CAPÍTULO 9: IDENTIDAD

Él no se esperaba las garras. Cuatro dedos engarfiados abrieron cuatro incisiones en su antebrazo, sucias e irregulares como un sendero olvidado. La pupila oscura y la pupila carmesí empequeñecieron, temblaron en el centro de una mirada abierta de par en par, y por primera vez desde que lo conocí, el rostro de Kakashi me pareció muy humano.

Algo se movió bajo su máscara. Eran sus labios. Sus labios eran invisibles, montículos de tela negra; no era posible leerlos, sólo adivinarlos. Pero yo sentía, yo sabía, que me decían algo. Que intentaban llegar a mí, no a mi cuerpo, sino a lo que se encontraba en su interior; a mis oídos de verdad, no los de carne y cartílago; a mi propia conciencia, no a lo que fuera que me estuviera moviendo. Pero yo no era capaz de oírle. Un nuevo zarpazo apuntó al cuello de Kakashi, y él lo atrapó por la muñeca. Tenía una fuerza sorprendente, y por unos momentos, logró inmovilizar mi brazo, pero una nueva ola de chakra recorrió mi cuerpo, y de un tirón, me liberé de él.

Kakashi desvió un puñetazo directo al pecho, suficiente para destruir la roca, para convertir huesos en polvo. El chakra a mi alrededor giraba como un remolino, escapándose de la piel, contaminándola con su ponzoña. Agarrando firmemente mi brazo por dos puntos, me lanzó en una rápida llave por encima de su hombro. El movimiento restalló como un látigo, y caí de espaldas contra el suelo, levantando tierra y polvo por todas partes. Pero no sentí dolor.

Mis pies se plantaron firmes contra el suelo, y de una manera antinatural, de una manera monstruosa, levantaron al resto de mi cuerpo, usándose a sí mismos como único apoyo; los brazos y el cuello colgaron, casi muertos, hasta que estuve en pie. Entonces giré el cuello para mirarle, y una mano enguantada estrelló sus nudillos contra mi mejilla. Para él, tuvo que ser como golpear cemento; el puño quedó ahí, incrustado, forzando ondas en la carne junto a la boca, tratando de mover un rostro que era como la piedra.

Entonces, mi mandíbula se abrió en un rugido mudo. Mis dedos se apretaron en un crujido que no sentí. Y cuando aquel gancho ascendente estuvo a punto de destrozar la barbilla de Kakashi, y cuando su contraataque, un rapidísimo puñetazo en el estómago, golpeó secamente mi tripa, me di cuenta de que aquel cuerpo ya no me pertenecía.

Sólo veía a través de sus ojos.

El golpe tuvo la suficiente fuerza como para hacerme retroceder cinco o seis metros aunque tuviera las piernas clavadas en el suelo. Dos grandes surcos, rectos como raíles, dibujaron mi trayectoria en la tierra. Pero aquel cuerpo ya no sentía nada, ni siquiera el grave temblor dentro del pecho, producido por un chakra que no dejaba de crecer. De acumularse. Se arremolinaba como una tormenta, como una nebulosa. Como un aura hecha de niebla.

Crucé los dedos, y aparecieron los clones. Desconozco el número, pero debían de ser decenas, y cada uno de ellos estaba envuelto de la misma niebla. Corrieron hacia Kakashi, atacándole como rabiosas bestias, y él las eliminaba una a una, con experta precisión, con un golpe a la altura del corazón, o con un tajo en el cuello. Pero mis clones eran más fuertes que antes, y algunos se acercaban peligrosamente a alcanzarle, e incluso llegaron a rodearle, lanzándole zarpazos y golpes más propios de un animal que de un shinobi; Kakashi saltó hacia arriba, formó sellos tan rápido que sus manos no podían verse, y una bola de fuego, pequeña pero concentrada, calcinó a todas mis copias. Yo también salté, destrozando el suelo detrás de mí; eché el brazo hacia atrás, y lo descargué con tanta fuerza que volé la guardia de Kakashi y a punto estuve de darle en la cara, pero él fue más veloz, y colocándose detrás de mí, me inmovilizó de alguna manera, quizá con alguna técnica, o puede que sólo con su fuerza. Rápidamente dimos la vuelta en el aire, quedando cabeza abajo, y con un formidable movimiento giratorio nos estrellamos contra el suelo del campo de entrenamiento.

Kakashi, que me había soltado en el último momento, miró el cráter humeante donde yacía mi cuerpo, pero en lugar de relajarse, volvió a correr hacia mí, demostrando tener buen criterio, pues apenas me había levantado, preparado para volver a hacerle daño.

