Capítulo 7.
Kai abrió las puertas de palacio entusiasmado viendo cómo la reina volvía a salvo a su hogar. Pero su rostro cambió de golpe cuando se dio cuenta de que el cuerpo de Kristoff yacía en la parte trasera del trineo.
Al cruzar las puertas, Anna se apeó con cuidado y fue a abrazar a Kai que la recibió con gran ternura.
—Su Majestad, Sir Kristoff… —se animó a preguntar cuando se deshizo el abrazo.
—No te preocupes por él. Sólo duerme. —Kai respiró aliviado. —Lo lamento Kai, necesito tu ayuda de nuevo.
—Lo que sea por vos.
—Necesito que llevéis a Kristoff a su habitación. Ha sido un día realmente duro y necesita descansar apropiadamente. Y, sobretodo, necesito que reúnas a la guardia lo antes posible.
—Ya mismo.
Kai corrió a dar la voz y envió a dos fuertes hombres del servicio a trasladar a Kristoff a su alcoba.
Ya se estaba reuniendo la guardia cuando Anna, aún acompañada por Sven, pudo escuchar la eufórica voz de su mejor amigo.
—¡Anna!
—¡Olaff! —Anna se agachó para recibirle con los brazos abiertos.
—¡Estás bien! —dijo el muñeco abarcándola como podía con sus pequeños brazos.
—Olaff, no sé cómo agradecértelo; tú nos has salvado a todos —le dijo con una dulce sonrisa.
—¿Yo? —preguntó el muñeco desconcertado.
—Así es. Tú te aseguraste de que Elsa viniese a ayudarnos. Sin ti todo esto no habría tenido un bonito final. Gracias.
Olaff rio orgulloso y algo ruborizado.
—Entonces, ¿Hans ya no anda suelto? —preguntó esta vez sintiendo alivio.
—No. Elsa se está asegurando de que no olvide lo frío que puede llegar a ser este reino.
—Ouuu… —Olaff podía imaginarse la situación. Sabía que Elsa estaba llena de amor, pero también sabía el rencor que sentía por aquel que tanto daño le hizo a su hermana.
—Dime, Olaff: ¿me harías un favor más? —preguntó Anna sintiendo que estaba abusando de la amabilidad de todos sus seres queridos.
—¡Claro! ¡Pide por esa boquita! —contestó el muñeco entusiasmado ante la idea de serle útil a la joven mientras ella reía ante su reacción.
—Sven ha tenido un día muy duro también. ¿Serías tan amable de acompañarle al establo y darle un buen manojo de zanahorias?
—¡Cuenta conmigo!
Sven empezó a brincar de la emoción y Olaff se puso en marcha antes de que Anna pudiese darle las gracias de nuevo.
—¡Vamos Sven! ¡De camino te voy a contar la historia de cómo salvé el reino por segunda vez!
Anna vio sonriente cómo se alejaban disfrutando de lo arropada que se sentía en aquel lugar.
Pronto, toda la guardia fue informada del paradero de Hans y de las nuevas instrucciones que afectaban a su persona, y salieron en su busca.
Con el deber cumplido, Anna se dirigió al interior del palacio y se encontró con Gerda que la recibió también con un gran abrazo.
—Bendita seas, pequeña —dijo dándole un maternal beso en la frente.
—Gracias Gerda —contestó Anna disfrutando del abrazo. —Ahora me dirijo a la recámara de Kristoff. Quiero poder explicarle lo ocurrido cuando despierte. Por favor, ¿llevarías algo de comida? Creo que despertará con apetito —rio Anna ante la idea de su prometido devorando la comida.
—Por su puesto. En unos minutos la tendréis allí.
Anna completó su camino hasta la habitación de Kristoff y entró sigilosamente para no molestarle. Habían cambiado sus ropas por algo más veraniego que no estuviese pensado para vivir en el hielo; se le veía cómodo y respiraba en paz. Respiraba. Una lágrima de alivio estaba rodando por la mejilla de Anna cuando oyó tras de sí a Gerda que ya había cumplido con su demanda.
—Les dejo aquí la comida —dijo apoyando una enorme bandeja con comida como para cinco lobos sobre la mesa de la habitación. —En una rato volveré con el postre.
Anna le agradeció su ayuda a la mujer y ésta cerró la puerta tras de sí. El sonido del cierre no fue brusco, pero fue suficiente como para sacar de su sueño a Kristoff que se sentó en la cama sobresaltado.
