Hola, gente.
No me matéis plz que os quiero. Además, si me matáis, no habrá continuación!
Bueno, agradeced a las personas anónimas (o no tanto, como alguna que otra con nombre) que por mi ask me recuerdan constantemente que tengo una traducción que seguir. Ah, que no sabéis cuál es mi ask? está en mi perfil. Allí me hacéis preguntas de cualquier tipo y yo las contestaré.
Bueno, ahora viene cuando sigo que Inuyasha no es mío, es de Rumiko T. y yo sólo uso sus personajes; de igual modo este fic no es mío, es de RosieB, por lo cual esto es una TRADUCCIÓN.
Me ha costado 6 meses subir esto. Odiadme si queréis, yo seguiré queriéndoos. Aquí acaba mi discurso. Gilbirda (aka: Elizabehta), 30 Diciembre 2012 a las 3:08 de la mañana. (llevo desde las 12 o así trabajando en esto :3)
El Taiyoukai del Pasado y el Futuro.
Capítulo 4: Familiaridad
El polvo revoloteaba alrededor de sus pies mientras ella se movía buscando los ingredientes entre vasijas de arcilla que estaban por las esquinas de la cabaña. El fuego ardía bajo y ella vagamente lo observaba mientras le tiraba otro leño. Las chispas volaron hacia arriba, peligrosamente cerca del borde su hakama rojo.
"Aquí está" murmuró tomando un jarrón cercano a la puerta. Acercó su nariz y olfateó ligeramente haciendo una mueca. "Todavía está bueno" Cogió los trozos de tela que había encontrado anteriormente y se fue hacia su paciente.
Trabajó silenciosamente durante unos cuantos minutos, untando el bálsamo en la tela y enrollándolo alrededor del tobillo de Kagome. Era cálido y pegajoso, y Kagome se removió incómoda al tener a esa gran miko a sus pies.
"¿Cómo sabías mi nombre, Kagome-san?" murmuró Midoriko buscando otro trozo de tela.
Kagome se sonrojó y miró hacia otro lado, deseando algo más de compañía que la silenciosa miko. Se le había levado a la cabaña rápidamente después de de decir el nombre de la otra miko. Los aldeanos la aceptaron como miko tan pronto como las palabras salieron de los labios de Midoriko, pero Sesshoumaru permanecía afuera. Le había gruñido a uno de los hombres valientes que la habían levantado de sus brazos, pero continuaron apuntándole con las guadañas al cuello y él se había quedado quieto. Kagome se preguntó si continuaría esperándola. "Yo, esto… eres famosa… de donde yo vengo".
Le sonrió algo temblorosa a la otra miko. Midoriko no era del tipo de personas a las que mentir. Y no estaba mintiendo, por supuesto. Kagome podía recordar aquella estatua con la forma de la miko cada vez que cerraba los ojos. Era definitivamente la misma mujer. La misma fuerza, la pasión que no se rinde, la misma mujer que había creado la Shikon no Tama de su propia alma y las almas de los demonios contra los que luchó. Sólo era un par de años más joven en esa época, en ese momento.
"No creo que sea tan conocida" murmuró Midoriko. "¿De dónde vienes?"
"Um… ya sabes, aquí… allí… Viajo bastante" Otra verdad.
Sus ojos oscuros y cuidadosos se posaron en Kagome. "Ya veo". Se levantó y recuperó un par de trozos de tela más, limpiando el cofre donde estaban. "Tienes que perdonar las condiciones de este pueblo. Estaba de paso y los aldeanos me dijeron que su curandero y su aprendiz habían muerto bajo la última epidemia. Lo he pasado un poco mal al buscar las cosas."
"Está bien." Kagome se retorció un poco mientras el bálsamo continuaba dándole una calidez antinatural a su pie. "Así que, ¿de dónde eres?"
"De un pueblo pequeño en el norte." Respondió sentándose para envolver el pie de Kagome para que el bálsamo estuviese en las capas interiores.
"¿Te vas a quedar aquí?"
"No. Estaba pensando irme hoy, en realidad. Entonces apareciste con tu acompañante."
Kagome le dio una sonrisa de disculpa. "Lo lamento. No pretendía arruinar tus planes."
Midoriko se encogió de hombros mientras apretaba los vendajes y los aseguraba en su sitio. "Realmente no tengo planes. Yo voy a donde me necesiten." Se levantó y limpió el polvo de sus rodillas. "Iré a que un aldeano te haga una muleta. No deberías levantarte sobre ese pie hasta dentro de un par de días." Frunció el ceño a la sangre viscosa todavía descendente por el lateral de Kagome. "¿Tal vez desees cambiarte?"
Ella arrugó la nariz. "Dejé mis cosas con Sesshoumaru. Si alguien pudiese…"
"No creo que nadie quiera acercarse a ese demonio." Replicó Midoriko, la voz repentinamente dura y afilada. Alzó una mano como diciendo que Kagome debía quedarse donde estaba, y se fue a otra habitación más privada. Después de mucho rebuscar, regresó con un kimono azul grueso y unas geta* en las manos. "Toma. Pertenecían a la hiza del curandero. Creo que tenía tu edad."
"¿No las necesita?" preguntó Kagome tomando las prendas.
"Murió junto a su padre y su aprendiz." Respondió rápidamente. "¿Te molesta usar ropas de una mujer muerta?"
Kagome inmediatamente pensó en Kikyo, recordando cómo se había puesto Inuyasha cuando Kagome había usado las ropas de una miko apropiada. Había sido hacía mucho tiempo, pero recordaba los celos que ya estaban comenzando a formarse en su corazón, incluso siendo tan temprano en su relación. "No, está bien." Dijo encogiéndose de hombros despreocupadamente.
Midoriko asintió. "Te conseguiré una muleta. Cámbiate y te sentirás mejor". Puso a un lado la cortina de la puerta y dejó entrar la luz anaranjada del atardecer.
