CAPITULO 3: RENACER

Me despertaron sus gritos. Gritaba como un animal. Como una sirena arponeada. Gritaba de dolor, justo así:

"¡Oh, Dios mío! ¡OH, DIOS MÍO!"

Estaba arrodillado al otro lado de la habitación. Era una habitación muy blanca: paredes blancas, techo blanco, suelo blanco, muebles blancos. Una ventana sin cortinas, de marco blanco; una puerta de madera fina, blanca; una mesita junto a la pared, dos sillas, una televisión que sólo reproducía estática. Ya os imagináis el color de cada una de esas cosas. También había dos camillas, una para mí, y otra para una mujer. Joven, cabellos rojos. Largas pestañas. Bastante guapa. Me resultaba familiar.

"¡OH DIOS MÍO, QUÉ ME HAS HECHO!"

El tipo se miraba los brazos, o lo que quedaba de ellos: era como si se los hubieran metido en una batidora. Una cosa asquerosa, paso de describirla al detalle. En fin, que la sangre le salía a chorros de la carne; la carne le colgaba como tela deshilachada; lloraba y moqueaba, y gemía, y se lamentaba, y francamente tenía un aspecto de lo más ridículo. La bata de doctor, que antes fue blanquísima, ahora estaba empapada de rojo. Alguien tendría que lavarla. Le deseé suerte, y me arranqué la vía que tenía hundida en la cara interior del brazo. Me puse de pie, y con mucha autoridad caminé hacia aquel médico con cara de mapache. De inmediato me fallaron las piernas, tropecé, y me di de morros contra la camilla de la chica. No se despertó. Debía de estar inconsciente.

"Hijo de...", me iba quejando, en lo que me ponía en pie. Me apoyé en la camilla, y en las piernas de la chica. Ella seguía en su profundo sueño de paciente, y no me prestó la menor atención. Estaba claro que yo había despertado de un sueño similar. La pregunta era: ¿Cuánto tiempo había pasado ingresado?

¿Y desde cuándo, exactamente? Es decir, no recordaba una mierda. ¿Cómo había acabado allí? ¿Dónde estaba ese hospital? ¿Por qué estaba cubierto de vendas, y por qué me dolía todo con tanta fuerza? ¿Quién coño era? ¿Por qué son mudas las jirafas? No tenía ni idea de nada. Lo mejor, pensé, sería empezar por el principio. Así que planté las plantas de mis pies con toda la firmeza que pude y me tambaleé hacia aquel hombre. Mis pies desnudos pisaron la sangre que mojaba el suelo. Estaba pegajosa, y muy caliente.

"Disculpe, doctor", le dije con mucho respeto.

"¡NO TE ACERQUES A MÍ! ¡OH DIOS! ¡AYUDA! ¡AYUDA!"

"Oiga, que sólo quiero hacerle unas preguntas."

El tipo se cayó de culo, y empezó a mover las piernas frenéticamente, como lo haría una pescadilla asustada, si las pescadillas tuvieran piernas y no aletas. Era un movimiento bastante gracioso, la verdad, así que se me escapó una risita:

"¡Ja, ja, ja! ¡Pero no huya de mí, hombre, que no le haré nada!"

"¡SEGURIDAD! ¡SEGURIDAD! ¡ALGUIEN!"

Mientras gritaba iba retrocediendo muy despacio, y detrás de él quedaba el reguero de sangre de sus brazos, una cosa dantesca, muy húmeda, como si a alguien se le hubiera caído una jarra de zumo de tomate. Me sorprendió que alguien pudiera sangrar tanto, y encima seguir vivo. De hecho, empecé a preocuparme por el bienestar de aquel tipejo, así que intenté inclinarme hacia a él, para mirarle el pulso, o algo. Estaba terriblemente pálido, y su rostro tenía un aspecto enfermizo que recordaba a la leche cortada. Lo que por otro lado era normal, claro.

"¡NO ME TOQUES! ¡NO ME TOQUES!"

