Capítulo IV: Comienza el Examen (Leorio)
El sol de la mañana se asomó justo antes de que aterrizaran en su destino, Zaban.
Era una ciudad preciosa, repleta de edificios de una arquitectura espléndida, algo digno de ser la sede de un evento como lo era el Examen de Cazador. Kurapika iba caminando a su lado, y delante de ellos estaba uno de los kiriko, guiándolos hasta el lugar del examen.
—Oye, eh… —Leorio trató de llamar la atención del kiriko padre, pero recordó que no sabía su nombre, si es que tenía uno. El otro que los trajo ya se había ido. Dijo que tenía que irse a entregar un informe a la Asociación—. Oiga, señor navegador. —La bestia mágica se volteó a mirarlo, bajo su apariencia de humano—. Dígame; ¿Era posible llegar acá sin la ayuda de los navegadores?
—Claro —le respondió sin dudar.
—Pero entonces… ¿Por qué nos guiaron hacia ustedes?
—Es una ayuda para los novatos. Los aspirantes experimentados suelen llegar por su propia cuenta.
—Ah…
De pronto se encontraron frente a un gran edificio, que se alzaba imponente sobre todo lo que le rodeaba. Su diseño era como la torre de un imperio antiguo, y estaba hecho completamente de concreto.
—Debe ser aquí —dijo el navegador.
—¿El lugar del examen? —preguntó Leorio, de manera retórica. Luego se paró a observar la magnífica edificación—. Acá están, los mejores de los mejores… —levantó su cabeza en admiración.
—Aspirantes de todo el mundo… —le siguió Kurapika.
—Ahmm —los interrumpió el kiriko—, no, es el de al lado —los corrigió, apuntando hacia la izquierda.
Justo al lado del edificio se encontraba una pequeña tienda de comida. En el cartel tenía la ilustración de un plato de carne apanada y huevos fritos.
—¿Un restaurante pobre? —comentó Kurapika.
—Está bromeando, ¿verdad? ¿Nos está diciendo que todos los aspirantes del mundo están metidos en ese antro? —dijo Leorio.
—Así es, exacto. Nadie esperaría que el Examen de Cazador, al que llegan miles de aspirantes, sea dentro de un sitio así, ¿verdad?
Entraron al lugar, sólo había un par de personas comiendo, como era de esperarse.
—¡Bienvenidos! —los saludó el cocinero—. ¿Qué van a querer?
—Filete de vacuno—respondió el navegador. La expresión del cocinero cambió a estar algo más seria.
—¿Y cómo lo quieren cocinado?
—Asado, y a fuego lento —respondió el kiriko.
—A la orden.
La asistente de cocina se acercó al grupo.
—Síganme, por aquí —les dijo. Los llevó a un cuarto donde estaban asándose unos trozos de carne en una mesa para cuatro personas.
"¿Vamos a comer…?"
—Uno entre diez mil —dijo el kiriko, de repente—. Esas son las probabilidades de llegar a esta sala. Lo han hecho bastante bien para ser su primera vez —comenzó a caminar hacia la salida—. Muy bien. Buena suerte, novatos —abrió la puerta y salió—, estaremos más que felices de guiarlos también el próximo año —se despidió con la mano asomándose por la puerta y luego la cerró. Entonces se escuchó algo afuera, como si movieran una manilla. La sala comenzó a descender a toda velocidad.
Leorio dio un pequeño grito de susto.
—Parece que esta comida es nuestra —dijo Kurapika, como si no le importara el movimiento, y se sentó a comer. Leorio no quiso ser menos, y se sirvió un filete en un plato.
—Qué pesado eso que dijo —balbuceó Leorio con la boca llena— Hablaba como si supiera que no pasaríamos el examen.
—Uno cada tres años.
—¿Eh?
