CAPÍTULO 8: LA PRUEBA

El shuriken rebotó, rodeado de chispas; yo incliné la cabeza a un lado, y el kunai de Sakura pasó a escasa distancia de mi mejilla. Se detuvo ahí por un instante, como una extensión de su brazo estirado. Nos miramos el uno al otro, y tomamos aire. Esto sucedió casi a la vez, y como el mecanismo de un resorte, nuestras piernas nos impulsaron hacia atrás en un salto de varios metros.

"Eso ha estado cerca, Sakura-chan", le sonreí. Pero ella no me sonrió de vuelta.

Tres shuriken volaron hacia mí, todos directos al pecho. Los desvié con facilidad, y seguí con la vista los movimientos de la chica: se movía en un semicírculo hacia mi izquierda, su cabello estirado por la velocidad. Era más rápida de lo que aparentaba, pero no lo suficiente; atrapé el kunai que venía volando por mi ángulo muerto, e hice girar su pomo circular en mi dedo índice antes de devolvérselo. Su filo se clavó en el hombro de Sakura con un sonido sordo. ¿Qué? ¡Un tronco de sustitución! Toda la madera voló en pedazos con el impacto del kunai. Una hoja me cortó algunos mechones de la cabeza cuando me agaché para esquivarla. Estaba detrás de mí, y las dos cuchilladas siguientes pasaron peligrosamente cerca de mis ojos y mi cuello. ¡Sería bruja! Estaba apuntando a mis puntos vitales. ¿Acaso intentaba matarme? No. Dentro de ella no había ninguna intención asesina, sólo una fría oquedad.

"¡Oye, cuidado!", exclamé, esquivando un nuevo tajo. El siguiente fue una puñalada, dirigida al centro de mi cuello. Pero yo estaba preparado: con un paso lateral, desvié su muñeca con la mano derecha, y apoyé la otra palma en la parte de atrás de su codo, haciendo presión hacia dentro, con la intención de tirarla contra el suelo. Pero ella apoyó firmemente la planta del pie contra la tierra y endureció los músculos del brazo, de modo que la llave quedó incompleta. De un tirón, liberó el brazo del kunai, y me lanzó un terrible puñetazo con el izquierdo, pero mi patada frontal llegó antes. Un impacto directo, justo en el estómago. Sakura se dobló por la mitad, pero recuperó la compostura rápidamente, y con un gran salto volvió a poner distancia entre los dos. Cuando aterrizó, yo ya estaba detrás de ella: me agaché por debajo de su codazo hacia atrás, y aprovechando el impulso, enterré mi puño en su estómago, con un gancho que la hizo volar hasta el borde mismo del ring. Cayó al suelo como un saco de arena, y luego, en una escena sobrecogedora, su cuerpo se derritió como el hielo en el verano.

Abrí mucho los ojos: el mundo también se derretía. Los árboles, la arena, la montaña, la academia, Kakashi, Iruka, todo parecía deshacerse en infinitas manchas de pintura. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué me estaba pasando? Para cuando lo entendí, casi era demasiado tarde. Estaba en un genjutsu. Nada de eso era real. Todo estaba en mi cabeza, y en esos momentos de debilidad, Sakura estaría...

"Detrás de ti", dijo la voz.

Culpo a mi cuerpo, que reaccionó antes de que yo pudiera hacerlo. Antes de que pudiera poner límites a su fuerza. Fue como prender la llama de un mechero: bastó un clic, la realización de que estaba en peligro, para que los mecanismos en mi interior se pusieran en marcha con la violencia de un huracán. Mis músculos se contorsionaron y giraron con inhumana velocidad, y mi pierna derecha, dura como una barra de acero, cortó el aire en dirección a la cabeza de Sakura. Ella bloqueó en el último momento, poniendo sus brazos entre sus mejillas y el peligro, y el sonido de sus huesos al astillarse sonó demasiado alto, demasiado obvio, en aquellos momentos de intensa concentración. El choque fue brutal. La chica volvió a caer al suelo, esta vez de verdad, esta vez fuera del ring. Bastó eso para ganar. Pero no me sentía orgulloso.

"¡Sakura-chan!", grité, más sorprendido que asustado, mientras corría hacia ella. Me acuclillé a su lado, sin saber muy bien qué hacer, mientras Sakura se agarraba el brazo herido. "¿Estás bien?"

"Estoy bien", respondió ella, pero no sonaba bien en absoluto. "No ha sido nada."

"Naruto, aparta", dijo la voz de Kakashi, mientras se agachaba a mi lado. Sonaba más serio que de costumbre. "Deja ver ese brazo, Sakura." Ella obedeció, y él lo tomó entre sus manos; con sumo cuidado, exploró la piel y los músculos, lo movió poco a poco, y parecía que el movimiento más pequeño causase un intenso dolor a la chica. "No está roto, pero ha faltado poco."

"No quería darle tan fuerte", me disculpé. "Fue una reacción instintiva."

