Capítulo II: Tormenta (Kurapika)
Había pasado una semana desde que Kurapika partió en su viaje para pasar el Examen de Cazador y conseguir la preciada licencia. Llevaba casi tres días a bordo del Kaijinmaru, una de muchas embarcaciones que por estas fechas tenían el oficio de acercar a los aspirantes hasta el lugar en que se llevaría a cabo el examen. Acababan de llegar a Isla Ballena, la última parada antes de seguir hasta Dolle. Kurapika estaba en la cubierta, tratando de comer mientras admiraba la vista del lugar.
"Una isla con forma de ballena. Eso no es algo que veas todos los días"
Aunque su forma era llamativa, Kurapika consideraba que el lugar parecía demasiado pequeño e insignificante como para que siquiera valiera la pena parar allí a buscar personas, lo más probable es que el capitán haya tomado esta ruta por otra razón.
"Quizás tiene algo que ver con ese sujeto."
Entre todas las personas que tripulaban el barco había una que parecía distinta. Kurapika no sabría decir por qué, pero en su mirada podía sentir que tenía mucha más experiencia que todos los aspirantes juntos. Simplemente lo sentía. El sujeto se llamaba Kite. O eso había escuchado. Lo había visto conversando con el Capitán en un par de ocasiones. Kurapika sospechaba que los dos hombres eran amigos o que al menos se conocían desde antes. Kite incluso había tratado de establecer una conversación con él, pero Kurapika nunca había sido alguien de muchas palabras, y su respuesta cortante debió quitarle todas las ganas de seguir intentándolo. De hecho, en estos días Kurapika no había intercambiado palabras con nadie en el barco, salvo por él. Generalmente era así, las relaciones sociales no eran su fuerte.
—¡¿Yo otra vez?! ¡Vamos! ¡Esta es la tercera vez seguida! —Unos hombres estaban apostando con cartas a unos metros de allí. La persona que gritaba era el menor de ellos.
—Las apuestas son apuestas.
—¡Demonios, esto no se vale! —el chico arrojó unas monedas contra el piso de la cubierta. Los demás hombres rieron.
"Detesto a ese tipo."
Kurapika había escuchado su nombre, se llamaba Leorio. Aparte de Kite, Leorio era quien más le había resaltado de todas las personas en el barco. Los demás tripulantes parecían ser tipos duros. Llevaban armas y ropas desaliñadas. Eran guerreros y bandidos buscando la mejor vida que la licencia de cazador les podría entregar. Pero Leorio iba bien vestido, con un traje de negocios y una maleta, como si se hubiera preparado para una entrevista de trabajo en vez de una competencia. Parecía más un vendedor de seguros o un timador que alguna clase de guerrero o deportista. Y tenía la labia de un timador también, no se callaba nunca, y si había algo que Kurapika detestaba, eran las personas que no sabían cuándo callarse.
—Sabemos que eres joven, pero no tienes por qué mentir —dijo uno de los hombres.
—¡Es verdad! —respondió Leorio.
—Sí, y Lupita Lefort fue mi ex novia. —Los hombres rieron.
—Bueno, no me crean, pero la conocí —parecía irritado porque no le creyeran—, en ese tiempo todavía no era tan famosa.
—Como sea —dijo un viejo del grupo—, Rora Bem no es la gran cosa. No has conocido ninguna mujer hasta que no llegas a Begerossé. Todas las chicas allá miden casi dos metros, tienen el pelo celeste, las piernas largas y son blancas como el marfil. Ni hablar de los bustos. ¡Bufff! Les contaría mis historias, pero quedarían tan sólidos que no podrían dormir hoy en la noche. —los hombres rieron. Uno de ellos miró a Kurapika mientras le susurraba algo a los demás que los hizo reír más todavía.
"Hombres. Lo único que hacen es hablar de sus hazañas y mujeres. Qué vergüenza."
Kurapika siguió comiendo, tratando de ignorarlos.
El Capitán apareció por la escotilla, y le siguió Kite, quien cargaba una maleta. El Capitán se despidió de él con un apretado abrazo, y Kite se quedó inmóvil, como si no se lo esperase.
—Oye chica —alguien del grupo le habló por atrás. Era un hombre alto, musculoso y lleno de cicatrices— ¿Qué haces hoy en la noche? —Los demás se rieron.
"Neil…"
Kurapika lo miró con ojos serios, helados como el hielo. Pensó en responder, pero algo llamó su atención a la distancia, era la voz de un niño.
—¡Papá! ¡Papá!