—Esa es la probabilidad de que un novato pase el examen. O eso dicen. —Kurapika no parecía preocupado por esas estadísticas, y hablaba con confianza. Tomo un sorbo de agua y continuó—. Algunos novatos se vuelven locos por las crueles presiones del examen. Otros… —tomó un trozo de la quemada carne con su tenedor y lo cortó por la mitad— son aplastados por los aspirantes veteranos y nunca vuelven a tomar el examen.
—Tranquilo, Kurapika, creo que fortaleza mental es lo que me sobra —Leorio rió orgulloso.
—¿Y qué es lo que te entrega esa fortaleza, Leorio? Y no me digas que el deseo de tener dinero, porque no te creo.
—Pues es eso, ya te lo dije.
Kurapika hizo una mueca de decepción.
—He conocido a personas motivadas por la avaricia, y no creo que tú seas una de ellas. Quieres el dinero para algo en específico, ¿verdad?
—Creí que ya lo había dejado claro en el barco —Leorio estaba comenzando a sentirse incómodo, no le gustaba hablar de este tema.
—Pues no —Kurapika lo miró en silencio unos segundos—. Leorio, puedes confiar en mí, somos… —El sonido del elevador les indicó que ya habían llegado—. Bueno, me lo puedes contar más adelante, si quieres —Dejaron los cubiertos en su lugar y se limpiaron las manos y boca con unas servilletas—. Vamos.
Los dos novatos se pararon, abrieron la puerta del elevador y salieron al exterior. Lo que les esperaba al otro lado ya lo anticipaban, pero verlo era muy distinto. Cientos de aspirantes, todos expertos en las más variadas disciplinas, de todos los tamaños y colores, estaban parados afuera, en lo que parecía ser una gran cueva subterránea con paredes cubiertas de tuberías de acero. Cuando cruzaron la puerta varios se voltearon a mirarlos. Leorio se sintió intimidado por algunos. La mayoría tenía una apariencia fiera; algunos parecían derechamente criminales. Sólo había uno que aparentaba ser más joven que ellos, un niño regordete, que destacaba como una liebre blanca en un campo lleno de leones.
"¿Qué hace ese mocoso acá?"
Caminaron hacia la multitud, tratando de no mirarlos demasiado.
—Con ustedes somos 404 —Un tipo les dijo desde un lado. Leorio y Kurapika se voltearon a verlo. Era un hombre adulto, gordo, de estatura pequeña, con la cabeza grande y una nariz gorda y achatada. En su rostro tenía una gran sonrisa, y hasta sus ojos sonreían. Estaba sentado sobre uno de los tubos gigantes de las paredes—. Hola —les saludó con un gesto, y ellos no respondieron. Luego se bajó de un salto—. Me llamo Tonpa —se acercó, pero Leorio y Kurapika lo siguieron ignorando.
Otro hombre aún más pequeño, calvo, y con una cabeza extraña sin orejas, se aproximó a darles unas placas.
—Su placa, señor —le dijo a Leorio, quien miró hacia los lados y se dio cuenta que todos tenían enganchada una en alguna parte del cuerpo, y sólo entonces la recibió. Era la 403.
Kurapika se acercó después.
—Y la suya —dijo el enano. La placa de Kurapika era la 404. Después de eso el pequeño personaje desapareció entre la muchedumbre. Los dos se engancharon las placas en el pecho, imitando a los demás aspirantes.
—Así que son nuevos —comentó otra vez Tonpa, que seguía insistiendo en conversarles.
—¿Cómo lo sabes? —Le respondió Leorio, de cierta forma interesado en qué lo había hecho pensar eso, pero a la vez porque sospechaba que si no le respondía iba a seguir insistiendo.
—Soy un veterano. Participo todos los años. Este es mi intento número treinta y cinco.
"¡¿Treinta y cinco?! ¡Vaya perdedor!"
—Tenía 10 años cuando comencé.
Leorio empezó a reírse en su cara.
—Eso es… impresionante —le dijo de manera sarcástica.
—Gracias. Si quieren saber cualquier cosa, sólo pregúntenme, estaré feliz en contestar —Tonpa no perdía su sonrisa en ningún momento.
