CAPÍTULO 4: PREGUNTAS Y RESPUESTAS (PARTE I)
"Disculpad el desorden", dijo Tsunade. Sus pies envueltos de plataformas navegaban por aquel caos con sorprendente agilidad. "He tenido mucho trabajo, y poco tiempo para limpiar."
"Tú y todos. No te preocupes." Detrás de mí, Jiraiya pasó el pestillo. Luego tiró del pomo, para ver si había quedado bien cerrada. Pareció satisfecho. Estaba claro que por aquella puerta no entraría nadie, ni siquiera Dios.
Los labios de carmín se curvaron en una sonrisita. "Ve abriendo la puerta, que tengo que buscar el informe."
"Claro."
Pero allí no había ninguna otra puerta; sólo estanterías, y cajas, y botellas, y un escritorio con tres sillas de dudosa calidad. Mucho trasto, y ninguna puerta. Iba yo a señalar este hecho cuando Jiraiya se acercó a la estantería que teníamos a la izquierda, y extendió una mano hacia ella. Sus dedos buscaron entre los interminables tomos que allí había, todos con títulos largos y complicadísimos; al cabo de unos momentos, encontró lo que buscaba, y tiró de un libro en particular.
"Joder, ¿todavía tienes esto? Es una traducción malísima. Hazte un favor, y tírala a la basura."
"Cierra el pico y abre la puerta."
"Claro, señorita", rió él. Entonces dejó el libro en su sitio, no sin una mirada de clara sorna, y se sacudió las manos dando dos fuertes palmadas; y con una de ellas arrastró la estantería a un lado, hasta que su esquina llegó a la altura de la entrada. Todo el mueble tembló en el proceso, haciendo un ruido terrible, como el gemido de un fantasma, y hasta se cayeron unos libros al suelo.
"Podrías haber tenido más cuidado", se quejó Tsunade, mientras abría la puerta que apareció donde había estado la estantería. La cruzó. Nosotros le pisamos los talones.
"Sigo diciendo que deberías poner un guardia, o algo", dijo Jiraiya. "Esto de estar con la estantería de un lado para otro es muy molesto." Entonces cerró la puerta; pasó el pestillo; tiró del pomo. Todo igual que la vez anterior. Aquel hombre parecía un poco paranoico.
Tsunade se ajustó la bata de médico, y sacó unas gafas sin montura de su bolsillo. Se las puso, y tras una breve pausa, se volvió hacia nosotros.
"Jiraiya, déjame en paz. Sarutobi-sensei, Naruto: bienvenidos a mi laboratorio."
Aquel lugar no tenía nada que ver con su despacho. Para empezar, era muy amplio, y estaba iluminado por grandes y claras ventanas; el suelo estaba tan limpio que reflejaba nuestras figuras, y las seis camillas que había a la izquierda tenían las sábanas más blancas que pudieran existir en este planeta. Las extrañas máquinas que había alrededor de ellas, de todos los tamaños y formas, parecían aparatos de tortura.
"Menuda pasada", dije. "¿Aquí es donde traes a tus víctimas?"
"Aquí es donde salvo vidas. Sarutobi-sensei, puedes tomar asiento junto a las ventanas. Necesito echarle un vistazo." Se refería a mí, por supuesto.
"¿Y qué hay de mí?", preguntó Jiraiya.
Ella le tendió la carpeta que había cogido en el despacho. Era una cosa gruesa y negra, con un montón de papeles dentro. "Esta es la carpeta con los datos de Naruto. Hazme el favor de sacar de ahí los documentos más importantes."
Me hizo un gesto para que la siguiera, y como no lo hice, me tomó de la muñeca y me guió hasta una de las camillas. Lo hacía con cuidado, pero también con una firmeza que no permitía cuestionamientos. Aquella era una mujer de carácter fuerte. Por alguna razón, eso me gustaba, al mismo tiempo que me molestaba un poco.
"Túmbate aquí."
"¿Qué me vas a hacer?"
