No me lo puedo creer. He hecho 8 páginas en un sólo día.
Lo siento pero que nadie se acostumbre a que lo haga tan rápido, este capítulo es bastante corto (8 páginas) y los de este fic son de alrededor de 20 páginas. Aun así, 8 páginas en un día es mucho incluso para mí.
Espero tardar un tiempo razonable para el siguiente capítulo, hacerlo en tan poco tiempo tampoco es bueno. Seguro que está lleno de fallos.
Sin más dilación, y siendo las 3 y media de la mañana y mi gato enfadado conmigo porque no lo dejo dormir, dejo el cap.
Inuyasha o el fic no son de mi pertenencia.
El Taiyoukai del Pasado y del Futuro.
Capítulo 7: Soliloquio.
Era tan pequeña. Tan frágil. Tenía que tener cuidado de no aplastarla. Sus garras ya estaban apretándola demasiado allí donde la sujetaba, en su antebrazo y en la parte exterior de sus muslos. No podía permitirse que perdiese más sangre así que no podía pincharla. Era difícil, ya que quería mantener un agarre firme.
Como si eso fuese de alguna ayuda.
Intentó mantener la atención en el camino que seguía y en su velocidad. Apenas tocaba la hierba mientras corría, pero intentó no saltar encima de nada excepto ríos. Movimientos verticales no ayudaban, se dijo a sí mismo. Solamente agitaban a Kagome más de lo necesario, y podría maniobrar alrededor de cualquier cosa que se cruzase en su camino.
Estas eran las cosas en las que pensaba para mantenerse distraído de la joven moribunda en sus brazos. Y, aun así, cada minuto o dos miraba hacia abajo a su pálido y delicado rostro y se recordaba que hacía todo esto por ella. Y cada vez que lo hacía le golpeaba lo extraño que era eso.
De verdad, era muy extraño. Apenas la conocía desde hace dos días, después de todo. Y a pesar de sus suaves palabras y la risa fácil, Sesshoumaru nunca fue una persona generosa.
Oh, Sesshoumaru. Estás siendo demasiado duro contigo mismo. Estás siendo generoso conmigo.
Sí, eso sería exactamente lo que ella diría. Estaría riéndose, o al menos sonriendo suavemente. Podría alargar una mano para tocarle el dorso de la suya, como había hecho en los últimos dos días. Se preguntaba qué querrían decir esos toques. No tenían explicación, como ese vergonzoso abrazo en medio del bosque, cuando se había echado a llorar encima de él. Los humanos eran muy emocionales. Pero juraría que no todos eran tan expresivos con los taiyoukai como ella lo estaba siendo. Se preguntó si alguna vez ella despertaría para poder preguntárselo.
Por supuesto que despertaría. Era ridículo pensar que él podía fracasar. Él no fracasaba. No cuando era algo tan importante. Y esto era importante para él, aunque no estaba completamente seguro del por qué.
La verdad del asunto es que él trataba con la muerte, a pesar de las ideas inmaduras de Kagome sobre su generosidad. (Sospechaba que ella no era realmente tan inocente. A veces veía una dureza en sus ojos que le decían que ella había visto tanta muerte como él. Le sorprendía que todavía pudiese sonreír y reír con tanta facilidad). Él era un asesino sin escrúpulos. Tal vez no tan bueno como su padre, o como los asesinos del ejército, pero estaba cerca. Sus tutores habían dicho que era material para un gran general y su padre había estado orgulloso.
Sed de sangre corría por sus venas. A parte de la historia que le había contado a Kagome sobre su tío y su transformación conducida por la locura, Sesshoumaru podría pensar en al menos siete parientes cercanos que habían muerto en batalla. Eso sin contar con los muchos taiyoukais que habían muerto por heridas más tarde, después de arrastrar a sus hombres fuera del campo de batalla. Eso explicaría el por qué su padre y él eran los últimos de la línea.