Cuando se hubo ido, Kagome se levantó y se quitó los pantalones sucios mientras se balanceaba en su pie sano. Los lanzó hacia una esquina junto a la igualmente inmunda camiseta, preguntándose si la sangre y el lodo alguna vez conseguirían salir. No era que su madre estuviese particularmente sorprendida de que se las arreglase para destrozar más ropa.
Suspiró, sus brazos a medio camino de las mangas del kimono. Esperaba que pudisese volver a ver a su madre otra vez. Y a su hermano y su abuelo. E Inuyasha y sus amigos. Maldita sea, incluso le gustaría volver a ver a Naraku sólo para encontrar algo de normalidad.
Ponerse el kimono le tomó unos buenos diez minutos, incluyendo el obi, pero le mantuvo la mente en otras cosas. Cuando hubo terminado, y se hubo tirado en el camastro cansada y sudorosa, Midoriko regresó. Una muleta rudimentaria, principalmente formada por dos palos y una tira de cuero, colgaba de su mano. "Aquí tienes", dijo sonriendo levemente. Lo apoyó contra la camilla.
"Gracias", murmuró.
"¿Quieres algo de té?" la miko alzó una tetera caliente.
Kagome sonrió. "Sí, por favor. Aunque debería ir a decirle a Sesshoumaru que estoy bien. ¿Te importa si salgo unos momentos?". Trató de ignorar cómo la expresión de Midoriko se oscureció. "Sólo quiere volver con su padre y yo le estoy manteniendo aquí. Sólo quiero recoger mis cosas y decirle adiós." Añadió suavemente por vez tercera.
Midoriko expulsó un suspiro pesado. "De acuerdo. El agua tardará un par de munutos en hervir. ¿Quieres que vaya contigo?"
La joven frunció levemente el ceño imaginando cómo iría ese encuentro. Comenzaba a tener una dolorosa imagen de lo que Midoriko pensaba del youkai. "No, está bien. No me hará daño, ya lo sabes."
La sacerdotisa no pareció convencida, pero se volvió hacia el fuego, moviéndolo con un removedor antes de poner la tetera. "Esperaré por ti entonces.", dijo.
Kagome se piso de pie y cojeó fuera de la cabaña sin contemplaciones. La actitud de Midoriko hacia Sesshoumaru era problemática, aunque no del todo inesperada, especialmente viniendo de una miko. Probablemente había pasado su vida matando youkais como Sesshoumaru. Pero por otro lado Kagome ha pasado cuatro años de su propia vida haciendo lo mismo. Bueno, tal vez no iguales a Sesshoumaru.
Afuera, los aldeanos habían pausado sus tareas para observar a la extraña miko. Venían de los campos portando sus utensilios afilados a la altura de la cintura como si estuviesen listos para atacar. Todavía permanecía alerta. Podía decir que Sesshoumaru había puesto de los nervios a más de una persona ese día. Sabiamente decidió que no era buena idea preguntar dónde estaba el taiyoukai y continuó su caminata cojeando calle debajo de la avenida principal, hacia la colina y el pozo.
Oscurecía rápido. Los días se estaba haciendo más cortos y la temperatura se desplomaba cada vez más cada noche. Kagome deseó poder abrazarse a sí misma en vez de estar sosteniendo una muleta, pero se salvó al final de los campos.
"¿Te vas a quedar esta noche?"
Ella casi chilla y pegó un brinco, aterrizando dolorosamente en su tobillo. "Hijo de… Ay". Cerró los ojos unos momentos y se giró para mirarlo. "Gracias por esto.", refunfuñó.
"Pido perdón por asustarte. ¿Te vas a quedar esta noche?" preguntó de nuevo.
Kagome miró hacia el cielo. "Parece que sí. Vine a buscar mis cosas." Sonrió algo incómoda.
Él levantó la mochila amarilla y la alargó hacia ella. "Ese poder…" comenzó.
"¿Sí?" Ella alcanzó la mochila con algo de preocupación. Todos los fragmentos estaban allí. Podía sentirlo, pero la curiosidad brillando en los ojos de Sesshoumaru era preocupante. Se acordó nuevamente de que era un Sesshoumaru más joven y alocado. "¿Qué pasa con ello?".
"¿Podría decirme su naturaleza?"
Ella rió sin alegría y tomó la mochila. "¿Por qué debería hacerlo? Es mi carga. No tiene nada que ver contigo."
"Soy consciente de ello," dijo con los ojos fijos en su rostro. "Pero si te dejo te quedarás sola con ese poder."
"Lo he hecho antes." Murmuró ella sin saber a dónde iba él.
"Peor antes tenías a tus amigos." Sesshoumaru contestó. "Ahora sólo tienes estos humanos a tu alrededor.·
Kagome sonrió suavemente. "¿Te preocupa que lo cojan? No lo hagas. No tiene efecto en humanos. Sólo las mikos pueden sentirlo y sólo los demonios pueden ser afectados. No debería haberlo dejado contigo, eras el único en peligro."
"Me llamaba" susurró.
Ella se mordió un labio y asintió. "Puedo imaginarlo." Volvió a comprobar que no estuviese escondiendo ningún fragmento. No, todo limpio, pensó con alivio. Luchar contra un Sesshoumaru medio enloquecido con fragmentos y un tobillo torcido no era la forma en la que pensaba pasar su tarde.
"Pero llamaba falsamente," dijo irguiéndose. "Prometía poder, pero no era mi poder. Era el suyo. No deseo poder que no obtengo por derecho."
Kagome de repente tuvo el pensamiento de que llevárselo para darle un discurso a Naraku o Inuyasha. Una hora con la Joya y el Sesshoumaru joven entendía. Tal vez era cosa de hanyous lo de ser tan cabezotas. Por supuesto, no estaba segura de lo que "obtener por derecho" significaba. ¿No había estado tratando continuamente de matar a su propio hermano por Tetsusaiga? "Me alegro que te hayas dado cuenta" dijo.
Él asintió. "Pero sigue siendo peligroso. Para todo aquel que sólo oiga la promesa pero no la mentira."
"Y para todo aquel en el camino de ese demonio" ella añadió. "He visto pueblos perderse por culpa de esta maldita cosa."