"No te hagas ilusiones. Sólo voy a ver qué tal estás. Recuerda que hasta hace poco, estabas prácticamente muerto."
"La verdad es que eso de recordar cosas se me atraganta un poco últimamente."
"Al menos sigues siendo el mismo graciosillo. Qué alivio. Venga, túmbate."
"Vale, señora."
"Eso es. Con cuidado. Ahora espera un segundo ahí quieto, ¿de acuerdo?" Tsunade se acercó a una pequeña mesita, donde había un montón de esas herramientas tan horripilantes que usan los médicos. Para mi alivio, sólo cogió dos guantes desechables; se los puso. Eran azules, y le quedaban muy pegados. "Y no me vuelvas a llamar señora", añadió, mientras volvía a mi lado. "Me pone de los nervios."
"Sí, señora."
Tsunade me golpeó la frente con el dedo índice (¡ay!) y empezó a toquetearme todo el cuerpo. Creo que fue entonces cuando descubrí lo mucho que odiaba que me tocasen. Con cada manoseo, con cada roce, deseaba más y más que todo aquello se acabase; que dejase de arrastrar sus manos de plástico por mi piel, por mi carne, por mis heridas. ¡Lo que hubiera dado por largarme de allí en ese mismo momento! Pero necesitaba ayuda, y respuestas, y muchas otra cosas que no sabía describir pero que necesitaba de igual manera. ¿Qué iba a hacer? Tenía que aguantarme.
En realidad, terminó bastante rápido. No debió de llevarle más de un minuto. Era una profesional. Estaba yo a punto de sonreír de alivio cuando llegó la peor parte del asunto:
"Muy bien. Ahora, desnúdate."
"¿Qué?"
"Que te quites la bata."
"No quiero."
"Es necesario."
"¿En serio?"
"Sí."
"¿Delante de ellos?"
"Si te sirve de consuelo", intervino Jiraiya, dejando la carpeta sobre una de las sillas, "todos los presentes ya te hemos visto en pelotas."
"¿QUÉ?"
"En mi caso, fue poco después de que nacieras. La tenías así." Juntó el dedo índice y el pulgar, dejando muy poco espacio entre ellos. "Era muy mona."
A su lado, el viejo Hokage se cruzó de brazos, y asintió despacio. "Ah, qué recuerdos..."
Yo abrí y cerré la boca, sin saber muy bien qué decir. Al final opté por no hacerles caso. Me incorporé, y me quité la bata con la ayuda de Tsunade. Fue un poco desagradable porque se me pegaba al sudor, y a la sangre que se escapaba de las vendas en mi costado.
Tsunade apartó la bata. Luego me quitó las tiritas de la cara, y las vendas del cuerpo, y quedé desnudo en aquella camilla tan blanca. Bajé la barbilla para mirarme bien. Era delgado, y huesudo, y elástico; parecía uno de esos gatos sin pelo que se ven de vez en cuando en las tiendas de animales. Mi cuerpo era el de un niño, y en mi piel no había marcas, ni lunares, ni cicatrices; sólo alguna herida, un dibujo en mi vientre, y en mi costado...
"¿Qué es eso?", pregunté, sorprendido. "¿Quién me ha hecho algo así?"
"¿De verdad no lo recuerdas?"
Me miré la carne roja. La carne molida como en una carnicería. Observé la sangre que manaba de ella. Sentí el intenso dolor que me producía. Era un dolor horrible, punzante, como si alguien, o algo, me estuviera comiendo vivo. Pero aquel sufrimiento no me producía ningún horror, sólo confusión. El dolor sólo era dolor. Los recuerdos, sin embargo, se me clavaban en su ausencia.
"No recuerdo nada. Ya lo dije antes."
Ella formó unos sellos con las manos. Sus palmas brillaron de un hermoso color turquesa; las puso contra mi herida, y enseguida me sentí mejor. "Muy bien", dijo. "Entonces, habrá que refrescarte la memoria. Jiraiya, ¿ya están los papeles?"
"Dame un segundo."
