CAPÍTULO 5: PREGUNTAS Y RESPUESTAS (PARTE II)

Los documentos contaban la historia de un chico. Aprendía sobre él con cada página. Ellos me decían: ese chico eres tú, aunque no lo recuerdes. Yo respondía que no había nada en él que yo sintiese como mío. Me decían: en algún momento acabarás recordándolo. Pero yo no estaba tan seguro. ¿Acaso había algo que recordar?

Pensé: no somos el yo de ahora contra el yo del pasado. Somos tú, y luego yo. Entidades diferentes. Su nombre no me decía nada; simplemente, lo usaban para dirigirse a mí. Su menudo rostro no me evocaba ningún sentimiento; era sólo que lo llevaba puesto. Lo mismo con su historia, y sus logros, y sus fracasos, y sus amigos, y sus traiciones... Ninguna de esas cosas significaba algo para mí: todo lo que conformaba su identidad me era ajeno. No podíamos ser la misma persona. Era algo absurdo. Cuanto más aprendía de él más distintos parecíamos, de manera que, al cabo de un rato, dejé de asociarlo conmigo. Ni siquiera me parecía una versión pasada de mí mismo, sino algo así como el anterior habitante de este cuerpo. De todos modos, creo que merece la pena apuntar aquí su historia.

El chico se llamaba Naruto, como la pasta de pescado que lleva el ramen. El ramen era, además, su comida favorita; quizá había una relación entre estos dos hechos, pero no lo tengo claro. Sobre su apellido, éste debió haber sido Namikaze, como el de su padre, Minato; pero como sus orígenes eran humildes, y él lo era aún más, prefirió que Naruto llevase el apellido de su madre. Esto se debió a que los Uzumaki, un clan noble y antiguo, se disolvían lentamente con el paso de las generaciones. Desde que su aldea fue destruida, me dijo Jiraiya, el clan no levantó cabeza. Naruto fue un Uzumaki, y no un Namikaze, en honor a esa destrucción, y a ese olvido.

Cuando nació, sus padres todavía eran shinobis en activo. Durante la charla, pude ver una fotocopia de sus fichas:

Minato Namikaze era un hombre atractivo con un expediente impecable. Lo leí con mucho interés. Graduado con honores en la Academia Ninja; actuación perfecta en los Exámenes; uno de los jōnin más jóvenes de la historia de la Aldea. 847 misiones completadas, 39 de ellas de rango S. Numerosas condecoraciones por su papel en la guerra. Rango S en el libro de bingo. Tercer ninja en la Historia de Konoha en tener una orden de "huir nada más hacer contacto" por parte de las tropas enemigas. Las cifras eran tremendas; después de verlas, entendí por qué fue candidato a Hokage. ¿Era acaso posible tener un mejor historial? Su increíble actuación como shinobi tuvo un poderoso efecto en mí. Grabé las palabras de aquellos folios en mi memoria.

"Lo llamaban El Destello Amarillo de la Hoja", dijo Jiraiya, cuando terminé de leer. Su voz sonaba triste. "Fue un gran shinobi, un gran alumno, un gran amigo, y habría sido un gran padre de haber tenido la oportunidad."

"¿Cómo murió? Es decir, me dijiste que fue durante un ataque a la aldea. Eso lo sé. Pero, alguien así...Alguien así no puede morir fácilmente."

Por toda respuesta, Jiraiya me tendió otra ficha. La fotografía mostraba a una mujer pelirroja.

Kushina Uzumaki. Nacida en Uzushiogakure, criada en la guerra, y enviada a Konoha aún una niña. El suyo era un caso ejemplar de infancia complicada: no mucho después de entrar en la Academia, sería elegida como la nueva jinchūriki del Nueve Colas.

"¿Nueve Colas?", pensé. "¿Jinchūriki?"

La voz dentro de mí se mantuvo en silencio, así que seguí leyendo. El expediente de Kushina era bueno, pero estaba muy lejos del de Minato. Ella también se acabaría convirtiendo en una jōnin, y completaría 228 misiones, 8 de ellas de rango S. Dos condecoraciones, una de ellas por valentía; en la ficha, como su marido, figuraba como un shinobi de rango S. Al lado de esa letra, alguien había escrito: Objetivo prioritario: jinchūriki. De nuevo aquella palabra. Me sonaba de algo, pero no sabía de qué, así que pregunté a Jiraiya. En su lugar, respondió Hiruzen:

"Un jinchūriki es una persona que actúa como vasija para un bijū." Me miró, y yo le miré, todavía más confuso que antes. "Un bijū es una bestia con colas, o lo que es lo mismo, grandes acumulaciones de chakra que toman la forma de animales con distinto número de colas. Son nueve, desde el Ichibi, el más débil, al Kyubi, el más poderoso."

"¿Y por qué les encerramos en seres humanos?"

"Para protegernos de ellas", dijo Tsunade.

"Para utilizarlas", dijo Jiraiya.

"Ambas son ciertas", asintió Hiruzen. "A lo largo de la Historia, los seres humanos y las bestias con colas han tenido que compartir un mundo que se les quedaba pequeño. Nuestra relación con ellas ha cambiado mucho con los siglos. A veces fueron enemigas. Otras, divinidades a las que adorábamos. Los Nueve Espíritus, las llamaban. Algunos dicen que en el pasado, llegaron a ser nuestras aliadas; pero en tiempos presentes, las vemos de tres maneras principales: como calamidades, como demonios, y como armas."

"Armas...", murmuré. "¿Era Kushina Uzumaki un arma?"

"No. Desde la fundación de la Hoja, los Hokages hemos procurado no utilizar el poder de las bestias con cola."

"¿Por qué? ¿Si son tan poderosas, por qué no utilizarlas?"

