Rin Tohsaka eres tú
El gusano comenzó a subir por su muslo. No podía evitarlo. Lloró. Usó algunos de los hechizos que su padre le enseñó para apartarlo, pero...
El anciano se lo había advertido. Tenían que penetrarla, como a una bestia.
Ella no era estúpida. Tal vez había perdido todo su orgullo. Y su magia estaba carcomida por esos parásitos.
Pero una vez, había sido la orgullosa hija de los Tohsaka. Su padre hubiese estado, cuando menos, admirado de su bondad y sacrificio.
¿Verdad?
Y su hermana había quedado ilesa.
Ella era más fuerte, podía manejarlo.
Lo manejaría.
Como lo hacía desde que la habían entregado a esos horrores.
Tantos años atrás.
Se había ofrecido ella misma, además.
En el pasado
—¿Señor?
Ella convocó a una reunión con el anciano Zouken Matou, como futura participante de la Guerra del Santo Grial. Se sentó en la oficina del estudio de su padre, en la silla que el sacerdote alumno de Tokiomi Tohsaka había señalado como "demasiado grande" para ella. Colocó varios almohadones para alcanzar siquiera el escritorio. Pensaba que se veía muy madura.
—La casa Tohsaka no convoca a la Matou desde hace años, cuando nos ofrecieron una heredera —observó el viejo, con su cara arrugada y cenicienta.
Le dio escalofríos pero ella no cedió a eso. Se había obligado a prometer que no lo haría.
Pasara lo que pasara.
Dialogó sobre eso con Kirei Kotomine antes inclusive. Él dijo que era su elección. Que tomar una pupila u otra, según las instrucciones de Tokiomi, no le significaba diferencias.
La Torre del Reloj era lejana. Nadie se metería en sus asuntos.
—Es por eso mismo que lo he llamado. Mi hermana. A estas alturas...¿Sería posible hacer un cambio para dejarla ir?
El anciano rió.
—¿Intercambio de qué? La casa Tohsaka no es más antigua que la Matou. Sus magos son incluso más jóvenes. Esta tierra fue generosa con ellos, eso es todo.
La niña, investida con el título de jerarca de su estirpe, suspiró. Los Matou ya eran ricos. En las anotaciones de su padre, Tokiomi mismo especulaba sobre la inmortalidad o acaso, hechizos de naturaleza ilegal e inmoral que mantenían vivo a ese viejo retorcido. No había oro que ofrecer. Tampoco reliquias. Solo podía interesarle una cosa.
Y planeaba darla.
—Otra heredera.
No tenía más hermanas. El anciano dejó de reír y le clavó la mirada, aquellos ojos fríos, negros y profundos que tenía. Entonces volvió a soltar una carcajada aún más fuerte y terrible, golpeando el suelo con su bastón.
Fue contundente.
—Tengo una nieta ya, pero...tu cresta mágica es mejor, ¿verdad?
Nada bueno podía pasar a partir de ahí. Pero creyó que tenía la obligación. Ella asintió, tratando de obligarse a parar de temblar.
El anciano dejó que su hermana pequeña la visitara, antes de hacer la transición. Tenía que explicarle sobre el cambio, los planes, la casa, los documentos. Kirei. Papá.
—Desde ahora yo soy Sakura Matou...
—¿Qué?
—Y Rin Tohsaka eres tú.
Estaban las dos bebiendo té en la enorme sala donde vivía sola hasta entonces. Desde la muerte de padre y la locura de madre.
—Mira, tengo una polaroid para conmemorar el momento. Sonríe, igual que frente al espejo. Es un día especial. No viviremos uno igual nunca más.
La cámara las dejó ciegas un momento a ambas y escupió el papel negro, que ella se encargó de tomar entre manos y mover en el aire.
—¿Pero cómo? Hermana...
—Recuerda: Rin Tohsaka eres tú, soy yo, somos nosotras. Rin Tohsaka no irá nunca a la casa de los Matou. Rin Tohsaka es la cabeza del clan y la verdadera aprendiz de Tokiomi. Rin Tohsaka se desentendió de Kirei Kotomine y llamó a Marisbury Animusphere, un viejo amigo de su padre, para que la recibiera en la Torre del Reloj y la tomara como alumna. Rin Tohsaka no será...abusada. Rin Tohsaka es perfecta, es una guerrera, una líder y no dejaría nunca que le hicieran eso.
"Rin Tohsaka será la niñera...dama de compañía de Olga Marie Animusphere, la pequeña hija de Marisbury. Cuidará de ella como su guardaespaldas y cuando sea el momento, regresará para tomar su lugar en la Guerra del Grial.
—Rin Tohsaka —murmuró su hermana menor, como una vez había murmurado su nuevo apellido. Rin Tohsaka...Rin...