Kurapika se acercó a la borda, y observó aquella reunión familiar.
—¡Ging! —respondió Kite, que abrió los brazos mientras el niño corría hacia él. Cuando llegó, lo levantó y lo apretó entre sus brazos.
—¿Qué dices? —Neil interrumpió su vista de la situación.
—Piérdete —le respondió Kurapika, tan cortante como pudo.
El hombre rió, le tiró un beso y se fue otra vez a donde su grupo.
Neil era el otro tripulante que más lo irritaba. Lo había visto gastar bromas pesadas a los demás. La mayoría simulaba recibirlas con buen humor, pero era obvio que sólo le tenían miedo.
La tarde pasó, y el Kaijinmaru zarpó otra vez, dejando atrás a la isla con forma de ballena.
En la mitad de la noche, una gran tormenta les cayó encima repentinamente. El alboroto despertó a Kurapika.
"Lo que faltaba."
Las personas corrían de arriba a abajo. Los choques de olas y vientos huracanados eran acompañados por los gritos de los aspirantes a cazador, muchos de los cuales enfrentaban su primera tormenta en la vida. Algunos se aferraban a la nave como podían, otros, yacían tirados en el piso, inconscientes, y unos cuantos sólo lloraban.
El barco tenía dos cámaras para el público general, y cabe decir que no eran muy cómodas. Sólo tenían literas de maderas y hamacas para veinte personas cada una. Dormir en un lugar así, incluso sin la tormenta, ya era casi imposible. Kurapika compartía la habitación con diecinueve personas más, y ninguna parecía que estaba preparada para eso.
La hamaca en la que estaba acostado se movía demasiado, así que decidió bajarse y sentarse a leer en el piso.
Aunque parecía estar concentrado en esa tarea, en realidad estaba muy atento a todo lo que ocurría.
—¡Necesitamos ayuda arriba, no somos suficientes! —Neil entró gritando en la cámara de Kurapika. Pateó uno de los cuerpos en el piso, y comenzó a dar órdenes como si fuera el capitán. Ni siquiera era parte de la tripulación.
—¡Tú! —dijo apuntando a Kurapika—, ¡ayuda a reparar las velas!
Kurapika sólo le dio una corta mirada y luego siguió leyendo. Los demás observaban aterrados la situación. Neil era un criminal famoso en su país. Todo el tiempo estaba alardeando sobre su vida, así que Kurapika sabía mucho sobre él. Había sido condenado a treinta años por asesinar a dos mujeres, y dentro de la cárcel mató a unas cuantas personas más, pero después de un par de años de estar encerrado comenzó a asistir a la iglesia y le bajaron la condena a sólo diez. Con 34 años acababa de salir libre hace unas semanas, y no se le ocurrió mejor forma de volver a las canchas que tomar el Examen de Cazador de este año.
—Te estoy hablando —se acercó, un poco más de la cuenta—. Oh, pero si eres tú, la señorita del barco.
Kurapika dejó su libro a un lado y se paró para enfrentarlo. Su cuerpo enorme hacía que Kurapika pareciera un niño de primaria en comparación. Pero no se dejaba intimidar por nada, ni nadie.
—¿Qué? —le dijo el hombre—. ¿Por qué me miras así? —Kurapika siguió mirándolo desde abajo, sin responder—. ¿Qué pasa? ¿No te gusta que te diga señorita? Ja ja. Vamos, si ambos sabemos que lo haces a propósito… —Neil intentó agarrar a Kurapika por la cintura, pero apenas tocó su camisa con las yemas de sus dedos, Kurapika se quitó la enorme mano de encima con un filoso y preciso golpe.
—No me toques.
El lugar quedó en silencio. Nadie se había atrevido a defenderse de Neil desde el primer día, cuando otro hombre tuvo la estúpida idea de empujarlo después de que Neil hiciera un comentario sobre su cabello. Neil lo arrojó por la borda luego de darle una paliza.
—¡Eres una...! —antes de que pudiera terminar se escuchó una alarma anunciando que se acercaba una gran turbulencia. Sólo Kurapika lo entendió, Neil no había prestado atención a las normas de seguridad que todos escucharon el primer día.
Kurapika se apartó de un salto y se aferró a una de las vigas. Otros aspirantes también alcanzaron a reaccionar, pero la mayoría no. El barco se sacudió de tal forma que Neil salió expulsado de la cámara y chocó contra la pared del pasillo, quedando inmediatamente inconsciente.