Por el rabillo del ojo le vi coger una de las sillas que había junto a la ventana, y traerla hasta donde estábamos nosotros; detrás de él quedó el Hokage, quien nos miraba en silencio. Sus pupilas se clavaban en ninguna parte con la intensidad de dos lanzas de fuego.
Jiraiya se sentó en la silla, cruzó las piernas, y echó un vistazo a sus documentos. "Por mí, cuando quieras."
"¿Qué es todo eso?", pregunté.
"Tu vida", dijo él. "Aquí está todo lo que eres; todo lo que has hecho; todo lo que te ha pasado. Al menos, todo lo que es relevante para la aldea, claro."
"Eso es perturbador."
Él se encogió de hombros. "Así son las cosas aquí. No nos gusta olvidar."
"Pues mal vamos."
"Incorpórate", dijo Tsunade. "Bien, así. Voy a vendarte otra vez."
Las vendas nuevas estaban suaves, y muy tensas. Me apretaban la tripa como unos pantalones demasiado pequeños.
"Hecho. Muy bien, Naruto; te he vuelto a cerrar la herida. Te estás recuperando rápidamente, así que en un par de días, deberías de estar bien."
"¿Días?", pregunté. "¿Para esa clase de herida?"
"Te curas rápido", dijo ella. "Más rápido que casi cualquier persona que haya conocido."
"Es un fastidio no saber nada de mí mismo."
"Me lo imagino."
"¿Por qué crees que he perdido la memoria?", le pregunté. Llevaba un rato dándole vueltas al asunto, sin resultado. La verdad es que me precupaba, pero no sabía cómo sacar el tema. Al final, opté por ser directo. "¿Ha sido esta herida?"
"Puede haber sido algún tipo de shock", dijo ella, guardándose las gafas en la bata. "Pero también algo distinto. Es demasiado pronto para sacar conclusiones; por ahora, vamos a ver qué cosas recuerdas, y qué cosas no."
"¿Y si no recuerdo ninguna?", pregunté, inquieto.
"Dijiste que recordabas algunas de ellas. No estás completamente en blanco."
"¿Eso es bueno?"
"Simplemente, es." Tsunade se sentó a los pies de mi camilla; Jiraiya le tendió el primer documento. Era un folio impreso con una fotografía y una serie de casillas rellenas a mano. Debía de ser mi ficha.
Ella me la puso en el regazo, y señaló la foto con el dedo índice. "Muy bien, empecemos. Este eres tú. Dime, ¿te reconoces en esta imagen?"
El chico de la imagen sonreía de oreja a oreja. Tenía el cabello rubio y alborotado; los ojos azules como el cielo durante el verano. Tres líneas a cada lado de la mejilla. Una bandana con el símbolo de Konoha en la frente.
"Sí", dije yo. "Es igual a mis clones. Antes hice unos cuantos, y pude verles la cara."
"Más bien, ellos son iguales a ti. Pero, si no los hubieras visto, ¿crees que te habrías reconocido?"
"Seguramente, no. Aún ahora, es extraño. Como si mirase la fotografía de un desconocido."
"De acuerdo. Ahora, tu nombre. ¿Puedes leerlo para mí?"
"No me he olvidado de cómo leer, Tsunade-san", dije yo. "Aquí pone Naruto Uzumaki."
"Tsunade-san", murmuró Jiraiya. "Me dan escalofríos."
"¿He hecho algo mal?", pregunté, confuso.
"Nada, nada. Solías llamarla de otra manera."
"¿Cómo?"
"Sigamos con la ficha", le interrumpió Tsunade, golpeando la palabra Uzumaki con el dedo. "¿Recuerdas algo sobre esta palabra?"
"¿Es mi clan, no?"
"Sí."
"Pues no, la verdad."
"La Historia nunca fue su fuerte, Tsunade", dijo Jiraiya. Estaba cómodamente despatarrado en la silla. "El Naruto de antes tampoco te habría dicho mucho al respecto."
"Parece que me conocías bien, Jiraiya-san."