Fruncí el ceño. "Mire, me está empezando a tocar las narices", dije, pero aún así me acuclillé a su lado. Él ya no podía retroceder mucho más, tenía la puerta detrás, y la cara desencajada de pánico. No dejaba de chillar pidiendo ayuda, y sus alaridos me perforaban los tímpanos como taladradoras, así que le cubrí la boca con la palma de la mano, y le aconsejé: "Por su propio bien, será mejor que deje de gritar."

Entonces pegó el mayor grito que se hubiera escuchado en este lado de la Galaxia.

La puerta se abrió de golpe contra la parte de atrás de su cabeza.

El médico quedó fuera de combate. Lo atrapé antes de que cayera al suelo.

Entró otro médico. Alto, delgado, gafas rectangulares. Ojos rasgados. Cara de sabelotodo. Tenía un cúter en la mano derecha, con media hoja fuera, que apuntaba hacia nosotros con bastante inseguridad.

"¡PERO QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ!", chilló, y tenía la voz aguda y nasal, como de payaso; a mí me hizo gracia, pero me aguanté. Sólo dejé escapar una media sonrisa:

"Pft."

El Doctor Payaso me miró con espanto. De repente fui consciente de mi situación. Estaba yo acuclillado en un charco de sangre, sujetando al otro médico por los hombros, y éste estaba tan destrozado que bien podría estar desmayado, o muerto, a saber, cualquiera de las dos opciones valía. Y encima me estaba riendo como un gilipollas. No me sorprende que se asustase. La verdad es que al pobre se le cayeron los cojones al suelo. "¡DIOS MÍO!", gritó a pleno pulmón, "¡UN ASESINO! ¡HA HABIDO UN ASESINATO!"

"No, hombre, no sea usted así", le dije. Dejé al médico herido en el suelo, con cuidado, y me puse de pie. "Se lo puedo explicar todo", añadí, en tono conciliador. Di un paso hacia él, y le tendí las manos en son de paz.

Él miró la sangre que había en ellas, luego miró a su compañero de gremio, que apenas respiraba, luego me miró a mí, miró su cúter, volvió a mirarme, y procedió a perder los papeles por completo.

"¡A mí no me vas a matar, monstruo!", gritó, y la hoja de su cúter cortó el aire a un par de centímetros de mi nariz. Me había pillado desprevenido: si no fuera porque aquel tío era un absoluto inútil, me habría cortado la cara.

"Eso sí que no", dije, bastante cabreado, y atrapé su siguiente cuchillada. Apreté su muñeca. Su mano se abrió, y cogí el cúter con la que yo tenía libre. Ajusté la hoja, y la apunté hacia su cuello. "Ahora le voy a hacer un par de preguntas, y quiero que las responda con sinceridad."

Un asentimiento. Coño, menos mal. Por fin iba a obtener alguna respuesta en medio de toda esa confusión.

"A ver, primero dígame dónde estoy."

"En...en el Hospital General de Konoha."

Apreté los labios. Konoha era una de las aldeas ocultas de los shinobis. Una de las más importantes, de hecho. No sabía por qué lo sabía, pero lo sabía. Por lo visto, recordaba algunas cosas, pero era difícil definir cuáles.

"Muy bien", dije. "Ahora dígame cuánto tiempo llevo aquí."

"Dos días. Desde el martes por la noche."

"¿Motivo?"

"¿Qué?"

"Que por qué me ingresaron, joder."

Él abrió la boca para responderme, luego la cerró, y volvió a abrirla cuando apreté la punta del cúter contra su cuello. Cuanto más le acercaba aquella cosa, más retrocedía él, y yo le seguía con la hoja, de modo que acabamos en el pasillo. Y en el pasillo ya no estábamos solos.

Eran tres tíos, todos vestidos con chalecos militares. "Chūnin", pensé, aunque no tenía muy claro qué significaba esa palabra. Supuse que serían parte de la seguridad por la que tanto rogaba el primer médico. Había otro doctor con ellos, un señor muy bajito y muy arrugado que podría tener cualquier edad entre los setenta y los ochocientos años. Estaba jadeando tanto que pensé que se moriría ahí mismo.

