CAPÍTULO 6: AMANECER
En mis sueños, un vacío. En el vacío, sólo niebla. Debía de estar hueco por dentro. De vez en cuando, la niebla tomaba distintas formas: algunas veces eran rostros; otras, brazos, espadas, o cadenas. Un cuervo surgió de la oscuridad, con las alas abiertas y el pico cerrado en una pequeña lanza. La suya fue la última de las imágenes neblinosas; el animal, desdibujado como espuma de café, se posó frente a mí, y graznó tres veces. Me miraba de perfil, y su único ojo visible era rojo como la muerte misma.
Abrí los míos, y lo vi posado sobre mi pecho. Una negra forma, vagamente familiar, giraba en aquel orbe de rubí como lo haría un molino de agua. No sé cuánto tiempo pasé observando el lento girar de su pupila, pero en algun momento el cuervo desapareció, y no me quedó sino suponer que su imagen habría sido parte de alguna ilusión, de algún sueño.
De modo que continué durmiendo, y de esta manera mis heridas tuvieron el tiempo para sanar y terminar de cerrarse. La hendidura en mi costado se convirtió en un desgarro, luego en una cuchillada, y finalmente en un arañazo que se cerró sin marcas ni cicatrices. Ver mi piel desnuda era como pasear la vista por un lienzo en blanco. No tenía más historia o identidad que la de cualquier maniquí de madera. No me gustaba. Mi cuerpo no podía ser más anodino, y ni siquiera una mirada azul o un cabello como los girasoles podían hacer algo al respecto. La única característica con la que podía sentirme identificado era el dibujo en mi vientre, cuyos caracteres no entendía pero que ocultaba, según me habían dicho, al más malvado de los demonios.
Yo no me lo creía. ¿Tú sí?
Con el paso de las horas, la niebla se dispersaba, pero el vacío seguía allí. Paseé por su inmensidad, más hastiado que temeroso, y siempre somnoliento. Los pocos recuerdos con los que contaba danzaban ahora inquietos allí donde fuese:
Eran unas manos aferrándome el cuello
el tacto de algo blando en mis palmas,
gelatina,
o quizá carne.
Era el médico moribundo, el médico asustado,
los soldados confusos,
y los tres shinobis de monstruoso poder.
El rostro repetido en los clones de sombras,
en el suelo del laboratorio,
las palabras de Jiraiya,
las caricias de Tsunade,
los secretos de Hiruzen.
De entre todos ellos, destacaban las fotografías de las personas que habían sido los padres de Naruto Uzumaki. Sus caras flotaban delante de mí como espectros, y pensé que al fin y al cabo, sí que encontraba algo familiar en sus facciones. Había algo que no comprendía en ellas, algo que no me gustaba del todo, pero que al menos se sentía más real que toda aquella perorata sobre mi supuesto nombre y mi supuesto pasado. Que le dieran a eso último, me dije. Mirar hacia atrás sólo sirve para darte de bruces con lo que sea que tengas en frente.
Al final del vacío había algo. ¡Un sendero! Hecho de barro y piedras sueltas, se escapaba hacia la parte más profunda de mi sueño. Hacia la parte más oscura, donde no llegaban ni la niebla ni los recuerdos. Sin más a donde ir, seguí el recorrido de aquel sendero. Pisé los charcos que lo salpicaban cada pocos metros, e ignoré el mortal frío que poco a poco se iba haciendo un hogar entre mis huesos. Ni siquiera las antorchas que empezaban a adornar los lados de mi descenso servían para calentar mis miembros helados. Estaba desnudo, estaba cansado, y estaba perdido. El sendero continuó por lo que parecieron horas, y terminó abruptamente cuando tropecé con la orilla de un lago de aguas negras.
Al caer de rodillas sobre él, noté que sólo me hundía hasta la altura de los muslos.
Alcé la vista. Al fondo, una cascada, y dos estatuas, grandes como secuoyas.
Las estatuas representaban a dos hombres, pero se desvanecieron, y en su lugar aparecieron dos niños. Reconocí a uno de ellos. Llevaba su cara puesta.
"No deberías estar aquí"
La voz venía de detrás de la cascada. Yo conocía esa voz.
"¿Quién eres?", le pregunté. "¿Es esto otro sueño?"
"Debes irte."
Decidí no escucharle. En su lugar, caminé hacia la cascada, y aquel lago que era como el hielo me mordía la carne allí donde podía tocarme; hacía que no la sintiera como mía.
"¿Dónde estoy?"
Ahora que estaba más cerca, podía ver mejor la cascada. De su interior, pues debía de tener uno, emanaba una luz anaranjada, como de lámpara de sal. No era mucha, pero bastaba para romper con la oscuridad: entonces pude notar que ni el lago ni la cascada eran negros, sino transparentes como el agua de las islas del sur. Pero aquello no era agua. El agua no se te queda pegada a los muslos, ni a las manos, cuando intentas tocarla.
El agua no huele como el final de una guerra.
"¿Qué es esto? ¡Eh, tú! ¡Respóndeme!"
"Tienes que irte de aquí. Él está fuera."
"¿De qué coño me estás hablando?"
La cascada estaba al alcance de mis manos. La toqué con las yemas de los dedos, y una limpia nota musical se extendió en ondas por su superficie. Entonces, como dos lámparas, la misteriosa voz encendió sus iris del color de los zafiros, y alrededor de éstos, se formó la silueta de un hombre sentado en posición de loto.
"Debes irte", repitió. "Ahora."
Sentí cómo una gota caía sobre mi hombro desnudo. Apestaba a algo podrido.
Luego cayó otra, y otra; las asquerosas gotas lloviznaban sobre mí como una madrugada de invierno.
¿Qué era aquello? Alarmado, seguí su trayectoria con la mirada, pero en lo alto de la cascada no hallé nubes, sino dos pupilas rasgadas, pupilas de depredador, hundidas hasta lo más profundo de mi alma.