"Lo sé", dijo él. "La próxima vez, ten más cuidado." Kakashi levantó las manos, y con mucha rapidez formó cuatro sellos distintos. Una niebla verde le cubrió las palmas de las manos. "Te digo lo mismo a ti, Sakura. Has sido una irresponsable." Apoyó las manos en el brazo de la chica, y la expresión de ésta se relajó un poco. "Estarás mejor así. No te muevas."

"Gracias, Kakashi-sensei", dijo la chica, incorporándose un poco.

Iruka se cruzó de brazos detrás de mí. "Kakashi-san, quizá deberíamos llevarla a que la vea un profesional."

Pero el otro ninja negó con la cabeza: "No soy un ninja médico, pero bastaré. Mientras tanto, seguid con la prueba. Necesito un par de minutos." Mientras hablaba, sus palmas de color jade sanaban, muy lentamente, los maltratados huesos de Sakura. Ella se mordía el labio inferior, y éste era rosado y suave bajo sus dientes blancos. Si contaban historias, pensé, éstas debían merecer la pena.

Ah, no sabría expresarte cuánto me equivocaba.

Iruka se plantó delante de mí, estábamos en el cuadrilátero, en el ring, bien colocados como requieren estas cosas, y me saludó levantando dos dedos. Yo hice lo mismo, debía ser tradición, no tenía ni idea, pero me agradaba el gesto. Hay formalidades que mantienen el mundo en su sitio. Si no, se desmorona pero bien.

"Esta vez no hay nadie para dar la señal", dijo, "así que lanzaré este kunai al aire, y según golpee el suelo, podremos comenzar." Era un tipo justo, este Iruka. Se apretó la bandana a la frente, tomó aire, y lo soltó en un fino hilo. Luego lanzó el kunai al cielo, hacia arriba; el metal giraba en su trayectoria, y una vez en su cénit, pareció detenerse un momento. Los rayos de sol se reflejaban en él con una fuerza inusual. Entonces cayó, se clavó en el suelo, y me preparé para la carga de mi oponente, aunque dicha sea la verdad, ésta nunca vino.


Tensé los músculos, pero nada, sólo la brisa chocó conmigo. El chūnin estaba quieto como una estatua. ¿Acaso pasaba algo? No, sólo me observaba. Sus pupilas eran una taladradora. ¡Hasta dolían...! Me moví un paso a un lado, y aquellas monedas marrones me seguían como si quisieran cazarme; aquello no era precaución, sino también voluntad depredadora. Yo lo sabía: no era tonto. Estaba buscando la oportunidad indicada para atacarme. ¡Es más, estaba esperando a que yo le atacase primero! ¿Acaso pensaba que cargaría contra él, así, de frente, como un idiota? ¡Ni hablar! Quizá el Naruto que él conocía lo hubiera hecho, pero hasta donde yo sabía, él y yo sólo nos parecíamos en la piel que llevábamos puesta. Ni hablar, coletita. Yo también sé jugar a la paciencia. Me quedé donde estaba, más tranquilo que una tortuga en la playa. De hecho, me senté en el suelo, con las piernas cruzadas y los brazos sobre ellas. Le dediqué una sonrisa llena de dientes. "¡Iruka-sensei!", le dije, alzando la voz. "¡Puedes empezar cuando quieras, que no tengo prisa!"

Lo siguiente que supe fue que un kunai se clavaba en mi pecho, justo en el esternón. El tronco de sustitución rodó por el suelo hasta que el kunai se lo impidió, y yo aparecí tres metros a la izquierda, sobresaltado y sudando en las sienes. Su lanzamiento fue mucho más rápido que los de Sakura.

"No hagas el tonto, Naruto", me riñó Iruka. "Te advierto que voy a luchar en serio."

"Joder, sensei", protesté. "Casi me matas."

"¿Ves por qué te lo digo?", dijo, poniéndose en guardia. Su rostro moreno, que hasta hace un segundo había amenazado con sonreír, se volvió como la piedra. Analicé su postura: no había ninguna apertura. Cogía el kunai con la mano derecha, la hoja asomando hacia afuera, y la izquierda le servía de defensa. Su cuerpo parecía, al mismo tiempo, relajado y preparado para la acción. Pensé: su postura es mucho mejor que la mía, e intenté imitarla. Saqué un kunai, lo cogí en la mano derecha, adelanté la pierna izquierda, y dejé el talón de la derecha levantado. Repartí el peso equitativamente entre mis piernas, y bajé mi centro de gravedad. Estaba preparado para lo que fuera, pero no para la explosión. El kunai que Iruka había clavado en el tronco siseó, luego se detuvo, y finalmente estalló, pero no en un mar de fuego, como parecía, sino en una nube de humo negro.

