Capítulo 4.
Mi amada Anna. Desde que te conocí, he sabido que si había nacido para algo, era para estar contigo. Eres la mujer más increíble que puede haber y te amo con todo mi ser. Sin embargo, soy consciente de que no te hago feliz, ¡y no te culpo! Pero, si no eres feliz a mi lado, no tiene sentido que me quede al tuyo.
Espero que tengas una hermosa y feliz vida al lado de alguien que sepa darte lo que mereces.
Te quiero.
Kristoff Bjorgman.
—Eso es lo que pone. Lo último que me ha dicho antes de desaparecer para siempre es que me quiere. Qué injusto, ¿no? ¿Cómo se supone que voy a vivir yo a partir de ahora?
»Necesito tu consejo. He escapado de mi habitación sólo para poder hablar contigo. Han sido muchos años y muchos momentos duros en los que he podido contar contigo y me has dado coraje. Por favor, ayúdame a salir adelante. No sé vivir sin él. Sé que todo esto es culpa mía; he sido una estúpida, pero me pudo el miedo a perderle. Y, al final, le he acabado perdiendo de todos modos. ¿Qué hago? Sin él, respirar duele, despertar duele, soñar duele, vivir duele. Definitivamente no quiero vivir sin él. Pero me siento entre la espada y la pared. Si me muevo, es fácil que le pierda, si no me muevo… bueno, ya le he perdido.
»¿Qué harías tú en mi situación, Juana? Ilumíname.
Anna observó con pesadas y cansadas lágrimas en los ojos aquel enorme cuadro de la sala de arte. Se sentía sin fuerzas, rendida, acorralada por sus propios pensamientos. Pero, de pronto, la brava imagen de Juana de Arco le devolvió la energía.
—¡Tienes razón! De nada sirve quedarse llorando. Nada se arreglará así. Puede que no logre arreglarlo pero, si es necesario, moriré en el intento. ¡Gracias Juana! ¡Sabía que no me fallarías!
Anna se levantó de un brinco del sillón en el que estaba recostada y salió disparada a su habitación para ponerse algo de ropa cómoda. Si algo le habían enseñado sus aventuras de los últimos años era que se corre mejor con pantalones.
—Sólo espero no acabar envuelta en llamas como tú… —dijo en medio de un suspiro mientras salía de la sala.
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—Sé mi esposa.
—Espera, ¿qué?
—Sé que lo que hice fue terrible y que no tengo derecho a pedir tu perdón, pero… desde aquel día no he dejado de pensar en ti, Anna. ¡Te amo!
Anna no salía de su asombro. Eso era lo último que esperaba oír de sus labios.
—Por favor, cumplamos la promesa que hicimos aquel día. Sé que puedo hacerte feliz. Cásate conmigo.
—Me vas a disculpar, Hans, pero tengo cosas más importantes que atender. Y , por supuesto, la respuesta es no.
Hans frunció el ceño ante la negativa de la reina.
—Vaya… parece que en estos años te has vuelto más cabal… —dijo él cambiando drásticamente el tono por uno mucho más burlón.
—Ahora eres tú… —dijo Anna al reconocer la mirada del hombre despiadado que la dejó morir. —Me enseñaste una valiosa lección.
—Venga, Anna, no seas rencorosa. Te estoy ofreciendo la opción más fácil… —Hizo una leve pausa. —Haz lo que te pido y volverás a casa con vida.
Anna retrocedió un par de pasos ante la amenaza del príncipe. Entonces, una sonrisa de seguridad se plasmó en su rostro.
—Me he enfrentado a enemigos peores que tú y he salido con vida. No creas que soy tan fácil de matar.
—Anna, los dos sabemos que siempre es tu querida hermanita la que te saca de los apuros. Sin la magia de Elsa para protegerte, no eres nadie.
—Te equivocas. Adoro a Elsa, pero ella es más de meterme en problemas que de sacarme de ellos —comentó con una leve risa. —Si le debo mi vida a alguien en este mundo es a Sven y a Kristoff…
Anna paró en seco. Acababa de darse cuenta de cuánto había dependido de Kristoff durante todos estos años; desde el mismo momento en que se conocieron, le había salvado la vida en incontables ocasiones en las que ella fue terriblemente desconsiderada con él. ¿Cómo pudo no pensar en sus sentimientos? No era de extrañar que se hubiese marchado: nunca le había demostrado con propiedad lo muchísimo que le ama. Y aún así, él siempre estuvo ahí.
Sin embargo, esta vez no era así. ¿Y si era la definitiva?
—¡Ni hablar! —exclamó para sí misma para sorpresa de Hans. —¡No pienso morir sin aclararle las cosas!
—Se me acaba la paciencia, Su Majestad.
Hans avanzó hacia ella con decisión y ella miró en todas direcciones buscando una posible salida. Esta vez todo dependía de ella. Estaba sola. O quizás no… Kristoff la amaba, Elsa la amaba, Olaff la amaba… No estaba sola, ¡y lo demostraría!
—¡Elsa! ¡Gracias al cielo! —gritó Anna con cara de alivio mirando tras de Hans al bosque vacío haciendo gala de unas excelentes dotes interpretativas.
Hans, temiéndose lo que la mujer a la que estuvo punto de asesinar podría hacerle con sus poderes, se giró bruscamente buscándola con la mirada.
Fueron sólo unos segundos, pero para cuando quiso darse cuenta del engaño, Anna ya no estaba allí.
—¡Mierda Hans! ¡¿Cómo has podido caer en un truco tan viejo?! —se dijo mientras echaba a correr bosque a través en busca de su llave hacia el reinado.