"¡JODER!"
Me desperté bañado en sudor. Todavía era de noche. La habitación estaba a oscuras, y las únicas luces venían de las farolas más allá de la ventana, y de la televisión, que seguía mostrando estática. Asustado, miré a mi alrededor, pero allí no había nada nuevo. Los mismos muebles, las mismas camillas. La misma chica pelirroja durmiendo en la misma posición de antes. Todo estaba bien. Sólo había sido una pesadilla. La primera de ellas.
Estuve un rato ahí sentado, con el corazón latiendo fuerte, y la respiración acelerada. Pero el cansancio es una fuerza poderosa, y al poco tiempo ya volvía a arrastrarme hacia las sábanas, hacia la almohada, donde me esperaría, con suerte, algo más agradable que una bestia.
Dormí hasta que la noche se convirtió en madrugada, y ésta, en un lento amanecer. Fuera del hospital, las nubes debían de surgir del horizonte, breves sombras chinescas contra el cielo anaranjado; de entre ellas, el Sol se alzaría, perezoso, entre las aguas de las costas, o entre los bosques de los interiores, o entre los tejados del centro de la aldea. Pese a los agujeros en mi memoria, recordaba aquellos tejados, y los cables telefónicos que los cruzaban, de lado a lado, como una telaraña de goma y cobre.
Los primeros rayos de luz se colaron por la ventana e iluminaron las paredes blancas de la habitación. Eran unos rayos finos, cautelosos, que enseguida se ensancharon sobre mis piernas y el suelo de brillante superficie. Algunos de ellos se posaron en la televisión frente a mí, y los paisajes que en ésta aparecían se vieron disueltos en un mar de estática, que iba y venía con la intermitente seguridad de un semáforo. Alguien había silenciado su volumen, y el suave crepitar del aparato apenas se distinguía de mi propia respiración, y de la de mi acompañante, todavía dormida sobre su pequeña camilla. La volví a mirar, sólo se veía su perfil. Luego no se veía nada. Me había quedado dormido, otra vez.
Pero su voz me trajo de vuelta. Era ella: farfullaba para sí misma, y se le escapaba el aliento por todas partes. Estaba asustada. Confusa. La oí toquetear las sábanas, ponerse de pie. Sus pasos sisearon hasta la puerta, y luego de vuelta. Indecisión. Nerviosismo. No necesitaba abrir los ojos para sentirlo. Por primera vez desde mi renacer, estaba en pleno uso de mis facultades. Me sentía descansado, y sano; y si me concentraba, sus emociones me llegaban tan claras como un libro de recetas.
Por eso, cuando la confusión se tornó en una volátil rabia, agucé el oído, y esperé atento. Se estaba acercando a mí, despacio. Medía cada paso. ¿No quieres que te oiga venir?, pensé. Es demasiado tarde para eso. Noto cada uno de tus movimientos; cómo cambias el peso de una pierna a otra; oigo tu respiración, y el choque de tus labios al abrirlos y cerrarlos. Te oigo tan bien como si existieras dentro de mí. Ahora veamos qué haces, chica. Quizá te lleves una sorpresa.
La sorpresa fue mía cuando ella se encaramó a la camilla, apoyando primero una rodilla y luego la otra, y con mucho cuidado, se sentó a horcajadas sobre mi cintura. Noté su peso, y su calor, contra la parte baja de ésta. Pesaba más de lo que esperaba. Sus muslos me apretaban a ambos lados; eran duros, y eran cálidos. Tendrían la fuerza suficiente para romper los huesos de una persona cualquiera. Pero yo no era una persona cualquiera, eso estaba claro, y la presión que ejercían sobre mí se sintió casi como un abrazo.
Intenta inmovilizarme, pensé. Hay alguna intención asesina en ella, pero muchas dudas. ¿Debería quitármela de encima?. Decidí seguir fingiendo que dormía. Me divertía saber que podía dejar de hacerlo en cualquier momento, y darle, seguramente, un susto de muerte a la muchacha. Además, había algo en aquella situación que no me desagradaba del todo. Sentía su rostro muy cerca del mío, demasiado cerca. Sus dedos rozaban mi piel en dirección a la clavícula. Mmm, genial. Las yemas de la chica tantearon un poco más arriba, la tersa piel bajo el cuello, y luego su base, y aún más arriba; y una vez alcanzaron su destino, noté dos palmas alrededor del cuello, y dos pulgares sobre la nuez. Mmm. Eso no era tan genial.
Los dedos apretaron un poco.
"¿Estás segura de lo que vas a hacer?", dije de repente, sobresaltándola. "El último que lo intentó, acabó mal."
Fue entonces cuando abrí los ojos, y lo que vi...
La verdad es que no vi nada. ¿Qué era eso? Parecía un incendio. No miento, hombre: de verdad era como el fuego. Era, si me permites la libertad de expresarme con holgura, como las hojas de las hayas, cuando éstas se visten de llamas; como las cerezas en su mejor temporada, o como los fresones de los mercados. Como los pájaros cantores de las montañas, o quizá como un atardecer, si decide ser rojo. ¿Qué era, pues? Debía de ser su cabello. Lo toqué con las manos, estaba alrededor de mí. Lo sentía liso y suave. Aroma a miel de abejas. Delicioso.
Lo aparté a ambos lados, y apareció su rostro. Estaba tan cerca que le veía hasta los poros. Llevaba la tensa expresión de quien no sabe qué demonios hacer con la situación que tiene entre manos. Casi me echo a reír en su cara, te lo digo. Pero habría sido una mala idea: tenía toda la pinta de ser una mujer de carácter. Eso me pareció bien, sí señor, uno tiene que ser fuerte por dentro y por fuera. De modo que, casi que con fascinación, e ignorando la presión que todavía sentía en el cuello, me fijé en sus detalles, en todos ellos, y decidí que me gustaban. Es muy guapa, pensé. Mira cómo aprieta los labios, cómo achica los ojos. Esas pestañas son tan largas que parece que quieran escaparse de sus párpados. Me va a dar pena hacerle daño.