"Pero qué tipo más idiota. Con razón ha perdido tantas veces. Ni siquiera se dio cuenta que me estaba burlando de él."
—¿Hay más personas como usted acá? —Kurapika se adelantó a preguntarle.
—¿Más veteranos dices? Claro, somos la mayoría ¿Quieres que te los presente? —Antes de que Kurapika pudiera responder, Tonpa siguió hablando—. Bueno. —Apuntó con la cabeza a uno que parecía más viejo que él, y que tenía un mantel enrollado en su cabeza, a modo de turbante—. Ese de allí, el de la placa 103, es Bourbon, el encantador de serpientes. Es un competidor tenaz, no les aconsejaría hacerlo su enemigo, a menos que quieran sufrir. —Apuntó a otro más, que estaba afirmado en una pared a unos metros de allí—. Placa 76: Cherry, el artista marcial. Cuando se trata de combate cuerpo a cuerpo, es el mejor. —Les hizo un gesto para que miraran a otro que estaba sentado cerca, comiendo—. Placa 255: Todoh, el luchador. Tiene una fuerza increíble y es más inteligente de lo que parece. —Se giró en 180 grados y esta vez apuntó a un grupo de gente—. Esos tres de allí son los Hermanos Amori. Se especializan en el trabajo en equipo, y se hacen cada vez mejores. —Luego les dijo que miraran a uno que estaba frente a ellos, un hombre con gafas de sol y la piel oscura—. Finalmente, placa 384: Gereta, el cazador. Puede capturar cualquier clase de bestia con sus dardos y garrote. —Miró otra vez a Leorio—. Esos son los que vienen cada año. Es sólo una muestra de la gran cantidad de personas con capacidades extraordinarias que sólo por poco no pasan el examen…
Un grito desgarrador se escuchó de repente, y se voltearon rápido a mirar. Un hombre estaba gritando de dolor, arrodillado en el suelo, con ambos brazos cortados por el codo. La sangre le salía como si se tratara de una manguera a presión. Otro hombre estaba parado frente a él; Su largo cabello rojizo, engomado hacia atrás, parecía ondearse hacia el cielo, como si estuviera encendido por el fuego. El resto de los aspirantes se había apartado de la zona, tal vez por temor.
—¡Observen! —dijo el hombre de cabello en llama, entre los gritos del otro aspirante en el suelo—. Sus brazos desaparecieron. No hubo trucos involucrados. —"¡Mis brazos!", gritó el tipo en el suelo—. Tal vez deberías disculparte la próxima vez que pases a llevar a alguien —le respondió, y luego se alejó del lugar. Todos los aspirantes se apartaban de su paso. Dos personas se acercaron al herido.
—Hmp. Volvió —dijo Tonpa con preocupación— Placa 44: Hisoka, el mago. Parecía que iba a pasar el año pasado, pero atacó a un examinador que no le gustaba y lo descalificaron. Casi lo mató.
—¡¿Y aun así lo dejaron tomar el examen de este año?! —preguntó Leorio.
—Claro. Cambian a los examinadores todos los años. Ellos deciden cuáles serán las pruebas y quiénes pueden tomarlas. Si algún examinador así lo quiere, hasta el mismísimo Demonio podría pasar el examen de cazador. —Los tres veían cómo Hisoka se alejaba—. Además de atacar al examinador, el año pasado mató a veinte aspirantes, y seguro que este año matará a más. Será mejor que se mantengan alejados de él. Hay otros más que son peligrosos, pero se los diré antes de que se los topen, así que no se preocupen —terminó diciéndoles con una risita.
—Oh, es cierto— continuó Tonpa. Se llevó las manos a sus bolsillos y sacó unas latas de jugo—. ¿Tienen sed? Tomemos algo —le dio una lata a cada uno. Y después se llevó la suya a la boca—. Brindemos porque nos vaya bien.