—Si...Rin...—suspiró ella, sujeando los cabellos de la más pequeña, con una mezcla de miedo y cautela—. Me dijeron que te daban...comida especial. Yo tomaré lo mismo. Mi cabellera cambiará. Pero será mejor teñir la tuya antes de que te vayas. No debemos darle una mala impresión a Marisbury.
—Si...
—Usa unas coletas. Siempre. Te resaltarán los ojos.
—Si...
—No puedes escribirme. Rin Tohsaka ya no es la hermana de Sakura Matou. Nos haría débiles de lo contrario.
—...Lo sé.
Las dos lloraron y se abrazaron. No era la primera vez pero sí, se sintió como la última.
—Por favor, no...
Rin Tohsaka se había marchado. Parecían años, pero eran días.
Tenían que ser días. No había perdido su capacidad para percibir el tiempo. Su padre le había enseñado.
Pero...
Ya no era su padre.
Era el padre de Rin Tohsaka.
—Será peor si no colocas estos aceites en tu sexo. Es la primera vez. Siempre huyes...te lo he advertido. No puedes repelerlos. Son parte de tu entrenamiento.
—¡No es un entrenamiento! ¡Usted es un viejo loco y pervertido! —gritó, chilló, se retorció. Pero ella sabía que era inútil.
Estaba a solas con ese hombre. Que parecía muy frágil. Logró empujarlo. Ya no era la señora de ninguna parte. Solo una niña asustada, casi desnuda y despeinada.
Sus cabellos ya no tenían ni siquiera el color de los Tohsaka. Al renunciar a su apellido y puesto en el clan, había aceptado el veneno de Sakura Matou.
Para liberar a su hermana.
Pero no era ella. No fuera de las afirmaciones.
El anciano se aferró a su cuerpo, con su rostro cadavérico y manos heladas, huesudas, sujetándole las muñecas.
—Soy tu abuelo. Y tu dueño ahora. Lo harás. Shinji te ayudará.
—¡No!
Una larva gorda y mojada salió de entre las ropas ceremoniales del viejo. Ella quiso seguir gritando y negándose. Pero el enorme gusano se metió en su boca y la niña cayó al suelo, retorciéndose y llorando. Tragando contra su gran voluntad, quebrada.
Se atrevió a pensar que no podía ser peor.
—Mira quién es mi hermana ahora.
Un par de pies se arrastraron hasta ella. Al subir los ojos llorosos, pudo verlo. Shinji llevaba un látigo y sonreía.
Como si le hubieran dado un juguete nuevo y tuviera permiso de romperlo.
Todo se rompe, hasta la dignidad.
Se repitió a sí misma que lo que había hecho era heroico. Salvó a su hermana. Pero a veces se ahogaba entre los gusanos, Shinji la golpeaba al terminar, estaba tan débil y lastimada que no podía, no quería ir a la escuela.
¿Para qué? ¿Para mostrar que era la prostituta de su hermano?
Había en su interior un dejo de amor propio herido que ningún maquillaje reparaba. No le importaba faltar.
Pasó un año.
Rin Tohsaka se fue a estudiar al extranjero, la hija de los Matou enfermó de gravedad y no pudo tomar clases fuera de casa.
Sus cabellos cambiaron a un color que reflejaba su poca salud. Había aceptado el veneno. Se transformó ella también en una sombra. No podía ir a la escuela sin romper en llanto pronto y pedir retirarse. Era como si todos a su alrededor lo supieran.
Que no era ella.
Pero lo era.
La hija de los Matou.
Nadie reparaba lo suficiente en Sakura, la callada y torpe hermana de Shinji. Nadie.
Excepto...
—¿Sakura? ¿Eres tú?
Se sonrojó un poco.
—Por supuesto...¿Quién más sería?
—No lo sé. Tu cabello luce distinto y te tapa la cara. Tal vez me estoy volviendo loco. Dile a tu hermano que pase por mi casa uno de estos días, extraño jugar videojuegos con él. No responde mis mensajes nunca.
—Lo haré, si tengo ocasión.
Siempre tenía, ya no era la estrella de la escuela. Pero, ¿a quién le importaba Shinji? Un violador.
—Ven tú en su lugar, si no. Mi casa es muy grande y me aburro. Taiga me trae comida a veces pero todavía no sé cocinar bien. Tú sabes hacerlo de maravillas, ¿no?
—Yo...
Maldita sea.
—Bueno, si no sabes está bien. ¡Nos equivocaremos juntos! Tal vez cocine algo para ti.
Tal vez.
—Shinji...
—Deberías llamarme "hermano", luego de tanto tiempo...
...Qué molesto. Ella no debió ni siquiera tocar a su puerta.
—Ese chico...el que vive solo y es tu amigo...
—¿Te refieres a Emiya? Es un vagabundo que adoptó un asesino muerto. Me da asco. Pero es compañía, supongo.