Quizá fueron esos pensamientos los que me hicieron reaccionar demasiado tarde. Estaba abstraído en el rostro de mi agresora. Ausente en su superficie.
¿Crees que actué de forma extraña? Seguramente, sí. Pero considera una cosa: hasta ese mismo instante, mi corta nueva vida había consistido únicamente en sangre, peleas, discusiones, mentiras, y pesadillas. No había empezado bien. Aquella no sólo era la primera vez que no me sentía cansado y hecho polvo, sino también mi primera experiencia con una persona por la que me sintiera atraído. Compréndeme: tenía mucho que aprender.
Que esa misma chica quisiera asfixiarme sólo podía ser un aviso del destino.
"Estoy decidiendo si debería matarte", susurró. Cada palabra enviaba pequeñas brisas a la altura de mi nariz. "Y si sigues mirándome así, será fácil elegir."
Yo alcé mis manos en son de paz.
"¿Por qué no me sueltas, y lo decidimos entre los dos?", le sonreí. "Soy un tipo de lo más razonable."
Le guiñé un ojo.
Ella apretó aún más.
Podía sentir cómo sus pulgares se presionaban contra mi nuez como si quisieran partirla en mil pedazos.
Me estaba costando respirar.
"No, no debo dudar", gruñó, más bien para sí misma. Su voz estaba cargada de angustia. "Debe hacerse."
"No pareces..." Tuve que pararme a coger aire. "...muy convencida."
"¡Cállate!" La nariz se le arrugaba cuando se enfadaba, como sucede con los lobos, o los lunáticos. "No sé qué pensaban al ponerme en tu misma habitación, Naruto Uzumaki, pero se van a arrepentir de haberlo hecho."
Bueno, en eso se equivocaba. Puede que no tuviera muchos planes de futuro, pero morirme en aquella camilla tan cutre no se contaba entre ellos. Quise decir algo, algún comentario ingenioso, pero ya no podía hablar. ¡Eso sí que no! ¡Mis palabras no me las quita nadie! Tenía que hacer algo al respecto. Pasé los siguientes cinco o seis segundos dándole vueltas al asunto, pensándolo todo desde los muchos ángulos posibles. Era capaz de pensar muy rápido si me lo proponía; en el tiempo que dura un estornudo, consideré los múltiples cursos de acción que podría tomar una persona con tantos recursos como yo, y en el momento en el que la muchacha apretó las manos con todas sus fuerzas, ya me había decantado por lo que parecía la decisión más razonable dadas las circunstancias: darle un puñetazo en toda la nariz.
No sirvió de nada.
La muy desgraciada ni se inmutó. Me agarraba como los desdichados se agarran a sus últimas esperanzas. La sangre le caía de las fosas nasales como un pequeño río, y se perdía allá donde comenzaban sus labios delgados. Empecé a ver pequeñas lucecitas en el aire. No tardaría en perder la conciencia. Era hora de sacar la artillería pesada.
Volví a golpearle en la nariz, esta vez mucho más fuerte.
El impacto sacudió su cabeza hacia atrás, y un chorrito de sangre me manchó la cara. Eso sí, sus dedos no cedieron ni un centímetro. Había que reconocer que aquella bruja era persistente, joder. Me iba a acabar matando. Menos mal que iba preparado: según volvió a bajar la cabeza, agarré su precioso cabello con ambas manos, desde atrás, y tiré de él hasta que su frente impactó con la mía con un ruido brutal. Estando así, frente con frente, la miré directamente a los ojos: estaban blancos. Sus manos se volvieron flojas y blanditas. Se había quedado inconsciente. Un problema menos.
Sin embargo, mi victoria sobre la pelirroja me originó otro problema:
"Y ahora, ¿qué hago contigo?"
Dejé que su cuerpo cayera a mi lado, y me froté la frente. Dolía como mil demonios, pero había demostrado ser un arma temible. Tenía que usarla más a menudo.
"Podría cargármela", murmuré. "Pero ni siquiera sé quién es, y luego tendría que dar muchas explicaciones. Ya armé jaleo ayer. A lo mejor me meto en un problema. ¿Y si está loca, o algo así? A lo mejor sólo es eso. No, no puede ser; dijo todas esas cosas raras. No debo dudar, debe hacerse. Seguro que está metida en algún asunto turbio." Mientras pensaba en voz alta, le limpié la sangre de la cara con la sábana. Así, fuera de combate, parecía hasta mona. "Es una mierda. Ni siquiera sé quiénes son mis enemigos."
Apoyé su cabeza en la almohada, y le aparté el pelo de la cara.
"Tengo muchas preguntas que hacerle. No deberia haberla dejado fuera de combate. Ahora tengo que esperar. Joder, tío, soy un bruto. Nota mental: tener más cuidado con las personas a las que prefiero despiertas."
Así que me puse cómodo y esperé.
No había pasado ni un minuto cuando la puerta se abrió de golpe.
"¡Naruto! ¡Buenos días! ¡Te he traído...!"
Me di la vuelta, y vi a Jiraiya parado en el umbral, sujetando una bolsa de plástico transparente. Tenía los ojos abiertos como platos; parecía como si un fusible se hubiera apagado en su cerebro. Lo saludé con la mano. Él se limitó a quedarse ahí, con cara de idiota.
"Veo que estás ocupado", alcanzó a decir, mirando a la chica que dormía a mi lado. "Mejor vuelvo en otro momento."
Su mano tanteó la madera en busca del pomo, lo encontró, y cerró muy despacio. Antes de que la puerta se cerrase por completo, pude ver cómo me miraba a través de la pequeña rendija que quedaba abierta. Luego le oí caminar en dirección a las escaleras, mucho más rápido de lo que era necesario. Pero qué dramáticas son las personas, coño.
