CAPÍTULO 7: DESDE EL PRINCIPIO
"Disculpa, ¿puedes dejar de llorar?"
Ella sólo me agarró más fuerte. Dedos como garfios en la espalda. ¿Separarla con cuidado, con tacto? Eso lo intenté, y no sirvió de nada. Sólo seguía llorando. ¿Acaso no tenían fin aquellas lágrimas? ¿Acaso no se secarían jamás? ¿Acaso sería ahogado por aquella tormenta? ¡Eso no podía ser! ¡Tenía que haber algo que pudiera atraer la calma! ¡Un conjunto de palabras, una solución mágica, algo! ¡Maldita niña! ¡Cómo se atrevía a empaparme los hombros!
La empujé por los costados; créeme que lo hice con cierto cuidado, sin hacerle daño, creo, como si estuviera hecha de seda. Pero la seda cede ante la presión, y ella no lo hacía, así que la empujé más fuerte. Y aún así, allí seguía, regándome con lo que fuera que la hiciera miserable.
"DISCULPA", repetí, muy alto, en su oreja. "¿PUEDES DEJAR DE LLORAR?"
"Sakura-chan", dijo el tipo de pelo blanco. "Le estás agobiando."
"Sí, Kakashi-sensei", balbuceó ella. "Lo siento, es sólo que..." ¡Ay, Dios, ahí venían otra vez las lágrimas! "Es sólo que..."
"Pensabas que lo habías perdido. Yo también pensé lo mismo, Sakura-chan. Pero eso no significa que debamos cargar nuestra pena sobre sus hombros."
Dicho como un señor. Me estaba cayendo bien ese Kakashi. La frase le quedó tan bien que hasta funcionó: la chica del pelo rosa se separó de mí, y cayó de rodillas a mis pies, un saco de carne y lágrimas y mocos, y yo me pregunté si era normal que esa chica llorase tanto, o si simplemente estaba pasando por una época de mierda. Es decir, por lo que me habían contado, aquella era una época de mierda. Me dije: chico, no le juzgues tan rápido. No hasta que la conozcas. Pero ya sabía algunas cosas de ella, y no es que me hicieran demasiada gracia. Tenía mis reservas. Y el hombro húmedo de lágrimas. Me las limpié con la mano, y luego en la bata.
"¿Estás bien?", le pregunté, de todos modos. Había sentido su pena; tenía que hacerlo. ¿Cómo iba a hacer otra cosa? ¡No soy un monstruo, hombre!
"Sí", mintió. "No te preocupes, Naruto-kun."
Y nos enlazamos por los ojos. Tenía la mirada verde. La mía era azul. Supongo que complementaban bien.
"No deberías decir cosas que no sientes", le aconsejé. "Ni siquiera por piedad."
Ella parpadeó un poco, extrañada, y me tomó de la mano para ponerse en pie.
"Quédate la silla", le dije, sentándome en la camilla de Tayuya. "Yo estoy bien aquí."
"Gracias, Naruto-kun."
Así que recogió las flores, las puso en la mesa, y se sentó. Yo reboté sobre el colchón, jugando con sus muelles, o al menos todo lo que me lo permitía su blanda estructura. Kakashi se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados, y Jiraiya siguió en su silla. Siendo tan grande como era, parecía que le quedase pequeña.
"¿Ya está todo preparado?", preguntó. Se dirigía a Kakashi.
"Sí. Desde hace un buen rato, de hecho."
"¿Ah, sí? ¿Habéis comenzado temprano?"
"La verdad es que", comenzó Sakura, pero tuvo que detenerse a sonarse la nariz con un pañuelo. "La verdad es que a Kakashi-sensei se le hizo tarde." Sonrió. Le quedaba bien la sonrisa.
El aludido se encogió de hombros.
"Iruka-san está ya en la Academia. Cuanto antes vayamos, mejor. Tampoco es cuestión de tenerlo ahí esperando."
"Más", añadió Sakura. Parecía haberse recompuesto un poco.
Su sensei estrechó el ojo visible. "Veo que te encuentras mejor, Sakura-chan."
"Un poco", dijo ella, frotándose los ojos.
"Me alegro. En fin, ¿vamos yendo? No quisiera que Iruka-san se vuelva a enfadar conmigo. Es un ogro cuando se cabrea."
"Espera un momento", dijo Jiraiya. "Todavía tenemos que atender a una cosa. Naruto, ¿te importa echar un vistazo en el baño?"
"Ahí voy", dije, poniéndome en pie de un salto. Los recién llegados miraron con curiosidad cómo me acercaba a la puerta, y cómo tocaba la superficie con los nudillos; cómo la abría, muy despacito, al no obtener respuesta. "¿Tayuya-san? ¿Estás bien?"
Sakura levantó la cabeza como si tuviera un resorte en el cuello. "¿Tayuya? ¿Cómo que Tayuya?"
"Ahora te lo explico", dijo Jiraiya. "Naruto, si no te sientes seguro, puedo entrar yo."
"No te preocupes, Jiraiya. Todo controlado."
"¿Ahora te llama Jiraiya?", preguntó Kakashi, mientras yo entraba en el baño. Era un rectángulo pequeñito y opresivo con un lavamanos a la derecha, y una puerta a la izquierda. En la puerta, había un cartel donde ponía: "WC." Estaba entornada. Decidí no abrirla, por si acaso.
"Tayuya-san, ¿ha ocurrido algo? ¿Puedo entrar?"
¡Sin respuesta! ¡A lo mejor sí que había pasado algo, y todo! Podría haberse desmayado, o algo. ¡Podría haber intentado escaparse! Pero, ¿por dónde? No, eso no era posible. Nadie podía aparecer y desaparecer de la nada. Bueno, nadie, excepto gente como Jiraiya o el Tercer Hokage, pero Tayuya no era así. Ella sangraba como todos los demás, y vomitaba también. Por lo que yo sabía, alguien como Hiruzen vomitaría fuego, y mearía rayos que partirían montañas. ¿Que exagero? Tú no has sentido su chakra. A las personas así se les ve venir, porque son como calamidades naturales, y uno, que es mortal, se empieza a plantear cuestiones como la justicia divina, y por qué no me ha tocado a mí una porción más grande de la tarta. Ya sabes, esas cosas. Pero me estoy yendo por las ramas.
"TAYUYA-SAN. VOY A ENTRAR." Lo dije de manera que mis palabras sonaron en mayúsculas. Lo dije con precaución. Con el astronómico acojone de quien se pone delante de un elefante en estampida. Si me equivocaba, si no le pasaba nada, me estaría metiendo en la boca del lobo. ¡No! ¡En la de un tiburón! ¡En la de un volcán de ojos oscuros! Empujé la puerta con más cuidado del que había tenido nunca, y asomé la nariz por ahí. Olía bastante mal, pero de fondo se escuchaba el bajo parloteo de la cisterna. Lo peor habría pasado ya por las cañerías. Pero no veía a la chica. ¿Dónde estaría? ¿Dónde estás, Tayuya de mi vida? ¡No te habrá dado un chungo! La paranoia se extendió por todo mi cuerpo de una manera bastante absurda. ¿Y si me quedaba sin familia nada más haberla conseguido? ¡Venga ya, los dioses no son tan crueles!