"Es cierto que lo son. Sólo los más destacados shinobis de todos los tiempos podrían medirse con una bestia con colas. Y también es cierto que, utilizada correctamente, una sola bestia puede cambiar las tornas de cualquier guerra. Pero Hashirama Senju nos enseñó que el poder abrumador existe para crear, y no para destruir; para mantener las cosas en su sitio, y no para traer el caos. Konoha mantuvo el Kyubi encerrado durante generaciones para evitar que causase más dolor, no para causar dolor a otros."

"Así, podemos vivir en paz", añadió Tsunade.

Una imagen destelló en mi cabeza. Eran los ojos de Kushina, tiñéndose de rojo.

"Todos, excepto el jinchūriki", dije yo. Nada de eso me hacía gracia alguna.

Un pequeño silencio.

"Su sufrimiento es necesario para evitar el de los demás", dijo el Hokage. "Y por eso, les estamos muy agradecidos."

"Puede que sea necesario, pero, ¿es acaso voluntario? Su dolor. ¿Lo eligen ellos mismos?"

"No suele ser así", admitió el viejo.

"Lo imaginaba."

La conversación estaba adquiriendo un tono muy gris.

"Es algo que entenderás con el tiempo", dijo Jiraiya, en un tono paternal. "A tu edad, pensé lo mismo sobre el tema. Sé que es una mierda que te digan estas cosas, pero es la verdad. El paso de los años es el mejor de los profesores."

Noté su sinceridad, así que sus palabras no me irritaron. Me di cuenta de que sentía cosas; intenciones, estados de ánimo. El chakra de los demás. No sabía si eso era algo normal, o una habilidad propia, pero en cualquier caso, decidí callármelo. De todos modos, era evidente que ellos tampoco me estaban diciendo toda la verdad.

Pero sí tenía otra cosa que decirles. Había algo que me escamaba.

"¿Y los bijū?", pregunté.

"¿Qué pasa con ellos?"

"¿No sufren al estar dentro de una persona?"

A los tres se les quedó la misma expresión de sorpresa. Era una expresión muy curiosa; parecía que la hubieran ensayado.

"¿Por qué lo preguntas?"

"A nadie le gusta estar atrapado. ¿Cuánto tiempo pueden pasar ahí dentro?"

"Si todo sale bien, décadas."

"¡Décadas! Imagina estar décadas en el mismo sitio."

"Naruto, no son como nosotros."

"¿Por qué no?"

"No son humanos."

"Los perros tampoco lo son, y no los encerrarías en un cuarto oscuro durante diez años."

"Son cosas distintas."

"¿Ah, sí?" Me estaba poniendo inexplicablemente molesto. "¿Cómo?"

"Para empezar, los perros no destruyen aldeas enteras."

"¿Los bijū piensan?", pregunté, ignorando sus palabras.

"¿Que si piensan?"

"¿Son como los animales, o como las personas?"

"¿Preguntas si son inteligentes? Lo son."

"¿Tanto como un ser humano?"

"Sí. Son capaces de hablar en nuestra lengua."

"¿Y no se puede razonar con ellos?"

Jiraiya alzó las cejas. "Naruto, me parece bien que te plantees ese tipo de preguntas, pero si has podido pasar catorce años sin hacértelas, también puedes esperar a que terminemos con estos papeles."

Yo resoplé, y luego se me ocurrió algo. Clavé la vista en el suelo, que reflejaba mi rostro extraño.

"¿Qué bijū había dentro de Kushina?"

"El Zorro de Nueve Colas, Kyubi", dijo el Hokage. "La bestia más poderosa de todas."

Kyubi.

"¿Tuvo...tuvo el Zorro algo que ver con la muerte de mis padres?"

El viejo asintió. "Sí."

"Cuéntemelo."

"¿Estás seguro?"

"Quiero saberlo."

Le vi cerrar los ojos hasta convertirlos en otra arruga más. Le vi abrirlos, y observar mi reflejo en el suelo; le vi encontrar mi mirada cuando ambos levantamos el rostro. A mi izquierda, Tsunade se miró las uñas pintadas de rojo; a mi derecha, Jiraiya se puso de pie, y caminó hacia la ventana más cercana. Miró hacia afuera. Hacía un día soleado, de esos que parecen traer el verano de vuelta.


"Fue el mismo día de tu nacimiento."

"¿Cuándo nací?"

"Un diez de octubre, hace catorce años."

"Apenas soy un niño."

"¿Te sorprende?"

"Lo hace."

"Entiendo que sea así. Como iba diciendo, el mismo día de tu nacimiento, sucedió una desgracia. El Zorro de Nueve Colas atacó la aldea, y causó cientos de muertes."

"Pero, ¿no estaba encerrado dentro de Kushina?"

"Lo estaba. Pero en algún momento, dejó de estarlo."

"¿Eso puede suceder?"

"Normalmente, no. El sello que mantenía encerrado al Zorro fue hecho por Mito Uzumaki, su anterior jinchūriki. Mito-san fue una mujer excepcional, y sus sellos eran casi inquebrantables."

"¿Entonces...?"

"Entonces nos quedan tres posibles explicaciones. La primera tiene que ver contigo, Naruto."

"¿Le hice algo a Kushina?"

Sentía que así era.

El viejo me miró, compasivo.

"No. Claro que no."

Y Tsunade me sacudió el pelo, como si hubiera dicho una tontería.

Al otro lado de la habitación, Jiraiya apoyó su mano derecha en el cristal, justo donde pegaba el sol. "Normalmente, el sello de una bestia con colas es muy estable", dijo. "Pero hay momentos en los que puede debilitarse. El más común es cuando el jinchūriki pierde los estribos y cede ante el poder de su bestia. En esos casos, el sello se va desmontando poco a poco, y puede romperse por completo."

"¿Y el bijū se escaparía?"

La mano de Jiraiya se cerró en un puño. "Sí, se escaparía, y el jinchūriki perdería la razón, o la vida."