Pasados unos minutos, una vez que todo se estabilizó, Kurapika vio cómo muchos bajaban. Entre ellos estaba Leorio, con su estúpido traje de negocios. Tenía la misma cara tonta de siempre, como si no le importara nada. Apartó un par de cuerpos que había cerca de una pared, y se echó a dormir entre ellos.
"Debe haber terminado", pensó Kurapika. Buscó su hamaca, se subió en ella, y trató de seguir durmiendo.
Al amanecer, Kurapika despertó y observó la situación: Seguía igual de desastrosa. Había muchos malheridos, pero habían recibido primeros auxilios. La única persona que parecía estar completamente bien era Leorio, que ya estaba despierto y leyendo una de esas revistas para adultos, sonriendo como un idiota.
"¿Fue él? No, imposible."
De pronto apareció el capitán, que parecía deleitado por el desorden que había.
—Parece que tenemos a dos que no son unos completos debiluchos —comentó el viejo riéndose, antes de irse.
"¿Lo hizo a propósito?" pensó Kurapika, sospechando que el capitán estaba ocultando algo.
—Oye, tú —le habló Leorio, que se dio cuenta que estaba despierto—, parece que eres más fuerte de lo que pareces ¿Cómo te llamas?
—No es de tu incumbencia.
—Tch. Maleducado —se quejó Leorio, que lo miró ofendido y luego siguió en sus asuntos.
Unas horas después, mientras comían, se escuchó algo por el altavoz.
—Nos dirigimos a una tormenta que es el doble de grande que la anterior. Si no quieren arriesgar sus vidas, tomen los botes de emergencia que tenemos a disposición y diríjanse a la isla más cercana hasta que pase la tormenta.
Después de escuchar eso todos entraron en pánico y comenzaron a abandonar el barco como ratas huyendo de su guarida. Incluso Neil, que, aunque estaba maltrecho por lo de la noche anterior, logró hacerse con un bote sólo para él. Incluso huyendo no dejaba de ser un tirano.
Sólo quedaron Kurapika, Leorio, y la tripulación del Kaijinmaru. El Capitán los mandó a llamar y ellos acudieron a su cabina.
—Veo que sólo quedaron ustedes dos. Denme sus nombres —les dijo en tono demandante.
—Puedes decirme Leorio —se adelantó Leorio, con una sonrisa.
—Mi nombre es Kurapika.
El Capitán asintió.
—Díganme ¿Por qué quieren ser cazadores? —otra vez, con un tono demandante que no le gustaba nada a Kurapika.
—¿Eh? ¿A qué viene esa pregunta? ¿Es alguna clase de entrevista? —dijo Leorio, mofándose—. ¿Qué carajos? Nop, me niego a responder.
—Estoy de acuerdo con Leorio —siguió Kurapika. Leorio le dijo algo quejándose, pero Kurapika decidió ignorarlo y terminar lo que estaba diciendo—. Es fácil decir una mentira para evitar responder una pregunta. Pero creo que mentir es uno de los actos más vergonzosos que alguien pudiera cometer. Aunque revelar mi secreto a alguien que acabo de conocer... —Leorio seguía hablando, quejándose a sus espaldas. Parecía muy ofendido por algo—. La razón por la que quiero convertirme en cazador está relacionada con algo demasiado personal, por lo que no puedo responder esa pregunta. —Cuando terminó de hablar, Leorio ya se había callado.
El capitán les dio a ambos una mirada hostil.
—¿Ah sí? Entonces bájense inmediatamente de mi barco.
—¿Y eso por qué? —vociferó Leorio.
—¿Aún no lo entienden? La calificación para el Examen de Cazador ya comenzó. —Cuando terminó esa frase, el barco comenzó a tambalearse más fuerte de lo normal. El Capitán se afirmó como pudo.
"Como lo sospechaba. El viejo está sirviendo de colador."
—Como deberían saber. Hay demasiadas personas tratando de convertirse en cazadores. Los examinadores no tienen suficiente tiempo ni personal para evaluarlos a todos —el barco seguía tambaleándose—, por esa razón, contratan a personas como yo para reducir el número. Los otros ya fueron descalificados... —Leorio miró a Kurapika—. Incluso si llegaran al sitio del examen de otra forma, no podrían tomarlo. Básicamente, depende de mí si podrán tomar el examen o no. Así que no se pongan difíciles conmigo y respondan la maldita pregunta.
Ambos quedaron en silencio unos segundos.
