Hola? Sí, han pasado 4 años. Lo sé. Soy una escoria.

Pero si digo que he estado muy liada por la universidad, ¿me perdonáis? Apenas soy una humana, gusano, bacteria que se arrastra... Lo siento muchísimo.

Espero que esto sea una muestra de que no, no voy a abandonar la traducción. Este verano creo que podré sacar muchos fics adelante ya que tengo mucho más tiempo libre que los anteriores (es mi primer verano sin compromisos de ningún tipo) así que fiesta.

Para la guest Kary, que pidió el original, el link está en mi perfil donde los fics "En proceso".

He visto que muchos se confunden y creen que esta historia es mía. Lo siento pero no lo es. Se trata de una TRADUCCIÓN de la maravillosa RosieB, quien ha traído muchas bellezas al fandom de Inuyasha. Gracias por tanto, Rosie. Aprecio las bellas palabras, pero es una mera traducción.

Una vez más, lo siento. Espero no tardar años para la próxima vez.

Ni Inuyasha ni la historia me pertenecen.


El Taiyoukai del Pasado y del Futuro

Capítulo 6: Los no-muertos

El clima cambió levemente después de la tarde, cuando el sol había comenzado a descender hacia el ocaso. Un momento hacía buen tiempo y podían ver el cielo azul sobre sus cabezas, y al siguiente había nubes oscuras, gruesas y grises cubrían todo y bloqueaban el sol y su calidez. El aire a su alrededor se sentía pesado por la inminente lluvia, pero no parecía un chaparrón. Kagome miró hacia delante y vio que estaba el cielo gris kilómetros y kilómetros más allá, cubriendo el valle que ahora entraban.

Una brisa helada voló a su alrededor y dentro de sus ropas, haciendo a Kagome tiritar. Era la que tenía el kimono más ligero de los tres y aunque había insistido en usar su abrigo, Sesshoumaru le había dado su pelaje si una palabra. Se había rodeado con ella una y otra vez hasta que al final sólo podían ver sus piernas y sus ojos.

"Alguien va a pensar que eres un demonio," dijo Midoriko con una ceja alzada.

"Que lo hagan," murmuró Kagome cerrando ligeramente sus ojos. "Estoy muy cómoda. Es mil veces mejor que mi abrigo, eso seguro."

"¿No tienes frío?" preguntó la miko adulta. Era la primera vez que Kagome había escuchado a Midoriko dirigirse directamente a Sesshoumaru. Le gruñía al taiyoukai, pero Kagome tomaba eso como alguna clase de progreso.

"No," contestó él con una ligera sonrisilla que sólo enfadó a la sacerdotisa.

"¿No estaba tu pueblo cerca?" preguntó Kagome tratando de alejarse de cualquier contestación maliciosa de la sacerdotisa.

Midoriko asintió. "Ese de allí, justo delante" murmuró, señalando el único pueblo a la vista, justo donde el camino comenzaba a ir en plano valle abajo.

Kagome se detuvo en mitad de un paso ante su tono adolorido. "No… No tenemos por qué ir", dijo. "Estoy segura que habrá otro camino."

"No lo hay", dijo Sesshoumaru deteniéndose para mirarla. "A no ser que estés preparada para coger un desvío de ocho días. Este es el único paso entre montañas en muchas millas."

"Podemos perder un poco el tiempo", dijo Kagome dirigiendo una mirada a Midoriko. Su boca estaba apretada en una fina línea mientras observaba el pueblo. "Dijiste que no tenías prisa para volver a casa, Sesshoumaru. Sólo es un poco más de una semana, ¿Qué daño podría hacer?"

Él frunció el ceño. "Ya estamos aquí. ¿Qué sentido tiene coger otra ruta si podemos ir por esta?"

Kagome abrió la boca para responder, pero Midoriko la cortó. "Tiene razón" murmuró.

"Él… ¿qué?" Kagome se la quedó mirando.

"Él tiene razón" repitió la miko girándose para encararlos de nuevo. Su rostro estaba pálido, pero su mandíbula estaba fija y sus ojos parecían de acero. "No hay motivos para no ir por este paso. Pero sólo pido una cosa."

Kagome asintió. "De acuerdo. Lo que sea" dijo ignorando el ceño fruncido de Sesshoumaru.

"¿Podemos quedarnos una noche? Como bien me recordaste ayer, Kagome-san, no he estado aquí en mucho tiempo. Si estoy aquí debería hablar con unos viejos amigos míos", murmuró.

"Por supuesto. Te mereces una noche en tu hogar" dijo la miko más joven, una sonrisa extendiéndose por su rostro. "Mientras estés segura de ello. Parece que va a llover de todos modos, así que será una buena parada" añadió con una mirada significativa al taiyoukai. Él sólo gruñó en respuesta.

Midoriko sonrió levemente y se encogió de hombros. "Solamente estoy nerviosa de volver después de tanto tiempo, eso es todo. No te preocupes por mí, Kagome-san."

Kagome asintió y miró a Sesshoumaru. "Vámonos entonces."

"No."

Una chispa de preocupación pasó por su rostro. "¿Qué? ¿Por qué?"

"Me reuniré con vosotras por la mañana" dijo. "En la entrada del paso. No me quedaré en el pueblo por la noche. Encontraré mi propio alojamiento."

