Capítulo III: Navegantes (Leorio)

Después de aquella tormenta el capitán les dijo que ya habían pasado su prueba. Leorio pasó el resto del viaje compartiendo con Kurapika, el misterioso aspirante a cazador que le había tocado como compañero de viaje. En un comienzo pensó que se trataba sólo de un sujeto engreído que no estaba interesado en compartir con personas que no estuvieran a su nivel, pero después de aquel accidente en que uno de los tripulantes de la nave murió y que los dos trataron de salvar, Leorio se dio cuenta que eso era sólo una careta que Kurapika se ponía para alejar a los demás, pero que en el fondo era una persona de buen corazón. Sospechaba que esa tragedia que les había confesado, la masacre de su tribu, lo había traumado de forma que ya no quería perder a nadie más, y la forma más fácil de asegurarse de algo así era no volver a tener relaciones estrechas con la gente. Leorio más que nadie podía empatizar con eso, porque él también había perdido a alguien importante en su vida, y tenía el mismo problema para establecer relaciones con otras personas. Quizás él y Kurapika podían llegar a ser buenos amigos.

Pasaron dos días, y por fin llegaron al puerto de Dolle, su destino. Leorio y Kurapika bajaron del barco junto al capitán.

—Este es Dolle, muchachos —les dijo el viejo marino, mientras fumaba de su pipa—. Aquí nos despedimos.

—Bueno, viejo, nos vemos en algún lugar —Leorio le hizo un gesto de despedida y comenzó a caminar.

Kurapika pasó a despedirse también.

—Gracias por todo, capitán —le dijo, luego siguió a Leorio.

Caminaron unos metros en silencio. El lugar estaba repleto de gente.

—El papel decía que el Examen se iba a hacer en la ciudad Zaban ¿verdad? —dijo Leorio de repente.

—Sí, debemos buscar un transporte que nos lleve hasta allí, pero debe ser una ciudad oculta o algo muy difícil de encontrar…

Justo mientras Kurapika hablaba, apareció a su derecha un cartel gigante con un gran mapa que tenía señalizado con un círculo rojo el lugar exacto donde estaba Zaban.

—¿Decías? —Leorio miró a Kurapika con una sonrisa burlesca. Kurapika parecía extrañado ante el cartel, como desconcertado. Puso su vista en el suelo, y se quedó en silencio, pensando.

—¡Oye! ¡Ánimo! ¡No te pongas así! ¡Mira, es fácil llegar! —Leorio apuntó al mapa—. ¡Hasta pone dónde tomar el transporte! ¡Está tirado!

—Sí, ¿pero no te parece… demasiado fácil?

—¿Te parece que llegar aquí fue fácil? ¡Mira, somos dos, de como trescientos!

—No eran trescientos.

—Bueno, pero mi punto es que eran muchos.

Kurapika asintió.

—Aun así, deben quedar miles de aspirantes, y de seguro habrá más filtros. Ese cartel debe ser una trampa para descartar a unos cuantos más.

—¿Y qué quieres hacer?

—Investigar. —Kurapika miró a los lados—. Preguntemos en las tiendas. Tal vez la gente de acá nos pueda decir.

Leorio miró a Kurapika con los ojos entrecerrados.

—Bien… Tú ve a hacer eso, y yo por mientras iré a esperar el bus.

—Como quieras. Espérame ahí. —Kurapika pasó por su lado.

"¿Que lo espere?", Leorio pensó. Pateó una lata que había en el suelo. Se acercó al paradero y se sentó en una banca a esperar.

Entre la multitud había dos personas susurrándose entre sí. Leorio no pudo evitar escuchar la conversación.

—…los buses no llevan hasta Zaban —dijo una de las voces.

—¿Tú crees? quizás lo dicen para quitarse de encima a todos estos…

—No sé, pero es sospechoso, escuché que es una trampa.

