Capítulo 1.

—¡Te voy a convertir en escarcha, Bjorgman!

Kristoff alzó la mirada sobresaltado. Hasta ese mismo instante, se había estado esforzando por concentrar sus pensamientos únicamente en el hielo, en hacer el corte perfecto, en obtener un pulido resultado del que sentirse orgulloso y, sobretodo, en no caer en las gélidas aguas bajo él. Cualquier cosa que distrajese su pensamiento lo suficiente como para despejar su mente del constante vaivén de ideas y dudas sobre lo ocurrido.

Sin embargo, allí, en medio de la nada, sus ojos se encontraron con los de Elsa; con los de una visiblemente molesta Elsa. El aire etéreo y puro que siempre emanaba desde que había encontrado su identidad como quinto espíritu había sido sustituido por un aura espinosa y eléctrica que dejaba claro que no había margen para dar ni un sólo paso en falso.

—Elsa…

—Vas a decirme ahora mismo qué haces aquí en medio de las montañas mientras mi hermana llora sola en su habitación si no quieres ser un carámbano más del paisaje.

El muchacho tragó saliva.

—Yo… verás…

La imagen de Elsa en esos momentos era lo suficientemente intimidante como para nublar un poco sus pensamientos. Con cuidado, repasó mentalmente sus palabras buscando lograr que su explicación fuese lo suficientemente comprensible como para que ella no descargase sus poderes sobre él. Sin duda, lo primero era salir del lago helado antes de provocar un accidente.

Elsa se iba impacientando ante el largo tiempo que le estaba tomando aquella reflexión.

—Deja que vayamos a un lugar más seguro y allí te explicaré por qué… ¡Espera! —reaccionó finalmente — ¿Has dicho llorando? ¿Anna está llorando?

Una sincera expresión de preocupación y pesar se reflejó en el rostro del chico, lo que calmó un poco la ira de Elsa.

—Está bien. Tienes una oportunidad —le espetó cortante y fría.

Kristoff recogió sus bártulos con cuidado y los puso sobre el trineo donde su amigo Sven disfrutaba de las caricias que Elsa tenía para él. Con algo de incomodidad, ambos se subieron y Kristoff les guió hacia una zona arbolada libre de hielo. Allí, sobre unos grandes pedruscos, se sentaron frente a frente; ella digna y airada y él cabizbajo y pensativo.

El cálido aire de aquella mañana de verano soplaba entre los árboles y le regaló a Sven un buen rato de relax al lado de su compañero.

—Te escucho —dijo Elsa algo apremiante.

Kristoff suspiró.

—Amo a Anna —comenzó a decir mientras acariciaba la cabeza de su amigo—. Nunca he tenido la menor duda. Desde el principio me di cuenta de que estaba loca. —Una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro hasta que se dio cuenta de cómo se iba frunciendo el ceño de la chica. —¡En el buen sentido! Es valiente y divertida, honrada, muy espontánea, optimista, fuerte, tierna, a veces un poco infantil, es capaz de darlo todo por los demás, siempre defiende sus ideas a muerte y lucha con todo lo que tiene; nada la detiene. —Una leve sonrisa escapó esta vez por la comisura de los labios de Elsa, lo que le dio un respiro a él para seguir hablando con más calma. —Además, está demostrando día a día que no hay mejor reina que ella: es cercana con la gente del reino, amable, mira por el bien de su gente más que nadie y se esfuerza muchísimo para que todo vaya bien.

Elsa carraspeó incomodándole de nuevo y él se sintió tonto por confiarse y hablar de más.

—No me malinterpretes, no significa que tú no lo hicieses, es sólo que bueno, ella…

Kristoff rascó con algo de desesperación su nuca sin saber cómo salir de aquel jardín y Elsa rio.

—Está bien. Continúa. ¿Qué ha pasado?