Kagome frunció el ceño pero asintió de nuevo. "Entiendo."

Sus ojos se entrecerraron. "Dudo que lo hagas. Pero me quedaré cerca. Si te metes en problemas, llámame."

"Sesshoumaru, ¿qué clase de problemas podría darme un puñado de granjeros?" rió Kagome aunque su voz estaba temblando. El pensamiento era gracioso, pero él se parecía tanto al Sesshoumaru del futuro en ese momento que le heló el corazón.

"Ya veremos" murmuró él. Alzó una mano al ver que Kagome se comenzaba a quitar su pelaje. "Quédatelo. No siento frío."

"Es lo único que tienes con qué dormir."

"No voy a dormir," dijo él dándose la vuelta. "Te veré por la mañana, Kagome. Aunque espero que no sea antes."

El ceño fruncido de Kagome regresó, sus manos rodeando el pelaje que estaba alrededor de su cuerpo. ¿Qué quería decir con eso? ¿Cómo que ella no podría entenderlo? Sólo cuando Midoriko tocó su hombro salió Kagome de sus ensimismamientos. "Lo siento. Vámonos" murmuró echándole una última mirada a la figura del taiyoukai que se alejaba.

"Probablemente no quiere ir al pueblo donde nací", dijo Midoriko, las esquinas de su boca curvándose hacia abajo.

"Eso fue lo que pensé" murmuró Kagome. "Pero no es eso."

La miko mayor se encogió de hombros. "No podría adivinar lo que pasa en su cabeza, pero es seguramente lo mejor. Vamos, Kagome-san."

Caminaron colina abajo y hacia la base del valle en silencio. Aunque el pueblo parecía pequeño, los campos de cultivo se extendían en todas direcciones y pasaron junto a varios granjeros que trabajaban. Unos pocos miraron hacia ellas, pero nadie les habló o acudieron a saludar. Kagome frunció el ceño ante las cortas miradas y las frías palabras. "¿Acaso no te reconocen?" Preguntó.

"Supongo que es posible que no lo hagan." Midoriko respondió. "Aquí es donde nací, pero no donde crecí. He visitado muchas veces y supongo que es lo más cercano un hogar que tengo, pero ha pasado mucho tiempo."

Continuaron andando. Cada persona que pasaban les prestaba incluso menos atención que la anterior. Aunque Kagome estaba acostumbrada a ver aldeanos desconfiados, esto destilaba a que algo más que los típicos problemas de las aldeas pobres de esta era. Prácticamente podía oler su tristeza. "Algo ha ocurrido aquí" murmuró.

Midoriko miró de reojo a su acompañante y suspiró. "Si miras desde esa colina de allí" dijo señalando la colina que se alzaba detrás de la aldea, "encontrarás un templo budista. Pero si vas allí no podrías notar el templo por sí mismo. Está casi desplazado por los centenares de tumbas."

"¿Centenares?" preguntó Kagome. "Pero esta aldea no puede tener más de setenta personas."

"Una vez, cuando yo era joven, el valle entero estaba cubierto de casas. Es buena tierra para el cultivo, pero el paso por la montaña hizo que prosperaran más en el comercio. Entonces, la aldea entera fue quemada y casi todo el mundo murió. Esto es todo lo que queda. Ahora el valle está considerado maldito. Los viajeros lo evitan". Suspiró de nuevo y negó con la cabeza. "Yo misma no quería venir, pero es la ruta más directa hasta la bruja."

"¿Cuándo ocurrió todo esto?"

Midoriko frunció levemente el ceño. "Hace casi una década."

Kagome miró alrededor y se fijó por primera vez en que todos los árboles eran apenas brotes no mayores de diez años. Supo que muchas veces se usaba la quema para regenerar tierra de cultivo. Tenía sentido el que los aldeanos se hayan quedado sólo por eso. "Lo lamento. ¿Qué pasó? ¿Fue un accidente?" Mientras preguntaba, se dio cuenta de que no pudo haber sido un accidente.

La miko mayor bufó ligeramente. "Qué va. Fue un demonio con algunos de sus seguidores. Comenzó a matar cualquier viajero en el camino y cuando los aldeanos empezaron a hablar sobre contratar un mata demonios, quemó la aldea. Dicen que parecía un océano de fuego."

Un demonio. Eso explicaba muchas cosas, pensó Kagome. Decidió arriesgarse a preguntar otra cosa. "¿Perdiste… perdiste a alguien en el fuego?"

"A toda mi familia."

"Oh." Eso definitivamente lo explicaba.

"Y el hombre al que amaba."

Kagome se giró bruscamente. "¿Amaste… a alguien?"

"Por supuesto. Eso es posible para nosotras, ya lo sabes." Su voz era rígida e iracunda.

La miko joven asintió. "Lo sé, cierto. ¿Quién era?"

Midoriko inspiró hondo y dejó salir el aire lentamente. Su tono se suavizó una vez más. "Su nombre era Takumi y era aprendiz de carpintero. Realmente nacimos el mismo día. A pesar de mis largas y frecuentes ausencias con mi mentora, siempre esperaba por mí." La pequeña sonrisa ante el recuerdo llegó a sus labios. "Él me quiso antes y fue muy persistente. Iba a abandonar mi vida como sacerdotisa e iba a vivir como su esposa. Era todo lo que quería."