Suspiré, y volví a mirar a la chica.
La chica me estaba mirando muy fijamente.
"¡Hostia pu...!"
Un segundo más tarde, estaba volando por los aires. Choqué con la otra camilla, la tumbé, armando un jaleo tremendo, y rodé dos o tres veces por el suelo. Sentí un dolor punzante en medio del estómago, justo donde me había pateado. Vaya fuerza tenía. Se me cayó el palo del gotero encima. Esto era la guerra.
Me puse en pie de un salto. Ella se bajó de la camilla. ¿Cómo se había recuperado tan rápido? Parecía estar igual de sana que nada más despertar, sólo que muchísimo más cabreada.
"Deberías haberme matado cuando tuviste la oportunidad", dijo, poniéndose en guardia.
Yo hice lo propio. "Estoy a tiempo de arreglarlo."
"Aquí nadie va a matar a nadie", dijo una tercera voz.
Estaba sentado detrás de ella, con las piernas cruzadas, en medio de mi camilla. El larguísimo cabello blanco le caía por los hombros en mechones desordenados, y sus sandalias de madera estaban pulcramente colocadas junto a la ventana. En el regazo tenía una bolsa de plástico que desprendía un olor delicioso. Jiraiya nos miraba con expresión aburrida, y la mejilla apoyada en la palma de la mano. Ninguno de los dos le oímos llegar. Una vez más, fue como si apareciera de la nada.
La muchacha se sorprendió incluso más que yo, y pegó un salto de lo más gracioso. Tropezó un poco, pero enseguida recuperó el equilibrio, y se quedó de espaldas a la pared donde colgaba la televisión, sin saber muy bien a cuál de los dos enfrentarse.
"¿Qué haces aquí?", pregunté. "No te he sentido llegar."
Jiraiya puso los ojos en blanco. "Si pudieras sentirme llegar, Naruto, me preocuparía. Como hoy te dan el alta, te traje algo de comida para celebrarlo. Es arroz frito con ternera y bambú; hay suficiente para los dos."
Presté un poco más de atención al olor de aquella bolsa. ¡Olía maravillosamente! Mi estómago rugió como un tigre de bengala.
"¿Tienes hambre? Bien. Un Naruto sin apetito es como un invierno sin lluvia." Muy despacio, desenredó las piernas y se puso se pie. Era mucho más alto que nosotros, y así erguido, imponía un poco, pero nada en él emitía la más mínima agresividad. De hecho, no emitía absolutamente nada. Era diferente al día anterior, cuando fui capaz de leer algunas de sus emociones. ¿Sería que estaba más tranquilo ahora? Si era capaz de ocultarse así, sería complicado tratar con él.
"¿Quién eres tú?", le espetó la chica. "¿Tú también quieres morir?"
Jiraiya se rió. "Pero qué obsesión con matar. ¿No acabo de decir que nadie matará a nadie? Tranquilízate, mujer. No te voy a hacer daño."
Dejó la bolsa sobre la mesita blanca, y separó una de las sillas. Se sentó en ella, y comenzó a deshacer el nudo de plástico. No parecía importarle lo más mínimo que la chica le estuviese mirando con la misma agresividad de una serpiente de cascabel.
"¿A qué estáis esperando? Sentaos. Hay sillas para los tres."
Sacó dos botes de plástico de la bolsa, y los puso sobre la mesa. Tenían una tapa transparente a través de la que se veía el arroz, tenía una pinta espectacular. Con tanta hambre se me pasaron las ganas de pelear, y el enfado, y todo. Derrotado por la perspectiva de un desayuno como Dios manda, bajé las manos, y caminé hacia él. Sin embargo, nuestra acompañante tenía distintos planes, y se lanzó contra Jiraiya.
No le culpo por haber tomado una decisión tan estúpida. Su estado emocional era un basurero. Tanto miedo, tanto estrés, tanta rabia, y tanta confusión no sirven para nada bueno. Y ahora que tenía un nuevo supuesto enemigo en la habitación, pues peor que peor. Observé cómo su puño cortaba el aire, era un puñetazo muy fuerte, debía de haber entrenado mucho a lo largo de su vida; cuando Jiraiya lo detuvo con la punta de su dedo índice, no me sentí muy sorprendido.
"No eliges muy bien tus peleas, ¿no, Tayuya?" Sus labios se curvaron en una sonrisa. "Deberías haber ido a por él. Anda, siéntate, o me voy a acabar enfadando."
Pero ella no tenía intención de rendirse. En su cuerpo estaba pasando algo sorprendente. Se le estaba llenando la piel de extraños símbolos oscuros, se extendían como un virus, y conforme iban apareciendo, su chakra se hacía más y más pesado. Si tuviera que describir la sensación, diría que es similar a entrar en una sauna, sólo que sin el calor. El aire se vuelve denso, y uno respira diferente. Ahora que me doy cuenta, pensé, sus reservas de chakra son brutales. Y no hacían más que aumentar.
Aún así, tenía la sensación de que no le servirían de mucho contra Jiraiya.
Me acerqué a la chica, y apoyé una mano en su hombro. Apreté. "Yo que tú me calmaba", le susurré. "No es un oponente al que puedas manejar."
"Deberías escuchar al chico", dijo Jiraiya, destapando uno de los botes de arroz. "De vez en cuando, acierta."
Hay ocasiones en las que uno ve la luz, por muy furioso que esté. Ocasiones en las que algo hace clic dentro de nuestros cerebros, y vemos las cosas como realmente son. Con suerte, también veremos cómo se nos pasa la tontería. Creo que a esa chica, Tayuya, le pasó algo parecido. Debió de entenderlo todo. Si intentaba algo, estaba jodida. Más que jodida. Tenía que saberlo. Ante la perspectiva de una situación sin remedio, el caos dentro de ella se estaba calmando. Las formas negras volvieron al lugar de donde habían venido. Bajó las manos, luego la cabeza, y se dejó caer en la segunda silla. Yo ocupé la tercera.