"Suelta ese arma", dijo uno de los chūnin. Lo miré con curiosidad: parecía bastante joven. No podía ser mucho mayor que yo. Espera, ¿cuántos años tenía yo? Me miré la mano libre, y el brazo, y comparé mi altura con el médico al que apuntaba con el cúter. Parecía el cuerpo de un adolescente. Pero yo no me sentía un adolescente por dentro.

"Mire", empecé a decirle. En los momentos complicados, lo que mejor resuelve las cosas es la sinceridad. "No sé qué está pasando aquí. Hasta hace un momento, ni sabía dónde estaba. Estoy muy confuso, y me vendrían bien algunas respuestas."

"Tú suelta ese cúter, niñato", gruñó otro de ellos. Este era mayor, que el otro, probablemente en todos los sentidos, y tenía la complexión de un gorila. Y la expresión. También la expresión. "O te lo meto por el culo."

Yo lo bajé de golpe. "¿Cómo?", dije, apuntándolo hacia él. "¿Qué me has dicho tú, gordo de los cojones?"

Cuando me enfadaba se me olvidaba el sentido de la educación.

"¿ME ESTÁS LLAMANDO GORDO?", bramó el hombre gorila. "¡SOY DE HUESOS ANCHOS!" Y, quitándose de encima a los compañeros que lo agarraban, aquella montaña de carne se lanzó contra mí.

"¿Déjà vu?", murmuré yo, mientras esquivaba su puñetazo por unos centímetros. Y menos mal que lo hice: tenía la sensación de que si uno de esos golpes me alcanzaba, me abriría la cabeza como si fuera una sandía. Por suerte, su tamaño lo hacía lento, y sus golpes no conectaban; pero algunos golpearon las paredes, y arrancaron grandes surcos en la piedra, y uno de ellos destrozó mi cúter, y empecé a pensar que si eso seguía así, iba a acabar como carne a la boloñesa. Así que esquivé un nuevo puñetazo, y le solté uno de los míos, y luego otro, y antes de que reaccionara le había dado tres. El ninja gorila sonrió de oreja a oreja.

"VAYA MIERDA DE GOLPES, NIÑATO", y me mandó a volar de un empujón. Por el camino casi me llevo por delante al doctor de las gafitas, que se refugió en la habitación de donde habíamos salido. Aterricé cinco o seis metros más allá, con una torpe voltereta que me permitió desviar una patada frontal. Aquello me dolió tanto que no sentía los brazos.

"¡Ryosuke, cálmate!", le gritó el tercer chūnin. Era tan alto como él, pero lo que le faltaba de grasa lo tenía de músculo. Lo único que llevaba debajo del chaleco eran unos brazos gigantescos y unos pectorales como tambores. Menudo elemento. "Déjame hablar a mí."

El aludido se detuvo. Ya tenía un puño en el aire, y yo ya estaba preparado para meterle los dedos en los ojos. Se produjo un silencio incomodísimo. El gordito miró a su compañero, luego a mí; luego resopló, tomó aire lentamente, y bajó la mano.

"Está bien, Shota", dijo. "Tienes razón." Y se apartó, mientras aquel cúmulo de músculos caminaba hacia nosotros.

"¿Y tú quién eres, esteroides?", le dije yo. "¿Tienes algún complejo?"

No pareció impresionado. "Escucha, chico. Somos tres contra uno, y tú sólo eres un niño. Dinos lo que ha pasado, y luego te llevaremos con el Hokage. Te prometo que no se te hará ningún daño."

"Anda y que te den", le dije, dándole una patada en los huevos. Shota se encogió sobre sí mismo, se dobló como una bisagra, y cayó de rodillas en el suelo. Cuanto más grandes...

"¡Shota!", gritó el gordo. "¡Serás cabrón...!