Así que, ¿por qué salvaba a esa jovencita? ¿Por qué estaba dispuesto a correr durante dos días y medio— algo que lo agotaría hasta el límite de sus energías— por ella? No odiaba mucho a los humanos, pero tampoco les tenía mucho cariño. No tenía sentido.
¿Ves? Te dije que eres generoso. La voz en su cabeza había vuelto, cargada de ese tono burlón. Solamente Kagome se había librado de castigo usándolo contra él. Tal vez seas un blando en el fondo.
Ella se lo había dicho cuando salieron del pueblo la otra vez, después de que tuviese que llevarla en su espalda durante horas. Le había gruñido por ello, pero ella simplemente sonrió y volvió a dormirse. No había presionado más el tema y le estaba agradecido por ello porque sabía que la otra sacerdotisa estaba pendiente de ellos. Entonces ya estaba sospechando.
Midoriko lo había acusado de estar enamorado de ella, lo recordó de repente. El grito agonizante de Kagome lo había distraído de la discusión, pero ahora recordaba la cara de asco que tenía ella. El cómo lo había reprendido por pensar que una miko como Kagome podría amar a alguien como él, una bestia.
Bueno, él era una bestia. Incluso se lo había dicho a Kagome. Lo que lo llevaba de nuevo a la pregunta inicial de por qué estaba haciendo todo esto. Se negaba a pensar aún más en las ridículas alegaciones de Midoriko. Habían llegado a un acuerdo en pos de la supervivencia de Kagome, pero eso no quería decir que fuesen amigos o algo así.
Sólo tenía un amigo y estaba ahora muriendo entre sus brazos.
Los ojos de Sesshoumaru se abrieron con sorpresa y miró hacia la chica, sorprendido de que su propia mente haya dicho eso. La voz de Kagome se silenció una vez más.
Casi se tropieza, dando un par de pasos tambaleantes antes de detenerse a recuperar el aliento. Casi la suelta; pero ella seguía durmiendo, como debería ser. Sesshoumaru se tomó la pausa para inclinarse sobre ella y acercar la nariz a su cuello. La esencia de la sangre en sus ropas (la de ambos) había tapado la de ella, pero con la nariz tan cerca de su piel sí que podía olerlo de nuevo. Jengibre y naranjas. No podía oler la magia de Midoriko en su cuerpo, pero eso era bueno. El olor de la magia siempre lo distraía.
Hablando de distracciones…
Cierto. Asintió y comenzó a correr de nuevo. Entonces se dio cuenta de que estaba hablando solo, pero era reconfortante que fuese la voz de ella la que oyese en su cabeza. Le gustaba el sonido de su voz. Suave pero capaz de dar bastante miedo. Mezclado con su habilidad de purificarlo, por supuesto. Nunca le habría tenido miedo si ella fuese normal.
Pero no era capaz de concebir la idea de Kagome como alguien normal. La definía como "extraña" en su mente; ropas extrañas, acento extraño, palabras extrañas, afecto extraño, costumbres extrañas, amigos extraños y el extraño apego a un pozo seco se sumaba a lo que sabía de Kagome. Pero, aun así, era muy reconfortante y familiar.
Una miko en los brazos de taiyoukai desesperado. Eso era extraño también.
Ella se rió en su cabeza. ¡Sesshoumaru! No sería tan extraño si dejases de pensar en ello como si fuésemos enemigos mortales.
Pero deberíamos serlo, razonó, aunque ella no dijo nada.
Ella era su enemigo, estrictamente hablando. A pesar de haberse echado a llorar, él sabía que era capaz de purificarlo si la ocasión se presentaba. Ella elegiría a los humanos—su propia especie— por encima de él. Lo entendía. Si empezase a matar youkais de forma indiscriminada, acabaría con ella. Con sólo pensar en ello el corazón le empezó a ir a toda velocidad.
