro de las Artes Oscuras depositó con ternura en sus labios.
El sorprendido y repentino conocimiento de saberse inconscientemente deseados, desató un fuego imposible de extinguir, pues quien es herido por la flama del más profundo anhelo espiritual, llevará consigo el ascua hasta el final de sus días.
La pasión, el desenfreno de las caricias, la tormentosa exploración de sus lenguas y la necesidad de fundirse ambos en tan sorprendente locura, fueron protagonistas en el silencio de la más recóndita estancia del castillo.
No hubo testigos. No hubo culpa. No hubo pensamiento contradictorio en sus acciones. Solo hubo la total certeza de arribar a destino. De saberse hechos el uno para el otro. De saber que al fin, sin las ligaduras de la ignorancia, podrían volar hasta lo más alto de su esencia más pura.
Tras largos momentos, el beso se deshizo al fin, sintiendo ambos una desazón esperanzada.
-¿Mañana?- cuestionó la voz masculina.
-Mañana- respondió la voz femenina.
Y tras un leve roce de un penúltimo beso, entregado en la más absoluta rendición, la joven bruja salió del despacho del Maestro Oscuro, cerrando la puerta con suavidad.