Leorio fue el primero en beber. Había olvidado tomar líquido mientras comían esa carne. Kurapika miraba la lata con desconfianza.
—Ahhh —exclamó Leorio después beberla entera de una vez—. Está bueno. Kurapika, bebe un p-po… co…
De repente sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago, y se encogió del dolor, llevándose las manos al vientre. Las piernas le temblaban, y tuvo que sentarse para no caerse.
—¡¿Leorio, estás bien?! —gritó Kurapika, con preocupación. Le puso un brazo sobre el hombro, y Leorio le hizo un gesto con la mano para que se apartara—. ¡Tú! ¡¿Qué tenía ese jugo?! —le gritó a Tonpa.
—Nada, no sé de qué hablas…
Kurapika lo tomó de la camiseta y lo atrajo hacia él con un tirón. Leorio observaba cómo pasaba todo, como si fuera una película borrosa.
—¿Tenía veneno? —Los ojos de Kurapika habían cambiado, estaban del color de la sangre, y parecía que iban a devorarse a Tonpa. Leorio sintió miedo al verlo. Tonpa sólo negaba moviendo la cabeza—. ¿Tienes el antídoto? Dámelo ahora o te juro que te obligaré a tomar todas las latas que te quedan.
—N-no, no hay ningún antídoto.
—¡¿Qué?! Escoria.
Leorio se puso de rodillas y comenzó a vomitar. En el fondo escuchaba cómo Kurapika seguía amenazando a Tonpa. Cuando terminó de regurgitar todo lo que había comido, Kurapika lo ayudó a pararse y le dio un pañuelo y agua para que se limpiara. Leorio se echó toda el agua en la boca y después la escupió hacia un lado.
—¿Estás bien? —le preguntó Kurapika. Sus ojos habían vuelto a su color normal.
"¿Me lo imaginé…?"
Leorio le respondió moviendo la cabeza de lado a lado. Estaba sudando en todo el cuerpo, y sentía el brazo de Kurapika como si fuera un trozo de hielo cortándole la espalda.
—Tranquilo, sólo era un laxante muy potente —Kurapika le dijo, intentando calmarlo—, no era veneno. Estuvo muy bien eso que hiciste, ahora quizás no te afecte, pero en esta condición no podrás continuar —Kurapika se detuvo unos segundos, al darse cuenta de lo que había dicho. Aún no le quitaba la vista a Tonpa, que estaba parado frente a ellos, sin atreverse huir—. Pero no te dejaré solo, no te preocupes.
Leorio trató de abrir su maleta, pero sus manos le temblaban demasiado. Kurapika la abrió por él. Leorio buscó entre las pastillas y encontró un antidiarreico. Lo sacó de su envase y se lo tragó con un poco de saliva.
—No va a funcionar —dijo una voz. Leorio lo miró. Era un sujeto un poco más alto que él, y mucho más corpulento. Vestía ropas algo extrañas, que dejaban al descubierto sus hombros y parte de sus piernas—. Ese laxante es extremadamente potente y raro. Nada que tomes te hará efecto. Se absorbe rápido también. Pero conozco una forma de combatirlo.
Kurapika sólo le devolvió una mirada.
—Conozco a este sujeto, lo hace todos los años —continuó el tipo—. Yo también caí en su trampa una vez, y desde entonces he estado trayendo este antídoto todos los años, para ayudar a las personas como ustedes.
—¿Y cómo sé que no eres otro tipo tratando de aprovecharse de nosotros?
—No lo sé. —El sujeto se encogió de hombros.
Leorio dirigió su mirada cargada de odio hacia Tonpa, y Kurapika entendió el mensaje.
—Tú. —Kurapika dejó a Leorio sentado y se acercó a Tonpa, quien se encogió un poco ante su presencia. Kurapika metió su mano en el bolsillo de Tonpa, sacó una de sus latas, y luego la abrió.
—Bebe. —le ordenó.
—¿Por qué debería? —respondió Tonpa, temblando.