¿O sí?
Con estos pensamientos azuzando mi corazón, más inmaduro él que los plátanos verdes, empujé por completo la puerta, y según di un paso para entrar, me encontré con una barrera de piel pálida y cabello mojado.
"¿Qué coño haces, pervertido?" Los mechones le caían por los hombros y se lo empapaban, le pegaban la tela a la piel, y chico, se veía a través de esa cosa, era una cosa maravillosa, un gran invento; pasé un ratito perdido en aquella textura empapada cuando los dedos de Tayuya me levantaron la barbilla, y luego se clavaron, usando el índice y el corazón, en medio de mi pecho. "No me mires así, que me enferma. Joder."
"Pensaba que te había pasado algo." Retrocedí unos pasos, hasta que mi culo quedó apoyado en el lavamanos. "Es que no respondías, ni nada. ¿Te has duchado?"
"¿Tú que crees, genio? ¿Y qué me va a pasar en un baño? ¿Me voy a resbalar? Gilipollas, si es que..."
Y compréndeme, las personas no somos de hormigón. Puede que sólo hubieran pasado algunos minutos desde que descubriera, sin comerlo ni beberlo, un repentino aprecio hacia aquella chica, pues era mi familia; y puede que comprendiera su situación, y sus orígenes, y todo eso me hiciera ser más paciente de lo que hubiera sido con otras personas, pero hombre, a uno se le enciende la mecha. Vamos, que me tocó las narices. Que me infló las pelotas. Me erguí delante de ella, puse los brazos en jarras, y, con toda la mala leche que es capaz de sentir una persona amable como yo, le dije:
"¿Tú quieres ver que hoy vuelves al quirófano?"
"¿Tú quieres ver que acabo lo que empecé?", me chilló ella, cogiéndome de la pechera, bueno, de la poca pechera que puede tener una bata de hospital; yo le aparté las manos, y la empujé hacia atrás, y le cogí del mismo sitio por el que ella me había cogido, sin contar, en mi ínfima experiencia, que en el caso de las mujeres, aquello es diferente. "¿Y ahora me tocas las tetas? ¿QUIERES MORIR?" Me apretó las mejillas con las manos, y si mi cara fuera la de una persona normal, habría estallado como un melón. Trastabillé, y casi tropiezo, pero recuperé el equilibrio, y le pillé la nariz entre dos nudillos. Giré.
"¡AY!", gritó ella.
"¡Ajá!", grité yo.
"Pero vamos a ver, ¿qué está pasando aquí?", dijo Jiraiya, abriendo la puerta. Nos encontró así, forcejeando; ella cogiéndome de la cara, y yo a ella de la nariz, y él se frotó las sienes con el índice y pulgar de una mano. Alzó las cejas, poniendo cara de estar hartísimo de todo, y nos cogió a ambos del pescuezo. Nos separó. "¿Pero sois niños, o algo? ¿No podéis estaros quietos UN SEGUNDO? ¡Un segundo! ¡Por el Dios! ¡No me pagan lo suficiente!"
"Es ella, que está amargada."
"Es él, que es imbécil."
"Sois los dos." De un empujón, nos puso en marcha hacia la puerta. "Venga, a la habitación. Y sin armar jaleo, ¿entendido?"
Allí ya no olía ni a vómito, ni a baño, ni a desinfectante y jabón. Menos mal, tengo la nariz sensible. Olisqueé el aire, allí había varios aromas. Los sentí como si los tuviera pegados a la cara. Como si estuviera comprobando los distintos productos de una perfumería. Me fijé que el suelo aún desprendía un casi imperceptible olor a la lejía que fregó la sangre del doctor; mis sábanas olían, ya desde aquí, a óxido y a metal, la sangre de Tayuya. ¿Siempre había tenido ese sentido del olfato? ¿Era siempre así, o sólo cuando me concentraba? Olisqueé más. Sólo cuando me concentraba. Pero no necesitaba hacerlo para notar el perfume a flores de cerezo de Sakura; los restos del arroz con ternera y bambú en el aire. Salimos del baño, y me fijé en Kakashi: él no olía a nada. A nada en absoluto. Invisible para mi nariz. Pensé: a lo mejor es que los shinobi son así, como muy discretos. Qué va. Jiraiya olía a tinta y a alcohol. ¿Tayuya? Al jabón de manos con el que se había lavado el pelo. A sangre seca. A madera. Y algo muy familiar que no reconocí.
"¿Todo bien ahí dentro?", preguntó Kakashi; parecía relajado, pero no le quitaba la mirada de encima a Tayuya.
"Sí", respondió Jiraiya, saliendo por la puerta justo detrás de nosotros. "Sólo una pelea de enamorados."
"Muy gracioso", le dije, volviéndome a sentar en la camilla de Tayuya; por su parte, ella se contentó con echarle una mirada asesina, y caminó hasta la ventana, lo más lejos posible de nosotros. Miró hacia afuera: hacía sol. Las nubes blancas se mezclaban con las grises como en un lienzo. Libertad. ¿Era eso lo que veía en el exterior? ¿Eso, o sólo una jaula más, una del tamaño de una aldea? Pensar sobre ello, de todos modos, tenía poco sentido. Uno no se puede meter en la cabeza de otra persona. Sólo puedes hacer conjeturas más o menos acertadas. Por eso, creo yo, nunca seremos capaces de entender de verdad a los demás: el obstáculo de sus experiencias, y el de nuestro ego, juntos, son insalvables.
Insalvables como el rencor que sienten algunas personas.
"¿Qué hace esta zorra aquí?"
Era Sakura. Estaba de pie; la silla cayó al suelo. Le temblaba el labio inferior. Apretaba los puños. Nubes negras en el corazón.
"Sakura-chan", le advirtió Kakashi. "Cálmate."
"¿Cómo me voy a calmar, Kakashi-sensei? ¿Cómo voy a hacerlo? ¡Ella se llevo a Sasuke-kun! ¡Ella y los otros...monstruos del Sonido! ¿Qué hace aquí con nosotros?"
"¿Y a ti qué te importa, niñata?"
Claro que iba a acabar asi. Tayuya mirándola de reojo, su expresión encendida en llamas; Sakura dando un paso, luego otro, alarmándonos a todos (¿acaso en aquel mundo sólo había espacio para el conflicto?) y deteniéndose únicamente ante la orden de Jiraiya:
"Quietas. Ahora."
Los cachorros se quedan quietos cuando el lobo enseña los dientes. No había mucho margen de maniobra. Debían obedecer. El proceso consciente, el conocimiento instintivo. Era algo que te dice la sangre. Alerta: peligro. Has cruzado la línea. Mejor no dejarla mucho más atrás. Sakura se detuvo donde estaba. Tayuya se cruzó de brazos, de espaldas a la ventana. Ni siquiera nos miraba directamente, sino a la televisión, donde no se veía nada.
"Si pensáis que voy a seguir siendo vuestra niñera, os equivocáis. Sois ninjas. Comportaos como tales, ¿entendido? No os voy a pasar ni una más."