Esta vez no le iba a dar ninguna oportunidad. Yo no recordaba gran cosa; de hecho, ignoraba qué talla de calzoncillos llevaba, pero al parecer, sí que recordaba cómo pelear. Sabía cosas, ¿lo entiendes? Las sabía sin entender exactamente por qué. Supongo que por instinto, o por memoria muscular, o por gracia de Dios, elige lo que quieras. El caso es que junté los dedos índice y corazón de cada mano, hice una cruz con ellos, y dije: "¡Kage Bunshin no Jutsu!", y de pronto ya no estaba solo en aquella pelea. Ahora tenía aliados. Ocho de ellos, para ser precisos.

Sonreí con el mismo placer con el que uno se traga un helado de vainilla. "Escuchad, chicos", le imité. "Somos tres para cada uno, y vosotros sois gilipollas. Responded a mis preguntas, u os meto la cabeza en el culo del otro, hasta que parezcáis un ciempiés."

"ME VAS A COMER LA..."

Pero yo no me iba a comer nada. Estrellé la planta de mi pie contra la cara de Shota, partiéndole la nariz y algunos dientes, y en lo que aquel tío tan enorme caía de espaldas, hay que ver lo débil que era para estar tan cuadrado, le seguí con mi pierna, de modo que cuando chocó con el suelo, yo todavía le pisaba el rostro. Apoyé mi brazo derecho en esa misma rodilla, y con la otra mano señalé adelante, como un capitán de barco: "¡ADELANTE, CHICOS! ¡HACEDLES PURÉ!"

Pero no hubo ninguna respuesta.

Todos mis clones desaparecieron al mismo tiempo.

Las nubecillas de humo llenaron todo el pasillo, y pronto se dispersaron en el aire cargado.

Una tremenda sacudida, más fría que cualquier invierno, me recorrió el cuerpo entero.

¿Qué era aquello?

¿Quién podía tener un chakra tan inmenso, y tan...malvado?


Eran tres personas las que habían llegado. Una a mis espaldas, y dos en frente. De inmediato supe que estaba en grave peligro: lo supe a un nivel instintivo, a un nivel animal. Se me erizó el vello de los brazos, y se me puso la piel de gallina. Los huevos se me encogieron como en medio de un ventisca. ¿Quién era esa gente? Me estaba poniendo muy nervioso. Sólo uno de ellos habría bastado para que cualquiera se mease encima; los tres a la vez eran demasiado.

"¿Pero qué...?"

Mis oponentes notaron su presencia un poco después de que yo lo hiciera. El gordo que se llamaba Ryosuke puso cara de haberse tragado el hueso de una cereza, y una gota de sudor se le resbaló por la sien. ¿Les había reconocido? Estaba claro que sí. A su lado, el tal Shota se puso en pie como si no le hubiera aplastado las pelotas momentos antes. Hay que ver lo que tiene el miedo, que te hace olvidar tus heridas.

Los tres chūnin se pusieron firmes. "¡Hokage-sama!", dijeron al unísono, e hicieron una honda reverencia.

Luego llegó la voz del viejo doctor, que no había hablado en todo aquel rato. "Sarutobi-dono", dijo. Le crujía tanto la voz que parecía la cubierta de un barco fantasma. Inclinó un poco la cabeza, pero no demasiado. "Jiraiya-san, Tsunade-hime. Bienvenidos."

Entonces una bombillita se encendió en mi cabeza. Hokage. Ese es el título que se da al shinobi más poderoso de la aldea, dijo una voz que no había oído nunca. Hablaba como si estuviera muy cansada. Está muy por encima de lo que puedes manejar.

El Hokage, ¿eh?

Miré hacia adelante. Las personas que se acercaban —un hombre y una mujer— despedían una cantidad sobrehumana de chakra. Hasta un idiota se daría cuenta, a primera vista, de que eran fuertes, mucho más que los chūnin de antes.

A la izquierda estaba él. Alto, robusto, mirada de guerrero. El cabello larguísimo, y tan blanco como la nieve. Una verruga en la nariz, ropa tradicional, sandalias de madera. Llevaba un protector en la cabeza con la palabra "aceite" escrita en él. Su chakra era al menos diez veces superior al de los tipos de antes...si los ponías a los tres juntos. ¿Sería él el Hokage?