"¿Fue eso lo que sucedió con Kushina?"

"Lo dudo", respondió Hiruzen. "Kushina-san poseía un gran control sobre su bestia con colas."

De algún modo, oír eso no me gustó nada. El viejo enlazó las manos sobre su regazo, y prosiguió:

"No creemos que ese fuera el caso. Pero, existe otro momento en el que el sello es vulnerable: durante el embarazo de una mujer jinchūriki, y especialmente, durante el nacimiento del bebé que lleve en su vientre."

Pensé sobre ello, y descubrí que me costaba procesarlo. Hiruzen debió de ver algo extraño en mí, quizá tenía la cara hecha un poema, pues se movió en la silla y se apresuró a añadir: "Aún así, esa explicación sigue sin resultar convincente. La propia Mito Uzumaki tuvo un hijo mientras estaba embarazada, y aunque su sello se debilitó —y así se lo informó al Primer Hokage—, el nacimiento pudo resolverse sin incidentes. El sello en Kushina-san era de igual o mejor calidad que el que poseía Mito-san, y teniendo en cuenta su habilidad como jinchūriki, personalmente no creo que haya sido esa la razón del escape del Kyubi."

"¿Y qué cree que sucedió?"

"Una de las dos opciones restantes. A saber, que alguien haya desactivado el sello desde fuera, o que alguien poseyera, de algún modo, la habilidad para invocar al Zorro de Nueve Colas. ¿Recuerdas cómo funcionan las invocaciones, Naruto?"

Pensé un poco. Imágenes borrosas. Gritos y cadenas.

"No", admití. "¿Por qué? ¿Soy capaz de hacerlas?"

"Lo intentas", dijo Jiraiya, mientras volvía con nosotros. "Te enseñé yo. En fin, imagino que tendré que volver a hacerlo, pero para que lo sepas, ambos invocamos ranas. Ella invoca babosas, y el viejo Sarutobi invoca monos."

"¿Por qué ranas?"

"¿Qué problema hay?"

"No sé, es raro."

"Para que lo sepas, tu padre también lo hacía. Y era un shinobi muy poderoso y respetado."

"¿Y tú no?"

"Sea como sea", tosió Hiruzen, mientras Jiraiya me miraba como si quisiera estrangularme, "los shinobi con la habilidad de invocar a una bestia con colas son extremadamente raros, pero no se puede descartar la posibilidad. Que alguien desactivase el sello desde afuera es algo igualmente difícil de creer; para hacerlo, debería tener unos conocimientos de sellado en el nivel de un kage."

"Supongo que no hay mucha gente así."

"En aquellos momentos, sólo Jiraiya-san, Minato-san, yo, y la propia Kushina-san podríamos haberlo hecho."

"De manera que tuvo que ser la invocación."

"Puede ser. Con independencia de la explicación, lo cierto es que la ruptura del sello no fue lo que terminó con la vida de tu madre."

"¿Entonces fue el Kyubi?"

"No. Fue ella misma."

"¿Disculpa?"

"Desde el mismo momento en el que el Zorro de Nueve Colas atacó la aldea, numerosos shinobi salieron a su encuentro. Para cuando el Cuarto Hokage y yo llegamos, la mayoría ya había muerto. Ambos lideramos un pequeño regimento de élite, e intentamos reducir a la bestia. Fue imposible. Ni siquiera Fugaku-san, conocido por sus habilidades oculares, pudo controlarlo."

"Pero los dos érais Hokages."

"Eso es sólo un título. Todas las personas tienen limitaciones, Naruto. Nadie es infalible."

Lo miré de arriba a abajo. Estaba claro que era cierto.

"Para ser justos", dijo Jiraiya, "el combate se desarrolló en Konoha. Ni Sarutobi-sensei ni Fugaku-san pudieron utilizar todo su poder, por miedo a causar mayores daños a la aldea."

"¿Y qué hay de ti?", le pregunté. "¿Tú también participaste?"

Torció los labios. Dolor en los ojos.

"Ni Tsunade ni yo estábamos en la aldea."

"Estábamos de misión, muy lejos de aquí", dijo ella. Una expresión similar. Arrepentimiento. Tristeza.

Quizá no debí hacer esa pregunta.

Aún así...

"¿Y qué hay de Minato?", dije, sintiendo que caminaba por un campo de minas.

"Lo último que supimos de él", dijo Hiruzen, "es que luchaba contra uno o varios shinobis desconocidos. Muy probablemente, esa o esas personas estuvieran detrás del desastre, pero nos es imposible saberlo: tanto Minato como sus oponentes desaparecieron aquella noche, y jamás volvimos a verle."

"Así que le dimos por muerto", suspiró Jiraiya. "Oficialmente, tu padre murió ese día."

"¿Oficialmente?"

Fue a abrir la boca, pero Tsunade le calló con una mirada. "Lo que Jiraiya quiere decir es que Minato-san desapareció. Con el paso de los años, la aldea decidió asumir que su vida terminó con el ataque del Nueve Colas."

"Ese día perdimos a muchos grandes shinobis", dijo Hiruzen. "Minato-san era, sin duda, uno de ellos."

"Y entonces, cómo...¿Qué sucedió con el Kyubi?"

"Fugaku-san y yo logramos debilitarlo lo suficiente como para que Kushina pudiera volver a sellarlo."

"¿Así que el Kyubi volvió a su interior?"

"No. Cuando el sello de un jinchūriki se rompe, éste muere." El viejo siguió hablando antes de que yo pudiese interrumpirle. "Kushina-san sobrevivió a la ruptura de su sello debido a la gran vitalidad que le otorgaba su sangre Uzumaki, y también gracias a su voluntad de protegerte a ti, y a la aldea. De modo que se unió a la lucha contra el Zorro, y cuando éste mostró una apertura, Kushina-san utilizó lo que le quedaba de fuerza vital para sellar al Kyubi en un nuevo recipiente."