Y hasta ahí llegaba nuestra insubordinación. En el fondo, tenía razón; nos estábamos comportando como imbéciles. Los tres. Yo lo sabía. Otra cosa es que quisiera reconocerlo, claro. Mira a Kakashi: él lo sabía también. Claro que lo hacía. Bueno, o eso creí entender. Era una persona difícil de leer; todo en él me daba una sensación bastante neutra. Su rostro parecía el de un espantapájaros. Seguramente sangraría paja, como ellos.
"Jiraiya-san tiene razón", dijo, y aquella voz llena de agotamiento le quedaba que ni pintada cuando suspiró, muy profundo, y tomó a Sakura desde atrás, por los hombros. "Sentirnos furiosos es algo humano, pero recuerda esto: somos shinobis antes que humanos, Sakura-chan."
Ella se mordió el labio. Un poco más fuerte, y los dientes perforarían la piel.
"Pero, Tayuya-san", añadió Kakashi. "Sasuke Uchiha no sólo fue su compañero, sino también mi alumno."
Dicho esto, guió a Sakura hasta la salida, por los hombros, hasta quedar justo en la entrada. "Naruto-kun", dijo, sin mirarme. "Tu uniforme está en la bolsa que traje. Póntelo. Te esperamos abajo, ¿de acuerdo? Tienes cinco minutos."
La puerta se cerró, un poco más fuerte de lo que debería. Pues iba a ser que incluso el espantapájaros tenía sangre en las venas.
La bolsa de papel marrón estaba sobre la mesa. Me acerqué, la abrí, y saqué la ropa.
"¿Esto es mi uniforme?"
"¿No te gusta?", preguntó Jiraiya.
"Es ridículo."
Lo extendí sobre la mesa. Era muy naranja. Y muy chillón. ¿De verdad era ese el uniforme que solía llevar Naruto? No parecía el tipo de ropa que debiera llevar un ninja, ni nadie en general. Lo toqué: al menos parecía cómodo. Algo es algo, ¿no? Hay que ver el lado positivo de las cosas. Pensé: Si me pongo a pensar que tengo que salir así vestido, me voy a amargar, y mucho.
"Pues te encantaba, por eso lo mandamos a arreglar. Pensé que te gustaría tenerlo de nuevo."
"No quiero ser desagradecido, pero no me gusta un pelo."
"Es una pena, pero no te queda otra que ponértelo. Ahí tienes el baño. Venga, mueve el culo, Naruto."
¿Qué iba a hacer? Cogí las cosas, me metí en el baño, y cerré la puerta. Ahí mismo me desvestí, contento de quitarme de una vez aquella dichosa bata. No estaba tan contento con la ropa que tenía que llevar, pero bueno, yo qué sé. Hay cosas peores en esta vida. Me puse los calzoncillos, los pantalones, las sandalias, y luego la camiseta y la chaqueta. Como hacía calor, la dejé abierta, y me subí las mangas hasta la mitad del antebrazo. Así mejor. Ahora, a lavarme un poco la cara. El agua estaba fría, justo lo que necesitaba. ¿Y de vuelta en la habitación? La chica pelirroja todavía absorta con el paisaje más allá de la ventana. El viejo de la larga melena, sacando dos objetos del fondo de la bolsa. "No te olvides de esto"; una protector, y un collar.
Cogí el protector con las manos. Tela azul, y plateado metal. El símbolo de la Hoja en medio. La textura del metal era lisa, dura, y seca. Pesaba más de lo que esperaba. Lo dejé en la mesa; cogí el collar, y sentí algo especial en él. Me lo puse. Luego, volví a tomar el protector, y me lo colgué al cuello también, bien suelto, para que no molestase. Ya estaba preparado, o eso se suponía. ¿Preparado para qué? Pues a saber, tú.
"Me voy", dije. "¿Venís conmigo?"
"No", respondió Jiraiya. "Tayuya-san y yo tenemos algunas cosas de las que hablar."
Asentí, caminé unos pasos hacia la puerta, me di la vuelta. "No armes mucho jaleo, Tayuya-san", dije, y unos instantes después, ya estaba fuera.
Lo estaba deseando. ¡El alta, por fin! ¡Por fin fuera de aquel antro desinfectado! Hay algo en los hospitales que le drena a uno el alma. Conforme me alejaba de la habitación, la grave voz de Jiraiya se iba difuminando en el aire. Mis pasos se iban haciendo más suaves, más ligeros, más libres; incluso sonreí al primer doctor con el que me crucé. Le dije adiós agitando la mano. Era maravilloso dejar de ser un paciente, pues el paciente sólo espera. Hace uso de su paciencia, vaya. A mí eso de esperar no me hace ninguna gracia. Me toca bastante la moral. Me hace sentir estancado. Y lo que se estanca, se muere.
En los pasillos, más puertas como la mía, de seguro repletas de pacientes. Alguna enfermera, o algún doctor, revoloteando como las abejas; corchos en las paredes con pósters: lávese las manos, mantenga silencio, muérase sin molestar demasiado. Lo normal, supuse, en lugares como aquellos. Las escaleras bajaban a otro piso igual que aquel, sólo que algo menos vacío. Seguí bajando hasta la entrada. La entrada doblaba como sala de espera. Cuánta gente; viejos, enfermos, heridos, bebés llorando en los brazos de sus madres. Tsunade pasó por delante de mí, caminando como si corriera; apenas me saludó con la cabeza, estaba ocupada. Las dos coletas rubias desaparecieron por el pasillo de la derecha. Había un cartel: ponía QUIRÓFANOS. ¿Iba a salvar vidas? Suerte, entonces. Yo iba a recuperar la mía. O a comenzarla, según como se mire. Esquivé a algunos pacientes, maldije a un niño y a su llanto incesante. Las puertas que daban a la salida eran cristales limpios como el corazón de una santa. También tenían las mismas huellas en su superficie. Tres escaleras, y estaba fuera. En el mundo exterior, donde las cosas pasan sin cuentagotas. Donde no hay camillas, sino camas, y la comida no sabe como lo hace el agua.
Estaban de pie, justo en la salida, al lado de donde los civiles aparcaban las bicicletas. Bicicletas de todos los colores y formas, todas más lentas que cualquier shinobi. Debía de ser una tortura estar sujeto a esa clase de limitaciones. Pero eso es otro tema. Me acerqué a ellos, dije hola. No supe si ser formal o amigable. Elegí ser neutro, como el jabón de la ducha. Kakashi cerraba su único ojo al sonreír, parecía amistoso. También parecía ser muy cerrado, de la manera en la que lo es un sótano. Caminaba delante de nosotros con una contagiosa tranquilidad. Sakura se puso a mi lado; volví a oler su perfume. Por el camino, me dediqué a pasear la mirada por todas partes, agradecido de poder respirar un poco de aire fresco. La aldea me gustaba, parecía agradable. Las palomas iban de tejado en tejado como si tuvieran todo el tiempo del mundo. En ocasiones, las difuminadas siluetas de ninjas con prisa pasaban casi volando por encima de los edificios, y espantaban a las aves. En una de las calles había un mercado; vendían manzanas, naranjas, plátanos, e incluso granadas. Todo tenía una pinta estupenda, y los vendedores nos daban la bienvenida a sus puestecillos aunque no nos parásemos en ellos. Si así era la vida, no parecía estar tan mal.