Nada más mirarle, un tremendo pinchazo me asaltó las sienes. Mi visión se dividió en dos, y una serie de imágenes aparecieron delante de mí, demasiado rápido como para que tuvieran sentido. El dolor me hizo taparme la cara con las manos, pero cesó enseguida. Me quedé ahí de pie, resoplando y confuso, durante un buen rato.

Ya estaban a mi lado. A la izquierda, él. A la derecha, ella: alta, delgada, y sinuosa: piel clara, ojos claros, cabello claro, unas tetas enormes. Aparentaba unos veintipico años; tenía un rombo pintado en la frente, y vestía un kimono gris sobre el que llevaba una bata de doctora. También tenía un chakra gigantesco, pero algo inferior al del hombre de antes.

La mujer separó los labios pintados de rojo, y pronunció una palabra: "Naruto."

¿Ese era mi nombre?

Otro pinchazo. Más imágenes. Ninguna de ellas tenía sentido. La mujer puso sus manos sobre mis hombros. Intenté quitármela de encima, pero no se movió un centímetro. Intenté empujarla. Era como tratar de mover una montaña. No tenía sentido.

"Tranquilo", dijo. "Todo irá bien." ¿Aquella mujer me conocía? ¿Quién era? ¿Por qué no me acordaba de ella? ¿Por qué demonios tenía tanta fuerza?

"Informad de la situación", dijo el hombre con el pelo blanco. Parecía acostumbrado a dar órdenes.

"Sí, señor", dijo Shota. Si se estaba aguantando el dolor, lo ocultaba muy bien. "Hace unos minutos, escuchamos unos gritos en este pasillo, así que vinimos a investigar. Encontramos a este chico amenazando al doctor Nagasaki con un objeto afilado."

"Asumo que ese es el doctor Nagasaki", dijo el otro, caminando hacia la habitación de antes. Echó un vistazo dentro. "Y eso de ahí...parece el doctor Hiroshima. Vaya. Qué destrozo."

"¿Qué has hecho, Naruto?", dijo la mujer, muy secamente. "¿Has sido tú?"

"Naruto no es así, Tsunade", comentó una voz detrás de mí. Era el último de los recién llegados, y sonaba como lo haría un anciano. Sin embargo, había algo en su voz que...

Me di la vuelta para mirarlo bien, pero aquella mujer me tenía bien agarrado, así que sólo pude girar la cabeza. Efectivamente, era un viejo. Sesenta años, o quizá setenta; arrugas, verrugas, y ojeras. Bajito, complexión delgada, barbita de una semana, blanca; kimono negro, más vendas que una momia. ¡Estaba reventado! Daba la impresión de que le hubieran dado una buena paliza. De inmediato, concluí que ese tipo no podía ser el Hokage. Pero entonces su mano se apoyó en mi espalda, y lo sentí. Sentí su chakra.

Aquello no era el chakra de un ser humano.

"Estoy seguro de que todo esto tiene una buena explicación", dijo el viejo calmadamente. "¿Verdad, joven Naruto?"

"Con todo el respeto, señor Hokage", dijo uno de los chūnin. Era el primero que se había dirigido a mí. "Este chico también nos atacó a nosotros cuando le pedimos explicaciones. Mire cómo está cubierto de sangre. Es imposible que no haya sido él."

¿Ese viejo era el Hokage? Arrugué el ceño. Estaba claro que su apariencia no daba el pego, pero, eso que había sentido antes...

"¡Eso es!", se quejó Ryosuke. "No escuchaba nada de lo que le decíamos, e incluso intentó atacarnos."

"¡Pero serás gilipollas! ¡Si me atacaste tú!", le grité, intentando soltarme de las manos de acero de Tsunade.

"¡Señor Hokage, este niño miente! ¡Está claro que no tiene la cabeza bien puesta!"

"Sarutobi-dono", dijo el otro anciano. "El joven Ryosuke dice la verdad. El comportamiento de este...paciente no es el de una persona cuerda. Más bien lo contrario: ha demostrado una actitud errática, agresiva, e infantil."