"Ese recipiente eres tú, Naruto", dijo Jiraiya. "Tú eres el jinchūriki del Nueve Colas."


El chico al que llamaban Naruto Uzumaki nació rodeado de muerte. Me dijeron: esa misma semana, se celebró un funeral para todas las víctimas del ataque; la aldea entera vistió de luto. Pero, ¿quién haría luto por él? ¿Quién compadecería a un bebé al que se le ha entregado su destino, ya envuelto y empaquetado, nada más nacer? Era algo demencial, y me ponía enfermo.

Los primeros años del chico fueron, aún así, tranquilos: como no tenía familia directa, y como Jiraiya pasaba la mayoría del tiempo yendo de una misión a otra, a Naruto lo criaron los Sarutobi. Podrían haberlo enviado a un orfanato, como sucedería con cualquier otro niño en su misma situación, pero si algo estaba claro, era que el hijo de Minato y Kushina ya no era cualquiera. Lo que podría entenderse como un acto de buena fe, a mí me pareció una manera de tenerlo controlado. De ponerle una correa. Y pese a que el niño creció sano y fuerte, encontró dificultades a la hora de relacionarse con su familia de acogida.

"A la edad de cinco años, Naruto tuvo que abandonar la casa Sarutobi", dijo el Hokage. "Fue debido a un incidente entre él y algunos de los miembros."

"¿Qué incidente?"

Por toda respuesta, un largo silencio. Estaba claro que había muchas cosas que no me dirían, y otras tantas que ni siquiera llegaría a sospechar. ¿Por quién me tomaban? ¡Era mi vida, y tenía derecho a conocerla! Pero cuando les expresé esta misma idea, no hicieron más que evadirla. El relato continuó sin aclarar muchas de mis dudas, y Naruto pasó a vivir en el antiguo piso de sus padres. Cada mes se le entregaba una cantidad de dinero, y un miembro de los Sarutobi le visitaba regularmente, para ver si estaba bien.

"¿Y usted?"

"Tenía muchas obligaciones."

"¿Y Jiraiya?"

"Tenía mucho por hacer."

"Perdonadme que lo diga, pero vaya excusas de mierda."

"¡Naruto!"

Ya me estaba cansando de sus chorradas.

No mucho después, Naruto ingresó en la Academia Ninja, donde procedió a armar jaleo y a cabrear a todo el mundo. Me dijeron que se sentía solo, y que buscaba atención. Yo respondí que normal, teniendo en cuenta cómo le habían tratado; no sólo le abandonaron en un piso de mala muerte, sino que tenía que soportar las miradas, los insultos y el desprecio de los adultos, la mayoría de los cuales eran conscientes de su condición. De su condición. Él era el jinchūriki. Él era el monstruo. Apreté los dientes. "Hijos de puta", dije. "Ni que fuera culpa suya." Ante mi comentario, Hiruzen se puso muy serio, pero Jiraiya asintió levemente. Al mirarle, noté la fría niebla de su arrepentimiento, y descubrí que me costaba guardarle rencor.

"Fue en la Academia donde conociste a dos personas que serían muy importantes para ti: Iruka Umino, y Sasuke Uchiha."

"No sé de quiénes me hablas."

Resultó que Iruka Umino se había quedado huérfano durante el ataque del Zorro de Nueve Colas, y que en un principio, su odio hacia él se trasladó, cómo no, hacia Naruto. Como profesor fue injusto, duro, y desagradable: pese a que muchos de los suspensos de Naruto se debían a su propia actitud, otros tantos pertenecían a las venganzas de su sensei. Pero el tiempo lo cura todo, incluso las heridas, y al final acabó por perdonarle. Perdonar el qué, eso sólo lo sabían ellos: desde mi punto de vista, el único capullo de la historia había sido Iruka. Pero en fin, fuera como fuera, ambos desarrollaron una relación muy cercana, vaya sorpresa, en la que el sensei adoptó la figura paternal que necesitaba y su alumno y que —pensé con amargura— ni Hiruzen ni Jiraiya estaban dispuestos a proporcionarle. Bien por él, supongo.

"Menudo payaso. ¿Y qué hay de Sasuke?"

Era el hijo de Fugaku Uchiha, el Cuarto Hokage, y el hermano pequeño de Itachi Uchiha, quien apuntaba a convertirse en el Quinto. Ambos eran ninjas excepcionales, y durante aquella época, el clan Uchiha se convirtió en el eje dominante de Konoha: tenían ninjas poderosos, grandes recursos, y una ilimitada sed para hacer la guerra. Siempre habían sido así, al parecer. Pero Fugaku los mantenía unidos; al menos, hasta que dejó de ser capaz de hacerlo.

"Cuando le conociste, ya era huérfano."

La Rebelión de los Uchiha. No me dieron mucha información, pero lo que dejaron escapar fue repugnante: sangre contra sangre, hermanos contra hermanos. El clan diezmándose a sí mismo, desde dentro. A mí todo eso me hizo arrugar la nariz. A la familia hay que respetarla, hombre. No sabía por qué lo sabía, pero lo sabía. El relato continuó; divididos en dos bandos, los Uchiha se mataron entre sí, se masacraron y se degollaron, y ni siquiera la desesperada actuación del Cuarto fue suficiente para detenerlos. Entonces, cuando todo parecía ya un infierno, apareció Itachi.

"Atacó a todo aquel a quien tenía delante, con independencia del bando al que perteneciera. Sus víctimas ya se contaban por decenas cuando Fugaku-san intentó detenerle."

"¿Lo intentó? ¿Eso significa que no lo consiguió?"

"Desgraciadamente."

"Pero si era el Hokage."

"Naruto, como ya dije antes, ni siquiera los Hokages somos infalibles."