¡Qué oscuridad! ¡El mundo, hundido en carbón! ¿Y ahora qué? Sólo veía uno o dos metros a mi alrededor.. Tenía que salir de ahí, pero varios shuriken pasaron silbando por encima de la cabeza, interrumpiendo mi salto. Subí la mirada, la bajé, y ahí estaba el puño de Iruka, directo a mi cara; lo desvié a un lado, bloqueé la patada que vino del lado contrario, y lancé un contraataque que sólo golpeó el aire. Los pies del chūnin aterrizaron detrás de mí, y la puñalada pasó entre mi costado y mi brazo derecho; pegué el brazo a mi cuerpo, atrapando el suyo, y tiré de él al tiempo que mi codo izquierdo buscaba su cráneo. Mi hueso se estrelló contra el metal de su protector; Iruka giró el kunai en su mano, y acercando su cuerpo al mío, intentó clavármelo en la tripa. Yo giré en la dirección de mi último codazo, soltándole el brazo, mientras él daba un paso hacia adelante, y descargué un gancho en dirección a su sien que por poco le alcanza; Iruka se agachó, esquivándolo, y me lanzó una cuchillada que evité saltando hacia atrás. Me caí de espaldas al suelo cuando él tiró del hilo que había enlazado en mi tobillo. ¿Cuándo...? La parte de atrás de mi cabeza chocó contra la arena, y él saltó hacia mí para rematarme.

Kage Bunshin no Jutsu!"

Mis clones le atraparon en el aire, cada uno por un lado, con una mano en el cuello y la otra en la parte baja de su espalda. Iruka también cayó al suelo, pero se libró de mis clones de dos rápidos tajos en la carótida. Daba igual: tuve tiempo para cortar el hilo, y levantarme. Lo hice medio segundo antes que él. Preparé el kunai, y apunté a su hombro, donde no causaría daños graves. Lo lancé, o eso intenté, pues pronto descubrí que no podía moverme en aquel remolino de hojas.

En algún lugar, fuera donde fuera, pude oír la voz de Iruka. Susurraba algo: "Magen: Narakumi no Jutsu", pero yo no sabía lo que eso significaba. Tampoco me importaba demasiado. Sólo tenía ojos para aquella montruosidad. Se alzaba frente a mí como si fuese una montaña, pues su tamaño no tenía nada que envidiar a cualquiera de ellas; y pese a que tenía brazos, y rostro, y boca, era imposible que algo así fuese humano. No: eso era un demonio, provenía del infierno. Su quedo ronroneo sacudía la tierra bajo mis pies, y las cadenas, ¡esas cadenas que lo mantenían atado, podrían romperse en cualquier momento! Sólo de imaginarlo, me daban ganas de vomitar. La cabeza me daba vueltas, y un intenso dolor, ardiente como llama viva, me perforaba la parte baja de la tripa. ¿Qué era aquello? ¡No podía soportarlo! ¡No podía...! ¡Dios, me estaba mirando! ¡Estaba claro! ¡Sus ojos vacíos me querían justo a!

No sé si fue el horror, o si fue otra cosa, lo que me despertó del genjutsu. Todo mi cuerpo se sacudió como al final de una pesadilla, y volví de sopetón a la realidad. Sólo habían pasado unos segundos, pero el humo ya casi se había disipado, e Iruka jadeaba, confuso, a unos metros de mí. Un hilo de sangre le caía del labio herido. La misma sangre goteaba desde mis nudillos. El leve dolor confirmaba que le había golpeado. Pero yo no recordaba haberlo hecho.

"¿Qué ha...?", me pregunté en voz alta, pero no había tiempo para reflexiones. Iruka se recompuso enseguida, y formó rápidos sellos hasta contar seis; su pecho se hinchó en una honda respiración, y al final de su jutsu me escupió una rápida llamarada que abrasó, de los pies a la cabeza, al clon que creé como escudo. A través del humo del clon y de las llamas que aún quedaban, aparecieron dos, tres, hasta diez shuriken que desvié en rápida sucesión, y detrás de ellos, veloz como un tiburón en el océano, venía Kakashi cargando hacia mí. El susto fue terrible: de inmediato me puse a la defensiva. Crucé los brazos para protegerme de un puñetazo que me levantó del suelo, y traté de esquivar el siguiente. Para mi sorpresa, lo conseguí, y fue esa sorpresa la que provocó que el siguiente golpe me alcanzase a la altura del hígado. Gruñí de dolor, y a la desesperada, le aferré firmemente los hombros, y tirando de ellos, reuní todas y cada una de mis fuerzas en un rodillazo directo al plexo solar. El golpe del hueso contra la carne sonó amortiguado, pero brutal. Kakashi cayó de rodillas, y con una breve humareda, volvió a retomar la forma de Iruka-sensei. Tenía los ojos cerrados, y la cara pálida como la cera. Mi golpe lo había paralizado.

Sin perder un segundo, saqué un kunai y se lo puse al cuello. "Se acabó", dije, mientras recuperaba el aliento. Las gotas de sudor me perlaban el rostro y el cuello "Esta la gano yo."

El chūnin me miró, uno de sus ojos abiertos, el otro apretado, dolorido, tenso. Asintió levemente, y así pasé la segunda prueba.


Bajé el kunai, casi que con alivio. Aquella pelea había sido más dura de lo que esperaba. Iruka era más fuerte que los chūnin del hospital; ganarle no había sido fácil. En algunos momentos, pensé que me pillaba, y luego estaba aquel genjutsu... ¿Qué demonios había visto? Aquella...cosa. Me sacudí los pensamientos de la cabeza, y le tendí la mano; él la aceptó, y se puso de pie con dificultad. Yo le di una palmada amistosa en el hombro. "¿Estás bien, Iruka-sensei?", y él me dijo que sí, pero que debería ser él quien me preguntase eso. Parecía más decepcionado que dolorido. Supongo que nunca es agradable que te derroten, y menos si es tu propio alumno. Volví a darle una palmadita, esta vez en la espalda, y juntos caminamos hasta donde estaban Kakashi y Sakura; sólo que él lo hizo un poco más despacio.