"Jiraiya-san", murmuró Tsunade, como si hubiera dicho una blasfemia o algo.
"No me lo digas: le llamaba de otra manera."
"Tutéame, por el amor del Dios. Y sí, me llamabas de otra forma. Creo que me decías de todo, menos mi nombre."
"¿Y cómo te llamaba?"
"Jiraiya-sensei", sonrió él. "Querido Jiraiya-sensei."
"No sé por qué, pero no me lo creo."
Parecía decepcionado. "Jiraiya a secas también me vale", dijo finalmente. "Y respondiendo a tu pregunta, sí que te conozco bien. Después de todo, soy tu padrino."
"¿Somos familia?"
"Se puede decir que sí."
La verdad es que se me escapó una carcajada.
"¿Se puede saber qué es tan gracioso?"
"Es sólo que no nos parecemos en nada."
"No te creas", comentó Tsunade. "Alguna cosa hay."
"Oye", dije yo. "¿Y el resto de mi familia? ¿Qué hay de mis padres?"
Silencio.
Le miré a él. Una mirada seria.
Le miré a ella. Otra mirada, igual de seria.
"Tus padres, Naruto...", empezó Jiraiya. Parecía dudar a la hora de escoger sus palabras. Parecía como si...
"Murieron", adiviné. Pero no sentí nada.
Más silencio. Una atmósfera pesada. Luego, la respuesta.
"Bueno, sí. Tus padres fallecieron cuando naciste."
"¿Por qué?"
Se miraron entre ellos.
"El día que naciste, la aldea fue atacada. Tus padres murieron en el ataque."
"¿Y el resto de mi familia?"
Jiraiya suspiró. "El clan Uzumaki, al que pertenecía tu madre, fue destruido hace mucho tiempo. Todavía quedan algunos miembros, pero estan dispersos por el mundo, y difícilmente mantienen algún lazo familiar."
"¿Y el clan de mi padre?"
"Tu padre era huérfano. Su clan es uno civil, así que son numerosos, y están dispersos por muchas aldeas. La rama familiar de tu padre nos es desconocida."
"¿Cómo se llamaba ese clan?"
"Namikaze."
"Namikaze", repetí yo.
"¿Te suena?", preguntó Tsunade, posando su mano en mi hombro.
"Jamás lo había oído."
"Ya."
"Naruto", dijo Jiraiya, suavemente. "Sé que son muchas cosas que tragar al mismo tiempo. Si necesitas un respiro..."
"No, estoy bien", respondí. "De todos modos...no lo sé. Diría que no les conocí nunca, pero creo que esa no es la razón. Lo que pasa es..." Me devané los sesos buscando las palabras adecuadas. Al final encontré unas que se acercaban a lo que sentía. "Lo que pasa es que siento que me habláis de la familia de otra persona."
"No te sientes tú mismo", dijo Tsunade. "¿Es eso?"
"No me siento Naruto Uzumaki", le corregí. "Yo soy yo. Es otra cosa."
Ella me acarició el pelo por detrás, despacito, de una manera muy maternal. ¿De verdad teníamos ese tipo de confianza? Ojalá saberlo. No me gustaba mucho que me tocase así; no me gustaba que me tocase en general. Pero entendía que lo hacía con buena intención, así que le dejé hacerlo.
"Deberíamos seguir", comentó Jiraiya.
Tsunade asintió, y volvió a señalar la ficha, pero yo le detuve diciendo: "Un momento", y me dieron ese momento. "Antes, háblenme un poco sobre ustedes."
"Vosotros", objetó Jiraiya. "Te dije que me trataras de tú. Y me parece bien. Supongo que debe ser raro hablar de estas cosas con desconocidos, ¿no?"
"Al menos, os siento como tales", dije yo.
"Lo entiendo. Bueno, ¿qué quieres saber?"
"Todo."
"Eso no puede ser."
"Entonces, casi todo."
"Eso puede arreglarse."