—Dile...
—¿Perdón? ¿Me estás ordenando algo? ¿A mí?
Podía y debería. Era la heredera de la familia. Pero más un medio que una persona. Para lo que eran los Matou.
—Solo dile...si puedes...—reformuló como pudo—. Que me gustaría visitarlo pero no voy a poder.
Shinji soltó una carcajada llena de desprecio, rotunda, que se dejó escuchar probablemente en toda la mansión decadente de aquellos magos sin linaje heredero. Paró de reír, con lágrimas en los ojos, agarrándose el estómago, solo para clavarle una mirada cruel.
—Bien, ¿y qué me darás a cambio?
—¡Nada! No es día de entrenamiento.
—¡Siempre lo es si yo quiero!
—¡No! ¡Shinji! ¡Suéltame!
...Pero había sido una estupidez ir a su cuarto para empezar.
Ya en el sótano se observó las heridas. Estaban sucias pero no dolían. Y nada lo hacía, ni tenderse entre las bestias y llorar, como si sangrara.
No fue a la escuela en meses. No le importaba repetir el año o perder la plaza, lo que sería mejor.
Sakura hubiese sido feliz yendo a la casa de Emiya Shirou, seguramente. Pero ella no aceptaría migajas de amor.
Era una heroína.
Había salvado a su hermana.
Aunque Rin Tohsaka no pudiera escribirle para agradecerle. Ja. Las ganadoras nunca bajaban al sótano a hablar con las perdedoras. Había reglas. Ella las puso, las sabía, solían favorecerle.
Pero así se sentía esperar lo imposible y rendirse a la Muerte Oscura que la colmaba y enloquecía.
Así se sintió. Por años en los que no distinguía cuándo la perforaban y penetraban las bestias, Shinji o el anciano repugnante para frotarle un nuevo unguento mágico que facilitara las violaciones.
Ella era una masa de carne que lloraba, gritaba y rogaba, sin que hiciera una diferencia. Como una muñeca chillona y vacía.
Su emulación de Sakura no era lo suficientemente convincente, solo tenía su nombre y rol.
¿Para qué ir a la escuela a mostrar su miseria?
Ella lloró en silencio y soledad. Aprendió, a veces, a repeler a Shinji a golpes, recordando su viejo yo. Pero él casi siempre encontraba manera de doblegarla, no podía escapar de la mayoría de sus ataques. El anciano la drogaba o le arrojaba un maleficio.
Y no podía moverse. Huír.
Dejó que todo pasara. Pero no cesaron las lágrimas. Tampoco un ocasional dolor, que ella sabía, la ligaba a su humanidad, al que recibía como un amigo.
Se aferró a eso y cuando Shirou Emiya le envió un pedazo de pastel con una nota, probó solo un bocado, antes de deshacerse de esa delicia simple.
No leyó el recado pero lo guardó, atesorado, entre los cuadernos que ya no usaba. Eran testimonio de lo que no sería.
Hubiera sido con Sakura.
Hubiera sido con ella.
Pero estaba a la mitad de ambas.
Y prefirió que no fuese nada.
—Admite que te gusta. ¡Por eso rechazaste a Emiya!
Le dio una ventaja indeseada a Shinji, que intentaba desvestirla, como de costumbre, al abordarla en un pasillo de la casa.
—¡Detesto a los hombres! Solo causan problemas.
No era del todo cierto. Aún soñaba con salir de allí y enamorarse. Pero las hechiceras rara vez lo lograban.
Y ella...heroína y todo, era ahora un fenómeno repugnante.
Su padre hubiese sentido verguenza.
Pero los Tohsaka honraban sus palabras.
—¡Maldita sea!
Ganó, por esa vez. Golpeó a Shinji en las costillas y él cayó. Se dignó a sonreír, triunfal y pasó sobre él.
—Dile al viejo que estaré en las catacumbas.
Era asqueroso pero seguía siendo su deber. Y hasta lo prefería.
—Tendré que atarte. Por un tiempo.
—Que así sea.
—Me desafías. Incluso ahora. ¿No has aprendido nada?
La mera voz del anciano la estremecía. Pero no iba a ceder.
—Te he dado mi lealtad y mi cuerpo por bienestar de esta familia. Arruiné todo mi potencial como maga. Por ustedes. Para ser receptáculo de esta hechicería que creo, debería estar prohibida.
—¿Terminaste?
Ella miró al suelo y tragó en seco.
Tal vez pasaron más años. Siempre pasaban más años en el sótano, entre las catacumbas y sus propios gritos.
Ella no se cansaba de gritar, llorar y tirar de las cadenas hasta que sangraba. Luego se quedaba dormida. Y quería seguir durmiendo, no despertar más.