—Soy... —Kurapika pausó para dar un soplido—. Soy el último sobreviviente de la tribu Kuruta. —El capitán lo miró de pies a cabeza—. Hay un grupo de bandidos que masacró a mi tribu hace casi cinco años... —Miró al capitán directo a los ojos—. Quiero convertirme en cazador para atrapar al Genei Ryodan.
El Capitán llevó su botella de ron a la boca y bebió un sorbo.
—Un aspirante que quiere ser cazador de listas negras, ¿eh? —se detuvo un momento, y luego bebió otro sorbo—. Los del Ryodan tienen recompensas de clase A, hasta un veterano tendría dificultades... probablemente terminarás muerto.
—No le temo a la muerte... A lo único que le temo es a que mi ira desaparezca.
El Capitán meditó.
—Así que quieres vengarte. Eso puedes hacerlo sin necesidad de hacerte cazador —intervino Leorio.
—Esa es una afirmación bastante ignorante, Leorio. Hay lugares a los que no puedes entrar, e información que no puedes obtener a menos que seas un cazador ¿Ni siquiera sabes eso?
Era un tema sensible, y Kurapika tuvo una respuesta más incisiva de lo que le habría gustado. Solía ponerse muy reactivo cuando hablaba sobre la masacre.
Leorio no se lo tomó muy bien, parecía a punto de estallar.
—¿Y tú? —dijo el Capitán dirigiéndose a Leorio.
—¿Yo? Yo no voy a tratar de agradarte, así que seré honesto —intentó simular no estar enojado— ¡Dinero! ¡Con dinero podría tener lo que quisiera! ¡Una gran mansión, coches lujosos, el mejor vino!
—No puedes comprar modales con dinero, Leorio —Kurapika lo interrumpió. Se dejó llevar, y la peor parte de su personalidad salió a la luz.
—Esta es la tercera vez. —Leorio parecía muy molesto. Miró a Kurapika con desprecio—. Vamos afuera, Kurapika —se dio media vuelta—, voy a terminar con el sucio linaje de los Kuruta.
De pronto todo el ambiente se puso aún más tenso, y Kurapika, que en el fondo se sentía mal por haber respondido de manera tan altanera, dejó eso a un lado y se permitió sentir la ira. Una cosa era meterse con él y burlase de su apariencia, eso podía dejarlo pasar, pero si había algo que Kurapika no podía ignorar era que insultaran a su tribu, a sus hermanos.
—Retráctate, Leorio —aun así, le daba una opción de salida.
—Es don Leorio para ti.
Los dos caminaron hacia el exterior del barco. El capitán les comenzó a gritar, pero Kurapika no le hizo caso, estaba sordo en ese momento.
Ya afuera, el viento soplaba con tal fuerza que corrían olas de agua entre ellos. Los dos estaban de pie, frente a frente, en medio de la cubierta. Nadie se atrevía a detenerlos. Los tripulantes gritaban cosas, pero debido a la tormenta y la rabia, Kurapika no las entendía.
—Si te disculpas ahora te perdonaré, Leorio.
—Hazlo tú primero. No tengo intenciones de disculparme.
La tripulación seguía haciendo escándalo, y a lo lejos se escuchaba al Capitán gritando órdenes. Parece que había un problema con la tormenta, pero en la cabeza de Kurapika no había espacio para preocuparse de eso.
—¡Allá voy! —Kurapika tomó una postura de batalla, sacando sus espadas de madera.
—¡Ven aquí! —Leorio también estaba preparado, con su navaja en mano.
Los dos chicos se impulsaron hacia el frente para iniciar la pelea, pero un estruendo los frenó enseguida. Era una parte del mástil que se había roto por los fuertes vientos. Kurapika alcanzó a girarse para ver cómo ésta salía disparada e iba a dar directo al cuerpo de un tripulante, que salió expulsado de la nave. Alguien gritó su nombre, pero no lo alcanzó a distinguir. Sin darse cuenta, sin pensarlo, se arrojó hasta el límite de la borda para salvar a este tripulante. Estiró el brazo para agarrar una de sus piernas. Leorio, que también se había arrojado, hizo lo mismo con la otra. Pero no llegaron, y el hombre cayó y se perdió entre las olas furiosas de la tormenta.
"¿Qué estoy haciendo...?"
Kurapika se subió a una de las barandillas para arrojarse al mar a buscar al tipo que acaba de caer, pero unas manos lo tomaron de un brazo y lo tiraron hacia atrás. Era Leorio, que sólo le dio una mirada de ira.
—¡¿Qué hacen ahí parados?! ¡No hay tiempo para eso! ¡Ayuden, malditos mocosos! —les gritó el Capitán.