"Te has vuelto fuerte, Naruto", me dijo por el camino. "Más que yo."

No sé por qué, pero se me escapó una sonrisa. "Tú también lo eres, sensei", le dije. "Casi me pillas con ese último truco."

Creo que me gustaba hablar con él.

"¿Por cierto, qué era aquel monstruo?""

Él me miró, sin comprender. "¿Eh?"

Pero entonces ya habíamos llegado junto a nuestros compañeros, así que la conversación murió sin resolverse.

Kakashi seguía tratando el brazo de Sakura. Ella tenía mejor pinta que antes; pude ver algo de color en sus mejillas, y ya no parecía tan dolorida. Me sorprendí a mí mismo sintiéndome aliviado al respecto. Las personas somos así de extrañas, supongo. Iruka se acercó a ellos, y les dijo que ya habíamos terminado, que superé la prueba; el jōnin respondió que ya lo sabía, y que él también había acabado. El destello desapareció de sus palmas, y con más esfuerzo del que uno esperaría de tal gesto, se puso en pie. Sólo los dioses sabrían por qué aquel hombre parecía tan casado todo el rato; por qué miraba ya no a tu rostro, sino a lo que había más allá, muy lejos, quizá en otro mundo. Era algo raro, sabes, te hacía pensar. Él también debía de estar pensando algo cuando pasó a mi lado ("Vamos, Naruto") y se dirigió al ring, con ese andar tan poco armonioso, tan deshinchado.

Poco después, Sakura también se levantó, estirando su brazo como si quisiera comprobar si, de hecho, aún funcionaba; nuestras miradas se encontraron, y ella desvió la suya como si le quemara. Sin decir una palabra se alejó de nosotros y se sentó de cara al ring. Desde atrás, su cabello era como las flores. Me hacía sentir algo parecido a la nostalgia.

Sin más que hacer, Iruka y yo volvimos por donde habíamos venido. Él se colocó en un lateral del cuadrilátero, y yo en el centro, en el lugar que me correspondía, a unos metros de Kakashi. Aproveché para echarle un vistazo. Era bastante más alto que yo, pero no lo suficiente para destacar entre los adultos; por su complexión delgada y su gesto descuidado, no daba impresión de ser alguien muy serio. Su único ojo visible, tan desinteresado en todas las cosas, no hacía más que confirmar esa falsa impresión, pues debía ser falsa, teniendo en cuenta quién era. Me había enterado de algunas cosas sobre él, y aunque no eran muchas, sí que se demostraban suficientes como para no tomármelo a la ligera. No, nada más lejos de la realidad: si lo que me habían contado era cierto, no tenía ninguna posibilidad de ganar aquella pelea. Apreté los dientes. Me esperaba una buena.

Así que cuando Iruka levantó la mano y preguntó si estábamos preparados, yo también levanté la mía, pidiendo mi turno de palabra.

"¿Sí, Naruto?"

"¿Realmente esto es necesario?"

"¿Disculpa?"

"Esta pelea. Es decir, no tengo ninguna oportunidad."

"Eso es evidente."

"Entonces, ¿por qué esforzarse en confirmar lo que ya sabemos?"

"Para medir tus habilidades, y ver cómo te desempeñas contra un oponente superior a ti."

"Pero no voy a poder ganar."

"¿Tanto te molesta? ¿Sólo luchas para ganar, Naruto?"

"¿No van de eso las peleas?

Iruka negó con la cabeza, acercándose a mí. "Esa no es la actitud correcta, Naruto. No luchamos únicamente para ganar. Ganar está bien, pero es algo secundario."

"¿Entonces?"

"Naruto, un shinobi lucha porque debe luchar. Ni más ni menos."

"¿Aunque no vaya a servir de nada?"

"¿Quién ha dicho que no vaya a servir de nada? Podrás aprender de esta pelea."

Pensé un poco. "Pero si Kakashi-sensei quisiera matarme, si esto fuera real, estaría malgastando mi vida."

"Quizá eso fuera cierto. Puede que tu muerte no tuviera un sentido práctico. Pero un shinobi no debe entender el mundo en términos de pérdidas y ganancias, ¿entiendes? Si lo hiciera, se convertiría en una persona calculadora, fría, y banal, y no hay nada menos humano que eso."

"Lo entiendo, pero, aún así, no lo sé. Me parece que los shinobis, más que cualquier otras personas, deberían escoger sabiamente sus peleas."

"¿Sólo luchar cuando la victoria está asegurada?"

"A eso me refiero, Iruka-sensei."

"Es natural que pienses así." El chūnin se rascó la parte de atrás de la cabeza, como pensativo. "Ah, demonios, no sé cómo explicártelo. Hokage-sama es mucho mejor en estas cosas. A ver, piénsalo así: hace muchos, muchos años, en uno de los reinos de la Antigüedad..."

