Esta historia participa en el reto «Principios» del foro Alas Negras, Palabras Negras. El fic debía empezar por la frase «El bosque albergaba algo aterrador».

Disclaimer: Brandon el Constructor pertenece a George RR Martin, así como los Otros y el derecho a no acabar la saga jamás de los jamases.


La melodía del bosque


El bosque albergaba algo aterrador.

El niño siempre había vivido con miedo; le resultaba una sensación tan conocida como la textura de la nieve entre sus dedos o el calor de la lumbre. Era un cosquilleo en el estómago que lo acompañaba durante lo que los adultos llamaban el día, que solo se distinguía de la noche porque una tenue luz conseguía colarse entre las nubes perennes; y que se hacía mucho más intenso cuando la noche traía consigo la verdadera oscuridad.

Sin embargo, ningún terror cotidiano podía superar al que lo invadía cuando miraba a través de las estacas que formaban la empalizada que rodeaba su pueblo. Entre sus pequeños huecos podía contemplar el bosque y lo que había en él: la negrura más absoluta, tan espesa que parecía imposible que nada pudiese atravesarla. Resultaba fácil imaginar que encerraba la muerte en ella.

Regresaba a su hogar con las rodillas temblando, el corazón acelerado y una sensación desagradable en el vientre, que solo podía comparar a aquella que le provocaba el hambre los días en los que ni siquiera su padre, el hombre más rico de la aldea, podía procurarles comida.

—Has vuelto a asomarte a la empalizada, Brandon —decía su madre al verlo, sin molestarse en pronunciar esas palabras como si fueran una pregunta—, ¿qué hay que te fascine tanto en ella, hijo?

—Su construcción —respondía él. Tenía vagas memorias del momento en el que había sido levantada, cuando era todavía más niño, y recordaba la fascinación con la que había observado cada parte de ella alzarse. De hecho, Brandon rondaba al constructor de la aldea siempre que podía, deseoso por conocer sus métodos.

—El chico de los Stark es mi aprendiz —solía bromear el hombre.

Un día, una nevada copiosa dejó los techos de las cabañas cubiertos de un espeso manto blanco. El tejado de la casa de las hilanderas cedió a su peso; el constructor acudió a repararlo. Brandon lo acompañó y observó como trabajaba con las ramas de paja y el adobe, hasta que la escasa luz desapareció del cielo y cayó sobre ellos la noche.

—Vuelve a tu casa, hijo. Presiento que la muerte helada podría acercarse hoy —dijo el constructor, al tiempo que recogía sus utensilios—. Los vientos se vuelven más helados cada noche.

Brandon nunca había vivido un ataque de los Otros, su aldea llevaba tiempo a salvo de ellos, pero conocía las historias. Había visto muchos cadáveres en su corta vida: los de aquellos que no tenían nada que cambiar por alimentos, los niños que no sobrevivían al frío, los ancianos que se rendían al tiempo. Imaginarlos alzándose de nuevo llenaba las pesadillas de Brandon.

Pasó ante la empalizada de vuelta a su casa. A pesar de estar ya asustado, o quizás por ello, se rindió al impulso de apoyar el rostro contra la madera helada. Sintió un extraño alivio al comprobar que no veía más que lo que ya conocía: las siluetas de los árboles y la oscuridad tras ellos, pero ningún cadáver atravesando ese espacio vacío.

Entonces lo escuchó.

Le recordó al silbido del viento pasando entre las hojas; al siseo del agua cuando el herrero del pueblo sumergía el metal candente; la nieve crujiendo bajo sus botas. Eran todos esos sonidos y a la vez no era ninguno, era una melodía que no parecía tener sentido y, sin embargo, estaba seguro de que formaba palabras.

Unas frases susurradas con el lenguaje de la naturaleza. La voz que, según los cuentos, emitían los niños del bosque.

Brandon se apretó un poco más contra la empalizada. Su corazón latía con fuerza, pero no tenía miedo, más bien lo contrario. Se notaba reconfortado, como si esos seres lo hubiesen envuelto en un abrazo cálido.

Esperó durante un largo rato a que el sonido se repitiera, pero nada ocurrió. Derrotado, volvió a su casa con la intención de contarle a sus padres lo ocurrido.

—No seas absurdo —fue lo que dijo su padre cuando él acabó su relato—. Los niños viven en los bosques más espesos, muy lejos de aquí.

—Os prometo que lo oí —declaró Brandon, decidido, pero su padre negó con la cabeza.

—Nuestro arciano no tiene rostro y tampoco disponemos de un verdevidente. Ha sido tu imaginación, hijo. —Con esas palabras dio el asunto por zanjado.

A pesar de los temores del constructor, la muerte helada no llegó a la aldea esa noche.