Su puñetazo golpeó mucho más fuerte que antes, y esta vez, mi cuerpo se dobló por la mitad. El canto de su mano alcanzó mi nuca como una guillotina, y como si alguien hubiera presionado un botón, mi conciencia se apagó, y caí al suelo, derrotado.


O eso creía.

Los dedos se cerraron en un puño. Arrastraron la tierra hasta las palmas. Los ojos se abrieron, y el cuerpo se incorporó, y esta vez sí hubo dolor, un dolor intenso, penetrante...húmedo.

Las rodillas crujieron al desdoblarse. Las resbaladizas gotas descendieron por las sienes, el cuello, la espalda. Un pitido resonó dentro del cráneo, y el agotamiento, aquel tremendo agotamiento, no era suficiente para frenar el chakra. Ese increíble chakra, brutal, crudo, e imparable...

Una presión; era su kunai, apoyado sobre la nuez. El filo casi perforaba la carne. Pulso firme como el de un tirador, prudente como el de un padre. Crueles dedos aferrando el cabello, tirando de él hacia atrás, hacia abajo, intentando que las piernas cedieran; pero no lo hicieron, y eso era lo que importaba.

Firmes pies resistiendo la sumisión. La mano del jōnin agarrando el kunai, filos gemelos hiriendo la carne. No importa. El metal cediendo, quebrándose, estallando. Los trozos cayendo al suelo, siendo ahora nada. Rotos, ensangrentados.

Kakashi soltó mi cabello, y retrocedió; el codazo falló, y ahora, frente a frente, nos miramos el uno al otro. Él también parecía cansado, y sudaba. Una presencia detrás de mí: Iruka. De reojo, parecía tan serio, y tan confuso a la vez. Casi me daba lástima.

Mis clones aparecieron. ¿Cuándo había hecho el sello? Eran dos junto a mí, y tres a mis espaldas. Todos hacíamos seis. Todos envueltos en chakra rojo. Rugiendo, cargando contra el enemigo, esta vez puestos, intoxicados de energías. No caerían fácilmente. ¡No! ¡Vencerían! Kakashi esquivó dos, cuatro, seis zarpazos; una patada lateral tumbó a un clon, y éste no estalló, sino que se levantó, y siguió luchando; un kunai se clavó en el muslo del otro, y una pierna dobló la parte de atrás de su rodilla. Una vez abajo, dos manos partieron su cuello, y ese sí que estalló. Quedábamos dos en este frente: Iruka aún lidiaba con tres, y no tenía tiempo para prestarle atención.

Tres shuriken se clavaron en mi hombro, abortando el puñetazo que iba a lanzar, y una patada lateral alcanzó mi costado, haciéndome perder el equilibrio. Me doblé, evitando su puñetazo levemente curvado, el siguiente no lo evitaría, pero mi copia agarró desde atrás el otro brazo de Kakashi, lo sostuvo en su lugar, el codo doblado muy atrás de la espalda; eso me dio tiempo, el justo pero necesario, y aprovechando la oportunidad lancé un izquierdazo directo a su mandíbula, un golpe poderoso, ascendente, que podría decapitarlo si le diera de lleno, pero no fue así: Kakashi retrocedió un paso, y levantó a mi copia como si no pesara nada, bloqueando mi golpe con él, haciéndola estallar, y a través del humo me descargó una lluvia de golpes demasiado rápidos, demasiado precisos, demasiado efectivos, y aún así, atrapé el último.

La muñeca de Kakashi amenazó con ceder bajo mis dedos.

Inspiré, y espiré despacio.

El chakra se acumulaba tanto que dificultaba respirar.

Juro que el suelo temblaba, un poco, bajo mis pies.

Iba a estallar.

Mi mano libre se cerró con la intención de tomar una vida.

Entonces, la pupila giratoria.

Paralizado.

Kakashi se liberó de mi presa, apartó mi brazo a un lado, y alzando su codo al cielo como una guillotina, hizo caer el hueso contra el centro de mi frente.

El golpe resonó dentro de mi cráneo como la furia de un gong.

El chakra rojo se disolvió en una breve onda.

Mis ojos quedaron blancos mientras caía de espaldas.


No tardé mucho en volver al mundo real. Debieron de pasar cinco o seis minutos, como mucho, y durante ese tiempo, sentí como si algo —una sustancia, un espectro— se derritiera dentro de mis venas. Como si mi cuerpo estuviera purgando algún tipo de veneno. Lo expulsaba, o más bien lo hacía retroceder, hacia su caverna, hacia su agujero, como hacen los horrores ante el amanecer.