"Lo siento mucho," murmuró ella. "¿Quedó atrapado en el fuego?"

La expresión nostálgica se esfumó y sus ojos se tornaron fríos. "No. Intentó luchar contra el demonio. Y yo estaba muy muy lejos cuando murió."

"Oh." Bajó la mirada, dándose cuenta de que Midoriko debería estar entrando en la adolescencia cuando perdió a Takumi. No era posible que un chico adolescente pudiese enfrentarse a un demonio poderoso y su grupo. "Amor juvenil. Debería de haber sido…"

Midoriko frunció el ceño y miró a otro lado. "No quiero hablar de eso", interrumpió.

Kagome asintió tragando con dificultad. "Entiendo."

Así que era eso, entonces. Midoriko había perdido todo por culpa de un demonio que decidió que asesinar en masa era el modo de mantener un pueblo en orden. Sintió que podría haber esperado algo como eso. En realidad, lo esperaba. ¿Pero un novio? Era un giro que se encontraba demasiado cerca al corazón de Kagome.

Era difícil no pensar en Kikyo. Dos sacerdotisas, separadas por trescientos años, que habían perdido al hombre que amaban. Y estaban dispuestas-deseosas más bien- a dejar la vida de miko por la oportunidad de ser madres y esposas. Su única oportunidad le había sido arrebatada y no se le volvería a dar otra para escapar.

Incluso la pérdida del amor podría haberse superado si simplemente hubiesen tenido el lujo de vivir vidas normales donde pudiesen pasar de la muerte y destrucción. Pero era la carga de una miko que la muerte nunca queda atrás, ¿verdad?

Con un suspiro pesado, Kagome siguió a Midoriko hacia la ciudad, donde unas pocas personas por fin notaron su llegada. El dolor y la tristeza eran más palpable por aquí. Sus ojos estaban muertos y vacíos, vagando sobre la miko y luego de vuelta a sus tareas, haciendo que la piel de Kagome se pusiera de gallina. Apretó el pelaje de Sesshoumaru más hacía sí.

A pesar de saber sobre el fuego, Kagome no podía sacudirse la atmósfera amenazante que se cernía sobre ella. Si estuviesen en la época de Inuyasha, podría pensar que se movían gracias al abanico de Kagura. Cuerpo vivientes, todos ellos.

Finalmente, alguien gritó el nombre de Midoriko y la mujer se giró para ver a la otra más vieja que cojeaba hacia ellas. Parecía una versión más desnutrida de Kaede. Sólo que el parche del ojos había sido sustituido por una mano tullida. La carne estaba quemada más allá de curación y se había puesto dura y púrpura a lo largo del tiempo.

"Ah, señorita Midoriko. Es agradable volver a verla." La mujer murmuró. Sus ojos, no tan vacíos como de los demás, aunque igualmente fríos, se posaron un momento en Kagome. "Has traído compañía."

"Ruka-san," saludó Midoriko con una inclinación. "Es agradable estar de nuevo en casa. Esta es mi amiga, la señorita Kagome. Es también una miko. Vamos juntas de peregrinaje."

Kagome luchó contra el deseo de alzar una ceja ante la forma de tergiversar la verdad e hizo una inclinación a Ruka. "Buenas tardes, Ruka-san."

"Señorita Kagome. Eres bienvenida. ¿Se quedará esta la noche, sacerdotisa?"

"Yo creo que sí." Contestó Midoriko.

La mujer asintió. "Es bueno oírlo." Sus ojos se movieron hacia Kagome una vez más. "Señorita Midoriko, tenemos mucho de qué hablar. ¿Presumo que tu tiempo por aquí es limitado?"

"Lo es, pero tengo tiempo para atenderla a usted, Ruka-san", dijo la sacerdotisa mayor. Se giró hacia Kagome. "Si quieres, Kagome-san, puedes explorar el pueblo. Ruka-san y yo estaremos hablando de algunos asuntos del pueblo que no te interesarían."

Kagome realmente no quería que la dejasen sola, pero no quería estar con Ruka tampoco. Asintió. "De acuerdo. Me daré un paseo por ahí. Estaré de vuelta antes de que oscurezca."

"Bien. La cabaña de Ruka-san está por ahí", dijo Midoriko señalando a la gran cabaña al comienzo del pueblo. "Estaré ahí el resto del día muy probablemente."

"De acuerdo. Ya nos veremos, entonces", dijo Kagome con una sonrisa llena de alegría que no sentía. Se dio la vuelta y comenzó a caminar calle arriba, decidiendo que buscaría a Sesshoumaru. Se había dirigido hacia el este, hacia las tumbas que Midoriko había mencionado, así que decidió comenzar por ahí. Conociéndolo, aparecería nada más salir del poblado. Y si no se aparecía siempre podía mirar alrededor del cementerio y darle sus respetos a los muertos.

Miró a su alrededor y vio que los pueblerinos continuaban ignorándola y seguían con su trabajo en silencio. Kagome se dio cuenta entonces que era eso lo que estaba mal con ellos. Había visto miradas torturadas en muchos pares de ojos con anterioridad, pero era ese silencio lo que era verdaderamente perturbador. No había ni un solo grito de un niño feliz o una charla entre vecinos. Nada. No le sorprendía que este sitio la pusiera de los nervios. La imagen que la Danza de los Muertos de Kagura se le vino a la cabeza otra vez.

