Capítulo 3.

—¡Ayuda! ¡Socorro, por favor!

Poco después de adentrarse en el bosque, Kristoff escuchó claramente la voz de un hombre que pedía auxilio.

—¡Sven, espera! —Kristoff maldijo su suerte. Ahora sólo quería centrarse en encontrar a Anna, pero no podía ignorar una llamada así de desesperada.

El reno paró casi en seco notando cómo el trineo le empujaba un poco hasta frenar. Kristoff bajó al encuentro de aquel hombre que salía en su busca de entre los árboles.

—¿Se encuentra bien?

El hombre cayó sobre sus rodillas en la vereda del camino. Vestía un traje gris, sucio, raído y algo roto. Kristoff se agachó a su lado clavando una rodilla en tierra para asistirle. Al acercarse vio que se trataba de un joven pelirrojo y delgado.

—Lo siento. Necesito a tu reno.

—¿Cómo dice?

En ese mismo instante, el pelirrojo se giró bruscamente hacia Kristoff y apoyó un sello alargado en la mano que éste le tenía tendida.

—¡Tú!

La sorpresa que sintió Kristoff al encontrarse cara a cara con Hans hizo que no reparase prácticamente en el ardor que había sentido en su mano.

—Así que me conoces… Parece que soy bastante famoso por esta zona —dijo Hans levantándose en perfecto estado y sacudiéndose la tierra de las rodillas. —Bueno, con tu permiso, me llevo a tu reno.

—Ni se te ocurra acercarte a Sven —amenazó Kristoff.

—¿Sven? Creo que Anna ha mencionado antes ese ridículo nombre… Sí, me lo llevo.

—¿Anna? ¡¿Dónde está Anna?!

Hans miró con algo de intriga a aquel muchacho que le inquiría como si le fuese la vida en ello.

—¿A qué se debe tanta confianza con tu reina?

Kristoff no contestó, se acercó con fiereza a Hans, le levantó del suelo cogiéndole por las solapas de la chaqueta y le aprisionó contra una enorme pared de roca.

—¿Dónde está Anna?

El miedo y la rabia se reflejaban a la perfección en sus ojos y a Hans no le pasaron desapercibidos.

—¡No! ¡No me digas que los rumores de Anna saliendo con un pueblerino eran ciertos! —Kristoff apretó más sus puños hacia la pared acorralando más al cuello del pelirrojo. —Vaya… pobre muchacha. Sabía que estaba desesperada por encontrar el amor, pero no tanto.

—¿Dónde·está·Anna? —preguntó de nuevo Kristoff perdiendo la paciencia mientras iba sintiendo un gran calor por todo su cuerpo.

—Oh, bueno… Supongo que a ti puedo decírtelo. Se negó a ser mi esposa, así que tuve que matarla.

A Kristoff le hirvió la sangre.

—Pero no te preocupes. Antes le hice pasar un buen rato.

Las manos de Kristoff comenzaron a temblar. Sus lágrimas brotaban sin control y la ira que se iba apoderando de él no era suficiente para contrarrestar la debilidad que sintió por todo su cuerpo. Estuvo a punto de soltar a Hans, pero entonces un pensamiento cruzó su mente: "Este tipo es el que engañó a Anna como si nada, debe de ser realmente bueno mintiendo. Puede que ella siga viva. Puede que lo haya dicho para desmontarme y huir, o simplemente por hacerme daño por ser amado por ella, o por poder convertirme en rey..."

Según volvía la esperanza a su alma, sus manos recuperaban fuerzas.

—Te voy a dar una última oportunidad. Dime dónde está Anna.

La mirada que Kristoff le dedicó a Hans fue fría y penetrante, tanto que Hans tuvo que tragar saliva aun con la dificultad de la postura.

—Eres realmente insistente… Ya te he dicho lo que ha pasado. Pero vamos, tranquilo, en unos minutos estarás con ella.

—¿Qué crees que puedes…?

Kristoff sabía que en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo Hans no tenía ninguna posibilidad contra él, pero, de pronto, recordó la carta y la explicación sobre aquella magia que hacía arder a la gente. Instintivamente se miró el dorso de la mano. No había nada en él pero, sin duda, cada vez sentía más calor. Miró a Hans a los ojos buscando la confirmación de sus temores y lo que vio fue la sonrisa victoriosa de aquel despreciable ser que le hizo comprender su situación.

Agachó la cabeza unos segundos mientras mil pensamientos cruzaban su mente. Luego, asumiendo que no podría hacer nada para salvarse confió en que al menos lo de Anna fuese todo mentira.

Al final, aquel miserable lo había conseguido: había destruido sus vidas.