La luz del día bañó mis ojos, secos y entrecerrados. Acostado boca arriba, el cielo no se diferenciaba demasiado de como me imaginaba el mar: azul, inmenso, y lleno de preguntas. Un águila me cruzó la mirada, rompiendo la ilusión. Incluso desde aquí, podía ver que llevaba un pergamino atado a las garras.

"..."

Era una voz. Su voz: Kakashi. Estaba sentado a mi lado, con las piernas abiertas y los brazos estirados sobre las rodillas. Me miraba, y decía algo, y aunque escuchaba el sonido, no diferenciaba las palabras. Era extraño. Frustrante. Apreté los ojos, y los abrí de nuevo; la luz brilló con más fuerza que antes. Las palabras sin significado flotaban entre los rayos del sol, riéndose de mí.

"..."

De lejos venía ella, y ella era Sakura. El pelo al viento diciéndome hola, o adiós, quién sabe; las rodillas ensuciándose en la tierra junto a mí. Me incorporé, y sus manos, tan suaves ellas, tocaron algunas teclas en mis mejillas. Debieron de ser las indicadas, pues aquel escalofrío, amigo mío, no estaba en ninguna escala sismológica...

Su boca se abrió en una enorme letra "o" que debía pertenecer a mi nombre. Mi visión, nebulosa en los bordes y de una increíble precisión en su foco, se centró en su rostro por unos momentos. Allí, pensé, sólo había angustia, pero pronto descubrí que estaba equivocado. ¿Qué era aquello? ¿Era rabia? ¿Eran nervios? ¿Amor? ¿Desprecio? ¿Rencor? ¿Ganas de ir al baño? ¡No lo entendía...! ¡Qué complejas son las, uh, personas!

¡...!

¿Pero qué dices, Sakura, con tanto temblor en la lengua?

¡...!

"Sakura, yo..."

Quise añadir: no puedo oírte. Claro que estaba demasiado confuso, atontado, dolorido —vamos, hecho un asco— para eso. Pero ella debió de darse cuenta, o puede que sólo estuviera enfadada, tanto da, porque sus yemas viajaron hasta la parte de atrás de mi cabeza, a ese lugar desde donde nacen los pensamientos de amor y suicidio; apretándose allí contra mi carne, inclinaron mi rostro hacia abajo, hacia su boca, y ésta decía:

"¡NA! ¡RU! ¡TO!"

Labios suaves, perfectas sílabas. ¿Por qué me haces esto, Dios? ¡Allí podría perderme yo durante siglos...!

Y su voz comenzó a escucharse, primero muy lejos y bajito; luego más cerca, más alto. Mi visión dejó de verse borrosa. Mi corazón calmó sus latidos. Moví un dedo, luego otro, y cuando pude mover ambos brazos, lo primero que hice fue abrazarla.

Ni siquiera sabía por qué.


Tardamos en separarnos. Unidos con el pegamento de algún recuerdo, no sé cuál. Exploré su pelo con los dedos: era suave, y los cabellos cortos de la nuca me rozaban la piel como si jugaran con ella. Ella apretó mis brazos con las manos, y respiró entrecortadamente; luego lo hizo mejor. Alguien tosió. Nos separamos, pero todavía había algo que nos unía: el calor en las mejillas, y en el aliento. Qué verguenza. Qué placer.

"Naruto", me llamó Iruka, sentándose a mi lado. Tres arañazos le cruzaban la mejilla izquierda, y con sorpresa vi que incluso una persona de piel tan morena podía ponerse pálida. "¿Eres...tú?"

"Eso creo", dije yo. "Aunque ya no estoy seguro de lo que eso significa."

Él suspiró, aliviado. "Menos mal", dijo, secándose el sudor de la frente. "Me has dado un buen susto."

"Lo siento."

"¿Recuerdas lo que ha pasado, Naruto?", preguntó Kakashi.

Cómo no hacerlo. Las imágenes brotaron a borbotones dentro de mi cerebro, y eran tantas, y sucedían tan rápido, que era casi insoportable. Garras, gritos, sangre, rojo, ¡ese maldito color rojo!

"Sí", admití, bajando la vista hasta que los muslos de Sakura me hicieron subirla. "Por desgracia."

No podía verlo, pero estoy seguro de que apretó los labios. Estrechó su ojo; el otro estaba cubierto de nuevo. Menos mal, lo prefería así. El otro me desagradaba.

"¿Estás seguro de que lo recuerdas? ¿Todo?"

"Cuando destapaste tu...ojo, perdí la conciencia unos momentos. Luego volví, pero ya no era yo. Era..."

"El Zorro de Nueve Colas."

El nombre me sentó como un martillazo. Como oleaje en la tripa.