Pero lo hacía. Con los parásitos en su interior, entre orgasmos forzados y evacuaciones. Se despertaba.
Y pensaba que estaba en otro lugar, en realidad.
Lejos.
En el presente
Un día se vio a sí misma bajar por las escaleras como debió hacerlo Shinji o el anciano.
—Rin Tohsaka eres tú, soy yo...—dijo ella misma. Mostrando la foto instantánea que habían tomado tiempo atrás.
Su hermana.
—Somos nosotras...lo éramos.
La otra Rin, la verdadera Rin, la única Rin, le acarició el cabello que tenía pegado a la cara. Olía a perfume francés muy pesado y bollos de vainilla recién horneados.
—Sucede que Rin Tohsaka volvió a Fuyuki para rescatar a Sakura Matou y reclamarla como parte de su clan.
—Eso no sucedería nunca. Rin Tohsaka ama ser la líder del clan, la única sobreviviente. Es una cobarde.
Rin Tohsaka tenía el cabello muy bonito, se había quedado oscuro tras el tinte que le recomendó años atrás. Lo llevaba en dos coletas.
Como ella. Antes.
—Rin Tohsaka es una heroína. Una justiciera.
—Y que lo digas...
—Es mucho más noble de lo que admitiría. Le importa la memoria de su padre. Pero...qué es la memoria de un padre sin honor.
—Es un mandato de todos modos.
Rin Tohsaka pasó a romperle las cadenas. Su magia sanó bien, en apariencias, para hacerlo sin vacilaciones.
—¿Dónde están mi hermano y mi abuelo? —la pregunta le salió natural, pero no lo era. Nunca lo sintió así.
Pudo haberle preguntado a esa otra Rin cuánto era dos más dos. Solo se encogió de hombros, como si fuese obvio. Y sonrió. Como probablemente sonreía al sacar bollos de vainilla del horno.
—Muertos.
—Por supuesto.
—Rin Tohsaka nunca ha estado en un sótano lleno de gusanos. Pero si hubiera estado...estaría furiosa. Y su hermana estuvo.
—Desde luego que sí.
Casi se rieron juntas antes de escapar.
—Tu cabello luce raro. Ahora que no...lo ataste con coletas.
Rin Tohsaka puso a un lado el periódico. La noticia de cómo la residencia Matou, una de las casas más antiguas y ricas de la zona, fue quemada accidentalmente hasta sus cimientos, ocupaba un lugar bastante insignificante entre las noticias de aquel medio. Ni siquiera fue tópico en la televisión matutina de anuncios locales.
—Empecé a tomar...el veneno. Poco antes de venir aquí.
—Eso no era necesario.
—¿Consumiste tu antídoto?
—No es tan fácil como tragar eso y que los últimos años desaparezcan.
—Lo sé, hermana. Pero...es un comienzo. ¿Cómo está el desayuno?
—Bien. Pero Rin Tohsaka no cocina. Le gusta que le sirvan, es una dama sofisticada. ¿Qué tal los Animusphere, por cierto? ¿Sabían que venías?
—Por supuesto. No hay ninguna razón para que Rin Tohsaka no visite su país natal.
—¿Marisbury no insistió para que trajeras a Olga Marie?
—...Hasta su padre entiende que alguien quiera un respiro de ella, por muy adorable que sea.
—¿Ya no serás su institutriz?
—De eso quería hablarte, hermana...
...Rin Tohsaka se tomó la libertad de ir hacia ella, sujetarle los cabellos ásperos y arruinados por el encierro. Tenía las manos suaves y hábiles, se le dio bien alzarle el pelo en un peinado dividido y usar sus coletas negras, adornadas por rubíes, para prenderlo en dos colas. Se veía mal aún.
—Tendré que ir a una peluquería. Y ni con los mejores tratamientos...
—Lo lograrás. Yo lo hice.
—Era diferente contigo. Eras más joven, Sakura.
El nombre rompió el hechizo de la mentira y el simulacro. Las hermanas se miraron entre sí y al espejo de la sala.
—Rin Tohsaka eres tú, soy yo, somos nosotras, hermana. Pero ya no. Ahora podemos nombrarnos tal y como somos. Puedes ir a la Torre del Reloj y yo me quedaré aquí. Cocinaré para mis amigos. Y estudiaré magia por mi cuenta. A lo mejor conoceré a ese chico Emiya que tú dices que rechazaste.
—Ni siquiera ahora tienes ambiciones.
—Tal vez ponerme una pastelería. Una tienda de flores. O casarme. No lo sé...
—Tonta.
Se estudió a sí misma: los ojos de Rin seguían opacos. Era ella. La rescatada por una mentira. Perdida por su propio sentido de justicia.
Herida pero orgullosa de su decisión. Y libre otra vez. Al igual que Sakura.
No era un mundo para lamentar. No tanto. Ni para siempre.