Él sintió alivio y agradeció con un asentimiento y una mueca que le diese aquella tregua. Entonces sus ojos se fijaron en una pequeña piedrecita que había a sus pies, y continuó mientras intentaba jugar con ella con la dificultad que aquello representaba por culpa de sus enormes botas.

—Ya hace tiempo que me he dado cuenta de que no soy bueno para ella.

Ella arqueó una ceja con sorpresa.

—No me irás a decir que a estas alturas te estás acomplejando porque eres un repartidor de hielo y ella una reina, ¿no?

Ahora fue el chico el que frunció el ceño.

—Pues no era eso, pero gracias por incidir con tanta claridad en esa idea. Ahora me siento mucho mejor —contestó con un tono algo sarcástico.

—No te equivoques, creo que tu trabajo es honrado y difícil, y te ha ayudado a ser la persona que eres. Sólo no quiero que te avergüences de ello. Para ser rey también es importante saber qué necesidades tiene la gente, y para eso estás mejor preparado que nosotras. —El chico la miró realmente sorprendido y algo sonrojado.

—Me siento bien con quien soy siempre y cuando la pueda hacer feliz. Me siento orgulloso de cómo saco adelante mi trabajo, y de haber salido adelante como lo he hecho, aunque buena parte de ello se la debo a Sven y a los trolls; tampoco me asusta especialmente ser rey si es a su lado. No me importa cambiar de vida; ya le di muchas vueltas antes de proponerle matrimonio y siempre llegué a la misma conclusión: merece la pena. El problema es otro —dijo bajando de nuevo la mirada.

Elsa ladeó la cabeza haciendo su mejor esfuerzo por entender las palabras de aquel chico que se desvivía por una mujer a la que había dejado sola.

—Me pregunto si realmente puedo hacerla feliz. Creo que le gusto, pero no sé si realmente me ama. Antes lo tenía bastante claro. Ella siempre tenía esa maravillosa sonrisa para mí, me hablaba con franqueza, a veces con demasiada, pasábamos mucho tiempo juntos y era realmente divertido, nos apoyábamos el uno en el otro, hablábamos sin parar durante horas... Sentía que nos entendíamos, que éramos un equipo. También tenía bastante claro que no podía rivalizar contigo en su lista de prioridades, te adora y además vive marcada por el miedo a perderte de nuevo. —Elsa agachó sus ojos con algo de culpa. —Eres su única familia, se siente muy unida a ti y sé que nunca llegaré tan alto; pero tampoco aspiro a hacerlo.

—Kristoff…

—No te preocupes, me conformaría con el segundo lugar. —Sonrió entre triste y comprensivo. —Cuando volvimos del bosque encantado… —continuó –comencé a preguntarme si realmente significaba algo para ella. Sé que es un poco irreflexiva e impulsiva, pero se jugó la vida repetidas veces sin dudarlo un segundo si quiera. Sin dedicar ni un instante a pensar qué sería de mí si ella desaparecía. Mis sentimientos no contaban. Entiendo que quería protegerte, que temía perderte, y permíteme decirte que no iba muy errada…

—Ya… —dijo Elsa con una sonrisa de culpa sabiendo que aquella vez se dejó llevar más de la cuenta.

—Pero, me habría gustado que nuestra posible vida juntos hubiese existido en sus pensamientos en algún momento antes de decidir, por ejemplo, que la mejor manera de tirar una presa era dejar que un montón de gigantes la aplastasen…

Se hizo un silencio que ambos aprovecharon para hacer un poco de reflexión introspectiva.

—Puedo vivir con ello. Cada uno tiene sus traumas y siempre supe que ése era el suyo. Le habría acompañado siempre para ayudarla a luchar contra él si sintiese que soy el adecuado.

—¿Y qué te hace pensar que no lo eres?

—Desde el día de la coronación me ha hecho el vacío.

—¿Qué? —Elsa se extrañó hasta el punto de creer que Kristoff mentía. Ése no era el estilo de su hermana.

