Réquiem por un Ángel de la Muerte.


El olor a pestilencia mortífera inundaba la habitación de la marquesa viuda de Scotney y todos los familiares de una de las familias nobiliarias más importantes del Reino Unido estaban reunidos alrededor de la cama de la que alguna vez fue la cabeza de la familia, quizá en los momentos más difíciles y complicados de la historia de los Midford. La dama había vestido el luto desde la muerte del fallecido marqués hasta su último día. Ahora, sus rizos plateados se desplegaban sobre la almohada de su lecho de muerte, y sus ojos entrecerrados recorrían la sala entera.

Lizzie, su nieta más pequeña, su favorita también estaba presente. Frances, su nuera, había insistido en que la jovencita no estuviera presente para que tuviese que ver tal escabrosa escena. Lady Susan, sin embargo, y demostrando todavía su férreo carácter de matriarca de la familia terminó por imponerse de manera categórica.

—¡¿Ella será algún día la esposa del Perro Guardián de la Reina y tú pretendes que no esté presente en el lecho de muerte de su propia abuela?! —Le reclamó con la poca voz que le quedaba—. ¡Demonios, Frances! Creí que finalmente habías comprendido lo que el título significa, pero me equivoqué. Eso está claro. —Entonces llevó su mano para cubrirse mientras tosía—. La niña verá más cadáveres de los que nosotras dos juntas vimos en nuestras vidas. El título de Condesa de Phantomhive viene con todas las responsabilidades, y ella tendrá que hacerse de todas las herramientas que pueda ahora que es joven, antes de sufrir demás cuando el momento llegue.

Volvió a la actualidad y allí estaban todos sus seres queridos: Leon, su único hijo sobreviviente, Frances, su aborrecible nuera, Edward, el pedante heredero de Scotney, el bueno para nada sobre quién recaerían las responsabilidades de caballero real, y la pequeñita e inteligente Lizzie. Ella confiaba todas sus esperanzas en la joven. Era la única en la familia que sí entendía el valor del deber de los títulos que caerían sobre sus hombros, y lo cargaba con una dignidad y valor tal que la estremecía. Por último lo vio a él: una persona más en la habitación y toda la sangre se convirtió en hielo en el mismo instante en que vio los ojos verdes clavados en los suyos.

No tenía expresión aparente y vestía completamente de negro. Un uniforme demasiado formal para su gusto y la ocasión. Además ¿qué hacía esa cosa entre sus familiares? ¿Y por qué ninguno de ellos no hacía nada al respecto? ¿Siquiera lo podían ver? No tenía fuerzas para siquiera hablar. Quería señalarlo, dar cuenta de su presencia nociva en la habitación, pero Susan se sintió inmóvil y entonces él corporizó un pesado tomo y comenzó a leer una serie de enunciados de los cuales ella no entendía absolutamente nada. Por momentos escuchaba relatos específicos de su vida, algunas acciones malas que había cometido, alguna que otra divagación del sujeto en cuestión y al final oyó la frase:

—Siendo las veintiuna horas con cuatro minutos, y por las facultades que me invisten, la sentencio a morir. La recolección comienza.

Lo último que vio fue una extraña máquina con ruedas y un motor que sobresalía por delante siendo sostenida por el mismo sujeto de traje demasiado formal, abalanzarse sobre ella. No tenía sentido luchar, todo estaba perdido. Su sonrisa psicópata acompañó a su muerte.