"Y tu cara parece una bolsa de basura", le solté.

"¡Naruto!", protestó Tsunade. El tipo del pelo blanco se rió por lo bajo.

"A eso me refiero", dijo el doctor. "Es evidente que los eventos que causaron su ingreso en mi hospital han tenido un grave impacto en su psique."

"¿Hablas así para sentirte mejor?", le dije, pero me ignoró. A esas alturas yo necesitaba sacar una reacción de aquel viejo. Necesitaba cabrearle. Si Tsunade no me estuviera sujetando en el sitio, le habría partido la nariz.

"Naruto, ya está bien", dijo el hombre que, por descarte, debía de llamarse Jiraiya. "Tampoco te pases." Y se metió en la habitación donde estaban los doctores Nagasaki e Hiroshima.

"¡Yo sólo quiero que alguien me explique todo esto! ¡Joder!"

"Joven Naruto." El viejo cubierto de vendas se acercó más a mí, y yo podía oler su aliento de muerte, su leve aroma a desinfectante, aquel hombre olía a hospital, debía de haber pasado allí mucho tiempo, y arrugué la nariz y pensé: qué asco de olor. Tsunade me soltó los hombros, y me di la vuelta para encarar al Hokage de la Villa Oculta de Konoha. Según me decía mi intuición, aquella persona era tremendamente peligrosa. Y no se debía sólo a su título.

Le miré a la cara. Él me devolvió la mirada. No tenía brillo alguno en los ojos.

"¿Qué?", le dije, con más cautela de la que había empleado con los demás. Aún así, soné antipático.

Él sonrió. Aunque sólo un poquito.

"¿Serías tan amable de explicármelo todo, por favor?", dijo. Me hablaba como si me conociera de toda la vida. Quizá lo hiciera. En cualquier caso, su tono me tranquilizó, aunque no bajé del todo la guardia. Por muy agradable que fuera, seguía dándome una sensación horripilante.

"Está bien", acepté. Cogí aire, y lo solté. "Hace un rato, desperté en una camilla de aquella habitación. Nada más abrir los ojos, vi a ese doctor...al doctor Hiroshima, decís que se llama, sangrando en el suelo. Tenía los brazos destrozados. Creo que me despertaron sus gritos. También me di cuenta de que...no recordaba nada. De que no recuerdo nada." Miré a los ojos a aquel viejo, le miré bien, le perforé con las pupilas, y no logré ninguna reacción. "No recuerdo mi nombre", continué. "No recuerdo qué hago aquí, ni mi pasado. No sé quiénes son ustedes, aunque parecen conocerme. Bueno, sé que usted es el Hokage, sé qué es un Kage, pero no le recuerdo a usted como individuo." Mientras hablaba, me iba calmando. Recuperé mi educación. Es muy importante ser educados. Se llega más lejos así. "Al poco tiempo llegó el doctor...Nagasaki, e intenté explicarle lo sucedido, pero me amenazó con un cúter. Yo se lo quité, y le amenacé a él; estaba muy nervioso, y quería saber lo que estaba pasando. Pero no le dio tiempo a responderme. Llegaron ellos" Señalé a los chūnin y al anciano doctor. "Y como no me escuchaban, acabamos peleándonos. Eso es todo. Yo sólo quiero saber qué está pasando. Nada más."

"Comprendo", dijo el Hokage. "Entonces, asumo que todo esto no ha sido más que un terrible malentendido."

"¿No irá a creerle, señor Hokage?", dijo Shota, cruzando los brazos. La nariz todavía le sangraba, y al hablar, se veían que le faltaban algunos dientes. "Este niño no dejaba de provocarnos, y parecía disfrutar con ello. Como dijeron mis compañeros, no está bien de la cabeza."

Sarutobi levantó la mano, haciéndole callar.