"¿Cómo te encuentras?", me dijo Sakura, y le dije que maravillosamente, pero no me creyó. "¿Seguro?", insistió, y le dije que sí, que segurísimo, y para cambiar de tema, le pregunté dónde estaba la Academia. "Sólo un par de calles más allá", dijo. "Llegaremos enseguida." Bien, eso estaba bien. Necesitaba que las cosas se movieran, que aligerasen su peso a través del tiempo. Aunque mi memoria sólo alcanzaba hasta el día anterior, sentía que había pasado demasiado tiempo en aquel hospital. Cualquiera que escuchase mi historia pensaría: ¿y cuándo dejaremos este lugar? Y lo diría con razón, amigo. Con mucha razón.
La Academia era más bonita de lo que esperaba. Era uno de esos lugares que te hacen sentir nostalgia aunque no tengas nada que ver con ellos. El sol se reflejaba contra las pequeñísimas ventanas y las hacía impenetrables; detrás de la academia, y elevándose como la fiebre, había cuatro rostros tallados en la roca canela. "¿Y esos?" Sakura siguió mi dedo, y me dijo que eran los Hokages. De izquierda a derecha, desde el primero al último.
"Ese es Hashirama Senju, y a su lado está su hermano, Tobirama. Luego está Sandaime-sama, bueno, de joven, y el de la derecha es Fugaku Uchiha." El último de los rostros era el más serio de todos, y en cada uno de sus ojos habían tallado tres marcas en forma de espiral. "El padre de Sasuke-kun", añadió, sonaba triste.
"Me pregunto cómo será ser hijo de un Hokage", pensé en voz alta, para luego añadir: "Seguro que no tan bien como lo pintan."
Entramos a la Academia, estaba desierta. Seguimos el pasillo de la entrada hasta una salida que daba a la parte de atrás, un pequeño campo de entrenamiento con suelo de fina tierra. Más allá de él, un pequeño bosquecito se alargaba hasta la montaña, y cerca del linde pude ver una línea de seis dianas de paja. Un hombre de pelo castaño lanzaba kunais a una de ella, y casi todos acertaban justo en el centro.
Kakashi se acercó a él. "Iruka-san", y el otro se giró hacia nosotros. Una enorme sonrisa se abrió camino en su boca al verme, y dijo mi nombre en alto, más bien lo exclamó; yo le tendí la mano, pero lo que él hizo fue removerme el cabello. Me trataba con mucho afecto.
"¡Me alegro mucho de verte, Naruto!" La cicatriz que le surcaba el rostro en horizontal se movía un poco cuando sonreía. Llevaba chaleco militar, y el protector de Konoha al frente. Una coleta apretada, alta. Piel morena, voz agradable de escuchar.
"Gracias, pero, eh, no tengo muy claro quién eres."
"Naruto ha perdido la memoria", aclaró Kakashi ante el estupor de su colega. "Ya te mencioné algo al respecto."
"Sí, pero una cosa es que me lo digas, y otra verlo." Se acuclilló frente a mí. "Naruto, ¿de verdad no te acuerdas de mí?"
"Pues no."
"¡Pero será posible! ¡Soy Iruka! ¡Iruka-sensei! ¡Cómo has podido olvidarte de mí, bobo!" Me dió un golpecito amistoso en la cabeza, sin perder esa sonrisa que le hacía parecer inofensivo. Una sonrisa de oveja. "Ya tendrás tiempo para recordar lo que haga falta. Lo importante es que estás bien."
"Gracias", le dije. "Uno hace lo que puede."
Una palmada, se puso de pie. "Bueno, no perdamos tiempo. El señor Hokage me ha pedido que evalúe tus habilidades. Después de lo que te ha pasado, sería comprensible que se hayan deteriorado, o que hayas perdido algunas. La memoria afecta, sobre todo, a tu capacidad de recordar y hacer jutsus. Depende del caso, puede ser más o menos grave; esperemos que no tengas muchos problemas. Como no sabemos exactamente qué recuerdas y qué no, te pasaré el material de estudio de la Academia. Léetelo bien: aunque te acuerdes de algunas cosas, no vendrá mal que las repases. Pero bueno, eso es el menor de los problemas. Lo verdaderamente importante es que puedas ejercer como shinobi."
Dijo todo esto con mucha seguridad, como si estuviera acostumbrado a hablar y a dar lecciones. "Así que", siguió, "voy a hacerte un pequeño examen. En concreto, evaluaré tus capacidades en lo que respecta a taijutsu, ninjutsu, y shurikenjutsu. Kakashi-san y Sakura-chan serán nuestros compañeros de entrenamiento, y realizarán las mismas actividades. Yo también lo haré; seremos como varas de medir para ti. Ella es una genin, como tú; yo soy un ninja de rango medio, y Kakashi, un ninja de élite. Haremos los ejercicios primero; después irás tú, y ya veremos cómo te comparas con nosotros. ¿De acuerdo? ¿Tienes alguna pregunta?"
De hecho, tenía una. "¿Cuál es el nivel que se espera de mí? ¿Cómo de fuerte debería de ser?"
Se llevó una mano a la barbilla, pensativo. "Si tuviera que ubicarte en algún lugar, estarías en el escalón inmediatamente inferior a un ninja medio. Quizá un poco más que eso, pero no mucho. Venga, no me mires con esa cara: es algo bueno. En lo que respecta al combate, estás entre los mejores de tu promoción. E incluso creo que deberías estar por encima de algunos ninjas de rango medio. Lo que pasa es que te falta experiencia como ninja, y también un poco de madurez."
"Hay algunas habilidades básicas que nunca desarrollaste", dijo Kakashi. "Tampoco es que atendieras mucho en clase, te faltan conocimientos. Eso resta puntos."
"Sólo sabes ir de frente", apuntó Iruka. "Cada vez que tienes un problema, lo golpeas hasta que se soluciona."
"Si lo sé no pregunto", me quejé. "Parece que estábais esperando para decirlo."
"Ya te lo había dicho muchas veces, lo que pasa es que no escuchas", sonrió Iruka. "O no escuchabas. Dejémoslo así, en pasado. ¡Ahora, escucha lo que te diga tu sensei! ¿De acuerdo? ¡Palabra por palabra!"
A la chica del pelo rosa, Sakura, se le escapó una risita. Yo la pillé justo en ese momento, y aunque de inmediato puso cara de póker, me dio tiempo a pensar que verla reír no me disgustaba.