Podría estarse dirigiendo al cementerio, pero los muertos ya estaban a su alrededor. Esta gente no tenía nada por lo que vivir, o al menos así se sentía. Kagome los simpatizaba, pero se preguntaba si el fuego era lo único que lo había causado. Había sucedido hacía casi diez años, dijo Midoriko. Podría esperar al menos algo de gente rejuvenecida. O tal vez pedía demasiado.

Bajando por una calle secundaria, Kagome vio a los primeros niños que se encontró en toda la tarde. Jugaban un juego silencioso, aunque podía oír el murmullo de palabras. Un niño estaba en el medio mientas los demás juntaban las manos y caminaban en círculos. Había jugado a este juego siendo niña y siempre había sido buena en ello, pero le daba un escalofrío verlos jugar. No corrían ni soltaban risillas como hacía ella en su juventud junto a sus amigos. Marchaban como soldados muertos, deteniéndose de forma muy tétrica cuando terminaban de cantar.

"Kagome, Kagome, el pájaro en la jaula", cantaban entre todos con voces finas y secas.

Tembló a escuchar su nombre de esos niños fantasmales. Quería gritarles para que parasen. Incluso los silenciosos aldeanos era mejor que esto. Sintió sombras cernirse sobre ella cuando giró su cabeza. ¿Había alguien ahí? ¿Observándola? Recordó el aviso de Sesshoumaru sobre alguien siguiéndoles.

"¿Cuándo saldrás de ahí?"

Sombras siguieron jugando con los bordes de su visión, desapareciendo tan pronto como las miraba. Podría haber jurado que era un efecto de luz si el cielo no hubiese estado tan desprovisto del sol.

"En la tarde del amanecer, la grulla y la tortuga se tropezaron", continuaron los niños.

Dio un par de pasos hacia atrás. El cielo comenzaba a rugir en los comienzos de una tormenta y se encontraba repentinamente asustada de este valle. Tenía miedo del pueblo entero. Hielo se deslizó por su espalda cuando un pensamiento fugaz se le vino a la mente, ¿qué pasaba si los habitantes que la habían notado?

"¿Quién está detrás de ti ahora?"

Kagome se dio la vuelta, el corazón latiendo rápidamente. Ignoró el grito del niño que había sido escogido mientras miraba fijamente a los hombres que habían estado ahí de pie detrás de ella. Uno dio un paso hacia delante y fulminó a la miko con la mirada. "¿Quién eres tú?" gruñó. A diferencia de los demás del pueblo, este era grande e imponente.

"Una amiga de Midoriko", contestó instantáneamente.

"¿La señorita Midoriko?" murmuró otro; un hombre delgaducho y vacío con ojos muy grandes. "¿Está aquí?"

El primero frunció el ceño. "La sacerdotisa nunca te acompañaría" dijo. Señaló el pelaje enrollado alrededor de sus hombres. "Es pelaje de un demonio."

"Me lo ha prestado mi amigo. ¿Qué tiene que ver eso con Midoriko?" preguntó Kagome.

"No deberías estar aquí" espetó, ignorando su pregunta. "No perteneces a este sitio."

Ella frunció el ceño y dio un paso atrás. Podía oír todavía el canto de los niños, que comenzaban de nuevo desde el principio. "Sólo estaré esta noche. Mañana, Midoriko y yo nos marcharemos. ¿Cuál es tu problema conmigo?". Observó cómo sus rostros se volvían fríos como el de los demás pueblerinos. Su corazón seguía golpeando a un ritmo alarmante. "¿Qué pasa con este sitio? ¡También soy una miko, para que sepáis!"

"Te hemos visto," dijo el hombre delgado. Sus ojos vacíos brillaron con una risa sin alegría. "¡Estabas con un demonio!"

"Ya se ha ido, ¿vale?" dio otro paso atrás. "Dejadme en paz"

"Una miko con un demonio y la señorita Midoriko, que es conocida por su odio hacia los demonios" dijo el granjero enorme. "Es interesante. Y extraño. Y ya hemos tenido suficientes cosas extrañas por aquí. Volverán a pasar si estás aquí."

Los ojos de Kagome se abrieron de par en par. No sólo estaban medio muertos, ¡sino que también estaban locos! "¡Él vendrá a por mí!", dijo. "Si le llamo, ¡vendrá a protegerme!"

"¡Atrae a un demonio a este lugar y lo pagarás caro, miko o no!" espetó.

El hombre enorme avanzó, pero un tercero lo agarró del brazo. "La señorita Midoriko sigue aquí," dijo. "No deberíamos. Observemos de momento. La sacerdotisa todavía nos conoce."

Los hombres estuvieron de pie en silencio mientras su aparente líder dudaba unos momentos. "De acuerdo" dijo. "Vámonos. El demonio se irá eventualmente, por sí mismo o por nosotros."

Se giraron y se fueron a la calle principal, dejando a Kagome sudando y temblando. Apartó el pelaje de su cuello, donde se había quedado pegado por el sudor. Se sentó en el suelo, la cabeza apoyada en las rodillas, contra la pared de una cabaña. Cerca de ella, nos niños habían dejado de jugar y la miraban fijante formando una línea entre todos.