"Kurapika tenía razón…—Leorio se mordió el labio inferior y apretó los puños—. Mejor voy donde él."

Comenzó a trotar hasta donde estaba Kurapika, pero no lo encontraba.

—¡Kurapikaaaa! —gritó, pero no escuchó respuesta.

Volvió a gritar, y nada.

"¿Dónde se metió este…? —de repente vio a un chico de pelo rubio a lo lejos. Caminó hasta donde él.

—Oye, te estaba hablando, por qué no me-

—Silencio —lo interrumpió Kurapika. Frente a él había una mujer pequeña y arrugada como una pasa. La señora parecía una bruja o adivina. En la mesita que tenía a sus pies tenía un letrero que ponía "¿Quieres saber tu destino? Yo te lo diré."

—Uhmmm, norte. Bajo un gran árbol. Sí, sí, sí. Allí está tu destino —balbuceó la mujer en un extraño cántico.

—Norte. Bajo un árbol. Bien. Gracias. Vamos, Leorio —dijo Kurapika.

—¿Qué? ¿Qué haces?

—Es un atajo. Rápido, tenemos que ir.

—¿Cómo sabes que es verdad?

—Sólo lo sé. Vamos —Kurapika comenzó a caminar, alejándose poco a poco. Leorio se quedó solo con la anciana.

—¿Estás con él? —le preguntó la señora. En su boca resaltaba dos dientes gigantes.

—¿Para qué quiere saber? —le respondió Leorio.

—Ja ja —rió la anciana—. Sigue a tu amigo. Tu destino y el de él son el mismo.

Leorio lo pensó un poco, y después corrió hasta donde Kurapika. En el horizonte había un gran árbol que destacaba entre todos los demás. Supuso que de eso estaba hablando la anciana. Corrió hacia el norte por casi un minuto hasta alcanzar a Kurapika. Cuando llegó, éste lo miró de reojo.

—Comenzaba a pensar que no vendrías.

—Estuve cerca —"No es como que tuviera otra opción"—. Ahora dime, ¿por qué le creíste? No pareces el tipo de persona que cree en esas cosas.

—Ah, es que ella nos estaba mirando desde que bajamos del barco. Sentía la mirada de alguien, y al buscar su origen me encontré con ella. Creo que trabaja para la Asociación, igual que el capitán.

—¿Cómo lo sabes?

—Sentí que me estaba evaluando.

Caminaron unos minutos por un sendero de tierra que parecía no llevar a ningún lado. Cuando se terminó el camino siguieron en dirección hacia el árbol, subiendo por unos cerros, y luego bajando, hasta que eventualmente apareció ante ellos un antiguo pueblo, que tenía por entrada un largo callejón rodeado de edificios viejos. Al final de ese callejón se veía el gran árbol en el horizonte. Algunos edificios no tenían ventanas, y otros tenían las entradas cerradas con tablas. Parecía estar completamente abandonado. El silencio del lugar comenzaba a hacerse insoportable para Leorio. El único sonido que se escuchaba era el del viento.

—¡Este silencio me vuelve loco! —se quejó Leorio.

—Shhh —Lo hizo callar Kurapika con un gesto—. No estamos solos, escucha.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —preguntó. Kurapika le volvió a hacer un gesto de silencio. Leorio se llevó las manos hasta detrás de las orejas y las puso en forma de antena parabólica. Escuchó por unos segundos—. Sigo sin escuchar una maldita cosa ¿Me estás tomando el pelo?

—No. Hay personas. Se escucha su respiración.

"¿Lo estará inventando? Yo no escucho nada."

De pronto, una multitud de personas vestidas con unos trajes como de carnaval aparecieron frente a ellos. Todos llevaban máscaras y pelucas, a excepción de una anciana sospechosamente similar a la adivina del pueblo, la que llevaba un bastón casi tan grande como ella con una esfera roja en la punta. La anciana pareció susurrar algo, pero Leorio no entendió.