"Empecemos por el shurikenjutsu", anunció Iruka, tendiéndome dos pequeños cartuchos de cuero que pesaban un quintal. Estaban llenos de shuriken, y unos cuantos kunai. Muy amablemente me enseñó la manera correcta de atármelos a la pierna, y mientras Kakashi y Sakura se sentaban a unos metros de nosotros, me hizo una demostración de cómo se lanzaban aquellos proyectiles. Tenía bastante buena puntería. Debía de haber practicado mucho. Lanzó tres kunai, y todos dieron en distintos puntos del círculo central de la diana. Pasó lo mismo con los shuriken que vinieron después. Seis de seis, muy bien. Ahora tocaba comprobar si yo podía hacer lo mismo. "No soy la persona más hábil con los shuriken", dijo, "pero acertaría a la mayoría de mis objetivos, aunque fueran móviles. Mi nivel es lo que uno podría esperarse de cualquier chūnin. Ahora, Sakura-chan, prueba tú."
Se levantó de un salto, estaba más animada. Ya no lloraba a cántaros, menos mal, ni tenía esa cara como de funeral. Claro que seguía vistiendo de luto, y ver esa clase de ropas en una adolescente como que me removía algo en las tripas. Las cosas no deberían ser así. Pero lo eran, así que a callarse. Los dos primeros kunai dieron en el círculo central, y el tercero, un poco más a la derecha de éste. Pero todos los shuriken acertaron, así que se dió por satisfecha. "Como ves, aunque sea una genin, Sakura-chan es capaz de acertar al objetivo de manera consistente, pero tendrá más dificultades a la hora de golpear blancos móviles, y su índice de fallos es superior al de un chūnin. Gracias, Sakura-chan, puedes retirarte a un lado si quieres." Ella lo hizo, y esta vez fue Kakashi quien se levantó. "Ya has visto el nivel de un genin y el de un ninja medio. Ahora, le toca a Kakashi-san, un jōnin de alto nivel. Presta atención a sus movimientos, ¿quieres?"
Más fácil decirlo que hacerlo. El tipo andaba con las manos en los bolsillos, muy tranquilo, casi aburrido. Colocó los pies junto a la línea de lanzamiento, dibujada en la arena a una buena distancia de las dianas, y con un sólo movimiento, más rápido de lo que pudieron seguir mis ojos, lanzó algo contra ellas. Tres kunais golpearon el perfecto centro de tres dianas diferentes. Y una fracción de segundo más tarde, un shuriken se clavó encima de cada kunai. Kakashi devolvió las manos a sus bolsillos, dijo un desinteresado "tachán", y se apartó a un lado, junto a Sakura.
"La leche", dije. "¿Cómo has hecho eso?"
"Pura suerte", me respondió, encogiéndose de hombros.
Iruka se aclaró la garganta. "Su habilidad es resultado de su intenso entrenamiento, y —si me permites la opinión, Kakashi-san— de la labor de un gran sensei al que sí escuchaba. Podrás llegar a ser como él si muestras la misma actitud."
"O no", dijo Kakashi. "La verdad es que soy bastante bueno."
Muy gracioso el espantapájaros. No le dije nada, pero te aseguro que lo miré fatal.
"Naruto, ahora te toca a ti." Iruka aplaudió un par de veces, muy suave, y me llevó hasta la línea en el suelo. "Venga, inténtalo. No te preocupes demasiado por los resultados, tú sólo hazlo, ¿vale?"
El sol me pegaba en la nuca como un pequeño horno. El sudor se me resbalaba por ella, y picaba. Me puse en posición, abrí la cartuchera de arriba, y saqué un kunai. El tacto de su mango se sintió familiar contra la palma de mi mano. Vamos, puedo hacerlo. Esto está chupado. Puse la mira en la diana que tenía en frente. En el círculo en su centro. Me concentré tanto que el círculo pareció hundirse como un agujero, como un abismo. Yo lo miré, y él me devolvió la mirada. Dispara, parecía decirme. Dispara si te atreves.
¿Que si me atrevo? ¡Ahora verás!
¡Atento! Mi brazo se echó hacia atrás como un relámpago, y con la misma fuerza lo descargué, apuntando al centro, al centro absoluto de aquella diana; el kunai cortó el aire, apenas una mota de color oscuro, y su glorioso viaje acabó diez metros más allá de la diana, en el suelo, hundido en la tierra y el polvo.
"Oh. He fallado."
"Claro que lo has hecho, Naruto. Así no se tira un kunai. Parecía que estuvieras lanzando una lata de refresco, o algo así."
"Vamos, Iruka-sensei, no seas tan duro con él", dijo Sakura. "Es su primer intento."
El segundo no fue mucho mejor. Esta vez apunté con más cuidado, y lancé el kunai de distinta manera, intentando imitar cómo lo había hecho Iruka. Pero al concentrarme tanto, mi movimiento fue mecánico, artificioso; y encima, demasiado débil. El kunai golpeó la diana, pero no se clavó. Aquello era más difícil de lo que parecía. ¿Cómo podían hacer que pareciera tan fácil? ¿Y si lo era, y el problema era mío? ¿Ni siquiera era capaz de acertar un maldito cuchillo? A ver si iba a ser un inútil, o algo.
"Naruto, tienes que concentrarte", dijo Iruka. "Inténtalo otra vez."
Tercer kunai. Misma diana. No estaba muy seguro de mí mismo, pero no me quedaba otra alternativa que seguir adelante con aquello. Apreté el puño, y los dientes, tensé los músculos. Esta vez tenía que acertar. No podía ser tan inferior a ellos.
"Cálmate", dijo la voz en mi interior. "Relaja el cuerpo y la mente. Tu cerebro no recuerda, pero tu carne sí. Escucha lo que tiene que decirte."
Las palabras no eran muy distintas de cualquier pensamiento, pero sabía que no eran mías. Hablaban con la misma voz, pero con una distinta a la vez. No necesité una razón para confiar en ella. Sentía que podía hacerlo. Que era lo correcto.
Inspiré profundo, llené los pulmones. Luego solté el aire, despacio.
"Eso es, deja que fluya. No opongas resistencia. Él sabe lo que tienes que hacer."
Dejar de pensar.
"Aquí estan tus manos..."
Sólo actuar.
"Allí está la diana..."
De repente, una pieza encajó dentro de mí.
"¿Acaso necesitas algo más?"
El kunai impactó en el centro de la diana, la atravesó, y siguió volando en línea recta para clavarse, hasta la empuñadura, en uno de los árboles que había a más de veinte metros mi objetivo. Sucedió tan rápido que, desde mi perspectiva, fue algo instantáneo. En un instante, estaba en mi mano; al siguiente, hundido en aquel tronco. Tan sencillo como eso. El hormigueo en mi cuerpo se sintió genial; las caras de mis acompañantes eran, por decirlo de alguna manera, un auténtico poema.
"¿He hecho algo mal?", pregunté, algo confuso.
"No, no, Naruto, es sólo que..."
"¿Qué?"
"Nada, sigue. Bien hecho. Pero intenta no romper la diana esta vez."
Bueno, podía intentarlo. Mejor probar con los shuriken: me coloqué frente a otra diana, despejé la mente, y lancé el primero. Justo en el centro. El segundo se clavó medio centímetro a su izquierda. El tercero, medio centímetro a su derecha. ¡Bien! ¡Podía hacerlo! Me sentía exultante. ¿No lo has pensado? Es como una droga, esto de hacer las cosas bien.