Pero no con una espada a través de las costillas. No. Midoriko tenía razón con una cosa— esta no era una buena muerte. Ninguna miko debería morir de este modo, debería ser en una pelea. Una oportunidad para que cualquiera de ambas partes pueda vencer. Kagome debería tener la oportunidad de morir protegiendo algo. Ella tenía el corazón y la falta de sentido común como para hacer eso.
El hombre que la había matado había dicho que la habían asesinado por su culpa. Podía imaginar lo que pensaban de Kagome. Llevaba su pelaje, probablemente la habían visto con él. Ella era extraña para ellos, por los mismos motivos por los que era extraña para él. Probablemente ella había intentado defenderlo antes de que la atravesaran con la espada. Probablemente lo había defendido después de que la atravesaran con la espada.
La estaba apretando demasiado otra vez. Sus ojos estaban tintados de rojo un momento, justo antes de que se recordase a sí mismo. Y continuó corriendo.
Hablaremos sobre esto después, susurró ella en su cabeza. Parecía triste.
"Lo haremos", contestó en voz alta.
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Un día y medio había pasado y estaba comenzando a cansarse. No había hecho una sola pausa. Había intentado no pensar. De vez en cuando escuchaba suaves susurros de apoyo; pero de otro modo había conseguido no pensar ni en ella ni en nada más.
Excepto cuando la miraba. Sólo para asegurarse de que seguía respirando, por supuesto. Pero cada vez que lo hacía (aproximadamente cuatro veces a la hora, supuso), la recordaba en ese momento en otro día donde estuviese despierta.
Por la mañana la recordaba recogiendo sus cosas, atando su pelo y preguntándole si estaba listo para emprender la marcha. Le preguntaba a Midoriko también, pero sus ojos parecían brillar cuando se giraba hacia él. O, al menos, eso pensaba.
A medio día la recordaba inclinarse sobre su almuerzo, haciendo más escándalo del que era necesario. Le decía eso y ella le haría una mueca durante un momento. Siempre cuidaba de sus otros amigos, le decía. Haría lo mismo por él y Midoriko.
Por la tarde recordaba el cómo su paso ligero prácticamente la obligaba a correr detrás de él. Midoriko tenía piernas más largas, pero recordaba bajar la velocidad por Kagome. Su rostro estaría rojo y volvería a atar su cabello antes de hablarle sobre festivales que organizaba su pueblo o historias sobre sus amigos. Recordaba enfadarse al ser tantas historias, normalmente incluyendo heroicos rescates de la mano de Inuyasha. El heroísmo normalmente estaba acompañado de frecuentes visitas de otra miko, cuyo nombre ahora sabía que era Kikyo. Sesshoumaru no le tenía aprecio a ninguno de los dos.
Por la noche recordaba cómo ella se movía alrededor del fuego sin avergonzarse de llevar sus "ropas de dormir" delante de un hombre. La noche significada a su vez que era su turno de contar las historias. Es lo justo, le decía. Y él la complacía, aunque sus historias no eran tan descriptivas o divertidas como las de ella. Pero igualmente ella sonreía o fruncía el ceño en los momentos adecuados y el fuego se apagaba antes de que ella se diese cuenta para poner más troncos. Entonces ella bostezaría y se iría a dormir, con él vigilando cerca.
Sesshoumaru comenzó a preguntarse si estos recuerdos, que sólo había recolectado en el periodo de dos días, eran de verdad o simplemente estaba delirando. Si no se detenía y descansaba pronto podría caerse. Kagome empezaba a ser pesada en sus brazos y su esencia se volvía débil.
Era tarde cuando finalmente escuchó las peticiones de su cuerpo. Le tomaría al menos hasta la mañana siguiente para llegar al hogar de su padre, pero ya no era capaz de dar un paso más.
Poco a poco fue disminuyendo la marcha y se detuvo junto a un pequeño lago. Ondeaba suavemente bajo la luz del atardecer y se sentó con Kagome en su regazo. Descansaría unos minutos, bebería un par de tragos de agua y volvería a su camino.