"¿Entonces por qué te lo llevas con humanos en los que no puedes confiar?"
Ah. Kagome negó ligeramente con la cabeza y sonrió. "Ya te lo dije. No pueden ser afectados. ¿Y realmente crees que alguno de ese grupito se va a poner amigablemente cercano a un demonio? Ella lo miró. "Además, sólo te conozco de un día y aún así te he dado los fragmentos."
"¿Fragmentos?"
Ella se encogió. "Sí, eso es lo que son. Deberíamos llamarlos como son. 'Poder' es un poco vago." Se encogió de hombros y dejó caer la mochila a sus pies. Sus brazos estaban cansados de caminar con la muleta. "Mira, no quiero mantenerte aquí por ninguna obligación. Has hecho lo que tenías que hacer, me salvaste dos veces. Creo que es bastante justo con un extraño. Y sé que quieres regresar con tu padre y contarle tus sospechas."
"Son tus sospechas, no las mías." Respondió. "¿Y qué harás si me voy?"
"No lo sé. Pensaba preguntarle a Midoriko si quería ayudarme." Dijo. "Me separaron de mis amigos en algo más que distancia. Creo que necesitaré algo de trabajo de magia poderosa para poder regresar. Y una sacerdotisa debe de servir."
"Eres una sacerdotisa."
"No una muy buena." Ella rió suavemente. "Al menos hasta esta mañana. Pero Midoriko sabe más que yo. Está correctamente entrenada."
Él gruñó un momento y se cruzó de brazos. "Odia mi especie."
"La mayoría lo hace." Ella murmuró.
"Pero tú no." Respondió. "¿Te gustaría viajar con alguien y confiar en él si no comparte tus mismos principios?"
Kagome frunció el ceño. "Bueno, realmente no lo había pensado así. ¿Pero qué más puedo hacer? Como sea, parece que tendré que quedarme aquí hasta que se cure mi tobillo. Y entonces, necesitaré ayuda con… mi situación" Mientras hablaba comenzó a molestarle su tobillo de nuevo. "Mira, Midoriko nos ha servido algo de té y…"
"Muy bien. Puedes ir." Se giró. "Pero no me voy a ir."
"¿Qué? ¿Por qué?" Ella levantó su mochila y casi se cae por el peso.
Él la atajó con facilidad y colocó la mochila en su espalda. "Obviamente necesitas mi de mi ayuda.", dijo. "Discute lo que tengas que discutir con la miko y entonces nos iremos mañana a donde necesites ir."
"No es necesa…"
"Lo es. Esos fragmentos poseen un gran poder y dos mujeres humanas, incluso aunque sean mikos, no pueden defenderse contra un ataque directo o lo que podáis encontraros." Sesshoumaru suspiró y cuadró los hombros. "Y no confío en ella".
"No le has hablado."
"No confío en su aroma."
Kagome rodó los ojos. "Oh. Está bien, entonces. Debe de ser el mal. Kami, ¡los demonios perro y sus asuntos con los aromas! Es escalofriante. ¿Alguna vez te lo has planteado?"
ÉL arqueó una ceja delicada. "¿Demonios perro?" repitió. "¿Conoces otro además de mi?"
Dándose golpes mentalmente, Kagome suspiró y asintió. "Inuyasha. Es mestizo. Creo que su nombre lo dice ya de por sí."
"¿Tratas con mestizos?"
Ella iba a golpearle, mandarlo a freír espárragos por criticar a los hanyous, quienes no podían elegir quiénes eran sus padres, pero se detuvo. La miraba con una curiosidad que nunca había visto en el Sesshoumaru del futuro. Realmente quería saber, se dio cuenta. "Esto, sí. Es mi mejor amigo." Murmuró. "¿No te lo había dicho?"
"No." Se irguió y la observó con sus ojos dorados, los cuales resplandecían bajo la luz del sol poniente. "¿Tienes una relación con él?"
Kagome frunció el ceño. "No veo cómo eso puede ser asunto tuyo."
"Solamente pregunto porque los compañeros se encontrarán los unos a los otros a pesar de todas las barreras", dijo bufando ligeramente. "Podría encontrarte."
"Oh. Entonces no. No estamos exactamente en una relación." Volvió a sufrir esa mirada curiosa de nuevo y se encogió de hombros casi sin ánimos. "Una vez… yo quería que lo hubiese. Pero es tonto. Está totalmente colgado por su ex-novia y ella ha vuelto. Y ah, todo es un gran desastre. Es bastante molesto, ¿sabes? Ya he salido del instituto y tengo suficiente con los dramas." Resopló y se cruzó de brazos, dándose cuenta de que Sesshoumaru no se enteraba de la mitad de sus divagaciones. "Lo siento."
"Está bien. Comencé a pensar en otras cosas.", dijo.
"Eres algo imbécil", murmuró quitando el cabello de los ojos. "¿Por qué quería que vinieses conmigo?"
"¿A parte de los motivos que dije antes?", preguntó arqueando una ceja. "Te puedes cansar al caminar con esa muleta tan patética."
"¿Y?"
"Te llevaré si hace falta." Él observó cómo los ojos de ella se desorbitaban. "Odio la pereza."
Kagome se apoyó en su pie bueno y agitó el extremo de la muleta debajo se su nariz. "¡No es pereza! ¡Es un tobillo torcido!" gruñó. Se cansó y se apoyó en la muleta de nuevo, suspirando. "Está bien, supongo que puedes llevarme."
"Gracias por concederme tal honor", dijo él entrecerrando los ojos.
"¡Tú fuiste quien se ofreció!"
Sesshoumaru se encogió de hombros. "My responsabilidad para con mi padre es proteger estas tierras. Esos fragmentos que llevas son un peligro en potencia, mayor que el rumor de un demonio poderoso. Siempre hay demonios poderosos, de los cuales la mayoría puedo encargarme yo mismo. Pero esos fragmentos… son distintos. Y peligrosos."