"¿Tan poderoso era Itachi?"

"Aún era joven, pero su poder era similar al de su padre."

"Joder."

"Fugaku Uchiha murió aquel día, pero su actuación retrasó a su hijo el tiempo suficiente como para que tanto yo como mis hombres pudiéramos llegar al barrio de los Uchiha. Al vernos, Itachi huyó, y los rebeldes no tardaron en rendirse. De todos modos, ya no quedaban muchos, y los que seguían vivos estaban aterrorizados."

El resultado fue el caos. No sólo había muerto el Hokage, sino que lo había hecho a manos de su propio hijo. ¿Y su clan? Destrozado. Los pocos Uchiha supervivientes no sabían qué hacer con su propia existencia. Toda aquella situación llevó a un eterno debate en el que se levantaron muchas voces y muchas manos provenientes de todos los clanes nobles de la aldea, y del pueblo llano también; al final, tanto el consejo como el Hokage tomaron la decisión de ajusticiar (que en la jerga estatal, es una manera bonita de decir asesinar) a los miembros del bando rebelde. Al resto, se les propuso dos opciones: o prescindían de la figura del líder del clan y se sometían al gobierno directo del Hokage, o se iban de la aldea. Tras un cortísimo tiempo de deliberación, los Uchiha, cansados de todos y de todo, decidieron que sería mejor irse a tomar por culo que quedarse donde no les querían. Ahora tenían una aldea en los límites del País del Fuego, y ejercían como mercenarios a sueldo, algo que se les daba realmente bien, según aprendería luego en los libros de Historia. También causaban muchos problemas a la aldea.

Detrás, sólo dejaron a tres personas: a Itachi Uchiha, en busca y captura; a Sasuke Uchiha, su hermano pequeño, convertido en un paria por los pecados de su hermano; y a una mujer que decidió casarse con un hombre de otro clan, y a quien, a modo de castigo, se le retiró el apellido. A todas luces, los Uchiha eran unos capullos, y era mejor tenerlos lejos que cerca. Al instante, decidí que no me gustaban un pelo.

"Sasuke era, como tú, un huérfano, pues su madre también murió durante el ataque."

"Y también un paria, por lo visto. Supongo que Dios los cría, y ellos se juntan."

Jiraiya se llevó la mano a la barbilla, pensativo. "Ahora hablas distinto, Naruto."

"¿Distinto, cómo?"

"Como si fueras mayor."

"Gracias, supongo."

"No era un cumplido."

Naruto se acabó graduando (por los pelos) en la Academia Ninja, y fue puesto en un equipo junto a Sasuke Uchiha y Sakura Haruno, una chica que, según Jiraiya, me gustaba.

"¿Te acuerdas de ella?"

"No. No me gusta su nombre."

"Vaya. ¿Y recuerdas a Kakashi-san?"

"¿A quién?"

"Ya."

Kakashi Hatake fue alumno de Minato Namikaze, y posteriormente, el sensei de Naruto. Era conocido como un genio, y aunque no llegaba a los absurdos niveles de Itachi Uchiha o de su propio maestro, seguía siendo uno de los mejores shinobi con los que contaba la aldea. También era un profesor extremadamente estricto que suspendía a todos los equipos a los que enseñaba.

"Si suspende a todo el mundo, no puede ser tan buen profesor."

"Es sólo que espera mucho de sus alumnos."

"Quizá espera demasiado. No dejan de ser niños."

"Tú también eres un niño."

"Eso dice mi envoltorio."

Naruto Uzumaki, Sasuke Uchiha, Sakura Haruno y Kakashi Hatake formaban el equipo 7. Juntos, participaron en numerosas misiones, la mayoría de rango bajo, mientras sus lazos se hacían cada vez más y más fuertes. Naruto y Sasuke eran amigos, pero también rivales; Sakura estaba enamorada del segundo, e ignoraba las continuas indirectas del primero. Kakashi se convirtió en una especie de tío para los tres, y su relación fue especialmente cercana con Sasuke, quien, según Jiraiya, tenía una personalidad un tanto "difícil."

"¿Cómo que difícil?"

"Era un tanto antipático."

"¿Y por qué me llevaba bien con él?"

"Eso es una buena pregunta."

Me hablaron brevemente de ellos, y no me gustaron nada. ¿Él? Arrogante, orgulloso, pedante, y encima, oscurito. ¿Ella? ¡Una sabionda con mal carácter! ¿Esos eran mis amigos? ¡Venga ya! ¿Y Kakashi? ¡Perezoso, nada puntual, y lleno de secretos! ¿Por qué demonios tenía un sharingan? ¿Qué era, de hecho, un sharingan?

"Es un tipo de jutsu ocular, exclusivo a la sangre Uchiha. Ya te hablaremos de ello más adelante."

Sí, ya, claro, pensé. Cuando los conejos bajen de la Luna. Algo me decía que una vez saliéramos de esa habitación, aquella gente estaría demasiado-ocupada-para-hablar-lo-siento-es-inevitable. Tenían toda la cara de ser de ese tipo de personas que utilizan sus deberes como excusas para evadir las situaciones incómodas, o molestas. Les miré, de uno a uno, con los ojos entornados. Sin duda, sin duda eran así. ¡Capullos! ¡Mala gente! Lo primero que haría después de salir de aquel hospital sería posar el culo en la primera biblioteca que encontrase y leer hasta enterarme de todo lo que no me quisieran contar. Se iban a enterar. ¡A mí no se me tomaba el pelo de aquella manera!

Pero, ¿quién era yo, después de todo?