"¿En cuál?"

"¿Qué importa? Tú escúchame. En uno de esos reinos, nació un shinobi. Ya antes de llegar a la adultez, era listo, más sabio, y más ingenioso que todos sus compatriotas; sin embargo, no era demasiado fuerte. Esto no le impidió llegar a ser, siendo apenas un hombre, el mayor estratega de su reino. Cualquier batalla que tuviera delante, él la ganaba, sin importar cuántos fueran los enemigos, ni cuál fuera su poder, pues él era capaz de ver la esencia de todo conflicto, y también las circunstancias que lo rodeaban, y disponía de las herramientas para llevarlo todo a su favor. Su genio militar convirtió su reino en la mayor potencia bajo las nubes."

"Me gusta este general."

"En su país lo amaban, también. Y lo admiraban en gran medida; y tras cuarenta años sin perder una batalla, el general se retiró, y dejó como herencia una nación vigorosa e invencible, y una leyenda que llega hasta hoy día."

"¿Y cuál es el problema? Si lo que me cuentas es cierto, fue un hombre admirable."

"Verás, Naruto, este general era muy inteligente, sí, pero como dije, no era poderoso. Esto le llevó a entender el combate, y por extensión la vida, como una serie de factores mécanicos, de causas y consecuencias, que él tenía que conocer, y manipular, para alcanzar la victoria. No había otra manera, pues no sólo él carecía del poder necesario para utilizar otro enfoque, sino que sus tropas eran a menudo inferiores tanto en cantidad, como en fuerza. El combate se convirtió en un juego de shōgi, donde los soldados eran las piezas, y el campo de batalla, el tablero donde jugaban. Con su incomparable talento, el general lo conocía todo, y lo controlaba todo, y si era necesario para ganar, no dudaba en sacrificar las piezas que fueran necesarias."

"Pero la guerra es así."

"La guerra es lo que hagamos de ella, Naruto. Incluso en la muerte tienen que haber reglas: a lo largo de esos cuarenta años, aquel general envió a morir a incontables soldados, y miles de inocentes, hasta que éstos sumaron veinte veces mil. Los utilizaba como piezas desechables para alcanzar la victoria, y siempre lo conseguía, costara lo que costara. Una vez se retiró, esa mentalidad se trasladó a su sucesor, y de este al siguiente, y al cabo de pocas generaciones, aquel pensamiento se hizo propio, típico del reino. La gente olvidó su humanidad, y la de los demás, a cambio de la enfermiza persecución de sus intereses. Las relaciones humanas se volvieron mecánicas, interesadas, y siempre egoístas. Y el reino terminó por hundirse, pero no por culpa de sus enemigos, sino por su propio peso."

"No me parece una historia muy creíble. ¿Cómo acabó todo el mundo pensando igual? De seguro, habría muchas personas con opiniones diferentes."

"Un sabio dijo una vez que basta con que una sola familia sea buena, para que esa bondad se extienda; basta con que el gobernador sea bueno, para que el pueblo acabe siéndolo. Esto también funciona al revés: la frialdad del general se extendió no sólo a los siguientes generales, sino a la corte, y al gobernador; desde la nobleza, se extendió a los sacerdotes, y a los mercaderes, y eventualmente, hasta el pueblo llano adoptó esa mentalidad."

"No estoy muy seguro de creérmelo."

"Pero qué cabezota eres. Lo importante no es que te lo creas, sino que entiendas el mensaje de la historia: jamás podemos olvidar lo que nos hace humanos. La justicia, la bondad , la caridad, y el deber; todas esas virtudes, en conjunto, son las que nos hacen decentes. Son las que nos hacen desear algo más que la victoria, y son las que harían que una muerte inútil deje de serlo, por el simple hecho de que reafirma nuestra creencia en esos valores. La gente no puede dejar de creer en ellos, Naruto, pues más allá sólo existe el sentido práctico de las cosas, y junto a éste, la conveniencia, el egoísmo, y todos los fantasmas de su condición."

"Vaya, Iruka-sensei. Estás hecho todo un pensador."

Me hizo gracia ver cómo se ponía rojo. "¡Idiota! ¡Soy un chūnin! ¡Esta reflexión es lo mínimo que se espera de mí!" Luego tosió sobre su puño, como recuperando la compostura. "...de todos modos, Naruto, espero que esta charla te haya servido de algo. ¿Crees que la has entendido?"

"Sí, claro, pero..."

"¿Pero?"

"Si tuviera que elegir, me quedaría con aquel general."

Iruka soltó un gruñido de frustración. "¡Naruto, eres imposible!" Y dándome la espalda, caminó hasta su lugar en el lateral del ring. "Ya tendremos tiempo para hablar de estas cosas. Ahora vamos a seguir con la prueba." Parecía genuinamente estresado, pobre hombre. Pero yo sólo le había dicho lo que pensaba.

Una vez en su sitio, volvió a alzar la mano, como antes, y preguntó: "¿Preparados?" Lo estábamos, o al menos eso creía; así que contó a hasta tres en orden descendente, y cuando hubo terminado, gritó: "¡COMENZAD!"