La tormenta seguía haciendo destrozos y necesitaban de su ayuda. Kurapika y Leorio trabajaron junto a los demás tripulantes para arreglar el Kaijinmaru y mantenerlo a flote hasta que terminó la tempestad.
Más tarde, Kurapika estaba descansando, sentado en el piso de su cámara, cuando apareció Leorio dando pasos pesados hasta detenerse frente a él.
—Iré directo al grano —comenzó—, en verdad no me agradas. Creo que eres un engreído, y un cobarde.
Kurapika no le respondió, no tenía energías para pelear, y se sentía mal por la muerte de aquel hombre. Muchos años atrás a él le había pasado algo similar, cuando se cayó desde un acantilado. Kurapika sintió que era él mismo quien caía otra vez, y actuó sin pensarlo.
"Aquella vez Pairo me rescató, y luego, por mi culpa..."
—¡Dime algo maldita sea! ¡No mires al suelo con cara de desamparado, mírame a mí!
—Ya lo sé. Pude haberlo salvado, Leorio. Fue sólo un segundo de diferencia. Si hubiera puesto más atención a la tormenta en vez de...
—No. No podías. No es eso. —Leorio se paró justo frente a él— ¡Y puedes lamentarte todo lo que quieras, no me importa, lo que me molesta es que trataras de matarte cuando había más gente a la que ayudar! —Lo apuntó con el dedo— No hay nada que odie más que a los cobardes que se echan a morir en vez de pararse y ayudar.
"Tiene razón. Durante la primera tormenta no ayudé a nadie, cuando pude. Leorio sí... Esas personas, fue él quien las ayudó, por supuesto, no había nadie más con la capacidad de hacer algo así. Fue él. Y, demonios, hasta el bruto de Neil ayudó esa noche. Yo sólo traté de salvar a ese hombre porque me recordó a mí y a Pairo, y si no fuera por Leorio yo también habría muerto. ¿En qué estaba pensando?"
—¿Y no ibas a matarme tú de todos modos? —en el rostro de Kurapika se dibujó una sonrisa desganada.
—Hmmm… —Leorio frunció el ceño, y luego se volteó—. Eso tampoco estuvo bien. Perdóname, ¿sí?, eso que dije sobre tu tribu… estuvo mal, lo siento… Y al menos después sí ayudaste. Lamento llamarte cobarde, no lo eres. Sólo, no lo vuelvas a hacer, ¿está bien?
"¿Por qué parece estar tan triste de repente? ¿Qué es lo que oculta bajo esa fachada de hablador?".
Kurapika asintió.
"Creo que lo juzgué mal. No es una mala persona".
—Yo... yo también tengo que pedirte disculpas, Leorio. Digo, don Leorio...
—Jeh —Leorio se quejó—, vamos, no seas ridículo, Leorio solo está bien, no tienes que tratarme como si fuera un anciano —le estiró la mano con una sonrisa.
Kurapika la estrechó. Intentó devolverle la sonrisa.
—Vaya vaya, veo que ya hicieron las paces. —El capitán había estado escuchando.
—¡Viejo! —dijeron los dos al mismo tiempo.
—¡No me traten con tanta familiaridad!
—Perdón, capitán. —respondieron al unísono.
—Lo siento, no pudimos salvar a su compañero... —añadió Kurapika.
—¿Y ustedes creen que podían hacer algo? —El capitán parecía ofendido—. Mocosos, estas cosas pasan todo el tiempo en alta mar. No diré que no me entristece, pero ese hombre, Katzo, era un hombre del mar, sabía a lo que se enfrentaba cuando se unió a mi tripulación. Si murió fue por su propia maldita culpa ¡No estén sintiéndose mal por eso, o estarán insultando su memoria! ¡¿Me entendieron?!
—¡Sí, señor! —respondieron los dos.
—Bien —los observó con los brazos cruzados—. Pero aun así, debo reconocer que tienen agallas, no dudaron ni un segundo en ir a salvarlo, y fueron útiles durante la tormenta. En lo que a mí concierne, están calificados para ir al examen.
"¡El examen!, por un momento lo olvidé completamente."
—Aún quedan dos días para llegar a Dolle. Mientras tanto pueden descansar, no tomaremos más rutas peligrosas.
Esa tarde Kurapika y Leorio comieron juntos, y no pararon de conversar por el resto del viaje. Resultó que tenían más cosas en común de las que Kurapika pensaba. Una nueva amistad había nacido.