"Realmente no tienes ni idea.", murmuró ella. Suspiró y lo miró. "Si vienes conmigo y Midoriko está ahí, tienes que tener presente que no es como yo. Tienes razón. No le gustan los demonios. Y tienes más poder que yo."
Ella inspiró hondo y él sólo la miraba expectante.
"En otras palabras, Sesshoumaru, no la cabrees. No es bueno para tu salud, ¿entiendes?" Kagome lo observó mientras el enfado crecía en su expresión. "Todo esto se está poniendo complicado, lo lamento."
"¿Por qué?"
La miko sonrió. "Porque no has logrado escapar de mi. Lamento causarte tantos problemas."
"No es una molestia. No deseo especialmente regresar a casa." Dijo. Alzó la vista para fijarla en el Sol poniente tras las colinas. "Deberías regresar con la sacerdotisa."
"De acuerdo." Murmuró. "Lo siento. Aunque quizás no lo suficiente. Me he dado cuenta de que disfruto algo tu compañía."
"¿Te sorprende?", preguntó.
Ella rió y asintió con la cabeza. "La verdad, sí. Buenas noches, Sesshoumaru. Te veo mañana."
"Sí. Mañana."
Kagome sonrió relucientemente y se giró, dirigiéndose hacia el pueblo con la muleta. Sabía que la estaba mirando. No estaría ahí si se girase, pero él estaba observándola para asegurarse de que llegaba al pueblo a salvo. Se sentía extrañamente cálido el pensarlo y continuaba sonriendo cuando llegó a la choza temporal de Midoriko, dejando caer su mochila junto a la puerta. "Lamento que haya tardado tanto." Dijo todavía sonriente. "Sesshou…"
Midoriko saltó como una caja de sorpresa*, los ojos fijos en la mochila amarilla que estaba a los pies de Kagome. Dejó escapar un grito suave y giró su rostro.
"¿Midoriko?" Kagome cojeó hasta ella lo más rápido que su tobillo le permitió. "¿Qué pasa?", preguntó alzando una mano hacia la miko.
La sacerdotisa se calmó tras unos momentos, su respiración normalizándose, aunque el sudor era visible en su frente. "So…Sonará tonto, pero esa mochila amarilla… siento como si parte de mi corazón estuviese dentro. Se siente como si mi corazón— el que está dentro de mí— estuviese gritando." Tomó otra inspiración y sonrió suavemente a Kagome, claramente avergonzada por su comportamiento. "Perdóname."
"No, no. Está bien." Dijo Kagome, maldiciéndose mentalmente. ¿Por qué no había pensado en esto? Juntar a Midoriko y su corazón al completo con trozos de su alma en una misma sala debía de afectarla de alguna forma.
Midoriko se estaba relajando, dejándose ir de la pared a la que se había apoyado., pero Kagome podía ver que estaba lanzándole miradas cautelosas a su mochila amarilla. La miko más joven se acercó y alargó una mano hacia ella, tocándole el brazo. "Pasa con todas las mikos la primera vez que se lo encuentran", dijo improvisando sobre la marcha y haciendo una mueca por lo chillona que le salió la voz. "Duele. Créeme que cuando fui consciente de ella, sentí como me estuviesen arrancando algo del cuerpo." ¿No era eso cierto?, añadió silenciosamente.
"¿Qué es?"
Kagome arrugó la nariz y se sentó pesadamente en el suelo. "Esto, bueno, es una historia muy graciosa. Tal vez no tan graciosa…" Se detuvo y frunció el ceño. "Son fragmentos de una perla muy poderosa."
"¿Cómo puede ser eso divertido?" preguntó Midoriko frunciendo también el ceño. "¿Y por qué puedo sentirla?"
"Solo las mikos y los demonios pueden." Susurró Kagome, dándose cuenta de que se estaba metiendo en un callejón sin salida.
"¿De dónde viene? ¿Quién la ha creado?" Ella dio un paso hacia la mochila y Kagome la alcanzó, capturando a la mayor por la muñeca. "¿Por qué la posees tú?" Preguntó Midoriko, mirándola hacia abajo.
Kagome suspiró. "Es… bueno, no puedo decírtelo. Es poderosa. Es todo lo que tienes que saber. Y es peligrosa. Supongo que podrías decir que es mi trabajo el que no caiga en malas manos." Liberó a Midoriko y se echó hacia atrás.
"¿Tiene algo que ver con…?" Su voz se apagó unos momentos. "¿Por qué eres tan distinta?"
La miko más joven parpadeó. "¿Qué? ¿Cómo que distinta?"
"En muchas formas", dijo Midoriko suspirando ligeramente. "Pero puedo decir que la mayor diferencia es la que sólo yo puedo ver. Tu brillo."
"¿Qué?" se sentó de nuevo y entrecerró los ojos a la otra miko. "¿Qué quieres decir con 'brillo'?"
Midoriko hizo un gesto con la mano hacia la puerta. "Todo el mundo allá afuera, desde el más pobre hasta el anciano del pueblo y hasta el demonio que te acompaña, es como un resplandor blanco. Y luego estás tú… eres como una luz rosa cegadora. Más que una luz, incluso. Un gran fuego." Ella miró hacia otro lado unos momentos. "Sabía que estabas por llegar desde ayer. Pude sentirte, ver tu luz."
"Oh, Kami"
Ella se acercó. "He conocido reyes y grandes mikos. Ninguno de ellos poseía una luz como la tuya. Es como si no pertenecieras a aquí. Tú… no eres de este mundo, ¿verdad?" Los ojos de Midoriko se agrandaron ante su propia suposición. "Debería haberme dado cuenta antes. Ese poder, tu brillo, tus ropas. Incluso la forma en la que hablas es extraña a mis oídos. Nunca he visto nada como tú."
El corazón de Kagome se volvió pesado como el plomo, bajando por su pecho y llegando hasta el suelo. Había querido hacer esto a su estilo, a su tiempo. Pero bueno, el tiempo últimamente no estaba de su parte, ¿verdad? Suspiró y se echó el pelo hacia atrás. "Midoriko…" No puedo acabar.