De inmediato me puse en guardia, tomando el kunai con la punta hacia afuera como en la pelea anterior. Sabía que no iba a ganar, pero tampoco estaba dispuesto a perder fácilmente. El corazón me latía fuerte cuando apuntalé las piernas en el suelo y me preparé para lo que fuera que tuviera que afrontar. Pero Kakashi se limitó a alzar la mano. Lo hizo así, como sin ganas, levantando apenas dos dedos. "Un momento, Naruto", dijo calmadamente. "Vamos a hacer una cosa."

Yo no le respondí, sino que seguí sus pasos atentamente. Seguro que aquello era algún tipo de estratagema...

"Estoy de acuerdo contigo: este combate es injusto para ti." Cerró el ojo, lo volvió a abrir, y avanzó mientras yo retrocedía al mismo ritmo. "Por eso, voy a darte oportunidades."

"¿Oportunidades?"

Él extendió la palma de la mano hacia mí, todos sus dedos extendidos y separados el uno del otro. "Cinco, para ser exactos. Piensa en ellas como las vidas de un gato: cada vez que te elimine, perderás una. Si te quedas sin ellas, se acabó todo."

"¡Kakashi-san!", protestó Iruka. "No sé si es necesario..."

"Tú mismo has dicho que tiene que aprender", le cortó el otro. "No aprenderá nada si lo elimino enseguida."

"Entonces, podrías contenerte un poco."

"Eso quitaría todo el sentido a la prueba. No me voy a contener lo más mínimo."

Por fin se detuvo, estaríamos a diez, doce metros, y ya desde ahí podía notar el leve rumor de su chakra al revolverse dentro de su cuerpo. Si el de Jiraiya se sentía como un denso océano, el de Kakashi era más bien un ligero río, quizá un lago; era mucho más pequeño, pero también tenía una cualidad distinta, quizá más flexible, que lo hacía peligroso a su manera.

"Naruto", dijo. "¿Aceptas estas condiciones?"

No era momento para ser orgullosos. Tragué saliva, y asentí despacio. "Sí", dije, y mi voz sonó ridícula a mis oídos. No me gustaba que fuera así. Me ponía de los nervios.

"De acuerdo", respondió él, hurgando en la bolsa que llevaba a la cintura. De ella sacó un libro, uno pequeño, de bolsillo, y lo abrió por una página al azar. Desde donde estaba no podía leer qué ponía en la portada, pero seguro que no era nada bueno. "Entonces, cuando quieras, Naruto." Y ahí mismo, de pie en el ring, se puso a leer.

¿Qué coño está haciendo? ¿Me toma el pelo? No estaba yo de humor para esas tonterías. Me mordí el labio inferior, y noté cómo un lento pero contundente cabreo iba tomando forma en mi interior. Una cosa es que sea un ninja de élite, y otra que tenga que menospreciarme. Agarré con fuerza el kunai, y con mucha seguridad, me dije que le iba a partir la cara a ese tipo. Definitivamente. Sin lugar a dudas. Tengo que reconocerlo: para un gesto tan pequeño, me lo tomé muy, pero que muy mal.

Así que elevé mi chakra, y lo concentré por todo el cuerpo, preparándome para saltar sobre él, para capturarlo y hacerlo picadillo; mis músculos se tensaron bajo la piel, y mi nariz se arrugó cuando la mano de Kakashi, extendida como una telaraña sobre mi cara, me estrelló de espaldas contra el suelo, en un movimiento tan rápido que ni siquiera pude ver.

Su voz sonó vacía cuando, acercando su rostro al mío, murmuró:

"Muerto. Una vida menos: te quedan cuatro."

Estaba aprentando el filo de su kunai contra mi cuello. Un poco más, y el metal me haría sangrar.


El jōnin me soltó, y de un salto volvió a retroceder los diez metros que había recorrido en menos de un segundo. Yo quedé boca arriba, mis brazos y piernas abiertos como una estrella de mar. Tenía un nudo en la garganta, y sudor frío en la nuca. Podría haber muerto, pensé. Con tanta facilidad...

¿Era la vida así de frágil?

"Naruto, levántate", dijo Kakashi. "No hemos terminado."

Me incorporé, apoyando las manos y luego las rodillas en el suelo. Todavía sentía el susto en el cuerpo, pero me puse en guardia de todos modos, y por eso pude desviar su kunai. Venía volando con absurda velocidad, como si el metal fuera parte del aire que cruzaba; lo hacía con tanta fuerza que al bloquearlo perdí el equilibrio, y tropecé con la persona que había detrás de mí. Era Kakashi, y de una patada me barrió las piernas, enviándome de vuelta al suelo; rodé para esquivar la puñalada que bajaba hacia mi cara, pero no pude evitar que me mandara a volar de una patada en el estómago. Me pateó como si fuera una pelota de cuero, y rodé por la arena un par de veces hasta que pude clavar las manos en ella para detener mi avance; la rodilla de Kakashi apareció donde estaba mi cara hace unos instantes, y mi tronco de sustitución se convirtió en apenas astillas. No perdí la oportunidad: ahora que tenía el costado expuesto, reuní todo el chakra que pude en mi puño derecho y lo estrellé en la mejilla del jōnin. O eso pensé. Kakashi ahora era agua. El golpe me salpicó toda la ropa. ¿Dónde estaba? ¡Detrás de mí! Salté hacia adelante, girando mi cuerpo en el aire para tirarle mi kunai, pero él lo esquivó, moviéndose hacia mí mucho más rápido de lo que yo podía retroceder, y aún estaba yo en el aire cuando su puñetazo, un gancho descendente, me estrelló contra la tierra. Reboté contra ella, y me puse en pie inmediatamente, pero Kakashi era demasiado veloz, demasiado agresivo, y su mano derecha rodeó mi cuello, me levantó del suelo como si no pesara nada, avanzó varios pasos cargando conmigo, y entonces apretó.

