Capítulo 6.

—¡Kristoff! —gritó Anna con desesperación al sentir cómo su amado caía de sus brazos inconsciente —¡Elsa! —gritó entonces con reproche e incomprensión a su hermana mientras se apresuraba a comprobar si el chico respiraba y tenía pulso.

—O quizás podamos hacer eso – comentó Gran Pabbie ladeando la cabeza.

—Se está enfriando… ¿Se va a congelar? —preguntó Anna arrodillada al lado de su prometido perdiendo las fuerzas ante la idea de verle morir de aquella forma que tan familiar le resultaba a ella.

—Eso ha sido tremendamente arriesgado, Elsa —observó Pabbie con una sonrisa empezando a aflorar en su áspera cara.

Elsa sonrió dulcemente y se agachó ante Anna y Kristoff.

—Tranquila, Anna. No morirá.

—¿Qué? —Las lágrimas retomaban fuerza para escapar de sus ojos mientras ella permanecía sin comprender nada pero con el pecho lleno de esperanza.

—Fíjate, ahora respira apaciblemente. Sólo necesita descansar —añadió Elsa acariciando cariñosamente la mejilla de aquel chico que tanto había cambiado sus vidas.

Sven se emocionó ante la noticia y comenzó a dar brincos y Gran Pabbie se acercó poco a poco a Elsa.

—¿Qué te ha hecho pensar que no se congelaría como le pasó a Anna? —preguntó reverenciando a Elsa en agradecimiento por salvar la vida de su humano favorito.

Elsa rio regodeándose en el placer de ser la única que entendía la situación.

—Si algo me ha quedado claro hablando esta mañana con Kristoff es que cada uno de sus actos y pensamientos es movido por el amor. Un corazón que vive en un constante acto de amor, no puede ser congelado.

—¡Elsa! —Anna abrazó a su hermana con tanta fuerza que casi le cortó la respiración —. ¡Gracias!

Después volvió junto a Kristoff, le apoyó en su regazo de modo que su cabeza no tocase en el pedregoso suelo y se regodeó en acariciar tiernamente cada uno de los rincones de su rostro como si estuviesen solos en el mundo.

—Será broma… —protestó Hans viendo cómo el candidato a ocupar el lugar que él deseaba para sí mismo se había librado de aquella magia que a tantos se había llevado hasta el momento.

Elsa miró a Hans de reojo con desprecio y creó un pesado bloque de hielo que inhabilitaba completamente el movimiento de sus pies.

—¿Qué? ¿Vas a matarme? —preguntó haciéndose el fuerte.

—Eso depende más de ti que de mí —dijo ella con una sonrisa maliciosa que estremeció al príncipe. —Anna, creo que sería conveniente llevar a Kristoff a palacio para que descanse como es debido. Y apuesto a que tú también estás necesitando un buen descanso.

—No te dejaré sola con él —negó Anna —. Ya has visto de lo que es capaz.

—Si conseguimos el sello mágico —comentó Gran Pabbie —, yo podría anular la maldición para que no vuelva a ser usado.

Elsa reflexionó durante unos minutos.

—Hans, si aprecias minímamente tu vida, entrégame el sello —cortó la soga que ataba sus muñecas lanzándole dos afiladas agujas de hielo.

—¿Crees que te voy a entregar la única cosa que puede asegurarme un escape? ¿Por quién me has tomado? —se jactó Hans frotando sus resentidas muñecas.

—Como desees —dijo Elsa fingiendo resignación.

Hans sintió cómo el hielo comenzó a subir despacio por sus pantorrillas calando dolorosamente hacia dentro.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó furioso y visiblemente asustado.

—El hielo va a seguir subiendo despacio, muy despacio. Si deseas que pare, entrégame el sello.

Hans dudó durante unos segundos pero, al sentir el hielo sobrepasar sus rodillas, rebuscó entre sus bolsillos hasta dar con el sello y lo lanzó al suelo a los pies de Elsa.

—Buen chico —dijo Elsa satisfecha mientras creaba unos grilletes de hielo que sujetaron las manos de Hans pegadas a la pared.

Gran Pabbie cogió cuidadosamente el sello.

—Debo buscar una zona segura para desactivar su magia sin dañar a nadie. Os confío a Kristoff. No me queda duda de que está en las mejores manos.

Y reverenciando a las dos hermanas, se marchó de allí rodando camino arriba.

—Ya no tienes de qué preocuparte —dijo Elsa acariciando la cabeza de su hermana.

Anna miró la frustrada expresión de Hans y contempló luego a su hermana, boyante de poder y seguridad. Aquello le dio la confianza que necesitaba y asintió con la cabeza.

—Está bien. En cuanto llegue a palacio enviaré a la guardia a tu encuentro para que detengan a Hans.

Entonces se levantó apoyando cuidadosamente la cabeza de Kristoff de nuevo en el suelo. Preparó a Sven y le regaló unas caricias de complicidad: podía entender por lo que había pasado. Después hizo hueco en el trineo para apoyar con toda la comodidad posible dentro de las estrecheces a Kristoff y miró vacilante a Elsa.

—Y ahora, ¿cómo le subimos? ¡Pesa como dos toneladas!

Elsa rio e intentó no pensar mucho en de dónde había sacado su hermana esa información. Entonces cerró los ojos y respiró hondo y, la encantadora Galerna, apareció en escena elevando con cuidado al muchacho y apoyándole en el interior del trineo.

—¡Muchas gracias, Galerna! —exclamó Anna viendo solucionados sus problemas.

—Gracias. Volveré en un rato —añadió Elsa dirigiéndose a aquella agradable brisa de verano que revoloteaba por sus cabellos.

—¿No vendrás a palacio? —preguntó Anna extrañada.

—No —sonrió Elsa —. Creo que necesitaréis algo de tiempo para vosotros después de esto.

Anna apretó los labios y aceptó las palabras de su hermana. Luego se acercó a ella y le tomó las manos.

—Gracias por todo.

—Dáselas a Olaff; él se aseguró de que viniese en tu busca.

Anna rio silencisoamente.

—Gracias también por él.

Elsa abrazó a Anna, que le devolvió gustosa el abrazo.

—La semana que viene, ¿sesión de mímica? —preguntó Elsa juguetona.

—¡Cuenta con ello!

Anna subió al trineo, se giró hacia Hans y le habló con tono firme.

—Príncipe Hans de las Islas del Sur, he sido muy buena contigo hasta ahora, pero esta es la última vez. Mis guardias se van a asegurar de que salgas de este reino. Préstame mucha atención porque no tendrás otra oportunidad: desde el momento en el que cruces las fronteras, entrará en vigencia la nueva orden. Si cualquier miembro de mi guardia te vuelve a ver en mis tierras, te ejecutará en ese mismo instante. No habrá juicios ni clemencia. Sólo desaparecerás de este mundo para siempre. Así que piénsatelo muy bien antes de volver a poner un pie en Arendelle.

Le mantuvo la mirada fulminándole con ella durante unos segundos que a Hans le parecieron una eternidad.

—Sven, nos vamos a casa.