—¡Anna! —dijo abriendo los ojos angustiado por saber qué había sido de ella.
—Aquí estoy —le dijo ella sonriente mientras se sentaba a su lado y cogía su mano.
Poco a poco, se dio cuenta de dónde estaba y de que la mujer de su vida estaba ante él, brillando de felicidad como nunca.
—Eh… Yo… ¿Cómo? —Agitó la cabeza. —¿Estás bien?
Su mirada llena de preocupación por ella en lugar de pensar en que él mismo estaba vivo enterneció aún más a Anna.
—Perfectamente —contestó mirándole a los ojos.
En ese momento, nada más importó. Kristoff sólo pudo abrazarla con desesperación, asegurándose de que aquello era real, disfrutando de su aroma y de poder sentirla junto a él.
—¿Qué ha pasado con Hans? —preguntó sin aflojar ni un ápice el abrazo.
—Elsa se está encargando de él hasta que llegue la guardia. Creo que no volverá por aquí.
Anna estaba disfrutando aquel abrazo más si cabe que él. Había estado a punto de verle morir y ahora estaba ahí, sano, a salvo y más cerca de ella de lo que había estado en muchos meses. De nuevo podía sentir su calor, su fuerza y la calma que le transmitía.
Deshizo levemente aquel abrazo y le besó dejando que aquel sentimiento quedase plasmado en sus labios. Él disfrutó el beso y lo devolvió con la misma intensidad, pero pronto volvió a él la incertidumbre. ¿Qué estaba pasando? Si le amaba, ¿qué había sido lo de todos esos meses?
—¿Tienes hambre? —interrumpió ella sus pensamientos con una sonrisa de oreja a oreja.
—No sabes cuánta… —contestó el muchacho frotándose la tripa.
—¿Quieres comer algo mientras te cuento por qué sigues vivo?
—Por favor —dijo él con una sonrisa.
En poco rato habían dado buena cuenta de la mitad de la bandeja y estaban sentados en la cama apoyados el uno en el otro.
—¿Entonces no quería matarme?
—¡La verdad es que durante un segundo incluso yo lo dudé! —dijo ella divertida. —¡¿Cómo iba a querer matarte?!
—Bueno… sé que me tiene cariño pero, justo hoy, no me habría extrañado tanto.
—¿Eh? ¿Por qué? —contestó Anna sorprendida.
—Bueno, esta mañana vino a verme preocupada por ti y… digamos que no le gustó mucho lo que averiguó —dijo él mientras hacía una mueca de estar en apuros.
—Es cierto, ¿qué es eso que "tú y yo sabemos"? —dijo intentando imitar el tono de su hermana.
—Verás… existe la posibilidad de que…
—De que…
—De que se haya enterado de que tú y yo no esperamos a… bueno… a la noche de bodas para… —miró fijamente a Anna hasta que estuvo seguro de que había entendido a qué se refería. —¡Lo siento! —exclamó cerrando un ojo y juntando sus manos mientras con el otro ojo buscaba su reacción.
—Oh, ¿en serio? ¿Eso era? —contestó ella absolutamente relajada.
—¿Y ya está? —preguntó Kristoff recuperando la compostura. —Lo estás encajando muy bien.
—Oh, vamos, hace cuatro años que salimos. No esperaría que fuésemos a aguantar sin tocarnos hasta la boda, ¿verdad?
Kristoff le contestó encogiéndose de hombros y haciendo una mueca, y luego rieron juntos.
—Kristoff… —dijo ella mientras los nervios afloraban de repente en el timbre de su voz.
—Dime —respondió él poniéndose serio y prestándole toda la atención que era capaz de dar.
Sentía que aquello era importante.
—Tengo que preguntarte algo que hace meses que debí preguntarte.
Kristoff tragó saliva y asintió esperando la pregunta que, a juzgar por la tensión repentina del ambiente, podía cambiar sus vidas.
—¿Quieres…? ¿Quieres ser rey? —Anna comenzó a morderse el labio inferior haciendo fuerza por contener las lágrimas.
—¿Eh?
—Es culpa mía que te hayas ido, y por supuesto que eres libre de irte de nuevo si es lo que deseas, pero antes necesito hacer las cosas bien hechas. Quiero ser sincera contigo.
Los nervios hacían que Anna hablase de carrerilla sin dejarse tiempo casi ni para respirar y sin dar tiempo a que el chico procesase todo lo que le iba diciendo.
