Capítulo 2.

Hans miró con recelo a su compañero de celda.

—¿Qué me has hecho? ¿Qué es eso?

—Tranquilo principito —contestó con cierto escarnio aquel viejo preso mientras volvía a su camastro —. Nada. Tal y como esperaba de ti.

—¿De qué estás hablando? —Se impacientó Hans. No le gustaba la sensación de sentirse burlado. —¿Qué es ese cacharro?

—Este cacharro es tu salvación.

—¿Qué?

—Siempre y cuando me ayudes a salir de este antro, claro está.

El muchacho se serenó un poco y se sentó cara a cara con aquel anciano que le miraba con una sonrisa maliciosa y algo esperanzada en sus ojos.

—Soy todo oídos —dijo taladrándole con la mirada. La esperanza empezaba a ser mutua.

—Así me gusta, muchachito. Esto es el sello de fuego. Se lo robé hace bastantes décadas a un encantador hermitaño que lo custodiaba. Él cuidó de mí tras encontrarme perdido y hambriento en el bosque. Pasé unos días a su cargo y me gané su confianza. Fue él quien me contó que nadie sabía de dónde había salido ni quién lo había creado, pero que el sólo roce de este sello con la piel de un ser vivo, hacía estallar su corazón en llamas en cuestión de minutos.

—Pff… qué ridiculez… —opinó Hans ante la historia del anciano —Ya ha visto que sigo vivito y coleando…

—Efectivamente. Eso es lo que me gusta de ti.

»Por aquel entonces, yo era joven y estúpido como tú y no le creí.

»Una noche, cansado del ritmo del peregrino, decidí que era el momento de marcharme por mi cuenta. Las estrellas brillaban y orientarme no sería un problema; pronto encontraría algún pueblucho en el que aprovechar mis dotes teatrales para ganarme la vida a costa de algún alma cándida con más posibilidades que las del hermitaño. Pero, tras saquear todos sus víveres, justo antes de echar a correr, recordé el cuento ése del sello de fuego. No podía irme de allí sin demostrar que aquello era sólo una tonta leyenda y lo probé sobre el rostro del hombre que me cuidó mientras él dormía en nuestra tienda. Y, bueno, ya no volvió a custodiar nada. Despertó por el calor repentino y me miró con resignación y el dolor de la sucia traición en los ojos. Aún recuerdo sus últimas palabras: "Un corazón incapaz de sentir calor como el tuyo nunca tendrá el honor de sucumbir a las llamas". Luego, simplemente, se convirtió en una bola de fuego.

»Por lo rápido que ardió, debía de ser un muy buen hombre, sin duda.

—¿Intenta decirme que mi corazón está tan podrido como el suyo? —preguntó Hans arqueando una ceja.

—¡Exactamente! Lo suficientemente podrido como para helar hasta las llamas de este sello.

Hans no se sentía precisamente halagado, pero hizo un rápido recorrido mental por sus acciones hasta el momento y no pudo negar la evidencia.

—Está bien. ¿Y de qué me sirve a mí esto a parte de para no estar muerto ahora mismo?

—Tú eres un privilegiado aquí, mocoso. Si yo finjo enfermedad, ningún guardia se acerará a mí. Sólo me dejarán morir y esperarán a sacar mis restos inertes de aquí cuando empiece a oler a muerto. Pero tú, preso o no, eres el hijo del rey. Si enfermas, vendrán a atenderte. Y tú y yo sabemos que esos guardias no son trigo limpio, pero tampoco son tan miserables como para que el sello no tenga efecto sobre ellos.

»Si tú me ayudas a escapar contigo y vivir mis últimos años en libertad, te entregaré el sello. Yo ya no lo quiero para nada; sólo quiero dejar de ver estas cuatro paredes y tus patillas antes de desaparecer de este mundo.

Hans se quedó pensativo durante unos segundos. Luego se levantó y le ofreció su mano al anciano.

—Trato hecho.

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El camino a palacio se le había hecho eterno, pero al fin estaba allí, ante aquellos portones, preparado para hablar por fin con Anna.

—¿Kristoff?

El muchacho reconoció en seguida la voz de su amigo de nieve.

—¡Olaff! Lo siento, creo que me he metido la pata hasta el fondo. Voy a hablar con Anna y…

—¿No está contigo? —preguntó el muñeco sorprendido.

—¿Elsa? No, ha decidido volver al bosque.

—No, ¡Anna! ¿No está contigo?