Al otro lado de la habitación, el viejo al que llamaban Hokage se puso en pie. Estaba tan machacado que me pareció que se rompería si andase demasiado fuerte. No tenía sentido que un anciano en ese estado de salud tuviese un chakra tan increíble. Era como si alguien lograse contener todo el poder de un tsunami en una vasija de barro. Simplemente, no parecía posible.
"Si debemos presentarnos, creo que debería empezar yo", dijo, con aquella voz de haber fumado demasiado, de haber vivido demasiado. Se acercó a nosotros con la velocidad de un caracol de carreras. "Mi nombre es Hiruzen Sarutobi, tengo sesenta y nueve años, y soy el Tercer Hokage de la Villa Oculta entre las Hojas. Te conozco desde que naciste, y conocí a tu padre, y a tu madre, desde que fueron niños."
Le miré de arriba a abajo. Tenía muchas arrugas. "¿Cómo era nuestra relación?", le pregunté. "¿Cómo debería llamarle?"
"La verdad, nuestra relación tuvo sus altibajos", sonrió el viejo. "Y solías llamarme abuelo. Jamás me trataste de usted. Creo que nunca trataste a nadie de usted."
"¿Es eso cierto?"
"Hasta donde yo sé, sí."
"¿Y qué le ha pasado?"
"¿Te refieres a mis heridas?"
"Eso es."
El Tercer Hokage cerró los ojos un momento, y cuando volvió a abrirlos, su expresión se tornó muy seria.
"Hace muy poco, la aldea celebró los exámenes de acceso al rango de chūnin. ¿Sabes lo que es?"
"Sí, shinobi de rango medio."
"Cierto. Tú también eres un shinobi, y participaste en esos exámenes."
"¿Yo?"
"Sí, tú, Naruto. Eres un genin de la Hoja."
"Genin..."
Una voz sonó dentro de mí. Era la misma que me había hablado en el pasillo. "Ninja de rango básico. Está por debajo de chūnin."
Ninja de rango básico. Entonces...
"¿Eso significa que no aprobé?", dije.
"No lo hiciste."
Vaya mierda.
"No debo ser un muy buen ninja, entonces."
"En eso no estamos de acuerdo, Naruto. Que hayas suspendido no significa que seas incapaz, sólo que te quedan cosas por aprender."
"Oh. Gracias..."
"Puedes llamarme Hiruzen", dijo el viejo.
"Sarutobi-san."
Una sonrisa. "Te has vuelto muy educado."
"No lo sé. Creo que siempre he sido así."
"¿Ah, sí?"
"En cualquier caso, me habló de una invasión..."
No podía tratar de tú a aquel hombre. Era ilógico. Imposible.
"Sí, eso dije", respondió Hiruzen. "Nuestra aldea fue atacada por las fuerzas de la Arena y el Sonido, ambas lideradas por un shinobi que responde al nombre de Orochimaru."
Los tres me miraron durante un rato. Con tantos ojos encima, me sentía como subido a un escenario.
"No sé quién es", admití finalmente. Y como no respondían, añadí: "¿Debería hacerlo?"
"Orochimaru es una figura muy importante para todos los que estamos aquí, Naruto", dijo Jiraiya. Era la primera vez que le veía utilizar un tono tan serio. "Tú incluído."
"¿Por qué?"
"Fue mi alumno", dijo Hiruzen.
"Fue nuestro compañero de equipo", dijo Tsunade.
"Fue mi rival", terminó Jiraiya. "Y te hizo mucho daño."
El Hokage unió las manos tras su espalda. "Orochimaru fue un shinobi de nuestra aldea. Uno muy poderoso. Tanto, que podría haber sido el Cuarto Hokage después de mí, si no hubiera sido por..."
"Porque es un monstruo", murmuró Tsunade. "Un tumor en forma de persona."
Era obvio que en su voz habia mucho dolor.
Jiraiya le miró, consternado.
"Tsunade..."
"Sea como sea", siguió Hiruzen, "Orochimaru tomó parte de muchas de las grandes victorias de nuestra aldea... y también de sus grandes derrotas. La reciente invasión sólo fue la última de ellas, y casi significó la destrucción de nuestra aldea."