"¿Estás atrapada aquí? ¿En nuestro mundo? ¿En mi mundo?" Sus ojos se encendieron con el fuego de la curiosidad. Sus manos temblaban.
"De acuerdo, tienes que calmarte." Dijo Kagome dándose cuenta de que esto era la fuerza de la emoción. Tomó las manos de Midoriko y la forzó a sentarse junto a ella. Mirando fijamente a los ojos ardientes de la miko, Kagome suspiró. "Escúchame y escucha atentamente. No puede contarle a nadie sobre este, especialmente a Sesshoumaru…"
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El taiyoukai caminó colina arriba lentamente, completamente ignorante de las mujeres que hablaban de él en el pueblo. Había enviado a la chica a la cabaña y ahora esperaba una noche tranquila bajo las ramas de un árbol en alguna parte. Después de todo, había estado despierto la noche anterior protegiendo a Kagome y a esos fragmentos¸ como ella los llamaba. Normalmente podría aguantar varias noches sin un poco de sueño, pero había estado forzándose a sí mismo en esta patrulla y ahora apenas podía mantener los ojos abiertos.
Probablemente era el único motivo por el que no hubiera asesinado a esos aldeanos que lo había amenazado con instrumentos de arado. ¡De arado! Como si el heredero del Oeste puede permitirse ser herido por instrumentos de arado. Por supuesto, le había prometido a Kagome que no les haría daño, pero sentía que la consecuente indignación a la rudeza de los aldeanos merecía ser el centro de su atención en ese momento.
Se detuvo y miró hacia abajo al pueblo humano, donde comenzaban a encender lámparas de aceite. Podía oler el grasoso líquido ser quemado desde ahí. Débiles e inferiores criaturas. Ni siquiera podían ver en la oscuridad. No le había mentido a Kagome cuando le dijo que no tenía nada en particular en contra de los humanos, pero les tenía algo de pena por su debilidad.
Kagome. Ella no era débil. Bueno, quizá lo era en la definición física del término; pero muchos demonios luchaban con la magia que ella había empleado esa mañana y no eran considerados débiles. No, tenía que admitir que Kagome había escapado de su lástima y del trato inferior. Aunque ella sí que hablaba, ¿verdad? Esa chica nunca se callaba, ni siquiera cuando dormía. No iba a admitir que había encontrado incluso atrayente el escuchar sus palabras medio murmuradas en sueños.
El viento de la noche temprana le azotó y él suspiró, recordando que estaba desnudo de cintura para arriba, excepto por las vendas claro está. Pasó una mano por su pecho y no sintió nada de sensibilidad allí. Las heridas estaban completamente curadas, como había pensado. Podría haberse quitado el vendaje, pero no tenía el más mínimo deseo de pasearse sin nada encima.
Comenzó a caminar colina arriba de nuevo, esperando encontrar un lugar libre de las interferencias de los aldeanos, pero a la vista de la cabaña de Kagome, antes de que anochezca. No le dedicó tiempo al cómo se preocupaba tanto por la seguridad de la chica. Ese no era el asunto principal, después de todo. Ella llevaba los fragmentos y esos fragmentos eran lo que él seguía ahora.
Sesshoumaru llegó a la vista del pozo y se detuvo con el ceño fruncido.
El pozo estaba cubierto por un humo negro e inodoro. Serpenteaba por los costados como una niebla. Bajo la luz del sol que quedaba, podía ver que la niebla tenía destellos púrpuras y rosados.
Tenía el presentimiento de que Kagome se alteraría bastante si viese esto.
Una sombra salió del bosque y el ceño de Sesshoumaru se profundizó. Caminaba a cuatro patas, abriéndose paso el humo, y pudo escuchar su mandíbula cerrarse con un chasquido. Otro lobo.
"Mataste a mi hermano."
Sesshoumaru desenvainó su espada. "He matado a hermanos de muchos demonios", contestó sin preocuparse de decir que en realidad había sido Kagome quien había matado al hermano del demonio. La piel de su pecho hizo un tiró cuando balanceó la espada diciéndole a Sesshoumaru que quizá su cuerpo no estuviese todavía preparado para esto.
El lobo volvió a chasquear su mandíbula mientras aparecía desde el humo. Sesshoumaru notó, con algo de rabia, que este parecía el hermano mayor. Era tan grande como un caballo de guerra. "Vengo a vengar a mi hermano", dijo el lobo.
"Lo suponía", dijo el Taiyoukai.
El lobo se echó hacia delante.
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"¿Así que ese demonio también está en tu futuro?"
"Bueno, no es tan difícil, ¿no es así? Me refiero a que un demonio viva otros trescientos años."
"¿Cómo es en ese futuro?". Sus ojos se entrecerraron peligrosamente.
Kagome frunció el ceño. "Sabes que no puedo decírtelo." Ella miró cómo la otra sacerdotisa se oscurecía. "Mira, no te he dicho esto para que podamos hablar de su Sesshoumaru se convierte en un osito de peluche gigante o en un asesino de sangre fría. Te lo dije porque necesito ayuda."
Midoriko inspiró hondo. "Por supuesto, perdóname." Le dio a su acompañante una sonrisa cálida. "¿Quizás deberíamos comenzar por el pozo en sí mismo?"
"Nada parecía anormal cuando estuve allí antes." Dijo Kagome. "Pero si puedes ver algo que vaya mal, al menos sería algo."
"El problema es que el pozo no está imbuido con magia sagrada" dijo la miko mayor con el ceño fruncido. "Cualquier sacerdotisa tendría muchas dificultades para jugar con tal poder a no ser que sepa exactamente lo que está haciendo. Algo puede ir mal si trato de meterme con ello mucho."
Kagome encogió su pierna buena y apoyó la barbilla en la rodilla. "De acuerdo, nos lo tomaremos con calma. ¿Qué pasa si no encuentras nada?"
Midoriko lo pensó unos momentos. "Hay historias", comenzó lentamente, "de una bruja que vive en las montañas del norte. Dicen que es humana, pero es más vieja que cualquier demonio. Sabe todo sobre magia arcana, como la magia del pozo. Si ella no puede ayudar, no creo que nadie pueda."