"Muerto", repitió, con aquella voz que no transmitía nada. "Te quedan tres vidas." Y me lanzó a un lado como a un fardo, como a un saco de patatas.

Me puse en pie, y sudaba a mares, y había algo dentro de mí que se acumulaba, que me hacía sentir distinto. Era como ascuas en mi pecho. Junté los dedos en una cruz. "¡Kage Bunshin no Jutsu!", grité, y mis cinco clones corrieron hacia Kakashi, yo entre ellos; él esquivó el puñetazo del primero, y lo eliminó con la parte de atrás del antebrazo, un golpe seco y preciso; atrapó la cara del segundo, y apretó hasta hacerlo desaparecer. Quedábamos tres, dos a los lados y yo en frente, y nos abalanzamos sobre él a la vez. Los golpes volaban rápidos como chispas y él los bloqueaba todos, y sus defensas dolían como auténticos ataques contra el hueso. Me apartó de una patada frontal, agarró las cabezas de mis dos clones, y las estrelló entre sí, eliminándolos. Volví a formar mi sello: "¡Kage Bunshin no Jutsu!", y esta vez no eran cinco, ni diez, sino treinta los clones que formé, un pequeño ejército que gritaba mientras trataban de alcanzarle con sus golpes. Él saltó hacia atrás, dio varias volteretas, y los clones le rodearon enseguida. Yo aproveché para recuperar el aliento. Craso error. Dos manos me aferraron de los tobillos, y me hundieron en la tierra hasta el cuello. Quedé inmovilizado en aquel extraño ataúd. Kakashi estaba a mi lado, en cuclillas, y su kunai pendía perezosamente de su dedo. "Doton: Shinjū Zanshu no Jutsu", dijo, aunque ya no hacía falta. "O lo que es lo mismo, te quedan dos vidas."

El Kakashi que luchaba contra mis clones se disolvió en una nubecita. Otro clon. La misma técnica que yo utilizaba. Chasqueé la lengua, e hice lo posible por liberarme de aquella técnica, pero la tierra se pegaba con fuerza a mi cuerpo, y era difícil abrirme hueco. Mis clones, debían de quedar casi todos, se giraron hacia nosotros, confusos.

"¡Ayudadme, idiotas!", les grité, pero era demasiado tarde.

Kakashi separó bien ambas piernas, y formó cuatro sellos con gran velocidad. "¡Doton: Doryūheki!" Un enorme muro de tierra se levantó detrás de mis clones, grande como una muralla, y su sombra se alargaba tanto que casi me rozaba la nariz. Pero mis clones no se detuvieron, ni siquiera cuando Kakashi volvió a hacer sellos, su rostro envuelto en peligrosas sombras. "¡Katon: Gōkakyū no Jutsu!"

Una bola de fuego, grande como ninguna que hubiera visto antes, se abalanzó contra mis clones arrasando con el suelo a su paso, y se reventó contra el muro que antes había levantado Kakashi, dispersando llamas por todas partes, pero evitando que la técnica se escapase del ring.

Los casi treinta clones fueron eliminados, de una sola vez, en el espacio de un triste suspiro.

Al menos, había ganado el tiempo suficiente para liberarme. Me zafé de la técnica de Kakashi, y me apoyé en el suelo para saltar hacia él, kunai en mano, preparado para clavárselo en el cuello. Media docena de shuriken se clavaron en mi pecho, pero por suerte aquello era un clon, y yo estaba detrás de él, saltando con mucha más fuerza, con mucha más rabia; la puñalada se detuvo muy cerca del rostro del jōnin, pero no lo alcanzó, pues su puño, levemente flexionado y en vertical, interceptó mi salto al clavarse en el centro de mi torso.

El golpe me detuvo en seco. Kakashi se movió tan rápido que parecía ajeno al tiempo: sin dejarme caer en el aire, me alcanzó con varios de sus puñetazos, cada uno de ellos más doloroso que el anterior. Terminó con una patada que me tiró contra el suelo; yo rodé, me puse en pie, y su pierna ya estaba de camino hacia mi cara. La bloqueé con ambos brazos, tropecé, me agaché por debajo de su puñetazo, salté hacia atrás ante un tajo de su kunai, y en el momento en el que apoyé los pies en el suelo, él ya había terminado sus sellos.

Katon: Karyūdan!"

Y entonces, sólo llamas.