—¡LA EMOCIONANTE PRUEBA DE LAS DOS OPCIONES! —Gritó la vieja, con su cara arrugada y ojos desorbitados.

Sus oídos zumbaron, tenía una voz tan potente como un megáfono. Normalmente en una situación así Leorio se enojaría, pero la verdad es que no se lo esperaba y quedó pasmado.

—Ustedes, chicos, se dirigen hacia el árbol que está en la cima de la montaña, ¿verdad?

—Así es —respondió Kurapika.

—¡¿Cómo llegó aquí tan rápido?! —preguntó Leorio.

La anciana rió.

—No sé de qué hablas, yo siempre he estado aquí —le respondió.

—Mentirosa —dijo Leorio—, la vimos abajo en el pueblo.

—¿Hmm?

—Eso no importa ahora, Leorio —interrumpió Kurapika—. Señora, si nos disculpa, tenemos que seguir nuestro camino.

—Alto ahí, no —dijo la anciana—, primero tienen que pasar mi prueba. Les haré una pregunta, sólo tienen cinco segundos para responderla. Si se equivocan… Serán descalificados y no podrán tomar el examen de este año.

"¿Otra prueba?"

—Kurapika, que se joda esta anciana, sigamos adelante.

—No. Espera. Ya estamos participando. Si nos vamos ahora quedaremos descalificados. ¿Estoy en lo cierto?

—Así es. Repito: Les haré una pregunta. Respondan "1" o "2". Cualquier otra respuesta la consideraré incorrecta.

—¡Oiga, espere un momento! —le dijo Leorio—, ¿nos hará una sola pregunta para los dos?

La anciana asintió.

—¡¿Entonces si él responde mal yo también seré descalificado?! —preguntó Leorio, medio bromeando, medio en serio.

—Me temo más que pase lo opuesto —Kurapika lo miró con su típico rostro altanero, pero esta vez ya no le molestaba, Leorio entendía que tampoco lo decía en serio. Agarró a Kurapika del cuello para hacerle una llave amistosa.

—H-hm —La anciana carraespeó su garganta—. Esta es la pregunta: Tu madre y tu novia han sido secuestradas por unos villanos y sólo eres capaz de salvar a una ¿A quién salvas? 1, a tu madre. 2, a tu novia.

"¡¿Qué?! ¡¿Qué clase de pregunta es esa…?!"

Leorio y Kurapika se quedaron en silencio. La pregunta los había perturbado.

—Cinco… —la anciana comenzó su conteo—. Cuatro… —Leorio miró a Kurapika, que estaba mirando al piso con una mano en la boca otra vez—. Tres… —"No puede ir en serio, ¿esa es su pregunta? ¿Esa es su maldita pregunta?"—. Dos…

—¡Esto es una tontería! ¡¿Qué clase de pregunta enferma es esa?! ¡No tiene una respuesta correcta! —gritó Leorio.

—Cuidado, te advierto por última vez. Responde 1 o 2. Cualquier otra respuesta será considerada incorrecta.

Leorio apretó su mandíbula con tanta fuerza que escuchó rechinar sus dientes.

—Les daré otra oportunidad, contaré desde tres —dijo la anciana—. Tres… —"Es imposible. Si esto tiene un truco no sé cuál es, y si respondo sin saber podría descalificar a Kurapika. Se lo dejaré a él."—. Dos… —"Pero si reprobamos por culpa de esta anciana… —Leorio miró unas tablas que habían cerca—. Me las pagará."—. Uno… —Leorio miró a Kurapika por última vez. Pero no estaba. De repente sintió una mano cubriendo su boca.

La señora hizo un sonido como para indicar que el conteo había terminado.

—Se les acabó el tiempo. —dijo la anciana.

Leorio se sacó a Kurapika de encima.

—¡Oye! ¡¿Qué haces?!

—¡Cálmate, Leorio! —Kurapika sonrió con los ojos abiertos—. Pasamos.