"Ya veo..."

Iruka me puso una mano en el hombro. Estaba sudada. "Naruto, es muy importante que nos digas todo lo que recuerdes."

"Está bien."

Intenté ser lo más honesto posible, aunque obvié el episodio en la cascada, por supuesto. Les dije: perdí la conciencia, y la recuperé, y allí estaba, dominado por una fuerza desconocida. Describí brevemente la contienda, y cuando acabé, me sentí tan agotado que, de haber podido hacerlo, me habría echado a dormir allí mismo. Ellos rumiaron mi relato, Sakura alejándose de mí por momentos, y tras unos minutos de silencio, Kakashi dictó la sentencia:

"No deberías recordarlo."

Le pregunté por qué.

"Porque funciona así." Luego, como dándose cuenta de que no se había explicado, añadió: "Si pierdes el control, el Zorro ocupa tu conciencia. Entonces, los recuerdos que genere serán suyos, no tuyos."

"Pero yo lo..."

"Tú lo recuerdas todo, sí." Su único ojo me escrutó, desconfiado. "Eso me hace pensar que algo ha cambiado."

"Sensei", sonó la voz de Sakura. La chica estaba mirando el espacio de tierra entre sus piernas como si ocultase todos los secretos del Universo y más. "¿Es esto lo que pasó cuando...?"

"No", respondió Kakashi. "Esta vez no hubieron colas."

"Oh..."

"Pero su poder", dijo, mirándome. "Su poder era similar al de aquella vez."


Kakashi se lavó la cara en la pequeña fuente. Luego fue mi turno.

"Naruto, voy a ser claro. Las pruebas que te hemos realizado tenían un objetivo oculto."

"Cómo no."

Me ignoró. "En tu lucha con Sasuke, el Zorro estuvo más cerca que nunca de salir." Me tiró una botella de agua; la atrapé, desenrosqué la tapa, y di un trago. Estaba demasiado caliente. "Queríamos saber qué efectos había tenido en ti."

"Temíais que hubiera perdido la cabeza."

"Estás amnésico. Necesitamos descartar todas las posibilidades."

"Si estás implicando algo, no lo pillo."

Un suspiro. Más cansancio que otra cosa. "La mente de un jinchūriki, Naruto, es algo complejo. El estrés al que se ve sometida es difícil de entender para otras personas." Me hizo un gesto. Le seguí. Caminamos hasta un banco de madera, y allí estaba Iruka hablando con Sakura. Desde aquel abrazo, había evitado mirarme. Tampoco lo hizo cuando llegamos. "Debido a la relación especial entre humano y bestia, sus mentes pueden desarrollarse en direcciones...inesperadas."

"Es lo que digo. Temíais que me hubiera vuelto loco."

"Temíamos que fueras el Zorro"

Vi cómo Iruka cerraba los ojos, casi que de dolor. Pero aún así, se puso en pie, y apoyando sus manos en mis hombros, me dijo muy severamente:

"Naruto, voy a apoyarte siempre. Eso lo sabes, ¿no?"

Me miraba tan serio que no supe qué decir. Parecía consternado. Estuvo así unos segundos, y luego se excusó. Verle caminar, así, de espaldas, con los hombros caídos y la coleta al viento, me partió un poquito el corazón.

"Eso ha sido muy raro", dije.

"Iruka-san perdió a sus padres por culpa del Zorro", aclaró Kakashi. "Es un tema complicado para él. Dejémosle solo."

Joder, pensé. Entonces, él...

Tuve que morderme el labio para dispersar el pensamiento.

Kakashi se sentó junto a Sakura. Ella hacía lo posible por no mirarme, pero tampoco es que tuviera manera de evitarlo. Intenté sonreírle; no me salió bien. Mejor intentarlo más tarde.

"Kakashi-sensei, antes dijiste una cosa..." Me froté la frente, todavía me dolía. "Dijiste que temíais que fuera el Zorro. ¿Te refieres...a lo de antes?"

"No", dijo él. "No exactamente."

"¿Me lo puedes explicar?"

"Mejor lo hago yo", dijo una voz a mis espaldas.

Era Jiraiya, y venía acompañado de una joven. Aquí las personas iban y venían como el viento. Espera, ¿una joven? ¡Tayuya! Viéndola así, con el cabello recogido y sin la bata de hospital, estaba muy distinta. Daba menos miedo. Llevaba unos pantalones cortos muy pegados y muy finos, negros; unas sandalias normales, y una camiseta blanca que le dejaba el ombligo por fuera. Pero lo más llamativo de todo no era su ropa —que, créeme, me llamó la atención—, sino la bandana que llevaba en la frente. Era un protector, como el mío, pero negro, y en su metal estaba grabado el símbolo de Konoha. La verdad es que no parecía ella, pero luego me pilló mirándola, y me sacó el dedo, y supe que todo estaba como debería estar.

