Capítulo 5.
Kristoff escuchó el silbido de una piedra atravesando el aire y encogió los hombros instintivamente. La piedra pasó rozando su cabello y aterrizó sobre la sien derecha de Hans, que quedó automáticamente inconsciente.
Los ojos de Kristoff se abrieron como platos y soltó al pelirrojo dejándole caer al suelo sin el más mínimo cuidado.
—¡Kristoff!
La voz de Anna resonó por todo el bosque. Él se giró rezando por que aquello no fuese una alucinación y buscó el origen de la voz. Entonces, de la rama de un árbol que daba a la orilla del camino saltó Anna directamente a sus brazos.
Mientras la veía caer, no pudo evitar quedar embriagado por ella. Estaba sucia, con el pelo suelto y algo revuelto, vestida para la acción y absolutamente deslumbrante. ¿Cómo podía ser tan hermosa?
El golpe le tiró al suelo, pero no pudo sentir el dolor, sólo sentía cómo sus lágrimas brotaban completamente descontroladas de alivio al ver a Anna sana y a salvo.
—Anna —susurró con el único hilo de voz al que su cuerpo permitió salir de su garganta.
—Estoy aquí —dijo ella acariciando las mejillas del rubio mientras reparaba en sus lágrimas. Su tacto era suave y cálido y hacía que el terrible calor que sentía fuese en aumento más rápido aún, pero no le importó.
—Gracias a Dios estás bien. ¿Te ha hecho algo?
—Bueno, lo ha intentado, pero no estaba preparado para enfrentarse a esta mujer —dijo ella con una sonrisa de orgullo.
—Nadie lo está —añadió el con una sonrisa cargada de ternura mientras las lágrimas iban cesando.
—¿Qué te ha hecho? Parecía que le tenías acorralado, pero tienes una cara horrible. —Anna, con un gesto de preocupación en su rostro, continuó acariciando las mejillas y el cabello de Kristoff que, con estas últimas palabras, sintió de nuevo el azote de la terrible información que tenía para ella.
—Me dijo que te había hecho cosas horribles y sentí que se me acababa el mundo.
—Ese ruin embustero… —dijo ella mientras miraba con rabia el cuerpo de Hans con la leve duda de si seguiría respirando. —Lamento que te haya hecho daño. Pero, no te preocupes, de verdad que no me ha hecho nada de nada.
—Anna… —interrumpió él casi sin fuerza.
—Que me case con él me dice. ¿Te lo puedes creer? Estoy segura de que vendería su alma por ser rey. Si es que tiene de eso, claro.
—Anna… —intentó interrumpir de nuevo.
—Luego me amenazó, pero le burlé de la forma más absurda. Te vas a partir cuando te lo cuente.
—¡Anna! —dijo al fin con un tono algo más elevado y sujetando la cara de la chica hacia la suya logrando por fin su atención.
—¿Qué ocurre? —contestó ella extrañada por la seriedad de su tono.
Kristoff le dedicó una ligera sonrisa, adoraba a aquella dicharachera mujer. Hacía tanto que no le hablaba con aquella energía…
—Lo siento Anna. De hecho… creo que mi mundo se está acabando de verdad.
—¿Qué? —El rostro de Anna perdió la energía y palideció levemente.
—Verás… Hans…
Sin dejarle continuar, una voz conocida habló a sus espaldas.
—Kristoff, mi muchacho. Está en ti…
Al girarse, ambos vieron a Gran Pabbie mirando a Kristoff con una lagrimilla en el rabillo del ojo y el alma rota.
—¡Gran Pabbie! ¿Qué está pasando? —preguntó Anna asustada.
—Anna… He venido siguiendo el rastro de una poderosa magia que había sido activada.
—¿Magia?
—Sí, es una magia antigua diseñada para acabar con los corazones limpios. Pone fuego dentro de ellos y, sus portadores… acaban estallando en llamas.
—¿Qué? Pero… ¿qué tiene que ver eso con Kristoff?
—Anna, Hans se ha hecho con el control de esa magia y… —se esforzó por aclarar Kristoff buscando el tacto que la situación requería.
—¡No! —gritó ella con terror al intuir lo que tenía que decirle.
—Lo siento. Fui descuidado —dijo él agachando la cabeza.