Poco después del amanecer, Brandon visitó el estanque de aguas calientes, que hacía a su aldea singular entre todas las demás. Frente a él resistían un par de arboles que no habían sido tallados: los matrimonios y funerales siempre debían celebrarse en un bosque presidido por un arciano, por mucho que este no tuviese rostro.

A sus pies, Brandon colocó el puñal de hierro que su padre le había regalado. Era lo único de valor que poseía, pero valía la pena entregarlo con tal de volver a oír la melodía de los niños. Nada le respondió pero, al día siguiente, Brandon comprobó que el puñal había desaparecido.

Su madre encolerizó cuando descubrió lo ocurrido.

—Ahora estará en manos de algún aldeano —le reprendió—, y ni siquiera podrás declarar que lo ha robado.

Brandon se negó a aceptar aquella posibilidad. Él estaba tan seguro de que los niños habían aceptado su regalo como de que el viento soplaría al día siguiente; así que, en sus visitas posteriores al arciano, siempre procuró llevar algo consigo, de pedazos de cuerdas de esparto a pequeñas cantidades de pan.

Una mañana, Brandon se arrodilló ante al arciano y encontró, escondido entre las hojas rojizas que habían caído de sus ramas, lo que en primer lugar creyó que era puñal hierro, tan grande como el que había depositado él. Al cogerlo, Brandon descubrió que su textura era distinta al metal y que la tenue luz del sol arrancaba destellos de sus bordes irregulares. En lo que parecía el mango había grabado un extraño dibujo.

—Gracias —susurró Brandon, observando la madera blanca del árbol como si esta pudiera devolverle la mirada.

Aquella noche los fuegos no prendieron, ya que la humedad y el frío impregnaron las maderas destinadas a las lumbres. La oscuridad era tan densa que costaba distinguir las propias manos y nada se podía hacer para evitar temblar, por muchas mantas de piel de las que uno dispusiera. Al amanecer cayó una nevada tan intensa como la que había hundido el techo de la cabaña de las hilanderas y el sol pareció ahogarse todavía más tras las nubes. La felicidad de Brandon por el regalo se apagó como las velas de sebo en las cabañas; ni siquiera ellas parecían tener fuerza para iluminar el mundo.

—No hay que inquietarse —dijo su madre, aunque sus manos parecían sacudirse por algo que no era frío. Brandon recordó entonces los augurios del constructor y le pareció que el aire a su alrededor se volvía denso y pesado, tanto como la espada que su padre le puso en las manos horas después.

—Ve a entrenar—le pidió, con una ansiedad que a Brandon le erizó el vello de la nuca.

Aquella noche, tendido en su cama y tratando inútilmente de conservar el calor, Brandon se dio cuenta de que la tranquilidad que envolvía la aldea no era como la de otras veladas; el silencio se le asemejó a una persona conteniendo el aliento, esperando a que se produjese un suceso temido.

La serenidad desapareció bajo el ruido de las campanas en la empalizada, tañendo con fuerza todas a la vez. Se convocaban cada vez que era necesaria una reunión o una recolecta de tributos; pero jamás habían sonado tan frenéticas.

La puerta de su estancia se abrió.

—Quédate aquí. —Su madre se acercó a su cama rápidamente, portando consigo una daga que dejó en sus manos. El hierro estaba tan frío al tacto como el hielo—. Por los Dioses, no salgas.

Brandon abrió la boca para contestarle, pero todo lo que le salió fue un quejido ahogado.

Las campanas seguían gritando, los hombres exclamaban con ellas. Su madre se marchó de su habitación; Brandon no pudo detenerla. La sensación de terror le agarrotó las piernas e incluso moverse hacia su arcón le costó un esfuerzo considerable. Soltó la daga y buscó el cuchillo que le habían entregado los niños; cuando dio con él, lo sujetó con tanta fuerza que el relieve en su mango se le clavó en la palma.

Oyó un golpe a lo lejos, parecido al sonido de un tronco al caer al suelo, o tal vez al de las estacas de la empalizada al ser derribadas. Hubo más gritos y, por encima de ellos, Brandon creyó distinguir el aullido de una ventisca helada, imponiéndose a los chillidos de los habitantes de la aldea.

El niño se encogió tras el arcón; por sus mejillas caían lágrimas que se le congelaban antes de llegar a la barbilla. El viento helado fue acercándose a su casa, inexorable, haciendo que las voces y el sonido del acero desaparecieran a su paso.

El grito de su madre fue engullido por la ventisca. Con un gemido, Brandon se apretó todavía más contra el arcón, buscando su inútil protección.

La puerta se abrió. A pesar de lo asustado que estaba Brandon se asomó, deseando que fuese su madre la que había regresado.