"Que te jodan a ti también", la saludé, y luego miré al viejo. "¿Qué hacéis aquí?"

"¿Acaso necesito una razón para visitar a mi ahijado?", dijo, muy risueño, antes de soltarme un manotazo en la espalda que casi me parte en dos. "Os veo machacados. ¿Cómo ha ido el entrenamiento?"

"Ya lo has visto", respondió Kakashi. "Supongo que tendrás algo que decir."

"Supones bien." El Sannin se cruzó de brazos, pensando. Mientras tanto, las dos chicas se miraban entre ellas como si quisieran arrancarse la tráquea. "La verdad es que no me esperaba algo así", admitió. "Es...extraño."

"No hacéis más que decir que es extraño, pero no me explicáis nada", me quejé.

"¿Es frustrante, verdad?", dijo Jiraiya. "A las personas nos gusta dar vueltas y vueltas a las palabras, hasta que se marean." Cerró los ojos, pero sólo dos segundos. "Nos parece extraño por varias razones, Naruto. Escucha."

"¿Deberíamos hablar de esto ahora?", interrumpió Kakashi. Estaba mirando a Tayuya, de una manera muy deliberada.

El otro rió. "No te preocupes, Kakashi-san. Aquí donde la ves, esta joven se ha entregado completamente a la causa. ¿A que sí, Tayuya-chan?"

"Déjame en paz."

"Claro que tenemos que trabajar en su carácter. Pero ha entendido muy bien cuáles son sus circunstancias, y qué le conviene hacer, si quiere que sigamos siendo...amables con ella."

La miré de arriba a abajo. No me creí una palabra.

"¿Así que ahora es una shinobi de Konoha?", dije, señalando su protector.

"Una genin, para ser exactos. Pero dejemos eso para luego." Entonces reparó en algo: "Ah, Tayuya-chan, ¿quieres sentarte?"

"Ni muerta."

"Como prefieras. Con esa actitud,sólo te estás saboteando a ti misma, ya te lo dije. Pero tú sigue." Esperó una respuesta, no la consiguió, y suspiró profundamente. "Muy bien, a lo que íbamos. Tendrás que perdonarme, Naruto, pero no es momento para rodeos. Así que te diré todo directamente. Ya es hora de que te tratemos como un adulto."

"Me parece bien."

Tayuya se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, e hizo lo posible para fingir que todo aquello le importaba una mierda. A lo lejos, vi cómo Iruka volvía hacia nosotros, y Jiraiya tuvo que notarlo también, pues esperó a que llegase para continuar.

"Jiraiya-sama."

"Iruka-san. Me alegra verte." Una sonrisa honesta, y una sonrisa triste. Sigamos. "Ya que estamos todos —tú también deberías saberlo, Sakura-chan—, vamos a atacar el tema de la...situación de Naruto." Esperó a nuestra conformidad, y la tuvo, así que siguió. "Como todos aquí sabemos, Naruto es el jinchūriki del Nueve Colas. Eso significa muchas cosas, pero una de ellas es especialmente relevante para esta situación: hay ocasiones en las que el poder del Zorro se escapa de él. De ti", se corrigió, mirándome. " Como en los anteriores jinchūriki, este poder se manifiesta a través de diferentes fases. Hemos tenido mucho tiempo para estudiar esto. A la primera la llamamos fase de activación. Sucede cuando el chakra del bijū comienza a entrar en tu sistema. En general, es una fase de bajo riesgo: mantienes la conciencia, si bien tus emociones se ven perturbadas, y tu rendimiento mejora notablemente. Hay cambios físicos, pero son mínimos, y tu actuación como shinobi no varía demasiado. ¿Hasta aquí bien? De acuerdo. La siguiente fase es la de dispersión. Como su nombre indica, sucede cuando el chakra invasor se dispersa por todo tu cuerpo, aumentando enormemente tus capacidades, pero tomando también, poco a poco, control de tu conciencia. Esta fase culmina cuando el chakra del Zorro forma un aura, o manto, a tu alrededor." Recorrió mi silueta con las manos, como formando ese aura. "A partir de aquí es cuando pierdes la cabeza, y conforme el sello se va debilitando, van apareciendo, en orden ascendente, las siguientes colas del Zorro. Esa es la fase que entendemos como crítica, pues puede degenerar fácilmente en la ruptura del sello. Con cada cola, tu poder se multiplica, y el Kyūbi está más cerca de ser libre. Ahora bien, cada jinchūriki tiene lo que llamamos un punto de no retorno, esto es, un momento determinado en el que la situación se volvería insostenible. Esto significa, por si no me has entendido, que llegados a ese punto, todos —incluído yo— tendríamos la orden de sellarte, y si eso no es posible, de abatirte."