—Anna… —intentó comenzar a decir con una discreta sonrisa.
—Por favor, déjame hablar. Si no lo suelto de golpe, no lo haré nunca.
Kristoff calló de inmediato y se sentó frente a ella para que sintiese que tenía toda su atención. Anna sonrió ante el gesto y tomo aire justo antes de comenzar a hablar sin frenos de nuevo.
—¿Recuerdas el día de mi coronación? Ese día me dijiste que tendría aquello por una hora, como si te hubieses disfrazado como regalo. Al principio me hizo gracia, pues sabía que ése no era tu estilo. Tú eres más práctico y un poco más salvaje, y me gustas así. Sin embargo, lo que en aquel momento fue entrañable y divertido, pronto se convirtió en un tormento. Efectivamente, aquel no era tu estilo, pero, si nos casábamos, te convertirías automáticamente en rey y no te quedaría más remedio que vivir completamente inmerso en esa etiqueta que tanto te desagrada. Probablemente, como reina podría cambiar la etiqueta, pero se trata de algo común entre reinos y, si cambiábamos la forma de hacer, seguramente le echarían la culpa al rey que no es de cuna noble. No quiero que vivas una vida que no te guste y tampoco quiero que seas la diana de ataques de todo tipo. Quiero hacerte tan feliz como tú me haces a mí.
Kristoff escuchaba cada palabra más sorprendido que la anterior y, a la vez, todo empezaba a tomar forma al fin.
—Además —continuó ella —, el hielo es tu vida; siempre lo he sabido. Y por mucho que en el día a día no necesites ir de punta en blanco, las obligaciones de un rey son muchas y no tendrías tiempo para conservar tu trabajo que tanto esfuerzo te ha costado sacar adelante. Perderías el hielo, la montaña, la intimidad, la libertad… —Una lágrima corrió por su mejilla hasta topar con la suave caricia de los dedos de Kristoff que se la llevaron con ellos. —Sé que harías lo que fuese por mí, pero yo… yo no quiero hacerte eso.
»Con eso en mente, empecé a evitar el tema de la boda. No me atrevía a hablarlo contigo. Ya habían pasado todos los preparativos de la coronación y era el momento lógico para iniciar los de nuestro matrimonio, pero me aterraba pensar en las consecuencias de esta conversación. Al igual que me aterra ahora —Sonrió nerviosa. —Lo siento. No sé cómo he podido hacerte eso durante tanto tiempo; he sido muy cruel. Temía tener que separarme de ti. No quiero hacerte daño, pero tampoco quiero dejarte ir: eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Egoísta, ¿no?
Anna dejó caer dos lágrimas más e hizo silencio mientras todo su cuerpo temblaba de miedo y tensión. El silencio se alargó unos larguísimos segundos más hasta que Kristoff le dedicó una nueva sonrisa y lo rompió a su manera.
—Ehm… ¿se me permite intevenir ya, Su Majestad?
Anna asintió riendo entre sollozos.
—No te puedes imaginar lo aburrido que ha sido el hielo durante estas dos semanas.
—¿Qué? —Aquello pilló por sorpresa a la chica que le miraba con incredulidad.
—Elsa podía hacer hielo para todo el reino sin esfuerzo, ¿qué hacía yo allí congelándome y dejándome la espalda en un trabajo peligroso y repetitivo sin necesidad? Jamás había pensado algo así. Amaba mi trabajo, la montaña, el aire fresco y la libertad, pero, sin ti, todo está del revés.
Los ojos de Anna estaban cerca de desorbitarse.
—Cada momento que he vivido desde que te conocí ha sido divertido, emocionante, ¡único! Nada tiene ni gracia ni sentido sin ti. Y apuesto a que reinar a tu lado será también divertido, emocionante y único. Sé que me queda mucho por aprender y que no será fácil acostumbrarme a ciertas cosas, pero, si estás dispuesta a aguantar mis gruñidos y protestas hasta que me acostumbre, me esforzaré por aprender lo mejor y más rápido posible para que se acaben pronto, para que te puedas sentir orgullosa de mí y para poder reinar a tu lado. Porque estar a tu lado siempre es lo que más ansío. Y, bueno, siempre podemos escaparnos algún día a disfrutar juntos del aire de la montaña para despejarnos, ¿no?