Una vez más, apretó la nariz en la piel de su cuello. Podía sentir la sangre fluir por sus arterias ahí y podía olerla. Era un alivio sentir signos de vida, aunque este era el único que presentaba. Pero entonces, Midoriko dijo que cualquier signo de vida implicaría su muerte así que era algo bueno.
Sesshoumaru sabía poco sobre Tenseiga. No sabía exactamente cuánto tiempo podía haber entre la muerte y la resurrección. La necesidad de llegar a casa pesó sobre sus hombros mientras pensaba en ello y dejó a Kagome suavemente sobre una parte blanda de la hierba.
Se levantó y caminó hacia la orilla del lago, balanceándose sobre una roca que se adentraba más en el agua que las otras. Apoyándose en una mano, recogió un poco de agua con la otra y bebió. Estaba un poco sucia, pero servía. Era inmune a cualquier tipo de contaminación que podría seguir en el agua, aunque estaba agradecido que Midoriko no haya dicho nada de tener que darle agua a Kagome. No estaba seguro de que esto fuese saludable para ella. Podría explicar la falta de pueblos alrededor del perímetro del agua.
Las ondas en donde había bebido agua se juntaron con unas nuevas. Ondas concéntricas chocándose en el agua. Sesshoumaru miró hacia el centro del lago. El agua ahí estaba tranquila, pero de todos modos desenvainó su espada. Kagome seguía en la hierba, silenciosa e inmóvil.
Un gran rugido resonó por todo el claro, a través del agua, y Sesshoumaru resistió el impulso de darse la vuelta y cubrir sus oídos sensibles. Fue buena idea no hacerlo. Los dragones de agua eran enemigos peligrosos y no podía mirar a otra parte.
No era el más grande que haya visto, pero era el más antiguo. Sus escamas estaban cubiertas de algas y conchas y moluscos, agarrados con fuerza mientras el dragón emergía de las aguas. Las algas lo hacían parecer de un color verdoso enfermizo, pero los dragones de agua normalmente eran marrones y Sesshoumaru pudo ver su color verdadero alrededor de sus brillantes ojos rojos.
Rugió de nuevo y Sesshoumaru gruñó al darse cuenta de que sus ojos estaban fijos en Kagome. Por supuesto, ella todavía llevaba los fragmentos encima. Eran una presencia constante en ella y ahora había dejado de prestarles atención, pero el dragón obviamente los había estado sintiendo desde hace un rato. Los dragones acuáticos eran característicamente perezosos y les tomaba un tiempo salir del agua, incluso para los poderosos.
Sesshoumaru suspiró internamente. Luchar en agua era un fastidio, y no podía mover a Kagome a la vez que luchaba contra el dragón. Ella tenía que estar en su línea de visión o cualquier otra criatura podría atacarla en este estado tan vulnerable.
Y no podía echar a correr. A pesar de lo mucho que odiaba esa idea, Sesshoumaru sabía que no haría ningún bien de todos modos. Por muy perezosos que fuesen para salir del agua, un dragón despierto seguiría a su presa hasta el fin del mundo. Y eran más rápidos de lo que parecen. Debía aguantar donde estaba.
El dragón finalmente se dio cuenta de su presencia y Sesshoumaru lo fulminó con la mirada. "¡Yo soy tu amo! ¡Estas son mis tierras! ¡Vives aquí porque yo te lo permito! Ahora, retírate y no tendré que matarte", dijo. Sabía que no conseguiría nada, pero un dragón de su edad merecía algo de respeto.
Simplemente rugió de nuevo. "De acuerdo", espetó Sesshoumaru, alzando elegantemente la espada en sus manos. "No habrá piedad."
El dragón se abalanzó hacia delante y Sesshoumaru saltó hacia arriba, cortando el aire con su espada y logrando alcanzar a la bestia en el hocico. Gritó en dolor, sangre cálida brotando de la herida hacia el lago convirtiendo el agua en vapor. Sesshoumaru regresó hacia el suelo, aterrizando junto a Kagome, y sonrió. El dragón se había vuelto lento con la edad. Esto sería fácil.