Tragué saliva.

"Este punto de no retorno varía según el jinchūriki, pero conociéndolo lo suficiente, es posible adivinarlo."

"¿Cuál es el mío?"

"Probablemente, la tercera, o cuarta cola. Con la primera, tu poder básicamente se dobla; con la segunda, eres más poderoso que muchos jōnin, aunque..." Dijo esto mirando a Kakashi. "No tanto como los más fuertes de entre ellos. La tercera te colocaría, probablemente, a un nivel muy superior, y más allá de eso...No estoy seguro de que fuera posible detenerte sin hacerte un daño irreversible."

"Hasta ahora, tu límite ha sido la segunda cola", dijo Kakashi. "Es la forma que utilizaste...contra Sasuke-kun."

"Pero no podemos descartar que vaya a más", continuó Jiraiya, ahora muy serio. "Ni tampoco que tu situación haya cambiado."

"Y parece ser que ha sido así", terminó el jōnin.

"Naruto, durante las pruebas, Kakashi-san y yo hemos detectado algo", dijo Iruka, y tenía la voz grave, y afectada, y había algo en aquel hombre que me inspiraba una gran compasión. "Desde la primera prueba, y hasta la última, has estado utilizando el chakra del Kyūbi."

"En pequeñas cantidades", dijo Kakashi. "Lo justo para compensar tus carencias."

"Yo no he usado nada", me quejé.

"Lo has hecho", respondió él. "Otra cosa es que no te hayas dado cuenta."

Quise protestar, pero no tenía qué decir.

"Y lo que es más importante", siguió Kakashi, "la cantidad de chakra utilizado se disparaba al despertar de un genjutsu. Es decir, Naruto, que cuando caes en uno, el Zorro toma el control durante un pequeño espacio de tiempo."

"Nos dimos cuenta nada más despertaste del genjutsu de Sakura-chan", dijo Iruka. "Yo te atrapé en otro, para asegurarme, y sucedió lo mismo. Te despertabas muy fácilmente, y de forma violenta. Así que Kakashi-san utilizó un genjutsu diferente, uno más poderoso, que sólo es posible gracias a su sharingan."

"Los sharingan son muy útiles contra las bestias con cola", explicó Jiraiya. "Les es difícil resistirlos. De modo que la técnica de Kakashi te colocó en un trance profundo." Ante mi rostro confuso, añadió: "lo sé porque estaba observando. Llevamos aquí un buen rato, ella y yo."

"Vaya."

"Así que perdiste el control", siguió él. "Y aunque despertaste rápidamente, deduzco que tu cuerpo ya había sido tomado por el Kyūbi...Lo que no consigo entender es cómo podían coexistir las dos conciencias dos al mismo tiempo, en el mismo cuerpo, sin que una de las dos estuviese apagada, o confinada a otra parte de vuestro ser." Parecía genuinamente intrigado. "Dime, Naruto, ¿qué sucedió antes de que volvieras a tu cuerpo? ¿Recuerdas algo? ¿Viste al Zorro?"

"No recuerdo nada", mentí, aunque a esas alturas, ya no sabía muy bien por qué lo hacía.

"¿Estás seguro?", insistió él.

"Sí, lo estoy", dije. No creo que me creyera.

"Muy bien", respondió, dejándolo correr. "Descríbeme tu batalla con Kakashi. Dime todo lo que recuerdes, incluso el más pequeño detalle."

Así que volví a contar aquella historia, dejándome, por supuesto, los detalles relativos a la jaula y los ojos azules.

Nada más terminé, el viejo chasqueó la lengua. "Aquí hay algo que falla", dijo. "Lo que describes no se parece a la típica posesión de un bijū. Tampoco correspondía tu aspecto: los cambios físicos —colmillos, garras— estaban ahí, pero faltaba algo esencial."

"Las colas", adiviné.

"Las colas. No sólo no aparecieron ellas, sino que tampoco lo hizo el manto de chakra."

"Recuerdo haber usado algún tipo de chakra, de color rojo. Pesado, denso. Desagradable."

"Sí, ese es el chakra del Zorro. Y si bien lo expulsaste y te rodeó, como sucede al final de la fase de dispersión, no se formó un manto uniforme y protector, sino que era expulsado de tu cuerpo de una manera más natural." Y luego, mirándome a los ojos: "Como si fuera tuyo."