"¿Un viaje a las montañas?" preguntó Kagome mirando hacia su tobillo.
"Estarás bien en un par de días. Sugiero la bruja de las montañas porque ella nunca abandona los picos. Cada persona a la que le hables del pozo sería otra persona que podría…" no terminó la frase. "Bueno, no estoy segura de cómo funciona, pero puedo imaginar que no ayudaría mucho."
Kagome asintió. "Tienes razón; cuanta menos gente sepa, mejor." Miró a la otra miko por el rabillo del ojo. "¿Vas a venir con nosotros? ¿Si tu inspección del pozo no da ningún resultado?"
"Lo estaba considerando." Su expresión se endureció por un momento.
La chica joven suspiró silenciosamente. "No tienes por qué protegerme de Sesshoumaru, si es eso en lo que están pensando. Si vas a venir, hazlo porque quieres. De otro modo solamente indícanos el camino correcto."
Midoriko cerró los ojos juntando las palmas. "Iré." Dijo por fin. "Pensé que…"
La sacerdotisa fue interrumpida por un chillido que heló la sangre proveniente desde afuera. "¿Qué ha sido eso?" murmuró Kagome luchando para ponerse de pie lo más rápido posible.
Se apresuraron hacia afuera para ver al pueblo entero reunirse en la calle. El sol se había puesto poniendo un brillo grisáceo-azulado en todo. Muchos aldeanos comenzaron a encender antorchas mientras corrían hacia Midoriko en cuanto ella apareció. "¡Ese demonio! ¡El demonio está aquí!" gritaron. "¡Ha matado algo!"
Kagome se giró y vio el destello de cabello plateado, que fácilmente identificó como Sesshoumaru, aproximarse al pueblo. La gente gritó ante la invasión, alejándose de las dos mikos para encontrarse con el demonio cara a cara. "Los matará a todos", le dijo a Midoriko. "Si le amenazan, los matará." Pasó más allá de la miko mayor y comenzó a cojear hacia el taiyoukai.
Los aldeanos le iban rodeando, gritándole palabras ininteligibles, ofendiéndola meramente con el tono que empleaban. No se apartaban para dejarle paso, así que se deshizo de la muleta cuando un niño la cogió y no la soltaba. De inmediato comenzó a empujar a la gente hasta que logró abrirse su propio camino entre la multitud.
Una mujer la enfrentó. "¡Dijiste que se iría!" chilló. "¡Y ahora mira lo que ha hachó" ¡Ha matado nuestro sustento! ¿Qué vamos a hacer ahora?"
"¡Fuera de mi camino!" Espetó Kagome empujando muy violentamente a la mujer. Su corazón palpitaba muy rápido estaba temblando. Observó cómo la mujer caía y apartó sus ojos cuando le gente comenzó a pisarla. "¡Parad!" gritó echándose hacia delante para que la mujer pudiese tomar sus manos.
La mujer la intentó patear y la cogió justo por encima de su tobillo herido, lanzándola al suelo. "¡Aléjate de mí!" gritó mientras se ponía de pie y desaparecía de nuevo entre la multitud.
Kagome gruñó, pero se puso de pie también, sosteniéndose de las aldeanos ignorantes que le gritaban al demonio. Ahora podía entender lo que decían. Coreaban a la mujer, gritando que Sesshoumaru había asesinado a sus animales.
Ella consiguió salir del perímetro de gente que había alrededor del taiyoukai. Él estaba en el centro, sus ojos encontrándola inmediatamente. "Kagome."
Estaba cubierto de sangre aunque su espada estaba envainada. En una mano, portaba la enorme cabeza de un demonio lobo, idéntico a aquel que Kagome había purificado esa mañana. "¿Sesshoumaru?" hizo una mueca cuando cojeó hacia delante. "¿Estás herido?".
"No. Ninguna de esta sangre es mía," contestó. "Pero estoy comenzando a creer en tu idea de la presencia de un demonio poderoso rondando esta área." Alzó la cabeza del demonio lobo mientras la sangre goteaba hasta el suelo. Había un rastro de ella detrás de él.
Kagome echó una mirada a los aldeanos. La estaban mirando fijamente, pero no habían detenido sus gritos y amenazas. "Creen que has matado sus animales." Se balanceó en su pie sano, manteniendo el mano alzado.
"Soy consciente de ello." Dijo soltando la cabeza del lobo y rodeando la cintura de ella con un brazo. La miró hacia abajo mientras ella se apoyaba contra él. "Fue el lobo quien mataba a los animales."
"Sabía que no habías sido tú," dijo Kagome cerrando los ojos cuando el tobillo le dio un pinchazo. "Gracias."
"Hn." Él la levantó un poco para que todo su peso quedara apoyando en él.
"Por supuesto, me estás llenando de sangre otra vez." Ella le sonrió tratando de ignorar los gritos de la multitud.
Él alzó una ceja. "Entonces sólo tienes que lavarte."
"Pensaba volver a ponerme mis pantalones."
Sesshoumaru arqueó su cuello, mirándola de arriba hacia abajo. "Ya te has cambiado y prefiero esta ropa." Dijo.
"Oh, bueno" rió suavemente. "Entonces lavaré este." Tenía una extraña sensación en el estómago. No eran como mariposas, pero definitivamente no era comida dañada. Había tenido de ambas y era una sensación totalmente nueva. Tal vez tendría algo que ver con que estuviese charlando con un taiyoukai sobre ropa frente a un montón de aldeanos deseosos de matarlo.
"No deberías estar aquí," dijo él mirando a la gente. "Te harán daño sin miramientos buscando el hacerme daño a mí."
"Soy una miko," contestó. "No pueden hacerlo."
"Piensan que te he contaminado". Sonrió ante su confusión. "Creen que no eres virgen. Por mi culpa."
"¡Oh!" un ramalazo de ira cruzó su rosto. "Eso es realmente maleducado de su parte."