"¿Qué te parece, Iruka-sensei? ¿Sigo en forma?"
"Eh..."
"No me digas que he empeorado."
"Al contrario, Naruto", dijo Kakashi. Tenía el ojo entornado, y clavado en mí. "Nunca te había visto hacer algo así."
"¿De verdad?", pregunté, extrañado. "Es decir, sólo me he dejado llevar un poco."
"Hazlo una vez más. Quiero verte bien."
¿Por qué no? Hice lo que me pedía. Lancé unos cuantos kunais, y algunos shuriken, y cada vez era más sencillo encontrar la cantidad justa de fuerza, los movimientos adecuados; me salía de dentro, tan natural como respirar, como tragar, como quedarme dormido. No fallé ni una sola vez. Detrás de mí, oí cómo Sakura preguntaba "¿Desde cuando Naruto es así?" a Iruka. Él respondió: "no lo sé", y yo seguí a lo mío con más ganas que antes. Todos mis lanzamientos fueron perfectos, e incluso probé a apuntar a más de una diana a la vez; era capaz de acertar a dos, incluso tres, sin mucho problema, aunque no podía hacerlo con la facilidad de Kakashi. Aún así, aquello se me daba fenomenal. ¡Me estaba emocionando y todo!
"Ya vale, Naruto. Lo has hecho muy bien", dijo Kakashi, y tras una pausa: "Diría que hasta demasiado bien."
"Parece ser que el shurikenjutsu no va a ser un problema", comentó Iruka. "Movámonos...movámonos a la siguiente prueba. A ver, formemos un círculo."
Así hicimos.
"Muy bien, es el momento de pasar al ninjutsu. Empecemos por la técnica más básica: la transformación. Veamos..." Iruka juntó los dedos en un sello, y con una pequeña explosión de humo, se transformó en una copia exacta de Kakashi. Hasta su voz era igual cuando dijo: "Es fácil, pero tiene truco. Te costó un poco dominarla en su momento, pero ahora...Visto lo visto, no sé qué esperar." Otra nubecita de humo, y volvía a ser Iruka. "Sakura-chan, Kakashi-san, si sois tan amables..."
Ambos hicieron el mismo gesto, y de pronto ahí no había sólo un Iruka, sino tres, todos iguales hasta la médula. Era una cosa sorprendente, si lo piensas. ¿Tan fácil era robarle la identidad a una persona? Las aplicaciones que podía tener semejante técnica eran infinitas, y la mayoría de ellas, seguramente ilegales, pero tan atractivas... Mejor no pensar en eso. Mejor centrarse en la tarea entre manos. En un abrir y cerrar de ojos, los dos nuevos Irukas volvieron a ser las personas que eran antes; de modo que era mi turno. Vamos a ello.
"Vale, Naruto, te toca. Recuerda: tienes que formar este sello y..."
¡Pof!
El humo se disipó casi al instante, y allí estaba yo, un nuevo Iruka, o eso esperaba. Miré alrededor, a los demás, y había algo distinto, algo nuevo. No me digas que la he cagado, llegué a pensar, pero luego me di cuenta de que simplemente, les estaba mirando desde un cuerpo bastante más alto que el mío. Me miré las manos: eran más grandes, y más morenas. Llevaba otra ropa, un chaleco militar. En el pecho, un protector de Konoha.
"¡Lo he hecho! ¡Y a la primera! ¡Sí, joder!" Y volví a mi forma original, tan rápido como la había abandonado. Una vez más, los tres me miraban como si tuviera monos en la cara. "¿Qué pasa?", pregunté. "¿Tampoco sabía hacer esto antes?"
"Sí sabías", respondió Iruka, acariciándose las mejillas con el índice y el pulgar. "Pero..."
"¿Pero...?"
"Hazlo otra vez", me dijo. "Necesito comprobar algo."
¿Iba a tener que repetirlo todo? Desparecí en otra nubecilla, y ahí estaba otra vez mi copia de Iruka. Luego más humo, y se acabó. Vamos, lo mismo que habían hecho ellos. ¿Qué tenía de raro?
La cara de Iruka se arrugó un poco más. "Kakashi-san, ¿es esto normal? ¿Es algo que le has enseñado?
"La verdad es que es la primera vez que lo hace."
"¿Me podéis explicar qué pasa?"
Iruka se volvió hacia mí, sus brazos cruzados con firmeza. "Naruto, te has transformado sin utilizar ningún sello."
"¿Qué hay con eso?"
"No deberías poder hacerlo. Es decir, yo no puedo. No de esa manera, sin usar sellos, y tan fácilmente."
"No sabía que era tan difícil."
"La transformación es una de las técnicas más básicas", dijo Kakashi. No dejaba de analizarme con aquella cara llena de desconfianza. "Pero hacerlo de esa manera, sin sellos manuales, es mucho más complicado. No es algo que pueda esperarse de un genin."
"Será que tengo talento."
"Es es el problema, Naruto: no lo tienes", sentenció Kakashi.
"Has crecido mucho, pero siempre gracias al trabajo duro", dijo Iruka. "Has tenido que trabajar más que nadie para llegar a donde estás. Por eso, que ahora muestres este cambio tan repentino..."
"...es muy extraño", terminó el otro.
"Pero vamos a seguir. Está claro que puedes manejarte con el jutsu de transformación. Es decir, eres capaz de acumular chakra, y moldearlo de una manera determinada usando la concentración. Muy bien. Ahora, sigamos con otros tipos de jutsu."
"Iruka-san, un momento", intervino Kakashi. "Antes, quiero que Naruto haga algo." Me puso una mano en el hombro, y señaló hacia el bosque. "¿Ves ese árbol? Quiero que lo subas."
"¿Que trepe por él?"
"No, que camines por el tronco, hasta las ramas de arriba."
"Pero me voy a caer."
"Si lo haces bien, no lo harás. Sakura-chan, ¿puedes enseñarle cómo se hace?"
"Claro. Vamos, Naruto-kun."
La seguí hasta los árboles de la entrada del bosque, y nos plantamos justo delante del mismo donde había quedado incrustado mi kunai. Era un árbol muy alto, de gruesa corteza y hermosas hojas verdes. Cogí la empuñadura del kunai, y tiré para sacarlo de ahí, pero no se movía. Estaba muy bien clavado.
"Vale, te explico", dijo Sakura, acercándose a mí. "Los ninjas podemos concentrar el chakra en distintas partes del cuerpo. ¿Recuerdas cómo se hace?" Asentí. "Esto se puede utilizar para muchas cosas. Por ejemplo, Tsunade-sama concentra el chakra en sus puños para golpear mucho más fuerte de lo normal; y una persona que quiera utilizar el Jutsu: Gran Bola de Fuego, lo concentrará en su estómago y su pecho. Si lo que queremos es caminar por las paredes, o sobre el agua, tendremos que concentrarlo en los pies. Así."