Pues así se nos quedó la mañana. Nos sentamos en aquella mesa de hospital, devorando el arroz, Jiraiya y yo. Tayuya nos miraba desde la otra silla, apartada de las demás, y a veces lo hacía con odio, otras con nerviosismo, y al final, lo hacía con curiosidad. Cuando la curiosidad se convirtió en hambre, y el hambre en unas tripas que no paraban de hacer ruido, le ofrecí algo de comer.
"Si quieres, te dejo la mitad", dije. "Ya casi me he llenado."
Y pese a que mi amabilidad fue acompañada de una sonrisa blanquísima, y pese a que ella se agarraba la tripa como si ésta se le fuese a caer, no tuvo que pensárselo mucho para negar con la cabeza, y encima, mirarme mal. A mi izquierda, Jiraiya me miraba con las cejas alzadas.
"¿Te has llenado ya?"
"Sí, parece ser que no tenía tanta hambre."
"¿Pero estás bien?"
"¿Eh? Claro, me encuentro perfectamente."
"¿Estás seguro? ¿Tienes fiebre? ¿Te duele algo?"
"Nunca sé si me estás tomando el pelo, o si vas en serio."
"Tú sí que me tienes que estar tomando el pelo. ¿Desde cuándo te llenas tan rápido? Es más, ¿desde cuándo te llenas, en general?"
"No sé de qué me hablas", suspiré. "Y tú, ven aquí." Estiré la mano, y tiré de la pata de la silla de Tayuya hasta que quedó cerca de mí. La pobre casi se cae al suelo, tuvo que agarrarse a la mesa. "Ah, perdón, perdón. A ver..."
Cogí un poco de arroz con los palillos, y aprovechando que despegó los labios —seguramente para insultarme—, le metí la comida en la boca.
"Tienes que comer", le dije. "No seas cabezota."
El gesto me había quedado de maravilla.
Detrás de mí, Jiraiya empezó a descojonarse. Las carcajadas brotaban de su boca llena de arroz con la virulencia de una explosión volcánica.
Frente a mí, Tayuya se quedó como de piedra, como muy quieta, y poco a poco, su cara se fue poniendo del mismo color de su pelo.
"¡Qué haces, imbécil!", gritó, o intentó hacerlo, porque tenía la boca llena. Se dio cuenta de esto, tragó, y puso cara como de sorpresa.
"A que está bueno", le dije, tendiéndole los palillos y el bote con el arroz. "No ganas nada pasando hambre. Anda, come un poco."
"Vaya, Naruto, estás hecho todo un donjuán", se burló Jiraiya, pero pasé de él, y me aseguré de que Tayuya cogiera la comida. Al final, lo hizo, y empezó a comer muy despacio.
"Ahora que hemos desayunado, explícame qué pasó antes."
Los dos botes de plástico descansaban en medio de la mesa, y estaban tan vacíos que bien podrían no haber sido llenados nunca.
Señalé a la chica. "Intentó matarme, pero le salió mal. Luego llegastes tú. No hay mucho más."
"¿Dices que te intentó matar?"
"Eso he dicho."
"No pareces muy molesto."
"Soy una persona comprensiva."
"Ya, y yo soy el Mizukage."
"Si de verdad quieres saberlo, pienso que estaba más asustada que otra cosa."
"¿Asustada?"
"Sí. Dijo algo como que tenía que hacerse, tenía que hacerse. Parecía afligida. ¿A que lo parecías, Tayuya-san?"
"No me llames así, imbécil", respondió ella. "Y no hables de mí como si no estuviera delante."
"Entonces, ¿cómo te llamo? ¿Por tu apellido? ¿Cuál es?"
"No me llames de ninguna forma. Imbécil."
Me giré hacia Jiraiya. "¿Te lo puedes creer? ¿Por qué es tan antipática?"
"¿No te gustan las mujeres con carácter?"
"Me gusta que no sean bordes."
"Te lo vas a pasar muy bien con tus amigas", rió él.
"¿Qué amigas?"
"Da igual. En cualquier caso, es mejor que os presente."
"Ya nos conocemos", le cortó la chica.
"Tú a él sí, pero él a ti, no. Naruto ha perdido la memoria."
"Y a mí que me cuentas."
"¿Ves lo que te digo?", dije. "Antipática." Ella me hizo un gesto grosero con la mano, y se lo devolví.
"Que te den por culo."
"Que te den a ti, bruja."
Jiraiya tamborilleó los dedos en la mesa.
"Si ya habéis acabado de hacer el idiota, sigamos. Como ya sabes, él es Naruto Uzumaki. Yo me llamo Jiraiya." Ella dejó de maldecirme y procedió a parecer sorprendida. Se tensó visiblemente sobre la silla. "Entiendo que has oído hablar de mí. No sé qué te habrá dicho Orochimaru, pero no tienes nada que temer. Estoy aquí para ayudarte."
"Espera, ¿Orochimaru?", pregunté. "¿Acaso ella es...?"
"Sí, es la única superviviente de los Cuatro del Sonido."
"No me jodas."
Sus nudillos me golpearon en la cabeza. "Como sigas hablando así, te lavo la lengua con jabón", dijo. "Pero entiendo que te sorprenda. Después de todo, hasta no hace mucho era nuestra enemiga."
"¿Y qué es ahora?", pregunté, frotándome donde me había golpeado.
"Eso lo tiene que decidir ella."
Ambos la miramos. Tenía cara de muy pocos amigos.
"Qué miráis, gilipollas."
"Jiraiya, esto va a salir mal", le advertí. "Pero muy mal."
"Calla y aprende", dijo él, cruzando los brazos. "Tayuya-san, no sólo estoy aquí para visitar a Naruto. También he venido a verte a ti."
