CAPÍTULO 2: LA MUERTE DE NARUTO UZUMAKI

"¿TEMES AL DEMONIO DENTRO DE TI?"

De la oscuridad, nació una jaula. De la jaula, venía una voz; era la voz de un monstruo, de un animal, de una criatura inmunda. De mi demonio. No había nada en el mundo más que nosotros: el resto, era sólo negrura, el vacío, el abismo. El material del que están hechas las pesadillas. El peor lugar en el Universo.

"¿TEMES EL VENENO EN SUS COLMILLOS?"

De la jaula, nació una boca. De la boca, venía una luz; era roja como un eclipse de luna, y asquerosa como la enfermedad, y parpadeaba como una bombilla en mal estado. Tenía la larga lengua de una bestia, y colmillos tan largos como espadas.

Cuando la boca soltaba su aliento, la oscuridad encogía, y podía verme las heridas, y el cuerpo desnudo, y el reflejo de mi rostro en el suelo encharcado.

Cuando la boca inspiraba, lo devoraba todo. También la luz. La oscuridad volvía en toda su extensión, y mi corazón se llenaba de miedo. En el vacío, yo también dejaba de existir. Me reducía a un pensamiento.

"¿TEMES EL CALOR EN SUS GARRAS?"

Me miré las manos, y no eran mías. ¿De quién eran? Era imposible saberlo. En aquel lugar, no existían los nombres, porque nadie era real. Tampoco existían los recuerdos, porque el tiempo carecía de importancia. ¿Dónde estaba? En el hogar del demonio, esa era la única respuesta. ¿Estaba vivo, o estaba muerto? Ni lo uno ni lo otro, pensé. Ojalá cualquiera de esas opciones. Ojalá haber muerto. Ojalá seguir viviendo. No había diferencia: ambas eran mejores que estar ahí. Que existir sin existir. Que pensar sin pensar. Que respirar sin respirar.

"¿TEMES EL PLACER EN SU CARNE?"

El demonio inspiró. Oscuridad.

El demonio espiró. Luz.

El demonio inspiró. Oscuridad.

El demonio espiró. Luz.

Llegó el momento en el que los latidos de mi corazón se acompasaron al ritmo de su respiración. Sístole, inspirar, oscuridad. Diástole, espirar, luz. Era una coreografía espantosa. También era lo único que tenía. Me miraba en el charco a mis pies: el reflejo, ese chico rubio y pálido, cambiaba con cada ciclo. Aparecía, y había algo distinto en sus ojos. Desaparecía, y dejaba de ser. Aparecía, y no reconocía sus labios. Me olvidaba de sus piezas. Desaparecía...

El ritmo se volvía cada vez más rápido. Su respiración pronto fue un jadeo, y mi corazón me daba martillazos en el pecho; la luz y la oscuridad se sucedían tan deprisa que me mareaba, y llegó el momento en el que me pareció estar viendo una serie de diapositivas en el charco. Diapositivas de un chico que era el mismo, pero no lo era. Que cambiaba de expresión a cada turno. Que poco a poco se parecía más y más a un demonio. A un monstruoso zorro.

"¡No!", grité, "¡Ese no es mi reflejo!"

Mi puño se estrelló contra él. Primero una vez, y luego otra, y luego otra, hasta que el charco ya no pudo reflejar nada. Las nubecillas rojas se movían en su interior como gotas de pintura. Me había desollado la piel contra el suelo de piedra, pero no me importaba; eso era mejor que verme de aquella manera. No: ese no era mi reflejo. Ese no era yo. Yo era otra cosa. Otra persona. Yo no era el Zorro. Yo no era un demonio. Yo no era un asesino. Yo no era Naruto.

Entonces, sucedió algo. El charco se agitó, y tembló su superficie, y la sangre que había bajo ella se arremolinó; aumentó su densidad; tomó la forma de una silueta. Una silueta humana, no roja, sino negra como la tinta. La observé con el asco y la curiosidad que uno dedicaría a una araña demasiado grande. Vi cómo temblaba, cómo se acercaba, subiendo y bajando como si diera pasos hacia mí. La silueta tembló, y dos brazos se separaron a ambos lados de su cuerpo deforme. Los alzó hacia mí: dedos largos y finos como fideos.

Las manos de la sombra partieron el charco y me abrazaron la garganta.

Apretaron.

"¿TEMES AL DEMONIO DENTRO DE TI?"

No podía respirar.

"¿TEMES LO QUE PUEDA HACERTE?"

Me estaba asfixiando.

"¿ACASO ERES MEJOR QUE ÉL?"

Me estaba muriendo.

"¿ACASO NO ERES TÚ EL MONSTRUO?"

Iba a morir. IBA A MORIR. IBA A MORIR.

"¿CUÁL ES TU RESPUESTA, NIÑO? ¿TEMES AL DEMONIO DENTRO DE TI?"

Tuve la elección justo delante de mí. Morir, o no hacerlo. Abrazar mi maldición, o rechazarla por completo. Pude haber elegido cualquiera de las dos cosas; podría haberme dejado llevar por cualquiera de mis tentaciones. Podría haber hecho tantas cosas. Podría haber elegido. Pero decidí no hacerlo.

No decidí nada. No elegí nada. Ese fue mi error.

Sólo me dejé asfixiar un poco más. Hasta que fue suficiente.


Los ojos que no eran mis ojos se abrieron de golpe. Las manos que no eran mis manos aferraron los brazos de la silueta, y los dedos que no eran mis dedos cortaron a través de su carne como si fuera suave grasa. La silueta se encogió de dolor, pero el charco enmudecía sus gritos.

El cuerpo que no era mi cuerpo se puso en pie. Se tambaleó, como si no estuviera acostumbrado a esas piernas, pero enseguida encontró el equilibrio. Hizo crujir su cuello. Se miró las palmas de las manos. Sonrió. No reconocí su expresión.

Le vi andar hacia la jaula. "¡No lo hagas!", quise advertirle, pero mis labios ya no eran mis labios, y no se movieron. Seguían sonriendo de aquella manera tan particular. Sonreían como si la boca les quedase pequeña. Enseñando todos los dientes.

Le vi pisar el charco como si no fuera nada. Caminar como si no le importara nada. Esa persona que ya no era una persona apoyó las manos en los barrotes de la jaula, y se coló entre ellos. "¡Cómo se te ocurre hacer eso!", quise recriminarle, pero mi voluntad ya no era mi voluntad, y no sirvió para nada. El chico que ya no era Naruto, sin mirar atrás, sin dudar siquiera, se adentró en la gran boca del demonio. Las mandíbulas se cerraron con un terrible chasquido. Y entonces, todo volvió a la oscuridad.