—Hace mucho que estoy orgullosa de ti, no tienes que esforzarte para eso. Sólo sigue siendo tú —dijo dulcemente Anna, con los nervios calmándose y tomando su mano. —Sabes que aún así es fácil que estés en el punto de mira de muchos estúpidos nobles clasistas, ¿verdad?
Anna levantó la mirada algo temerosa de su reacción y se encontró con la sonrisa de sorna de Kristoff.
—He crecido compartiendo zanahorias con un reno ante la mirada de los demás: yo ya no oigo esas voces.
—Sí, tienes que dejar de hacer eso —dijo Anna riendo.
—La pregunta es: ¿Tú estarás bien con ello?
—Poco me importa a mí lo que piensen los demás si tengo a mi lado al hombre al que amo. —Él sonrió aliviado y disfrutó de ver de nuevo el brillo en los ojos de Anna.
—Además, tu prima está casada con un ladrón. Yo seré visto como el chico bueno —bromeó.
Ambos rieron descargando un poco toda la tensión acumulada y disfrutando de la risa del otro.
—Entonces —tanteó ella cautelosa buscando la confirmación definitiva —, ¿te he recuperado?
Kristoff abrazó con fuerza a la muchacha, dejando que todo aquello que guardaba en su interior pasase a través de su cuerpo y se enterrase en lo más profundo de ella.
—Nunca me perdiste —susurró sujetando su cabeza contra su hombro como queriendo protegerla y darle toda la seguridad de que estarían juntos que ambos necesitaban en ese momento.
—De acuerdo, es ese caso... —dijo Anna deshaciendo el abrazo con delicadeza. Luego bajó de la cama, tomó de nuevo su mano y se arrodilló ante él. —Kristoff, ¿quieres casarte conmigo?
Una sonrisa tímida se dibujó en la cara de Anna e hizo que durante unos segundos el chico se quedase boquiabierto.
Kristoff, al darse cuenta de su ridícula expresión cerró la boca y tomó con determinación la mano de Anna que sostenía a la suya. Después tiró suavemente de ella forzándola a subir a la cama hasta que la chica quedó sentada sobre sus rodillas, cara a cara, a apenas dos palmos de él. En ese momento, con la mirada más intensa y amorosa que aquellos ojos podían dar, dejó que sus labios se moviesen solos y pronunció la palabra de la que más seguro había estado en toda su vida.
—Sí.
La seguridad y la contundencia de aquel sí, hizo que Anna se abalanzase sobre él con la más brillante de las sonrisas y la felicidad brotando de sus ojos en diminutas gotitas hasta que sus labios se encontraron en el más feliz y apasionado de los besos.
—Te amo, Bjorgman —le susurró tras besar con suavidad una pequeña lagrimita que escapaba esta vez del ojo de él.
—Te amo, Anna —contestó él dejando que sus sentimientos le guiasen hasta el cuello de Ana donde dejó de regalo un pequeño mordisquito.
Anna se sorprendió dejando escapar un gemido ante la sorpresa y la sensualidad de aquel mordisco. Aquello dibujó una sonrisa maliciosa en el rostro de Kristoff.
—Así que te gusta que sea salvaje, ¿eh? —dijo con una mirada amenazadoramente incitante.
Anna estuvo a punto de decirle que no era eso a lo que se refería, que era una forma de decir que él era más natural y espontáneo, pero aquella mirada sólo logró dejarla casi sin habla e implantar el deseo en todo su ser.
—Ahá… —fue todo lo que atinó a decir mientras el rubor en sus mejillas iba en aumento.
—Está bien —dijo él sin dejar de sonreír justo antes de aferrarse a ella y hacerles rodar en la cama hasta situarse encima de aquella maravillosa mujer que le atravesaba con la lujuria en su mirar —. Te voy a enseñar lo salvaje que puedo llegar a ser.
Un amplio repertorio de gemidos de ambos comenzó a oírse desde el otro lado de la puerta de la habitación de Kristoff donde Gerda esperaba desde hacía un buen rato con la bandeja de los postres en las manos, aguardando por un buen momento para interrumpir y entregársela.
—Oh, bueno —dijo para sí misma con una sonrisa de tranquilidad —, les dejaré esto aquí.
Y así, Gerda dejó con resinación su bandeja en una mesita a un lado de la puerta y se marchó en busca de un buen descanso. Al fin y al cabo, les esperaban días de mucho ajetreo: había una boda que preparar.