Anna negó una y otra vez con la cabeza y entonces se arrodilló ante Pabbie.
—Por favor, Gran Pabbie, dime que hay solución —pidió desesperada ante la triste y resignada mirada de Kristoff.
Gran Pabbie agachó la cabeza y repasó sus pensamientos durante unos segundos.
—Podría haber una solución, pero no sé si quiero ver cómo se lleva a cabo.
—¡¿La hay?! —dijeron los dos a coro.
—Lo que sea Pabbie, ¡haremos lo que sea! —afirmó con urgencia Anna mientras agarraba fuertemente la mano de Kristoff.
—No es tan fácil —dijo el Troll negando con la cabeza —. Al igual que el amor descongela un corazón helado, son los sentimientos más oscuros los que enfrían un corazón en llamas. La ira, el odio, la avaricia, la envidia, la venganza… Sólo los actos guiados por esos sentimientos son los que pueden salvar su vida ahora…
—¿Eso quiere decir que si hago algo cruel, no moriré?
—Sí, eso creo.
—Está bien, no tenemos tiempo —dijo Kristoff sintiendo cómo el calor le ahogaba. —Eso no es tan complicado…
Kristoff se acercó decidido a Hans y se arrodilló a su lado. El pelirrojo recuperó despacio la consciencia y se vio cara a cara con la castaña mirada de Kristoff. Aquella mirada albergaba rabia, miedo, inseguridad y decisión al mismo tiempo. El pelirrojo entendió en un segundo lo que estaba ocurriendo y su estómago se acongojó.
—Kristoff, hijo —interrumpió Gran Pabbie —, no es una decisión sencilla, y probablemente ninguna de las opciones sea la buena, pero recuerda que, si decides hacerlo, nunca volverás a ser el mismo.
—Y si no lo hago, nunca volveré —dijo él sin poder mirar a los ojos a Pabbie.
Miró los cristalinos y asustados ojos de Hans, sus labios que temblaban, su piel pálida y triste. Estaba claro que, por miserable que fuese su vida, no quería perderla. Puso sus manos en torno a su garganta, tomó aire y cerró los ojos. Entonces, se centró en pensar en quién era ése que temblaba entre sus manos. Era el hombre que le estaba intentando matar, era el que jugó con los sentimientos de Anna y luego la dejó morir y era el que había estado a punto de asesinar a Elsa. Había intentado adueñarse del reino a base de mentiras y trampas, y no contento con eso, ahí estaba de nuevo, en busca del trono, acabando con todo aquel que encontrase a su paso. Era un malnacido. No merecía las bellezas de este mundo, no merecía las sonrisas que Anna le dedicó. Probablemente, no merecía ni respirar.
Y entonces, ¿por qué no podía hacerlo?
—¿Kristoff?
El temeroso susurro de Anna llegó casi imperceptible a los oídos del muchacho, pero fue suficiente para hacer que no fuese capaz de hacer ni un mínimo de fuerza contra aquel cuello que abarcaba a la perfección con sus manos. Entonces le soltó con impotencia, se levantó y cogió unas cuerdas de su trineo con las que ató de pies y manos a Hans que aún temblaba de miedo en el suelo. Entonces caminó directo hacia Anna.
Plantado ante ella, todo él rojo y empapado en sudor, tomó las manos de su amada con dulzura, se mordió el labio y, finalmente se decidió a hablar.
—Anna, lo siento. No puedo hacerlo. No quiero que compartas tu vida con alguien como él...
—¿Eh? —El rostro de Anna mostró una combinación entre terror y alivio. Entonces, entre lágrimas, acarició de nuevo el rostro de Kristoff y sonrió dolorosamente. —Te prefiero así.
Anna abrazó fuertemente a Kristoff sin ser capaz de contener sus lágrimas mientras él acariciaba cariñosamente su espalda.
—Siento haberme ido: fue un terrible error; siento haberte hecho daño; y siento estártelo haciendo ahora también.
—¡Ni se te ocurra disculparte! —contestó ella sin alejarse ni un milímetro de su pecho —. Ha sido todo culpa mía. Si tan sólo hubiese tenido el valor de hablar contigo, nada de esto habría pasado.