—Porque si no lo haces, te mataré —Lo miró con sus ojos llenos de furia, esta vez en su color marrón natural—. ¿Es razón suficiente?
Tonpa no respondió. Kurapika lo agarró del cuello y le vació la lata en la garganta, mientras Tonpa hacía lo que podía por resistirse, apretando la boca y moviendo los brazos. El jugo con laxantes le chorreó por la barbilla y el cuello. Kurapika lo soltó, y Tompa se tiró al suelo, tomándose la barriga y quejándose de dolor.
—Ahora dale el antídoto a Tonpa —le habló en tono demandante al tipo grande de apariencia extraña. El sujeto abrió su mochila y sacó una botella. Un jugo verde y espeso se movía dentro.
—Bébelo —le ordenó Kurapika—. Esta vez no me hagas obligarte…
Alguien estaba observando la situación, y Kurapika se percató.
—¿Qué pasa? ¿Te vas a entrometer? —le dijo casi como una amenaza.
Leorio miró al sujeto. Era un niño de pelo blanco, que los miraba a la distancia. Parecía aún más joven que el otro chico de antes. Al escuchar esto sólo se alejó sin decirles nada.
Bien —dijo Kurapika, cortante—. Ahora bebe —le ordenó otra vez a Tonpa.
Tonpa miró la botella, y luego se la quitó, tomando un sorbo a toda prisa. Después se sentó otra vez y empezó a respirar con fuerza.
Esperaron unos segundos, y Tonpa comenzó a regular su respiración progresivamente hasta que ya no parecía estar tan afectado.
—¿Estás mejor? —le preguntó Kurapika. Tonpa levantó una mano, temblando, con el pulgar hacia arriba—. Bien. —Kurapika le quitó la botella y se la pasó a Leorio. Leorio tomó el contenido de la botella. Tenía sabor a tierra y huevo podrido. Sintió ganas de vomitar otra vez, pero se las contuvo. De repente sintió una sensación caliente en el estómago, que después se empezó a extender por todo su cuerpo, y de pronto ya se sentía mejor. Le pidió a Kurapika un poco de agua, y éste le acercó su cantimplora. Bebió un poco y después se la pasó de vuelta.
—Gracias. Ya estoy… mucho mejor.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó Kurapika al hombre que los había ayudado.
—Mi nombre Bontade Ontario, pero me dicen Bonty —El grandulón replicó sonriente, extendiendo su mano para un saludo.
—Muchas gracias, Bonty, te debemos una. —Kurapika estrechó su mano. Leorio no tenía energías para saludar.
—No hay de qué, ayudar es algo que me nace. ¿Cuáles son sus nombres?
—Yo soy Kurapika, y él es…
De pronto se oyó una alarma que resonó por todo el túnel. Un hombre de mediana edad, vestido como un mayordomo o sirviente, estaba parado sobre uno de los tubos en la pared, sosteniendo una pequeña cabeza de juguete que emitía ese sonido.
—Se acabó el tiempo de registro —anunció, luego de parar la alarma—. El Examen de Cazador dará su comienzo. —Se bajó de un salto y aterrizó lejos de la multitud—. Síganme, por aquí.
El hombre comenzó a caminar por el túnel, y todos lo empezaron a seguir.
Leorio buscó a Tonpa con la mirada, pero había aprovechado la distracción para escaparse.
"Ya te encontraré otra vez y me las pagarás…"
—Lo confirmaré una vez más, por si quedan dudas —el hombre de la alarma siguió hablando—. El Examen de Cazador es extremadamente difícil. Si carecen de la habilidad suficiente; qué mal. Si no tienen suerte, de nuevo, qué mal. Y hay postulantes que no temen sabotear a los demás, como pudieron ver —miró al cuerpo sin vida de la persona a la que Hisoka le cortó los brazos—. Si no tienen problemas con eso, síganme.
Leorio observó a aquel cuerpo sin brazos otra vez, y notó que le habían robado todo lo que tenía, y en ese momento recién sintió miedo por primera vez. En este examen estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por sobrevivir.