—Igual no el vacío… No sé… Sé que ser reina la tiene muy ocupada y que es cansado, pero… cuando tenemos algún rato para estar solos, prácticamente no me dirige la palabra y en seguida busca alguna excusa para irse a otro lado. Olaff me contó que aun después de convertirse en reina seguía dando largos paseos con él hablando de sus cosas. Lo decía realmente feliz, sintiéndose importante para ella.

»Además, desde que quedó aplazado el tema de la boda para preparar la coronación, no ha vuelto a sacar el tema. Hace medio año que fue coronada… No creo que realmente quiera casarse conmigo.

Elsa se frotó el mentón pensativa y con el semblante serio. De repente, se animó a hablar:

—Kristoff… ¿has pensado que es posible que haya algo en lo referente al matrimonio que le pueda preocupar?

—Claro, el novio.

—No, no eso… —Elsa buscaba con cuidado sus palabras intentando no tener que oírse diciendo cosas que no quería oír. —Ya sabes, con el matrimonio llega…

—¿El qué? No te sigo, Elsa.

—Vamos, Kristoff, no me hagas decirlo. ¡Hablamos de mi hermana!

—La… ¿monotonía? —dijo tratando de adivinar los pensamientos de la chica.

—¡La noche de bodas, Kristoff! ¡Lo que pasa en la noche de bodas!

Las mejillas de Elsa se sonrojaron y sintió tanto calor en ellas que las tuvo que cubrir con su heladas manos.

—¿Eh? ¡Ahhhh! Pfff… ¡Jajajajaja! —Kristoff no pudo contener la risa ante lo ridícula que le parecía aquella conversación y ante la expresión de Elsa que le hizo darse cuenta de que era bastante más inocente de lo que él pensaba. Se secó una lagrimilla que se le escapó por el rabillo del ojo y se esforzó por parar de reír. —No… no creo que eso le preocupe ya.

—¡¿Perdona?! —Elsa se levantó bruscamente de su improvisado asiento y miró con furia al chico que sintió cómo se empezaban a escarchar su ropa y su cabello.

—Vamos Elsa, no esperarías que… —Su mirada dejaba claro que sí que lo esperaba. —¡Llevamos cuatro años saliendo! —dijo él extendiendo y agitando sus brazos intentando expresar lo lógico que le parecía aquello.

Elsa cerró los ojos, respiró hondo y se sentó de nuevo.

—Supongo que ése no es mi problema… —dejó caer con frialdad mientras él se sacudía la escarcha. —¿Has intentado hablar con ella?

Kristoff notó cómo cambiaba de tema para dejar de pensar en lo que acababa de descubrir y le pareció una excelente idea.

—Por supuesto. Al principio pensé que podía haberla ofendido de algún modo, que estaría enfadada conmigo. Estuve intentando día tras día hablar con ella para aclararlo, que me dijese qué había hecho mal. Pero nunca me dio margen suficiente como para preguntar. Lo intenté hasta el último día, pero siempre huye con una sonrisa forzada. Al final asumí que no me iba a dar la oportunidad, así que le escribí una nota que le entregué a Kai para que se la diese a ella y me volví a donde pertenezco. —Peino su flequillo hacia atrás con sus dedos manteniendo la cabeza muy gacha en una mezcla de desesperación y desesperanza. —Al menos aquí no veré cómo rehace su vida con otra persona…

Elsa sonrió con ternura.

—No deja de sorprenderme hasta dónde eres capaz de llegar por ella.

—Hasta donde ella estaría dispuesta a llegar por ti —dijo con una mueca de resignación.

La chica se levantó y se sentó un poco apretada al lado del muchacho. Le pasó el brazo por encima del hombro y apoyó su cabeza sobre el hombro que quedaba a su lado.