—¿Anna? ¿Por qué debería? ¿No está en su habitación?

—Ay… —contestó angustiado Olaff.

—¡Olaff! ¡¿Qué pasa con Anna?!

—Esta mañana salió de su habitación directamente hacia el bosque. Me dijo que iba en tu busca. Le han pedido que llevase escolta, pero se ha negado, ha dicho que era algo que debía hacer por si misma.

—¡Mierda! —exclamó con una voz casi ahogada Kristoff ante la idea de Anna perdida en el bosque. ¿Y si estaba herida? ¿Y si se encontraba de nuevo con los lobos? —¡Voy a buscarla!

—¡Sir Kristoff! ¡Qué bueno verle!

Kai apareció a sus espaldas algo agitado.

—Lo mismo digo Kai, pero ahora no tengo tiempo, lo lamento.

—Me temo que no puedo dejar que se marche aún.

—Kai, es una emergencia. Anna… —Kristoff desesperaba por salir corriendo.

—Esto también lo es. Hemos recibido una misiva urgente proveniente de las Islas del Sur.

—De las… ¿Y qué pretendes que haga yo, Kai?

—La reina no se encuentra en palacio, la señorita Elsa tampoco y los principales consejeros se encuentran en mitad de un viaje diplomático por los reinos del Este. Es usted el único hombre de confianza que tienen aquí y, personalmente, opino que, como futuro rey de Arendelle, debería ser usted quien la abriese.

—¿Yo? —Kai asintió y le tendió la carta. —Yo… —En una situación normal, Kristoff se habría rehusado, pero ahora lo principal era agilizar aquello para correr en busca de Anna. —Está bien.

Cogió el papel, rompió el sello y desplegó la misiva con visible urgencia. Entonces comenzó mascullar casi imperceptiblemente las palabras que leía.

"A Su Majestad la reina Anna de Arendelle.

Yo, el Rey Ake de las Islas del Sur, le escribo personalmente para informarle de que es muy probable que su vida corra peligro."

—¡¿Qué?! —En este punto, Kristoff ya estaba devorando las palabras intentando ver a dónde llegaba aquello.

"Lamento comunicarle que mi último hijo, el preso Hans, se ha dado a la fuga y, según su compañero de celda al que, parece ser, engañó con la promesa de ayudarle a huir con él, va armado con una poderosa magia que seguramente desee descargar contra usted o contra su hermana. Desconocemos de qué trata esa magia, pero hemos perdido a muchos de los nuestros envueltos en llamas al enfrentarse a él.

Si mis cálculos son relativamente precisos, para cuando esta carta llegue a sus manos, él ya podría estar oculto en su reino esperando su oportunidad.

Recomiendo extremen las precauciones.

Esperando su bien y que este percance no influya negativamente en nuestra cordial relación, se despide

Su Majestad, El Rey Ake Westergaard de las Islas del Sur."

Durante unos segundos, a Kristoff se le heló la sangre. Su mente estaba en blanco. Lo que menos le preocupaba ahora, eran los lobos. Por fin, un suave toque de atención de la cabeza de Sven le hizo reaccionar.

—¡Kai, prepara a toda la guardia! ¡Hans podría estar cerca! Y que vayan con mucho cuidado, por lo visto se ha hecho con algún tipo de magia que hace estallar en llamas a quien la recibe.

—¡Ya mismo! —Kai se fue casi volando a cumplir con las órdenes de Kristoff. Sirviente o no, había visto crecer a las dos hermanas y las amaba casi como a sus propias hijas.

—¡Olaff! —continuó organizando Kristoff —Ya sabes escribir, ¿verdad?

—Sí… —contestó el muñeco claramente preocupado.

—Está bien. Escribe dos cartas exactamente iguales para Elsa explicándole lo sucedido y deja una en una botella cerrada en el fiordo, e intenta entregarle la otra a Galerna. Con suerte, alguno de los dos espíritus vendrá y podrá entregársela a Elsa. Necesitamos que esté advertida y es posible que necesitemos su ayuda.

—Cuenta con ello. —Kristoff asintió.

—Cuento contigo. Sven y yo vamos a buscar a Anna.

Olaff corrió a palacio a buscar lo necesario para las cartas y Sven y Kristoff dieron media vuelta y corrieron de nuevo hacia las montañas sin si quiera soltar el trineo.

—Venga, compañero. No podemos fallarle. No quiero fallarle...