"Pero no lo es."

"Exacto. Y eso es lo preocupante. Desde antes de que despertaras, ya teníamos dudas sobre cómo te habría afectado la transformación. La liberación de las colas siempre es un asunto delicado. Y cuando apareciste en aquel pasillo, y atacaste a aquellos shinobi, se nos dispararon todas las alarmas. Que hubieras perdido la memoria no ayudó, Naruto. No sabíamos qué te pasaba; de hecho, todavía no lo sabemos."

"No he perdido la cabeza", objeté. "Sólo tengo amnesia."

"Ayer no dejabas de repetir que no te sentías como Naruto", dijo el viejo. "Y hasta ahora has mostrado una personalidad muy distinta a la que solías tener."

"¿Insinúas que sospechas de mí?"

"Mi trabajo es sospechar de los demás."

"¿Incluso de tu familia?"

Mis palabras le hicieron dudar un segundo, pero luego:

"Sí. Incluso de mi familia." Sus rasgos, tan duros como el mármol, se suavizaron al mirarme. "Naruto, tienes que entender que el Kyūbi es muy poderoso, y muy taimado. De entre todas las bestias con cola, es la más peligrosa, y también la que más se parece a los seres humanos. Los zorros son escurridizos, y mentirosos. Y no tienen dificultades en engañar a los demás."

"Piensas que soy el Zorro."

"Sólo considero esa posibilidad. No sería la primera vez que sucede algo así."

"¿Y cuándo fue la última vez?"

"Mucho tiempo atrás."

"Entonces, ¿cómo lo sabes?"

"Es mi trabajo saberlo", repitió, con una leve sonrisa que pronto se disipó. "Los seres humanos hemos tenido la precaución de mantener a las bestias con cola muy vigiladas. Hay innumerables pergaminos documentando su historia, los primeros datando de tiempos tan antiguos que no creerías que existieron. Es nuestra manera de avisarnos los unos a los otros, a través de las generaciones, de lo que puede pasar."

"Y lo que puede pasar soy yo", gruñí.

"No te pongas así. Te despertaste hace tan solo un día; tenemos que considerar todas las posibilidades. Seríamos unos necios si no lo hiciéramos."

"Si yo no soy yo, sino el Kyūbi", dije, "entonces no tendría sentido que perdiera el control."

"Eso es cierto. Y es algo que habla a tu favor."

"Pero sigues dudando de mí."

"Lo hago. Y lo haré hasta que tengamos una respuesta definitiva."

"¿Y cuándo será eso?"

"No lo sabemos."

"¡Joder!", exclamé, "¡esto me pone de los nervios!"

"Lo sé, Naruto, y siento que sea así. Pero así son las cosas."

Estaba tan nervioso que incluso sudaba. "Pues las cosas son una mierda."

"Y yo te doy la razón."

Apreté los labios.

"A ninguno nos gusta esto", dijo Iruka, conciliador. "Pero es necesario."

"Lo es, Naruto", asintió Kakashi.

"Ojalá pudiérais mirar dentro de mi cabeza", dije yo, un poco a la desesperada. "Para que viérais que no miento."

Jiraiya y Kakashi se miraron entre ellos.

"De hecho, sí que podemos", dijo el primero. "Pero necesitaríamos tu permiso."

"¿Mi permiso? ¿En serio? ¿Desde cuándo lo necesitáis?"

"Desde que las leyes de Konoha lo dicen así. Verás, en nuestra aldea hay un clan, los Yamanaka. Se especializan en jutsus relacionados con la mente..."

"Venga ya", dije yo. "Leen los pensamientos. Claro. Qué conveniente."

"Lo es. Pero según las leyes de la Aldea, es ilegal acceder a la mente de un ciudadano inocente. Se considera una violación de la intimidad, de la privacidad, y de algunas cosas más. Así que necesitaríamos tu autorización."

"¿Y si me niego?"

"Entonces tendríamos que buscar una razón para arrestarte", dijo Jiraiya, y tras unos segundos me di cuenta de que no bromeaba. "El resultado sería el mismo. Lo que lo diferencia es el grado de cortesía utilizado."

"Sois unos matones", me quejé. "Dais opciones, pero luego hacéis lo que queráis."

Jiraiya me miró a los ojos. "Somos una aldea militar", dijo. "Un shinobi es un soldado. No lo olvides."

"Tranquilo, no lo haré", gruñí.

"Me alegra que así sea", dijo quedamente, para luego recuperar un tono más cordial. "En caso de que aceptes, te llevaremos con los Yamanaka mañana mismo, para aclarar toda esto cuanto antes."