Me hablaron, muy por encima, de las aventuras de Naruto por el mundo shinobi. Me hablaron del País de las Olas, y de aquel chico de rostro extraño. Me hablaron de la preparación para el examen de ascenso a chūnin; de la prueba escrita, del Bosque de la Muerte, de las preliminares. De las personas con las que me encontré, y con las que tuve encontronazos. Los nombres volaban a través del oído sin recordarme a nada en absoluto. Shikamaru Nara, Kiba Inuzuka, Rock Lee, Ino Yamanaka, Hinata y Neji Hyūga. Ninguno de ellos significó nada para mí, y no recordarlos me resultaba frustrante. Me hacía apretar los dedos contra mis muslos semidesnudos. Pero entonces, una luz. Un destello. Un recuerdo:

"En el examen, conociste a un shinobi de la arena, Gaara del Desierto. Él es otro jinchūriki."

"¿Ah, sí? ¿Qué bijū hay encerrado en su interior?"

"La Bestia de Una Cola, el Ichibi."

Parpadeé.

"¿Shukaku?"

"¿Lo recuerdas?"

La imagen de un pequeño mapache, apenas una cría, apareció ante mí. Ojos amarillos, piel como la arena. Actitud insufrible. A su alrededor, otras sombras. Sombras que no podía identificar. Era una imagen borrosa, pero podía recordarla...

"No", mentí. Estaba harto de que me mangonearan. "Es sólo que el nombre me vino a la cabeza."

"Comprendo."

Luego me hablaron de Orochimaru. Orochimaru, el Sannin, o la Serpiente Blanca, lo llamaban. Poderoso hasta decir basta, peligroso como ningún otro, y un auténtico cabrón. Se cruzó con Naruto en algunas ocasiones, y —según me aseguraron los tres shinobi— estaba detrás de su cuerpo.

"Espero que no sea lo que estoy pensando, porque vomito aquí mismo."

"No, no. Claro que no." Jiraiya parecía bastante perturbado por la imagen mental. "Orochimaru tiene la habilidad de poseer otros cuerpos, y de adquirir sus habilidades."

"Ah, vale, menos mal."

"En un principio pensamos que estaría detrás de Sasuke, por poseer un sharingan; pero hay más Uchiha en el mundo, aunque sean escasos, y si quisiera un cuerpo así, no necesitaría tomarse la molestia de infiltrarse en Konoha. Lo que realmente buscaba era tu cuerpo, Naruto."

Lo pensé un momento.

"¿Es por el Kyubi?"

Jiraiya se cruzó de brazos. "Lo cierto es que no sabemos que sucedería con el Zorro si Orochimaru ocupase tu cuerpo. Es imposible saber cómo reaccionaría el sello, pero es bastante probable que se mantuviera en su lugar, así que sí, personalmente creo que ese es el caso: quiere al Zorro, y también quiere tus habilidades de Uzumaki."

"¿Qué habilidades?"

"Una gran energía vital, para que tu cuerpo soportase su presencia durante largo tiempo. Una vida longeva que se tradujese en una larga juventud. Unas poderosas reservas de chakra que todo shinobi querría tener. Y la posibilidad de utilizar un jutsu que poseen algunos de los Uzumaki: las cadenas de chakra, unas poderosas armas de sellado que ningún otro clan puede igualar."

"¿Y yo poseo esas cadenas?"

"Hasta donde yo sé, no. Pero podría ser: tu madre podía utilizarlas. Esa era parte de la razón por la que podía mantener al Kyubi bajo control: simplemente, lo tenía encadenado."

"Eso es repugnante."

"Era necesario, que es lo que importa."

Pero Orochimaru no sólo quería el cuerpo de Naruto: también quería venganza. Durante la fase final de los Exámenes, y haciendo gala de su retorcida habilidad para la muerte, dirigió las fuerzas de dos aldeas en busca de la destrucción de Konoha. Pero ni siquiera eso fue suficiente para derrumbar al gigante de las aldeas ninja: el ataque fracasó, los invasores fueron derrotados, y Orochimaru huyó con su vida pendiendo de un hilo. El Tercer Hokage, quizá debido a su edad, o a las habilidades de su alumno, quedó reducido a un montón de carne ensangrentada. Pero aún así, sobrevivió. Un milagro médico, lo llamaron unos. Otros preferían hablar de intervención divina.

"Mientras Sarutobi-sensei estaba en quirófano", dijo Jiraiya, "tomé temporalmente las riendas de la aldea, y en cuanto mis hombres localizaron a Tsunade, salí a buscarla. Tanto tú como Sasuke y Sakura me acompañaron en el viaje."

"¿Por qué?"

"Porque estábais en peligro. A ti te buscaba Orochimaru, de quien aún hoy en día seguimos sin saber nada. Y a Sasuke le buscaba su hermano."

"Itachi Uchiha."

"Sí. Uno de mis informantes me mandó una carta; en ella escribió que habían visto a Itachi en uno de los pueblos cercanos a Konoha. Me temí lo peor, así que decidí llevármelo conmigo, con la excusa de una misión oficial. Por esa razón, también vino Sakura."

"Pero Itachi es poderoso. ¿Y si atacaba la aldea en tu ausencia?"

"No creo que fuera a hacerlo. A él sólo le interesa su hermano...y quizá, también tú."

"No lo entiendo."

"No es necesario que lo hagas."

"Explícamelo."

"No puedo."

"Sí que puedes. Lo que pasa es que no quieres."

"Naruto..."

"Vosotros y vuestros putos secretos."

El viaje duró una semana en total, y para cuando llegamos, Hiruzen estaba prácticamente muerto. Que Tsunade pudiera salvarlo fue, al parecer, la mayor hazaña médica de la que tuviera constancia la aldea. Un aplauso para ella. Durante el viaje, Naruto entrenó con Jiraiya, y aprendió algunas cosas. Tras la operación, y con la aldea un poco más relajada, siguió entrenándole, y aprendió algunas cosas más.

"¿Fuiste tú quien le enseño a hacer copias?"

"No, eso lo aprendiste tú solo mientras estabas en la Academia."