"Si no me equivoco, vosotros sois..." Les miró uno a uno. "Ryosuke Akimichi, Shota Fukui, e Ichigo Kita." Los tres asintieron. "Cómo habéis crecido. Recuerdo cuando érais unos niños de la altura de un bonsái." Sonrió. Luego dejó de hacerlo. "Tengo entendido que los tres poseéis el rango de chūnin." Volvieron a asentir. "Entonces, a raíz de ese conocimiento, y de esta situación, se me genera una pregunta: ¿Cómo es que tres chūnin, y un antiguo jōnin, no han podido detener a un genin hospitalizado?"

Su tono había cambiado por completo.

"¿Cómo es que cuatro shinobi cualificados —y no me creo que tu edad sea problema alguno para ti, Kentaro— han sido incapaces de reducir a un niño que hasta hace menos de un día estaba en peligro de muerte? Es una pregunta interesante, a mi parecer. ¿Y cómo es que, si se me permite la pregunta, en lugar de aceptar su fracaso, estos shinobi deciden ocultarlo con excusas? Tengo curiosidad, así que responded."

"Señor, yo...", empezó a decir el tal Ichigo.

"Sarutobi-dono", dijo Kentaro. Su rostro tenía más arrugas a cada segundo que pasaba. "La pelea sólo duró unos instantes, y es evidente que el joven Uzumaki ha hecho uso de sus...habilidades especiales."

"Eso no es posible", intervino Jiraiya, saliendo de la habitación. Nagasaki iba detrás. "Por cierto, ha muerto. Llamad a un par de enfermeros, y sacadlo de aquí. Todavía hay otro paciente dentro."

Los otros le miraron, pero no hubo respuesta.

"Ya lo hago yo", dijo el doctor Nagasaki, que parecía encantado por poder librarse de aquello, y desapareció por el pasillo.

"Gracias. En fin, que como os decía, es imposible que Naruto utilizara sus habilidades como jinchuriki."

"¿Me dirías por qué, Jiraiya-san?", preguntó Kentaro.

"Muy fácil. Porque le he aplicado un sello nuevo. Si se rompiese, te aseguro que lo notaría mientras estuviera a menos de un kilómetro a la redonda."

"Ya veo."

El viejo parecía bastante contrariado.

"Jiraiya, Sarutobi-sensei", dijo la mujer. "Creo que deberíamos trasladar esta conversación a otro lugar. Si os parece bien, mi despacho está en el piso de arriba."

Los otros dos asintieron.

"Muy bien", dijo el Hokage. "Será mejor así. En cuanto a vosotros", añadió, dirigiéndose a los otros cuatro. "Os quiero en mi despacho, esta tarde, a las seis y media."

"Por supuesto, señor", dijeron los chūnin.

"Sí, Sarutobi-dono", dijo el viejo.

"Vamos, Naruto", me dijo Tsunade. Parecía muy preocupada, y se dirigía a mí con una curiosa mezcla de dulzura y precaución. ¿No es así como se trata a los locos? Preferí no darle mucha importancia. Ella me tomó de los hombros, y me guió hacia unas escaleras que daban hacia el piso de arriba. El tipo que se llamaba Jiraiya y el viejo Hokage nos siguieron en silencio. De esa manera, caminamos hacia una puerta de madera. En ella había una placa que rezaba:

TSUNADE SENJU, CIRUJANO JEFE

La mujer abrió la puerta. Entramos. Qué desasatre de despacho. Aquel lugar apestaba a alcohol y a perfume, y habían papeles tirados por todas partes; folios en blanco, documentos escritos, libros; y también plumas y bolas de papel arrugados y tinteros y algunas botellas de sake. Todo aquello me provocó una malísima impresión, pero decidí no comentar nada. Necesitaba respuestas, y parecía que ellos las tenían. También tenían la fuerza suficiente como para mantenerme en aquel lugar si me resistía. No tenía sentido armar jaleo: por ahora, tenía que seguirles la corriente.

Jiraiya entró el último, y cerró la puerta tras de sí.

En esos momentos no lo sabía, pero cuando saliera de aquel despacho, mi vida habría comenzado de nuevo.