Ahora se encontraba totalmente centrado en el taiyoukai y Sesshoumaru asintió en satisfacción. Uno de ellos iba a morir antes de que Kagome estuviese a salvo de nuevo. Se lanzó al aire otra vez y ambos youkai se encontraron en el aire. Sesshoumaru golpeó su espada contra los dientes del dragón, esquivando el mal aliento y de su intento de tragárselo vivo. Un golpe de sus garras bien posicionado, y el dragón se echó hacia atrás de nuevo, sangrando esta vez por la boca.
Sesshoumaru aterrizó en las aguas más superficiales y se dio cuenta de que estaba cubierto, otra vez, de sangre.
No puedes permanecer limpio, ¿Verdad?
Miró de reojo a Kagome. Seguía ahí, tranquila y a salvo. El dragón moriría antes de que pensase en ella de nuevo.
De repente, su cola apareció y lo rodeó por completo, apretando con una rapidez inesperada. Sesshoumaru se asfixiaba mientras intentaba liberar su garganta. Sus brazos estaban apretados contra su torso y su espada se había caído en el instante en que se distrajo. Estúpido, se dijo a si mismo.
Pero el taiyoukai no le había mentido a Kagome. Él era una bestia. Sesshoumaru no lo dudó y sus ojos se volvieron rojos mientras abría su boca para hincar los dientes en las escamas, quemando todo en su camino hasta llegar a la piel debajo.
El dragón soltó un bramido de dolor. El veneno de Sesshoumaru era corrosivo al contacto y no lo dejó hasta que los anillos se soltaron lo suficiente como para que pudiese caer al suelo.
Recogió su espada y miró hacia el dragón que se retorcía. La punta de su cola se estaba desintegrando y caía trozo a trozo, chapoteando en el agua con un sonido nauseabundo. Sesshoumaru sonrió de nuevo y saltó hacia arriba, cayendo sobre la cabeza de dragón con facilidad mientras éste se lamentaba de la pérdida de su cola.
Luchó mientras el taiyoukai hundía sus garras ponzoñosas en la piel de la cabeza, rugió mientras el veneno comenzaba a comerse la carne de ahí también. Sesshoumaru alzó la espada y la hundió en la calavera del dragón, justo entre los ojos.
El dragón ondeó un momento, gruñendo mientras la vida se escapaba de su cuerpo. Sesshoumaru saltó y dio fácilmente una voltereta en el aire antes de que la cabeza de la bestia chocase contra la superficie del agua. Ésta descansó sobre las aguas superficiales, mientras el tayoukai aterrizaba en la misma roca donde había empezado.
La luz en los ojos rojos comenzaba a desvanecerse y Sesshoumaru alzó un trago victorioso de agua hasta su boca. Ignoró el ligero sabor metálico de la sangre y se giró hacia el cuerpo de Kagome.
Pero cuando llegó a donde estaba ella la sonrisa resbaló de su rostro. Cayó sobre sus rodillas y atrajo su cuerpo hasta sus brazos. Nueva y fresca sangre manchó sus ropas.
Sus ojos estaban abiertos pero vacíos. Él tragó profundamente, tratando de ignorar su pulso que comenzaba a acelerarse. Sesshoumaru puso su oído en su corazón y no escuchó nada. Presionó su rostro contra el cuello, pero ahí solo hacia el olor de la muerte. No había jengibre. No había cítricos. Solamente el olor de la sangre. Su sangre, por todas partes.
Estaba muerta.
Sesshoumaru la miró fijamente al rostro. Parecía que se hubiese congelado en el tiempo y tuvo ganas de sacudirla para que se despertase. Déjalo ya, Kagome, quiso decir. El dragón está muerto, puedes dejar de actuar ya.
"¿Kagome?" Su voz estaba áspera. No parecía su propia voz. Lo intentó de nuevo. "¿Kagome?"