"Entonces, ¿qué le enseñaste?"

"Las invocaciones, y una técnica especial: el rasengan."

"No me suena."

"Pronto, lo hará."

Entonces, sucedió. No había pasado mucho tiempo desde que Tsunade volviera a la aldea cuando, de improviso, cuatro ninjas se infiltraron en la aldea. Eran cuatro ninjas de la Aldea del Sonido, la misma que fundó Orochimaru. Con la recuperación del Hokage, y después de firmar una muy favorable paz con la Arena, Konoha había bajado la guardia. Aquellos cuatro ninjas entraron sin que nadie les detectara, y al salir, llevaban a una persona más consigo: a Sasuke Uchiha.

"Orochimaru ya le había marcado con su Sello Maldito." Jiraiya me miró, y luego suspiró. "Es un sello que otorga poder a su recipiente, a cambio de su salud y su cordura. Los cuatro ninjas del Sonido llevaban el mismo sello, sólo que en un estado mucho más avanzado."

"Pero, ¿por qué Sasuke?"

"Después de su batalla con Sarutobi-sensei, lo más probable es que Orochimaru haya quedado muy grave. Y aunque tiene a su lado a un ninja médico de gran habilidad, ni siquiera él puede aguantar tanto castigo. Así que necesita un cuerpo. Pero como me aseguré de que pasaras todo el tiempo posible conmigo, no era posible atacarte a ti. La otra opción era, pues, Sasuke."

"Me parece un poco estúpido tomarse tantos riesgos, si puede tomar el cuerpo que quiera."

"Tienes que entender que Orochimaru es una persona extremadamente orgullosa, Naruto. No iría a por cualquier cuerpo, sólo a por uno que le pareciese digno. Y si bien hay otros Uchiha que pueden entrar en esa categoría, están demasiado lejos, y demasiado dispersos, como para encontrarlos rápidamente. Orochimaru debía de tener prisa, y eligió a Sasuke. O quizá, y esto es otra opción, quisiera utilizarle para acercarse a Itachi. No lo sé. Lo que está claro es que intentó hacerse con él, y que el chico se resistió: los Cuatro del Sonido tuvieron que hacerle mucho daño para llevárselo."

"Deberías haberle protegido a él también."

"Eso es cierto, Naruto. Y me arrepentiré de ello durante mucho tiempo."

Así que los Cuatro del Sonido se llevaron a Sasuke, y lo metieron en un recipiente especial que aceleraba el proceso de su sello. La transformación, según decían, deterioró su estado mental, aprovechando los huecos que había desarrollado a lo largo de su vida: los deseos de venganza, el profundo estrés por los últimos sucesos y por la proximidad de su hermano; la soledad, el odio, el rencor, todo ello arremolinándose dentro de su cuerpo. El Sello Maldito actuaba como una droga, y minaba la razón de su portador: el barril no hacía más que multiplicar sus efectos.

"Antes de irse, invocaron una de las mejores armas de Orochimaru: una serpiente bicéfala, tan larga como tres serpientes gigantes puestas una tras otra. La lanzaron contra la aldea. Fue un adversario terrible: sus escamas eran como placas de acero, y cada coletazo tenía la fuerza suficiente como para convertir un bosque en simples astillas. Junto a ella, vinieron un centenar de ninjas del Sonido. Debían de ser los últimos hombres que quedaban a Orochimaru. Tanto Tsunade como yo organizamos a los shinobis que eran capaces de luchar, y cargamos contra ellos."

"Pero alguien debía ir a por Sasuke", dijo Tsunade. "Así que improvisé un equipo de los mejores genin, liderados por Shikamaru Nara, y os envié en busca de Sasuke; tú estabas incluído entre ellos. También pedimos refuerzos a la Arena. Tras lo ocurrido, nos deben muchos favores."

"Derrotar a los ninjas del Sonido no fue un problema: lo difícil fue encontrarlos. Una vez tuvieron claro que los habíamos detectado, se escurrían por las calles, atacando únicamente a civiles. Era evidente que querían hacernos perder el tiempo, y que aquello era una misión suicida por su parte, pero teníamos que defender la aldea." La voz de Jiraiya se había vuelto dura como el acero. "Se escondían muy bien, y la serpiente no hacía más que entorpecer nuestros movimientos. Pasábamos más tiempo salvando vidas que atacando a los enemigos. Librarnos de ellos nos llevó una...humillante cantidad de tiempo."

"Al final, conseguimos derrotar al último de ellos, y nada más hacerlo, enviamos a una patrulla a asistiros, pero llegaron demasiado tarde. La lucha ya había terminado."

Tsunade y Jiraiya se miraron entre ellos; en aquellas cuatro pupilas estaban pasando muchas cosas a la vez. Se miraban de una manera especial, muy intensa; es decir, se miraban como se miran quienes se han visto desnudos de cuerpo, y también de alma. No me sorprendió sentir el intenso amor que se profesaban; sí que me chocó el dolor que acompañaba a este sentimiento.

Los ojos de ella se separaron de los de él, y los sentimientos desaparecieron. "Con la ayuda de los refuerzos de la Arena", dijo, aclarándose la garganta, "lográsteis derrotar a los Cuatro del Sonido, y a un quinto shinobi de la misma aldea. De entre ellos, tres murieron, una sobrevivió, y el último, aunque confirmado muerto, desapareció antes de que pudiéramos eliminr su cuerpo."

"¿Y qué hay de Sasuke?", pregunté, aunque ya me imaginaba la respuesta.

Jiraiya me puso una mano en el hombro. Tenía la piel muy cálida.

"Luchaste contra él, y acabó muriendo de sus heridas. Fue él quien te hizo las tuyas." Sus labios soltaron aire muy lentamente, y pude oír cómo su corazón latía rápido dentro del pecho. Cuando me lo proponía, podía oír muy bien. "Lo siento, Naruto. Lo que pasó no es tu culpa."