Kagome tembló de nuevo y miró a otro sitio, escuchando cómo se iban en otra dirección. "Oh, kami, ¿qué le pasa a este sitio?" murmuró.

No pudo quedarse sentada mucho más tiempo. La calle vacía era casi tan terrorífica que la que estaba llena de los hombres peligrosos, sombras tenebrosas y niños silenciosos. Gateó hasta ponerse de pie y fue hacia la calle principal, casi que corriendo hacia donde vivía Ruka. La mujer mayor había estado inquietante cuando se conocieron, pero ahora Kagome daría lo que fuese por mantener su cordura.

Midoriko y Ruka estaban sentadas junto al fuego, bebiendo té, cuando Kagome entró. Midoriko frunció el ceño ante su rostro sudoroso. "¿Estás bien, Kagome-san? No te esperaba por aquí tan pronto."

"Había de estos… estos…" Kagome se interrumpió y miró al par de mujeres, quienes la miraban de vuelta con una mezcla entre sospecha y atención. "Yo… No sé qué es lo que he visto."

"Puedes contarnos, Kagome-san" insistió Midoriko.

La miko más joven abrió la boca, totalmente dispuesta a pedir su marcha inmediata. Pero Ruka se levantó y extendió una mano hacia ella. "Pareces cansada, señorita Kagome, y la señorita Midoriko y yo todavía tenemos muchas cosas de qué hablar. ¿Quizá quieras tumbarte un rato?" preguntó.

Kagome miró a Midoriko y recordó las palabras de aquellos hombres. Ella todavía los conoce. ¿Qué querrían decir con eso?

Negó con la cabeza ligeramente, dándose cuenta de que Midoriko no era a la que debiese contar su experiencia en las calles. Deseó que Sesshomaru estuviese con ella. "Sí", murmuró. "Creo que sólo estoy agotada. Descansaré un rato."

Se dejó llevar a otra habitación y no llegó a ver el ceño fruncido de Midoriko.

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Midoriko se envolvió un poco más en el abrigo alrededor de sus hombros mientras salía de la cabaña de Ruka. Las nubes finalmente se habían disipado y la alivió ver que la luna proveía suficiente luz como para encontrar su camino. Había pasado un tiempo desde que había hecho este paseo y no quería perderse.

Dejó que la cortina sobre la puerta cayese de nuevo en su lugar, aguantando el aliento cuando golpeó el dintel de la puerta. Ruka siguió roncando y todavía se podían oír los leves suspiros de Kagome. Kagome había estado durmiendo desde el mediodía, lo que sorprendió a la vez que preocupó a la sacerdotisa. No pensaba que Kagome sería del tipo de persona que holgazanea de ese modo. Pero igualmente, su rostro había estado tan pálido cuando llegó esa tarde a la cabaña. Midoriko se preguntaba si había algo más que el que estuviese meramente agotada.

Pero tenía que ir. No podía darle vueltas a una miko que probablemente durmiese hasta el amanecer. Midoriko caminó por las calles silenciosas velozmente, la capa ondeando a la brisa que pasaba por entre los edificios. Se agazapó y se encaminó hacia la senda.

Vagando por unos campos descuidados, llegó a la hendidura entre las colinas y comenzó a escalar. Los aldeanos habían dejado que el sendero se perdiese, una señal de que no habían presentado los respetos adecuados, pero Midoriko no podía culparles demasiado. Empujó un arbusto que había crecido entre las rocas del camino y que podría haberla desequilibrado. Cuando llegó al otro lado estaba sin respiración y se echó la capucha hacia atrás para que la brisa fresca enfriase su cuello.

Frente a ella, tumbas por todo el suelo, manchando la hierba cada dos metros más o menos. Demasiadas tumbas para una aldea tan pequeña, pensó, aunque no por primera vez.

Eran pequeñas y crudamente hechas, como si se hubiesen levantado a toda prisa y sin la solemnidad adecuada. Midoriko se movió entre ellas con suavidad, sus manos rozando algunas lápidas al pasar junto a ellas. Algunas eran nuevas. Podía ver que habían sido adecuadamente cuidadas, a diferencia de las víctimas del incendio. No había habido tiempo en aquel entonces. Demasiados cuerpos, tan quemados que tuvieron que realizar un procedimiento de descarte para poder saber quiénes habían muerto.

Fue hacia esa tumba inmediatamente, sabiendo que podría volver en cincuenta años y la encontraría todavía en el mar de lápidas. De rodillas frente a ella, acarició con las yemas de los dedos la única palabra escrita en ella. Takumi. Las tumba de sus padres y hermanos junto a la suya. Le habían dado una para él solo porque la de su familia se había llenado ese día. No hubo sitio en la lápida para más nombres.

La sacerdotisa rezó en silencio junto a la tumba de su amor perdido, sus labios moviéndose sin hacer realmente ruido. Solamente cuando sintió el tirón de un aura demoníaca levantó su rostro. "¿Qué es lo que quieres?"

Sesshoumaru se movió hacia ella, sus ojos sobre las tumbas y leyendo los nombres. "¿Por qué no estás en la aldea? Deberías estar protegiendo a Kagome en mi ausencia" dijo.