Pero no contestaba, ni siquiera en su cabeza.
"No," murmuró apartando unos cabellos de su rostro. Se detuvo cuando se dio cuenta de sus manos estaban cubiertas de su sangre y solamente la estaba esparciendo por si preciosa cabellera. "¡Kagome! ¿Por qué te has despertado?"
Habían pasado casi dos días. No, había sido menos porque la habían apuñalado en mitad de la noche y ahora se estaba poniendo el sol. "Kagome, no puedes morir ahora," dijo enfadándose cada vez más. "¡No ahora!"
Pero ella insistía en permanecer muerta. La sacudió, cuidadosamente, para no herirla aún más. "¡No puedo habérmelo perdido!" rugió. "¡Debía estar ahí contigo!"
No podía creerlo. Cuando la había tomado de Midoriko sabía que iba a morir. Midoriko dijo que sucedería. La espada de su padre no salvaba a los moribundos, después de todo. Solo a los ya fallecidos. Kagome debía morir para poder salvarla.
¡Pero había llegado tarde! Esa vida, la vida que la hacía tan diferente, tan reconfortante, tan Kagome, se había ido y no había estado ahí para verlo. Se sintió engañado. Y sintió algo inusual en su pecho, algo que reconoció como culpa después de sopesarlo unos largos minutos. Se sentía culpable de no haber estado ahí para ella.
Tenía que ser él quien ella viese, se dio cuenta. Si ella tenía que morir, tenía que abrir sus ojos para verle ahí, llevándola hasta su salvación y a la vida. Sin embargo, había visto el qué. Una batalla sangrienta contra un dragón de agua. Se preguntó qué habría visto. ¿Fue su última visión la de un dragón gritando de dolor mientras se desangraba patéticamente?
"¿Por qué no esperaste?", exigió saber. Intentó imaginar su respuesta, pero ni siquiera pudo imaginar su sonrisa. No cuando la estaba viendo muerta, el pálido rostro con el horror escrito por todas partes.
Quiso matar de nuevo al dragón, por arrebatársela. Quiso matarla a ella por ser una estúpida y morir en el único momento que no estaba dándole apoyo. Quiso matarse a sí mismo por haberse confiado y perdido el tiempo en una pelea cuando podría haber estado a su lado.
Sesshoumaru la atrajo a sí de nuevo y enterró el rostro en su cuello, con la nariz rozándole el pelo. Tenía la textura de la seda. "Mis disculpas," murmuró. "No debería haber muerto de este modo."
En vez de la suave voz de Kagome, fue la voz incrédula de Midoriko la que vino a sus oídos. Ella te importa, ¿verdad? La quieres.
El taiyoukai gruñó suavemente y alzó la cabeza, negándose a escuchar. "Kagome, soy un idiota," musitó. "No estás muerta. Estoy olvidándome de mí mismo. Vivirás."
Cerró sus ojos y la alzó en brazos una vez más. Su pelaje estaba bañado en su sangre. Sus ropas estaban bañadas en su sangre y la del dragón. Era una matanza andante, pero se aventuró de todos modos. Sus pisadas sangrientas fueron todo lo que dejó atrás.
Sesshoumaru corrió y aunque sentía su garganta seca de nuevo no se detuvo. Las tierras le parecieron más y más conocidas con cada zancada y aunque ella ya no contestaba, le fue contando historias a Kagome sobre los sitios por los que pasaban.
Era de noche. Ya era su turno, después de todo.
"Mi padre tiene una fortaleza ahí," dijo, su respiración pesada, pero igualmente señaló con la cabeza hacia el edificio en la distancia. "Nadie la usa. Nuestros bordes van más allá actualmente. Pero ya verás, Kagome, cómo ha crecido desde su juventud."
Se acercó más a su oído. "Algún yo también expandiré estas tierras como mi padre. Seré más grande que él." La agarró con firmeza. Ya no importaba si la pinchaba con sus garras, aunque intentaba no hacerlo.