Una finísima capa de chakra azul se formó en sus pies. Ella parecía encantada enseñándome lo que sabía, sonreía un poco, alejándose por un momento de la sombría expresión que se le escapaba cuando creía que no la mirábamos. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que Sakura tenía una gran máscara puesta. Eso no podía ser sano, pero, ¿quién era yo para juzgarle? Sólo un nuevo desconocido.
"Una vez hayas concentrado tu chakra, tienes que mantenerlo estable. Eso significa que tienes que expulsar siempre la cantidad justa y necesaria. Si en algún momento te quedas corto, te caerás, y si te pasas, saldrás despedido." Apoyó un pie en el árbol, y luego dio un paso. Estaba pegada por los pies al tronco, como si fuera algún tipo de araña. Siguió caminando hasta llegar a la parte de arriba, su cabello colgando suelto hacia atrás; entonces me miró, debía de verme diminuto desde ahí arriba, y me dedicó una sonrisa un tanto menos convincente que la de antes. "Pues así se hace. Ahora prueba tú." Y se bajó de un salto. Cuando aterrizó a mi lado, miré aquellos ojos verdes como bosques y le dije:
"Si te soy sincero, creo que me voy a dar una buena."
Una risita. "Yo también lo creo, pero por algo hay que empezar."
Kakashi e Iruka se quedaron atrás, y se susurraban de manera que casi brillaban los secretos. Y pese a que mi oído era bueno, no podía entenderlos, pero tenía la impresión de que hablaban de mí. ¿Lo harían de verdad? Era posible. Sin duda, la vida invita a la paranoia. No hay voces inocentes para un ego arraigado; sólo juicios, amenazas, o alabanzas, dependiendo, claro, de qué tipo de hombre seas. A veces hay que elegir, ya sabes. Hay que elegir bien.
Al principio fue bien. Acumular chakra es sencillo, una vez sabes hacerlo. ¿Cómo se siente? Pues como un leve escalofrío, como calor, también, o como corriente estática, como muchas cosas. No sabría explicártelo con exactitud, pues no es una sensación constante, sino una sucesión, irregular y confusa, de muchas de ellas. Así que lo acumulé, y me llenó desde los dedos de las manos a las plantas de los pies, y luego hice que se disipara, excepto en este último lugar. El suave destello se hizo un lugar bajo mis sandalias. Apoyé el pie derecho en el árbol; quedó fijo a él. Entonces tomé impulso, di el siguiente paso, y luego otro más, pero mi pierna se deslizó sobre la dura corteza, y en mi intento de volver a pegarme a ella, envié más chakra a la planta de mis pies.
Un estallido me mandó volando de espaldas y contra el suelo. La caída fue tremenda. Qué dolor; me palpé la parte de atrás de la cabeza, donde me había golpeado, pero no tenía ninguna herida. Debía tener el cráneo de hormigón. Bueno saberlo.
Sakura se acuclilló a mi lado. "¿Ves? Eso es lo que pasa cuando te pasas con el chakra. Venga, inténtalo otra vez."
Cuatro intentos y dos golpes más tarde, estaba en la cima del árbol. Pillarle el truco me costó un poco más de lo que esperaba, pero una vez volví abajo, Sakura me dijo que había sido bastante rápido. Que la otra vez me costó muchísimo más, que requerí horas y horas de entrenamiento. Será como montar en bicicleta, le dije yo. Será como una de esas cosas que el cuerpo no olvida. Claro que yo no estaba muy seguro de que supiera montar en bicicleta. No creía que alguna vez lo hubiera necesitado.
Volvimos con Iruka y Kakashi, y el primero me dijo que enhorabuena, que lo estaba haciendo muy bien. Un aplauso para mí. El segundo no parecía tan convencido. "Hay algo que me preocupa", me dijo. "Pero todavía no puedo estar seguro." Le pedí explicaciones, no me las dio. Lo que hicimos fue seguir con las pruebas, y fueron muy variadas. Me hicieron caminar sobre agua, y me di unos cuantos chapuzones antes de conseguirlo, y unos cuantos más cuando me pidieron que corriera, y saltara, sobre ella. Tuve que aplicar chakra a mis puños, a mis shuriken, y fue fácil; el jutsu de sustitución, por el contrario, me costó un poco más. Midieron mi fuerza, y mi velocidad, y mi resistencia en pruebas hechas para cada uno de estos propósitos, y a estas alturas yo ya sudaba como un obrero bajo el sol. Debían de haber pasado ya un par de horas, y empezaba a tener hambre.
"¿Podemos comer algo?", pregunté.
"Cuando termines", fue la respuesta, y ahí se quedó la cosa.
Una vez acabamos con las pruebas básicas, llegó el momento de probar con mis técnicas. Tuve que demostrar que todavía podía usar el Kage Bunshin, y les llamó la atención que no tuviera ningún tipo de problema a la hora de utilizarlo. Mi respuesta fue: creo que nunca olvidé cómo hacerlo. Me pidieron que hiciera una copia, luego dos, y así hasta diez. Cada vez que aparecía una, perdía un pequeño porcentaje de mi chakra. Se me ocurrió que aquella técnica no era muy eficiente, e intenté minimizar el consumo de energías, pero sólo resultó en copias más débiles. Me hicieron luchar contra ellas como práctica, y caían como moscas. Apenas aguantaban dos puñetazos; la mayoría del tiempo, sólo uno. Esto me escamaba. Tenía que haber una manera de convertirlo en algo más práctico. La idea base estaba bien, pero le faltaba algo. Decidí que lo mejor sería consultar esto con otra persona, pues dos cabezas piensan mejor que una.
"Kakashi-sensei, ¿cómo puedo hacer para mejorar mi Kage Bunshin? Noto que usa demasiado chakra, y las copias no son muy fuertes. Entiendo que su fuerza son los números, pero aún así, no estoy seguro de que merezca mucho la pena."
"No suele merecerla. Tú puedes abusar de ella porque tus reservas de chakra son mucho mayores de lo habitual, y además, las regeneras a gran velocidad."
"¿Qué solía hacer con ellas?"
"Aprovechar los números para abrumar a los enemigos. Aunque a veces le dabas usos más creativos a la técnica."
"Ponme un ejemplo."
"Cuando aprendiste a usar el Rasengan, utilizabas una copia para formarlo correctamente."
"¿Qué es un Rasengan?"
"Una esfera de chakra concentrado, en espiral, formando una esfera. Se sostiene en la mano, y se golpea con ella, causando graves daños."
"No suena tan complicado."
"Las cosas a menudo no son como parecen ser."
"Así que yo usaba este Rasengan."
"Eso es."
"¿Qué otras técnicas utilizaba?"
Kakashi miró al cielo, como buscando respuestas, y no encontró ninguna. "Pues no muchas más. Básicamente, el Rasengan, y el Kage Bunshin. Y el jutsu de transformación, supongo. No tienes un arsenal muy variado, pero todo sea dicho, tus dos técnicas son de rango jōnin. Eso tiene su mérito."
"Aún así, no me hace mucha gracia. ¿Es normal que un shinobi conozca tan pocas técnicas?"