—Anna… —Kristoff miró muy fija y seriamente a su reina —Encuentra a alguien que realmente te merezca y sé feliz, ¿vale? Es lo único que deseo.
Anna se alejó bruscamente de su pecho.
—¡No! —le espetó con ira. —¿Es que no lo entiendes? ¡Para mí sólo existes tú! ¡Sólo tú puedes hacerme feliz!
Él apretó los puños y cerró los ojos con fuerza mientras sus lágrimas volvían a desbocarse.
En ese momento, el sofocante calor comenzó a quemar en su interior y le fallaron las fuerzas haciéndole caer sobre sus rodillas.
—¡Kristoff! —gritó Anna sintiendo que llegaba el final. —¡Pabbie! ¡Por favor! ¡Haz algo! —Sus gritos desesperados sólo lograban que el corazón de todos los allí presentes se encogiese más a cada segundo.
—Anna —dijo Gran Pabbie con pesar —, no hay nada que yo pueda hacer.
El troll rompió a llorar y Kristoff hizo un esfuerzo por hablar.
—Pabbie, gracias por todo. Habéis sido la mejor familia —hizo una pausa intentando recuperar el aliento mientras Anna lloraba sobre su espalda —. Sven, amigo, —El reno, cabizbajo y lagrimeando se acercó a él hasta que pudo sentir su hocico contra su mejilla. —Sin ti ni siquiera estaría vivo. Gracias por compartir tu vida conmigo, colega. No estés triste, ¿vale? Te necesito para darle fuerzas a Anna. —Kristoff apoyó su cabeza de lado sobre la de su amigo. —Sven, en realidad, tengo un favor más que pedirte. —El reno emitió un grave y suave bramido. —Sí, sé que puedo contar contigo. Por favor, llévate a Anna y a Pabbie de aquí.
—¡Ni hablar! —gritó de nuevo Anna mientras se apretaba contra su espalda aún más fuerte.
—No quiero que veáis lo que va a pasar, Anna. No quiero que tengas ese recuerdo de mí.
Se incorporó con gran esfuerzo y besó los labios de Anna en un dulce e irremediablemente ardiente beso.
—Anna… —susurró entonces.
—No —contestó ella tajante.
—Anna… —repitió él de nuevo pidiéndole con su tono que fuese razonable.
—¡He dicho que no! ¡Obedece a tu reina! —Kristoff rio haciendo uso de sus últimas fuerzas.
—Te amo.
Tras aquel último susurro en el oído de la chica, se desplomó de nuevo en el suelo a punto de sucumbir a las llamas que crecían en su interior.
—¡No! ¡Kristoff! ¡Quédate conmigo, por favor! ¡Te amo!
Una sonrisa sonrisa de confort se dibujó en el rostró de Kristoff. Seguramente su última sonrisa.
Anna apoyó su cabeza en la de él y siguió susurrando una y otra vez:
—Te amo, te amo, te amo, te amo.
Hans admiraba la desoladora escena con cierta incomodidad: Kristoff ya sólo tenía fuerzas para jadear y luchar por respirar, Anna, el troll, y el reno parecían ir a morir de la pena , y Elsa permanecía de pie, observando la escena, como tratando de comprender la situación.
—Espera, ¿Elsa? —exclamó sorprendido ante la presencia de la joven.
Anna alzó la vista al oír a Hans y vio a su hermana erguida a unos metros de ellos y con la decisión clavada en sus pupilas.
—¿Elsa? —dijo Anna con un hilo de voz.
—Kristoff, levántate —ordenó Elsa recuperando el aire de reina que tuvo años atrás.
Kristoff, sin entender nada y terriblemente agotado, hizo su mayor esfuerzo por ponerse en pie ante aquella mujer. No tenía fuerzas para hablarle, pero al menos, así le mostraría el respeto, cariño y agradecimiento que sentía hacia ella. Ante su tentativa, Anna y Sven le ayudaron a erguirse.
Una vez le tuvo en pie, Elsa no perdió un segundo.
—Esto es por lo que tú y yo sabemos.
Con una fría mirada, Elsa descargó, ante la atónita mirada de todos, un potente rayo de hielo contra el corazón de Kristoff que, instantáneamente, cayó fulminado.