"Tú eres su protector. Eres el que se ha marchado", dijo girando sus ojos marrones hacia él.

"Lo he intentado," contestó entrecerrando los ojos. "He estado buscando la criatura que nos está siguiendo. La que pude detectar anoche."

Frunció el ceño. "¿Y? ¿Encontraste algo?"

"Me ha estado evitando todo el día," murmuró Sesshoumaru. "Sólo quiere a Kagome. ¡Y tú estás aquí! Llorando por un humano que está más que muerto."

"En vez de criticarme por algo que no podría haber sabido, tú deberías estar protegiéndola," espetó Midoriko. "¿Tienes miedo de los aldeanos? ¿Miedo de este valle, donde tanta gente pereció por culpa de los tuyos, que nunca podrá recuperarse?"

Se cruzó de brazos y la fulminó con la mirada. "¿Por qué debería temer una patética aldea? Los demonios matan. La vida es un sufrimiento. Acostúmbrate a esta realidad" hizo una pausa. "Aunque he de admitir que este pueblo sufre más que otros. Hay algo que va mal por aquí. Empiezo a preguntarme si tiene que ver con lo que está siguiendo a Kagome. Y creo que tú sabes algo."

"¿Cómo podría saberlo? No he venido aquí en mucho tiempo", gruñó girándose a otro sitio.

"Sabes guardar secretos bastante bien," contestó. "¿Por qué no guardar el de este pueblo?"

Midoriko bufó e intentó moverse más allá, pero le fue bloqueado el paso. "¡No tengo ni idea de lo que me estás hablando, demonio!", siseó.

"¿Tiene acaso algo que ver con Kagome?" preguntó, frío e insistente.

"¿Por qué tendría que ver con ella un pueblo tan perdido como este?", refutó ella. "Estamos aquí porque está en el camino hacia la bruja. Y eso lo sabes bien, demonio."

"¿Cuál es el secreto de Kagome?", preguntó poniéndose lo suficientemente cerca como para poder oler su aroma. Éste estaba lleno de ira y el otro hizo una mueca, incapaz de soportar tanto odio. "Sé que te ha contado algo, algo que podría explicar por qué estamos de camino hacia una bruja. La mikos no se llevan con brujas y aun así ella te sigue a ti."

"No voy a traicionar su confianza contándotelo a ti." Lo fulminó con la mirada. "¿Por qué un taiyoukai se preocupa tanto por los secretos de una chica humana, de todos modos?"

Eso lo hizo echarse para atrás. "Kagome es… distinta," dijo, su voz suavizándose pero sin perder el deje agresivo. "Eso no me molesta. Pero sus diferencias parecen ponerla en peligros de los que no puedo protegerla y eso sí que me molesta."

Los ojos de Midoriko se abrieron como platos. "Ella te importa, ¿Verdad?" murmuró, sus labios fruncidos en una mueca de asco. "La quieres."

"Es humana."

"Esa no es una respuesta válida," dijo la sacerdotisa, su ceño frunciéndose aún más. "¿Qué te hace pensar que una miko como ella podría estar interesada en una bestia como tú? Eres escoria comparado con ella. ¡Tu alma está tan manchada de sangre que ni siquiera deberías poder tocarla! Sólo puedes acercarte porque su corazón es tan noble, más que cualquier miko que haya conocido. Debe tenerte lástima. Es la única explicación que le veo."

Sesshoumaru gruñó, su puño preparado para golpear a la mujer que estaba siendo tan tóxica. "Estás intentando desviar mi atención. ¡Cuéntame todo lo que sabes!"

"¿Por qué debería hacerlo? Ella no te lo ha dicho, ¿qué te hace pensar que yo sí lo haría?"

"Eres una sucia mentirosa," rugió. "Estuviste mintiendo anoche cuando dijiste que no habías sentido nada. Kagome es más débil que tú, ¡pero tú sí que lo sentiste! ¡Sabes que hay algo siguiéndonos! ¡Siguiéndola! ¿Y tú diciéndome que yo no debería saber qué es lo que Kagome me oculta?"

Midoriko alzó el rostro lo observó sin inmutarse. "Mientras uno de nosotros lo sepa, podemos protegerla. Todavía tienes que darme un buen motivo para que deba contártelo. ¿Entonces por qué no le preguntas directamente a ella, demonio? ¿Acaso tienes miedo de que te rechace?"

Era cada vez más difícil contenerse para no golpear a la sacerdotisa, para no llenarse las garras de su sangre. "Tiene que ver con el pozo donde la encontré," gruñó. "¿Qué es? ¿Por qué debe volver con sus amigos tan pronto? ¿Qué son esos fragmentos que lleva encima?"

La sacerdotisa rió amargamente. "Ya te he dicho, no voy a traicionar su confianza. Si tanto quieres saberlo, pregúntaselo a ella directamente. Pero no te lo va a contar. Inténtalo, vamos." Sus ojos brillaron, retándolo.

El taiyoukai estuvo a punto de sacar la información mediante tortura cuando hubo un grito en la lejanía. Alzó la cabeza y miró en dirección del sendero. "¿Kagome?" murmuró alzando una ceja.

El rostro de la sacerdotisa perdió todo rastro de furia. "¿Qué ocurre?" No había oído nada.