Al avanzar, la criatura no hizo ruido alguno. La oscuridad era tan intensa que Brandon solo podía distinguir su silueta y el débil brillo de unos ojos azules; hasta el instante en el que el ser se agachó ante él. Su piel era blanca y llevaba una capa de acero como Brandon jamás había visto, reluciente y oscura a la vez. En un extraño pensamiento, al niño le pareció que la criatura debería emitir algún tipo de hedor, pero lo único que traía consigo era frío. Cuando el niño inspiró le pareció que alguien había colocado un pedazo de hielo sobre su pecho, oprimiéndolo.

El ser levantó el brazo. Incluso en la oscuridad, Brandon fue capaz de distinguir el filo de una espada que, como su armadura, era brillante y apagada.

Brandon actuó por instinto. Usando un tipo de golpe que había aprendido de su maestro en armas, hundió el cuchillo de los niños en el pecho de la criatura, hallando a su paso una textura similar a la de la ceniza que quedaba en una hoguera.

La criatura abrió la boca, pero de ella no salió ninguna evidencia de dolor. Los ojos azules relucieron al tiempo que su piel se desquebrajaba. Cuando cayó sobre las piernas de Brandon al niño le pareció que era líquido como el agua: dio patadas para quitárselo de encima, pero en unos segundos se había desvanecido por completo, dejando los mismos rastros que las pesadillas.

Brandon apretó el cuchillo contra sí, tratando de respirar. Fuera, la ventisca continuaba deslizándose sobre su aldea, devorándola lentamente, hasta que el silencio descendió de nuevo sobre el pueblo, más pesado todavía que el anterior.

El niño esperó a que llegase el día, pero la luz que trajo consigo difícilmente podía considerarse como tal. Para apartarse del arcón tuvo que arrastrarse, ya que sus piernas se negaron en un primer momento a responderle.

No encontró a nadie al salir de su estancia, ni en la alcoba de sus padres ni en la habitación principal. Tampoco quedaba un alma en el pueblo. Las puertas de las cabañas se encontraban abiertas, la sangre había salpicado el manto blanco a sus pies, las armas estaban esparcidas por el suelo, abandonadas junto a pequeñas depresiones en la nieve que indicaban que alguien había estado tumbado allí por un tiempo.

Esos cuerpos ya no permanecían en el mismo lugar.

Brandon llegó hasta la empalizada. Una parte de ella había caído, dando entrada a los monstruos que acababan de arrebatarle todo lo que le era conocido. Puso una mano sobre la madera y empezó a llorar.

Entonces volvió a escucharlo.

El susurro de una hoja al ser alcanzada por la brisa. El rumor del agua empujada por el río.

A Brandon le pareció que sus miembros se desentumecían, atrapados por una sensación cálida. Oteó el bosque que ahora se abría ante él, sin barreras, y supo lo que debía hacer.

Los muertos no se habían llevado la comida o los enseres de su aldea, así que Brandon regresó a su hogar para recoger todo lo que pudo encontrar, movido por el impulso que parecían haberle dado las palabras de los niños, esas que todavía no podía entender pero que algún día aprendería a hablar. La escarcha en sus mejillas desapareció bajo el calor de unas nuevas lágrimas, pero no dejó que su tristeza lo detuviera.

Una vez provisto, visitó el arciano. Brandon no era un verdividente ni un niño del bosque, pero si todas las historias eran ciertas, entonces debía creer que un rostro dibujado sobre la corteza tenía poder. Así que, con el cuchillo, dibujó unos ojos y una boca, rezando por el día en el que esos rasgos pudieran ver a su pueblo volver a la vida.

Regresó a la empalizada y tocó de nuevo la madera, despidiéndose de ella con una promesa.

«Te levantaré otra vez, más alta y fuerte».

Inspiró y, sin darse más tiempo para temer, echó a andar hacia el bosque, ese lugar que albergaba cosas aterradoras, pero también hermosas; como la melodía de unos niños que llamaban, invitándolo a cumplir con su destino.


NA.

El canon menciona que Brandon estuvo en contacto con los niños del bosque y aprendió de ellos durante la Larga Noche. También se dice que la Larga Noche duró una generación, pero yo la he imaginado como algo gradual que empezó en la infancia de este personaje, y que los niños del bosque hablaban una lengua extraña que parecía sacada de los sonidos de la naturaleza.

Los Stark todavía no son reyes en esa época, de ahí que los haya imaginado como una relativamente familia poderosa y rica... dentro de un mundillo que tampoco es lo que imagino que podía ofrecer XD Y supongo que no hace falta que os diga cuál es la aldea de la historia y en qué va a convertirse ;)

Si no queréis que los Otros os hagan una visita, podéis pulsar ese botoncito que pone "review". Y gracias por leer :)