—¿Sabes? —Él ni siquiera levantó la cabeza. —Llevaba dos semanas sin recibir respuesta de Anna a mis cartas. Al principio supuse que estaba liada; sé lo que es ser reina. Pero ella siempre me contestaba religiosamente a cada una de ellas en un máximo de dos días, así que a esas alturas ya estaba muy preocupada y decidí venir a ver si había ocurrido algo. Cuando llegué, nada más cruzar el portón, Olaff me recibió con los brazos abiertos, y eso me dio la tranquilidad de que nada grave ocurría, pero su expresión no era la de siempre. Le pregunté por Anna y me contó tremendamente preocupado que hacía dos semanas que te fuiste de palacio con Sven justo después de pedirle que cuidase de Anna. Me contó que fue corriendo a ver a Anna para entender qué estaba ocurriendo y que la encontró en el pasillo, en frente de su habitación, leyendo un papelito. Acto seguido, antes de poder dirigirse a ella, entró como una flecha al cuarto y se encerró dentro. La llamó y la llamó, pero no salió, ni abrió, ni volvió a dejar entrar a nadie.

—Anna… —dijo con pesar. —¿Estará enfadada por irme sin despedirme?

—Deja que siga y lo entenderás mejor.

Él asintió y Elsa continuó con su relato.

—Cuando me dijo eso, fui yo misma la que fue a la carrera hacia su habitación. De camino me encontré con Kai, que me informó de que la reina estaba en un momento complicado y de que no accedía a dar la cara, pero que seguía cumpliendo con sus deberes básicos desde su alcoba. Le agradecí la información y me apresuré a encontrarme con ella. Llamé a su puerta y…

—¿Qué te dijo? ¿Cómo estaba? —preguntó el muchacho levantando la cabeza con algo de impaciencia.

—No me abrió la puerta —añadió Elsa negando con la cabeza suavemente.

—¿A ti?

La muchacha sonrió de nuevo ante la sorpresa del chico.

—Así es. Insistí mucho, muchísimo; le grité enfadada; ¡incluso la amenacé! Y no dijo ni una palabra. Asustada por si le había ocurrido algo y se sentía indispuesta, estuve a punto de congelar las bisagras de la puerta para romperlas y entrar a la fuerza, pero entonces la oí sollozar. No había rabia ni dolor en su llanto, sólo pude sentir una profunda pena…

Él sintió una punzada en el pecho y comenzó a tensar los músculos.

—En ese instante, supe que tú eras la causa y corrí con todas mis fuerzas y mi rabia para hacerte pagar por hacer sufrir a mi preciosa hermanita. Y aquí estamos. —Hizo un breve silencio. —Ahora te entiendo mejor, pero creo que estás equivocado.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él algo esperanzado.

—Anna odia estar sola. Ni la muerte de nuestros padres hizo que se aislase; necesita el contacto humano. Es cálida y el calor de los demás alimenta el suyo. Para que ella misma se aísle, el dolor que debe sentir tiene que ser más grande y pesado de lo que ha experimentado nunca. Más que perder a nuestros padres; más que perderme a mí.

—Elsa…

Ambos se miraron fijamente a los ojos descubriendo una conexión entre ellos. No hacían falta las palabras; los dos sabían exactamente lo que iba a pasar.

—Adelante —le dijo ella asintiendo con la cabeza.

—¿No vienes? —contestó extrañado él.

Elsa negó con la cabeza mientras ambos se ponían de pie.

—Esta vez necesitáis estar solos. Ya me avisaréis con lo que haya. —Le guiñó un ojo y comenzó a andar en dirección opuesta al palacio. Entonces, un tremendo abrazo de oso por la espalda la sorprendió.

—Gracias, Elsa.

Antes de poder mediar palabra, Kristoff ya estaba corriendo con todas sus fuerzas montaña abajo mientras Sven le intentaba alcanzar cargando el trineo a sus espaldas.

—Anna, eres una chica afortunada —susurró Elsa mientras veía cómo desaparecían los dos por el camino.

Sven logró llegar hasta Kristoff y éste se subió a la parte delantera del trineo.

—¡Vamos amigo! ¡Nos vamos a ver a Anna!