"Me da igual."
Él fingió no haberla oído. "El Tercer Hokage me ha enviado en representación de la Aldea de Konoha para comunicarte nuestra oferta."
"¿Oferta?", pregunté yo.
"¿Qué oferta?", añadió Tayuya.
Una sonrisita. "Como sabes, Orochimaru fue, originalmente, un ninja de nuestra aldea. Por esa razón, Konoha se siente responsable por sus fechorías. Hasta cierto punto, claro. Nos consta que, entre sus muchos crímenes, se encuentra la costumbre de capturar jóvenes ninjas a los que luego obliga a luchar por él. La aldea cree que tu equipo haber formado parte de este grupo. ¿Es eso cierto?"
"Eso no es asunto tuyo."
"Te convendría tener una mejor actitud, jovencita. Por tu propio bien. Pero bueno, sigamos: la aldea considera, o quiere creer, que los crímenes que has cometido se deben a la influencia de Orochimaru y su sello maldito, de modo que se te va a dar una oportunidad. ¡Alégrate un poco! A lo mejor sales de esta."
Esperó una respuesta, una reacción, pero no la encontró. Así que siguió hablando.
"La oferta de la Aldea es simple: debes renunciar a cualquier relación con Orochimaru y el Sonido, y jurar lealtad a la Aldea Oculta de la Hoja. Se evaluarán tus habilidades, se te pondrá bajo un equipo, y trabajarás como shinobi de la Hoja hasta tu retiro. A cambio, se te protegerá como a cualquiera de nuestros ninjas; obtendrás sus mismos derechos y privilegios, incluyendo una paga completa por tus servicios; y por último, se te buscará una residencia temporal hasta que puedas pagar una propia. No es un mal trato, ¿no crees?"
"¿Y si no acepto?"
"Ah, yo que tú no haría eso. Verás, el Tercer Hokage siempre ha sido una persona compasiva, y por eso se te ha dado esta oportunidad. Él mismo se aseguró de que te la diéramos. Pero su batalla con tu maestro lo ha convertido en alguien más impaciente, ¿me explico? Quizá también un poco más duro. No se tomaría muy bien que rechazases su generosidad."
"Habla más claro, viejo."
"¿Eso quieres? Muy bien. Entonces lo haré." Su semblante se endureció, y su tono se volvió diferente. Más grave. Más real. "Tayuya-san, la Aldea de Konoha te ordena trabajar como una de sus shinobis durante el resto de tu vida útil. Esto es, hasta que tus huesos no puedan más. Rechaza esta orden, y serás ejecutada. Intenta huir, y serás ejecutada. Vuelve a atacar a Naruto, o a cualquiera de nuestros ciudadanos, y serás ejecutada. Ocúltanos información, y serás ejecutada. ¿Te parece mejor así? ¿Te resulta más cómodo? Teniendo en cuenta tus orígenes, estoy dispuesto a darte cierto margen, pero no te pases. Estás en territorio enemigo, chica, y lo estarás hasta que te ganes nuestra confianza, lo cual, hagas lo que hagas, no sucederá pronto."
Hablaba como si fuera otra persona. Así que así era el Sannin Legendario cuando se ponía serio. ¿Sería eso una faceta distinta de sí mismo, o su verdadero ser? ¿Llevaría una máscara puesta todo el rato? Era imposible saberlo. Pero fuera cual fuera la respuesta, cada vez tenía más claro que no sería conveniente hacerlo enfadar. Al menos, no por ahora.
Creo que Tayuya pensó lo mismo, pues no dijo nada. Se le acabaron las burlas, y los insultos. Tampoco parecía enfadada. No sentía ningún tipo de rabia dentro de ella, sólo preocupación, y nerviosismo. Estaba preocupada por sí misma, claro, pero había algo más. No sabía el qué, pero debía haber algo. Lo tenía en la punta de la lengua, pero nada. Supongo que no la conocía lo suficiente como para comprender del todo sus emociones, por mucho que pudiera pescarlas en el aire.
Tanto silencio sólo añadía más y más incomodidad al ambiente. Los silencios están bien, claro, pero no cuando uno es plenamente consciente de ellos. Los buenos silencios son los que fluyen naturalmente, no los que pesan como una losa de piedra. Estos últimos me ponen nervioso. Me molestan. Me frustan.
Me aclaré la garganta. "Una pregunta", dije. "Si Tayuya-san es una enemiga, y si no tenéis claras sus intenciones, ¿por qué la pusieron en mi misma habitación? Es decir, por lo que he entendido, hay mucha gente que quiere matarme, y de hecho, ella lo ha intentado."
"Es una buena pregunta. A mí tampoco me hacía mucha gracia la idea, pero fue necesario. Médicamente necesario, en concreto."
"¿A qué te refieres?", pregunté, mirándole a él, y luego a Tayuya. Parecía interesada en la respuesta de Jiraiya. Normal.
"Mira, cuando llegásteis al hospital, vuestro estado de salud era pésimo. El de los dos. Si no fuera por Tsunade, habríais muerto."
"Supongo que tendré que agradecérselo de nuevo", dije.
"Deberías. Ella os mantuvo con vida el tiempo suficiente para que vuestra regeneración natural pudiera hacer su trabajo. Y digo vuestra. Al poco tiempo de tratar a Tayuya-san, los médicos se dieron cuenta de que ella también se curaba rápidamente."
La miré, sorprendido. "¿Ella también es una jinchūriki?"
"No, no van por ahí los tiros. Existen más razones por las cuales una persona puede regenerarse; por ejemplo, que utilice algún tipo de técnica...o que esté en sus genes."
"En sus genes..."
Tayuya nos miraba sin decir nada, atenta a cada una de nuestras palabras.