—¿Cómo?

—Respondimos correctamente, Leorio. ¡El silencio!, esa era la respuesta correcta.

Leorio no supo qué decir ante eso.

—Tú mismo lo dijiste —continuó Kurapika—, no es posible que esa pregunta tenga una respuesta correcta. Tenías razón, no la hay, pero la regla es responder 1 o 2, así que no puedes decir nada. Solo queda el silencio.

—Es verdad —Comentó la señora—. ¿Chicos? —Las personas enmascaradas abrieron unas puertas en la pared, y un pasillo largo y oscuro se abrió ante ellos—. Para continuar deben seguir este camino. Es un camino recto, así que llegarán a la cima de la montaña en unas dos horas.

"Con que ese era el truco…"

—Señora… —Leorio se acercó a la mujer—. Por un momento dudé de su prueba… Perdóneme.

—Yo por un momento dudé de ti también. Tienes un buen amigo, quizás no lo hubieras logrado sin él.

—¡Qué dice! ¡¿Y cómo se supone que alguien iba a llegar a esa conclusión?! Vieja estúpida. Mejor haga preguntas mejores…

La anciana comenzó a reír a medida que Leorio la insultaba.

—Perdone a mi amigo, señora —Kurapika se unió a la conversación—, a veces se deja llevar por sus emociones.

—Nah, no tienes que disculparte. Hago este trabajo para conocer a personas como él —La anciana parecía de cierta forma feliz—. Trabajen duro, deseo que sean buenos cazadores.

Kurapika tomó a Leorio de una manga y lo arrastró a seguir caminando. Pasaron por debajo del umbral del túnel.

—Ah, se me olvidaba —La señora los interrumpió—. Bajo ese gran árbol hay una casa. La pareja que vive ahí son navegadores. Si les caen bien, los llevarán hasta el lugar del examen.

—Gracias —Kurapika le dijo.

Leorio y Kurapika caminaron por dos horas, y como la anciana había dicho era un camino recto, pero muy empinado y resbaladizo, tenían que tener cuidado con cada paso que daban, o podían caer colina abajo. Al final les tomó casi el doble de tiempo llegar a la cima.

—Está completamente oscuro —Leorio se quejó—. ¿Dos horas a pie? ¡Mis huevos!

"Y me he estado aguantando las ganas de ir al baño. Estas señales de "Peligro, bestias mágicas" no me dejarían cagar tranquilo en ningún lado. Y además tengo hambre."

—Shhh, Leorio, podría escucharte alguna bestia… —Algo se asomaba entre los árboles—. Mira, allí está.

Era la casa de la que les había hablado la anciana, bajo el gran árbol. Más que casa parecía una cabaña deshabitada. Y la noche, que estaba más oscura de lo común, hacía que se viera aún más siniestra.

—¡Por fiiin! —exclamó Leorio.

"Espero que tengan baño."

—Está silencioso ¿Seremos los únicos aspirantes aquí?

Se acercaron a la casa y golpearon la puerta, pero no hubo respuesta. Leorio le hizo un gesto a Kurapika como preguntándole si entraban a o no, y éste le asintió. Entonces Leorio abrió la puerta y entró.

—¿Aló…?

Pero lo que apareció ante ellos no era lo que esperaban. Estaban todas las cosas de la casa tiradas y revueltas en el piso. Justo al centro de la habitación había una bestia de como tres metros que parecía un zorro gigante con forma humanoide. Sus grandes ojos los miraban directamente. Sostenía a una mujer por el cuello. Atrás estaba quien parecía ser el esposo de la mujer, tirado en el piso. Ambos tenían heridas por todo el cuerpo, pero estaban vivos.

"¡Una bestia mágica!"

Leorio y Kurapika se pusieron en guardia, cuando la bestia se impulsó a atacarlos con sus garras enormes. Alcanzaron a esquivar su ataque, por poco. El monstruo cruzó entre ellos y salió hacia afuera velozmente, aún con la mujer colgando en una mano. Kurapika fue el primero en reaccionar.