"Pero no lo consiguió, ¿no?"
"Aquí estamos, después de todo", dijo Jiraiya. "Su intención era destruirnos, pero Sarutobi-sensei lo impidió."
"Y casi pierde la vida en el proceso", añadió Tsunade.
Jiraiya sonrió, pero sólo un poquito. "Es un anciano muy persistente."
"No habría sobrevivido sin vuestra ayuda", admitió Hiruzen.
"Sin la de Tsunade, querrás decir. Ella hizo todo el trabajo."
"Tú la trajiste a mí, Jiraiya. No tiene sentido quitarse el mérito."
"Debería haber hecho más, viejo."
"Ya hemos hablado de esto."
"Nos estamos desviando demasiado." Tsunade se puso de pie, y paseó un poco por la sala. Parecía inquieta. Y muy cansada. "Soy la única que no se ha presentado. Mi nombre es Tsunade Senju, y soy una de los Sannin de Konoha."
"¿De los qué?"
"Sannin", dijo la voz dentro de mí. "Son..."
"¿Qué son?", pensé.
"Ninjas poderosos."
"¿Y ya está?"
Pero no hubo respuesta.
"El rango Sannin es uno especial, y sólo lo tenemos Jiraiya, y yo. Orochimaru también lo poseía antes de convertirse en un criminal. Algunos todavía le llaman de esa manera, pero ya no se lo merece."
"Entiendo. Entonces sois discípulos del Tercer Hokage..."
"Sí."
"¿Y de quién aprendió usted?"
"Del Segundo Hokage, Tobirama Senju."
"¿Senju?"
"Mi tío abuelo", dijo Tsunade. "Mi abuelo, Hashirama, fue el Primer Hokage."
Parpadeé. Luego volví a hacerlo.
"Estoy rodeado de gente importante."
Con una risita, Hiruzen asintió. "Se puede decir que sí."
"¿Y tú?", dije, mirando a Jiraiya. "¿Cuál es tu apellido?"
"Jiraiya, el Sabio."
"¿Eso es tu apellido?"
"No."
"¿Me lo vas a decir?"
"Es un secreto."
"¿Por qué?"
Me guiñó un ojo.
"Es un secreto."
"Pues vaya."
Tsunade dio una palmada. "Ya sabes quiénes somos. Vamos a seguir con tu ficha, ¿de acuerdo?"
"Sólo una cosa más." Volví a dirigirme a Jiraiya. "¿Por qué eres mi padrino?"
"Fui el maestro de tu padre, Naruto. Teníamos una relación muy cercana."
"¿Su maestro? Entonces, ¿él también era un shinobi?"
"Uno de los mejores, a decir verdad. Incluso fue candidato a Hokage."
"¿Como Orochimaru?"
Jiraiya chasqueó la lengua. "No me pongas a esos dos en la misma frase. Pero sí, ambos fueron ninjas excepcionales, y por ello fueron considerados candidatos a Hokage."
"Y, ¿por qué no lo consiguieron?"
"Porque había otros candidatos mejores."
"¿Como tú?"
A Hiruzen se le escapó una sonrisa. "Jiraiya fue uno de mis candidatos, pero nunca le interesó demasiado el puesto."
Miré a Jiraiya. Él me miró, y se encogió de hombros.
"Demasiado papeleo", dijo.
"Entonces, ¿quién será el Cuarto Hokage?" Entonces pensé que quizá había sido maleducado, y añadí: "Sin ofender. Sólo pregunto."
"No me ofende", respondió Hiruzen. "Lo cierto es que ya hubo un Cuarto Hokage."
"Pero murió poco después de que lo hicieran tus padres", dijo Jiraiya.
"¿Cómo se llamaba?", pregunté.
"Fugaku Uchiha."
"No me suena."
"Lo imaginaba."
"¿Y mi padre? ¿Cómo se llamaba?"
"Minato. Minato Namikaze. Tu madre se llamaba Kushina Uzumaki."