Se sentía delirar otra vez mientras la luna se alzaba en el cielo. "Mi padre no tiene esta marca," dijo señalando hacia la pequeña luna creciente en el cielo. Faltaban un par de noches para la luna nueva. "La obtuve de mi madre. Te preguntarás por qué se fue. Yo no lo sé, pero recuerdo una vez verla de pie en el tejado a pesar de que mi padre dijese que era vergonzoso que estuviese ahí. Me llevó con ella, cuando la luna estaba como ahora. Odiaba la luna llena. Odiaba la luna nueva."
Sesshoumaru se imaginó que Kagome preguntaría por qué, aunque no escuchó nada. "La luna creciente tiene un lado oscuro y un lado luminoso. Es el equilibrio lo que ella prefiere. Pero la luna creciente tiene más oscuridad de luz. Aunque eso nunca se lo dije."
Estaba diciendo tonterías a estas alturas. Se sentía enfermo, pero continuó de todos modos.
"Mi padre y ella nunca se llevaron bien. Era demasiado fría. Yo soy como ella. Por eso mi padre no guarda ningún aprecio por mí." Se encogió de hombros. "Yo tampoco le tengo ningún amor, sólo respeto. Eso es suficiente para un hijo, supongo. Aunque está bastante decepcionado."
Para cuando el sol se alzaba por el este a su espalda, ya le había contado muchas cosas. Muchas de ellas eran historias aleatorias que su madre le había contado, otras eran verdades de su vida, muchas otras eran mentiras. Nunca lo diría, pero mentir lo afectaba. Él no era un mentiroso.
Los muros del palacio de su padre aparecieron en el horizonte, iluminados por el sol de la mañana. Ostentoso, una vez había descrito el palacio cuando era joven. Su padre había bufado antes de decir que tendría que servirle hasta que se quemase hasta los cimientos o se cayese piedra a piedra. Era su hogar ancestral, después de todo.
Realmente no pensaba que fuese tan ostentoso, y así se lo dijo a Kagome. Era bastante simple y limpio, aunque demasiado grande. Estaba construido con madera robusta y oscura que la hacía parecer enorme. Era muy humana en algunos aspectos, excepto que frecuentemente tenían que reemplazar las paredes de papel de arroz cuando alguien ponía sus garras en ellas sin querer. Era el precio a pagar por tanta belleza.
Escuchó a los guardias gritar antes de que se diese cuenta de que estaba en la entrada de palacio. Las puertas estaban ya abiertas para él. El cabello blanco fácilmente visible de su familia proporcionaba el rápido servicio.
Sesshoumaru consiguió llegar hasta el patio exterior antes de caerse de rodillas rodeando el cuerpo de Kagome. "Mi padre," jadeó cuando los guardias se acercaron. "Llamad a mi padre."
Se movieron rápido, pero cuando intentaron tomar el cuerpo de Kagome les rugió y sus ojos brillaron de color rojo en un último brote de energía. Dieron un paso hacia atrás después de eso.
"¡Padre!" dijo. Había pasado al menos un minuto y su padre ya debería haber sabido que venía. El olor a sangre era suficientemente grande como para ser detectado a una milla. "¡Padre!" llamó de nuevo ignorando el cómo el cuerpo de Kagome parecía tan pesado. La mantuvo sujeta igualmente.
Las puertas se abrieron y los guardias se inclinaron. Sesshoumaru no lo hizo. Su padre estaba todavía en su bata y el cabello sin recoger. Tal vez no sabía que su hijo venía al final. Pero sus ojos afilados se posaron sobre Kagome inmediatamente mientras andaba hacia delante.
Sesshoumaru finalmente soltó a Kagome en el suelo y se inclinó sobre sus manos, arqueando el resto del cuerpo. No era una muestra de respeto, sólo de agotamiento. Sus manos ensangrentadas iban a dejar marcas.
"Sálvala", susurró.