Todos los aspirantes empezaron a caminar siguiendo al sujeto de la alarma.
—¿Todos siguen? Muy bien, entonces, 403 examinados participarán en la 1era prueba —dijo aquel tipo.
—Ese debe ser el examinador —comentó Bonty, que caminaba junto a Leorio y Kurapika.
—¿Lo conoces? —preguntó Kurapika.
—No, pero dijo que el examen ya había comenzado —Bonty levantaba el dedo índice como si estuviera diciendo algo importante.
Leorio y Kurapika se miraron.
De pronto notaron que las personas de más adelante se estaban alejando, y tuvieron que acelerar el paso.
—¿Qué está pasando? —preguntó Leorio, mientras trataba de mantenerles el ritmo.
—Parece que están acelerando cada vez más —respondió Kurapika.
—Escuchen, está hablando —interrumpió Bonty.
—…Seguirme hasta la 2da prueba, esa será su 1era prueba —comentó el examinador.
—¿Ven? Es el examinador —dijo Bonty, riendo como idiota.
—¿Una prueba de resistencia? —preguntó Kurapika, mirando a Leorio, que apenas podía seguirles el paso.
—Descuida… tengo buena… resistencia —comentó Leorio, jadeando.
El mismo niño que los miraba antes se cruzó entre ellos de repente, montado encima de una patineta.
"¡Tramposo!"
—Oye niño… es una prueba de resistencia —le dijo Leorio.
—¿Eh? —comentó el niño, desacelerando un poco.
—Es trampa… andar en eso… Tienes que… Tienes que correr, como todos.
—¿Lo es?, no recuerdo que mencionaran que debíamos ir a pie, sólo dijo "síganme", ¿verdad? —preguntó el niño a Kurapika, quien confirmó su pregunta, asintiendo—. ¿Ve? —Se dirigió a Leorio otra vez—. ¿Y ya está cansado, señor? Tal vez debería tomar un descanso.
"Maldito mocoso…"
—No te hagas el tonto, viste muy bien lo que pasó antes. Te vi —le respondió Kurapika.
El niño lo miró con una leve sonrisa. Su expresión le daba muy mala espina a Leorio.
—Vi que estabas obligando a Tonpa a hacer algo.
—¿Lo conocías? —Kurapika le preguntó, luego miró a Bonty.
—Sí, me convidó un poco de jugo antes —El niño respondió, con la misma expresión que a Leorio le causaba inquietud.
Kurapika lo miró molesto.
—¡Mentiroso! —le dijo Leorio—, si te hubiera dado… no podrías estar aquí ahora.
El niño se encogió de hombros.
—Es verdad, pero si no quieren creerme…
—Es cierto —dijo Bonty—, lo vi tomar ese jugo antes.
Kurapika miró al chiquillo, impactado.
—¿Ven? Yo no miento —se mofó él.
—¿Le diste el antídoto también? —Kurapika le preguntó a Bonty.
—No. Lo iba a hacer, pero, vi que no le hizo nada, entonces…
El chiquillo se rió.
—Quizás simplemente sus cuerpos sean muy frágiles…
Leorio lo tomó de un brazo y lo frenó.
—¿Quieres morir, mocoso?
—Inténtalo —el chico respondió, sin perder su sonrisa desafiante.
—Leorio, déjalo —le dijo Kurapika.
—No. Este… Niño…
Leorio sintió que el cuerpo del chico se dividía en dos, y se tambaleaba y retorcía en el aire como si fuera un holograma. Su imagen se alzaba muy por encima de él, y Leorio se encogía y encogía cada vez más.
—¿Leorio…? —escuchó a Kurapika decir.
La sonrisa del chico se hacía más y más grande. Entonces todo el mundo se volvió negro, y los sonidos se apagaron. Aún no pasaban ni diez minutos desde que había comenzado la carrera.
"Pietro…"