Kage Bunshin no Jutsu!"

Diez clones creé para bloquear su técnica, y todos ellos acabaron calcinados por el fuego. Pero me dieron la oportunidad que necesitaba: salté hacia adelante, directo a Kakashi, y los clones iban estallando en nubes blancas mientras yo caía sobre él, mi mano cerrada en un puño que se estrelló, por desgracia, contra el suelo desnudo.

El golpe abrió un cráter en la tierra. Si le hubiera alcanzado, le habría hecho daño, pensé, pero no tuve tiempo a pensar más; sólo pude esquivar su patada alta, desviar dos de sus puñetazos, y encajar el tercero, el cuarto, el quinto, y el sexto. El séptimo me hizo sentir el sabor de la sangre en mi boca, y también una intensa rabia, una rabia insoportable que se me escapaba por todas partes, por los labios en forma de grito, por los poros en forma de vapor rojo, y atrapé el puño de Kakashi en el aire, apretándolo con dedos que harían pedazos a una roca...

"Ahí está", murmuró, levantándose el protector que le tapaba el ojo izquierdo. Aquel ojo estaba cruzado por una cicatriz, y no era como el otro. Era rojo. Y giraba. Giraba de un manera tan hipnótica, como la mirada de aquel cuervo...

"Genjutsu: Sharingan."

Y de pronto, sin saber cómo, estaba de vuelta en la cascada.


Los ojos azules del prisionero eran zafiros en la niebla.

"Otra vez aquí", dijo su voz, y era la misma que a veces me daba consejos. "Te dije que no volvieras."

Yo estaba desnudo junto a los barrotes, de nuevo hasta las rodillas en aquel lago sin nombre. Me apoyé en la entrada de la jaula, pero enseguida retiré las manos, pues su superficie quemaba, a la vez, como lo hacen el fuego y el hielo.

"No soy yo quien decido venir", le respondí, mirándome las palmas quemadas. "Ha sido Kakashi."

"El Ninja Copia." Los ojos se cerraron, y volvieron a abrirse. "Te ha atrapado en un genjutsu."

"¿Conoces a Kakashi?"

"Solía hacerlo."

Apreté los labios. "Tengo que salir de aquí. ¿Tú sabes cómo?"

"Es fácil: sólo tienes que despertar."

"¿Y cómo hago eso?"

Juro que le oí suspirar. "Déjame que te muestre."

Poco a poco, la niebla tras los barrotes comenzó a arremolinarse, a juntarse, hasta formar una masa que casi parecía sólida. Recordaba a nubes de tormenta. Nubes densas, pesadas, oscuras, y temibles.

De entre ellas, surgió una imagen. Era borrosa, y parecía pasada por un extraño filtro rojizo, pero se podía distinguir lo que pasaba. Estaba viendo a través de los ojos de alguien, en primera persona, y ese alguien estaba luchando contra algún enemigo. Despacio, las nubes se suavizaron, y la imagen se hizo más clara. El enemigo era Kakashi, y parecía en apuros.

"Tu cuerpo está luchando contra él", dijo la voz. "Debes despertar pronto, u ocurrirá algo malo."

"¡No sé cómo hacerlo!"

"Sí que sabes. Sólo que no lo recuerdas." Las imágenes, cada vez más violentas, terminaron por deshacerse, y las nubes se aclararon de nuevo. Aquellos dos ojos volvieron a aparecer frente a mí. "Acércate. Déjame que te enseñe."

Podría decir que confié en él, pero mentiría. No fue confianza lo que me llevó a arrodillarme frente a él; a aceptar que su mano pálida abandonase los barrotes y se posase sobre mi cabeza, hundida en mi pelo, tan familiar como forastera. No había ni un ápice de confianza en mí. Sólo la derrota de no saber qué hacer. De querer recuperar el control de mí mismo. De querer escapar de aquel lugar.

Duró un segundo. Su mano abandonó mi cabello, y volvió a retraerse dentro de la jaula. Parpadeé. Respiré. Y entonces lo sentí: recuerdos. ¡Recuerdos! ¡Ahora recordaba...cosas! Ahora...

"¿Quién eres tú?", le pregunté, consternado.

"¿Quién eres ?", me imitó él. "Deprisa. Ve ya. Estás perdiendo el control."

Me puse en pie, aún mirándole, y él me devolvió la mirada. Sobre la jaula, la cascada resonaba con tal potencia que sus aguas parecían desear hundir el mundo que estaba debajo. Le di la espalda, y vadeando aquel lago, le dejé atrás. Tenía que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. Pero entonces, un pensamiento. Me di la vuelta.

"¿Qué hay del monstruo?", dije, elevando la voz. "¿No está aquí hoy?"

Los ojos del prisionerio se inclinaron hacia un lado, como divertidos. "¿No lo acabas de ver?"

Recordé las imágenes entre las nubes, y se me trabaron hasta las palabras. ¿Acaso, era aquello...? Con el estómago encogido y la garganta anudada, cerré los ojos, y dejé que todo aquello —el lago, la cascada, la jaula, todo— volviera, de una maldita vez, a las profundidades de mi carne donde pertenecían.