Él gruñó y agarró a Midoriko por la cintura, ignorando el gritito de sorpresa cuando saltó y salió del cementerio. Comenzó a correr colina abajo, dando grandes saltos allí donde el suelo era rocoso e irregular. Sus pisadas eran suaves y seguras, y pronto Midoriko dejó de clavar sus uñas romas en la piel del demonio por miedo; pero una vez casi se caen cuando otro grito se escuchó. Midoriko se tensó y supo que esta vez ella lo había escuchado.

"Está herida", susurró la miko.

Sesshoumaru frunció el ceño y fue a más velocidad, dando un último gran salto sobre los tejados de las chozas antes de caer en la vía principal. Dejó a Midoriko en el suelo y entrecerró sus ojos demoníacos, que le permitían ver la pequeña multitud que se había formado con la misma claridad como si fuese de día.

Hombres, al menos seis de ellos, rodeaban a Kagome. Reconoció su pelaje colgando de uno de sus brazos. "¿Kagome?", la llamó dando un paso hacia delante. Ella estaba quieta ahí de pie con los ojos fijados en el hombre delante de ella.

Los demás se giraron para ver al demonio cuando se aproximó al grupo. Uno de ellos dijo algo, pero Sesshoumaru no llegó a escucharlo. Estaba sobrecogido por la esencia de la sangre. Los enormes ojos de Kagome se giraron para encontrarse con los suyos. "Sesshoumaru," murmuró, su voz llegando hasta sus oídos.

El hombre enorme que estaba frente a ella dio un paso atrás y Sesshoumaru pudo ver la hoja del arma deslizarse fuera del estómago de Kagome, la sangre chorreando hasta el suelo. Sin el apoyo de la espada ella cayó sobre sus rodillas, sus ojos todavía bien abiertos con lo que ahora el taiyoukai pudo identificar como puro horror.

"No," rugió. Se apresuró hasta el hombre que había atacado a su amiga, atrapándolo por el cuello y empujándolo contra la pared de una de las cabañas. Paja llovió sobre sus cabezas. "¿Por qué has hecho esto?", exigió saber mientras sacudía al hombre. Otro de los aldeanos intentó acercarse, tratando de pillar al taiyoukai por sorpresa. Sesshoumaru ni siquiera apartó la vista mientras partía por la mitad al hombre con su látigo de veneno.

Los ojos del hombre grande giraron hacia atrás, Sesshoumaru estaba aplastando su vía respiratoria demasiado rápido. "Es por tu culpa," consiguió decir. "Monstruo."

La visión de Sesshoumaru se volvió roja y apretó con fuerza hasta que la vida se escapó de su cuerpo. Lo dejó caer casi decepcionado por haberlo despachado tan rápido. Debería quizás haberlo alargado, haberlo dejado sufrir como había sufrido Kagome. Sintió a otro de los hombres y se giró en su dirección listo para descargar su ira sobre él. Se permitió disfrutar de la manera en que sus ojos se agrandaron, y en el modo en que se arrastraba intentando escapar. Tan sólo tomaría un segundo para atraparle y una vida entera para dejarle sufrir.

"¡Detente!" gritó Midoriko. "¡Estas perdiendo el tiempo! Todavía está viva."

El taiyoukai se detuvo y se giró para encontrarse a Midoriko inclinada sobre la joven miko. Tenía razón. Ya daría caza y destruiría a cada miembro de la banda que había hecho esto, proporcionándoles una muerte tortuosa y lenta hasta que sintiese que era suficiente venganza. Pero ahora debía centrarse en Kagome.

Se arrodilló a su lado. Estaba desangrándose demasiado rápido. Había sido apuñalada justo debajo de la caja torácica, justo cortando a través de su hígado y probablemente el estómago. Presionó una mano en su frente y notó que estaba sudando profusamente y comenzando a arder. "Kagome."

Sus ojos se abrieron lentamente y ella sonrió. "Sesshoumaru, creo que he vuelto a meterme en problemas…"

"Siempre lo haces," respondió. "¿Cuándo aprenderás, niña?"

"Mmm… no lo sé." Cerró de nuevo los ojos y dejó caer su cabeza hacia un lado. "Lo siento."

Sesshoumaru frunció el ceño acercándose un poco más. "No ha sido culpa tuya, no tienes que disculparte."

"Pero fui yo quien sacó a Tetsusaiga… quien te hizo enfadar. No pretendía…" Respiraba de forma jadeante. "Y entonces, tu brazo… me sentí fatal durante días. Lo siento muchísimo… No lo sabía…"

La frente del taiyoukai se arrugó en confusión. "Kagome, no entiendo nada de lo que dices," murmuró.

"Está delirando, no hagas mucho caso," dijo Midoriko. Había estado arrancando trozos de sus ropas y de las de Kagome, presionándolas en su herida. Observó mientras la respiración de Kagome se volvía errante.

"Esto no va a funcionar," se lamentó viendo cómo la sangre se expandía. "La espada la atravesó por completo. Está sangrando demasiado rápido. Morirá antes de que podamos hacer nada."

"No. Y no permitiré esto."

La sacerdotisa miró hacia arriba y luego miró sus manos manchadas de sangre. "¿Y cómo sugieres que salvemos su vida?" preguntó, su voz volviéndose aguda. "Incluso si cierro la herida con magia, es imposible que pueda curar tanto daño."