"No. Normalmente, aprendemos un abanico de jutsus básicos, muchos de ellos de tipo elemental. Los que pertenecen a un clan con técnicas propias, se especializan en esas. Diría que el shinobi medio, una vez alcanza su madurez, maneja entre diez y quince técnicas de uso habitual."
"Entiendo. Pero si yo sólo usaba esas dos técnicas, ¿significa que los Uzumaki no tenían técnicas particulares?"
"Claro que sí. Eran famosos por sus técnicas de sellado, lo que se traduce en un estilo de lucha completamente opuesto al suyo. Tú nunca estuviste interesado en aprenderlas, y de todos modos, no es que tengamos algún tutor Uzumaki en la aldea."
"No aprenderlas me parece un desperdicio."
"¿Ah, sí? Nunca pensé que te oiría decir eso. Estás muy raro, Naruto."
Me encogí de hombros. "Kakashi-sensei, por curiosidad, ¿cuántas técnicas conoces tú?" La pregunta pareció hacerle gracia. Le vi sonreír debajo de la máscara.
"Me alegra que me preguntes. Tú no lo recuerdas, pero para tu información, me conocen como el Ninja Copia."
"¿Te copiabas en los exámenes?", pregunté, pero sólo para tocarle las narices.
"No, idiota. Me llaman así porque copio técnicas a la perfección. Llevo haciéndolo muchos, muchos años."
"Estás esperando a que te pregunte la cifra, ¿verdad?"
Él hizo como si no me hubiera escuchado. "Ya que lo preguntas, Naruto, te lo diré: actualmente, conozco 1.386 técnicas."
"Estás de coña."
"Ya te digo yo que no."
"Kakashi-san es un shinobi conocido por todo el Continente", dijo Iruka, que hasta entonces nos había estado escuchando en silencio. "Todos estamos de acuerdo en que se cuenta entre los mejores jōnin de nuestra aldea, y probablemente de todas en general."
"Iruka-san, eres demasiado amable", dijo Kakashi, haciéndole un gestito con la mano. "No es para tanto." Menuda falsa modestia la suya. No se la creía ni él. Claro que lo que había dicho era interesante. Entre esas mil y pico técnicas, habría alguna que yo pudiera aprovechar...
Puse la mayor sonrisa que mis labios mi permitieron, y golpeé la palma de mi mano con el canto de la otra. "¡Claro!", exclamé, como si me hubiera tocado la lotería. "Kakashi-sensei es un gran shinobi, ¿verdad? Conoce muchísimos jutsus, ¿verdad?" A este punto, ya se lo veía venir, pero no podía hacer nada para evitarlo. Había generado la avalancha que le tragaría. Había alimentado al león que le acechaba. Se le veía en la cara: sabía que estaba jodido. "¡En ese caso!", dije, fingiendo un gran entusiasmo, "¡En ese caso, entréname, Kakashi-sensei! ¡Quiero aprender de ti! ¡No: de usted! ¡Enséñeme sus técnicas!"
Él apuntó las palmas de las manos hacia mí, y retrocedió como si hubiera visto un enjambre de avispas. "Vamos, vamos, Naruto, cálmate un poco, ¿quieres? Acabas de salir del hospital, y ni siquiera has acabado las pruebas."
"En realidad, es una buena idea", reflexionó Iruka, y el jōnin le echó una mirada que herviría el agua. "Por ahora Naruto lo está haciendo genial, y lo más probable es que supere el resto de pruebas sin problemas. Si lo hace, ¿quién mejor que tú para enseñarle? Al fin y al cabo, eres el líder de su equipo."
"Pero tú fuiste su sensei durante muchos más años que yo", se quejó Kakashi, que parecía muy alarmado por la posibilidad de tener trabajo extra. "Y necesita aprender muchos fundamentos básicos. Tú eres profesor en la Academia, se te dará mejor que a mí hacer eso."
"Eso es cierto", respondió Iruka, para el alivio de su compañero. "Entonces, será mejor que empiece conmigo, al menos hasta que domine todas las habilidades básicas que pueda necesitar."
"Por favor, tómate tu tiempo, Iruka-san", dijo Kakashi, con un gran suspiro. Luego alzó la voz: "¡Sakura-chan!" La chica estaba un poco más allá, dibujando gruesas líneas en la arena de la parte más amplia del descampado. "¿Ya has terminado?"
Qué bien se escapan algunos de las conversaciones que no les interesan.
"¡Sí, Kakashi-sensei! ¡Podéis venir!"
Así que dimos por zanjado el tema de mi entrenamiento, y nos acercamos a ella. Estaba acabando el último de los surcos; todos juntos, formaban un amplio rectángulo de unos veinte metros de largo, y diez de ancho. Me dijeron que entrara en él, y así lo hice. Me puse justo en el centro, y miré alrededor. Tenía la academia a la derecha, el bosque a la izquierda, y por encima de nosotros, en las montañas, los rostros de los Hokages con sus miradas muertas. Cuatro hondas líneas rodeándome como fronteras en un mapa. Apreté los dientes. No me hacía ninguna gracia estar encerrado, aunque fuera de manera figurada.
Iruka se adelantó, y puso los brazos en jarras. "¡Muy bien! Es hora de la última prueba. Ya hemos repasado el shurikenjutsu, y el ninjutsu; también has practicado el taijutsu con tus clones. Hasta ahora, has pasado todas las pruebas." Quise decir algo, pero él debió de adivinarlo. "Sé que hace falta que practiques el Rasengan, pero no te preocupes: de todos modos, tu entrenamiento con él no estaba completo. Ya tendrás tiempo para eso." Asentí, y le dije que vale, que de acuerdo. "Lo que tienes a tu alrededor es un ring. En la siguiente actividad, que es la última, librarás un combate de prácticas contra cada uno de nosotros, en orden ascendente: esto es, primero Sakura-chan, luego yo, y finalmente Kakashi-san. Todos podremos usar las técnicas y recursos que consideremos oportunos, pero siempre sin salir de las líneas dibujadas en la arena. Quien lo haga, será descalificado. ¿Te parece bien? ¿Sí? Genial. En ese caso, vamos a empezar. Sakura-chan, tú primero."
Los dos adultos se sentaron, y Sakura caminó hasta quedar a unos pocos metros de mí. Estábamos los dos dentro de aquel rectángulo, unidos por sus límites, y por las miradas, encajadas la una en la otra. Al principio me sonrió, pero luego dejó de hacerlo. Sus ropas oscuras se le pegaban al cuerpo allí donde se acumulaba el sudor, y cuando se levantaba brisa, su cabello rosado, meticulosamente cortado, agitaba sus mechones en el aire. Vi cómo tomaba aire, y lo soltaba despacio. ¿Estaría nerviosa? No era eso lo que sentía. Estiró la mano, y entre sus delgados y blancos dedos apareció un shuriken. Detrás de ella, Kakashi nos observaba, no, me observaba muy atentamente. Iruka bajó el brazo estirado. "¡Adelante!", gritó, y el shuriken salió disparado de las manos de Sakura. Lo miré mientras se acercaba a mí, rápido como un pensamiento, como el dolor, y saqué mi kunai de la cartuchera. El metal chocó con el metal, y luego, un destello de color rosa.