"Acepto", dije.

Él alzó una ceja. "¿Tan rápido?"

"Me íbais a obligar de todos modos, ¿no? Y no tengo nada que ocultar. Venga, leedme la mente. ¡Joder! ¡Hacedme las pruebas que queráis! ¡Yo no soy Naruto, pero tampoco soy el Zorro...!"

"Y entonces, ¿quién eres?"

Las palabras del prisionero resonaron en mi cabeza: "¿QUIÉN ERES?"

Y luego, otra voz: "¿TEMES AL DEMONIO DENTRO DE TI?"

Me agarré la cara con una mano, tapándome el ojo derecho. Ese dolor...

Jiraiya estrechó los ojos, mirándome fijamente.

"Yo soy yo", dije, aún dolorido. "¡Yo soy yo, y nada más!"

Y por sólo un instante, mientras gritaba aquella última frase, el mundo volvió a teñirse de rojo.


"Hay algo más", dijo Jiraiya al cabo de un rato. "Traigo noticias del Tercer Hokage."

Estábamos de camino a un lugar especial. O eso me habían dicho. Por su conversación, entendí que era un restaurante, pero no sabía mucho más. Así que callejeamos en grupo mientras se acababa la mañana, y entraba la tarde. De vez en cuando, nuestro paseo espantaba a una bandada de palomas; el dolor en mi ojo había cesado, pero mi interior estaba más turbulento que nunca. Me sentía inquieto, ansioso, e incluso desnudo. Me bajé las mangas de la chaqueta, y cerré la cremallera. No hacía frío fuera, pero sí en mis huesos.

"Dime", respondí yo, sin mucho interés, mientras paseaba la mirada por los edificios a ambos lados.

"La Aldea ha decidido celebrar otros Exámenes Chuunin", anunció, sonriendo. "Una convocatoria extraordinaria tras las circunstancias...excepcionales de la última vez."

Sakura se paró en seco. Parecía en shock. "¿Otro examen?"

"Sí, Sakura-chan. Otro examen. Tendrás, tendréis otra oportunidad para ascender de rango."

"¿Es eso posible...?"

"Cuando eres el Hokage, todo lo es. De todos modos, Konoha recibió numerosas quejas por parte de otras aldeas, la mayoría injustas, todo sea dicho. Qué le vamos a hacer, no iban a perder su oportunidad de aprovecharse. Así que, aunque se mantendrán los resultados de la convocatoria anterior, se dará una nueva oportunidad a todos los presentados, y además, a los nuevos shinobi que quieran ascender al rango medio."

Dijo esto último con una mezcla de sorna y diversión. "Es en un mes", añadió, ante la estupefacción de la chica."

"Un mes..."

"Al equipo de Kakashi-san le falta un miembro", dijo Iruka. "Podría proponer a algún otro genin. Hay algunos muy prometedores que..."

"No será necesario, Iruka-san", le interrumpió Jiraiya, su sonrisa haciéndose más ancha. "Porque tengo el candidato perfecto."

El chuunin le miró sin entender, al igual que Sakura y yo, pero luego los tres seguimos el dedo extendido del viejo, y vimos que apuntaba directamente al rostro de una chica con cara de pocos amigos.

"Allí está, de hecho", dijo el Sannin. "El tercer miembro de vuestro equipo."

Todos nos paramos en medio de la calle, estupefactos. Iruka miraba a Jiraiya como si le estuviera tomando el pelo, pero pronto lo entendió, y puso cara de circunstancias; la de Sakura, por su parte, oscilaba peligrosamente entre la rabia y la incredulidad, y miraba a la pelirroja con una mirada tan intensa que asustaba. Un poco más allá, Kakashi compraba una naranja. No parecía impresionado.

Tayuya nos juzgaba a todos con la mirada más ácida que podía generar su rostro adolescente.

Yo cerré la boca, me aclaré la garganta, y decidí que tenía que sincerarme con aquella situación.

"Disculpa, pero qué coño..."

"Ese lenguaje, Naruto. Me has oído bien: Tayuya es vuestra compañera. Esa es la razón por la que la traje antes conmigo: tenía que informar al equipo completo. Así que..." El viejo dió una palmada muy teatral. "¡Oficialmente, queda presentado el nuevo Equipo Siete! ¡Formado por Sakura Haruno, Naruto Uzumaki, y Tayuya Uzumaki! ¡Saluda a tu nuevo equipo, Tayuya!"

La pelirroja arrugó el gesto, y cruzándose de brazos, se presentó:

"Mi nombre es Tayuya. Idos todos a la mierda."