"Tsunade es una médico excepcional", dijo Jiraiya, no sin cierto orgullo en la voz. "Si se lo propone, puede analizar la sangre de cualquier persona en apenas unos momentos." Y, ahora dirigiéndose a la chica, añadió: "Nada más observar la regeneración que mostrabas, Tayuya-san, tomó una muestra de tu sangre, y también de tu piel. De ella descubrió algo muy interesante: no sólo compartes el mismo tipo de sangre con Naruto, sino que tu tejido es altamente compatible con el suyo. De hecho, sois tan compatibles que casi parecéis intercambiables. Es algo fascinante, si me permites la opinión. Esta compatibilidad fue gran parte de la razón por la que seguís con vida: os habéis ayudado el uno al otro sin saberlo. Si estabas en su habitación era porque hasta hace muy poco, vuestra situación era inestable, y podíais necesitar algo del otro. También debo admitir que no esperábamos que despertaras tan pronto. Sospecho que el Sello Maldito tiene unas capacidades superiores a las esperadas."
"Habéis utilizado mi cuerpo", dijo Tayuya, lívida. "¡Mi carne y mi sangre, como si fuese una rata!"
"Rata o no, te mantuvimos con vida. Podríamos haberte dejado en ese bosque, para que te comieran los gusanos."
"Jiraiya", dije yo, mirándome los pies desnudos. Se me había ocurrido algo, pero... no podía ser. "¿Por qué somos tan compatibles?"
"Es por vuestra sangre. Tenéis la misma." Le miré, confuso. "No, no hablo del tipo de sangre, sino de otra cosa. A ver, Tayuya-san, ¿te importaría decirnos tu apellido?"
"Eso no es asunto tuyo."
"¿No te dije que dejases esa actitud? Me está costando ser amable. Pero bueno, a menos que me equivoque mucho —y no suelo hacerlo—, no es que no quieras responderme. Es que no lo sabes. ¿Me equivoco? ¿A que no?"
Las arrugas volvieron a la nariz de Tayuya, luego desaparecieron, y detrás sólo quedó cansancio.
"No. Orochimaru me capturó cuando era muy pequeña."
Así que eso era. ¿Acaso la aldea tenía razón sobre ella?
"Lo imaginaba. No sé si tienes alguna sospecha al respecto, o si alguna vez se te ha dado alguna pista, pero no importa; el análisis de Tsunade es infalible." Detrás de él, una paloma enorme pasó volando por fuera de la ventana. Tenía las alas tan grises como la ceniza del tabaco. "Y además, fue más rápido de lo habitual, debido a que ya estaba muy familiarizada con ese tipo de sangre. De hecho, acababa de trabajar con una similar." Sonrió. "Dadas las circunstancias, puede que te sorprenda el resultado. Tu nombre completo es Tayuya Uzumaki, de la Aldea Oculta del Remolino."
"¿Qué?"
Aquello fue una visión única: ¡no parecía enfadada! Sólo estupefacta. Dejó de fruncir el ceño, y de apretar los labios, y de tensar el cuerpo, y con los ojos muy abiertos y la boca formando una pequeña "o", de pronto parecía mucho menos amenazadora.
Sobra decir que yo me encontraba en una situación similar.
"¿Somos...familia?"
"Técnicamente, sí", dijo Jiraiya. "Aunque no parecéis estar muy cerca en el árbol genealógico. Ten en cuenta que el clan Uzumaki llegó a ser muy extenso. Así que no te preocupes demasiado, campeón, que tienes vía libre."
Su broma pasó volando por encima de mi cabeza. No estaba yo para prestar atención a esas cosas.
Me miré las manos, luego miré a Tayuya. "Somos familia", repetí. Decirlo en voz alta era como recitar algún tipo de hechizo.
"¿Estás...seguro de lo que estás diciendo?", preguntó ella. Por primera vez, su voz estaba libre de hostilidad.
"Al cien por cien. A diferencia de Naruto, tú eres de sangre pura, por así decirlo; él sólo es mitad Uzumaki. Pero su madre provenía de Uzushiogakure, al igual que tú."
"Ya veo..."
"Veo que te ha sorprendido. ¿Nunca te habían comentado nada sobre tus orígenes?"
"No. Kabuto-san y Orochimaru-sama...ellos debían de saberlo. Analizaron mi sangre incontables veces. Me...hicieron pruebas. Pero nunca me lo dijeron, y yo no me atreví a preguntar."
Algo se me quedó atascado en la garganta.
"¿Hace cuántos años te capturó?"
"Hace muchos."
"Pero, él..." Tragué saliva. "¿Te tenía encerrada, o...?
"La mayoría del tiempo." Cerró los ojos un segundo de más, como si algo le doliera. "Salía cuando tenia una misión, igual que los demás."
"Desgraciado", murmuró Jiraiya.
"Hijo de puta", dije yo.
Pude ver la sorpresa en los ojos de la chica. ¿Le sorprendía nuestra reacción? Desde luego, era genuina. El desprecio que Jiraiya sentía hacia Orochimaru era más que evidente; y pese a que yo no era capaz de recordarlo, le odiaba de igual manera. Bastaba con lo que sabía de él para hacerlo. Bastaba con el relato de aquella chica. No se me ocurría un castigo peor que estar atrapado detrás de un montón de barrotes. Me ponía enfermo, enfermo de verdad.
Tal fue mi disgusto, que algo se activó dentro de mí.
Algo se movió. Se encendió, como las llamas, o los rayos. Se sacudió con la fuerza de un remolino.
Mi espíritu se deshizo en mil sentimientos contradictorios.
Los noté batallar dentro de mí,
tomar una forma concreta.
Entonces, tomé una decisión.
Y cuando yo tomo una decisión —eso me decía el instinto—, jamás me echo atrás.
Esa es mi manera de vivir esta vida.