"Ku-shi-na."
"¿Te dice algo el nombre?"
Me sorprendí a mí mismo diciendo: "Sí. La verdad es que sí."
Tsunade se acercó a mí, y me tomó las manos entre las suyas. "¿De verdad? Dime qué recuerdas."
"Kushina, Kushina...", murmuré. Entonces, mi visión se tiñó de rojo, de un rojo vivo como el de los campos de tulipanes; era el color de un cabello, y ese cabello pertenecía a una mujer. Y esa mujer, yo la... "¡La recuerdo!", exclamé. "Pelo rojo. Piel blanca. Ojos grandes, oscuros...¡No, rojos! Y un acento muy rudo, masculino. Cadenas. También recuerdo cadenas..."
"Es ella", dijo Jiraiya, más bien para sí mismo. "Tsunade, no lo entiendo."
"Yo tampoco."
"¿A qué se refieren?", pregunté yo. "Pensaba que os alegraría que..."
"Naruto", me cortó Jiraiya. Sus pupilas subieron hasta mí, y se clavaron en las mías. Las hicieron polvo. "Tú nunca conociste a tu madre."
"¿Cómo?"
"Tu madre murió el mismo día que naciste."
"Quizá es eso lo que recuerdo."
Tsunade negó con la cabeza. "Improbable. Además, nunca habías recordado nada sobre ella."
"¡Os estoy diciendo la verdad!", me quejé, irritado.
Las manos de Tsunade apretaron las mías. "Y te creo, Naruto. Te creo."
A nuestro lado, Jiraiya se puso de pie. Levantado era ancho y alto como una viga de construcción. Pero visto así, tan preocupado, por primera vez transparente, daba un poquito de ternura. No sabía por qué, pero estaba seguro de que aquel hombre se preocupaba genuinamente por mí. Yo lo...sentía. Sentía que no era malvado, sino todo lo contrario.
¿Sentía que me quería?
"Se está haciendo tarde", dijo. "Es mejor que sigamos con la ficha. Tenemos mucho por hacer, y Naruto debería volver a su habitación. Después de todo, sigue herido."
"Yo me siento bien."
"Hace un día, tenías un boquete en el torso."
"Ya no lo tengo."
"Pero lo tenías."
"Todavía no me habéis dicho quién me lo hizo."
"Por eso deberíamos seguir cuanto antes."
Suspiré.
"Está bien. Vamos a ello."
Él se sentó a mi derecha. Tsunade lo hizo a mi izquierda. El Tercer Hokage se sentó en la silla que hasta entonces ocupaba Jiraiya, y nos observaba, muy quieto y serio, como si fuera una escultura de mármol. Estábamos preparados para seguir.
Jiraiya y Tsunade se repartieron los papeles, de manera que cada uno de ellos tenía más o menos la mitad. Empezaron por la ficha que ya me habían enseñado, y de ella aprendí un par de cosas. Luego me enseñaron otros documentos de los que aprendí unas cosas más. Algunas de ellas ya las intuía; otras, se sentían completamente nuevas. ¿De quién era aquella vida de la que me estaban hablando? No se sentía mía en absoluto. ¿Quiénes eran todas esas personas que debía recordar? No lograba ponerles cara, ni asignarles ningún recuerdo. ¿Por qué debía amarles, u odiarles? No eran nada para mí. Cuanto más leían, más me hundía en la camilla de aquel laboratorio secreto. Me cubrían vendas que olían a desinfectante; poco después, me dieron una nueva bata que me quedaba grande. Les dije que podrían habérmela dado antes. Me dijeron que lo sentían, y nada más. Simplemente, nada más. Simplemente siguieron hablando. Y aquello se reducía únicamente a sus palabras. Palabras y nada más. Sólo eran recuerdos reducidos a historias. Nombres sin sentido. Frases sin sentido. A cada minuto que pasaba, yo estaba más seguro de que no era, ni nunca había sido, esa persona a la que llamaban Naruto Uzumaki.