Él asintió. "Y estúpido. Obviamente eres una virgen."
"De acuerdo. Hablaremos de ese pequeño comentario más adelante, pervertido. Pero ahora déjame hablar con ello." Sintió su agarre soltarse y ella tocó el suelo con su pie bueno, girándose entre sus brazos. Los aldeanos se petrificaron. Kagome pudo ver a Midoriko al borde de la multitud cargando con su mochila amarilla. Le fruncía el ceño a la miko menor.
"¿Qué estáis haciendo?" Kagome dijo con el ceño fruncido. "Acaba de salvaros de un demonio lobo, un demonio que sí mató a vuestros animales, ¿y le pagáis con amenazas?"
"¡No había un demonio lobo por aquí antes de que él viniera!" dijo un hombre. Los otros corearon en de acuerdo.
Su cabeza le comenzaba a doler. "Mirad. Él no tiene nada que ver con…" Se detuvo cuando observó que los aldeanos miraban lago a su espalda y comenzaban a gritar. "¿Y ahora qué?"
Todos se giraron. Incluso en la luz del crepúsculo podían ver el humo negro ir colina abajo hacia el pueblo. Los pueblerinos entraron en pánico, chillando sobre sus campos y sus vidas.
"Ah, ya me acuerdo del porqué vine aquí." Murmuró Sesshoumaru. "Se está moviendo más rápido de lo que hacía en la colina."
"¿Y por qué no me lo dijiste?" preguntó Kagome, la voz le salió muy aguda.
"Estaba siendo amenazado por utensilios de arado."
Ella suspiró. "Este definitivamente no es mi mejor día." Murmuró mirando el humo acercarse a la aldea. "¿Qué es?"
"Lo desconozco. Provenía de ese pozo seco."
"¿El pozo?" sus ojos se oscurecieron y ella frunció el ceño. "Por supuesto. Maravilloso." Quiso gritar, golpear algo, pero ya no le quedaban energías para hacer algo más que murmurar bajo su respiración.
Midoriko apareció a su lado. "Vamos, Kagome-san. Creo que es mejor que vayamos a ver a esa bruja. Pero hay que hacer algo con esto primero. Estaba pensando en hacer una barrera contenedora. Toma," dijo tendiéndole la estropeada muleta.
"Creo que sería más rápido si la llevo." Dijo Sesshoumaru entrecerrando los ojos a Midoriko.
"Sí," dijo Kagome cortándolos antes de que la miko mayor pudiese contestar, "pero esto puede necesitar bastante poder sagrado. Deberías estar muy lejos, Sesshoumaru. Cuando terminemos la barrera nos iremos. No creo que seamos bienvenidos aquí nunca más."
Sesshoumaru asintió y las dos mikos comenzaron a caminar hacia el humo descendiente. Sangre goteaba del kimono de Kagome desde donde ella se había pegado al él.
Él se giró para irse, tomando el consejo de Kagome en serio. Había sentido el dolor de la purificación previamente y no tenía deseos de repetirlo.
Había matado a esa miko, recordó. Se había unido a un grupo de forajidos como cebo, pidiendo ayuda a viajeros hasta que los vándalos se les echaban encima. Era una asociación efectiva. ¿Quién podría negarle ayuda a una sacerdotisa? Sesshoumaru sospechó que ella no tenía ni idea de que él era un youkai cuando intentó jugar con él, aunque nunca supo por qué no detectó sus poderes demoníacos. Estaba oscuro y nublado cuando se le plantó delante en el camino. Se horrorizó de su propio error cuando él mató a la banda fácilmente al intentarle atacar. Ella intentó purificarlo. Fue como cuchillas correr por su piel así que él le rompió el cuello a cambio. Fue el primer humano que mató.
El hecho de que no hiciera lo mismo cuando descubrió lo que era le sorprendió.
Ahora, nunca podría hacerlo. Podría haber escapado de los aldeanos con facilidad a pesar de que la batalla con el lobo había mermado sus fuerzas. Pero ella intentó protegerlo. No se quedó atrás y dejó que le atacaran. ¿Y había estado… ligando con él?
La idea era absurda. Ella era una sacerdotisa. Incluso si no estaba bien entrenada, estaba seguro que las mikos sabían que debían alejarse de cosas "sucias". Y estaba seguro que entraba en esa categoría. Al menos, Kagome era la primera miko que actuaba como su él no entrase en esa categoría.
No estaba acostumbrado a que los humanos no salieron corriendo lejos de él aterrados. Era sólo eso. Era la única diferencia entre Kagome y cualquier otro humano. Y aunque era una diferencia agradable, no significaba nada más que eso. Estaría horrorizado de que tuviese otra implicación.
Así que no iba a pensarlo más.
Caminó por las calles, escuchando los susurros furiosos de los aldeanos. No iban a actuar de momento. Estaban dispersados y no poseían la confianza del número. Y aunque le echaban la culpa de la niebla, no iban a arriesgarse a meterse con él solos.
Se subió a un árbol alto en la frontera de la aldea, observando cómo la niebla se iba acercando. Pudo ver a las dos mikos caminar lentamente colina arriba, protegidas por una pequeña barrera. El humo no parecía hacer daño a nada, peor le agradaba que tomasen esa pequeña precaución. Incluso si no hacía nada, humo negro que saliese de un pozo seco no podía ser nada bueno.
Aunque era algo misterioso. Nunca había visto nada parecido. Amenazador, pero aparentemente inofensivo. Desafiaba la lógica si se trataba de algún tipo de ataque. ¿Qué sentido tenía? Tal vez, barajó la posibilidad, fuese sólo un producto de la naturaleza. Fuese el resultado de otro proceso natural. Como el humo producido cuando se quema algo con garras venenosas. El humo no hace nada, pero el veneno era bastante efectivo. No tenía ni idea de si eso se podría aplicar a la niebla negra, pero podría explicar su función.