—¡Leorio, ayuda a ese hombre, yo iré a rescatarla!

—¡¿Tú solo?! ¡Olvídalo, te acompañaré!

—Vayan por mi esposa por favor, déjenme aquí —el hombre les rogó.

—¡Recuerda lo que hablamos en el barco, nada de sacrificarse! —continuó Leorio.

Kurapika lo meditó un segundo.

—Bien. Leorio, vamos.

Salieron de la cabaña lo más rápido que pudieron, pero ya no había ni rastro de la bestia.

—Escapó hacia el bosque. —Kurapika buscaba a la bestia con la vista—. Tendremos que separarnos. Leorio, ten cuidado, esas bestias se llaman Kiriko. Pueden tomar cualquier forma, no te dejes engañar. Yo iré por allí —Le indicó a la derecha—, tú ve por el otro lado. Si te topas con él dame un grito. Si no encuentras nada en diez minutos vuelve a este lugar, yo haré lo mismo. ¡Vamos!

Leorio siguió la orden de Kurapika sin pensarlo dos veces, y los dos comenzaron a correr en direcciones opuestas.

"Y en el barco estaba tan callado. Quién lo diría."

Corrió entre árboles y arbustos por unos minutos, y sentía que algo lo seguía, pero no podía detectar en qué lugar estaba. De pronto, algo le dio un azote en la espalda. Se giró para mirar qué había sido, pero el animal ya se había escondido.

"¡Maldición!"

Llegó a una especie de campo abierto, y decidió parar ahí, en el centro.

"Si no puedo encontrar a la bestia, que ella venga a mí."

Miraba a todas partes, girando sobre sí mismo y tratando de parecer indefenso. Pasaron unos cuantos minutos más, y con cada minuto la tensión aumentaba. Estaba completamente al descubierto, y la criatura podía venir desde cualquier dirección, pero Leorio tenía su navaja preparada para responder.

De pronto apareció de entre los árboles, a paso lento. Ya no llevaba a la mujer, quizás la había tirado en algún lugar del camino.

—Ya puedes dejar de tratar de parecer indefenso, maldito cobarde, no me vas a engañar con eso —le recriminó la bestia con tono burlesco.

"¿Puede hablar…?"

—¡Sí claro, lo dice el que me pega y después se esconde! —entonces se acordó que debía avisarle a Kurapika que lo había encontrado—. ¡Kurapikaaaaaa!

—¿Estás llamando a aquella mujer…? —la bestia dio una carcajada—, la maté.

—No, estoy llamando a mi amigo. ¡Kurapikaaaaaa! —volvió a gritar.

—A ella me refería, a la mujer rubia —el kiriko rio maliciosamente.

"¿Kurapika? No, es imposible, sólo quiere provocarme."

—¡Estás mintiendo! —Leorio no se movía de donde estaba, mantuvo su posición defensiva. Una gran gota de sudor corrió por su frente.

—Bueno, ya que no crees... —La bestia dio un silbido, y de entre los árboles salió otro kiriko más, idéntico al anterior, y en sus brazos tenía el cuerpo mutilado de Kurapika.

"No, no puede ser… Ese idiota… No tendría que haberle hecho caso..."

Leorio sintió un nudo en la garganta. Apretó los labios y sus puños. La rabia y pena comenzó a consumirlo. Sin pensarlo, Leorio se lanzó contra la criatura con su cuchillo en mano. Pero entonces, las palabras de Kurapika sonaron en su cabeza "Pueden tomar cualquier forma, no te dejes engañar."