"Tayuya-san", dije, poniéndome en pie, acercándome hasta ella, mirándola a los ojos. Me fijé en su expresión: aquel no era el rostro de un enemigo. En su voz había más sufrimiento que odio, más miedo que agresividad. Su cabello rojo me recordaba al de Kushina. Algo en mi estómago se hundió hasta las profundidades del océano; más tarde, sería capaz de entender esta sensación. Puse mis manos sobre sus hombros, y ella se quiso zafar, pero no se lo permití. "Tayuya-san, voy a ayudarte. Somos familia. Voy a ayudarte, y a protegerte si es necesario. Ya no tienes que temer más a Orochimaru, ¿de acuerdo? Nunca más. Nunca más. No dejaré que te haga daño. No dejaré que te vuelva a encerrar."
Las palabras se me escapaban de la lengua como por sí solas.
A ella se le subieron los colores.
"¿Eh? ¿Eh? ¿Qué? ¿Pero qué dices?" Me apartó las manos de los hombros. "¿Te has vuelto loco? ¿Qué haces?"
"Naruto, ahí te has emocionado un poco", rió Jiraiya. "Todavía te queda mucho camino por recorrer antes de poder hacer ese tipo de promesas."
"No me importa", dije. "No me importa en absoluto."
"Hace poco, intentó matarte. ¿De verdad la quieres proteger?"
"Ella no quería. ¿A que no querías, Tayuya-san?"
"¡QUE ME SUELTES!", se quejó, empujándome. Tropecé un poco, y me senté en la silla. Por alguna razón, me sentía exhausto.
A mi lado, Jiraiya soltó algo de aire por la nariz, una risita disimulada, y alzó las cejas. "No quiero ni imaginar la que me espera."
Pasaron unos segundos de lo más incómodos, y volvió a hablar.
"Bueno, ya nos hemos desviado demasiado. Tayuya-san, todavía no nos has dado una respuesta."
"¿No puedes darle algo de tiempo para que se lo piense?"
"No."
"¿Seguro?"
"Seguro. Es un asunto importante. No puede esperar."
"Está bien..."
"Así que, Tayuya-san, dime: ¿aceptas la propuesta de Konoha? Te aconsejo que no te lo pienses mucho, el tiempo apremia."
Jiraiya se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y la barbilla en sus manos entrelazadas. Miraba a Tayuya como si quisiera reducirla a células y átomos. Yo también la miraba; los dos lo hacíamos. Ella nos observaba por turnos, de una manera algo ridícula, como lo haría un ventilador de esos que se colocan de pie. El rubor había dado paso a un extraño color amarillento de lo más preocupante.
"Yo...", comenzó a decir. "Yo..."
"¿Tú...?"
La pelirroja se tapó la boca con las manos, gritó un rapidísimo "¡Necesitoiralbaño!", y abrió la puerta del baño, una puerta blanca y delgada a la que no había prestado mucha atención hasta entonces. Dio un portazo, abrió la tapa del váter, y se puso a vomitar. Era asqueroso. Estuvo así un par de minutos. A veces tosía, y maldecía, y entonces volvía a vomitar. Pobre chica. Quizá habíamos forzado la máquina.
"¿Estará bien?", pregunté a Jiraiya, y sin esperar una respuesta, abrí un poco la puerta del baño. "¿Necesitas ayuda?", le dije, arrugando la nariz ante el desagradable olor.
"COMO ENTRES TE ARRANCO LA CABEZA", me gritó desde dentro.
"Está bien", dije, sentándome de nuevo en la silla. "Deberías haberle dejado tiempo para pensarlo."
Él negó con la cabeza. "Tiene que hacerse ya."
"¿Órdenes del Hokage?"
"Órdenes del sentido común."
"Ya, claro", dije yo.
Entonces: Toc, toc, toc.
Alguien llamó a la puerta.
"¿Se puede?"
Era una voz de hombre, calmada y amistosa. No la reconocí, pero Jiraiya sí, así que dijo: "Adelante", y la puerta se abrió.
Entraron dos personas. Ya les había visto una vez, pero sólo en las fotografías de sus fichas. Él tenia el cabello blanco y hacia arriba, un ojo tapado, y una máscara que le cubría la mayor parte de la cara. Llevaba ropa militar, y una bolsa de papel marrón en la mano.
"¡Hola, Jiraiya-san, Naruto-kun! Es una alegría veros."
De alguna manera, supe que estaba sonriendo bajo la máscara.
Ella entró después de él: bajita, guapa, y delgada. Debería tener más o menos la misma edad que yo. Cabello rosa, corto; ojos verdes, preocupados. La ropa negra de quien va de luto. En sus manos, un ramo de flores blancas del ancho de su torso. Nada más verme, su mirada se encharcó de lágrimas.
"Naruto-kun", susurró, con la voz de cristal. Parecía que fuese a romperse si hablara demasiado. "Estás bien..."
"Tú eres..."
No terminé la frase. La chica corrió hacia mí, me echó los brazos al cuello, y casi nos caemos de la silla como dos idiotas. Las flores cayeron al suelo, pobres flores, con lo bonitas que eran. Noté sus pestañas húmedas contra un lado de la cara; su torso se movía arriba y abajo, arriba y abajo, como si tuviera el hipo más rápido del mundo. Eso no es hipo, idiota, me dije a mí mismo. Está llorando. Abrázala, o algo. Sin saber muy bien lo que hacía, le devolví el abrazo, pasando mis brazos por debajo de los suyos, y la sostuve así durante largo rato. Sus lágrimas pronto se convirtieron en lagrimones, y fluían libres, sin ningún tipo de vergüenza. Su angustia me encogió el corazón, y cuando la abracé muy fuerte, sentí como si ya hubiera vivido aquel preciso momento. Como si no fuera nuevo para mí.
Los dos adultos guardaron silencio, o luto, o lo que fuera, mientras nos abrazábamos.
Dentro del baño, la chica de los cabellos rojos había dejado de vomitar.
La chica de los cabellos rosados lloró hasta quedarse seca.
Y yo esperé, pues eso es lo que uno hace cuando no le queda otra cosa.