Ahora ellas estaban de pie cerca del pozo. Se hablaron la una a la otra, poniendo sus cabezas cerca. Sesshoumaru casi pudo escuchar la suave y seria voz de la miko joven. Se preguntó si ella estaría enfadada por los acontecimientos y como había predicho. Aparentó aceptarlo bastante bien allá en la aldea, casi como si lo estuviese esperando. Por supuesto, también había sido atacada por un enorme demonio lobo y se había torcido el tobillo ese día, así que tal vez estaba cansada de que se entrometieran en su vida.
Pero había algo con ese pozo… No podía imaginarse de ningún modo que alguien podría importarle un pozo seco, aunque obviamente no era lo que aparentaba ser. Recordó que ella había estado corriendo desde esa dirección cuando se la encontró. Y recordó cómo ella se había apoyado contra él esa tarde con ojos tristes y una voz suave.
Y la miko mayor, Midoriko, había mencionado algo sobre una bruja cuando el pozo comenzó a soltar el humo. Tuvo la sensación de que Kagome le había dicho a Midoriko algún secreto mientras le curaba el tobillo.
Se sentía ofendido por ello.
Pero podía entenderlo. Tal vez era algo entre mikos. O tal vez entre mujeres, aunque no estaba seguro de que Midoriko calificase como mujer. Ella tenía el corazón más duro que el suyo propio. No podía imaginar a Kagome sentirse cómoda cerca de alguien tan frío. Aunque también parecía sentirse bien cerca de él. Pero no estaba pensando en eso ahora mismo.
Vio a Kagome soltar su muleta y levantar los brazos a la vez que Midoriko. El aire comenzó a soltar chispas llenas de energía. La piel de Sesshoumaru comenzó a dolerle como su alguien estuviese arañándolo, y él se encogió en su rama en el árbol.
Hubo un resplandor rosa y una cúpula translúcida apareció, rodeando el pozo y la nube de humo negro en su totalidad. Sesshoumaru se echó para atrás sintiendo que estaba demasiado cerca, pero la cúpula se recogió más rápido. Se hizo pequeño, encerrando el humo negro de manera que al final sólo pudo ver un resplandor rosa en lo alto de la colina tapando el pozo y sus cercanías. Aunque todo fue cuestión de segundos, en el are permanecía el aroma a poder sagrado.
Observó a las mikos apoyarse la una en la otra. Kagome parecía ser la peor parada. Saltó del árbol y se encaminó hacia ellas, esquivando a los aldeanos que salían de sus casas y miraban hacia la colina. Podía oírlos hablar sobre Midoriko, alabando a la "increíble" sacerdotisa. No hubieron palabras de aprecio por Kagome. Estaban sólo sorprendidos de que le quedase algo de poder después de haberse mancillado con un demonio. Él se preguntó por qué estaban tan obsesionados con lo del comportamiento sexual entre una miko y un demonio. ¿Era acaso algo de humanos?
Kagome continuaba sentada en el suelo cuando las encontró, mientras, Midoriko rodeaba el pozo. La barrera rosa estaba llena del humo negro, serpenteante debajo de la superficie, pero Kagome le sonreía. "Ha sido algo complicado", dijo.
"Pero habéis tenido éxito", dijo él. Le ofreció una mano y la alzó. "¿Aguantará?"
Ella puso su muleta bajo el brazo mientras lo soltaba y asintió a Midoriko. "Pregúntale a ella. Nunca había hecho nada como esto."
"Parece que sí", dijo Midoriko. "Aunque no para siempre. Si ese humo continúa saliendo del pozo se romperá."
"¿Y todavía no sabes qué es?" preguntó él a Kagome.
"No." Kagome suspiró. Sesshoumaru podría decir que ella estaba diciendo la verdad. "Deberíamos ver a esta bruja para averiguar qué pasa".
"¿Una bruja?" preguntó Sesshoumaru arqueando una ceja. "Lo has mencionad antes. ¿Qué consigue una miko de una bruja?"
"Bueno, Midoriko piensa que ella podría ayudarme a volver con mis amigos."
"Ya veo." El demonio y la miko mayor se miraron mutuamente, ninguno con expresión de agrado.
"Deberíamos ir yendo," dijo Midoriko, "antes de que los aldeanos decidan venir aquí." No tuvo que decir más sobre sus intenciones, pero dirigió una mirada acusatoria a Sesshoumaru.
Kagome sonrió adormecida, ignorante a las miradas entre sus acompañantes "Sí, creo que es buena idea que nos vayamos. ¿Crees que tenemos que ir muy lejos esta noche?"
Sesshoumaru echó un vistazo a su espalda, en dirección al pueblo. La gente estaba todavía en las calles portando instrumentos de arado. "Sí." La tomó por la muñeca y le quitó la muleta. "Esto es un trozo de basura." Dijo lanzándolo al suelo frente a ella. "Sube."
Kagome sonrió de nuevo. Hermanos de verdad, pensó cuando se subió a su espalda, rodeando su cuello con sus brazos. "¿Por qué eres tan bueno conmigo?" murmuró.
"Porque eres amable conmigo." Dijo irguiéndose y pasando sus brazos por debajo de sus rodillas. "¿Esperabas que te pagase la amabilidad con crueldad?"
"No" murmuró mientras se apoyaba en el hombro de él y cerrando los ojos. "Siempre fuiste honorable."
Sesshoumaru frunció el ceño, girando la cabeza para preguntar a qué se refería, pero Kagome ya se había dormido.
No está ni revisado, así que van a haber errores a mansalva y errores de traducción así como incongruencias. Si podéis, decídmelos y los corregiré para resubir el cap ^u^
*geta: son las sandalias de madera típicas y simplonas que usan en Japón. Salen en todos los animes, por Dios.
*"caja de sorpresa": o "jack-in-the-box" en inglés. Son estos juguetes (un tanto siniestros en mi opinión) en los que hay que girar una palanca y la caja suelta música y entonces salta un muñeco de un payaso y fin. Ese juguete.
Para la próxima vez lucharé para no tardar tanto, pero como voy a acabar el fic que más tiempo me consumía pretendo actualizar más rápido en todos mis proyectos. Chicas, os quiero :3
¿Merece reviews? :D