—¡Es falso! —gritó Leorio, frenando su cuerpo como pudo, pero ya estaba demasiado cerca. La bestia que tenía encima le lanzó un zarpazo desde arriba, Leorio lo rechazó con el antebrazo, y su manga se rompió como si estuviera hecha de papel. Leorio contraatacó dirigiendo su cuchillo hacia el vientre del animal, pero éste se lo quitó con una patada frontal. La otra bestia se posicionó detrás suyo, y Leorio ya no tenía escapatoria.

"Si este es mi fin, me iré luchando"

Se impulsó hacia la bestia que tenía en frente, y la otra lo agarró por la espalda, inmovilizándolo con una llave.

—Está bien, está bien, es suficiente —dijo la bestia que tenía en frente, y luego pegó otro silbido. De entre los árboles salió Kurapika, acompañado por la mujer de la cabaña.

—Lo siento, teníamos que asegurarnos de que tu amigo también cumplía con los requerimientos —dijo la bestia que sostenía a Leorio por detrás dirigiéndose al Kurapika real, mientras lo soltaba.

—No puedo creer que me abandonaran —dijo riendo el cuerpo falso de Kurapika, que cobró vida y comenzó a tomar la forma del hombre de la cabaña—. Nah, era lo que tenían que hacer, dadas las condiciones.

—¿Era… una prueba? —Leorio les preguntó.

—Sí, y los dos pasaron —dijo la mujer que estaba junto a Kurapika—. Nosotros somos los navegadores.

—En realidad no somos pareja, y ellos son nuestros padres —agregó el kiriko con la forma del esposo, apuntando a los que aún mantenían su forma original.

Leorio miró a Kurapika confundido, y éste se encogió de hombros.

—Tu amigo es muy impresionante, Leorio —siguió la mujer—, estos tatuajes que llevo en los brazos pertenecen a la antigua tribu de los Sumi, y simbolizan un juramento de celibato de por vida. Las mujeres que lo llevan son vistas como las esposas de Dios. Sólo alguien con mucho conocimiento en culturas antiguas podría haberlo reconocido. Usando su conocimiento Kurapika dedujo que en realidad no éramos pareja, y que lo estábamos engañando. Mi padre apareció y lo felicitó, y luego nos reunimos con mi hermano y mi madre, que te había estado siguiendo, y decidimos que, aunque Kurapika había pasado, tú aún tenías que probarte, y planeamos hacerte esa trampa. Si no hubieras entendido que era una trampa, seguramente habrías recibido un golpe directo de mi madre. Además, la pena que mostraste por tu amigo fue simplemente muy genuina —comenzó a reír junto a su familia.

"¡Qué vergüenza…!"

—Nos caíste bien, chiquillo —el kiriko de enfrente se acercó—. Lamento haberte golpeado —le dio una palmadita en la cabeza—. Como pasaron nuestra prueba los llevaremos al lugar del examen.

Los dos padres levantaron sus brazos revelando unas membranas que servían de alas. Comenzaron a volar por encima de ellos y les pidieron que se sujetaran de sus cuerpos.

—Esperen, esperen —les dijo Leorio—. Antes de irnos, tengo una pregunta importante que hacerles: ¿Tienen baño? ¡Me estoy aguantando desde hace como dos horas!

Los kiriko dieron unas carcajadas.

—Claro, sube —le respondió uno.

Kurapika y Leorio se agarraron de los kiriko, y éstos los llevaron de vuelta a la cabaña, para que Leorio ocupara el baño. Luego de eso comenzaron su último viaje hasta el lugar del examen, volando agarrados a las patas de las bestias mágicas.

—Kurapika, ahora que lo pienso… —dijo Leorio— ¡Estuviste de acuerdo con que me engañaran, maldito, en cuanto aterricemos me las pagarás! ¡Como vuelvas a hacer eso te mato de verdad! ¡¿Me oyes?! ¡No se juega así con mis sentimientos, cabrón…! —siguió gritándole cosas bajo la noche helada, los kiriko no pararon de reír en todo el viaje, y Kurapika hacía como que no lo escuchaba, con la mirada fijada en la luna.