"Pero puedes cerrarla" murmuró.

Ella asintió. "Con algo de poder sagrado, puedo detener la hemorragia. La dejaría a las puertas de la muerte y la congelaría ahí, pero no me dejaría curarla. No puedes traer a los muertos de vuelta a la vida," dijo. "Así que, ¿qué tiene de bueno?"

Él se levantó y miró hacia las estrellas, notando el cómo la luna estaba tan avanzada en su camino a través del cielo. "Tiene mucho de bueno. Hazlo y yo la traeré de vuelta."

"¿Cómo?" Lo miró con la duda escrita por todo su rostro, pero sus manos ya estaban brillando de color rosa. Él se echó un poco hacia atrás.

"La llevaré con mi padre en el Oeste" dijo.

Midoriko frunció el ceño. "¿Y qué podría hacer él?"

"¿Morirá sin importar lo que hagas?" preguntó evitando su pregunta anterior.

Ella asintió, la pena escrita en sus facciones mientras miraba a Kagome. Sus manos trabajaron con rapidez y el flujo de sangre se detuvo. "Aguantará solo un par de días. Si consigues ayuda antes de que se acabe el tiempo, podría vivir, pero si no lo haces morirá en ese instante. No hay una segunda oportunidad después de esto. Será como si una presa haya estado acumulando agua detrás de ella, luchando por inundarla. O, en este caso, será su sangre. Y moriría de todos modos por el ataque. Ya ha perdido demasiada sangre."

Sesshoumaru gruñó con suavidad. "Me tomaría dos días y medio llegar hasta mi padre. Espero que sea suficiente."

"Ya habría muerto entonces," sollozó Midoriko. Sus manos comenzaron a temblar.

"Él tiene una espada," dijo entonces él mirando hacia Kagome. Su respiración comenzaba a igualarse, aunque ésta era débil y rasposa. "Esa espada trae gente de vuelta a la vida y si se lo pido adecuadamente, la utilizará en Kagome."

"¿Pedir? ¿A tu propio padre?"

Sesshoumaru suspiró. "No nos llevamos demasiado bien. Pero si debo suplicar por la vida de Kagome, lo haré. Él tiene cierto cariño por los humanos, quizás suplicar no sea necesario."

Las manos de Midoriko por fin se estabilizaron. "¿No puedes ir más rápido? Su muerte… sería en vano. Me dijo que, si llegaba a morir, que fuese una buena muerte. Y esta no lo es."

"Podría, si fuese con mi forma demoniaca" dijo, "pero no podría sujetarla de ese modo. Se caería y no tenemos tiempo para encontrar un modo de mantenerla fija. No acortaría mucho más mi viaje, soy suficientemente rápido en esta forma."

La sacerdotisa asintió y se echó hacia atrás, sus manos dejando de brillar, pero todavía cubiertas de sangre. "Ya está lista." Lo agarró de la manga cuando se inclinó para levantarla del suelo. "Si se despierta, muere. Mantenla a buena temperatura y no la muevas demasiado. Sólo lo empeoraría todo."

Miró a Midoriko a los ojos y ambos llegaron a un acuerdo sin palabras. "Cuando Kagome mejore," dijo, "volveremos a este pueblo. ¿Esperarás?"

"Por supuesto."

Sesshoumaru posicionó a Kagome en sus brazos con facilidad, acercándola a su cuerpo lo máximo posible. Midoriko los rodeó con el pelaje, que milagrosamente se había librado de casi toda la sangre del suelo. La oven sacerdotisa inmediatamente dejó de temblar y se dejó caer sobre el hombro del demonio con un leve suspiro.

"Recuerda, el instante en que despierte, morirá." Dijo Midoriko.

El taiyoukai asintió. "Volverá con vida y con buena salud." Miró hacia arriba y se dio cuenta por primera vez de todos los aldeanos que los rodeaban. Sacudían el sueño de sus ojos y observaban al demonio y la chica con una mezcla de inquietud, asco y odio.

"No harán nada para detenerte," dijo la sacerdotisa adulta. "Te tienen miedo."

Sesshoumaru frunció el ceño y miró los cuerpos de los dos hombres que había matado. Los humanos tenían algo en común con los demonios— la necesidad de venganza. "Si intentan detenerme, o alguna vez vuelven a poner una mano en Kagome, no quedará nadie para enterrar a los fallecidos en el cementerio," rugió.

Midoriko cerró brevemente los ojos. "Me encargaré de decírselo, Señor Sesshoumaru. Y te esperaré. ¡Vete!"

El taiyoukai apenas echó un vistazo a la joven en sus brazos antes de saltar hacia el cielo.


En las notas al final, RosieB menciona que el juego que juegan los niños existe de verdad y que sacó la traducción de internet y que de verdad dicen "Kagome, Kagome". Cuenta además que es de saber común que Rumiko sacó el nombre de Kagome de ese juego, ya que no es un nombre real en Japón.

Como nota adicional, yo quiero decir que "kagome" significa gaviota. Es un pájaro. El juego ese va de animales, ¿ok? (Quiero agradecer a Vocaloid y su maravilloso video "kagome kagome" por enseñarme sobre el juego antes que Inuyasha)