Yo tomé su mano, y la aparté de mi hombro. Intenté hacerlo con suavidad, pero creo que parecí un tanto desagradecido.

"Lo sé", dije. "Me dijiste que Sasuke había perdido la cabeza. Tiene sentido que no haya tenido más opción que acabar con su vida."

A mí me parecía una conclusión muy lógica, pero el horror en la expresión de Jiraiya me hizo saber que no estaba de acuerdo. Sin embargo, su gesto volvió a la normalidad enseguida.

"Bueno", dijo, algo confuso. "Ya sabes tu historia."

"Gracias."

"¿No tienes más que decir?"

"No. Es decir, gracias. Pero no."

Tenía mucho sobre lo que pensar, y poco que decirles.

Un sentimiento imposible de identificar se arremolinaba en mi tripa. Aún no había procesado ni la mitad de las cosas que me habían dicho.

Todas esas personas, todas esas historias,

las buenas,

las malas,

bijūs

jinchūrikis

Minato, Kushina

Sasuke, Sakura

Orochimaru

Jiraiya, Tsunade,

el viejo Hokage

tanta muerte

tantos secretos

Todas esas cosas revoloteaban en mi cabeza como moscas en una carnicería. Me acariciaban con sus patas de basura. Me hacían sentir cosas que no entendía; luego me hacían sentir que no sentía nada. No sabía que pensar. No quería hablar. Todo aquello me había afectado. Odiaba que me afectara. Pero eran demasiadas cosas a la vez: no las podía masticar. No las podía...

"Creo que necesito descansar", dije finalmente. "Me encuentro muy cansado."

"Es normal", asintió Tsunade. "Has tenido que digerir muchas cosas a la vez."

"Deberíamos llevarlo a su habitación", dijo Jiraiya. "Ya veremos qué hacemos cuando se encuentre mejor."

"¿A qué te refieres?", pregunté.

"Tenemos que ver cómo afrontamos tu falta de recuerdos. Tu salud física se solucionará por sí misma, pero no tenemos muy claro cómo está tu estado mental. Ni siquiera sabemos si todavía recuerdas cómo ser un shinobi."

"Antes luché contra aquellos tipos", protesté. "Y creo que lo hice bien."

Jiraiya negó con la cabeza. "Lo hiciste bien para un crío", dijo, "pero mucho peor de lo que solías hacerlo. Tú eras mucho más fuerte que eso."

"Tampoco le pidas peras al olmo. Como tú mismo dijiste, hace nada estaba medio muerto."

"Aún así."

Le miré, en silencio. No bromeaba.

"Deberíamos darle un día de descanso", dijo el Hokage. "Para que se recupere. Teniendo en cuenta cómo funciona su cuerpo, será más que suficiente."

"¿Y cuando pase ese tiempo?", pregunté.

El viejo meditó unos instantes. "Creo que deberíamos enviarte a la Academia. Iruka-san debería ser más que capaz de decidir si aún mantienes las cualidades de un shinobi."

"¿No puede hacerlo él?", dije, señalando con la cabeza a Jiraiya.

"Iruka-san fue tu profesor en la Academia. Sabrá hacerlo mejor que yo", dijo.

"Si tu rendimiento es igual, o superior al que mostraste antes de ser hospitalizado, podrás continuar tu servicio como shinobi." Hiruzen juntó los dedos por las yemas, como lo hacen las personas que traman algo. "Si es inferior, pero por poco margen, te entrenaremos hasta que recuperes la forma. Pero si es muy inferior, Naruto, tendrás que volver a la Academia, y recibir tu formación desde el principio."

"No me joda usted, señor Hokage. No tengo yo ganas de volver al colegio."

"Naruto, háblale con más respeto", me riñó Tsunade. Tenía los brazos en jarras, y parecía genuinamente molesta. "Una cosa es que tengas amnesia, y otra que puedas hablar de la manera que quieras."

"Lo siento", dije, sin sentirlo en absoluto. "Tendré más cuidado de ahora en adelante."

"Mejor así."

No pareció creérselo. Yo tampoco lo hacía.

"No es nada", sonrió Hiruzen. "Es evidente que el joven Naruto se encuentra cansado, y confuso. No debemos ser injustos con él." Su sonrisa se hizo un poco más ancha. Con tantas heridas, daba bastante mal rollo. "Sólo espero que entiendas que esta actitud morirá en cuanto salgamos de aquí, Naruto. Los shinobi valoramos el respeto. Puedo aceptar que me llames abuelo; incluso lo aprecio. Pero más allá de eso, te dirigirás a mí de la misma manera que lo hacen el resto de mis shinobis. Espero que lo hayas entendido."

Ah, conque esos eran sus verdaderos colores. Había tardado en mostrarlos.

Asentí con la cabeza. "Lo he entendido, Hokage-sama", dije, acentuando las últimas dos sílabas.

Él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, decidió ignorarlo. "Buen chico. Es mejor que vayas a descansar: cuando estés recuperado, Naruto, volverás a la Academia. Y allí tendrás que demostrar si todavía vales como shinobi."

De alguna manera, sus palabras sonaron como una profecía, o más bien, como una maldición.


No mucho después, estaba acostado en la camilla donde había despertado por la mañana. Me habían cambiado las sábanas, y ya no había sangre en el suelo. La chica de al lado dormía plácidamente, y su cabello rojo se esparcía a ambos lados como si fuese lava líquida. La miré con curiosidad, pero pronto, sus facciones comenzaron a disolverse mientras yo me dejaba dormir. Estaba agotado. Estaba realmente agotado. Necesitaba soñar, y olvidarme de toda aquella mierda.

"Mañana será otro día", pensé, aunque todavía era temprano.

Pero, aún así, dormí hasta el alba del día siguente.